Encerrado en la metáfora de la “guerra económica”, el gobierno de Maduro padece una distancia entre las preocupaciones estatales y los intereses de los ciudadanos. La escasez, el desabastecimiento y la inflación transformaron a los pañales y los dentífricos en derechos civiles. La vida social se volvió frágil y con ella, también la adhesión política. La oposición controla la Asamblea Nacional e instaló con éxito una campaña internacional pero no logra seducir a los amplios sectores que accedieron al consumo con el chavismo.



Fotos: Julio César Mesa

 

El gobierno de Maduro puso en circulación una gran metáfora: la guerra económica. Con ella ha intentado organizar el escenario político, precisar adversarios, recrear lealtades y explicar el sistema de necesidades. También ha funcionado su efecto boomerang: el gobierno se ve limitado y constreñido por ella. Esa metáfora le impone un rictus y un gran desgaste. ¿Cómo se sale de ella para entrar en la política? ¿Cómo salir sin un evidente triunfo? 

 

El gobierno se encuentra en un punto de inflexión, pero con lo que lidia es con el tiempo. ¿Cuántos años se puede vivir en “situación de guerra”?  Un amigo italiano me whatssapea: “¿El ejército venezolano de qué lado está? ¿No tendrían que haber ganado la guerra?”

 

En Venezuela no hay ejércitos que batallan. Solo es un Vietnam político, y si hacemos referencia a sus cuantiosas reservas petroleras, podríamos denominarlo como el Vietnam Saudí. Esto no es una consideración menor. Hablamos de una cruenta lucha política en un país rentista con una clase alta que durante el boom petrolero se imaginó ser la Arabia Saudita de América del Sur. Construyeron sus edificios, el Teatro Teresa Carreño, las Torres del Parque Central y la Universidad Central de Venezuela, dando cuenta de esa imaginación y de una fórmula política. Una que impulsaría cierta industrialización y “aceitaría” la estabilidad democrática. Duró hasta el Caracazo (1989), cuando la clase alta se fagocitó a sí misma con las propuestas neoliberales y rompió el secreto de la “coca cola” venezolana: la legitimación lograda entre los sectores populares y medios. La promesa de que todos podían ser ricos se esfumó.

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Las propuestas de integración social -puestas en marcha durante cuatro décadas por ADECOS (Acción Democrática) y COPEYANOS (Partido Socialcristiano)- se habían terminado y solo podían observarse políticas excluyentes y privatistas. La imaginación petrolera y el universo de rutinas rentistas habían estructurado el Estado, limitado la industrialización al “oro negro” y condenado a ese país a importar el 70% de su economía.

 

Hoy pese a todos los esfuerzos gubernamentales, la Venezuela del Siglo XXI pende del precio del petróleo. Es el alma mater de toda su política, doméstica e importadora.

 

La crisis política no empezó con el impacto de la reducción de los precios del petróleo sino con la muerte de Chávez. El único que conducía y controlaba a todos los actores del gobierno, desde los militares hasta los dirigentes políticos, era él. La guerra contra su enfermedad se desplazó a guerra económica. Del sacrificio de uno se pasó a la austeridad y necesidad de muchos. De la biología se saltó a la economía sin escalas. De la conducción a la autonomización de los actores. Y cuando todo esto estaba gatillado, se derrumbó el precio del petróleo provocando escasez, desabastecimiento e inflación (casi del 300%). La globalización y sus realidades se hicieron presentes y desestructuraron todos los “equilibrios” políticos y económicos.

 

Las crisis no someten a todos los actores a sus vaivenes. Para algunos puede transformarse en una oportunidad, en un negocio propicio para obtener rentabilidades, cuotas de poder o mostrarle los dientes al Estado. Algunos funcionarios se vuelven lobbistas y venden sus servicios para “destrabar” negocios. Unos van a la “guerra” y otros a la micropolitik personal. Un conglomerado de empresarios triunfa con el desabastecimiento, se convierten en grandes ganadores. Parecen  acostumbrados al ritmo de esta crisis.

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Parten de dos realidades que los beneficia: por un lado, la legitimidad social de las empresas (La Polar es un símbolo nacional) y aceptación de la histórica estructura económica. “Esta vaina es petrolera”, me decía un taxista mientras se quejaba porque no conseguía shampoo. Por otro, una cultura liberal-económica que se reactualiza en esta crisis. Nadie quiere “bajarse” de lo que ofrece la globalización y mucho menos para salvar al “Estado”.

 

“Nos pusieron ahí y ahora no pueden bajarnos”, me recuerda una economista venezolana y pone un ejemplo: en algún momento Venezuela era el país con la mayor cantidad blackberrys de la región. Ficción o realidad, pero funciona en individuos que no quieren sacrificarse por nadie.

 

La globalización se ha transformado en una “cotidianeidad concentrada” y en una referencia que hoy erosiona al gobierno de Maduro. Allí está todo. Un mundo lleno de mercancías y todas ellas alejadas de la mano, “parqueadas” del otro lado de la frontera o solo destinadas para vendérselas a los ricos o a los “bachaqueros”. Esos “agentes-bisagras” que operan con las grandes empresas y se aprovechan de los precios oficiales para revender sus productos, principalmente, a sectores medios.

 

II

La analista Nubia Nuñez me manda un mensaje: “Me interesa explicar esta curiosidad sociológica pero también llenar mi nevera”.

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En los últimos años, la vida cotidiana se comió la política. La detonó. Las cosas minúsculas fueron transformadas en derechos civiles. La falta de pañales, comida, condones, dentífrico, medicinas colonizaron todos los debates, los temores y las preocupaciones sociales. La vida social se ha fragilizado y con ella, la adhesión política. Nadie en la posmodernidad puede soportar por mucho tiempo destinar su vida social a colas infinitas para comprar alimentos, ni en la búsqueda de estrategias de supervivencias y mucho menos, en ajustes repetidos sobre alimentos considerados como básicos para llegar a fin de mes. Ni mucho menos se soporta la inseguridad, un fenómeno que amplifica el registro de miedos sociales contemporáneos y se suma a la incertidumbre que introducen la escasez y la inflación.  La situación económica y el temor social son aliados díscolos  para mantener la gobernabilidad.

 

La política discursiva del oficialismo -encerrada en la metáfora de la guerra y en una partitura hiperideologizada- no solo no logra el propósito de dotar de sentido al conflicto político, sino que genera su contrario: marcar una distancia profunda entre las preocupaciones estatales y los intereses de los ciudadanos. Distancia que el gobierno solo ha podido explicarla desde una mirada moralista: “son egoístas”, “se olvidan de todo lo que le hemos dado” o “la clase media que se ha generado se ha vuelto conservadora”.

 

Esta situación e interpretación oficial desquicianel lazo político, lo desestabilizan y lo “superficializan”. Produce una “rebelión de lo privado” frente a la insistencia gubernamental de lo colectivo. La universalización entra en crisis cuando el individuo se ve amenazado, cuando ya “no rentabiliza” sus aspiraciones junto a los otros. La dinámica política funciona en paralelo: dólar, precio de mercado/precio regulado, general/particular y expectativas. Grandes costos políticos paga el gobierno de Maduro frente a los opositores, como frente a los suyos. Nadie se imaginaba realizar sacrificios en el nombre de lo colectivo, sino todo lo contrario. Lo colectivo solo sería válido si ello beneficiaba al individuo y nada más. Era parte de una imaginación sociológica que el chavismo había sostenido con eficacia y esmero: la articulación entre el crecimiento/avance jurídico del Estado y del individuo. Pero esa “articulación” se rompió, dejo de ser viable y efectiva. El GPS perdió las coordenadas y provocó una zona de turbulencias.

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La fatiga y el cansancio social que genera esta coyuntura crítica diluyen los horizontes de expectativas. “Cada persona es una crisis” –anoto en un papelito, intentando parafrasear la leyenda que la empresa Personal deja como recordatorio en mi celular-. Con un agravante: el oficialismo no puede reconducir la situación y la oposición, si bien articula el descontento, no puede capitalizarlo plenamente. Nubia Núñez, cansada de mi insistencia, cierra el diálogo. “Estamos en un tiempo muerto. Me voy a hacer las compras”.

 

El chavismo puso en las manos de los sectores populares y medios un conjunto de beneficios que ahora se ven comprometidos. Los metió con fórceps en el consumo y en los centros comerciales. Le armó una ciudadanía desde el consumo y del acceso a beneficios estatales. Su izquierdismo era al mismo tiempo progresismo (ascenso económico) y una forma de habitar la ciudad y la propia globalización.

 

La polarización entre sectores sociales y partidarios se mantiene, pero el consenso social sobre ella se va aflojando al compás del tembladeral económico.  Este “aflojamiento” nos advierte dos cosas: por un lado, es cada vez más difícil por encontrar apoyo ciudadano a esa grieta –sobre todo, cuando se trata de resolver el universo cotidiano- y por otro, ha permitido que los opositores y las clases altas observen en los sectores medios y populares posibles aliados electorales.

 

“La gente está arrecha (enojada)”, me decía la mujer de un empresario mientras esperaba un suculento bistec. “Un día le pusieron los reales y al otro día se los sacaron. Todos estamos igual” Este todos estamos igual, habla de una “mirada” política hacia la “sociedad”. Lilian Tintori (esposa del opositor Leopoldo López) y otros dirigentes van por el mundo denunciando el “hambre” y la “falta de medicamentos”. Buscan representar a esos actores. Van por lo pobres. Esas personas que “nunca se debieron de ir de nuestro su lado”, me explicaba mientras el parrillero le servía la comida y el marido la apuraba con la mirada.

 

En las últimas elecciones (diciembre de 2015) el oficialismo perdió en su bastión, el barrio popular 23 de Enero. Además, debió sufrir la ausencia electoral de más de un millón de personas. Algunos votantes se encuentran en “stand by” esperando otras oportunidades y realidades: ya sea, para repetir su actitud o para votar decididamente por la oposición. En este electorado –y su vuelta al redil-, el oficialismo se juega parte de su futuro.

 

III

“Estamos como desamparados. Nadie nos para bola (nadie nos presta atención)”, me decían dos cajeras aburridas de no vender nada.

 

Existe un clima de decepción y de descontento que impacta en el corazón del oficialismo. Las diferencias internas se observan con mayor intensidad y la corrupción asume –en un contexto de crisis- una valencia social significativa. Pero pese a esto, existe un acuerdo de gobernabilidad en constante tensión. Si bien muchos alientan un “chavismo sin Maduro”, la mayoría de los dirigentes entiende –por ahora- que esto llevaría a un estruendoso fracaso. Tienen miedo a convertirse en un espacio menor o a terminar arrasados. La revancha –teniendo en cuenta países de la región- puede ser voluminosa.

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El gobierno busca administrar estas presiones internas y relanzar algunas políticas públicas. Su objetivo es amplificar el apoyo social y saltar el cerco al cual se ha restringido. Inclusive, sus referencias de interpelación se han “acotado”. Si anteriormente el chavismo encontraba su referencia en la figura de una mujer joven de los sectores populares, hoy generalmente la colocan en personas de la tercera edad. Esto marca el territorio simbólico donde se han localizado y del cual, para sobrevivir, tendrán que sobrepasarlo.

 

Los militares –uno de los pilares del gobierno- se encuentran en pleno reacomodamiento interno. Por ahora, intentan marcar o limitar el ritmo de la decisión presidencial y de amplificar sus zonas económicas. No observan grandes conflictos sociales que erosionen al gobierno y que los obligue a intervenir. Mientras esto se mantenga, la posición crítica a Maduro será minoritaria y contenida. Saben que la mayoría de los opositores hoy se encuentran más interesados en derrotar al oficialismo en las urnas que esperar del mundo castrense una intervención militar y una futura dependencia. Pese a todo, podemos decir, que la erosión del oficialismo los reconcilió con las urnas, la constitución y el sistema democrático.

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La oposición, que dirige -desde enero de 2016- la Asamblea Nacional no ha cambiado la relación de fuerzas en las calles, ni ha mostrado un músculo que permita la “salida” o desgranamiento del oficialismo. Ha logrado con éxito instalar una campaña internacional. Recogió apoyo de gobiernos neoconservadores y de la secretaria general de la OEA, la que acaba de convocar a votar la aplicación de la Carta Democrática.  Existe una suerte de suma cero o empate institucional que no ha hecho otra cosa que mostrar la incapacidad de ambos actores. Ninguno quiere pagar el costo de un acuerdo económico, ni de un conflicto continuado con resultados inciertos. La política parece suspendida, pese a los diversos intentos de diálogo y de las presiones internacionales.

 

Maduro no tiene muchos caminos posibles. Está ante la necesidad de reafirmar su autoridad construyendo un conjunto de nuevas alianzas y acuerdos. Debe salir del pantano. La socialdemocracia europea alienta una salida dialogada, donde los actores puedan salir el “empate” y reconducir la relación. El oficialismo sabe que ello implica un pacto con los empresarios, sobre todo, con aquellos que manejan las ventas y distribución de productos. También con una oposición que posee algunas demandas que podrían poner en problemas al propio núcleo duro del oficialismo: otorgar la libertad a Leopoldo López o salir del mercado cambiario paralelo. Otras trayectorias son posibles –como radicalizar el proceso-, pero todo indicaría que se agravaría las condiciones sociales y, con estas, el apoyo al gobierno.

 

La ausencia de grandes conflictos y la contención de los sectores populares y medios no han desquiciado el precario escenario político. Una de las claves para entender la continuidad del oficialismo no solo reside en su arquitectura de poder sino en ese mundo de lo informal que termina proveyendo –de alguna manera- los recursos necesarios para la vida familiar. La búsqueda y realización del consumo popular a través de la informalidad mantiene una situación que podría ser explosiva, aunque el costo de ello, sea la profundización del desánimo de clases medias que se imaginaron otra cosa. No sabemos por cuanto tiempo, pero por ahora, aguantan.


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