Ernesto Meccia se considera un “sociólogo crítico de la sexualidad”. Desde ese lugar investiga y narra la vejez gay: sus deseos, sus vínculos, sus fiestas, sus lenguas sueltas y su atracción por “chongos colosos”. Meccia asume el riesgo de hablar sin vergüenza ni pánico moral “de un montón de cosas que los putos hacemos desde siempre”.



Desde hace algunos años tengo mucho interés por conocer el envejecimiento gay. Por mi formación pero, al mismo tiempo, por mis recuerdos personales.

 

Yo, proveniente de un medio semi-rural, comencé a viajar en tren a Buenos Aires en 1985 por cuestiones de estudio. Eran los años en que pensaba estudiar Letras y crítica de cine. No estaba en mi horizonte la Sociología hasta que, de repente, comencé a ver a esas criaturas desplazarse como peces en el agua buscando sexo con muchachos en los baños de las estaciones. Nada había sido tan deslumbrante para mí: que se movieran con tanta libertad en un territorio surcado por la homofobia, la delación y la humillación; que lo hicieran tan perfectamente; que salieran de los baños sin despeinarse, caminando como si nada después de la felatio volcánica; que en el delicioso teatro postural del levante en la vía pública fueran tan perseverantes, tan inflados ganadores, tan dignos perdedores, tan incansables reincidentes. Los viejos putos me dieron la primera gran lección de Sociología: allí donde la sociedad no está hecha a medida de los seres humanos, los seres humanos se van a mover y van a hacer algo para transformar la sociedad en alguna medida a su medida. Tardé en inscribirme en Sociología pero no tardé nada en darme cuenta de algo: que eran sabios gestores de la adversidad, seres capaces de convertir un baño pestilente en un telo de primera categoría. Lo que quiero significar es que no me cerraban las imágenes dietéticas de los viejitos como víctimas a quienes el mundo represivo, como si fuera un tsunami, se los había llevado puestos. No: estos pillos se las sabían rebuscar. Y, en la medida de sus posibilidades, la pasaban bien.

 

Como dije, desde hace algunos años tengo mucho interés por conocer el envejecimiento gay. Debo asumir que no siempre me ha resultado una tarea grata en el medio académico. Aún recuerdo cómo un colega –previendo que iba a contar solamente historias tristes y trágicas- me exhortó a no escribir sobre los viejos putos porque aquel era un momento para hablar solamente de “derechos” (en efecto, esa conversación que mi interlocutor animaba con aire triunfalista se había producido días después de la aprobación de matrimonio entre personas del mismo sexo). Sin embargo, la exhortación me parecía un pedido a favor de la invisibilización de la homosexualidad.

 

Era, en realidad, otro pedido más. Mil veces, ante mis intentos de ocuparme a fondo de la homosexualidad, en el mundo académico se me ha preguntado “¿Y por qué no te dedicás a investigar tal otra cosa? ¿Por qué solamente investigás gays?” Una violenta solicitud para alguien que jamás hizo la misma pregunta a quienes investigan “solamente” trans, lesbianas o mujeres; pero, además, algo inadmisible porque el grado de conocimiento sociológico de la vejez gay es prácticamente nulo en Argentina. ¿Cómo no desdeñar, entonces, semejante dislate? ¿Por qué, a título de qué, habría que bajarle el telón de la comprensión a los viejos putos? ¿Será que no encajan, que molestan, que se mueven por su cuenta, que yiran como se les calienta, que cogen con partenaires no prescriptos por algunas algorítmicas teorías del género y la sexualidad? Hace tiempo que vengo notando que aquello que no queda atrapado en el colador moral de algunas teorías es desechado, lateralizado, sospechado, o bien, directamente humillado por lxs expertxs.

 

Hace un poco menos de diez años que estoy con el tema. En una de mis investigaciones realicé 40 entrevistas en profundidad a gays adultos y adultos mayores (el mayor de 81 años). Hay porcentajes que me hacen pensar mucho. Por ejemplo, 31 de ellos (el 77,5 %) vivían solos, 4 con su pareja y 3 con su padre y/o madre. 24 de ellos (el 60 %) me dijeron que estaban cuidando o que cuidaron familiares pero que no sabían bien quiénes cuidarían de ellos (o directamente si los cuidarían) en caso de que lo necesitaran. Los que cuidaban a sus padres hacían una aclaración: estaban los hermanos y las hermanas; aun así, eran ellos los cuidadores porque, o bien los primeros se borraban aduciendo que, en tanto solteros sin hijos, los encargados naturales eran ellos, o bien porque éstos sentían que era su deber, una especie de empatía innata en cuyo surgimiento –sin duda- estuvo presente la homofobia. Dos datos más para la introducción: primero, en un porcentaje que no puedo precisar porque el discurso se volvía particularmente oscuro, entiendo que muy pocos de ellos pudieron hablar abiertamente de su sexualidad con la familia; segundo, 25 entrevistados (el 62,5 %) habían tenido problemas con la policía durante la dictadura y/o los primeros años de la democracia, y todos (100 %) habían tenido serios problemas de interacción en sus entornos sociales mediatos e inmediatos (insultos, denuncias, golpizas).

 

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A primera vista, se podría pensar la vejez gay como una circunstancia opresiva, signada por la angustia, la soledad, la incertidumbre. A ello ha colaborado mucho el cine, la literatura y el mismo imaginario homosexual de antaño. Sin embargo, siempre tuve presente que investigaba homosexuales que habían nacido a partir de la década del 40, es decir, personas que tuvieron tiempo (al menos cronológico) de ser testigos, protagonistas y beneficiarios de los profundos cambios sociales que mutaron el lugar de la homosexualidad en la sociedad argentina a partir de 1983. Por lo tanto, tenía que darme la oportunidad de averiguar si las cosas habían mejorado para esas subjetividades tan golpeadas. Y descubrí que sí, que habían mejorado. Esto también me trajo algún que otro desentendimiento con algún que otro colega. Deseo que quede claro: yo me preocupo de actuar como un “sociólogo crítico de la sexualidad”, no como un “teórico apriorístico de la infelicidad sexual”. Quiero decir: si alguien me dice que está mejor, mi primera reacción no será pensar que está peor, pero que no se da cuenta porque está alienado al no conocer mi teoría. Al contrario, mi reacción –reitero, al menos al principio- será la de preguntar “por qué”, “en qué” se siente mejor. ¿Qué Sociología es aquella que dice buscar y escudarse en las palabras de los actores sexuales para luego decir sistemáticamente que dicen otra cosa?

* * *

En Argentina, como señalé, no existen desarrollos teóricos sobre la vejez gay (ni lesbiana). Para enterarse de los debates es necesario consultar a sociológxs, antroplólogxs y gerontólogos sociales del exterior (básicamente Estados Unidos), quienes han realizado desde mitad de los años 70 investigaciones empíricas.

 

En efecto, comenzaron a elaborarse enfoques que buscaban contradecir el estereotipo de que era difícil de sobrellevar una vejez digna porque los viejos putos tenían una estructura personológica frágil, producto de la discriminación. Entre los investigadores, Douglas C. Kimmel sostenía que para los homosexuales el envejecimiento no es traumático y sí lo es para los heterosexuales. Los varones homosexuales, a partir del turning point de la relevación de la condición sexual (no olvidemos los años en que estamos referenciados: nacidos a partir de 1940), aprendieron a enfrentarse con distintas e implacables fuentes de rechazo social: desde la familia, pasando por la escuela y el trabajo, circunstancias que tantas veces provocaba la emigración hacia la gran metrópoli.

 

El conjunto de estos rechazos tempranos hizo de ellos expertos en el manejo precoz de distintas crisis, administradores de la adversidad, campeones en el desarrollo de estrategias situacionales para salir airosos cuando todo el mundo quería aplastarlos. El principal capital experiencial con el que contaban consistía en haber desarrollado una auténtica erudición para, sino solucionar, sí manejar situaciones apremiantes renovadas e inmerecidas. Me interesa remarcar que, cuando entraban en la vejez, estos viejos sentían que ya las habían “vivido a todas”, incluyendo la pérdida de los seres queridos que le dieron la espalda. Esto es importante: la mayoría de esas habilidades las desarrollaron fuera del ámbito familiar. Eran, en consecuencia, seres de piel curtida que pudieron acostumbrarse a enfrentar todo y a seguir a pesar de todo. Show must go on, en este contexto, no era solo el título de una canción: era una filosofía de vida. Por lo tanto, la vejez no tenía chances de aparejar una crisis especialmente dramática puesto que esta subjetividad homosexual estaba, en gran parte, forjada por una filosofía profana anti-cataclismos.

 

Quien se volvió competente para administrar crisis recurrentes no tiene que aprender en la vejez a vivir solo, ni a cocinar, ni a lidiar con las cuestiones de la casa. Quienes sí debían pasar por ese aprendizaje son los varones heterosexuales, característicamente cuando enviudaban y se cortaba abruptamente la división sexual del trabajo doméstico. Así, a contrapelo de extendidos estereotipos, la homosexualidad per se no sería un factor de mal envejecimiento. Es claro que cabe señalar un conjunto de problemas (dificultades en la salud, jubilaciones insuficientes, depresión por la des-socialización creciente que supone la vejez en nuestra sociedad), pero las mismas no son imputables a la homosexualidad en sí misma sino que son cuestiones que la superan.

 

Otros autores como John H. Gagnon y William Simon y Richard Friend señalaron algo en varios sentidos contrario a lo que desarrollamos recién: que los varones gays se ven a sí mismos con más edad en un momento de la vida en el que sus pares etarios heterosexuales no se ven necesariamente así, o sea, que existiría una percepción acelerada del envejecimiento.

 

La teoría resulta atractiva. Cuando pienso en profundidad en el humor gay o cuando reveo las películas que fueron consagradas de culto por sus consumidores me acuerdo de los postulados. También cuando rememoro las fiestas gays en las que suelen no faltar las bromas respecto a la edad y al aspecto físico (incluidos los jóvenes gays), tomando como parámetro a personajes interpretados por divas de Hollywood y de otras cinematografías acechadas por la madurez y empeñadas en retener a su lado chongos mucho más jóvenes. La edad (real o no), siempre es sobreactuada para poder hacer bromas y reír. Olor a conjuro colectivo.

 

¿Cómo podríamos explicarnos esta aceleración del calendario interior? Robert Schope es un investigador que retoma más de diez años después a los autores que recién presenté. Aporta una reflexión original que me ha desvelado varias veces. Dice que los hombres gays pueden interpretar envejecimiento en forma “inapropiada” porque carecen de los “marcadores” sociales que guían la percepción del tiempo de los heterosexuales. Los “marcadores” hacen referencia a lo que me gusta llamar “espaciadores biográficos”, es decir, a los ritos de pasaje que llevan ínsitas prácticas sociales y reorganizaciones psíquicas. Por ejemplo, el casamiento, la paternidad, la maternidad o la viudez, son instituciones sociales que marcan el tiempo y, en consecuencia, otorgan a los sujetos un sentido del lugar y del momento en que se encuentran dentro de la carrera biográfica.

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Mi hipótesis es que los viejos gays fueron privados de esos espaciadores debido a la discriminación y la marginalización de la homosexualidad de la vida social, y que esa es parte de la causa del diferencial en la percepción. Los homosexuales que entrevisté fueron jóvenes entre los años 60 y los 80, por lo tanto, tramitaron su primera subjetividad homosexual en entramados sociales adversos, cuyas instituciones –principalmente la familia- eran causantes de expulsión. ¿Qué idea del tiempo puede tener una persona que no puede participar abiertamente de las instituciones que llevan el ritmo de la vida social? No sabemos bien cuál, pero era evidente que el “ritmo de la vida” –gran construcción social- era distinto. Las formas del pensamiento también debían serlo.

 

Y es que estos varones homosexuales que hoy son viejos sentían que estaban fuera de la historia o que la historia era algo que sucedía a los demás, a los heterosexuales. Vieron a sus hermanos y a sus hermanas cumplir las ritualidades ratificadoras de que el tiempo transcurría, de que “vivían”. Si imaginariamente un almanaque funcionaba, ése era el de la sociedad heterosexual, el de ellos, el almanaque de ellos (si es que cabe hablar de su existencia) estaba detenido. ¿Y cuándo se detuvo? Probablemente en la etapa del descubrimiento sexual, rápidamente necesitado de ocultamiento. Las puertas de las vivencias mayoritarias quedaban a partir de entonces solo abiertas para quienes quedaban “adentro” de la historia. Por eso, me interesa decir que, en rigor, “jóvenes” solamente fueron los heterosexuales porque solamente ellos cumplieron dentro de la “juventud” con los ritos socialmente convencionalizados. A diferencia de mis viejos (reitero: “jóvenes” entre los años 60 y 80), ellos pasaron por vivencias (pienso en el noviazgo y el casamiento) que los incitaban a pensarse como “jóvenes”. En cambio, los homosexuales, privados de estas posibilidades, saltaban directamente desde la “adolescencia” hacia la “madurez”. Como consecuencia, el envejecimiento les quedaba mucho más cerca, era acelerado porque saltaban etapas.

 

Esta situación –dramática en sí misma- fue reforzada por un drama inconmensurable: el advenimiento del SIDA. Sobre llovido, mojado. ¿Cómo no ponderar en este “gran” salto adelante la influencia de los sentimientos de pérdida y duelo de los años 80 y 90? En esa tremenda coyuntura, quienes hoy son homosexuales adultos y adultos mayores también tuvieron que saltar etapas, hacerse grandes de golpe y a los golpes, experimentando en plena juventud gigantescas pérdidas afectivas, esas pérdidas que la mayoría de sus pares etarios heterosexuales comenzarían a experimentar 30, 40 años después.

Aquí se observa otro elemento del mismo proceso que transportaba a estas personas rápidamente hacia la vivencia de eventos propios de otra etapa de la vida. Todo llegaba antes, –paradoja- no obstante estar afuera de la historia. Por ejemplo, Brian De Vries cuenta que en una investigación con grupos focales en San Francisco, los varones homosexuales de mediana edad recordaron asistir a funerales casi semanales para amigos y seres queridos que murieron a causa del SIDA. Uno de ellos dijo que dejó de contarlos después de que el número llegara a 50. Por su parte, un estudio de John L. Martin y Laura Dean muestra que casi el 30% de la muestra había experimentado dos muertes (de amantes, antiguos amantes o amigos cercanos) en un período de doce meses contados retrospectivamente a partir de un mes de 1987, y casi la mitad de la muestra había experimentado tres. Sí, entendimos bien: dos o tres muertes en un año sin incluir las muertes de miembros de sus círculos sociales, conocidos, y amigos de amigos. La conclusión se impone: las personas mayores que yo entrevisté en la actualidad, se sintieron grandes hace ya treinta años.

 

El tiempo no para. Las transformaciones sociales de la homosexualidad tenderán a multiplicar las chances biográficas. Pienso que aquello que antes era, en buena medida, un destino para los viejos homosexuales se irá atenuando y pluralizando. Por supuesto, ni la competencia en crisis ni el envejecimiento acelerado son verdades reveladas pero ayudan mucho a pensar el tema. En mis entrevistas, a la par que los viejos se sentían desubicados y desconcertados en el nuevo mundo gay (manifestaban sentirse solos y tener problemas con las nuevas formas de sociabilidad), no dudaban en señalar las mejoras en la vida gay, aunque daban a entender que no eran ellos quienes las iban a disfrutar sino las generaciones venideras. Bien visto, un sociólogo tiene que comprender que no se puede pasar por arte de magia del uso de los cospeles al mundo de los celulares con Grindr.

* * *

Es cierto. No andarán mucho con las apps, no sabrán cómo socializarse con esos recursos pero, de todos modos, los viejos aparecen cada vez más en la escena y mucho menos escondidos si los comparamos con los viejos que conocí allá por los años 80. Como si hubiera salido el sol, poco a poco comienzan a hacerse ver en las instituciones del mundo gay –por ejemplo- en los clubes de sexo, en particular, en los saunas, a pesar de que algunos ofrecen rebajas en la entrada solo a los jóvenes.

 

Allí pueden verse escenas que despiertan ensoñaciones. Si se arma una escena de sexo grupal entre jóvenes bien plantados, los viejos intentan participar metiendo mano pero si otra mano les hace saber que no, se quedan a un costado observando el caluroso espectáculo que, no obstante sus dificultades visuales, logran adivinar en la oscuridad a través de los destellos de la transpiración que cae del cuerpo de los colosos.

 

Momentos después de que la escena se desarma suele suceder que se los vea tomando un café con alguno de ellos (sea por iniciativa del coloso o de los viejos, esta es una simetría fácilmente observable). Llega entonces el momento del laburo: nada nuevo bajo el sol, a no ser que los últimos años han traído muchas palabras para designar sin vergüenza un montón de cosas que los putos hacemos desde siempre.

 

Verlos conversar supone una excitante oportunidad para hacer una socio-antropología de la negociación, de la construcción de un acuerdo: en vivo y en directo, enfrentados, mirándose cada arruga, las tetas caídas o las venas hinchadas que surcan unos antebrazos de anchura descomunal, tenemos dos imanes con los torsos descubiertos que no dejan de medirse, encandilados y sonrientes, cada cual pensando en lo que quiere conseguir. Después de todo es un milagro que puedan estar ahí, cada cual buscando lo suyo sin que ninguna lengua suelta la recuerde nada a nadie. Es más que probable que minutos después hayan cerrado un acuerdo que le permita al viejo ejercer un acto de “caridad desdramatizada”, en palabras de Gianni Vattimo. Ya lo dijimos, el viejo la sabe lunga, sabe que un caballero encuentra siempre la forma de ayudar sin ofender, para traer una sentencia de Eduardo Mendicutti.

 

Sé que cierro este ensayo tocando un punto difícil para cierta sensibilidad contemporánea y que puedo incitar el pánico moral. Pero prefiero asumir el riesgo que supone comunicar un acto de libertad antes que invisibilizarlo.


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