Hubo un tiempo en que repetíamos, como un mantra tranquilizador, que ciertas cosas jamás podían ocurrir en la Argentina. Miramos con perplejidad la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, con su lenguaje brutal y su desprecio por las formas tradicionales de la política. Y nos dijimos: “Esto acá... imposible”. Si en otros países irrumpían experimentos cualunquistas —outsiders carnavalescos sin recorrido político que arrasaban en elecciones— volvíamos a tranquilizarnos: “Acá no pasa, tenemos tradiciones políticas firmes”. Cuando en Brasil emergió el liderazgo autoritario y filo-fascista de Jair Bolsonaro, repetimos la misma convicción: “¿Acá? Imposible”. Confiábamos en una diferencia decisiva: la sociedad argentina había tramitado su pasado dictatorial a través de procesos judiciales y sociales ejemplares. Y frente al avance de discursos antiestatales en otras partes del mundo, insistíamos en otra certeza: que la sociedad argentina seguía valorando al Estado, la justicia social y la política como espacio de transformación.
Durante décadas se creyó que nuestra cultura política funcionaba como una barrera. La democracia recuperada en 1983 parecía haber fijado ciertos límites compartidos: rechazo a la violencia política, apego a la legalidad constitucional y una expectativa de que el sistema democrático también debía traducirse en bienestar social. Esa promesa quedó condensada en una frase que marcó una época: “Con la democracia se vota, se come, se cura y se educa”. No se trataba de una mera fantasía: la democracia traería beneficios tangibles para toda la sociedad. Aquella convicción tenía bases históricas sólidas: una memoria reciente del terrorismo de Estado, una sociedad atravesada por tradiciones igualitarias y una valoración persistente del Estado como actor de protección y reparación. Argentina contaba con una historia que imponía límites a cambios extremos. Incluso Mauricio Macri debió moverse dentro de esos márgenes, y su gobierno avanzó con cautela en muchas de las reformas liberales que pretendía impulsar.
Pero un día, la certeza se evaporó. Argentina eligió presidente a Javier Milei: un outsider sin trayectoria política ni experiencia de gestión, con un lenguaje inédito para nuestras costumbres discursivas, que llegó al poder prometiendo la destrucción del Estado, un ajuste salvaje que nos haría vivir mal durante un buen tiempo, denunciando la justicia social como una aberración y adoptando, sin disimulo, una estética política importada de las derechas radicales norteamericanas. Lo que durante años había sido considerado improbable (si no imposible) se volvió realidad.
La primera reacción fue buscar explicaciones tranquilizadoras. Una de las más frecuentes consistió en leer su triunfo como un mero voto bronca: una descarga pasajera de malestar económico y decepción con el gobierno del Frente de Todos. En realidad, Milei llega después de una doble decepción: la del mal gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner y del peor gobierno de Mauricio Macri cuatro años antes. Bajo esta mirada, el fenómeno podía interpretarse como una anomalía, un accidente electoral destinado a disiparse una vez confrontado con la realidad del nuevo gobierno.
Sin embargo, el tiempo empezó a debilitar ese consuelo. Dos años después, en un contexto de deterioro económico profundo, pérdida de ingresos, recesión, aumento del desempleo, conflictos institucionales y escándalos de corrupción, Milei no solo no se desinfló: volvió a imponerse con amplitud en las elecciones de medio término. Asimismo, el sistema político se reordenó a su alrededor. Sectores centrales de la derecha tradicional se integraron, y sometieron, al nuevo liderazgo, consolidando un bloque de poder que ya no puede leerse como una simple erupción de protesta.
Ese proceso obliga a revisar una hipótesis que durante mucho tiempo organizó la forma en que la Argentina se pensó a sí misma: la idea de una excepcionalidad política y cultural que nos mantenía relativamente inmunes a ciertas derivas observadas en otras democracias. Los resultados de las últimas elecciones nacionales sugieren que esa excepcionalidad —si alguna vez existió— dejó de operar como un límite efectivo. Algo más profundo parece haberse puesto en movimiento. Este libro parte de una pregunta que ya no puede evitarse: ¿qué cambió en la cultura política argentina? Más precisamente: ¿qué transformaciones en valores, creencias y sensibilidades de la sociedad condujeron a que lo que durante años parecía improbable se volviera políticamente viable?

La investigación, el libro y un enigma
Los cambios más profundos de una sociedad no siempre se anuncian de manera estridente. Muchas veces se gestan lentamente, en el subsuelo de las creencias, en los lenguajes cotidianos, en las expectativas que las personas tienen sobre el futuro, el trabajo, el Estado o el lugar que ocupan en el mundo. Durante largos períodos esos cambios permanecen casi invisibles, hasta que, en algún momento, irrumpen con fuerza en la superficie de la política. Cuando eso ocurre, los resultados electorales parecen inesperados, aunque en realidad suelen ser el desenlace visible de transformaciones que llevan años acumulándose.
Este libro intenta reconstruir precisamente ese proceso. Desde 2010, hemos medido valores, creencias y actitudes políticas de la sociedad argentina, produciendo la base empírica de esta obra. La repetición de una serie de indicadores a lo largo del tiempo permitió registrar no solo continuidades, sino también desplazamientos, rupturas e irrupciones. Observados en perspectiva, los datos registrados revelan que en la Argentina se está produciendo una transformación más profunda de lo que suele reconocerse.
Los análisis y datos que presentamos se basan en un programa de investigación empírica iniciado en 2011 y sostenido durante más de quince años.1 A lo largo de ese período realizamos sucesivas mediciones de alcance nacional orientadas a registrar actitudes, valores y disposiciones políticas de la sociedad argentina. El diseño del estudio combina un núcleo estable de indicadores —repetidos en cada ola— con la incorporación de preguntas específicas vinculadas a debates y procesos emergentes de cada momento. Esa estrategia hizo posible observar continuidades y cambios a lo largo del tiempo, identificar tendencias más profundas en el campo de los valores políticos. Nos interesaron menos los zigzagueos inmediatos de las preferencias electorales que el subsuelo de creencias que estructuran la vida política: las actitudes hacia el Estado, la democracia, la igualdad, el conflicto social, el mérito, la solidaridad, el futuro y el lugar del individuo en la sociedad.
La continuidad del estudio a lo largo del tiempo permite identificar tendencias consistentes y cambios significativos en la sociedad. El aporte central de este libro consiste en registrar esos procesos desde una perspectiva de largo plazo sobre la sociedad argentina, con el objetivo de comprender cómo se transformaron sus valores, actitudes y percepciones a través de los años. La investigación sobre la que se apoya este libro interactúa con un conjunto amplio de iniciativas orientadas a temas similares, entre los cuales se destacan los estudios comparativos como Latinobarómetro, la Encuesta Mundial de Valores o el proyecto LAPOP han producido información valiosa para comprender estas dimensiones en América Latina. También, en la Argentina, resultan fundamentales los aportes de autores como Manuel Mora y Araujo, Edgardo Catterberg, Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro, así como las investigaciones desarrolladas en espacios como el Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismo (LEDA) o el Centro de Estudios Pulsar.
- Cada medición se realizó sobre muestras nacionales de aproximadamente 1.500 casos, con un margen de error cercano a ±2,5 puntos porcentuales. A lo largo de los años se utilizaron distintas técnicas de recolección —presenciales, telefónicas y digitales— adaptadas a las condiciones tecnológicas y operativas de cada período. Como todo estudio basado en encuestas, este trabajo presenta limitaciones. Los cambios en las técnicas de recolección, las tasas de no respuesta o la transformación de los hábitos de comunicación pueden introducir sesgos que deben ser considerados con cautela. Además, no todos los indicadores estuvieron presentes en todas las mediciones, lo que genera zonas de sombra en algunos períodos.
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