La condena a la dictadura y a las violaciones a los derechos humanos constituye uno de los pilares de la democracia argentina, el único país del Cono Sur donde los jefes militares de esos gobiernos fueron juzgados por tribunales civiles.
Cuarenta años después del retorno de la democracia, el escenario político cambió abruptamente y las narrativas de “memoria completa” chocan contra los discursos de “Nunca más”. ¿Qué piensan los votantes de Milei?
Desde los años ochenta, los movimientos de derechos humanos ganaron legitimidad social e influencia en la agenda pública. A partir de 2003, con los gobiernos kirchneristas, esa agenda adquirió una centralidad inédita: se reabrieron los juicios por crímenes de lesa humanidad, se impulsaron políticas de restitución de identidad de los nietos apropiados y se consolidaron políticas públicas de memoria. Con el tiempo comenzó a hablarse de un “consenso del Nunca Más”: la idea de que la condena al terrorismo de Estado se había convertido en un acuerdo social básico de la democracia. Sin embargo, diversos historiadores han mostrado que ese consenso fue más gradual y conflictivo de lo que suele suponerse. El informe Nunca Más y el Juicio a las Juntas contribuyeron a consolidar una narrativa dominante sobre el pasado, pero esa interpretación se fue afirmando con el tiempo y convivió siempre con lecturas divergentes sobre los años setenta (Crenzel 2024; Franco 2017).
La incorporación de buena parte de los movimientos de derechos humanos a la coalición kirchnerista reforzó la asociación entre esas demandas y el peronismo. Al mismo tiempo, el fortalecimiento de una oferta política y cultural de derecha ofreció marcos de sentido a sectores que rechazaban al kirchnerismo y su “historia oficial” (Salvi y Messina, 2024). Colecciones de libros de gran público que revisaban el accionar de las organizaciones armadas de izquierda (Saferstein, 2021), así como voces críticas en la esfera pública sobre la cifra de 30 mil desaparecidos, alimentaron una narrativa alternativa a la progresista (Crenzel, 2024).
Cuarenta años después del retorno de la democracia, el escenario político cambió abruptamente y las narrativas de “memoria completa” chocan contra los discursos de “Nunca más”. ¿Qué piensan los votantes de Milei?
Desde el kirchnerismo, en muchos casos, estas posiciones fueron respondidas con una vocación “oficialista”. Entre 2019 y 2023, por ejemplo, creció la preocupación por el llamado “negacionismo” y algunos dirigentes propusieron penalizar los discursos que cuestionaban la existencia del terrorismo de Estado.
La polarización entre kirchnerismo y antikirchnerismo —acentuada desde 2008— terminó organizando buena parte de estas controversias. En ese contexto, los movimientos de derechos humanos pasaron a ser vistos por amplios sectores antikirchneristas como parte del adversario político, y sus demandas quedaron cada vez más arrastradas por esa polarización. El propio debate sobre la supuesta ruptura del “pacto democrático” refleja esa misma división: mientras algunos la atribuyen al ascenso electoral de las derechas —desde el PRO hasta La Libertad Avanza—, otros la adjudican al kirchnerismo y a su uso político de los juicios de lesa humanidad y de las demandas históricas de los organismos de derechos humanos.

Con el ascenso de Javier Milei al poder, el escenario político cambió significativamente. Aunque su discurso se concentró sobre todo en la economía, también expresó una reacción contra valores asociados a la centroizquierda y, en particular, al kirchnerismo. A su alrededor confluyeron sectores conservadores antiaborto y grupos que desde hacía años cuestionaban la narrativa dominante sobre la dictadura y promovían lo que llaman “memoria completa”, es decir una equiparación entre los crímenes del terrorismo de Estado y los cometidos por organizaciones armadas de izquierda (Confino y González Tizón, 2024). La principal vocera de esas posiciones fue la actual vicepresidenta Victoria Villarruel, activista en defensa de militares condenados por delitos de lesa humanidad.
En este contexto se amplificó la contestación a la narrativa sobre la dictadura construida en las décadas previas. Desde influencers conservadores hasta funcionarios del gobierno cuestionaron las políticas de memoria y recuperaron la llamada teoría de los dos demonios, según la cual la sociedad habría sido víctima de un enfrentamiento entre extremos (Feld y Franco, 2015).
¿Pero qué ocurre entre los votantes de Milei? En el debate público suele asumirse que el revisionismo promovido por dirigentes e intelectuales cercanos al oficialismo se extiende también a sus bases electorales. Sin embargo, una investigación1 que realizamos con votantes de La Libertad Avanza —basada en interacciones en grupos de WhatsApp y entrevistas en profundidad— muestra un panorama más complejo. Salvo dos grupos minoritarios —uno que reivindica la dictadura y otro, de tamaño similar, que adhiere al consenso del Nunca Más— la mayoría de los votantes libertarios no defiende el pasado autoritario, pero tampoco se identifica con el consenso progresista sobre los derechos humanos. Muchos adhieren a la idea de que hubo violencia “de ambos lados”, critican el uso político del pasado por parte del kirchnerismo y cuestionan la cifra de 30 mil desaparecidos. Al mismo tiempo, el tema ocupa un lugar marginal en sus preocupaciones y aparece más como un asunto del pasado que como un conflicto político central del presente.
La pregunta por los votantes
Con el objetivo de conocer mejor a la base electoral de Javier Milei y observar su evolución durante los primeros años del gobierno libertario, en 2024 iniciamos una investigación basada en interacciones en grupos de WhatsApp y entrevistas en profundidad con votantes de La Libertad Avanza (LLA). Trabajamos con cinco grupos de WhatsApp de entre ocho y diez integrantes cada uno, seleccionados con criterios demográficos y de muestreo intencional con la colaboración de la consultora Inteligencia Analítica, y realizamos más de treinta entrevistas en profundidad con votantes de Milei de la primera y la segunda vuelta presidencial de 2023, es decir con sus votantes “de la primera hora”.
Presentamos aquí algunos resultados de esa investigación en relación con las posiciones sobre la dictadura, las violaciones a los derechos humanos, los movimientos de derechos humanos y sus demandas. Nos interesa observar cómo aparecen estos temas en las conversaciones y qué lugar ocupan en la mirada de los votantes libertarios.

Para explorar estas posiciones utilizamos dos consignas en los grupos de WhatsApp. La primera, del 8 de agosto de 2024, buscaba identificar las posiciones sobre la dictadura y las violaciones a los derechos humanos a partir de una noticia reciente: la visita que diputados de La Libertad Avanza realizaron a militares condenados por delitos de lesa humanidad detenidos en la cárcel de Ezeiza. La consigna fue la siguiente:
“Buenos días. Hace unos días diputados de LLA visitaron a militares condenados por violaciones a los derechos humanos, presos en la cárcel de Ezeiza. ¿Qué piensan sobre esto? Para quienes no hayan visto la noticia, les dejamos este link”.
(obtuvo 31 respuestas)
La segunda consigna, del 10 de agosto de 2024, buscó captar posiciones sobre el movimiento de derechos humanos, sus demandas y sus narrativas públicas. Para eso mostramos tres memes que circulaban en redes sociales y pedimos a los participantes que comentaran qué sentimientos y opiniones les generaban.
“También hay muchos memes que circulan sobre estos temas. Queríamos mostrarles tres que encontramos en redes para que nos digan qué sentimientos y opiniones les genera cada uno de ellos”.
(obtuvo 35 respuestas)



¿Qué dicen los resultados de nuestra investigación?
Una primera buena noticia para quienes se preguntan por la relación entre la derecha radical y la democracia: entre los votantes de Milei que participaron de nuestra investigación el rechazo a la dictadura es mayoritario. Esto aparece con claridad en las respuestas a una consigna sobre la visita que diputados de La Libertad Avanza realizaron a militares condenados por violaciones a los derechos humanos detenidos en la cárcel de Ezeiza. La posición más frecuente fue la crítica directa a la visita. Incluso entre quienes cuestionan el accionar de las organizaciones armadas de izquierda, la idea de visitar a represores presos generó incomodidad o rechazo:
“Yo creo que más allá que pensemos distinto hay que respetar que murió gente. No importa si es 1 o son miles. Innecesario visitar gente que está en la cárcel y remover heridas” (Emilia, 40 años, Rosario, comerciante gastronómica).
Un segundo grupo, casi tan numeroso, no defendió a los represores pero sí el derecho de los diputados a visitarlos. En estos casos aparece con frecuencia una apelación a la convivencia democrática o a la idea de que cada uno puede tener su propia interpretación del pasado:
“Yo no visitaría a un genocida, pero respeto al que piensa distinto y lo hace. No lo comparto, pero simplemente tiene una visión distinta a la mía y la convivencia democrática —en parte— es eso: respetarnos en la diversidad ideológica” (Verónica, 47 años, AMBA, empleada judicial).
Una primera buena noticia para quienes se preguntan por la relación entre la derecha radical y la democracia: entre los votantes de Milei que participaron de nuestra investigación el rechazo a la dictadura es mayoritario.
En algunas de estas intervenciones también aparece la idea de que la violencia de los años setenta tuvo responsabilidades compartidas, una lectura cercana a la llamada teoría de los dos demonios:
“Fueron condenados, están presos y cualquier ciudadano, si quiere, puede ir y visitarlos. Como también cualquier ciudadano podría visitar, si estarían en cana, miembros de Montoneros o del ERP, que son exactamente lo mismo” (Renzo, 40 años, Santa Fe, docente de escuela secundaria).
Las posiciones abiertamente favorables a los represores fueron minoritarias. En esos casos el argumento suele reconstruir los años setenta como una “guerra” contra el comunismo:
“Yo creo que hay que recordar que estábamos hablando de una guerra entre dos partes. De un lado estaban los Montoneros… y del otro lado estaba el gobierno militar. En el marco de esa guerra, en donde hay dos bandos, es una historia que se tiene que contar completa” (Víctor, 47 años, AMBA, empleado en una empresa internacional).
En conjunto, más del 80 % de las respuestas combinan rechazo a la dictadura con críticas al movimiento de derechos humanos o con lecturas que equiparan la violencia de militares y organizaciones armadas. En ese sentido, el “Nunca más” al terrorismo de Estado aparece ampliamente compartido entre los votantes de Milei, aunque no necesariamente acompañado por adhesión a las narrativas del progresismo sobre ese pasado.
Las diferencias demográficas dentro de esta muestra no son muy marcadas. El único sesgo visible es geográfico: en el interior del país aparecen algo más frecuentemente posiciones justificatorias del accionar militar que en el Área Metropolitana de Buenos Aires.
Sin embargo, incluso entre quienes condenan la dictadura aparece una clara distancia simbólica respecto del movimiento de derechos humanos y de lo que muchos participantes llaman la “historia oficial” asociada al kirchnerismo. La contestación de la cifra de 30 mil desaparecidos y la reivindicación de una mirada “equilibrada” sobre los años setenta son frecuentes en las conversaciones.
Rechazo a la dictadura, distancia con las políticas de memoria
Las respuestas a la consigna sobre memes permiten observar con más claridad la distancia simbólica que muchos votantes de Milei mantienen respecto del universo de los derechos humanos y sus representaciones públicas. En varios casos, las imágenes y códigos emocionales asociados a esa causa —muy presentes en el mundo progresista— generan incomodidad, escepticismo o directamente resultan difíciles de interpretar.
En particular la tercera imagen, que refiere a la aparición del nieto recuperado número 130 y utiliza una estética que presenta el encuentro como un momento de felicidad casi celestial, ilustra bien esa distancia. En los medios progresistas y en conversaciones privadas este tipo de anuncios suele ser celebrado como un acontecimiento cargado de emoción colectiva. Para algunos participantes de nuestros grupos, en cambio, el mensaje resultaba difícil de comprender. Como señaló Elián (52 años, primario completo, Mendoza, encargado de bodega):
“Si en realidad hay 130 nietos encontrados muy alegre por ellos, la verdad que no entiendo el meme”.
Otros participantes directamente dejaron esa parte de la consigna sin respuesta.
Al analizar las respuestas a los memes observamos tres posiciones principales respecto de la causa de los derechos humanos, sus líderes y sus demandas históricas. Un pequeño grupo expresó una defensa clara de esa causa, enfatizando los crímenes de la dictadura sin cuestionar las cifras ni las narrativas dominantes:
“Me parece que no es lo importante el hecho de si eran 30.000 o no, si eran un poco menos o no, hay que darle importancia a que pasó realmente […] hay que darle la misma importancia para mí hayan sido uno o hayan sido 30.000” (Emiliano, 19 años, estudiante universitario, Córdoba).
Más frecuente fue una posición intermedia: reconocimiento de las violaciones a los derechos humanos combinado con críticas a las dirigentes del movimiento por haber “distorsionado” lo que consideran una causa originalmente justa. En estos casos aparece con frecuencia la contestación de la cifra de 30 mil desaparecidos:
“Meme 1. Yo considero que cuando empezaron las abuelas de Plaza de Mayo enfrentando a Videla o a quien haya estado en su momento, me pareció bien. La joda vino después cuando entró Cristinita, que armó los kioscos, que... como la vieja esta que no me acuerdo, una inmunda […] Todo curro, todo afano.
Meme 2. No, no hubo 30.000, es un número genérico, está bien, lo pusieron como, qué sé yo, como un número, pero no dejó de ser una guerra desleal, sin defender y sin justificar a nadie, no estoy de acuerdo que desaparezca gente ni que la maten.” (Enrique, 69 años, AMBA, secundario completo, changas en estudio jurídico).

Finalmente, también encontramos posiciones de rechazo frontal a las demandas asociadas con los derechos humanos y a las narrativas sobre el terrorismo de Estado:
“No existe el terrorismo de Estado. No existe. No, no, no, no, no. Hay que tener un pensamiento muy nulo […] 130 nietos recuperados es una mentira. Han hecho, que tal vez salga a la luz en un momento, han buscado los papeles de filiaciones o gente que no tenían familia, le habían tenido familia y han muerto, por así decirlo, lo han dado en adopción […] y después lo hicieron pasar como que eran nietos recuperados. Si vos te levantás en armas y atacas a las fuerzas que defienden este país, ¿qué te crees que van a hacer? ¿Cruzarse de brazos?” (Adolfo, 63 años, primario completo, Chaco, empleado de mantenimiento en un edificio).
En conjunto, la posición más extendida combina críticas abiertas a las dirigentes del movimiento de derechos humanos —frecuentemente acusadas de haber hecho “negocios” con el Estado— con una distancia emotiva respecto de sus símbolos y consignas. La cifra de 30 mil desaparecidos, la imagen de bienvenida al nieto recuperado o las figuras públicas del movimiento aparecen muchas veces asociadas al mundo político del kirchnerismo y, por lo tanto, son observadas con desconfianza o escepticismo.
En cuanto a los rasgos demográficos, observamos un sesgo masculino en las posiciones de rechazo más abiertas a la causa de los derechos humanos (9 hombres y 5 mujeres), mientras que en la posición intermedia aparecen más mujeres (9 frente a 7 hombres). Sin embargo, no se identifican diferencias claras en términos de edad ni de distribución geográfica.
Cuando el pasado deja de importar
Los votantes de Milei no defienden mayoritariamente el pasado autoritario. Sin embargo, la forma en que miran ese pasado es muy distinta —y a veces abiertamente opuesta— a la del progresismo. La polarización con el kirchnerismo alimenta la contestación a lo que muchos llaman la “demonización” de los militares y a la cifra de 30 mil desaparecidos. Al mismo tiempo, para muchos de ellos el tema ocupa un lugar marginal entre sus preocupaciones políticas. Esto se advierte en el bajo interés en la información sobre el tema entre los participantes de los grupos. Ante el pedido de opinión sobre la visita de los diputados de LLA a los represores presos, algunos sostuvieron que “no había visto la noticia, me informé por ustedes” (Juan, 52 años, primario completo, Mendoza, encargado de bodega) o “no estoy muy interiorizada en eso” (Ester, 56 años, Santa Fe, primaria completa, comerciante). También hay casos de desconocimiento de dirigentes de los movimientos de derechos humanos con mucha visibilidad pública, como expresó Javier (19 años, CABA, estudiante universitario) ante el meme con la imagen de Estela de Carlotto: “Bueno, este primer meme no lo entiendo porque no sé quién es la señora de la foto capaz que es algún activista en relación a desaparecidos o algo así”.
También el tema tiene baja jerarquía en las preocupaciones de los votantes de Milei, que incluso en los casos de condena del pasado autoritario creen que “es un tema del pasado”, que “me recontra aburre”: “es algo, en la historia que es muy doloroso para mucha gente, a mí la verdad que no me movió la foto, no me repercute en lo absoluto” (Martina, 25 años, AMBA, terciario completo, propietaria de un taller de carpintería). Liz, de 63 años, CABA, jubilada con secundario incompleto, afirma en el mismo sentido: “Sinceramente a mí no me importa, no me interesa, no me interesa este tipo de noticias, no me interesa lo que hagan con los militares que están presos. Para mí esto, yo sé que por ahí hay gente que tiene mucho dolor con respecto a todo lo que pasó, estoy totalmente de acuerdo y lo respeto, el solo hecho de que estén encarcelados ya se hizo justicia, y bueno, fin de la historia. No podemos estar toda la vida volviendo al pasado”.
El tema ocupa un lugar marginal entre sus preocupaciones políticas. Esto se advierte en el bajo interés en la información sobre el tema entre los participantes de los grupos.
Estos resultados invitan a revisar la idea de que en la Argentina existía un consenso sólido que hoy se habría roto. En realidad, como han señalado ya historiadoras/es del presente, el Nunca Más siempre convivió con interpretaciones en disputa. La diferencia es que esas miradas, antes menos visibles en el espacio público, hoy cuentan con mayor representación política y encuentran eco en el discurso oficial. Al mismo tiempo, tampoco se observa una ruptura completa con la idea —ampliamente extendida en la sociedad argentina— de que es necesario decir “Nunca más” a los crímenes de la dictadura.
El panorama es, en ese sentido, ambivalente. Por un lado, el activismo autoritario que rodea al presidente Milei, y en particular a la vicepresidenta Victoria Villarruel, encuentra límites entre sus propios votantes. Buena parte de ellos no parece dispuesta a avalar una reivindicación abierta del terrorismo de Estado. Pero, al mismo tiempo, la baja centralidad que el tema tiene entre estos votantes deja abierta una avenida para que discursos autoritarios sigan avanzando.
Comprender esta geometría variable de apoyos y distancias puede ser clave para el futuro del debate público. Si el rechazo a la dictadura sigue siendo mayoritario pero ya no se articula necesariamente con las narrativas progresistas sobre ese pasado, el desafío político consiste en encontrar formas de hablar sobre los derechos humanos que también interpelen a sectores que no comparten ni esa emocionalidad ni esa memoria política.
1 Mariana Gené coordina el campo de esta investigación, de la que participan también Mariana Bonazzi y Emilia Schargrodsky. Agradecemos a ellas enormemente.
Bibliografía
Confino, H. y González Tizón, R. (2024). Anatomía de una mentira. Quiénes y por qué justifican la represión de los setenta. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Crenzel, E. (2008). La historia política del Nunca Más: La memoria de las desapariciones en la Argentina. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Crenzel, E. (2024). ¿Cuántos son los desaparecidos y cuantas las víctimas de la desaparición forzada en la Argentina? Debates político-memoriales e investigación académica. Latin American Research Review, 59(4), 948–964. doi:10.1017/lar.2024.1
Feld, C. y M. Franco (eds.). (2015). Democracia, hora cero. Actores, políticas y debates en los inicios de la posdictadura. Buenos Aires: FCE.
Franco, M. (2017) “La ‘transición’ argentina como objeto historiográfico y como problema histórico”. Ayer. Revista de Historia Contemporánea, 107(3), 125-152.
Saferstein, E. (2021). ¿ Cómo se fabrica un best seller político?: la trastienda de los éxitos editoriales y su capacidad de intervenir en la agenda pública. Siglo XXI editores.Salvi, V., & Messina, L. (2024). Reconfiguraciones memoriales sobre el terrorismo de Estado durante los años de ascenso de las derechas en Argentina (2008-2019). Política y Sociedad, 61(1).
