En Bruselas, sede de OTAN, el riesgo se percibía desde hacía años. “Confiábamos en la inercia a la que estamos acostumbrados: aunque todo ande mal, todo siempre funciona” escribe Laura Calabrese, investigadora argentina radicada en Bruselas. Por la diferencia cultural, supone, notó que después de los atentados nadie hablaba de política, del terrorismo, del comercio de armas, ni del radicalismo islámico.



Foto portada: Facebook Tintin Official

 

Hasta hace poco, en Bélgica el terrorismo se veía por TV. Hasta el 13 de noviembre de 2015, cuando vimos el terror acercarse. Fue una sombra que oscureció la ciudad. Y aclaro que Bruselas es de por sí oscura; el sol brilla poco, pero la oscuridad se compensa con un espacio urbano abierto que deja circular ríos de gente en festivales, conciertos y terrazas de café. Después del 13/11 los bruselenses estuvimos varios días encerrados en nuestras casas. Obedecimos, la tendencia era minimizar. La policía avisó que no había que comentar las redadas que se estaban llevando a cabo y reaccionamos posteando fotos de gatos en las redes sociales. Cuando nos dijeron que podíamos salir, los chicos fueron a la escuela escoltados por policías o militares. Sabían lo que había pasado en París y tuvieron pesadillas, dibujaron a los terroristas y jugaron a combatir el peligro. El vínculo social, que en Bélgica reemplaza al sentimiento nacional, empezó a debilitarse: ya no podíamos detenernos frente a la escuela a hablar con los padres y los maestros, empezamos a caminar más rápido y durante un tiempo evitamos los lugares públicos.

 

 

#JeSuisBruxelles

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Antes de eso ya habían atacado el museo judío de Bruselas. Pero pocos lo registraron como un atentado a la sociedad belga, o a la ciudad. Después vinieron Charlie y el Hypercacher, la amenaza se hizo más patente. El sentimiento general fue de solidaridad por un lado, de distancia por el otro. Claro que no todo el mundo fue Charlie; Facebook nos mostró que la sociedad estaba dividida en dos y el debate se organizó en torno a la arrogancia francesa, su desprecio por el multiculturalismo y el riesgo que conlleva la blasfemia. Según un pensamiento generalizado, más o menos explícito, más o menos verbalizado, los judíos y los que se burlan del islam eran víctimas explicables. Aunque sabíamos que en algún momento nos iba a tocar, la idea no dejaba de ser abstracta. Como sede de la OTAN y de las principales instituciones europeas, olíamos el riesgo desde hacía años, pero confiábamos en la inercia a la que estamos acostumbrados: aunque todo ande mal, todo siempre funciona.

 

Pequeña monarquía parlamentaria ubicada entre potencias económicas y culturales, Bélgica se piensa a sí misma como un país tranquilo, poco ambicioso, surrealista y dotado de un sentido del humor innato, proveniente en parte de su desventaja con respecto a los vecinos. Contrariamente a Francia, que conoce bien el terrorismo postcolonial, el pasado aquí ha quedado atrás. El conflicto se vive más bien como una fatalidad, una consecuencia inevitable del nacimiento peculiar de una nación accidental (atada con alambre, diríamos en Argentina), atravesada por múltiples tensiones políticas que se resuelven siempre con un mecanismo que forma parte de la psique colectiva: el compromiso “a la belga”. Los belgas y residentes (en Bruselas 40% de la población no es nativa) manejan el caos (institucional, político, urbano) con el arte de la paciencia. La vida sigue su curso a pesar de la falta de Gobierno, las huelgas, los problemas entre flamencos y francófonos. La política ocupa poco lugar en la esfera pública, donde la gente prefiere hablar del clima (previsiblemente enojoso) o el trabajo-la casa-los chicos.

 

 

Hoy todos estamos con #Bruselas #JeSuisBruxelles #JeSuisBelge

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Así transcurría la vida en el Pequeño Reino hasta que explotaron las bombas. Lo que sucedió debe haber sido más o menos lo mismo que ha sucedido tantas veces en Tel Aviv o en Beirut. Pero a la belga, con reacciones que mostraron cierta calma dadas las circunstancias y mucha solidaridad. Los bruselenses se ayudaron entre sí, llevando gente en autostop (el transporte público dejó de funcionar), alojando a los que no podían llegar a casa, prestándose los teléfonos (las comunicaciones estaban saturadas), haciendo circular informaciones en las redes sociales, organizando grupos espontáneos de autoayuda. Curiosamente (y lo noté seguramente por la diferencia cultural), nadie hablaba de política, del terrorismo, del comercio de armas, del radicalismo islámico. Se escuchaba decir “ahora vamos a tener que vivir con esto” o “no vamos a dejar de de salir, eso es lo que ellos buscan”. Quedó claro que estos atentados (previsibles, más o menos evitables, terribles por impensables) mostraban lo mejor y lo peor de esta ciudad tan acogedora y tan multicultural. Quedaron a la vista las dos caras de una sociedad en la que los no belgas solemos sentirnos tan bien: la solidaridad, la paciencia, la aceptación de la realidad por un lado; la resignación y la pasividad por el otro.

Bruselas_Genovese_3_caja 

Es cierto que al día siguiente empezaron a oirse algunas quejas a la política irresponsable del gobierno, a la falta de visión de los políticos, que conocían la amenaza y tenían fichados a muchos de los terroristas de París y de Bruselas. Pero el primer reflejo fue postear homenajes: Tintín llorando, la torre Eiffel con los colores belgas, una imagen de papas fritas (el plato nacional) haciendo “fuck you”. También circularon consignas anti-islam (con el hashtag #stopislam) y mucha gente llamó a los musulmanes belgas a marcar distancia con los responsables de los atentados.

 

Como de costumbre, las situaciones de crisis son momentos ideales para introducir discursos simplistas que impiden pensar la complejidad de la situación. Pero, se podría pensar, ¿por qué deberían los ciudadanos adoptar el rol del sociólogo, el asistente social, el politólogo o el experto en seguridad? La ausencia de voces oficiales en un país terriblemente dividido (en identidades lingüísticas, en clases socioeconómicas, en religiones y en orígenes étnicos) apareció así como una brecha social que los ciudadanos (ya sean locales o eurócratas, árabes o latinoamericanos, racistas o multiculturalistas) no tienen con qué llenar.


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