Ensayo

Razones para divagar un jardín amoral


Con el pudor de los sobrevivientes

Un niño puto, negado por sus padres, sometido a una terapia de conversión que no entiende, crece en un paisaje cargado de violencias. Hoja a hoja, recuerdo a recuerdo, en la novela El tercer paraíso, Cristian Alarcón desmaleza ese territorio enemigo y siembra un nuevo jardín, donde las plantas vagabundas y la diversidad desafían la estética trágica del orden.

¿Qué relación existe entre un paisaje y una vida? ¿En qué se parece el diseño de un jardín y escribir nuestra biografía?

Lo primero que me impacta mientras voy leyendo El tercer paraíso de Cristian Alarcón es el tono que se mantiene en la escritura: las anécdotas y acontecimientos se narran como si todos estuvieran en un mismo plano tonal. La narración no se sobresalta (menos aún, escandaliza) por lo narrado en ningún momento. Las reflexiones sobre la vida familiar, la infancia, la sexualidad, el desarraigo, la libido que mueve a planificar un jardín en medio de la inesperada pandemia y la curiosidad por las flores, semillas, taxonomías vegetales, la botánica, Linneo, Humboldt y sus búsquedas, todo tiene una misma jerarquía en un relato que es una suspensión del juicio en acto. En esta biografía no hay una mirada moral, lo que no significa que no haya una reflexión ética sobre lo humano, lo vegetal, lo natural y lo naturalizado.

Dice el narrador que “imaginar un jardín es someterse a una nueva conciencia” y yo subrayo la oración. Mi humilde pequeña experiencia con las plantitas y flores que tengo en mis balcones algo me ha mostrado de esa verdad. Pero la nueva conciencia a la que el narrador se somete no se reduce a la experiencia de la jardinería sino que toma como excusa el deseo manifiesto y el proyecto en proceso de crear su hermoso jardín propio para imaginar su vida hasta su presente: Alarcón siembra hoja por hoja el paisaje de su biografía. El jardín literal se vuelve métafora del cuarto propio. Desmalezará los recuerdos, los dispondrá en un cierto orden, pero no como esos jardines estetizantes sino como (siguiendo a Clément) “un territorio de afecto”, un “territorio mental de esperanza”.

Indudablemente, el aislamiento forzado de la pandemia le ofreció a Alarcón una oportunidad de contemplación que supo sembrar y cosechar: que dio como flor y fruto esta bella, tierna, calma, dolorosa y honesta novela. Pero es una contemplación activa: no “ve” un paisaje dado ya sino que lo observa creativamente, lo reproduce y produce a la vez. Es que, parafraseando al narrador, imaginar nuestra biografía es someterse a una nueva conciencia: una novela es ese acto de imaginación que reconoce la relación activa entre recordar e inventar.

También pienso que esa ausencia de sensación de tragedia en su escritura producida en medio de la pandemia quizás sea constatación de lo que Alejandro Modarelli siempre resalta de las infancias LGTB+: “Nacemos en territorio enemigo”. Para un niñito puto, negado por sus padres, sometido a una terapia de conversión que no entiende por qué la necesita, probablemente las peores tragedias estén condensadas en su infancia.

Del territorio enemigo al territorio de afecto y esperanza. Esa transfiguración es la que produce la escritura éticamente reflexionada de su biografía. 

Pero quiero volver a la ausencia de moral de la mirada narrativa. El relato de Alarcón me convence más que nunca que la reacción moral puede ser frecuentemente (sino siempre) una respuesta superficial, un acrítico acto reflejo. Indignarse, señalar con el dedo, escandalizarse por las fallas del otrx tiende a ser antes que nada una negación de nuestra humanidad, de nuestra complejidad subjetiva, de los grises en que todxs nos movemos, que somos. No hay blanco o negro ni en una pandemia ni en una vida que se escribe reflexivamente a sí misma.

Por eso las violencias contra su madre se hilan con las violencias de su madre. Se presenta el paisaje de una época, de lo naturalizado, de lo que se soporta sin mucha alternativa a la vez que se reproduce sin mucha autocrítica. Por eso la violencia es parte del paisaje humano y criticar esto no puede equivaler a negarlo. La hostilidad y el cuidado atraviesan los vínculos humanos, entre padres e hijxs, entre amigxs, hermanxs.

¿Qué se hace contra la violencia? Nos seguimos preguntando. A veces se trata de aprender en la vida a llenar los puños de arena y dejar ciegxs a nuestrxs victimarios. O frenar la mano golpeadora de un padre o una madre cuando la niñez cede a la adultez y podemos poner límite corporalmente a lo que nos hace daño. También apropiarnos de nuestros recuerdos, contextualizar las falencias de lxs otrxs en sus límites, en su propio pasado de víctimas pero sin desresponsabilizarlxs.

La escritura de una biografía novelada o de una novela biográfica es un acto de responsabilidad: para con quienes somos, para con nuestro pasado en lo que nos ha dañado y en lo que nos ha habilitado, para con nuestro futuro y el futuro de quienes nos leen que al seguir nuestra reflexión pueden tener esperanza de hacer lo mismo. Desmalezar el paisaje de nuestra conciencia afectiva sin embellecerlo hipócritamente, sin negarle las flores que sí hubo.

Pienso que el libro habla de paraíso pero pienso que también habla de caída. Para nuestra imaginación cristiana no hay paraíso sin caída, ni caída sin esperanza de redención. Pero quizás no se trata de esa alternativa… quizás los jardines humanos son siempre una mugrosa, compostada, colorida y olorosa mezcla de lo alto y lo bajo. 

Dice Alarcón leyendo a Clément: “el jardín de hoy es el jardín en movimiento, aquel que se produce con la dinámica incesante de las plantas vagabundas capaces de colonizar terrenos baldíos, costados de camino, páramos abandonados a su suerte. Allí es donde la biodiversidad resiste”. Y menciona una noción del autor que juega con el título de la novela: “El tercer paisaje realza lugares despreciables para el ojo lleno de prejuicios de quien espera la estética del orden”.

Y eso es exactamente lo que hace a ese tono no moralista que me interpela en su texto: el jardín humano que aparece en la reflexión sobre su propia vida es ese jardín en movimiento, ese tercer paisaje. “Ojo de loca no se equivoca”: el ojo de loca de Alarcón encuentra que algunxs de nosotrxs somos plantas vagabundas, bio-diversidad que resiste. Gayle Rubin tiene una pregunta hermosa: ¿por qué estamos tan dispuestos a aceptar que en el mundo natural la variedad es un rasgo benigno, pero en el mundo de la sexualidad, no? ¿Por qué no hemos sabido producir una noción de variación sexual benigna y en cambio queremos dictar un único modo normal, apropiado, “natural” de vivir la sexualidad?

Quizás ese sea el deseo emancipatorio del activismo sexo-genérico: producir un tercer paisaje humano. Ni paraíso ni caída: realzar lugares despreciables para el ojo lleno de prejuicios de quien espera la estética-heterocisexista del orden. ¿Por qué cada niñez que se despliega en la singularidad de su corporalidad, su género, su deseo no puede ser recibida como una más de las hermosas nuevas flores del jardín de nuestra colorida humanidad? ¿Por qué, como dijo Lemebel, tienen que nacer niñxs con una alita rota?

En el gesto de distancia de Alarcón de describirse como “el niño” aparece una operación pedagógica valiosísima: aprendemos a ver cómo se imprimen las normas de “verdadera masculinidad” en un pequeño cuerpito que en su vivirse con naturalidad sólo se le ocurre que “algo malo hay en él” por las miradas, gestos y acciones de lxs otrxs. El mismo niño que añora que su abuela lo proteja. El que padece el desprecio de ser quien mete el gol en contra, “que patea para el otro equipo”. Los apartados en que vemos crecer a “el niño” son una clase de educación sexual integral si por educación entendemos también las de lxs padres y docentes mismos: asumir éticamente la tarea de dejar ser, dejar florecer en cada niñx su singularidad. Frente a la banal moral del personaje de los Simpsons que ante todo grita “¿Alguien quiere pensar en lxs niñxs?” yo me pregunto si alguna vez aprenderemos a escuchar a lxs niñxs.

¿Por qué estamos tan dispuestos a aceptar que en el mundo natural la variedad es un rasgo benigno, pero en el mundo de la sexualidad, no?

¿Es El tercer paraíso una reconciliación con la infancia? No, no lo creo. Es un acto de bio-grafía, de escritura de la vida y, como tal, una apropiación de lo que es a la vez propio y ajeno: lo que deseamos vivir y lo que no pudimos, las caricias habilitadoras y los sopapos injustos, el cuidado vital que nos hizo sobrevivir a la precariedad del cuerpo bebé -que nos vistió, alimentó, acunó- y la hostilidad de la neurosis de lxs cuidadores, de sus propias violencias padecidas e incorporadas, o incluso, quizás, la hostilidad que produce la desigual distribución de las tareas de cuidado también. 

En uno de los apartados en que relata las aventuras botánicas y sexo-afectivas de Humboldt, Alarcón dice: “Todo lo viviente permitía y promovía la vida de lo viviente en un encadenamiento de luchas, de violencias y muertes, de enfermedad, de regeneración y rebrotes. El equilibrio del planeta dependía de esa cocreación atravesada por fuerzas ocultas e invisibles.”

¿Cómo asumir que todo lo viviente permite y promueve la vida pero en un encadenamiento de luchas, de violencias y muertes? Si alguna vez habrá un tercer jardín como mirada honesta de la humanidad, esta es la pregunta de la mano que toma su primera semilla. Es una pregunta para nuestros vínculos humanos y nuestros vínculos con lo no humano. ¿Cómo vivir mejor en este planeta, esta cocreación? Dice Donna Haraway que abandonemos el excepcionalismo humano, que no somos lxs dueñxs del planeta. Ni de su vida vegetal y animal, ni de las múltiples e imprevisibles formas de florecer de lo humano. Pero ni salvación ni catástrofe: la responsabilidad implica abandonar las tramas dicotómicas, contemplar activamente y esperanzadamente volver a sembrar.

A mí no se me dio una oportunidad de escritura reflexiva en la pandemia: se marchitó, entró en coma en mi cuerpo la libido que me ha llevado siempre (pero por olas) a escribir. Se murieron mis flores y el tiempo fue triste y gris… fue poco lo que pude escribir y todavía no me repongo del todo. Aunque la esperanza no cesa. Aunque la novela de Alarcón me ha revivido un poco.

Creo que estamos todxs aún recuperándonos de los estragos psicológicos, físicos y emocionales que ha hecho en nosotrxs la pandemia. Alarcón cierra su novela con el relato de su contagio de covid y miedo a morir, el lento recuperarse y el retorno de la salud. Llega por fin el día de la fiesta, rodeado de amigxs, música y flores, y dice: “Con el pudor de los sobrevivientes podemos decir que somos felices”.

No sé si podemos todxs decir, luego de esta pandemia, que somos felices. Pero sentir el pudor de los sobrevivientes no es poco. No todas las biografías terminan con la mención de la felicidad pero sí son siempre -sólo por haber podido ser escritas- actos de supervivencia. Ya decía Derrida que frente a nuestra escritura sentimos pudor o vergüenza: nos desnudamos, nos exponemos, nos mostramos. “Acá estoy, así soy” es el más exquisito, vital y vergonzoso gesto de afirmación. 

Lo saben muy bien, como Alarcón, los niñitos putos que sobrevivieron como flores tenaces a su infancia.