Acordar con el FMI es una solución política para una crisis que tuvo ese mismo origen: planes aperturistas, de ajuste y debilitamiento del Estado y medidas absurdas de irracional “integración al mundo”. En Argentina el fondo tiene corporalidad histórica y, según Alejandro Grimson, es una frontera donde los mercados y los trabajadores no son reconciliables. Y los argentinos tenemos memoria.



El relato de la corrida cambiaria y sus supuestas consecuencias políticas está patas para arriba. El panorama parecía claro antes de los últimos acontecimientos. Un gobierno neoliberal con los mismos objetivos económicos de siempre, pero con un cambio político de primera magnitud. Buscaba aplicar los planes aperturistas, de ajuste y debilitamiento del Estado con aval electoral. El “gradualismo” era la primacía de la política imponiendo su ritmo a la economía. La polémica con ultraortodoxos que reclamaban más velocidad (como Espert y otros) era el gobierno considerando al shock como inconducente porque llevaba a la derrota electoral. Ajuste y encuestas: bastante bien les fue en las elecciones de 2017.

 

Pasadas las elecciones el gobierno apretó el acelerador con las tres leyes de reforma previsional, tributaria y laboral. Mientras el ajuste jubilatorio se aprobaba raspando, el laboral caía en el corto plazo. Aunque dicen no gobernar para los ricos, no sólo el gradualismo tiene una dirección regresiva. El ajuste sólo es paulatino en las cuestiones que preocupan en las encuestas. Pero es acompañado a una velocidad neoliberal abismal en las medidas que para la opinión pública resultan más abstractas. Nadie se moviliza por la reducción de aportes patronales o contra la baja de retenciones: ¿acaso eso no ha incidido en el déficit fiscal? Ahí hay un truco electoral, pero que genera pies de barro en el proyecto económico. Y que puede tener efectos electorales retardados o indirectos. El hecho de que algo resulte o no abstracto deriva de la historia y la comunicación, no de la cualidad de las cosas en sí. El FMI podrá ser abstracto, pero en el caso argentino (y en otros) ha adquirido corporalidad histórica.

 

 

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Hay medidas realmente absurdas que ayudaron mucho a la crisis actual: los exportadores fueron habilitados a liquidar divisas cuando quieran y el país se abrió a los capitales golondrinas. El grito de ¡libertad! significa aquí que el Estado renuncie a ponerle límites a la especulación. Medidas como estas hicieron que el plan económico se asiente en pies de barro. La devaluación avanza desde que terminaron las elecciones. Con los tarifazos de transporte y servicios públicos la inflación de 2018 viene igual a la del año anterior. La promesa de bajarla este año será incumplida. Y lo decían con tanta certeza y arrogancia que se les complica la alusión a la “pesada herencia”. 

 

Así como el gradualismo coloca a la política en primer plano, conviene comprender las dinámicas políticas de los planes gubernamentales. Para eso es útil recordar la noción de Portantiero acerca del “empate hegemónico”. El empate sucede cuando ningún sector tiene capacidad de imponer una nueva hegemonía, en parte porque los sectores opositores preservan su capacidad de bloquearlos. Esa capacidad no es sólo organizativa, sino porque no hubo un triunfo sobre el sentido común en algunos temas. Esto es muy obvio en dos campos. El proyecto de 2X1, con todas sus implicancias, fue bloqueado por una inmensa movilización social. A la vez, el debate sobre la legalización del aborto, más allá de posibles operaciones de marketing de duración semanal, fue producto de la movilización social de las mujeres y el feminismo.

 

El gobierno lograba avanzar con mayor (pero no absoluta) claridad en el plan de una redistribución regresiva. Si bien para los meses previos a las elecciones de 2017 los salarios se habían recuperado a niveles similares a 2015, inmediatamente después de su triunfo el gobierno avanzó en varios planos, incluyendo las paritarias a la baja en numerosos sectores. La sociedad y sus organizaciones no lograron bloquear ese avance, pero sí ralentizarlo. Cuando se pusieron difíciles los argumentos de que los tarifazos son la herramienta para “Pobreza 0” (¿recuerdan ese objetivo?), cuando más de un funcionario debió taparse la boca para no afirmar que la inflación bajará en el “segundo semestre” (la expresión no estaría ganando elecciones), cuando las subejecuciones presupuestarias parecían la apuesta ganadora, justo entonces nos alcanzó el aumento de tasas en Estados Unidos.

 

Y donde varios países se resfriaron, nadie se anima aún a diagnosticar a la tambaleante Argentina. Los pies de barro se fundan en una irracional “integración al mundo”, no cabe otra calificación para la masiva venta de miles de millones de dólares baratos a las primeras golondrinas que huían. ¿Nos habremos vuelto locos? ¿O la jactanciosa “independencia” del Banco Central le permite defender el valor del peso regalando dinero a los especuladores?

 

Ahora vamos a entender aquello de que “de las crisis se aprende”. La primera lección que nos quieren tirar por la cabeza se llama FMI. Están intentando una solución política para una crisis que tuvo ese mismo origen. Ante la extorsión contra los gobernadores, la oposición política y la dirigencia social, el llamado moral a la “responsabilidad” ante el ajuste no tenía garantías. Entonces, el gobierno le pide al fondo un préstamo político. Más que dinero, le pide un aval para su pulseada. Le pide al fondo que venga a redoblar el chantaje de “yo o el caos”, “ajuste o muerte”, “hasta el saqueo siempre”. ¿Vencerán?

 

¿Realmente creen en el discurso de que no existía otro camino? ¿Están convencidos de que esta es su bala de plata? Para un gobierno que en 2016 afirmaba que todo mejoraría desde la segunda parte del año, es muy evidente que su optimismo arrogante puede devenir, ante esta situación de estrés, en una intensa duda ante su supuesto pragmatismo. Si “los mercados” lo derrotan allí, va a caer en el Fondo. ¿Hasta qué punto sus señales “hacia los mercados” resignarán algunas de las innovaciones de Cambiemos que se vinculan a su capacidad comunicativa y política?  

 

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Por eso, invocamos el concepto de “empate hegemónico”. Porque ni lo sucedido ni la resolución de esta crisis está fuera de la lucha social. Las medidas económicas que se van a proponer como imperiosas pasarán o no en función de las reacciones de la sociedad. A su vez, las reacciones de la sociedad dependen tanto de sus organizaciones y sus alternativas políticas como de la lucha cultural. Traer a colación al FMI implica una escisión de significaciones: el fondo es una frontera donde los mercados y los trabajadores no son reconciliables. Emiten un mensaje que interpela la memoria de los argentinos. Estos días en la prensa dicen que el FMI ha tenido “mala prensa”.  Un hiperbólico editorialista lo llamó el “mayor garante del mundo”. Pero los radicales de Cambiemos saben muy bien el papel del FMI en la caída de De la Rúa y en la crisis de 2001. La memoria social no se puede reformatear.

 

El aval del FMI es poder institucional tanto como fragilidad simbólica. Lo que llaman mala prensa es memoria. Y en las próximas semanas veremos tensiones entre el poder institucional, las significaciones de esas memorias vivas y el chantaje económico. Nada indica que la sociedad vaya a aceptar pasivamente un ajuste aún mayor. Incluso si viene envuelto como “pobreza 0”. El futuro depende de la dinámica de la conflictividad social. Y de la imaginación política.

 

Sabiendo que hasta es factible fabricar crisis para impulsar los procesos más hacia la derecha, lo cierto es que aún no han podido inventar una manipulación perfecta de las sociedades. Es muy superficial creer que esta crisis es producto de la salida de las oscuras golondrinas. ¿Acaso podía no suceder? Era una cuestión de tiempo, meses más, meses menos. Volverá a suceder en el futuro si se mantienen las condiciones políticas que lo hicieron posible.

 

Mientras las encuestas indican que el gobierno atraviesa sus peores días desde su asunción, se tornan patentes las dificultades que aún tiene la oposición política para proponer una alternativa de futuro al neoliberalismo. Porque una de las grandes fortalezas del gobierno es que si es audible una oposición que rechaza medidas muy impopulares, aún no emerge ninguna síntesis que permita imaginar un futuro con desarrollo integral y sin exclusiones. La deuda mayor de la oposición no es “la unidad”, sino asumir las complejidades de la sociedad argentina. Será difícil derrotar el proyecto neoliberal sin convencer a las grandes mayorías de que otro futuro realmente es posible. La mejor oposición no siempre es una alternativa política. La oposición rechaza una u otra o muchas medidas. O rechaza una política. Pero una alternativa de gobierno despliega un proyecto verosímil, atractivo, de cambio. No hay dueños de las palabras y menos aún de sus significados.


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