Con vos en el fitito azul

Con vos en el fitito

Por: Montserrat Viñals

 

Para mí, mi papá siempre fue pelado, alto y el señor más culto del barrio. Cuando me iba a buscar al jardín, año 84, 85, mis compañeritos me decían “te vino a buscar tu abuelo” y yo con toda firmeza respondía “no es mi abuelo nenito, ¡es mi papá!”. Y salía corriendo a su encuentro. Nunca supe si todos los niños sentían lo mismo que yo por su papá. Yo pensaba que no, porque yo amaba a mi papá, para mí era el mejor padre del mundo. Lo admiraba, lo perseguía en todo lo que hacía, todo me parecía fascinante: dictarle las notas de los alumnos para que las pase a la planilla de evaluación, alcanzarle los ladrillos el día que hizo el asador en el patio, acompañarlo a ver mil veces al mecánico. En general los mecánicos nos cagaron toda la vida, dos fiat 600 teníamos en esa época, uno celeste y otro azul. Ninguno de los dos funcionaba bien. Pero tiraban. A veces, en invierno, mi papá nos subía a todos y nos llevaba al parque infantil del Puente Blanco, el que quedaba frente al canal 13 de San Luis. Hoy lo recuerdo y era un lugar sórdido; el castillito de los niños siempre tuvo un olor a pis insoportable. La calesita estaba cerrada, pero a mí me parecía grande y corríamos hasta quedar agotados. Volvíamos apilados, en ese autito chiquito que todavía lamento que lo hayan vendido por $800, está bien, fue hace como 25 años, pero 800 pesos fue un regalo.

 

Lo mejor era el verano en las sierras. Los días eran casi siempre iguales, pero perfectos para mí. A mi papá le gustaba ir al campo, así que daba el anuncio al mediodía y empezábamos a armar las cosas, la canasta del mate, galletas criollitas, latas de paté, el gomón para flotar en el agua, nos poníamos la malla, las ojotas y un abrigo porque a la noche siempre refresca. Caían la Laurita y el Juan Manuel, dos vecinos que venían siempre con nosotros. Promediando las cuatro de la tarde salíamos, era tarde ya, ¿cuánto tiempo de sol podríamos alcanzar? No nos importaba nada, salíamos igual, todos amontonados, y era realmente gracioso porque el motor del fitito siempre recalentaba, mi papá llevaba un palo de escoba y se lo ponía a la tapa del motor que estaba atrás, hasta que enfriaba un poco y salíamos de nuevo, a veces con el palo puesto motor al viento. Si íbamos a La Florida hacíamos dos paradas, casi siempre en el mismo lugar, una en la estación de servicio Esso, primera parada, bajábamos, estirábamos el cuerpo, comprábamos tortas con chicharrón y después otra escala por El Volcán. Llegábamos con suerte a las cinco y corríamos al agua y todo era risa. Alrededor de las nueve de la noche, cuando aparecían las luciérnagas, subíamos todos al auto y mi papá, como buen profesor, tomaba lista para no olvidarse ningún hijo, ningún vecino: ¿Luci está? ¿Martín? Y así. Si estábamos todos, como lo estamos hoy, diferentes, pero presentes, no es poco ¿no? Recuerdo y siento que la felicidad es eso que entra dentro de un fitito motor al viento.