Crónica

Desparecidos en la guerra de Ucrania


Soldado argentino sólo conocido por el Kremlin

En el último año, al menos cinco argentinos viajaron a Rusia con una oferta de trabajo y terminaron enviados al frente de batalla en Ucrania. Cuatro están desaparecidos y uno murió atacado por un dron. Esta investigación rastrea el hilo común de los cinco casos - los reclutadores, los soldados que los recibieron, las ciudades donde estuvieron - y los testimonios de familias desgarradas por la ausencia, que piden ayuda y aún no encuentran respuestas.

El viernes 10 de abril a las tres de la tarde, el celular de Alicia Saenz, de 67 años, sonó una, dos, tres veces. Pablo Díaz, su hijo de 35 años, esperaba del otro lado de la línea.

–Hola, Mamá, ¿podes venirte ahora para Aeroparque?

–Sí, ¿pasó algo?

–Venite y hablamos. 

Alicia, de pelo blanco largo, salió apurada de su casa de Villa del Parque sin llegar a sacarse los anteojos de lectura. Pablo la esperó en la entrada del aeropuerto. Ancho, cabeza rapada, barba tupida gris.  Iba con una campera de cuero negra y llevaba una valija pequeña.

–Me voy a Rusia, mamá.

–¿A Rusia?

–Sí, a trabajar de camionero.

Pablo y Alicia, antes del viaje a Rusia. / Foto: familia Pablo Díaz.

Alicia conocía las penurias económicas del hijo. Hacía seis meses que no conseguía un trabajo estable. A pesar de ser camionero profesional, el rubro sufre las consecuencias de la crisis económica. Los costos del transporte de cargas aumentaron un 30,3% en los primeros nueve meses de 2026. Las rutas están destruídas por el retiro de la obra pública. El consumo sigue cayendo y el desempleo arrecia. Pablo sobrevivía con la economía de plataformas: hacía meses que era chofer de Uber. Pero no alcanzaba. Padre de tres hijas pequeñas, dos con su expareja y otra, de tres años, con su actual mujer. Cada uno busca la salida que puede para salvarse y Pablo pensaba que la suya estaba en Rusia. Sus hijas lo necesitaban con empleo.  

En el aeropuerto, le contó a su mamá que había visto la oferta de trabajo a través de Facebook: buscaban camioneros para una empresa europea de transporte de provisiones. El contrato, le explicó el hijo a la madre, era por un año y ellos —dos personas que hablaron con Pablo y estaban detrás de la oferta—, se hacían cargo de los pasajes y el alojamiento en Rusia. 

—Es buena plata, mamá —le explicó—. En dólares.

Antes de subir al avión, Pablo le dejó a Alicia su campera de cuero negra. 

–Guardamela para cuando vuelva —le pidió.

Alicia el 20 de octubre en Buenos Aires. / Foto: Alejandra López.

Esa tarde en el aeropuerto, Pablo no estaba solo. A un costado, listo para tomar el mismo vuelo y con la esperanza por el mismo trabajo, estaba su amigo Roberto Yamil Ibrahim, de 37 años. Flaco, desgarbado, solo, miraba con una sonrisa no del todo ajena ese último abrazo de Pablo y Alicia. Los dos amigos llegaron a Moscú el 11 de abril a las 8.30 en el vuelo SU-2133, tras una escala en Estambul. Según documentación a la que accedió Anfibia, en el aeropuerto internacional de Sheremétievo fueron recibidos y escoltados por el sargento militar Evgeny Valentínovich Nikultsev. El sargento tenía una sola orden: trasladar a los argentinos hasta la ciudad de Riazán, a 273 kilómetros del aeropuerto de Moscú. Allí, luego, bajo las órdenes del teniente interino de reclutamiento de esa ciudad, V. Romanov, ambos firmarían un contrato para alistarse a las Fuerzas Armadas rusas. Romanov, según un informe de inteligencia ucraniana, sería el encargado de alistar en el ejército ruso a los extranjeros que llegan a Rusia con falsas ofertas de trabajo. El mismo militar figura en la documentación de otros dos argentinos que también llegaron a Riazán.

Al 21 de octubre, ambos están desaparecidos. 

***

–¿Esta te la mostré?

En la foto que Alicia enseña desde su celular está Pablo, con dos o tres años, vestido con un buzo verde y sentado sobre un camión de juguete. En las manos tiene un autito con un gato vestido de chofer. 

–Siempre le gustó manejar. Era un camionero de primera. Con su papá llegamos a trabajar los tres en dos agencias de remises de Tigre. Yo como telefonista y Pablo como chofer —cuenta Alicia Saenz, en un café en Villa del Parque, durante una fresca tarde de octubre. 

En el último tiempo, Pablo se había instalado en Villa Mercedes, San Luis, junto a María, su última pareja, y su hija de tres años. Antes de tomar el vuelo a Rusia del 10 de abril, había ido a visitar a su madre en diciembre, cuando tuvo que renovar su carnet en la localidad de Tigre. Alicia recuerda las sensaciones de esa visita:

—Pablo la estaba pasando mal. No conseguía laburo. Se venía de San Luis a Buenos Aires para trabajar de Uber. Era mi hijo, pero también era mi amigo, mi confidente. Nos contábamos todo.

Ella no sospechó nada cuando su hijo le dijo que se iba a trabajar a Rusia, a pesar de haberse enterado el mismo día que viajaba. Pablo había sido camionero en Chile y Brasil. Irse a otros países era normal.

—Se lo veía feliz, entusiasmado. A Roberto también.

Cuando llegaron a la ciudad de Riazán, Pablo y Roberto fueron llevados a un destacamento militar. Pasaron ocho días incomunicados. Les habían retenido sus pasaportes y les entregaron un contrato en ruso para firmar. El 19 de abril, bajo las órdenes de Romanov, ambos ya pertenecían a las Fuerzas Armadas del Kremlin. Ese mismo día les dieron un fusil y los mandaron a un polígono de tiro en otra ciudad para practicar. Nunca habían disparado. Después de ese entrenamiento, Pablo  llamó a su mamá:

—Vieja, esto es otra cosa. Esto es trata de personas —le dijo en voz baja.

Después, Pablo le mandó a Alicia los contactos de las dos personas que le habían ofrecido el trabajo. Un hombre mexicano, apodado Pik, y su esposa, cuyo nombre aún es un misterio. 

—No había ningún trabajo real. Se aprovecharon de que Pablo estaba sin trabajo. Los engañaron para llevarlos a la guerra —cuenta Alicia. 

Pablo, a esa altura, ya tenía número de soldado: CA-531793.

Hoja final del documento firmado por Pablo Díaz en Rusia. / Foto: familia Pablo Díaz.

El 10 de septiembre, Amnistía Internacional publicó un informe alertando sobre el reclutamiento de personas extranjeras por parte de militares rusos para combatir en Ucrania. “Nuestra investigación demuestra que las fuerzas armadas rusas refuerzan sus filas con personas extranjeras en situación de vulnerabilidad económica y las utilizan como carne de cañón”, denunció la organización. 

El 29 de septiembre, la Cancillería argentina sacó un escueto comunicado al respecto, denunciando —sin una cifra concreta— el aumento del reclutamiento “voluntario” y las falsas ofertas de trabajo en zonas de conflicto entre Rusia y Ucrania. Anfibia intentó en reiteradas veces comunicarse con autoridades de Cancillería para saber qué cantidad de argentinos fueron engañados y llevados a la guerra, pero no obtuvo respuesta. 

Anfibia contactó a “Pik”, el reclutador mexicano que, junto a su supuesta pareja, llevaron engañados a Pablo y Roberto hasta Rusia. 

—Esto es la guerra, aquí no hay ningún trabajo. Aquí se viene a pelear —respondió Pik por mensaje—. Y se paga muy bien.

Una de las fotos que Pablo llegó a mandar a su familia desde Ucrania. / Foto: familia Pablo Díaz.

Caminatas diarias de 15 kilómetros; práctica con diferentes fusiles en el polígono todas las mañanas; poca comida; todo en lugares con poca señal y casi sin posibilidades de comunicarse con sus familiares. Los días de Pablo y Roberto, tras firmar sus contratos, fueron arduos. En un video que Pablo le mandó a su mamá, se lo ve a él vestido de militar, sin barba y caminando por un bosque frondoso. Roberto, vestido igual, lo sigue detrás. 

—Nos queremos poner un bar con Roberto cuando volvamos —le contó Pablo a su mamá—. Acá con lo que hay que tener cuidado es con el tema de los drones, vieja —le advirtió.

El 26 de mayo, a la una y media de la mañana, un oficial ruso se comunicó con Alicia por mensaje de WhatsApp. Le confirmó —en español y de forma extraoficial— que Pablo había sido asesinado por un ataque de drones en la ciudad ucraniana de Kreminná. La región, ocupada por tropas rusas desde el 2022, es hoy un territorio en disputa militar permanente. Dos días después de su muerte, le comentó el oficial a la madre, pudieron rescatar su cuerpo. Los restos del camionero se encuentran desde entonces en una morgue militar en la ciudad rusa de Rostov del Don. 

La Cancillería argentina confirmó la información a la familia. Pero para Alicia la guerra estaba lejos de terminar. Desde la morgue militar le dieron tiempo hasta el 26 de octubre para pagar los costos del traslado de los restos de Pablo a la Argentina. Cinco mil para el cuerpo. Tres mil si fueran las cenizas. Si no se resolvía hasta esa fecha, le advirtieron, Pablo será enterrado en la fosa común de algún cementerio ruso.

—Soy jubilada con la mínima —dice Alicia, entre lágrimas— Ni yo ni mi familia tenemos ese dinero. Les pido por favor a quien lea este reportaje que me ayude a traer los restos de mi hijo El 9 de septiembre, tres meses después de la muerte de Pablo, Roberto fue capturado por militares ucranianos durante un operativo. El 1 de octubre se viralizó en las redes sociales un video donde pide que nadie más caiga en las falsas ofertas de trabajo de los reclutadores: 

—Prometen un trabajo y un pago que no existen —dice Roberto en el video— Perdí a todos mis compañeros de batallón. Te mandan al frente a morir. Lo que está haciendo Putin es un genocidio. Detrás suyo, hay una bandera blanca con letras rojas y azules que dice ‘Camino a casa’. Es una organización ligada a las Fuerzas Armadas de Ucrania. Sin revelar su identidad, la organización pretende “ayudar” a los extranjeros que pelean en las fuerzas rusas. “Somos un grupo de voluntarios que hemos estado ayudando al ejército ucraniano y a la población civil en las regiones cercanas al frente”, le explicaron a Anfibia. “Gracias a que estamos en contacto permanente con las Fuerzas Armadas de Ucrania, podemos grabar entrevistas con prisioneros latinoamericanos, así como ayudar a aquellos que fueron atraídos con engaños al ejército ruso a rendirse de manera segura”, agregaron. 

Pero los reclutadores no tienen bando. El 27 de julio, la Fiscalía Federal N°1 de Lomas de Zamora, en forma conjunta con la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX), detuvieron a Griselda Inés Ortiz, una expolicía bonaerense de 45 años por engañar a argentinos para llevarlos a Ucrania y pelear contra Rusia. Los reclutadores prometían un salario de tres mil dólares si firmaban un contrato en uncraniano. La Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), detectó inconsistencias en el relato de cuatro hombres en la zona de preembarque del aeropuerto Ezeiza. Su destino final era Ucrania, pero ninguno podía explicar quién pagó sus pasajes, ni quién los recibiría allá.

Antes de viajar aquel 10 de abril, Pablo le había pasado la misma oferta de trabajo a otro camionero que también estaba desempleado. “Pik” atacaría de nuevo.

***

A Fabián Stauber, de 38 años, le decían el ruso. Alto, de espalda ancha, con ojos verdosos y la nariz levemente torcida. 

—Rusito, ¿vamos a bailar al Tropi este finde? —le decían sus amigos de Villa de Mayo, en la localidad bonaerense de Malvinas Argentinas. 

Fabián vivía en una casa de la calle Renacimiento. Con él vivían su mamá, Mónica Gallardo, de 64 años, su pareja Romina Alfonso, de 38, y su única hija, Milagros, de 17. La estirpe de boxeador del ruso no se correspondía con su coraje:

—Era muy miedoso —recuerda su madre cuando habla de su hijo desaparecido—. De chico y ahora también. Si había una pelea, él se ponía atrás. 

Mónica Gallardo, madre de Fabián Stauber, en su casa de Malvinas Argentinas. / Foto: Alejandra López.

Es una tarde gris de octubre, pero la luz entra limpia por un ventanal en la casa de la familia de Fabián. En el patio hay láminas de chapa plegadas, las mismas que sostienen el techo del hogar. Las fotos de Fabián rodean el comedor. En una de las imágenes está él de niño, vestido con su uniforme de jardín de infantes, mientras le hace una mueca a la cámara. En la escuela número 22 de Villa de Mayo, a los 15 años, conoció a Romina, la madre de su hija. Iban al mismo curso. 

—Era terrible en el aula —dice Romina, su pareja—. Siempre haciendo macanas y molestando. Yo era parecida.

De profesión camionero, Fabián se hacía tiempo también para colaborar con la iglesia del barrio. Cuando no estaba de viaje en otra provincia por trabajo, repartía comida a personas en situación de calle y colaboraba con las donaciones de ropa. En su cuarto, entre paredes despintadas, colgada en una percha, hay una remera verde con una cruz en el medio que dice “todo es posible”.

El último año y medio de Fabián fue difícil. No conseguía empleo de camionero, ni de ningún tipo. Podía salir un viaje esporádico con algún transporte, pero no alcanzaba para sostener a su familia. Su madre cuida a adultos mayores y Romina trabaja en un kiosco del barrio. Fabián era el sostén económico de la casa y antes de viajar lo tenía preocupado la fiesta de egresados de su hija Milagros. Todavía le faltaba pagar la mitad del salón. 

—No nos quedan nada de ahorros y a Fabi no le salía ninguna changa —cuenta su pareja. 

Fue cuando apareció la oferta de trabajo que le había pasado Pablo.

—Pensaba que con esa plata podía pagar lo que quedaba de la fiesta de Mili. Ni pasaporte tenía. Se lo tuve que pagar yo —recuerda la madre.

Fabián, igual que Pablo, se comunicó con “Pik”. El reclutador mexicano pagó su pasaje. Viajaría el 2 de mayo, con varias escalas, hasta llegar al aeropuerto de Sheremetyevo en Moscú.

A Fabián todavía lo esperan su madre, su tía, su pareja y su hija. / Foto: Alejandra López.

—El ruso se va para Rusia —bromeaban sus amigos de Villa de Mayo, mientras Fabián sonreía a medias. Era la primera vez que viajaba en avión. Entre las prendas que puso en un bolsito estaba una camiseta de Independiente, su club de fútbol. Nunca llegó a usarla.

El camionero aterrizó en Moscú el 4 de mayo. Igual que Pablo y Roberto, hizo escala en Estambul. Después fue trasladado a un establecimiento militar en la ciudad de Riazán, en donde estuvo cinco días. Según el contrato que firmó Fabián y al que accedió Anfibia, otra vez el teniente interino, V.Romanov, se hizo cargo de su alistamiento militar. 

—Fabi nos llamó un día y nos pidió ayuda. Se quería volver —cuenta Mónica—. Ahí yo hago la denuncia por trata de persona.

La madre denunció en la línea 145 que atiende llamados por trata y explotación de personas. Dijo que su hijo había sido engañado y llevado a Rusia. El 29 de mayo, casi un mes después de la llegada de Fabián a Moscú, las autoridades consulares se comunicaron con ella. Le confirmaron que su hijo estaba activo como integrante de las fuerzas armadas rusas. Cancillería les dio un dato más: habían hablado por teléfono con Fabián y él no les había manifestado que estaba allí contra su voluntad.

—¿Cómo les iba a pedir ayuda si estaba rodeado de militares a toda hora y escuchando lo que decía? —se pregunta Romina.

Las fotos de Fabián llenaron rincones de su casa como pequeños altares. / Foto: Alejandra López.

Aunque nunca se cruzaron, los días de Fabián como soldado se parecían a los de Pablo y Roberto. Caminatas tediosas por senderos verdes, tiro en el polígono y poca alimentación. El hincha de Independiente le contó a su familia que le ponían una inyección en las rodillas para que siguiera caminando, aún cuando ya no podía. También les habló sobre el oficial a cargo de su pelotón: un ruso de nombre Petrovich, con cara huesuda y ojos hundidos. 

"Me hace acordar a papá", le escribió Fabián a su mamá en un mensaje junto con una selfie de los dos en un campamento militar. Su padre, David Stauber, había fallecido en 2015.

El 4 de junio Fabián le escribió a Romina: "Voy a Ucrania. Te amo. Pedile a dios k me proteja. Los amo con mi vida".

La última foto que llegó a enviar Fabián desde Ucrania. / Foto: Familia Fabián Stauber.

También le mandó su ubicación: estaba en la ciudad ucraniana de Kreminná, donde Pablo había sido asesinado por un dron el 26 de mayo. Fue la última vez que Fabián se comunicó con su familia.

***

–Está desaparecido. No podemos ubicar su cuerpo o paradero.

Mónica escuchó la palabra “desaparecido” y no entendió. La funcionaria consular le informó por teléfono que Fabián estuvo activo en el frente hasta el 26 de julio, más de un mes después del último mensaje que le mandó a su pareja.

La habitación de Fabián está tal como la dejó antes de viajar. / Foto: Alejandra López.

–Es una definición vacía la de desaparecido–dice Mónica– No significa nada para mí. Nada. No tengo esperanzas de que Fabi esté vivo. 

Un funcionario del consulado confirmó a Anfibia que para que un soldado desaparecido en Rusia sea declarado como muerto deben pasar, al menos, seis meses.

En la casa también hay fotos de Fabián con su ropa de entrenamiento militar. En un retrato sobre un modular, el camionero sostiene un fusil ancho y largo como una escoba. 

Romina y Milagros, pareja e hija de Fabián. / Foto: Alejandra López.

Milagros, la hija de Fabián, lleva puesta una campera azúl y calzas negras. Tiene el pelo largo, teñido de un rojizo oscuro. Dos recuerdos tiene de su papá: los bailes en el boliche Tropitango, como si fuesen amigos, y cuando iban a pescar a las lagunas de San Pedro y Baradero. 

–El único que no pescaba nada era él y se re enojaba–cuenta la hija– Hasta yo sacaba algo.

Unos meses antes de que Fabián viajara, Milagros se hizo un tatuaje en su brazo izquierdo “Hasta volvernos a encontrar”.

El tatuaje que Milagros se hizo antes de viajar fue casi una premonición. / Foto: Alejandra López.

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Mirta Sandoval vive en San Rafael, Mendoza. Tiene 56 años. Su hijo, Emilio Sandobal, de 32 años, quien vivía en Neuquén. Pero hoy, también figura como desaparecido en Rusia, según confirmó la cancillería argentina. El 2 de octubre del 2025, tras una falsa oferta de trabajo que el joven encontró por las redes sociales, llegó a Moscú. 

–Lo llevaron primero a un yacimiento petrolero para entrenar y después lo sacaron a pelear –cuenta la madre.

Emilio Sandobal en el frente de baltalle. / Foto: Familia Emilio Sandobal.

La única información que Mirta tiene de su hijo es que Emilio integró la brigada número 76 de la Unidad de Asalto Aéreo del Ejército ruso. 

–Lo obligaban a eliminar los mensajes que me mandaba –denuncia la madre.

En Neuquén, Emilio trabajó como operario en una empresa petrolera. El sueldo que le prometían en Rusia, sin embargo, lo convenció de irse. 

–Necesito saber dónde está el cuerpo de mi hijo.

La cantidad de muertos y desaparecidos latinoamericanos en la guerra entre Rusia y Ucrania activó también un nuevo negocio para los abogados rusos: el cobro de la indemnización que el Kremlin debe pagarle a las familias de los soldados muertos. Anfibia habló con un abogado ruso que le envió un mensaje a Mónica Gallardo, la madre de Fabián. El letrado le ofrecía un paquete para encontrar el cuerpo de su hijo, llevarlo a la Argentina y cobrar la indemnización por su muerte que puede llegar a los 170 mil dólares.

–El 15% de lo que le pague Rusia a la familia es para mí. Mi servicio de costo es alto, pero eficaz –comentó el letrado ruso. 

Anfibia confirmó que el mismo abogado contactó, al menos, cinco familias latinoamericanas que, por las redes sociales, pedían información sobre sus desaparecidos. 

***

Todos los días Felix Calvo salía de su aula en la escuela de policía de Ramallo, provincia de Buenos Aires, para entrar a otro salón y dejarle una carta en la cartuchería de Daiana Chiappella. A veces interrumpía la clase de los futuros oficiales bonaerenses y se la daba en mano a Daiana.

–Calvo ¿qué hace? ¿Otra vez?– lo retaban los profesores de la escuela Juan Vucetich. 

A principios de 2014, cuando Felix y Daiana ingresaron a la escuela, ya estaban de novios. Al año, nacieron sus dos mellizos: Máximo y David. 

–Nos separamos a los pocos meses de que nacieran nuestros hijos–cuenta hoy Daiana, de 34 años y ex pareja de Felix–. Pero siempre estuvimos en contacto. Él amaba a sus hijos.

Durante 21 años, Felix fue siempre el primero en saludar a Daiana por el Día de la Madre. El domingo 18 de octubre fue la primera vez que ella no recibió un mensaje suyo.

La última foto de Félix antes de viajar y la última que envió desde Rusia. / Foto: Familia Félix Calvo.

En los primeros días de enero de 2026, Felix le contó a su familia que se iba a trabajar a Rusia. En 2018 había renunciado, tras cuatro años, a su trabajo como policía bonaerense en la localidad bonaerense de San Nicolás por los bajos salarios. Los empleos de Felix, desde entonces, fueron todos informales: soldador, peluquero. También probó suerte un tiempo en España donde trabajó como soldador, pero regresó sin éxito.

–El desempleo lo tenía mal. Depresivo. Sentía mucha frustración por no poder mantener a sus hijos. Nos ayudaba con lo que podía–cuenta Daiana, quien trabaja como oficial bonaerense en San Nicolás.

Félix, además de los mellizos con Daniana, tenía dos hijos más con una nueva compañera en San Nicolás. En Facebook, cuentan sus familiares, el expolicía encontró una oferta de trabajo–sin más detalles– como soldador en Rusia. Sus familiares denuncian que una pareja de reclutadores colombianos le pagó a Felix los pasajes. Una mujer, Marly Montoya, quien figura como gerenta y fundadora de la agencia de viajes colombiana “Amazing Latin Travel”, creada en 2020 en Medellín, pagó el vuelo del argentino. Anfibia accedió al pasaje que la agencia le sacó a Felix el 16 de enero con destino a Estambul, Turquía. Misma ciudad a la que llegaron Pablo, Roberto y Fabián. A pesar de los intentos para hablar con Montoya por diferentes medios, no dio respuesta.  

Antes de viajar, Felix le mandó a Daiana una captura de una conversación de WhatsApp con Montoya. Allí la colombiana le dice: “Me encanta tu humildad”.

–Creemos que ellos se lo llevaron engañado –dice Daiana.

El 17 de enero Félix aterrizó en el aeropuerto internacional de Moscú-Vnúkovo. Luego, según información oficial a la que accedió Anfibia, el expolicía llegó a Riazán, como el resto de las tres víctimas. Sin embargo, en esa ciudad, no firmó su alistamiento militar, sino un formulario de alta para ingresar al servicio estatal ruso. El 6 de febrero, finalmente, entró a la unidad militar número 11097 en la ciudad rusa de Vorónezh, una zona de conflicto activo con Ucrania. El 14 de ese mes fue trasladado a la región ucraniana de Lugansk, hoy ocupada por fuerzas rusas.

En 2022, entre sus múltiples oficios, Félix publicó un libro digital por Amazon: “Guerra y Retorno”. El libro reconstruye la biografía de su abuelo, Ángel Calvo, un soldado español que combatió contra la dictadura de Francisco Franco durante la guerra civil de. Félix recopiló papeles originales de su abuelo. En una carta con el título “Tierra Arrasada”, Ángel escribió: “En las trincheras de mi patria quedamos huérfanos de los nidos que se perdieron”.

–Estaba muy arrepentido de irse–recuerda su expareja–Lo obligaban a cavar trincheras y a construir blindajes. Cuando nos llamaba se cuidaba mucho lo que decía. Tenía miedo.

El 20 de julio Félix le avisó que lo sacaban a pelear al frente y le pidió a Daiana hablar con sus hijos. Esa fue la última vez que se comunicó. El 1 de agosto, la cancillería argentina le comunicó que se encontraba desaparecido.

–Sabemos lo que eso significa en la guerra –dice Daiana–. Necesito un cuerpo para que mis hijos se despidan de su padre.

Félix Calvo durante su entrenamiento en Rusia. / Foto: Familia Félix Calvo.