La incorporación de imágenes en nuestra comunicación cotidiana ya es una costumbre en jóvenes y adultos. A veces, enviar un emoji de corazones, mandar el gif de John Travolta, un meme de Maradona o una selfie con filtro aclara mejor las emociones o las ideas que la escritura. ¿Cómo están cambiando nuestro lenguaje Internet y los smartphones? Tomás Pérez Vizzón analiza las distintas maneras de expresarnos que tenemos. ¿Qué rol le quedará a la palabra escrita? ¿La cámara es el nuevo teclado?



Con un saco colgado del brazo y un papel en la mano, Vicent acaba de entrar en la casa de Mia Wallace. Mira hacia a un lado y hacia otro. Ella no está pero su voz se escucha por altoparlantes. Está desconcertado. Esta pequeña escena de John Travolta y Uma Thurman “ya no es más” de Pulp Fiction. Hace dos años que es Confused Travolta (Travolta confundido), quizás el GIF más versionado y contextualizado de los millones que existen.

 

La historia de su origen ya es bastante conocida. Un usuario corta ese pedacito de película y lo publica en un comentario en Imgur, una comunidad de imágenes virales. Tres años más tarde, otro usuario toma al Travolta confundido y lo ubica en una juguetería. El efecto es el esperado: todos entendemos cómo se siente él al tener que elegir una muñeca para regalarle a su hija en navidad. Muy confundido. Tras el éxito del posteo, el usuario subió un tutorial para insertar a Travolta en cualquier lugar.

 

La incorporación de imágenes en nuestra comunicación cotidiana en entornos digitales se ha instalado en los jóvenes y no tan jóvenes. A lo largo de este artículo iremos viendo cómo las personas están empezando a componer discursos con memes, emojis, selfies, fotos, GIFs, videos. Cómo Internet y los smartphones están cambiando nuestro lenguaje en una cultura cada vez más visual.

 

A modo de juego, podríamos animarnos a decir que, en una conversación cara a cara, nos sería muy útil sacar del bolsillo un Confused Travolta para explicar cómo nos sentimos ante una determinada situación. Es que el uso del GIF, ese archivo gráfico creado por la empresa de comunicaciones CompuServe en 1987, en algunos casos, es el modo más apropiado para expresarnos. Es un formato que dinamiza la comunicación, se reproduce inmediatamente en cualquier dispositivo, facilita la retención visual y, lo más importante, está cargado de sentido: produce un impacto emocional.

 

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Si cada imagen cuenta una historia, un GIF la profundiza: la hace una serie. Cada movimiento, cada variación, cada nueva capa visual es más información para el espectador. Los detalles cobran vida y se perciben nuevos elementos que generan emociones. Luego la repetición de la secuencia, una y otra vez, hasta la aprehensión. Y después, los envíos y reenvíos de ese GIF que puede ser puesto en juego en otra situación, en otro contexto, con un nuevo sentido.

 

Gunther Kress, Jefe del Departamento de Cultura, Comunicación y Medios de la University of London, se ha especializado, hace más de 25 años, en el área de la comunicación multimodal, la disciplina que estudia la interacción entre los diferentes modos de comunicación en los discursos: la escritura, la imagen y el audio. La elección del modo en que me voy a comunicar, dice Kress en Multimodal Discourse: The Modes and Media of Contemporary Communication, tiene que estar relacionada con mi interés en lo que quiero decir y con el marco comunicativo en el que me encuentro (a quién le hablo, el tono, el sentido). Yo soy quien decido qué modo es mejor usar. Muchas veces la escritura no me alcanza y necesito combinar con imagen o video. La pregunta es: ¿qué modo me sirve para transmitir el mayor caudal de información?

 

“Las personas están usando cada vez más GIF para expresar sus ideas y sentimientos”, le dijo a New York Post Aryn Drakelee, quien junto a su esposo Jesse Williams (el actor de la serie Grey´s Anatomy) y el artista conceptual Glenn Kaino, creó Ebroji, una aplicación que es una biblioteca de GIFs organizada por estados de ánimo. “Son una forma de lenguaje. Animan y agregan textura y tono de una manera que un texto no puede”.

 

Lo que está ocurriendo con los GIFs es una consecuencia, por un lado, de los avances tecnológicos y, por el otro, de la experiencia de los usuarios. ¿Por qué su boom llega más de 20 años después de su creación? Una de las razones es que hoy las tecnologías y la velocidad de las redes lo permiten. Hasta hace algunos años los GIFs se reproducían solo en computadoras y en algunos navegadores y su alcance estaba limitado a los foros de nichos o a redes sociales más específicas como Tumblr. Hoy, este tipo de archivos pesa muy poco y se reproduce instantáneamente en cualquier smartphone. Y además, llegó a los gigantes de la web. Las aplicaciones más usadas en el día a día como WhatsApp, Twitter, Facebook y hasta Tinder han integrado una base de datos de este tipo de archivos-ya sea interna o de terceros como Giphy- para usarlos con la misma facilidad con la que escribimos o enviamos un emoji.

 

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En vez de responder a una pregunta con “OK”, puedo enviar a Diego Maradona levantando el pulgar hacia arriba. O en lugar de reirme con un “jajaja”, puedo mandar una risota de Leo DiCaprio en su personaje histriónico de El Lobo de Wall Street. Así, ponemos en juego dos recursos vinculados al pop y la industrial cultural argentina o mundial. Está claro que el efecto es otro. La respuesta gana en fuerza: es bien expresiva.

 

Como decíamos, la explosión del GIF también se explica por la capacidad creativa y de adaptación de los usuarios con las tecnologías. Carlos Scolari, experto en medios digitales, interfaces y ecología de la comunicación, explica en su libro Hipermediaciones que cada tecnología es “socialmente negociada”, es decir, que su uso no nos viene determinado, sino que se determina en el uso mismo.

 

¿Y qué pasa ahora con los smartphones? “Es una dinámica de ida-vuelta: los diseñadores crean nuevos dispositivos e interfaces, los usuarios interactúan con ellos -a menudo desarrollando usos ‘desviados’ o no previstos por sus creadores-, lo cual obliga a crear nuevos dispositivos que potencien esos usos. Cuando se popularizaron los primeros teléfonos móviles en los ’90, nadie pensó que la gente enviaría mensajes textuales pudiendo dejar registrado un mensaje escrito. El boom del SMS fue inesperado. Otro ejemplo: cuando los diseñadores fusionaron la interfaz del móvil con la cámara digital, nunca imaginaron que los usuarios las utilizarían para hacerse selfies. El último smartphone de Huawei, el P10, presentado en Barcelona en el Mobile World Congress, ya se promociona como un dispositivo de alta gama con funciones específicas para hacer selfies de gran calidad”, responde para este artículo Scolari, Doctor en Lingüística Aplicada y Lenguajes de la Comunicación por la Università Cattolica di Milano.

 

Otra manera de comunicarse con imágenes son los memes. A diferencia de los GIFs, podríamos decir que están aún más asociados a contenidos con fines humorísticos que a transmitir emociones. Ya son un clásico los de los Simpsons: los usuarios de internet se las ingenian para encontrar siempre una escena que haya predicho un acontecimiento. El más impactante fue el de la victoria de Trump en Estados Unidos, pero también hay de fútbol, música y cultural general.

 

“Los memes tienen una conexión con la parodia y la sátira. Buena parte de estos desarrollos mediáticos que funcionan muy bien, le dan continuidad a géneros comunicacionales preexistentes”, aporta Pablo Boczkowski, Doctor en Estudios de Ciencia y Tecnología en la Universidad de Cornell.

 

Y también están los emojis, los sucesores de los emoticones del MSN. Es el formato más instalado dentro de nuestras conversaciones diarias. Los estudios y los debates sobre la incorporación de estas pequeñas imágenes en el lenguaje ya tienen unos años. Investigaron las discrepancias interpretativas según la plataforma y el dispositivo móvil, existe el día internacional del emoji, se cuentan historias enteras con emojis, hay mitossobre su origen, se publicaron Moby Dick y Cuentos de la Selva en versión emoji, hay estadísticas pormenorizadas de uso de emoji divididas por edad, género, idioma, país. En Argentina, por ejemplo, el más utilizado es la cara con corazones en los ojos. En nuestro país el consumo está realmente extendido: es el séptimo país sobre 212 en uso de emoji y hasta hubo una campaña para incorporar la imagen del mate. ¿Quién no jugó a expresarse solo con dibujitos en una charla de WhatsApp? ¿Y a enviar stickers divertidos con Telegram?

 

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A principios de los ’70, el filósofo británico Alan Watts, estudioso de la cultura oriental, a propósito del lenguaje escrito chino, anticipaba en El camino de Tao, que la utilización de ideogramas permitiría crear un rico lenguaje visual. “Hará falta mucho tiempo para que este idioma desarrolle una literatura y evolucione hasta el punto de poder expresar matices sutiles de pensamientos y sentimientos. De cualquier modo, las computadoras vencerán este obstáculo con facilidad y tales ideogramas podrán comunicar relaciones complejas o configuraciones más rápidamente que las interminables oraciones alfabéticas. El ideograma proporciona más información a simple vista y en menos espacio que la forma de escritura lineal y alfabética que, para que resulte comprensible, debe ser pronunciada”.

 

¿Entonces cuál es el punto? ¿Tenemos que volver a escribir con pictogramas como en el antiguo Egipto? Gretchen McCulloch, una lingüista que está escribiendo un libro sobre cómo Internet está cambiando el lenguaje, estudia el comportamiento de las personas con sus teléfonos y las aplicaciones de chat. Dice que los emojis y otras formas de puntuación creativa son el equivalente digital de hacer una cara o un gesto con la mano cuando estás hablando. “Te sentirías raro al tener una conversación con las manos atadas a la espalda. Pero escribir exclusivamente en emoji es como jugar. Es divertido por un tiempo, pero si realmente querés decir algo es complicado”.

 

¿La cámara es el nuevo teclado?

 

El texto escrito fue durante siglos la principal fuente de acceso y difusión del conocimiento. La aparición de la imagen en distintos formatos (fotos, cine, ilustraciones, televisión, etc) comenzó a disputarle ese poder. Lo digital, apuntan Bill Cope y Mary Kalantzis en “A grammar of multimodality”, aceleró este proceso “en la medida en que la unidad molecular elemental para la fabricación de significado textual se redujo del carácter al píxel”. A esto se le sumó el sonido, que en entornos digitales, se convierte en un tipo de material registrable similar a los píxeles. Las consecuencias de estos cambios, a fines del siglo XX y principios del XXI, fue la reducción del protagonismo privilegiado de lo escrito en la cultura occidental, llegando al mismo nivel que lo audiovisual.

 

El rol de la escritura tuvo su camino. Las computadoras le dieron una nueva plataforma: el surgimiento de los procesadores de texto en la década de 1980. Modificaciones en el inicio y en el final: hoja en blanco por pantalla en blanco y hoja escrita por documento impreso. Luego, Internet “lanzó las palabras a la red”. Las letras pasaron a contarse en caracteres junto a los espacios en blanco y empezamos a subir escritos a blogs, enviamos correos electrónicos, abandonamos las llamadas telefónicas por “mensajes de texto” y después por WhatsApp, actualizamos nuestros estados en redes sociales.

 

Y junto a la transformación que generó la llegada de Internet, los teléfonos móviles incorporaron cámaras fotográficas. En un principio, las imágenes eran de muy baja calidad, pero después mejoraron. Tanto que eliminaron del mercado a un producto que venía con fuerza: las exitosas cámaras pocket. Por primera vez, con el mismo elemento con el que se comunicaban con sus contactos, las personas podían documentar su entorno visual y transmitirlo rápidamente con fidelidad.

 

Esto generó un cambio muy potente: no solo podríamos documentar el mundo, sino que también podríamos usar las imágenes para comunicarnos. Por la facilidad con que hoy se puede tomar una foto, su existencia como objeto dejó de tener la densidad con la que contaba hasta hace unos años. Más bien son “fotografías sociales” que dialogan. Son parte de un discurso visual más comunicativo que artístico. Es importante diferenciar este tipo de fotografía de la tradicional, vinculada a la creación de objetos artísticos.

 

El que entendió muy bien estas dinámicas fue Evan Spiegel, el creador de Snapchat. El joven de 26 años apostó por el ascenso y el eventual dominio global de la cultura visual. E imaginó un mundo en el que la supremacía cultural de la cámara fuera tal que pudiera ser tan importante para nuestra vida cotidiana como el teclado. Su aplicación se basa en generar imágenes, intervenirlas con filtros, dibujos y letras y eliminarlas, al instante en el caso de los mensajes privados, y a las 24 horas en el caso de las historias. La aplicación se inicia con la cámara en la posición de selfie. Una de las claves de la aplicación está en lo que parece ser una función solamente lúdica: los filtros. Pero no, ahí están las señales emocionales. Uno puede ocultar su cara porque no está en su mejor día, usar las conocidas orejas y lengua de perro porque está aburrido o vestirse de conejo para contar una buena noticia.

 

Spiegel, director ejecutivo de Snap Inc (la empresa cambió su nombre antes de entrar a competir en la bolsa) le dijo, en una de sus pocas entrevistas, al Wall Street Journal: “La gente se pregunta por qué su hija está tomando diez mil fotos al día. Lo que no se dan cuenta es que ella no está guardando imágenes. Ella está hablando”.

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A finales de 2013, Spiegel rechazó una oferta de Facebook para comprar Snapchat por tres mil millones de dólares. En su reciente incorporación a Wall Street, el valor de Snap Inc. osciló entre 25 y 34 mil millones de dólares. Mark Zuckerberg respondió a su manera: desde hace unos meses está copiando todas las funciones de Snapchat. Sin ningún tipo de problema, compró la tecnología de la competencia (MSQRD, que trabaja con tecnología de reconocimiento facial) e instaló en las aplicaciones Instagram, Messenger y WhatsApp las “stories”, una función con las mismas características que las de su rival: videos cortos y fotos con filtros, organizados en secuencia, que duran 24 horas antes de desaparecer.

 

Desde hace una década, Facebook construye un imperio enorme de publicidad gracias al News Feed, el “inicio” de cada usuario. Pero están viendo que a largo plazo, van a necesitar cambios. Publicidad agresiva, noticias y mensajes de “amigos desconocidos” y un “exceso de contexto informativo” hacen que Facebook tenga que ir por nuevos caminos. Y, por ahora, tomó el de copiar a su competencia: comunicación efímera visual. No le está yendo mal: en ocho meses Instagram Stories ya superó la cantidad de usuarios activos de Snapchat.

 

¿Qué rol le quedará a la palabra?

 

Si llegaste a esta instancia del artículo pensarás que la escritura está en terapia intensiva. Hay una rama de académicos que se inclinaron por una mirada apocalíptica de la cuestión. “La televisión y el mundo de Internet producen imágenes y borran conceptos, pero así atrofian nuestra capacidad de entender”, dijo el recientemente fallecido politólogo Giovanni Sartori en su último libro La carrera hacia ninguna parte. Las últimas declaraciones del filósofo Umberto Eco contra las redes sociales también iban en ese sentido: “El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

 

Pero la escritura no está muerta ni mucho menos. En Internet, las nuevas formas de comunicación tienden a ser aditivas: no vamos a reemplazar texto con imágenes. Siguiendo a Gunther Kress, vamos a hacer nuevas composiciones entre distintos elementos para crear algo nuevo.

 

“Nunca se había leído ni escrito tanto en la historia de la humanidad. Nuestro espectro como productores y consumidores de textos -de todo tipo de textos, ya sea escritos, visuales o audiovisuales- se ha expandido de manera impresionante. Escribimos y leemos textos diferentes, quizá más breves, pero no me preocuparía por el futuro de la palabra escrita”, dice Carlos Scolari.

 

Lo que seguramente nos está dejando la edad de las redes sociales y su impronta visual es la economía de palabras en los discursos. Joe Weisenthal, en una columna en Bloomberg, argumentó que Facebook, Twitter, Snapchat y otras plataformas nos están llevando al mundo oral pre-alfabetizado, donde se privilegian las ideas que son claras, memorables y repetibles (es decir, virales). “Los pensamientos complicados y matizados que requieren contexto no juegan muy bien en la mayoría de las plataformas sociales, pero un hashtag resonante puede tener una influencia extraordinaria”.

 

Pablo Boczkowski cree que la escritura quedará relegada del plano descriptivo, que será un espacio para la imagen o el audio: “La escritura será metacomunicacional, tanto de análisis o de sentimientos. La descripción será cada vez más visual”.

 

La palabra seguirá viva. Pero mutará las formas en la que es comunicada.

 

*Este artículo fue realizado en el marco de la Diplomatura en Periodismo y Gestión de Medios Digitales de la Universidad Austral y Editorial Perfil. 

 

 


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