El agua
Sé que allá abajo mis pies están tan arrugados que los surcos de piel transparente podrían despegarse. Lo sé porque lo recuerdo, no los veo. El mar aquí es verde oscuro, casi marrón. Solo la espuma forma hilos diáfanos y la luz del sol refleja millones de estrellas que el cielo azul oculta, pero yo sé que están allí arriba. Como mis pies allá abajo.
Llevo años buscando la palabra precisa para nombrar lo que le pasa al cuerpo en el mar. La busco en todos los idiomas, porque si los esquimales tienen cien palabras para decir blanco seguro los vikingos sabrán nombrar lo que no vemos del mar. Pero no la encuentro aún. Quiero bautizar ese instante en que el agua cubre los hombros, cuando el peso desaparece, dejamos de resistir, los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con una inteligencia antigua que nos fue dada. La rendición. Como si el agua disolviera una capa que no sabíamos que llevábamos.
Mi piel debajo del mar es la misma de siempre, desde que era niña y entré por primera vez, temeraria y confiada al mismo tiempo. Piel de gallina frente al escalofrío temprano, piel surcada cuando pasa mucho tiempo, piel salada siempre. Me gusta llevar puesta esta piel. Esta piel frontera entre el agua fuera y el agua dentro. En el mar no soy aquella niña, ni esta vieja. Soy un movimiento, un disfrute, una memoria. No hay mirada ajena que mida, que calcule, que ubique. Sola la línea del horizonte que se perpetúa con esa indiferencia que tienen las cosas que existen mucho antes que nosotros y van a seguir existiendo mucho después. Una piel que morirá conmigo en un mar y un cielo que presumen eternidad.
Iris Murdoch decía que su imaginación vivía cerca del mar y debajo del mar. No arriba. Debajo. Donde la mirada no llega. Donde la luz cambia de naturaleza y los sonidos se vuelven otro idioma y el cuerpo deja de ser un objeto para convertirse en un movimiento. Nadaba desnuda en ríos y lagunas de bosque con la alegría de quien sabe que en el agua las categorías del mundo de afuera no rigen. El mar en Murdoch es siempre el lugar donde la conciencia se expande en lugar de encogerse. Donde el yo que se preocupa por sí mismo —que se evalúa, que se compara, que lleva la cuenta— por fin se calla.
“El tiempo, como el mar, desata todos los nudos”, escribió en The Sea, The Sea. Un día demasiado pronto dejó de recordar palabras, rostros, y hasta sus propios libros. Y entonces su marido, el escritor John Bayley, siguió llevándola al mar. Siguió convenciéndola de entrar al agua, de continuar el nado ritual que había sido tan importante para los dos. El cuerpo que ya no recordaba casi nada recordaba eso: el impulso, el peso que desaparece, el movimiento. La memoria del agua sobrevivió cuando ya casi no había otra memoria. La neurociencia llama a esto memoria procedimental —los movimientos que el cuerpo aprendió tan profundo que ni la demencia los alcanza. Para Bayley, más sencillo: iban al río porque Iris todavía sabía nadar. El agua era el único guion que su memoria no había olvidado. Porque allí no hay espejos, ni miradas que nos indiquen quiénes debemos ser.

La edad, fuera del agua, es una performance. Somos, en gran parte, la edad que actuamos. No los días que pasaron desde que nacimos sino lo que hacemos con esos días. Cómo nos narramos. Los papeles que aceptamos. Los gestos que repetimos. Los lugares a los que dejamos de entrar y las palabras que empezamos a no decir. La escalera que dejamos de subir porque nos gana el miedo, o el pelo que nos cortamos porque dice Coco Chanel que corresponde a nuestra edad.
No envejecemos sólo por el paso del tiempo. Envejecemos por las frases que aceptamos, por las miradas que nos reducen, por los prejuicios que nos dictan el límite. Cuando nos convencemos de que ya no podemos manejar, dejamos de hacerlo. Cuando creemos que ya no da para bailar, no volvemos a la pista. Cuando pensamos que el deseo es cosa de jóvenes, apagamos la luz demasiado temprano. El prejuicio se convierte en mandato, y el mandato en profecía autocumplida.
El relato del siglo veinte decía que la vida tenía tres actos. El primero era aprender. El segundo era producir. El tercero era retirarse, que es una manera elegante de decir desaparecer de a poco. A los veinte decidíamos qué íbamos a “ser” en nuestra vida. No qué íbamos a hacer, de qué íbamos a trabajar. Qué íbamos a ser, porque el trabajo nos constituyó y fue nuestra identidad. Soy periodista. Soy ingeniero. Y allí íbamos: nacer, crecer, reproducirse y morir. En el medio habitar esos años de retiro junto al abuelo, en el sofá, cuidando nietos.
Quienes tienen hoy entre cuarenta y cincuenta años tienen probabilidades reales de llegar a los cien. No como excepción biológica: como tendencia estadística, como lo que empieza a ser, simplemente, lo que pasa. Y el relato estalló en mil pedazos. Porque si vivimos cien años y trabajamos hasta los sesenta y cinco, hay treinta y cinco años del otro lado del guion para los que nadie escribió nada. Treinta y cinco años que el siglo veinte no contempló porque no los esperaba. La parte más larga de la vida. Y en ese territorio sin mapa la pregunta de quién somos y qué edad tenemos se vuelve urgente de una manera que no tiene precedente histórico.
Ya no hay jóvenes y viejos en el sentido en que los entendíamos. Hay performances. Hay personas eligiendo —o siendo forzadas a aceptar— ciertos papeles en ciertos momentos de una vida que dura mucho más de lo previsto. Hay cuerpos que el agua libera y cuerpos que la mirada encadena.
Hace ya casi cincuenta años, Ellen Langer organizó un experimento conocido como “Counterclockwise”. Llevó a un grupo de hombres mayores a una casa ambientada veinte años atrás: los muebles, la música, los diarios y hasta los programas de televisión eran los de 1959. La radio pasaba canciones de su juventud, los sillones tenían el tapizado de moda en los sesenta, los diarios hablaban de presidentes ya olvidados. En ese escenario de espejismos, los cuerpos respondieron: caminaron más erguidos, recordaron mejor, algunos hasta vieron con más claridad. En una semana habían mejorado la postura, la memoria, la coordinación, incluso parecían más jóvenes a los ojos de los demás. Cuando dejaron la casa, ya no les molestaban las escaleras y cargaron sin dificultad las mismas maletas que les habían resultado pesadas al llegar. No viajaron en el tiempo, viajaron en la idea de sí mismos.
El guion del siglo XX
Charly García dijo alguna vez que los Beatles inventaron la juventud. Antes de ellos, uno pasaba de niño a adulto sin escalas, sin territorio intermedio, sin música propia. De pantalón corto a la conscripción. Del patio de la escuela a la trinchera. La adolescencia —esa zona de gracia y caos que hoy nos parece tan natural como la respiración— no existía como categoría cultural antes de mediados del siglo veinte. Alguien la inventó. Le pusieron nombre, le pusieron mercado, le pusieron canciones. Y lo que se inventa puede desarmarse.
Lo mismo ocurrió con la vejez. No siempre hubo viejos. Hubo personas que vivían muchos años, hubo sabios, ancianos, miembros del Senado o Maestros. La vejez como territorio con sus propias leyes, su propia ropa, sus lugares permitidos y prohibidos, es una invención más reciente y política de lo que pensamos.
El modelo que heredamos —estudiar, trabajar, jubilarse— no es una ley de la naturaleza. Es una respuesta histórica a la Revolución Industrial. Las fábricas necesitaban trabajadores en cierto rango de edad. Los Estados necesitaban gestionar a quienes ya no producían. Y la medicina empezaba a extender la vida lo suficiente como para que existiera, por primera vez, una masa de personas que habían terminado de trabajar pero todavía no habían terminado de vivir. Había que hacer algo con ellas. Con el estado de bienestar posterior a las guerras, se inventó la jubilación. Se inventó el retiro. Y en el mismo gesto se inventó la idea de que a cierta edad la vida activa termina y comienza otra cosa: más quieta, más hacia adentro, más despedida que llegada.
Durante décadas el modelo funcionó. No porque fuera justo sino porque era coherente con su tiempo: cuando la expectativa de vida rondaba los sesenta y cinco años, jubilarse a los sesenta tenía una lógica brutal pero clara. El retiro duraba poco. La vejez era una antesala, no una habitación donde vivir.

En los años noventa, el neoliberalismo necesitaba desmantelar los sistemas de jubilaciones y pensiones que los Estados habían construido durante décadas. Para hacerlo, primero hacía falta algo más difícil que una ley: debía convencer a las sociedades de que esos sistemas eran un problema. Una carga. Una herencia del pasado que frenaba el porvenir. Y para convencer de eso, había que construir primero una imagen del viejo como peso muerto: improductivo, resistente al cambio, costoso, anacrónico. Un lastre biológico con derechos adquiridos.
La operación fue tan eficiente que todavía la habitamos sin advertirla. Al mismo tiempo que demonizaba la vejez, el neoliberalismo endiosó la juventud. Los yuppies. El “just do it” de Nike. La cultura de la performance individual, del cuerpo como proyecto personal, del tiempo como recurso que no se desperdicia. Los ochenta y los noventa fabricaron una estética de la juventud que era también una estética del mercado: joven era sinónimo de productivo, flexible, adaptable, rentable. Viejo era todo lo contrario. La operación estética y la operación económica eran la misma operación, y quienes la pagaron fueron los mismos de siempre.
En Argentina, en 1994, Norma Pla salió a la calle. Tenía setenta y un años, una voz que no pedía permiso y una causa que parecía simple: los jubilados cobraban una miseria. Lo que no parecía entonces, y ahora resulta imposible no ver, es que detrás de esa miseria había una decisión. Las marchas que encabezó frente al Congreso —con sus cánticos, sus ollas, su furia sin coquetería— eran la respuesta de los cuerpos a lo que el mercado había decidido sobre ellos: que ya no valían lo suficiente como para ser sostenidos con dignidad. Que habían cumplido su función y podían desaparecer. Norma Pla murió en 1995. Pero la nueva longevidad solo extiende aquellas injusticias, y si vivir mal algunos años era una condena hoy solo aparece en el horizonte que mientras algunos podrán elegir ser su mejor versión después del retiro mientras que muchísimos, seguramente la mayoría, habrá extendido el sufrimiento por décadas.
Hay algo en esa continuidad que debería perturbarnos más de lo que nos perturba. Cambió la ciencia del envejecimiento. Cambió la expectativa de vida. Cambió la comprensión de lo que un cuerpo puede hacer a los setenta, a los ochenta, a los noventa años. Pero la injusticia que llevó a Norma Pla a la calle tiene la misma dirección que la de hoy.
La narrativa de nacer, crecer, reproducirse y morir cambió de golpe, brutalmente, cuando en el siglo XXI la aceleración exponencial de casi todo nos llevó a este territorio donde algunos planifican la inmortalidad mientras la mayoría no sabe cómo será su vida pasado mañana. Lynda Gratton y Andrew Scott, economista y psicólogo en la London Business School, lo dicen de la manera más simple y más perturbadora: nadie puede elegir a los veinte lo que va a necesitar a los sesenta. Porque lo que va a existir a los sesenta todavía no existe. Somos contemporáneos de dos revoluciones simultáneas: la de la Inteligencia Artificial y la de la nueva longevidad. Dentro de cincuenta años el mundo estará poblado de robots… y de viejos.
La performance
¿Acaso no somos todas pibas de veinte cuando arranca ABBA y los hits de los ochenta en un casamiento? El cuerpo sabe las coreografías, la letra sale sola, el ritmo vuelve sin que nadie lo busque. Media hora antes nos costaba agacharnos para ponernos los zapatos, pero la música y el gin tonic maridan a la perfección.
Cuando tenía veintipico y ya llevaba varios años trabajando y había publicado algunos libros, el director del diario en el que trabajaba me llamó a su despacho. Estaba furioso: me había buscado durante todo el fin de semana y yo no había respondido el teléfono. Busqué complicidad: “estaba durmiendo, soy una niña todavía”. Fue la primera vez que escuché en una conversación algo que luego leería en los libros de estudio: “sos una adulta. La edad es un lugar social. Trabajás, ganás plata, vivís sola. Sos adulta, comportate como adulta”.
En 1990, la filósofa Judith Butler publicó un libro que iba a cambiar para siempre la manera en que pensamos la identidad. Gender Trouble no hablaba de vejez. Hablaba de género. Pero el mecanismo que describía era tan preciso, tan transferible, que tres décadas después sigue siendo la mejor herramienta para entender por qué envejecemos de la manera en que envejecemos.

Butler argumentó algo que en su momento sonó escandaloso: la identidad no preexiste a los actos que la expresan. Se produce a través de ellos. No sos mujer y entonces te comportás como mujer. Te comportás como mujer y esa repetición produce la ilusión de que hay una esencia estable que estás expresando. No hay tal esencia. Hay una actuación tan ensayada, tan reiterada desde la infancia, que se volvió invisible. Lo que parece naturaleza es un guion con mucho kilometraje encima. No expresamos lo que somos, dice Butler. Producimos lo que somos, cada vez que lo repetimos.
Anne Davis Basting, dramaturga y académica, aplicó exactamente esa lógica a la edad. Lo que llamamos verse viejo, comportarse como viejo, ser viejo, no es la expresión de un estado biológico inevitable. Es la producción de una categoría social a través de actos que se repiten hasta naturalizarse. La misma conclusión a la que llegó Becca Levy, en Yale. Las personas con una autopercepción positiva del envejecimiento viven, en promedio, 7,5 años más que quienes la tienen negativa. No es una diferencia marginal. Es más que lo que aportan dejar de fumar o hacer ejercicio regularmente. La historia que nos contamos sobre lo que significa envejecer no es un adorno psicológico: es un factor biológico de primer orden. La mirada de los otros no solo te hace sentir viejo. Te hace envejecer. El guion que aceptamos termina, con el tiempo, escribiendo el cuerpo.
Betty Brussel nació en Holanda en 1924, la segunda de doce hijos. Abandonó la escuela durante la Segunda Guerra Mundial para cuidar a sus hermanos menores. Se casó, emigró a Canadá, trabajó de costurera décadas enteras. No compitió en natación hasta los sesenta y cinco años. A los noventa y nueve batió tres récords mundiales. Compite en la categoría de cien a ciento cuatro porque las categorías se determinan por año de nacimiento, y a veces es la primera persona en la historia en terminar determinada distancia —no porque haya ganado contra alguien, sino porque antes de ella nadie había llegado hasta ahí. En cada competencia alguien se le acerca y le dice: estaba a punto de rendirme, pensé que era demasiado vieja para empezar, y después te vi a vos. Betty Brussel no subvirtió su biología. Subvirtió la historia que otros contaban sobre lo que su biología autorizaba.
Es cierto que desobedecer la narrativa de la vejez puede ser también un nuevo privilegio. La aparición magnífica y promisoria de la imprenta no convirtió a todo el mundo en lectores y escritores. Inventó el analfabetismo. Desobedecer la narrativa del declive requiere salud para moverse, tiempo libre para reinventarse, dinero para no depender del primer trabajo que aparezca, redes que acompañen la transformación en lugar de castigarla. Requiere los privilegios que la desigualdad distribuye tan desigualmente a lo largo de toda la vida y que en la vejez simplemente se hacen visibles con mayor brutalidad.
La promesa de la edad performativa es real. Y es, al mismo tiempo, un privilegio. Como casi todas las promesas de libertad individual en sociedades profundamente desiguales.
La mirada que envejece
Hay una escena que Margaret Morganroth Gullette no puede olvidar. Fue en el Museo de Ciencias de Boston, en una exhibición llamada Face Aging. Los chicos se acercaban a una pantalla y la pantalla les devolvía sus caras envejecidas digitalmente: la mandíbula caída, las arrugas, las manchas, el cabello que había perdido su color y su gracia. Algunos se reían incómodos. Otros apartaban la mirada. Algunos se tocaban la cara, como verificando.
Gullette observó algo que los organizadores no habían advertido: las imágenes mostraban el deterioro pero no lo que también puede acompañar al envejecimiento. No mostraban el humor que se afila con los años, ni el carácter que se vuelve más propio, ni ese tipo particular de libertad que aparece cuando ya no hay nada que demostrar. Mostraban la ruina. Solo la ruina.
Se lo enseñamos a los chicos antes de que cumplan diez años: envejecer es perder. Todo lo demás —lo que se gana, lo que se profundiza, lo que por fin se suelta— no tiene imagen todavía. Los feminismos invirtieron muchos años en deconstruir a las mujeres para que no fueran las princesas de los cuentos de hadas, pero las viejas siguen siendo las brujas y las madrastras.
Gullette escribió en 2004 el libro que hizo por la edad lo que los estudios de género hicieron por las mujeres: desnaturalizó lo que parecía inevitable. Aged by Culture —envejecida por la cultura— no es solo un título. Es una tesis y es una denuncia. El envejecimiento no empieza en los cromosomas. Empieza en el mercado de trabajo que descarta a los mayores de cincuenta, en el sistema de salud que trata los síntomas de la menopausia como inevitabilidad y no como condición tratable, en la publicidad que hace desaparecer los cuerpos que no tienen veinte años. No envejecemos solos. Somos envejecidos. ¿Quién nos envejece? ¿Con qué propósito? ¿A quiénes primero?
El edadismo —así lo llamó en 1968 el gerontólogo Robert Butler— es la combinación de actitudes perjudiciales, prácticas discriminatorias y estructuras institucionales que se refuerzan mutuamente contra las personas mayores. No es un prejuicio individual. Es un sistema.
La OMS documentó en 2021 que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. Una de cada dos. La persona que le habla al hijo en lugar de mirar a los ojos a la abuela que tiene la billetera en la mano. El médico que atribuye cada síntoma de una mujer de sesenta años a la edad sin investigar más. Nadie, en ninguno de esos casos, se despierta pensando en hacer daño. Simplemente repiten el guion. Que es, exactamente, lo más peligroso de los guiones: que no parecen guiones.

El edadismo más eficaz no es el que viene de afuera. Es el que termina instalándose adentro. Los investigadores lo llaman edadismo internalizado: los estereotipos negativos sobre la vejez que se aprenden a lo largo de toda una vida se asimilan y se creen. La voz que dice ya estás grande para eso no necesita venir de otro. Con el tiempo, la decimos nosotros. Con la inflexión exacta de quien sabe de qué habla. Con la autoridad de quien se ha convencido de que está siendo realista.
A veces nos cuesta verlo cuando nos pasa, pero lo vemos más claro en nuestras madres, o las de nuestras amigas. La tía a la que a los setenta le empezamos a decir que se cuidara un poco más, que no saliera a caminar sola. Hasta que comenzó a tener miedo de salir. Al principio la acompañábamos por las dudas, un año después ya prefería no dar un paso sin alguien al lado. Y entonces, efectivamente, dejó de poder. Su mundo se redujo a la cuadra de su casa, y poco después a un sillón. No hubo diagnóstico médico. Hubo un diagnóstico familiar, social. Nos miran como viejos, nos creemos viejos. Pero funciona ida y vuelta. Porque efectivamente, nos ponemos viejos cuando actuamos como viejos.
Las mujeres somos envejecidas más temprano. La cultura y la sociedad nos retira la juventud antes —el primer comentario sobre las arrugas, el primer “para tu edad estás muy bien” que suena más a consuelo que a cumplido, la primera vez que dejamos de ser miradas con deseo. No hay un momento exacto. Hay una acumulación de gestos pequeños que un día suman un borramiento. Como en El Baile de Kundera, el foco dejó de iluminarnos, y seguimos girando sobre el escenario pero el público ya mira hacia otro lado.
No es solo una sensación, ni una cuestión estética. Es estructural, y económica. Las mujeres que cuidaron hijos, padres, parejas enfermas durante décadas, acumularon menos aportes jubilatorios. Trabajaron más, pero el trabajo de cuidado no cuenta para los sistemas de seguridad social. En América Latina, en 2023, el 43% de las personas mayores recibía pensiones insuficientes para vivir. En el quintil más pobre, ese porcentaje llegaba al 83%. El sistema descansó sobre mujeres como si fueran infinitas. Las gastó primero. Las recompensó después, cuando podía, con lo que sobraba.
La nueva moda del mercado “silver” comenzó a retratarlo en Hollywood. En La sustancia, la película de Coralie Fargeat que ganó el premio al mejor guion en Cannes en 2024, una presentadora de televisión de cincuenta años es despedida el mismo día de su cumpleaños porque su cuerpo ya no vende. Fargeat lo filma como terror porque lo es. Esos cuerpos sometidos a las cirugías , el botox y al ácido hialuronico son los monstruos contemporáneos.
La idea extendida de que el cuerpo viejo es el cuerpo enfermo libera a la juventud de sus fantasmas, pero es profundamente falsa. La ciencia prometió primero vivir más, luego vivir más con buena salud, y ahora también vivir más con propósito y alegría. El gran capital de los longevos será la salud y, por eso, la promesa de fuerza, agilidad y buenos reflejos comienza a ser mucho más redituable que los lifting y las cremas antiage. “Me gusta mi cuerpo; me ha servido bien, de muchas maneras, y no le guardo rencor por el cuidado que ahora necesita – dice Adriano -Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos”.
El final que no cierra
Hace unas noches volví a usar un perfume que llevaba años guardado. Fue sin querer: salía para el cumpleaños de un amigo y apareció allí, en el estante del baño, y sencillamente me dieron ganas. Cuando volví a casa esa madrugada sentí que había vuelto a ser yo —la que se reía a carcajadas, cantaba sin timidez y podía charlar de cualquier tema. ¿Habrá sido el aroma que me confundió? ¿O es que yo siempre fui esa, y algún guion equivocado me convenció de guardarla en el estante?
Somos la primera generación que llega a este punto sabiendo, con datos, con evidencia, que probablemente viviremos treinta o cuarenta años más. El período que viene puede ser el más largo y el más propio de todos. Y sin embargo llegamos a él con un manual de instrucciones escrito para otra duración.
Mi hijo acumula datos inútiles desde muy pequeño. Esos que no van a resolver ecuaciones, ni hacerte rico, ni siquiera sirven para pasar un examen. No sé si los busca: los atrae. Se los va encontrando por ahí, los colecciona, los macera, y te los regala en el instante adecuado sin vocación de deslumbrar. ¿Sabés cuál es la mayor diferencia entre los perros y los humanos?, me preguntó una vez. Creí que esta vez le había ganado. Sí, claro. Que viven en un presente eterno, no tienen noción del tiempo. No, bueno, esa también, dijo. Pero la que a mí más me divierte es que si se ven en un espejo no se reconocen, creen que es otro perro. Es cierto, es peculiar y es bello: los perros distinguen su propio olor del de otros perros, pero no su imagen. ¿Será por eso, entonces, que no se preocupan por el paso del tiempo?
La imagen en el espejo es la que instala el tiempo. La que compara, la que mide, la que dice: mirá lo que fuiste, mirá lo que sos. El perro no tiene esa imagen. Existe en el instante, completo, sin la sombra de su propia historia encima.
El mar tampoco tiene espejos. Hay un momento, cada vez que entro al agua, en que el cuerpo recuerda algo que la tierra le hizo olvidar. Es cuando el peso desaparece y los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con esa inteligencia que no aprendió nadie. El mar no sabe cuántos años tengo, y yo todavía busco la palabra para nombrar ese instante.
