Una “nueva” polémica irrumpió en el ecosistema de medios de comunicación y redes sociales. Lena Dunham, la creadora de series aparentemente muy famosas como Girls, Too much y Tiny Furniture, acaba de tener un bebé por “gestación subrogada”. Antes de empezar, debo confesarme: no la conocía mucho; a sus producciones, menos. La estudio un poco: voz de esa generación que llamamos millennials, vehículo de un progresismo pop que encarna feminismo, denuncia racismo, gordofobia y clasismo, y deja un poco (un poco) bicicleteando en el aire a la parte mainstream de la industria audiovisual, sus personajes de plástico y sus “conflictos” siempre resolubles. Consulto entre amigas (vamos a hacerle un poco de honor a Lena y sus girls, después de todo): personajes no hegemónicos, guiones no esperables, una protagonista gorda y “desprolija” antes del “body-positive”. Las escenas de sexo son más desencuentros que encuentros. Síntesis: Girls es sobre lo sucio y torpe de la vida.
Quisiera evadir el circuito que nos obliga a hablar de subrogación solo cuando alguien famoso la usa. Pasó con la escritora feminista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie; pasó con Lady Gaga (¿otra feminista pop?). Como (por ahora) no es posible, hagamos de la ocasión una reflexión. Los términos “subrogación”, “gestación por sustitución” o “gestación subrogada” refieren a un arreglo reproductivo a través del cual una mujer (quisiera decir una “persona con útero” pero tal vez es mucho) gesta para otra persona o pareja, que será(n) le(s) progenitor(es) del bebé. A quien lleva el embarazo se la conoce como gestante. La subrogación puede ser “tradicional” (práctica ahora en desuso, poco incentivada por los consensos bioéticos) cuando se usan los óvulos de la gestante, o (más común por estos días) “gestacional”, cuando se usan los óvulos de quien será la madre, o de una donante. Puede ser altruista o solidaria (entre familiares o no) cuando no hay intercambio de dinero, pero también puede haberlo. Puede ser “de palabra” o a través de un contrato. Puede ser en el país o transnacional.
Si los hijos son de “quien dio a luz”, entonces la gestante es madre, y tenemos un problemón. Porque si hay algo que hicieron las tecnologías reproductivas es disociar toda esa cadena práctica-semántica que teníamos por “natural”.
En Argentina no hay una ley específica sobre el tema. Hubo un intento por legislarlo cuando se discutió el anteproyecto del Nuevo Código Civil y Comercial, pero falló (hay que aceptarlo: era demasiado complicado). Poco después, entre 2017 y 2024, hubo en la Ciudad de Buenos Aires una Disposición (un logro, sobre todo, de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans [FALGBT]) que habilitaba la inscripción preventiva del bebé que iba a nacer por subrogación solidaria en la circunscripción como hije de quienes encaraban el proyecto (nombrados como “progenitores”, aunque también usualmente reconocides como “comitentes”, es decir quienes expresan la voluntad procreacional de reproducirse). La norma habilitó la realización de procesos de subrogación en la Ciudad, pero también fue objeto de abusos (por ejemplo, hacer mudar a gestantes a la CABA para que el parto ocurriese bajo el amparo de la mencionada Disposición). A esto se sumó más tarde “el destape” de casos ocurridos en clínicas de la Ciudad y de Córdoba, en donde algunos centros reproductivos, agencias y profesionales de la psicología, la medicina y el derecho, quedaron involucrados en acusaciones y juicios por trata de personas, aparentemente por reclutar gestantes en condiciones tan vulnerables que no podían ejercer libremente su autonomía gestacional (uno de estos juicios acaba de terminar, desestimando la impugnación de trata).
Y para complicar aún más las cosas, en años recientes saltó a la luz la existencia de un circuito de turismo reproductivo en el que Argentina figuraba como polo oferente de gestantes “baratas”, con las reglas que imponía “el mercado”. En este clima enrarecido y ciertamente inquietante desde el punto de vista de la justicia reproductiva y los derechos humanos, la Corte Suprema ratificó en 2024 eso que ya decía (problemáticamente) el flamante Código Civil y Comercial: que los nacidos por reproducción asistida son de “quien dio a luz” (y también del hombre o de la mujer que prestó su consentimiento).
Las técnicas procreativas nos dicen que no hay nada “continuo” entre sexo, fertilización, concepción, embarazo, parto y mater/paternidad. Toda esa equivalencia se fue bastante al diablo porque lo que los microscopios y el detallado control técnico del proceso reproductivo nos han mostrado es que esa “cadena” no es una cadena en absoluto.
Si los hijos son de “quien dio a luz” (dictum jurídico que heredamos del “mater semper certa est” del ¡derecho romano! pero que sigue vivito y coleando en nuestros días, por supuesto de manera bastante anacrónica), entonces la gestante es madre, y tenemos un problemón. Porque si hay algo que hicieron las tecnologías reproductivas (y para lo cual, desde luego, prácticas como la adopción, el aborto o la anticoncepción son su analogía histórica) es disociar toda esa cadena práctica-semántica que teníamos por “natural”, por lo menos, hasta que nació Louise Brown, la primera bebé concebida fuera de un cuerpo humano, en 1978 (y quien, dicho sea de paso, estuvo de visita en Buenos Aires hace diez días). Las técnicas procreativas nos dicen que no hay nada “continuo” entre sexo, fertilización, concepción, embarazo, parto y mater/paternidad. Toda esa equivalencia se fue bastante al diablo porque lo que los microscopios y el detallado control técnico del proceso reproductivo nos han mostrado es que esa “cadena” no es una cadena en absoluto. A cada momento la fragilidad del proceso acecha con toda su desmesura, a cada paso algo puede quebrarse: el sexo puede no ser una fertilización, la fertilización puede no ser una concepción, una anidación en el útero puede no traducirse en un embarazo. Estamos más acostumbrades a gestionar “los riesgos” de ese supuesto encadenamiento (típicamente: embarazarnos si no usamos protección anticonceptiva), que a pensar que nada de eso es una continuidad sin rupturas.
Pero no, no lo es. Gestar no equivale a ser madre, y para probar este punto ni siquiera es necesario mirar a la gestación subrogada o las técnicas de procreación. Basta sincerarnos un poco con lo que tenemos al lado: ¿cuántas madres hay que no gestaron, cuántas que gestaron y no pudieron o no quisieron maternar (esto último nos resulta intolerable, pero ¿quién se animaría a decir que no hay casos así?), cuántas hay que “hacen” de madre sin serlo, aunque hayan gestado? Analogías sobran, lo que falta es que reconozcamos que son esas mismas prácticas culturales que disocian gestación de maternidad las que se juegan en la subrogación tal como la conocemos hoy. Remito acá de nuevo al problema de cómo nombramos: no es ideal hablar de “maternidad subrogada” ni de “madre subrogada” y toda la familia de palabras en torno a lo “materno”, porque a menos que entendamos la maternidad de una manera estrechísimamente biológica (es decir, llevar adelante un embarazo y parir), claramente lo que se subroga (“poner a alguien o algo en lugar de otra cosa”) no es la maternidad (que sobre todo es criar, alimentar, amar). La gestante gesta, no materna. En ocasiones, puede ser parte de la vida de ese bebé y de ese niñe que gestó, aunque no siempre es el caso. Gestar, parir y amamantar hijes puede ser importantísimo como lugar donde lo materno toca a la vez la naturaleza y la cultura, pero no es de ninguna manera la única forma en la que podemos ser madres. ¿Hasta cuándo vamos a seguir sosteniendo que siempre “madre es la que es cierta, la que gesta?”
Gestar no equivale a ser madre, y para probar este punto ni siquiera es necesario mirar a la gestación subrogada o las técnicas de procreación. ¿Cuántas madres hay que no gestaron, cuántas que gestaron y no pudieron o no quisieron maternar?
La gestación subrogada nos resulta antipática porque nos obliga a salir de la comodidad remanida de las continuidades, nos impulsa a pensar que una cosa no lleva a la otra y que hay muchas más cosas entre un embrión y un bebé de las que sueña nuestra vana filosofía. No quiero decir algo tan soberbio como “vengo del futuro”, pero es posible que las cosas se nos sigan complicando. La postergación de la maternidad, la crisis mundial de la fertilidad, la globalización que hace estallar los límites trasnacionales, la digitalización de los vínculos y de las monedas, la mayor aceptación de la reproducción asistida y sí, como bien analizó la socióloga Eva Illouz, la economización de nuestra intimidad, de nuestro cuerpo y de nuestras relaciones, son todas causas (y aún hay más) de lo que aparenta ser un aumento sostenido en la demanda de gestación subrogada alrededor del mundo. La reproducción se nos está haciendo distribuida y (me gustaría pensar, aunque es un poco utópico) colaborativa: deja de ser la prerrogativa de un solo cuerpo y se vuelve cada vez más el resultado de procesos atravesados por cuerpos diversos en diferentes estados de estimulación, envejecimiento y evolución.
La gestación subrogada no nos resulta contracultural solo porque disocie gestar de maternar. Es, primeramente, un problema para los feminismos (y, de manera más general, para los progresismos), porque tiene metida la cuestión de clase, de género y de raza (y geopolítica) en el medio: ¿quién gesta para quién? ¿bajo qué condiciones? ¿hay autonomía gestacional? ¿hay derechos reproductivos? No son preguntas menores, son clave. Me gustaría recoger el guante de esa incomodidad que nos produce la subrogación no para dar respuestas definitivas a estas preguntas (no las tengo), sino para ayudar(me) a observar(nos) en esos sentidos comunes que acechan en la cultura sin que nos lo propongamos. Uno de estos es que el dinero y el cuerpo son antitéticos. Al menos en el occidente moderno, pensamos que el cuerpo, el sexo, la intimidad, la reproducción, les hijes y la vida en general son algo que debe estar completamente disociado de la plata. Cuando estos se juntan, creemos, ocurren atrocidades o prácticas que tendemos a caracterizar como impuras, como actividades que nos causan repulsión: el trabajo sexual, la venta de niños o de órganos. Obviamente, ninguno de estos tres ejemplos es igual al anterior: cada uno tiene sus particularidades y se definen, en principio, por vínculos muy diferentes con el derecho: mientras que la oferta de trabajo sexual no está penalizada en muchos países, existe un consenso universal contra la venta de órganos o de niñes.
La gestación subrogada no nos resulta contracultural solo porque disocie gestar de maternar. Es, primeramente, un problema para los feminismos, porque tiene metida la cuestión de clase, de género y de raza (y geopolítica) en el medio.
Pero me gustaría preguntarme, en otros casos más cotidianos ¿es realmente siempre así? ¿Vivimos en mundos tan purificados que el cuerpo, la vida, la reproducción, el sexo no se tocan jamás con el dinero, salvo en esas prácticas que circunscribimos como impúdicas, indecentes, ilegales, peligrosas? Lo dudo. Me parece, por el contrario, que nuestros mundos están atravesados por una relación constante entre dinero y amor, entre dinero y sexo, entre dinero e hijes, entre dinero y matrimonio (y siguen los éxitos). La subrogación nos obliga a preguntarnos por esos vínculos, nos conmina a mirarnos de cerca en los tráficos entre dinero y procreación sobre los que sabemos mucho más de lo que pensamos. Disculpen que recuerde acá algo tan passè como el Manifiesto Comunista, pero ya en ese documento de 1848 Marx y Engels afirmaron que “la burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las ha reducido a simples relaciones de dinero”. La familia en el capitalismo implica ya, desde esta visión, una relación económica.
Lo anterior no es para sugerir que es genial que haya un mercado de gestantes y niñes nacidos por subrogación (los mercados son, por definición, abusivos), sino para que apacigüemos un poco los ánimos y nos reconozcamos ya constituides por esas relaciones económicas que tanto aborrecemos en un plano ideal. Subestimamos nuestro propio saber práctico sobre cómo gestionar los vínculos difíciles entre dinero, familia, sexo y amor. Daría para un tratado entero, pero como analizo en un libro de próxima aparición en la serie Presente y Futura (Siglo XXI), el dinero es un vehículo de muchas más cosas que una compraventa. Lo usamos para regalar, premiar, recompensar, agradecer, prestar, retribuir, amar. Para el sociólogo Marcel Mauss el dinero originalmente fue una forma de lo sagrado. ¿Qué pasaría si entendemos al dinero como algo distinto de una compra y un sometimiento? ¿Puede el dinero ser una forma de agradecer a una persona el inmenso don, en última instancia no retribuible, de convertirme en madre? ¿Puede ser una manera de compensar el lucro cesante de quien gesta? ¿Puede ser que lo que el dinero pague sea fuerza de trabajo gestacional? Mi investigación con parejas argentinas que realizaron subrogaciones en Ucrania indica que el dinero intercambiado era sobre todo entendido como una manera de expresar una inmensa gratitud con la gestante, muy alejada de la idea del dinero como la fría compra de una mercancía. En ese trabajo mostramos junto a Natacha Salomé Lima que usualmente las gestantes y las comitentes mantenían una relación de gran cercanía durante el embarazo y por varios años luego del parto, que ese vínculo había sido iniciado en muchos casos por la propia gestante, y que se trataba de una relación de cuidado, agradecimiento y preocupación mutua.
¿Vivimos en mundos tan purificados que el cuerpo, la vida, la reproducción, el sexo no se tocan jamás con el dinero, salvo en esas prácticas que circunscribimos como impúdicas, indecentes, ilegales, peligrosas? Lo dudo.
Volvamos, por último, a la clase, la raza y el género. Sí, la gestación subrogada, especialmente en su versión mal llamada “comercial”, contiene inmensos riesgos. Uno palmario es la posibilidad de que se convierta en un vehículo más de explotación de clase (y de raza, de género y geopolítica); en otra forma en la cual las clases pudientes (y blancas) pueden (ab)usar de la desposesión y de quienes solo tienen su fuerza de trabajo para sobrevivir en esta durísima fase del capitalismo que habitamos. Hay muchas maneras de evitar este escenario, pero dudo que la fórmula mágica sea la prohibición. Sobran las pruebas, más que contundentes, de que todos los intentos de prohibición de eso que no queremos —las drogas, el alcohol, la prostitución— fallan sistemáticamente. Porque vivimos en el capitalismo, y porque el cambio cultural implica una transformación profunda de la reproducción, que se tornará cada vez más distribuida entre individuos, procesos, dispositivos y países, nuestra mejor opción es regular. Hay al menos nueve puntos que una buena regulación debería tener en cuenta. A saber:
1) Reconocer la autonomía gestacional. Todes tenemos diferentes grados de libertad, y esta es en gran medida el resultado de nuestro emplazamiento en la posesión de los medios de producción. Negar que la autonomía gestacional existe, y que una mujer puede decidir gestar para otres (de manera solidaria o por plata), es convertirnos en el patrón que queremos evitar ser.
2) Sincerar nuestra relación con el dinero. El dinero es nuestras relaciones sociales, pero no tiene una función unívoca entre ellas. Circula a veces comprando, a veces pagando, a veces compensando, a veces regalando, a veces indemnizando, a veces ayudando, a veces agradeciendo, a veces amando.
3) La subrogación no puede ser un medio para ganar plata, porque de ese arreglo nace una persona. Pero que no sea comercial no significa que no haya algún intercambio de dinero. Son cosas distintas.
4) Reconocer el inmenso trabajo de gestar. Mientras aún dependamos como especie de cuerpos con la capacidad de traer al mundo a otro individuo, empecemos por reconocer esa capacidad como central, en vez de seguir haciéndola la causa de la opresión de las mujeres. Reconocer, a veces, puede implicar entregar dinero, una mercancía que, después de todo, es especialmente útil en el capitalismo.
5) Donde la subrogación implique un intercambio de dinero, es preciso estipular montos máximos a esa compensación con el objetivo, precisamente, de evitar la constitución de un mercado.
6) Desarrollar dispositivos que permitan evaluar el ejercicio auténtico de la autonomía gestacional, evitando que la razón para gestar sea la pura necesidad económica.
7) Instituir mecanismos contractuales para que quien posee el dinero no pueda decidir sobre la gestante, su cuerpo, cómo va a parir, qué puede comer o reglamentar su vida.
8) Asegurar que la subrogación sea solo para quienes no pueden advenir a la mater/paternidad de otra forma, sea debido a su orientación sexual o a alguna causa orgánica.
9) Y, por sobre todo, garantizar el derecho a la identidad (genética, gestacional, familiar) de les niñes gestados por subrogación, así como sus derechos plenos a la ciudadanía.
Es posible que suene a ciencia ficción, pero la gestación subrogada puede ser feminista, puede tener que ver con el cuidado, con el amor, con el futuro, con nuestra evolución y con la justicia reproductiva. Veamos si es posible.
Agradezco a Laura Fernández Cordero, Nicolás Freibrun y Nicolás Viotti por ayudarme (otra vez) a pensar estas cuestiones.
