Paz, pan y trabajo es un mensaje simple y poderoso, que a la vez está contenido y traspasa las fronteras del catolicismo. Funcionó en los ochenta, y el pasado 8 de agosto. Los sociólogos de la religión Verónica Gimenez Beliveau y Marcos Carbonelli marcharon los 13 km junto a organizaciones sociales y analizaron los reclamos y las tensiones entre religión y política alrededor de la figura del papa Francisco.



—Bienvenidos los excluidos a esta Plaza de Mayo. Bienvenidos compañeros, ustedes, los más vulnerables, los más desposeídos, las cooperativas, los villeros. Están llegando los compañeros que caminaron 13 kilómetros, desde Liniers, es un acto de fe. A ustedes, peregrinos, queremos homenajearlos.

 

La voz poderosa del locutor lee las adhesiones y anuncia que, como Ubaldini en 1981, Alderete, líder de la Corriente Clasista y Combativa, viajó para entrevistarse con el Sumo Pontífice, para informarle de la situación social en el país y para traer el mensaje papal de acompañamiento a la causa de los más vulnerables.

 

Son las tres menos cuarto del domingo 7 de agosto, día de San Cayetano, patrono del trabajo. La Plaza se llena, de a poco. Las columnas pasan, aplaudidas por un túnel de gente: por Avenida de Mayo entran la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular)  y la CCC (Corriente Clasista Combativa), por Diagonal Sur Barrios de Pie, por Diagonal Norte la Juventud del Movimiento Evita. La Plaza huele: el humo de los choripanes y de las bengalas deja un olor acre en el aire, a pólvora y a carne. Frente al Banco Río unas enormes parrillas cocinan a las brasas montones de chorizos. Dicen que fueron nueve mil. Frente al Cabildo, bajo gazebos blancos y celestes se reparte la comida: medio chori, un plato de guiso de arroz y mondongo por persona. Hacía falta: los peregrinos caminaron cinco horas y media, cruzando desde el Oeste la ciudad de Buenos Aires: Liniers, Villa Luro, Floresta, Flores, Caballito, Once, Congreso, Avenida de Mayo.

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La CTEP, la CCC y Barrios de Pie convocaron a una manifestación desde el santuario de San Cayetano hasta la Plaza de Mayo, 13 kilómetros derecho por Rivadavia, la avenida que parte en dos a la ciudad de Buenos Aires. La consigna: Pan, Paz y Trabajo. Tierra, Techo y Trabajo.

 

El día del santo patrono del trabajo es fiesta religiosa en Liniers desde los años ’30 del siglo XX, cuando la crisis generaba desocupación. Traído por inmigrantes italianos a estas tierras, el culto del santo se propagó como un reguero y año tras año la fiesta congrega a miles y miles de argentinos, que se acercan para pedirle y agradecerle. Acampan, hacen la cola rápida o la cola lenta, esperan, tocan al santo y entran al santuario.

 

—SanCa es un indicador de la realidad social —dice Fabián mirando con ojo experto atrás de sus anteojos azules. Desde su trabajo con la pastoral de la iglesia y como técnico del INTI en el área de vinculación con organizaciones sociales, sigue la concentración del 7 de agosto desde hace años. Y continúa:

 

—En los 90 la cola rápida llegaba hasta Rivadavia, cuadras y cuadras de gente que quería pedir trabajo.

 

Casi como para confirmar la vuelta a otros tiempos, los altoparlantes repiten, una y otra vez, “Sobreviviendo” de Víctor Heredia.

 

La fama de San Cayetano arrancó en los ‘80. Cuentan que el 7 de noviembre 1981 hubo más de 20.000 personas en el santuario de Liniers. Las convocaba Saúl Ubaldini, Secretario General de la CGT, con la consigna Paz, Pan, Trabajo. Hoy no parece tanta gente, pero fue la primera gran manifestación contra la dictadura. Como tantas otras, la manifestación fue reprimida: el poder entendió el mensaje, con los ropajes religiosos que traía.

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Organización sindical, fe y política: una alianza que no empezó en ese momento, y que iba a perdurar en la historia argentina, pertinaz y plebeya. El volante de la CGT decía Paz y Trabajo, sobre una escarapela argentina. El símbolo del santo, la espiga, se fundía con el símbolo de la resistencia política a la dictadura militar. Los años siguientes se cantaba “Pan, paz, trabajo, FMI al carajo”. Casi treinta años más tarde, como un eco de la memoria, suena “Pan, paz, trabajo, Macri al carajo”. A Saúl querido seguro le gustaría.

 

Liniers, domingo 7 de agosto, 8:45 am

 

A las nueve menos cuarto la caravana partió de Liniers. El santuario ya estaba colmado, las colas para visitar al santo se estiraban por cuadras y cuadras en la calle Bynon, y doblaban por Gallardo bajo la autopista. Las santerías estaban abiertas desde temprano. Las voluntarias repartían el boletín del Santuario. Los puestos callejeros vendían como cada año velas amarillas y blancas, estampitas del santo con espigas, ristras de ajos con las imágenes de San Cayetano, San Expedito y el Gauchito Gil. Los sacerdotes, en la calle, bendecían espigas, llaves y niños Jesús.

 

Al otro lado de la vía parecía otro mundo. Las banderas rojas y negras del Movimiento Evita se mezclaban con las celestes de Barrios de Pie. La estrella roja de Octubre flameaba al lado de la hoz y el martillo. Una ronda se formaba alrededor de la imagen de la Virgen de Luján y de San Cayetano: era la bendición antes de la partida. El padre Eduardo, de Moreno, leyó la carta que mandó el papa Francisco a los obispos para la celebración de San Cayetano.

 

—¡Viva el Papa Francisco! —cerró el cura.

 

—¡Viva! —respondió la gente.

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Juan Carlos Ares, ordenado obispo auxiliar de Buenos Aires en 2014, bendijo a los caminantes, y rezó un rápido padrenuestro. Algunos de los asistentes pensaron que la bendición fue express, y que el obispo estaba incómodo. La Iglesia trata de desmarcarse de los Movimientos, opinaban. Diga lo que diga el papa. Y algo de razón tenían: a pesar de las imágenes de la Virgen y de San Cayetano encabezando, a la caminata sólo se sumó un cura, en Congreso: el padre Domingo.

 

—Muchos curas dijeron que no —dijo el padre Eduardo—. Piensan que es mucha exposición.

 

La previa

 

La marcha por Paz, Pan y Trabajo contó con varias semanas de preparación. Pegatinas en las calles, reuniones previas, miles de tweets buscaron generar un climax propicio para posicionar al 7 de agosto como la ocasión para mostrar en la calle, en el centro neurálgico de la ciudad, quiénes se movilizaban y para qué.

 

Las internas primero, y las elecciones generales después, fueron un proceso espinoso, que dejó heridas y recelos entre quienes se autodenominan participantes del campo nacional popular. Las tensiones se acentuaron: la salida de los diputados del Evita del bloque del Frente para la Victoria o las fotos de encuentros entre Emilio Pérsico y Carolina Stanley, ministra de Desarrollo y Acción social. Por eso importaba tanto que la marcha el día de San Cayetano fuera masiva y mostrara fuerza y unidad. Hacia abajo, hacia los militantes de base y a los trabajadores convocados, multiplicaron las actividades para congregar, “amuchar”, bajo consignas políticas. Dos semanas antes, la CTEP organizó un locro popular. Hubo baile, música de chacareras y tiempo de compartir. También anuncios y comunicaciones de las resistencias de los despedidos, de fábricas recuperadas y represiones.  El dinero recaudado del evento se destinó a la compra de la imagen del patrono del Pan y del Trabajo, que luego encabezó la marcha, en los hombros de hombres y mujeres que se turnaron para portarlo. La figura de San Cayetano se fijó para siempre en la esquina de Echagüe y Salta en la forma de un mural. 

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—Hay que preparar el barrio, tenemos que estar todos ese día —dijo Coti, de la CTEP y Misioneros de Francisco, ajetreado entre tarros de pintura.

 

La preparación de la marcha también incluyó pegatina de afiches en los barrios de Constitución, Parque Patricios, Barracas, Balvanera. Algunos de ellos, además de convocar, denunciaban: el hambre es culpa de los holdings que operan en el mercado alimentario del país.  Una semana antes de la marcha, los militantes de Misioneros de Francisco y de la CTEP volvieron a ser convocados para preparar banderas y volantes.

 

Los misioneros de Francisco nacen a partir de una idea de uno de los líderes del Movimiento Evita, Emilio Pérsico, quien le propuso al papa Francisco armar capillas en asentamientos y barriadas populares. En los misioneros confluyen espacios sindicales, políticos y eclesiásticos. Las capillas son armadas por las comunidades. En general, los curas de las parroquias pasan por las capillas para bautizar niños y dar misa de vez en cuando. Algunos curas apoyan el trabajo de los misioneros, otros no tanto. Las tensiones entre el trabajo religioso-político de misioneros y la Iglesia son comunes: los misioneros tratan de negociarlas.

 

—Misioneros, les pido un último esfuerzo, vamos a juntarnos para preparar las banderas para la marcha. Vamos a ponerle mística al encuentro.

 

Los militantes están convencidos de que la mística es una cualidad para las grandes acciones que se construye en las pequeñas cosas.

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No solo las bases calentaron motores. También los hicieron los dirigentes de los espacios convocantes. En la semana anterior a la marcha proliferaron las reuniones, los llamados, las conferencias de prensa donde se pulieron objetivos y se delinearon cuestiones operativas de la gran convocatoria.

 

Peregrinación y marcha

 

—¡Vamos, vamos compañeros! —alentaban los organizadores, con chalecos celestes de los Misioneros de Francisco. Se armó la cabeza de la columna: una imagen de la Virgen de Luján, con su casita, una imagen de San Cayetano, con espigas delante y un vasito para poner las donaciones de dinero. Dos portadores llevaban cada imagen, con los palos sobre los que apoyaba la camilla en los hombros. Los estandartes de los Misioneros flameaban al viento de la mañana. Los altoparlantes invitaban a caminar. Las camionetas que llevaban el sonido avanzaban.

 

Los Misioneros de Francisco caminaban primero, seguidos por una pancarta larga llevada por cuatro personas: Compromiso Mugica. Después venían las banderas de la CTEP y de la CCC. La columna de Barrios de Pie avanzaba compacta. Los compañeros de la organización cerraban el espacio con sogas: no querían que se rompiera la columna. Más atrás, las banderas verdes de ATE. La percusión más aceitada era la que acompañaba al estandarte de La Garganta Poderosa. Seamos Libres iba detrás. El Partido Comunista Revolucionario hacía flamear telas rojas y negras con figuras de Mao. Las banderas del Evita formaban un arcoíris. Rojas y negras, celestes y blancas. Un estandarte mostraba al Papa Francisco, sonriente, con su gorro papal, sobre una cinta argentina que decía: JP Evita. Evita bailaba en muchas banderas: Evita Merlo, Evita Presidente Perón, Evita San Vicente. La juventud del movimiento cantaba: ¡Abran paso, llegó la JP!

 

Más allá de las agrupaciones, cientos de personas siguieron la marcha. Raúl Zaffaroni se sacó selfies con admiradores. Víctor de Gennaro saludó a la columna de la CTA. Leopoldo Moreau y Leandro Santoro, que se sumaron en Floresta, se comprometieron a firmar un pedido de solidaridad con la Universidad de las Madres: el Gobierno de la Ciudad les quiere recortar espacios, y hacen un festival el 8 de agosto a la noche.

 

En la cabecera, los Misioneros cantaban –con la música de “Brasil, decime que se siente”-: Vengo misionando mi barrio, junto a la Virgen de Luján. Con alegría y esperanza, Francisco te sigo a donde vas. Misionero soy señor, de Francisco y para Dios, de la Iglesia y de la Patria un servidor.

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El padre Eduardo caminaba con los Misioneros, camisa azul y boina negra, decidido. Cada tanto hablaba por el micrófono: sus arengas se alternaban con la cumbia colombiana que sonaba fuerte.

 

—Sembramos la palabra de Francisco: paz, pan y trabajo para todos. Celebremos la palabra de Francisco, que nos enseña que los mercados no pueden gobernar porque nos reducimos al tener. Que hay que estar con los pobres. Que no queremos que la droga llegue a los pibes de los barrios.

 

El cura estaba contento: era uno de los organizadores, y vino mucha gente.

 

—Acá hay un ambiente hermoso, mucha gente de iglesia.

 

Los misioneros le cantaron el feliz cumpleaños. Primero, con la música de siempre, después con la de la marcha peronista, un clásico de los cumples militantes. El padre Eduardo sonría, saludaba, atendía el teléfono.

 

—Tratamos de intercalar algo, porque acá hay mucho ateo, mucho evangélico, mucha gente de distintos palos, tenemos que hablar del papa.

 

Otra vez con el micrófono en la mano, arengaba:

 

—Queremos brindar por Francisco acá, desde su ciudad, desde su barrio. Viva el papa Francisco!

 

—¡Viva!

 

Cerca de Flores el cansancio se hacía sentir. Los misioneros se pasaban de mano en mano botellas de agua, tomaban del pico.

 

—Acá faltan las bananas —dijo uno de los misioneros.

 

En las peregrinaciones la organización reparte bananas para evitar los calambres en las piernas. El entusiasmo no decaía. Coti, chaleco celeste de los misioneros, iba al frente de la marcha. Indicaba cuándo avanzar, cuándo detenerse, cantaba todas las canciones.

 

—Esto te levanta, esta marcha te levanta.

 

La Virgen y San Cayetano seguían avanzando por Rivadavia. En Plaza Flores se sumaron las Madres por un Futuro sin Drogas, que dejaron confundir sus remeras naranjas con las banderas celestes de Barrios de Pie. No fueron las únicas que hablaron de la droga: detrás venían los tambores y pancartas gigantes de Vientos de Libertad.

 

—La droga hace estragos en los pibes del conurbano, los arranca de su familia y de la cultura del trabajo —dijo Martín, que llevaba una de las cañas de la bandera.

 

Las columnas de grupos de trabajadores y sindicatos se fundieron. Los muchachos de la CTEP Moreno no tuvieron financiamiento para hacer chalecos, pero no importó mucho: los fabricaron con retazos de jeans viejos y Moreno escrito con aerosol. La chica que llevaba el bombo tampoco esperó una remera: con stencil escribió, sobre una vieja musculosa amarilla: Las putas insistimos, Macri no es hijo nuestro. Las camperas de la CTEP decían “Somos lo que falta”. Lo que falta es el 30% de trabajadores que quedan fuera del registro formal: motoqueros, recicladores urbanos, cooperativas. Ellas y ellos estaban en la marcha.

 

En Plaza Once se sumó a la Marcha la Federación Argentina de Cartoneros y Recicladores de la CTEP; en Congreso, el MPP (Movimiento de pequeños Productores y Productoras). Compañeros de la CCC marchaban con cascos amarillos de fabriqueros. Una nueva canción sonaba con fuerza: ¡Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode!

 

 

Los Misioneros de Francisco tenían que adelantarse a los grupos que se sumaban: en las reuniones previas se acordó que la Virgen y San Cayetano encabezaran la manifestación.

 

Cruzando la ciudad

 

Las marchas políticas también pueden pensarse como rituales comunicativos, con destinatarios explícitos e implícitos. Al gobierno nacional se pide se ocupe de la situación social. La ley de emergencia social fue una demanda que se leyó y escuchó en afiches, autoparlantes, conversaciones y discursos improvisados.

La marcha, intencionalmente, recorrió la Avenida Rivadavia. La frontera simbólica más transparente de la ciudad de Buenos Aires, que divide Norte de Sur, ricos y pobres, estuvo destinada además a todos aquellos que quedan inmersos en el ruido de los bombos, cantos y petardos.

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—Vamos compañeros, no aflojen, bravo, bravo—, decían algunos vecinos que a la altura de la plaza de Floresta se agruparon para saludar las columnas manifestantes, mimándolos con aplausos. La escena se repitió en la basílica de Flores, cuando el paso de la manifestación coincidió con la salida de la misa del domingo. Ahí, pero también más tarde en Acoyte y Rivadavia y en plaza Once, los dedos en V recortando el cielo fueron un código compartido entre los que arrancaron en Liniers y quienes se sumaron, a su manera, desde alguna de las veredas porteñas mencionadas.

 

A la altura de Caballito, Nicolás, un militante de Misioneros de Francisco, cebaba mate sorprendido por la buena onda de la gente.

 

—Yo pensé que acá nos iban a llover piedrazos. Esta zona es brava: acá hay skinhead, acá hay una derecha recalcitrante. Mucha gente de clase media se nos acercó. Tiene que ver con lo del tarifazo, dice. 

Antes de llegar al Congreso, una mujer de un edificio de Balvanera filmó el paso de la marcha con su celular desde la vereda, mientras los ojos se le humedecían. El cuadro era tan conmovedor; ella tan sola en su vereda, que algunos de los manifestantes rompieron las filas y los lugares marcados con cuerdas y tacuaras, y se le acercaron. Entre abrazos y besos en las mejillas, la miraron a los ojos y le dijeron que no van a aflojar, que esto recién empieza.

 

—Es terrible lo que se viene. Yo trabajé en el ministerio de ciencia y técnica por veinte años, en Bariloche, en el INVAP. Sé lo que es estar sin trabajo. Sé lo que es tener hijos y no tener trabajo. Ahora están desmantelando todo. Es terrible lo que se viene. Cuando los militantes pasan, ella sigue filmando, y llora.

Pero no todo fue color de rosa (militante), y la marcha dibujó una geografía de conflictos. Los baños de restaurants y Mc Donalds se cerraron,  hostiles a las exigencias y necesidades de los cuerpos militantes.

 

—Rastreros, canallas, este gobierno se llena los bolsillos de plata, y la gente le cree a los medios- gritaba un viejito en una esquina de Villa Luro.

 

—El gobierno anterior también robó— le retrucó una señora de 60 años, medias al tobillo, carrito de la compra de flores celestes. —Yo he hablado con gente de las manifestaciones y les pagan 50 pesos. Los de la Cámpora. Que vayan a trabajar.

 

Un señor de 50 años que venía con la manifestación, pero no encuadrado, le contestó:

 

—¡Yo he trabajado siempre, señora!

 

La señora no se asustó

 

—Yo también, y nunca le pedí nada a nadie.

 

A la altura de Nazca un taxista gritó su derecho prioritario a la circulación, enojado por la interrupción de cuadras y cuadras de manifestantes.

 

—Pará que te vamos a traer a Uber, amenaza una chica con pechera verde, desde el cordón de una de las agrupaciones.

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En Caballito un abuelo vio pasar la marcha y dijo:

 

—¿Pero estos quiénes son?

 

Rápida, una mujer con pechera de la CCC le contestó:

 

—¡Hay 250 mil nuevos desocupados! El hombre no registró la respuesta.

 

Llevó las manos hacia atrás, y concluyó:

 

—Estos van ahora a pedirle cosas al gobierno. Este país no se compone más. Porque hay más gente que vive de planes que gente que trabaja.

 

San Cayetano, sindicatos y política

 

¿Por qué el día de San Cayetano? ¿Por qué Francisco como emblema militante? ¿Se están catolizando las fuerzas populares en Argentinas, o es una muestra de puro pragmatismo? Ni una cosa ni la otra. Más allá de las dicotomías fáciles, los que marchan explican por qué están hoy aquí.

 

—El día de San Cayetano es un día clave para mostrar la situación de crisis del trabajo en Argentina. Y para nosotros la defensa del trabajo es un hecho indispensable, porque ha pasado de ser un derecho a ser una necesidad como eje articulador de toda la sociedad— dice Diego, presidente de una cooperativa de Avellaneda, que marchó con la fracción de la CTA que se plegó a la convocatoria. 

 

Tierra, techo y trabajo son las consignas de los Movimientos que retoma el papa Francisco, o al revés, pero no importa demasiado quien empezó.

 

—Ahora el establishment se tiene que pelear con el Papa. El Papa nos legitima el reclamo. Que lo diga un jefe de estado como el Papa, que tiene algunos afiliados más que los movimientos sociales y los gremios— dice y se ríe.

 

Francisco habla de política más allá de la fe de cada uno. Diego no es un católico de ir a la Iglesia, pero siente que si el papa lo dice, están yendo por el camino correcto. Y que su palabra le da aliento y fuerzas a un trabajo que no empezó con él.  

 

En el terreno amplio de las creencias, políticas y religiosas, muchos dirigentes y militantes pensaron en Francisco como un referente para el postkirchnerismo: un líder global y local al mismo tiempo, con espalda poderosa y mensaje amplificado para tiempos de resistencia, contracción económica y repliegue.

 

—El 7 de agosto me pareció una buena fecha para esta convocatoria, porque este pueblo es creyente, es profundamente católico y San Cayetano es una fecha que convoca a muchos, es una fecha representativa. Y aún para aquellos que no profesan la fe católica es conocida la fecha por estar vinculada al pan y al trabajo—dice Cristina, una vecina de Floresta.  

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Paz, pan y trabajo es un mensaje simple y poderoso, que a la vez está contenido y traspasa las fronteras del catolicismo. Funcionó a  principios de los ochenta, cuando el mismo lema ensambló sectores malheridos del movimiento obrero nacional en otro San Cayetano, bajo el contexto hostil de la dictadura. Funciona ahora, en sus 13 kilómetros de caminata que celebran los intentos de unidad de los trabajadores sin derechos y el movimiento obrero organizado, como dice el locutor en el acto de cierre, antes de los números musicales.

 

A las cuatro y media de la tarde sigue la fiesta en la Plaza. La gente espera a los Cantores del Alba, Liliana Herrero, Arbolito. La Juventud del Evita entra cantando. El Chino Navarro y Juan Manuel Abal Medina entran con ellos, saludando.

 

Por Diagonal Norte la gente se va volviendo menos espesa, pero siguen los vendedores callejeros, y se ve más adelante otra acumulación de personas. Otros olores: comida especiada y azúcar quemada. Bajo un arco inflable blanco y amarillo, el domingo 7 Buenos Aires celebró Perú, y en la calle personas con ropas coloridas miran escenas de baile andino. Es otro paisaje: anticuchos, chicha morada, ceviche. La ciudad alberga muchos mundos.


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