Si el antiperonismo literario manifiesta a las más prestigiosas plumas argentinas del siglo XX, su contracara ofrece la prosa afiebrada de un puñado de ensayistas, poetas populares y la pluma de Marechal. ¿Existe la literatura peronista y antiperonista?, se pregunta en este ensayo Rodolfo Edwards, autor de “Con el bombo y la palabra”.



                                                              Oigo el bastón de Borges que se acerca

                                                              y se dirige vacilante hacia el sur.

                                                              Le perdono a él que sabe tanto

                                                              lo que ignora con odio de nosotros.

 

                                                                                                Hugo Caamaño

 

 

Una vez le preguntaron a Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones, si tuvo problemas con las drogas, a lo que respondió que él nunca tuvo problemas con las drogas; en todo caso había tenido problemas con la policía. La literatura argentina tiene problemas con el peronismo.

 

Para buena parte del campo literario, el peronismo aparece como la fuente de todos los males y deformidades estéticas y políticas. Cuando se toma el peronismo como tópico, la mayoría de los escritores argentinos no pueden evitar recurrir a la parodia, a la cachada, al grotesco, como única manera posible de contarlo.Esto devela un síntoma: la incomodidad que provoca en cierta parte de la la cultura el movimiento fundado por Juan Domingo Perón. Ese humor que despierta el fenómeno peronista se manifiesta generalmente de manera racista, denigrante y perversa. Abundan los ejemplos. A lo largo de casi 70 años, desde el 17 de octubre de 1945, la cadena de producción de literatura reactiva al peronismo no se ha interrumpido. Basta abrir cualquier suplemento cultural dominguero, para toparse con alguna reseña de un nuevo libro sobre peronismo. Esas novedades respetan y continúan, casi en su totalidad, las líneas antes citadas.Parodistas de toda laya se han ocupado del peronismo, poniendo el foco en la descripción de sus ritos carnavalescos, en su irrefrenable propensión al caos y a la violencia.

 

“Las grandes líneas de representación de ese mundo antagónico han sido tradicionalmente la paranoia o la parodia. El pánico y la burla”[1], afirma Ricardo Piglia refiriéndose al modo en que representan la “otredad” las elites culturales y también algunos plebeyos, seducidos por aquellas, ilusionados con mudarse de clase.

 

La irrupción del peronismo en la vida política argentina representó una intrusión para las conformaciones ideológicas tradicionales, casi un acto de piratería. La figura de Perón se tornó melindrosa e indiscernible, constituyéndose en un epítome de la antipolítica que sumió en un estado de azoramiento tanto al campo político como al cultural. Este desasosiego continúa hasta el presente y se prolonga sobre las más recientes encarnaciones del peronismo.

 

El acta fundacional del antiperonismo literario se firmó el 24 de noviembre de 1947 en Pujato, una localidad situada al sur de la Provincia de Santa Fe, en el Departamento de San Lorenzo, de donde era natural Honorio Bustos Domecq, el heterónimo que inventaron Borges y Bioy cuando eran escritores siameses. El relato de Bustos Domecq se llamó “La fiesta del monstruo” y con el tiempo se constituiría en el molde más añejo para representar al peronismo. El narrador del cuento es un partidario de “El Monstruo” que remite claramente al estereotipo de un “peronista” en el imaginario que Borges y Bioy Casares cincelan como orfebres con todos los lugares comunes de la reacción antiperonista: el personaje es feo, sucio y malo y se expresa en un lunfardo distorsionado donde las palabras se entrechocan entre sí, dejando sentidos incompletos, entre expresiones guturales que develan una personalidad intermedia entre el animal y el hombre. La acción transcurre durante un viaje de una patota desde la ciudad de Tolosa hasta Plaza de Mayo, donde van a ver a “El Monstruo (Perón)”, en el camino comenten todo tipo de pillerías y desmanes. Y para ponerle el moño a “La fiesta del monstruo”, los esbirros de “El Monstruo”, asesinan a un estudiante judío: el formato estaba completo.

 

Mucha agua ha corrido bajo el puente, agua oscurecida por tanta sangre derramada.No hay que olvidar que el peronismo tiene más de tragedia que de comedia; en su rica historia los años felices fueron deshechos por las zarpas del horror, por el imperio de la venganza, el odio y el rencor. La conspiración contra los gobiernos populares ha sido un gesto que se ha repetido cíclicamente en la historia argentina y la literatura no ha sido ajena a este impulso reactivo. De hecho “La fiesta del monstruo” se escribió bajo los parámetros de un texto destituyente. Bajo el aparente tono jocoso y su clima de picaresca porteña, se esconde un panfleto de alta densidad simbólica.

 

Alegatos, maldiciones, descabelladas paranoias, ficciones góticas y las variables más abstrusas del género fantástico, hacen de la escritura antiperonista una galería de iniquidades, un pandemónium que sólo puede ser exorcizado, recurriendo a la farsa, el humor negro y la parodia.

 

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El peronismo no tiene problemas con la literatura argentina, en todo caso sus problemas pasan por otro lado: sus feroces internas, sus oscilaciones ideológicas, su estado de ebullición permanente, el minutero del que los peronistas se aferran tratando de detener el tiempo, para vivir suspendidos en un eterno presente. Hedonistas, pantagruélicos, carnales, humanos, demasiado humanos, los peronistas se expanden por el territorio nacional hasta ocuparlo casi todo. Ese vértigo es clave para comprender el ethos peronista.Para sus detractores, el peronismo sigue siendo la causa de todos los males del país, es un cáncer que hay que extirpar del cuerpo enfermo de la Nación para que de una buena vez ingresemos en el concierto de los pueblos civilizados.

 

De esta angustia provocada por la hegemonía y la autosuficiencia peronista, da cuenta ¿Qué es esto?, la demencial catilinaria de Ezequiel Martínez Estrada que se transformó en otra de las naves insignias del antiperonismo literario. El peronismo alteró mentalmente a Martínez Estrada, a tal punto que trasladó esta afección psíquica a su cuerpo: durante esos años, padeció una grave enfermedad cutánea que sólo se curó con la caída del peronismo en 1955. “El pueblo miserable de descamisados y grasitas tendrá por el ídolo el mismo acrecentado fervor que tuvo por Rosas, porque ese desdichado pueblo ha perdido el respeto y, si no lo tuvo nunca, la superstición por los valores de una auténtica cultura y de una auténtica civilización. Cuanto más se le demuestre que Perón ha sido una ponzoña que aún beberán los nietos de nuestros nietos, más se adherirá a él como represalia contra una exigencia de vida superior que le impone no sólo el trabajo honrado sino la conducta correcta. Seguirá amando a quien encubrió la holgazanería con la palabra y la escenografía del trabajo y al que confundió justicia social con bandolorerismo”[2], maldice Martínez Estrada, el profeta desdichado.

 

No caben dudas de que existe una literatura antiperonista pero ¿existe una literatura peronista? Es la pregunta del millón. Mientras que en el antiperonismo literario revistan las plumas argentinas más prestigiosas del siglo XX, el peronismo pone sobre el tapete la prosa afiebrada de un puñado de ensayistas (Arturo Jauretche, John Wiliam Cooke, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui), sus inspirados poetas populares (Enrique Santos Discépolo, Cátulo Castillo, Homero Manzi) y la prosa extraordinaria de Leopoldo Marechal. La escritura peronista está hecha de interferencias e intercambios entre la voz y la letra, aparece como un caldo espeso y humeante donde se maceran una sociología plebeya, la poesía épica, los documentos de la resistencia, discursos, entrevistas, chicanas, cintas magnetofónicas, cuadernillos clandestinos, folletines involuntarios. A la hora de escribirse, el peronismo se insubordina a la literatura, se va al pasto, acelera a contramano de los relatos canónicos. Busca una vía de escape, eterno exiliado de la cultura libresca, de los palacios del saber.

 

Perotodo esto resulta poco para contrarrestar y hacer frente a la avalancha de palabras que los “contreras” derramaron como ácido sulfúrico sobre el corpus de la literatura argentina. Basta revisar la lista de libros publicados en estos tiempos para corroborar mi aserto: la cantidad de papel y tinta que se invierte para denostar al peronismo no deja de ser un hecho sorprendente.

 

Esta “inflamación” bibliográfica no hace otra cosa que continuar esa tradición inaugurada por Borges y Martínez Estrada que, con sus ficciones y ensayos, diseñaron una matriz que se replicaría en todas las generaciones literarias hasta el presente.Como si existiese una conjura tácita, en estos textos se revela una voluntad de convertir al peronismo en un artefacto cultural inofensivo, un sainete de sindicalistas calzados, mujeres alteradas ysimpáticos artistas de variedades; se disciplinan así al mandato borgiano enunciado en “El simulacro”, aquel breve relato publicado en El Hacedor, donde Borges implanta la idea del peronismo como un hecho fantástico, un artilugio, un “engaña pichanga” sin catadura real, remitiéndose a la idea barroca del teatro dentro del teatro, de los dobles fondos escénicos y la proliferación imaginaria, marcada por la superposición de  distintos planos visuales que involucran al espectador en una ilusión. El trompe-l’œil no es otra cosa que una “trampa”, un engaño. Perón trasladó estos métodos teatrales a la política, en la concepción de Borges.

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“La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet”[3]. El “simulacro” al que alude Borges en su cuento es la puesta en escena del velorio de Evita por parte de un habitante de un pueblo del Chaco “alto, flaco, aindiado, con cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por lo que representaba o ya era.”[4]

 

Borges había desarrollado esta idea antes, en “L’illusion comique”, uno de los panfletos que se publicaron en el número 237 de noviembre/diciembre de 1955, escrito con el cadáver todavía caliente del peronismo masacrado.

 

En este texto, que no tiene desperdicio, Borges se despacha con una retahíla de frases de antología que ayudaron a cimentar el imaginario gorila. “Fábulas para consumo de patanes”, “litérature pour concierges”, “bandas de partidarios apoyados por la policía empapelaron la ciudad con retratos del dictador y de su mujer”, vocifera un Borges ganado por la hybris, mientras se ponía primero en la fila para tirar la primera palada de tierra sobre el ataúd del peronismo: “Básteme denunciar la ambigüedad de las ficciones del abolido régimen, que no podían ser creídas y eran creídas”. El ataque de Borges no sólo va dirigido hacia Perón y sus secuaces, también se extiende hacia los seguidores de un movimiento al que adhirieron irracionalmente, sin reflexión alguna.

 

En libros de edición reciente podemos encontrar varios ejemplos de una continuidad de la tradición inaugurada por Borges: el texto de réplica al peronismo. En El simulacro. Por qué el kirchnerismo es reaccionario, Alejandro Katz profundiza la idea de Borges, analizando con instrumental quirúrgico los puntos ciegos del kirchnerismo, al que también considera un movimiento construido a partir de la mentira: “El kirchnerismo ha hecho de la mentira un arte: miente las biografías de sus líderes, miente las estadísticas públicas, miente en sus intenciones y en sus hechos, en las obras inexistentes que inaugura dos veces, en las cifras que dan cuenta de la pobreza y en el costo de alimentarse siendo pobre. El kirchnerismo, principalmente miente”.[5]Katz finalmente se pregunta: “¿Por qué, entonces, un gobierno cuyo discurso es puro bullshit persuade a tanta gente para que lo vote? (…) El simulacro sirve al poder como un almacén de coartadas al que sus votantes acuden para elegir los argumentos que justifican su decisión”[6]Quizá Borges se preguntaría lo mismo.

 

Este menosprecio hacia las costumbres y decisiones de las clases populares alcanza niveles de paroxismo en el relato “Las puertas del cielo”, publicado en 1951, donde su autor, Julio Cortázar, expresa en forma explícita, casi pornográfica, la reacción clasista antes los “intrusos” que se desparramaban por cafetines y bailantas, por estadios, cines y teatros, por románticos paseos arbolados y elegantes avenidas. Esos espacios de sociabilidad de las clases medias porteñas se veían corrompidos y vejados por migrantes internos de cabellos renegridos que, en la representación cortazariana, se parecen a una nube de moscas oscureciendo el cielo, una plaga de cuerpos deformes, una invasión zombie: “Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros, de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, la mujeres con enormes peinados altos que las hace más enanas, peinados duros y difíciles de los que les queda el cansancio y el orgullo”[7] También en su novela El examen (escrita en 1950) publicada post mortem), el narradorinsiste con representaciones despectivas de las clases bajas: “Esto es cosa de la piel y la sangre. Te voy a decir una cosa horrible, cronista. Te voy a decir que cada vez que veo un pelo lacio, unos ojos alargados, una piel oscura, una tonada provinciana, me da asco. Y cada vez que veo un ejemplar de hortera porteño, me da asco. Y las catitas, me dan asco. Y esos empleados inconfundibles, esos productos de ciudad con su jopo y su elegancia de mierda y sus silbidos por la calle, me dan asco”.

 

En su novela Los años despiadados, David Viñas describe a los peronistas como depravados dispuestos a cometer todo tipo de actos violentos; unos adolescentes, hijos de obreros peronistas, violan a un niño de clase mediadespués de juzgarlo culpable de arrancar de una pared un cartel de propaganda peronista:

 

“Era inútil. Había que dejar. Dejarse. Sería mejor.

 

-¿Está listo?

 

-Sí.

 

-¿La sacaste?

 

-¡Viva Perón!

 

-Te pregunté si la sacaste…

 

Colosimo se sonrío apenas:

 

-Sí –jadeó.

 

-¡Dale colorado! ¡Metésela bien![8]

 

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Viñas describe una Buenos Aires, de los años del primer peronismo, sombría y apocalíptica: “Todo estaba liquidado: esas casas destruidas, esa calle. En realidad, toda la ciudad estaba así. Liquidada y achatándose bajo ese sol aceitoso”[9]. Compárese este paisaje que pinta Viñas con lo que Alejandro Katz ve hoy: “La mirada aprende entonces a posarse de otro modo, y se topa con el deterioro un poco en todos lados: en las calles, en los edificios públicos, en los juegos infantiles de las plazas y parques, en los canteros y en los semáforos, en las señales de tránsito (…) Infraestructuras y servicios corroídos, dañados, abandonados. Los restos”[10]

 

Katzrecurre al psicólogo Adam Galinsky para explicar ciertas patologías de quienes detentan el poder: “Los poderosos –escribe Galinsky- son más propensos a engañar y a quebrar las reglas, incluso las que ellos mismos han establecido. Quien detenta el poder se siente psicológicamente invisible. Así, liberado de la mirada de los otros, hace lo que le da la gana”. En su relato “Casandra”, J.R. Wilcock representa a Evita como un golem funesto y asesino, una autómata que detenta el poder absoluto en el “Arcontado de Entretenimientos”. “Casandra” se emparienta con “La Compañía” que detentaba la suma del poder público en el cuento “La lotería de Babilonia” de Borges.

 

Casandra dispone a piaceredel destino de los ciudadanos. Manipuladora, caprichosa y demente, es capaz de cambiar de decisión de un instante a otro, sin dar ningún tipo de explicaciones: “Un ejemplo que todos conocen es el de las bufandas: de pronto, Casandra ve a un suplicante de bufanda colorada; exclama: “¡Qué linda bufanda!”, y ordena que entreguen una suma fabulosa de dinero al elegante. Corre la voz, hombres y mujeres se presentan ante ella sofocados de bufandas coloradas, pero sin éxito; el primero pierde las uñas, la segunda las cejas, el tercero un diente; después de un tiempo, se sabe que Casandra ha declarado en una conferencia de prensa que aborrece las bufandas, que odia el colorado; y el furor de las bufandas pasa, como pasan todos los furores que Casandra suscita, hasta que la historia se repite con un zapato o con un anillo”[11]. “Las dos muñecas” de César Aira, también muestra la manipulación que el peronismo ejerce sobre sus acólitos que se dejan embaucar por todo tipo de engaños, mostrando su ingenuidad y su escaso o nulo intelecto.Aira inaugura a Evita como bestia pop, la introduce en la dinámica de la producción serial: “En realidad, hecha una también se podían hacer diez, o veinte, o mil; pero se limitó a dos nada más porque con dos sus necesidades quedaban cubiertas, y le resultaba chocante tener un legión de réplicas”[12]

 

La condena

 

El peronismo parece haber condenado a estos escribas a arrastrar una piedra con forma de bombo, una y otra vez, por la ladera de una montaña de populismo.Cierto sector del campo cultural aún hoy no termina de digerir el peronismo. Fue como comerse un lechón de proporciones elefantiásicas durante muchísimos años y por más que se haya recurrido a sales efervescentes, curanderas del empacho o altas dosis de paracetamol, un malestar incómodo persiste en la boca del estómago.

 

Sísifos, mordisquitos, salieris de Perón pueblan las mesas de novedades de las librerías, obstinados en luchar contra un godzilla que, hasta ahora, se mostró invencible e implacable.

 

Las heridas del peronismo, sus muertos y sus catástrofes son tomados “para el churrete”, aprovechando los dispositivos literarios a mano y usándolos como coartada para disimular el objetivo primordial: deshacer el relato peronista.

 

“El peronismo no resiste un chequeo. Basta rascar apenas el relato para que lo que aparece sea bastante distinto a lo que se creía. Allí donde se instaló en el imaginario social al 17 de octubre como una jornada épica, un antes y después definitivo, el pueblo como protagonista de la jornada que logró sacar de la cárcel al coronel de los trabajadores, lo que hubo fue una operación de Inteligencia con respaldo de la Policía Federal y la complicidad de la dictadura Farrell para evitar que la coalición que copó las calles un mes antes, el 19 de septiembre, desplazara al GOU del gobierno”[13], dice Silvia Mercado en un arrojado intento de destruir desde su raíz el relato peronista. En el mismo sentido se pronuncia el poeta Santiago Kovadloff en su manifiesto Las huellas del rencor. 

 

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Meditaciones de una época autoritaria, refiriéndose a los años kirchneristas: “El desenfreno no se detiene ante nada. No perdona a nadie. Ni siquiera a quienes lo promueven. Son días implacables. El gobierno ya no disimula el efecto, en su propio cuerpo, de las desmesuras que practica. La expectativa social es abrumadora”[14]

 

La Asociación de Desarrolladores de Videojuegos de Argentina (ADVA), organizó en 2012 un concurso para creadores. La temática elegida para ese año fue “Perón”, siendo la consigna la creación de un juego que incluyese algún tipo de referencia a la figura del famoso General. Una de las reglas del concurso rezaba: “puede ser a favor, en contra, neutral, ridículo, etc.” Los ganadores del concurso fueron los video juegos “The Rise and Fall of Mecha-Perón”, “Eva y Perón contra los gorilas” y “El Péndulo Peronauta”. En los tres juegos prevalece “lo rídiculo” y “lo en contra”: Evita y Perón son representados como personajes patéticos y absurdos, venales y corruptos. En uno de los juegos, un Perón gigantesco lucha encarnizadamente contra topo tipo de artillería aérea, disparando fuego por sus ojos y derribando a puñetazos todos los edificios que se cruzan a su paso.

 

En la literatura argentina también se impone “lo ridículo” y “lo en contra”, a la hora de abordar la temática peronista. Con la producción de un nutrido grupo de autores, se podría hilvanar un largo rosario de textos que fueron publicados en distintos contextos históricos pero que configuran un mega relato común, como un profundo pozo donde se arrojan todos los desprecios y rechazos, ya que responden a una misma intencionalidad y se basan en los mismos presupuestos acerca del peronismo. Una hebra infinita recorre y une textos en el tiempo, atravesando estilos, géneros y capillas estéticas, donde el peronismo, salvo excepciones, aparece estigmatizado y humillado por parodias de distinto tenor.

 

Algunos relatos se acoplan y complementan como módulos de un rompecabezas. El cadáver de Evita fue profanado por la Revolución Libertadora, lo que fue continuado simbólicamente en la literatura. El cuerpo de Evita fue trozado en infinidad de partes, hurgado hasta en sus zonas más íntimas. Fue armada y vuelta a desarmar, reducida a fetiche pop, a juguete de porno shop, a videofilia gorey snuff; fue arrojada como una Juana de Arco al fuego de ficciones herejes. “Esa mujer” de Rodolfo Walsh reconstruye el periplo de un cadáver/símbolo hasta llegar al grado cero de la vejación. Profanadores de tumbas, necrófilos literarios, no han dejado descansar a Eva Perón en paz, siguen proliferando como cuervos sobre la carroña y encimalos aplauden.

 

La pieza teatral Eva Perón de Copi, “Evita vive” y “El cadáver de la Nación” de Néstor Perlongher, La carne de Evita de Daniel Guebel y La aventura de los bustos de Eva de Carlos Gamerro arman una serie pavorosa donde se mezclan la veneración y el escarnio, en un pacto literario que atrofia el mito popular hasta convertirlo en una caricatura bizarra.

 

En “La señora muerta” de David Viñas, el protagonista “se levanta una mina” en medio de la fila del velorio de Evita, mientras que en “La cola” de Fogwill, el narrador asiste al velorio de Perón sin ningún tipo de compromiso partidario ni afectivo, tiene una mirada desapasionada sobre el evento: “Trato de comparar esta cola con mi vago recuerdo de la de Eva Perón. Yo entonces tenía diez años y no estuve presente, pero la vi filmada. Las imágenes de aquellos filmes se confunden en mi memoria con las del cuento que publicó David en tiempos de Aramburu”[15]. El cuento de Viñas se funde con el de Fogwill, en una sola fila a la que se suman como convidados de piedra.

 

En las últimas generaciones literarias, el peronismo sigue apareciendo como uno de los tópicos preferidos. Aunque la parodia se sigue imponiendo como la dinámica dominante para representar el peronismo, hay algunos autores que recuperan su potencialidad transgresora y vital, su afirmación identitaria de la cultura popular. El campito de Juan Diego Incardona y Choripán Social de Sebastián Pandolfelli van en ese sentido: el peronismo es la alegría de vivir, aunque vengan degollando.

 

 

[1]Piglia, Ricardo, “Rozenmacher y la casa tomada”, en Revista Fierro, Nº 10, 1985.

[2] Martínez Estrada, ¿Qué es esto? Catilinaria, Buenos Aires, Editorial Lautaro, 1956, pp. 55-56

[3] Borges, Jorge Luis, El hacedor, Buenos Aires, Emecé, 1960, p. 21.

[4]Ibíd, p. 20.

[5]Katz, Alejandro, El simulacro. Por qué el kirchnerismo es reaccionario, Buenos Aires, Planeta, p. 33.

[6]Ibíd, p. 35.

[7] Cortázar, Julio, Bestiario, Buenos Aires, Punto de Lectura, 2007, p.102.

[8] Viñas, David, Los años despiadados, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1967, pp. 181-182.

[9]Ibíd, p. 209.

[10]Katz, Alejandro, ob. cit., p. 168.

[11]Wilcock, Juan Rodolfo, El caos, Buenos Aires, Sudamericana, 1974.

[12]Aira, César, La trompeta de mimbre, Rosario, Beatriz Viterbo, 1998.

[13] Mercado, Silvia, El relato peronista. Porque la única verdad no siempre es la realidad, Buenos Aires, Planeta, 2015, p. 12.

[14]Kovadloff, Santiago, Las huellas del rencor. Meditaciones de una época autoritaria, Buenos Aires, Emecé, 2015, p. 162.

[15]Fogwill, Rodolfo, Música japonesa, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982, p. 138.


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