“Nos rasuran, nos hacen enemas, nos meten los dedos en la vagina para tactar una, dos, tres, siete veces; una, dos, tres o más personas. Nos acuestan, nos miran, nos dicen que tenemos que hacer, cómo ponernos, cómo respirar, cómo pujar, nos aprietan la panza, nos mutilan nuestros genitales por rutina”. El 8 de marzo las mujeres también paran contra la violencia obstétrica. La socióloga de la salud Andrea Paz cuenta su experiencia de parto respetado, analiza las estadísticas y los prejuicios del sistema médico. ¿Por qué reacciona con tanta virulencia?



Mi habitación parecía una caverna, llena de calor y a oscuras. Afuera hacía mucho frío. Desde hacía seis horas las contracciones eran muy seguidas, cada vez más. Estaba sentada en una enorme pelota azul, era la única posición en la que el dolor remitía un poco y me daba tiempo a prepararme para la siguiente oleada. En la pelota podía aflojarme. Fede, mi pareja, me sostenía desde atrás. Caro, la partera, me sostenía la mano, suave pero firme. Meli, la otra partera, me hacía masajes. Elena estaba por llegar, aunque todavía faltaba el final del trabajo de parto, cuando asoma primero la cabeza y después el cuerpo y llega el llanto de la beba y de todos. Pero antes de ese final me trabé. El cansancio, el dolor. Pujaba pero Elena se quedaba casi donde estaba. Volvía a sentir muchas ganas de pujar, pujaba de nuevo pero Elena no bajaba. Yo no podía más.


 

En la Argentina los partos ocurridos en domicilio en el año 2015 fueron 2.268. Una cantidad significativa, pero no obstante representa menos del 0,3% de los nacimientos. Dicho de otra manera, el 99,5% de los nacimientos en nuestro país ocurren en un establecimiento de salud (el 0,2% restante en otro lugar o no se especifica). Si analizamos su evolución en los últimos quince años los nacimientos que ocurren en domicilio vienen en disminución, del 1,1% en 2001 al 0,3 en 2015. Lo que quizás podemos suponer, aunque desconocemos el dato, es que en estos últimos 12 años, con un Estado presente en materia de salud, lo que haya disminuido son los partos que ocurrían en domicilio sin estar planificados, y que los partos con equipo profesional hayan ido en aumento.

 

Ocurrir no es lo mismo que planificar. No todos los nacimientos ocurridos en domicilio son partos planificados allí con un equipo profesional idóneo. Por lo cual, hoy, este tipo de partos en Argentina aún es reducido en términos proporcionales. En países como Holanda, en donde existe un sistema oficial de partos domiciliarios y donde es una prestación con cobertura, ese porcentaje asciende a un 30%.

 

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¿Por qué si los partos planificados en domicilio con asistencia de parteras u obstetras representan mucho menos que el 1% en nuestro país, el poder médico hegemónico, a través de sus actores, reacciona con tanta virulencia sobre las mujeres que lo eligen y sobre las y los profesionales que lo acompañan? Juicios de valor, críticas agresivas, mentiras para atemorizar, tergiversación de los hechos, no se hacen esperar cuando se realiza un traslado oportuno a un hospital: “no merecen ser madres”, “si decidís parir en casa bancátela”, “aguántate sola y no llames a la asistencia”, “es una idiotez”, “egoístas”, “están poseídas”, “el fanatismo y la ignorancia es una mala combinación”, “nos tiran a la mujer cuando las papas queman”, “que falta de responsabilidad y respeto por la vida”.


 

Nos rasuran, nos hacen enemas, nos meten los dedos en la vagina para tactar una, dos, tres, siete veces; una, dos, tres o más personas. Nos acuestan, nos miran, nos dicen que tenemos que hacer, cómo ponernos, cómo respirar, cómo pujar, nos aprietan la panza, nos mutilan nuestros genitales por rutina. Nos ponen una vía, nos inmovilizan, nos inyectan oxitocina sintética, nos anestesian. Después de todo esto si a la beba no la “hicieron nacer”, nos cortan y nos sacan a nuestra cría, le cortan el cordón de manera prematura privándola, entre otras cosas, de un volumen adecuado de sangre y reservas de hierro, la separan de nosotras, le introducen una sonda por nariz, por boca, por ano, la limpian, la miden, la pesan, lejos de nosotras ¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué no nos brindan información para poder elegir?¿Cuántas de estas prácticas están basadas en evidencia? ¿Cuántas investigaciones científicas hay que las desaconsejan y aún se siguen haciendo?


 

El primer contacto que tuve con un parto domiciliario fue el de mi amiga Maite, que vive en Bilbao, y por teléfono me contó por qué había decidido tener a su primer hijo en casa con un equipo profesional de matronas. Sus fundamentos sonaban sólidos, y yo estaba de acuerdo con cada uno de ellos, y sin embargo, sin decirlo, pensé: esto es una locura. ¿Por qué iba a correr semejantes riesgos? No conocía a ninguna mujer de mi entorno que hubiera elegido un parto domiciliario; aunque en realidad si hacía un poco de memoria, no hacía tanto tiempo, unos cincuenta años atrás, mi abuela Lidia había parido, a mi tía primero y a mi mamá después, en su casa con la partera del barrio.

 

Soy socióloga y la salud era un ámbito al cual le escapaba quizás porque le temía. En general la salud, de manera contradictoria, aparecía asociada a estar enferma, a los tratamientos, a las intervenciones rutinarias sobre mi cuerpo por recomendación y, en último caso y con mayor presencia, a la muerte.

 

Al año siguiente de que mi amiga Maite, después de 12 horas de trabajo de parto que me sonaron eternas, hubiera parido a su hijo en su casa, empecé la Maestría en Salud Pública de la UBA. Me encontré ahí, en las lecturas y debates con mis compañeras y compañeros, con la salud desde otro lugar, como un campo que excede lo médico-curativo, con un campo histórico y social, con actores en lucha, con disputas y poder. Y si bien era de esperarse que una socióloga lo viera desde esa perspectiva, mi naturalización de este ámbito temido de la vida cotidiana no me lo había permitido hasta entonces.

 

Hace más de 10 años que en la Argentina se desarrolla un modelo de atención en salud con prácticas muy distintas a las patriarcales y biomédicas que rodean a los nacimientos en los hospitales. El parto planificado en domicilio es un modelo organizado bajo los principios de la atención primaria y que se construye entendiendo al proceso de salud desde una perspectiva compleja. La salud no es solo ausencia de enfermedad. La salud no es solo la práctica médica. La salud no se encuentra determinada únicamente por cuestiones biológicas. La salud es también un hecho social, cultural y político. La salud es, ante todo, un derecho humano fundamental.

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Terminada la maestría comencé a trabajar en el Ministerio de Salud de la Nación, y al tiempo quedé embarazada de mi primera hija, Emilia. Le comenté a mi ginecólogo que quería un profesional que no me tomara como si estuviera cursando un proceso patológico sino con una mirada más cercana al parto respetado, natural o domiciliario que había tenido Maite en Bilbao. Mi ginecólogo, que además es obstetra aunque ya no ejerce, me explicó que era difícil encontrar profesionales en instituciones que llevaran adelante partos como el que yo quería. Me pasó el teléfono de Marga, una obstetra que había abandonado el hospital y que acompañaba partos domiciliarios. Nuestra idea, por una cuestión económica, era hacer controles con un obstetra de nuestro plan de salud y tener el parto en casa con ella y la partera Edith. No iba a ser tan sencillo.

 

En nuestra primera entrevista con Marga le preguntamos si ella tenía una casa de partos o algún espacio pensado para parir que no sea una institución hospitalaria. Ella nos dijo que no y que estaba convencida de que la casa era el lugar que favorecía el proceso fisiológico de un embarazo de bajo riesgo. No fue una entrevista tradicional. Fue más bien un encuentro, duró varias horas, no sé cuántas porque el tiempo del reloj no era el que importaba. Nos conocimos, hablamos de nosotros y ella habló de sí también. Conversamos sobre el proceso que vendría, como serían las consultas y los controles. También sobre qué hacer en caso de que se presentara una emergencia.   

Visitamos varios obstetras del plan de salud y le contamos nuestra idea. Las caras de los médicos se transformaban cuando les decía que quería tener un parto en casa.

 

—¿Tenés glaucoma? preguntó uno, casi contento de encontrar un problema. —Es muy peligroso hacer un parto natural con un glaucoma, te puede subir mucho la presión intraocular y corrés peligro de quedar ciega.

 

Así el doctor pretendía que me quedara en su consulta y lo eligiera para traer a mi primera hija al mundo. A través del miedo.

 

Pasamos por varios, y las reacciones fueron similares. Así que, cuando llegamos a ver al último no le contamos nada de nuestra idea del parto en casa. Así empezamos los controles.  

 

Elegí planificar un parto en casa no por el lugar sino por el modelo de atención. De hecho, lo que menos me gustaba en este primer plan de parto era que fuera en mi casa, si bien un espacio familiar me parecía ideal para hacerlo, intuía que ante cualquier complicación la lupa iba a estar puesta en el lugar que había elegido para parir y la condena social iba a ser dura.

 

¿El lugar es el que determina el modelo de atención? No. La Organización Mundial de la Salud admite la existencia de diversos lugares de parto, desde el domicilio hasta centros terciarios de salud, no se manifiesta a favor de ninguno, y sostiene que lo que garantiza la seguridad en un parto no es el espacio sino el modelo de atención y cuidado de la mujer embarazada y del bebé.

 

Sin embargo, el plan puede fallar. A la semana 30 de embarazo empecé con contracciones de parto; los bebés a término, según la OMS, son aquellos que nacen entre la semana 37 y la 42. Marga me dijo que teníamos que ir a la guardia del hospital y allí fuimos. Emilia nació, por una supuesta corioamnionitis, a la semana 30 de embarazo, lejos de lo que había planificado para ella, en un nacimiento de urgencia, y con 35 días posteriores de internación en neonatología. Pesó 1.440 kg. El torbellino de lo imprevisible llegaba a mi vida, a nuestras vidas. Mamá prematura, puerperio prematuro, familia prematura.


 

Cuatro años más tarde quedé embarazada de mi segunda hija, Elena. El miedo a que se repitiera el parto prematuro hizo que no pensáramos en tenerla en casa. No podía pensar en el parto, solo en llegar a la semana 40, o incluso a la 37. Por eso busqué a una doula, mujeres que acompañan el camino de la maternidad y dan apoyo emocional. Con Leila tuve varios encuentros a lo largo de todo el embarazo, y ella nos recomendó un obstetra. Así llegamos a Fabián. Lo primero que hicimos con él fue hablar de prematurez y cómo prevenirla, pero también volvimos a hablar del parto natural o respetado. Él nos dijo: nosotros los obstetras no sabemos esperar, estamos formados para hacer, para intervenir, el trabajo de esperar y observar lo hacen bien las parteras. Asumía sus limitaciones.

 

Empezamos la búsqueda de una partera que me acompañara y llegamos a Caro, la partera de otra amiga. En el primer encuentro la elegimos. Ella nos escuchó, nos preguntó, hablamos de Emilia, de su nacimiento, de mis miedos, de los miedos de Fede. Hablamos de cómo quería que fuera el parto, aunque yo seguía sin poder pensar en eso, sino solo en llegar a la semana 40.

 

Caro venía a verme a casa y a hacerme los controles, además de los que yo realizaba con Fabián. A veces venía con Melina o con Daniela, las dos parteras que trabajaban con ella. Fuimos construyendo un vínculo profundo y sin darme cuenta se iba convirtiendo en una persona fundamental en esta historia. Se quedaba siempre una hora, dos, tres, un tiempo elástico, en el que ella se detenía a conocerme, a ser el puente que yo necesitaba para volver a confiar en mí, en mi cuerpo, y en Elena que estaba en mi panza.

 

Semana 30. Un dolor extraño. La panza dura. ¿Una contracción? Me dormí un poco preocupada. Fede también. Lo desperté en mitad de la noche. Estaba segura de que sí, eran contracciones. Todo lo que temía estaba volviendo a pasar. Intenté tranquilizarme. Fede llamó a Caro. Ella le preguntó si la panza se ponía dura como una piedra o si podía hundir el dedo en el ombligo. Fede hizo la prueba y el dedo se hundió. Mi cuerpo empezaba a ejercitarse, o mi cabeza me pasaba una mala jugada. Me angustié. Hacía poco que Caro había pasado a hacerme el control, sin embargo al otro día vino a verme. Me explicó cómo identificar una contracción de parto y también me dijo que iba a experimentar cosas nuevas que antes no había vivido. Los días que siguieron Caro me acompañó de cerca. Me llamaba, me mandaba mensajes, y cuando sentía algún dolor distinto pasaba a verme. Su sola presencia me tranquilizaba.

 

En uno de esos encuentros volvimos a hablar del parto, de lo que no quería que me hicieran en la institución, ni a Elena ni a mí.

 

La OMS indica que entre el 70% y 80% de las embarazadas pueden considerarse de bajo riesgo al comienzo del parto; y recomienda que debe existir una razón de peso válida para interferir este proceso natural. Porque el proceso de embarazo y nacimiento es un proceso fisiológico saludable. El modelo de atención de parto planificado en domicilio se construye desde esta premisa. En cambio, en el modelo biomédico los embarazos de bajo riesgo suelen estar bajo las mismas reglas y protocolos que aquellos embarazos de alto riesgo, por lo que en la mayoría de los partos normales se produce lo que se conoce como “cascada de intervenciones” que muchas veces desembocan en cesáreas innecesarias.

 

Hoy, un proceso de parto saludable necesita de una mujer empoderada, libre, y autónoma. En donde la intervención es la excepción singular de cada nacimiento y no la regla protocolizada para todos los nacimientos.

 

En un estudio descriptivo, realizado por Fortaleza´85, agrupación que trabaja por los derechos perinatales y a la cual pertenezco, de una muestra de 1.500 mujeres que habían parido en domicilio con equipo profesional, al 41% no se le realizó ninguna intervención durante el parto y al 43% solo una. Es decir que el 84% de los partos no necesitaron intervenciones o solo una. Otro dato interesante es que solo al 1% se le realizó episiotomía y al 15% sutura por desgarro.

 

Necesitamos desnaturalizar lo que la sociedad patriarcal hizo y hace sobre nuestros cuerpos, también en el momento de parir. Necesitamos desnaturalizar lo que el saber-poder médico hegemónico hizo y hace sobre nuestros cuerpos gestantes, cuerpos en parto, cuerpos puérperos y sobre nuestros hijos e hijas recién nacidas.

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Me di cuenta de que en una institución iba a ser imposible lo que yo quería, debería ceder o pelear. Y no me imaginaba una pelea durante el parto. Así que decidimos tener a Elena en casa. Fabián no solo respetó mi decisión sino que se puso al servicio de mi equipo de parteras ofreciendo su celular para poder trabajar con ellas en caso de necesitarlo. Acordamos que Caro le informaría el inicio de mi trabajo de parto, también cómo y dónde sería mi traslado y el de Elena si fuese necesario.

 

Así que preparamos la casa para recibir a Elena. Caro nos contó todo lo que ellas iban a traer. Caja de parto con instrumentos quirúrgicos esterilizados, medicación necesaria, gasas, guantes, agujas, jeringas, clamps, hilo de sutura, tubo de oxígeno y mascarilla neonatal, entre otras cosas.

 

Era de noche. Emilia acababa de dormirse. Yo estaba muy cansada y Fede también. Nos acostamos, se escuchó como un chasquido y vi el líquido caer; había roto bolsa. Llamamos a Caro. Quise acostarme, la rotura de bolsa no implicaba que se inicie el trabajo de parto de manera inmediata. Pero empezaron las contracciones, una atrás de la otra, con regularidad y más seguido. Hacía cada vez más frío. Me puse al lado de la estufa eléctrica que teníamos a los pies de la cama. El día que cumplía la semana 40 Elena elegía nacer.

 

En este modelo de atención las mujeres, las familias, y los profesionales desarrollan relaciones horizontales y de confianza. La mujer embarazada es la protagonista, la figura central en la toma de decisiones, la que decide sobre su cuerpo y el de su hija o hijo, en su ejercicio de libertad y autonomía. El equipo profesional, compuesto por 2 o más profesionales idóneos, es el que acompaña, construye un vínculo de confianza, observa, escucha, conoce, brinda información, se pone al lado, a disposición y en un rol activo de garantizar los cuidados y el espacio protagónico de la mujer. El equipo obstétrico controla y conoce el proceso de salud de la mamá y del bebé en todo el embarazo, trabajo de parto, parto y posparto; es el que también se abre a conocer la trama vincular, social, emocional, los miedos, las debilidades, las fortalezas, los encuentros y desencuentros, los recorridos, la historia de esa familia, de esa mujer, de ese bebé que está por llegar. Este modelo recupera la visión integral del proceso salud-enfermedad-atención-cuidado, incorpora la dimensión social, cultural e histórica, a la vez que trabaja sobre la singularidad de cada nacimiento.

 

El conflicto aparente entre parto hospitalario y parto domiciliario obtura el debate y esconde la lucha de dos modelos de atención en salud perinatal; un modelo biomédico intervencionista con prácticas obstétricas dominantes que son una expresión más de la sociedad patriarcal sobre nuestros cuerpos, y otro modelo de atención en el cual la mujer informada es la protagonista que decide dónde, cómo y con quién parir, en el cual casa es solo un lugar posible.

 

El poder médico hegemónico suele reaccionar con virulencia frente al parto planificado en domicilio porque lo interpela en sus rasgos estructurales que legitiman su práctica desigual y autoritaria sobre nuestros cuerpos femeninos (nuestras vulvas, nuestras vaginas, nuestros úteros) y los cuerpos de nuestras crías. La reacción es para mantener su identidad profesional, la desigual distribución del poder-saber y el ejercicio de su hegemonía.

 

En el modelo biomédico los partos los “hacen” los profesionales interviniendo con tecnologías médicas y farmacológicas; en oposición, en el modelo de parto planificado en domicilio nosotras parimos, y ellos acompañan.


 

Afuera se hacía de día. Yo seguía inmersa en las olas de mis contracciones; se ponían bravas. Elena había coronado hacía rato y estaba lista para salir pero yo no; me sentía trabada, cambiaba de posición, me sentaba en el banquito, venía desde lo más hondo esa sensación de pujar con fuerza, con todas mis fuerzas, descansaba, volvía a pujar, no doy más, no sé si voy a poder. Recordaba que me habían dicho que cuando no das más es porque la beba está por nacer, pero eso no sucedía. Elena nacía pero yo no la dejaba nacer, y en el fondo lo sentía. Caro se me acercó, me agarró fuerte y suave a la vez y me preguntó en un susurro, ¿tenés miedo?; no podía explicar nada, dije que no, lo único en lo que pensaba era en que no daba más, quería que Elena naciera.

 

Sentía que no podía, Fede no puedo, no voy a poder. Caro me decía con mucha calma: claro que podés Andre, lo estás logrando. Entonces ella me volvió a preguntar ¿en el nacimiento de Emilia a qué le tuviste miedo? Sin saberlo, sin recordarlo, vino a mi mente y a mi cuerpo el profundo deseo de que no quería que Emilia naciera a los seis meses y medio. Lloré. No quería que naciera porque pensé que si nacía ese día, dos meses y medio antes de su fecha probable de parto, se iba a morir. Quería que siguiera viva dentro de mí. Caro agarró el aparato con el que escucha los latidos fetales y me hizo escuchar a Elena, me miró a los ojos y me dijo, ella no es Emilia, Emilia está bien, ella es Elena, y ya quiere nacer. En la siguiente contracción elegí sentarme en el banquito de parto, Fede me sostenía desde atrás porque me sentía muy cansada, apoyé los pies en las piernas de Caro, pujé y de repente asomó la cabeza, volví a pujar y Elena nació, a las 9:50, exactamente a la misma hora que había nacido su hermana 5 años atrás. Lloró con tanta fuerza que todos nos pusimos a llorar con ella, la abracé en mi pecho y ahí nos quedamos, juntas las dos como si fuéramos una, mientras el sol del invierno rebotaba contra las paredes y bañaba todo de una luz anaranjada y cálida.


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