Ensayo

Bebé reno


Contar lo siniestro

¿Cómo narrar algo íntimo que desborda lo privado y se vuelve público? Las producciones basadas en casos verídicos suelen generar la falsa creencia de que los hechos contados son repeticiones estrictas de la vida real. Pero eso no es lo que le importa a Lucas Martinelli sobre la serie del momento. Entre otras capas, Bebé Reno se vuelve didáctica al poner en escena lo poco preparados que estamos emocionalmente ante situaciones que disparan los problemas de la salud mental. Desdramatiza el dispositivo de la sexualidad que no necesariamente es un teatro donde siempre se debe cumplir un solo rol: sufrir o gozar.

A veces ocurre que determinada audiencia cree que las series basadas en casos reales son una repetición estricta de los hechos ocurridos en la vida común. Esto está pasando con Bebé Reno, la serie más vista de Netflix en estos días, donde ficción y realidad se ponen a prueba en una caza de brujas punitivista. “¿Quién fue la mujer inspiradora del personaje de Martha, una abogada fracasada que deviene en acosadora obsesionada (interpretada por Jessica Gunnin, desde una complejidad adorable)?”. “¿Y el hombre inspirador de Darrien, un guionista exitoso y manipulador (interpretado por Todd Goodman-Hill)?”. La polémica se suma al fervor que generan de por sí las zonas grises de la serie dirigida y actuada por Richard Gadd, en base a la experiencia de sus propios sufrimientos por violencia sexual. Gadd tuvo que salir a pedirle a la gente que dejara de especular con quiénes son las personas en la vida real. 

La trama de Bebé Reno está guiada por la voz flotante del mismo Gadd que, con el seudónimo Donny Dan, nos hace viajar por su mente en el intento de develar, entre todos los recuerdos asibles en su memoria, por qué le llevó tanto tiempo contar lo que por fin pudo. O, en otras palabras, cómo hizo para “darse cuenta” de lo que vivía. 

El ritmo ágil de la serie está dado por los mails constantes que Martha envía con una infaltable firma truchada de la marca famosa y aspiracional de telefonía móvil que, a veces con faltas de ortografía o errores de tipeo, terminan de conformar el marco de la comedia. Primero se muestra la persecución de Martha, la mujer con la que Donny se cautiva dentro del bar en el que trabaja. Ella llora en un taburete y él le ofrece un té. Ella dice que no puede pagarlo, él se lo regala. Así comienza una relación perversa donde Martha no se despegará un segundo de la sombra de Donny y él sufrirá su ausencia ante cualquier alejamiento. 

En la vida real, supuestamente, esta escena fue el inicio de cuatro años y medio de miles de mails y tuits, horas de mensajes de voz y cantidad de cartas y regalos. Los capítulos iniciales en los que narra ese acoso son, dentro de todo, livianos. Una liviandad que se quiebra en el cuarto capítulo, cuando retoma la escena inicial, donde Donny denuncia el acoso frente a un policía. Ante la pregunta del oficial — “¿Por qué tardó tanto en denunciarla?”—, Donny reflexiona: si denunciara a Martha también debería denunciar a Darrien, su violador. ¿Por qué una vejación sería “más denunciable” que la otra? Más allá de un afán denuncialista que prima en la actualidad, pero del que la serie se corre con habilidad, parecería ser más fácil para un varón blanco de clase media denunciar el acoso de una mujer que la violencia sexual ejercida por otro hombre. 

Uno de los aspectos que me interesa en Bebé Reno es la dificultad de contar algo íntimo que desborda lo privado y se hace público. El relato se despliega desde una máquina narrativa arrolladora, cuya fuerza tal vez se haya incrementado antes de ser una serie de plataforma como pieza unipersonal en su paso por el teatro. 

¿Qué es lo “inquietante” que genera Bebé Reno a nivel narrativo? Que deja colar lo siniestro como una estructura doble. Se trata de un relato personal que enlaza dos recuerdos traumáticos y encubre uno con el otro: el del hombre violador con el de la mujer acosadora. La serie traza muy bien ese rasgo: toda esa energía narrativa, ese énfasis en las idas y vueltas temporales, se condensa en la potencia del cuarto capítulo donde por fin se puede contar aquello que estaba poco claro entre los recuerdos de Donny. Esa dificultad para recordar algunas situaciones nodales tiene que ver con el gran esfuerzo psíquico que implica reconocerse y constituirse como víctima de una situación de violencia sexual. 

Donny, un cómico joven y en formación, admira el talento de Darrien quien, como mentor mayor y más experimentado, le endulza el oído mientras lo invita a drogarse hasta perder la consciencia. La violación se muestra con imágenes tan sugerentes como aberrantes. Las elipsis instalan una sospecha perturbadora en la mente del espectador: el abuso podría haberse repetido en los múltiples retornos de Donny a la casa de Darrien. El pliegue de esta escena tiene que ver con lo que Gadd cuenta concretamente en el video viral, catártico y expositivo al que se refiere la serie. En su momento, lo que le molestó fue la idea de “dejar de ser un hombre”. No primaba tanto la violencia de por sí, sino la manera en la que ese acto le tocaba la masculinidad o directamente (como si se tratara de una propiedad personal) se la hacía perder.

Una serie narrada desde el punto de vista de un personaje varón algo conservador que lleva arraigados varios de los prejuicios comunes de la masculinidad no es una novedad. Basta ver la escena del bar en la que Donny, junto con la cofradía masculina, en una combinación de misoginia y gordofobia, se burlan de Martha, y le dan a Donny la esperanza de un “cuelgue de cortinas” delimitador de los roles de género y del “lugar del varón” en su vida. O la escena en la que Teri, la mujer trans con la que se relaciona Donny (interpretada por Nava Mau), le pide un beso a Donny en el subte. Allí, él explora su homofobia internalizada. Una experiencia dolorosa de odio a uno mismo por el propio deseo frente a unos labios gráciles, dulces y amorosos, sin maldad. Hasta Martha cumple una función machista cuando golpea a Teri por “quitarle a Donny” y “parecerse a un hombre”, en una escena que, a pesar de mostrar la violencia cotidiana sobre los cuerpos trans, está construida desde una perspectiva que habilita al espectador a empatizar con el sufrimiento de Teri. 

Lo que resulta novedoso de la serie es cómo expone la transfobia de un varón y la vulnerabilidad de su propia experiencia ante la salud mental, el abuso y la violencia sexual. La manera en que Bebé Reno desarma la homofobia y la transfobia entendiendo que la violencia y los miedos ante los deseos no heterosexuales no sirven para nada, no es algo habitualmente narrado en primera persona desde la voz de un varón blanco de clase media. 

Existen además pocas imágenes positivas de los personajes trans en las representaciones populares. Por eso es importante que, en medio de un grupo de personajes corridos, el accionar de Teri sea el único loable. 

El éxito de una serie que tematiza la violencia está tan a la orden del día como los discursos de odio, en un momento de especial recrudecimiento contra las comunidades lésbicas, homosexuales y trans. La serie trae algo de lo que circuló en las posiciones de derecha respecto a las “conductas autodestructivas” de estas vidas, porque si algo nos enseñó una sociedad machista pero tolerante es que la homosexualidad se puede vivir, pero en secreto. Es por eso que existe cierta continuidad en el uso de drogas como iniciación a la homosexualidad: porque hay una asociación cultural entre las formas de experimentar placer de maneras ocultas. Si bien la cocaína es una sustancia más extendida, el MDMA y el GHB (las drogas que provee Darrien) son las que incentivan la excitación sexual. Otro de los sentidos que arma la serie y resulta elemental desarmar es que el deseo homosexual de Donny se libera a partir de una violación. Para ciertas audiencias es necesario aclarar: los homosexuales no llegan a ser tales a partir de una violación o un abuso, se trata de una condición cuyo origen la ciencia aún no pudo resolver (y tampoco es imperioso que lo haga).

Gadd colabora con “We are survivors”, una organización de Reino Unido que ayuda a hombres que sufrieron abuso. Tal vez este sea el objetivo benéfico más claro de la serie: ayudar a otros a contar aquello que es tan difícil contar. Hay una escena fundamental en la que Donny “sale del clóset” con sus padres y les confiesa su temor a “ser menos hombre”. Con un giro inesperado, el padre le dice entre lágrimas que no pensaría eso de él y le retruca: “¿Pensarías eso de mí? Fui a un colegio de curas”. Es difícil no pensar en el periodista rosarino Juan Pedro Aleart que tuvo una fuerte presencia en los medios estos días por denunciar los abusos de su tío a él y su hermano y de su padre a su hermana menor como una forma de hacer público un hecho que caducó para la justicia y, de este modo al menos, clamar por una condena social. Esto tiene que ver con una trama de condiciones históricas que hacen posible ver algo que existe desde hace mucho tiempo: está demostrado que la mayor cantidad de abusos sexuales se da en contextos familiares, y por eso es tan importante que exista una Ley de Educación Sexual Integral que ayude a que estos casos puedan ser comprendidos y salir a la luz a tiempo. 

Bebé Reno tiene algo de didáctico en poner en escena la poca preparación que tenemos sobre las emociones que deberíamos sentir ante situaciones que disparan los problemas de la salud mental. No se trata simplemente de cómo entender una psicosis (¿una obsesiva, un psicópata?) desde una posición neurótica, sino también de desdramatizar el dispositivo de la sexualidad que no necesariamente es un teatro donde siempre se debe cumplir un solo rol: sufrir o gozar. El trayecto narrativo pone en escena un cuerpo que vuelve una y otra vez a la situación de dominio y, por ello, muestra que no siempre se puede abordar la sexualidad desde una perspectiva represiva. Y hay una vacilación en Donny al asumirse como víctima de violencia sexual: ¿implicaría necesariamente acudir a la justicia para enfrentar un proceso largo donde todo el cuerpo y la subjetividad estarían nuevamente puestos al juicio común de una sociedad machista? El final ambiguo de Bebé Reno lo hace político y más inquietante, porque deja abiertas las zonas de un deseo no del todo resuelto y, de este modo, permite volver a pensar y discutir.

Fotos: Prensa Netflix