Ensayo

Elecciones en Bolivia


Del golpe a la victoria

Después de un año del gobierno transitorio de Jeanine Añez, Luis Arce y David Choquehuanca triunfaron por mayoría absoluta en las elecciones de Bolivia. “El MAS mantuvo su fortaleza política y sus rivales no tuvieron lucidez para forjar una coalición con una propuesta alternativa”, explica el sociólogo Fernando Mayorga. Del golpe al retorno al Palacio Quemado, un repaso por la trama de resistencias del MAS, ese instrumento político de las organizaciones campesinas e indígenas, y tres claves de lectura para interpretar la victoria.

El 20 de octubre de 2019 Evo Morales ganó la elección presidencial con diez puntos de diferencia sobre Carlos Mesa, una victoria negada por sus opositores bajo la falsa acusación de “fraude monumental”. Fue la piedra de toque de una conspiración que terminó con la caída del gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), la anulación de las elecciones generales y la inhabilitación de Evo Morales como candidato. Doce meses después, Luis Arce –candidato del MAS– venció en las elecciones generales con una diferencia de veinte puntos respecto a Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana. El principal rival del MAS fue el mismo personaje del año pasado pero en circunstancias distintas y con resultados más desfavorables. Todo parece indicar que la victoria será por mayoría absoluta, como en los comicios de 2005, 2009 y 2014 pero, esta vez, sin el protagonismo de Evo  Morales, su líder carismático.

¿Qué sucedió en el transcurso de un año para que la escena electoral haya sido análoga a la de octubre de 2019, es decir, con el MAS como favorito y Comunidad Ciudadana aspirando a forzar un balotaje que no se dio?  Simplemente que el MAS mantuvo su fortaleza política y sus rivales no tuvieron lucidez ni capacidad para forjar una coalición electoral con una propuesta alternativa. Es posible acudir a la trillada frase de Marx para caracterizar la conducta de sus rivales: "La historia ocurre dos veces: la primera vez como una tragedia y la segunda como una farsa”. Porque el gobierno transitorio de Jeanine Añez, producto del golpe de Estado de noviembre de 2019, fue una tragedia para el país. Y porque la actuación posterior de los involucrados en la conspiración contra Evo Morales- y convertidos en candidatos presidenciales-, una farsa. Terminaron enfrascados entre ellos en una “guerra sucia” y disputándose una franja de electorado mediante una competencia de diatribas contra Evo Morales, puesto que seguían suponiendo que las posibilidades del MAS dependían de su líder. Esa incomprensión y la naturaleza de esa fuerza política permiten explicar la contundente victoria de Luis Arce.

Así, esbozamos algunas claves para explicar ese desenlace.

Derrota del MAS y despilfarro de una victoria imprevista

El golpe de Estado a Evo Morales fue una victoria imprevista para los opositores al MAS, que actuaron por única vez de manera cohesionada. Esa coalición puso a Añez en la presidencia y dispuso de condiciones favorables –represión policial y militar de por medio, y cierto estupor en los sectores populares– para impulsar un proyecto de restauración oligárquico-señorial. El objetivo era claro: desmantelar el modelo estado-céntrico forjado por el MAS con la nacionalización de los hidrocarburos y la instauración del Estado Plurinacional mediante una nueva Constitución Política (2009) que, entre otras cosas, reconoce el pluralismo a partir de la vigencia de los derechos colectivos de las naciones y pueblos indígenas originario campesinos.

Este proyecto restaurador quedó en intenciones y solamente desplegó su faceta negativa y destructiva. Los personajes que tomaron el poder no comprendieron el alcance de su victoria y sometieron sus decisiones a un ansia de venganza contra el MAS y su base de apoyo popular, sobre todo campesina indígena. El día del golpe de Estado desataron su furia contra la wiphala –bandera indígena reconocida constitucionalmente en 2009 como símbolo patrio-  retirándola de los edificios públicos y quemándola de manera festiva, en una señal de que el rencor era más fuerte que la ideología. Similar encono marcó la conducta del gobierno transitorio, que apeló a la violencia estatal –perpetrando las  masacres en Senkata y Huayllani con decenas de fallecidos- y le otorgó “carta blanca” a las fuerzas militares y policiales, en un gesto de desapego absoluto por el estado de derecho. Todo en nombre de la “libertad” y la democracia, nunca tan vilipendiadas con acciones autoritarias y una retórica de tinte ultra conservador rociada con agua bendita.  

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La euforia por esa victoria imprevista se transformó en triunfalismo, y esa coalición forjada en octubre y noviembre de 2019 se disgregó en cuatro candidaturas para los comicios generales, incluyendo a la autoproclamada presidenta y al dirigente regional que orquestó la conspiración golpista. Estaban convencidos de que la siguiente disputa electoral sería un juego reservado para ellos. Suponían que el MAS estaba derrotado. Intentaron proscribirlo para asegurarse, pero no lograron su cometido: nunca entendieron el carácter de ese movimiento político que irrumpió victoriosamente en 2005 y durante tres gestiones de gobierno, bajo el mando de Evo Morales, impulsó múltiples transformaciones en la sociedad boliviana.

Esa incomprensión se tradujo en un desprecio por lo nacional-popular  y en la reemergencia de un racismo asentado en una antinomia decimonónica: “ciudadanos” (ellos) versus “salvajes” (los “otros”, campesino/as indígenas). Esa fue la visión de “modernidad” de las élites políticas y económicas que retornaron a los meandros del poder en noviembre de 2019. Con esa mirada anacrónica asumieron el mando del gobierno y encararon las elecciones para consolidar su proyecto y desterrar al MAS del espacio político. Sus intenciones chocaron contra la realidad sociológica de un país al que quieren gobernar pero, en el fondo, lo desprecian, como escribió Sergio Almaraz Paz hace medio siglo.

Resistencia del instrumento político

La visión del mundo de esa élite de sello oligárquico, elitista y racista se expresó en una errada creencia acerca del MAS: creyeron que este movimiento político era un mero reflejo de la voluntad de su “caudillo” –repitiendo esa cantaleta acerca del populismo que detestan porque no entienden- y no un “instrumento político” de las organizaciones campesinas e indígenas, tal como fue concebido en diversas asambleas a fines del siglo pasado. Ese rasgo constitutivo de su origen salió a relucir en la resistencia al gobierno transitorio. El MAS mostró la primera señal de rearticulación a principios de diciembre de 2019 con la realización de un ampliado del Pacto de Unidad que agrupa a poderosas organizaciones: Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano, Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu, Confederación Sindical de Comunidades Interculturales de Bolivia y Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia “Bartolina Sisa”; estas organizaciones conjuntamente las Federaciones de Campesinos del  Trópico de Cochabamba (cocaleros) constituyen la columna vertebral del MAS y lo consideran su “instrumento político”, por eso es MAS-IPSP: Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos.

No había transcurrido ni un mes del golpe de Estado cuando, con el Pacto de Unidad, tuvieron la capacidad para rearticularse. Demostraron su consistencia organizativa, aquella que se expresó en la resistencia a la represión militar y a la persecución judicial y, luego, en la capacidad de movilización proselitista. Esa base social organizada se sintió representada por Evo Morales durante dos décadas pero nunca dependió enteramente de su liderazgo. Por eso repitió su apoyo y lealtad a otro candidato del partido, Luis Arce. Aunque no proviene de las filas sindicales ni tiene identidad campesina indígena, esos rasgos sí están presentes en David Choquehuanca, candidato a vicepresidente. Precisamente, la breve historia de la conformación del binomio del MAS también denota la importancia del Pacto de Unidad puesto que Luis Arce fue propuesto como candidato presidencial por Evo Morales, radicado en Buenos Aires, mientras que las asambleas sindicales y comunales señalaron para ese cargo a David Choquehuanca, inicialmente vetado por el propio Evo.

Al final se optó por un binomio (“Lucho y David, un solo corazón”) que evitara reyertas y ahuyentara riesgos de división, aunque se puso de manifiesto que las decisiones de Evo Morales tenían como límite las decisiones del Pacto de Unidad, que no cedió respecto a la presencia de Choquehuanca en la fórmula. Y ese rasgo de autonomía o de negociación se puso de manifiesto de manera más evidente con el paso del tiempo porque las decisiones tácticas dependieron cada vez menos de Buenos Aires y el protagonismo de Evo Morales se fue mitigando en el transcurso de la campaña, encarada con una postura moderada y un mensaje concentrado en recuperar la democracia y enfrentar la crisis económica.

 

La victoria electoral y sus matices

El  binomio del MAS, según las encuestas de boca de urna y el conteo rápido de votos, obtuvo más del 50% de apoyo electoral. Venció en cinco de nueve departamentos (provincias) y tendrá mayoría en las dos cámaras de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Las encuestas le daban entre ocho y diez puntos de ventaja respecto al segundo, pero el resultado final tiende a duplicar esta cifra. Para explicar esta victoria deben considerarse tres aspectos, cuyo orden de importancia es aleatorio.

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Luis Arce fue ministro de Economía y Finanzas del gobierno de Evo Morales durante doce años y ese perfil le otorgó capacidad para convocar el apoyo del votante medio de las ciudades, agobiado por la crisis económica provocada por la pandemia. Su interpelación disputó el voto indeciso al atender las demandas de urgencia del electorado, sobre todo de las clases medias que se habían movilizado contra Evo Morales un año antes. En cambio, sus rivales se disputaron el voto anti-masista con consignas vacuas y anacrónicas, tales como “recuperar la democracia” o “evitar el retorno del tirano”, mientras crecían las protestas contra un gobierno transitorio marcado por la ineficiencia, la corrupción en el manejo de la crisis sanitaria, la parálisis económica y la violación de los derechos humanos.

Otro factor decisivo es identitario. El agravio a la wiphala durante el golpe de Estado provocó una protesta espontánea en varias ciudades, sobre todo en El Alto, urbe de población aymara, que se movilizó no en defensa de Evo Morales sino en rechazo a esa agresión. A partir de esa movilización se articuló una estrategia dirigida a apoyar al MAS y derrotar a una élite que, apenas controló el poder, destiló su racismo contra toda huella indígena. Así, los y las indígenas –las “cholas” fueron foco de violencia y agravios- cerraron filas y ampliaron su base electoral al margen de las redes organizativas sindicales y barriales. Pero la defensa de la wiphala también fue asumida por otros sectores, sobre todo jóvenes urbanos que se identificaron con un sujeto histórico (movimiento indígena) y no solamente con una sigla partidista. Una muestra nítida de esta convergencia identitaria fue el apoyo de Felipe Quispe Huanca, antaño rival de Evo Morales en las filas del sindicalismo campesino y en las elecciones de 2005, que se convirtió  en una suerte de vocero informal de la mayor protesta contra el gobierno de Añez e invocó al apoyo electoral por el MAS.

Finalmente, un aspecto tangencial pero decisivo. El voto por Chi Hyun Chung, el candidato de ascendencia coreana y militancia evangelista que obtuvo el tercer lugar en los comicios de 2019 con 8% de votación nacional pero con cifras mayores al 15% en La Paz y Oruro, tradicionales bastiones del MAS. Este candidato disputó el voto rural, por ende campesino e indígena, restándole a Evo Morales una franja de votación que pudo hacer sido decisiva para que su victoria sea incuestionable. En esta oportunidad, Chi obtuvo menos del 2% en ambos departamentos. Ese voto retornó al MAS, lo que explica la rotunda victoria de Luis Arce en La Paz y Oruro con un apoyo superior al 65%, decisivos para asegurar la mayoría absoluta a nivel nacional.

La victoria del MAS se explica por la fortaleza orgánica de la trama sindical y comunitaria, su presencia territorial en todo el país con arraigo social y base popular con el sello de la identidad campesina indígena. A este rasgo estructural se sumó una atinada decisión coyuntural con la nominación de un candidato presidencial profesional y citadino, capaz de interpelar a los sectores medios y dar señales de certidumbre frente a la crisis económica. El resto de los ingredientes fue provisto por sus rivales, quienes declinaron de sus candidaturas o compitieron por asumir el rol de principal rival o detractor del MAS. Carecían de proyecto alternativo y su discurso meramente anti–masista ya no tuvo capacidad de convocatoria. Arribaron al poder quebrando la institucionalidad política y fueron derrotados en las urnas por una sociedad nacional popular que resistió casi un año –largo y efímero a la vez- para recuperar la democracia y profundizar las transformaciones en curso desde hace quince años.