Ensayo

Inflación, crisis, guerra, pandemia


Desconectarse o sufrir

Más no puede pedir Argentina: guerra en Europa, inflación e interna oficialista. La subjetividad del siglo XXI no tiene respiro. La crisis es global, pesa en los gobiernos pero pesa más en las personas: desestabiliza sus vidas, sus accesos, su imaginación de futuro. El poder adquisitivo y los destinos simbólicos habilitados por el consumo. La devaluación del poder político y la dificultad para calibrar su GPS representativo y narrativo.

Colaboración periodística: Bárbara Ester

Más no puede pedir Argentina: guerra en Europa, inflación e interna política. En abril se registró un 6% de inflación, el índice más alto de los últimos 30 años. “Es la guerra de Ucrania, este país o no sé qué cosa. Pero te aseguro que nos vamos al demonio. Es como vivir en una turbulencia eterna”, whatsappeó un empresario pyme. “Nadie hace pie -dijo una politóloga amiga al referirse a la coyuntura-. Quien logre certezas, aunque sean precarias, ganará las próximas elecciones”. Y mientras un empresario del campo envía por chat un video desde arriba de una cosechadora y escribe: “juntando dólares para Alberto”, el Secretario de Comercio Interior Roberto Feletti renuncia a su cargo. Todo al mismo tiempo: hacer dólares, quedarse sin dólares y prolongar una interna que se lleva puesto todo. 

Después de la pandemia una conflagración armada. Una invasión. Nos despedimos de las escenas más cruentas de una “guerra” contra un virus y asistimos a una beligerancia radical entre Estados europeos. La subjetividad del siglo XXI no tiene respiro. Carga con la marca del tembladeral y de la incertidumbre. El globo pesa, como nunca, sobre las personas. 

Rusia fabricó una vacuna, una guerra y, posiblemente, un desequilibrio en la provisión de granos que afectará al globo. Intentar salvar y trastocar al mundo, a veces, lo puede lograr el mismo país. La invasión sobre territorio ucraniano provocó fenómenos globales que tienen impactos en lo cotidiano de otras regiones. Mientras miles mueren en guerras, en estos tiempos globales otros padecen la economía y experimentan malestares políticos y democráticos. Una guerra no siempre es una guerra. Nada como una crisis para observar cómo las dinámicas que ésta detiene y dispara aterrizan en las instituciones gubernamentales y, fundamentalmente, en la vida de las personas. 

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¿Quienes pagan una guerra? Los gobiernos y los Estados (que con la globalización tienen poco margen de maniobra) y los ciudadanos y ciudadanas (que poseen escasos recursos para aprovechar los beneficios que proponen este tipo de conflictos). 

—¿Preferimos la paz o el aire acondicionado encendido?

La pregunta la formuló el primer Ministro de Italia, Mario Draghi, indagando sobre las consecuencias sociales de un conflicto armado. En la respuesta, el dilema de la democracia occidental en momentos de guerra. Un dilema tal que impacta en el individuo, y que muchas veces prefiere estar “desconectado” de los sucesos mundiales para no padecer “calor” o “frío”. Nadie quiere sufrir y menos por cuestiones que están lejos. 

Veamos: conflicto entre Rusia y Ucrania, pedido de sacrificio a personas que viven a miles de kilómetros de distancia. La política puede pedir pero no siempre tiene eco y menos en épocas de “desenganche” y de “descolocación” de una individualidad a la que le cuesta situarse en contextos mayores a su propio cuerpo.

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La invasión de Ucrania y las restricciones a Rusia impulsaron los precios del gas, la energía, el petróleo, los cereales y los fertilizantes. Entre un 8 y 13% aumentaron los combustibles en América Latina y Europa impactando en las economías y en las dinámicas inflacionarias. El alza no es un fenómeno novedoso, ya venía de la pandemia, pero con el conflicto en Europa se aceleró. La vida cotidiana se volvió aún más incierta y el malestar frente a los gobiernos se fue modulando de diversas maneras. La dependencia global quedó expuesta en países que necesitan de recursos para mover sus economías locales y exportadoras.

El consumo nunca es consumo, no es pura materia. Es proyección de un lugar en el territorio social y en el tiempo.

Brasil experimentó una inflación que superó el 10% (interanual) y la región en promedio superó el 8%. Escalaron durante la guerra algunos rubros básicos: alimentos y energía. Perú soportó la variación mensual de inflación más alta de los últimos 26 años. Chile vio trepar su inflación anual a un 9.40%, algo que no pasaba desde hace 13 años. Estados Unidos tuvo un 7.4% de inflación interanual, la mayor de los últimos 40 años. Francia trepó a más del 5%, y España casi al 10%. Desde la reunificación, Alemania no soportaba un incremento interanual del 7.30%.  

Conmoción en el campo de batalla y desestabilización de la vida y el consumo. Todo al mismo tiempo. 

—¿Qué se pierde con el consumo? 

—Se pierde paraíso —dice un empresario brasileño que pretende convertirse en pastor. 

Se dificulta el acceso, una ventana al futuro de las familias y las personas. El consumo nunca es consumo, es proyección de un lugar en el territorio social y en el tiempo. Todo se complica en momentos en que las clases medias se achican en el panorama social y no ven cómo resituarse.  

Por eso el consumo no es pura materia. Su pérdida altera las seguridades y potencia ansiedades que se ven en la otra inflación: la ingesta desmedida de antidepresivos, ansiolíticos, de cursos de yoga, tantra, de fitness. 

—Me siento caminando en un trampolín —dice un verdulero del Mercado de Abasto de Beccar mientras acomoda los cajones de frutillas. 

Inflación, crisis nacional y global: las fronteras de lo posible se corren todos los días. Suben, bajan y tiemblan. En el campo el gas oil se vuelve un bien buscado. En algunos lugares de la provincia de Buenos Aires existe el gas oil blue

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La experiencia inflacionaria en la mayoría de los países se potenció con la inversión estatal y con otras medidas establecidas para contener los efectos del coronavirus. Todo se aceleró. La Unión Europea rompió décadas de búsqueda de equilibrio macroeconómico. Rompió su techo de cristal. La expansión del gasto público contuvo la enfermedad y relegitimó –a algunas- clases políticas. Les dio tiempo y solvencia. Pero la guerra abrió otro momento. La buena onda se terminó.

Las ciudadanías llegan fatigadas a un conflicto bélico que solo promete miedos, aumentos y distorsiones. Desde la salida del Estado de Bienestar o de Compromiso la inflación es uno de los temas recurrentes. La crisis del petróleo de los años 70 (Siglo XX) impulsó los precios en todo el mundo. ¿Qué hacer con la inflación? ¿Cómo metabolizarla, en momentos de crisis, para que impacte lo menos posible en la sociedad? Y sobre todo, ¿qué hacer políticamente con ella cuando se producen conflictos sociales orientados por la erosión de derechos?

Pocos países de América se verán beneficiados por la crisis. Inclusive Bolivia que podría aumentar el precio del gas se encuentra ante el crecimiento de sus importaciones de gasoil. Teniendo en cuenta la balanza comercial, algunos analistas consideran que Bolivia, Brasil y Guyana podrían resistir mejor que otros países de América el impacto de la guerra. Pero todo está por verse. 

Una guerra no siempre es una guerra. Nada como una crisis para observar cómo sus dinámicas impactan en las instituciones gubernamentales pero, sobre todo, en la vida de las personas.

El sector agroexportador vio crecer el precio del trigo y del maíz, ya que Rusia y Ucrania ocupan un lugar importante en el mercado de cereales. Si bien esto podría alentar el aumento de divisas para ciertos países latinoamericanos el incremento del precio del gasoil y de los fertilizantes, la mayoría de origen ruso, impactarían en la inflación y en la dinámica productiva (y exportadora). 

Perú, Paraguay, Brasil y Argentina se ven afectados; con ellos, sus actores económicos y principalmente los gobiernos. Bolsonaro, aprovechando su alianza con Putin, logró que varios de los nutrientes que suponen los fertilizantes y que provienen de Rusia sean sacados de las restricciones propuestas por el Kremlin. Hay una geopolítica en marcha de los fertilizantes. En el caso de Argentina, según el periodista Eduardo Manso (conductor de La dosis perfecta FM 106.3 Daireaux), “la mayoría de los fertilizantes provienen de Rusia. Si bien acá se producen no cubren la demanda interna. China también los fabrica y apuesta a un cambio en su producción que implicaría mayor uso del gas y por eso, aumento de precios. A su vez, en el país asiático hay una sequía que presiona sobre los países cerealeros para aumentar su producción.” Pero no todo es drama: el alto precio de la soja compensaría los precios de los aumentos de precios de los fertilizantes. “El problema está más en el gobierno que en el desastre que empezó Putin”, agrega el empresario que manda fotos desde su nave cosechadora.

Entre la pandemia y la guerra, la relación entre ciudadanía y clase política se volvió más tensa. Los reclamos y el malestar se profundizan. La fatiga es con la política misma y con los partidos tradicionales. El deseo de representación, de garantía de reclamos o de escucha, a veces, se presenta de manera violenta. Entonces se gestan “desenganches representativos” que van de la búsqueda de nuevas representaciones a una lucha abierta contra toda la política sin importar en manos de quién, a la larga, quede el control del caos. 

No solo se producen “desenganches representativos” sino también “padecimientos representativos”. Recaen sobre quienes, sin mucho convencimiento, insisten en las ofertas existentes en el sistema político y pueden prometer algo frente al tiempo que se viene. Se quedan bajo la condición de experimentar un “salto al vacío”. “Padecer una representación” no tan elegida ni elegida es una experiencia intensa en estos tiempos. 

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La dinámica inflacionaria potenció problemas políticos locales. La inflación erosiona expectativas futuras, habilita movilizaciones sociales y crisis que se abre en la zona más compleja para la política: la trama de la vida cotidiana. 

En Perú estalló la crisis mundial con violencia. La subida de precios, como indica la socióloga peruana Tatiana Béjar, “detona la situación política”. Su presidente Pedro Castillo se vio asediado por los reclamos de sindicatos, transportistas, empresarios y parte de la ciudadanía. Una parte de ese 50.12% que cosechó en la segunda vuelta electoral se desenganchó de la adhesión al presidente y se la lanzó a la calle. La crisis agravó la dinámica de una clase política que no logra, desde hace décadas, consolidar un bloque gobernante estable y duradero. Petroperú -la petrolera estatal peruana- informó que la mayoría de precios de sus combustibles se incrementarían a fines de marzo de 2022 entre un 5 % y un 13 % ya que la guerra ponía "en situación de emergencia la sostenibilidad del suministro”. El politólogo Anthony Medina Rivas Plata plantea que se produjo una “crisis de desglobalización” (una disminución de la inversión y del comercio) y ello obligó al gobierno a enfrentarse con la inestabilidad peruana de las últimas décadas. El tembladeral inflacionario abrió una ventana de oportunidad para todos los actores y una crisis que, al mismo tiempo, ahora afecta a todos. La figura presidencial volvió al centro del ring pero resiste con una desaprobación que llega al 76% (Datum, abril 22). Parte del desplome de su imagen es el manejo de la inflación.

El impacto de la guerra en España fue brutal. El aumento del combustible y de la energía abrieron un conflicto con los transportistas y trastocó las cadenas de abastecimiento. El paro de transporte, que duró 15 días en marzo, fue impulsado por la Organización Empresarial de Logística y Transporte de España. La posible quiebra de estas empresas movilizó a empresas pymes y trabajadores autónomos a lanzarse a la calle. Este conflicto y el aumento del precio de los cereales dinamizaron el aumento de productos básicos afectando a la sociedad. El jefe del Gobierno Español, Pedro Sánchez, fue interpelado por la oposición y por sus socios políticos en el Congreso y debió, bajo presión empresarial, plantear medidas para morigerar los aumentos. Subsidios, hoy mediante, intentan contener la presión ciudadana y empresarial. El gobierno español responsabiliza a Vox del conflicto y a la oposición de intentar representarlo. La ciudadanía no acompañó la huelga de transportes pero en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (abril 2022) indica un 73% de consultados y consultadas entiende que la situación económica es mala y muy mala. Si bien el PP crece en la intención de voto el partido de gobierno se mantiene como primera opción. La caída de Vox y Unidas Podemos reordenan las miradas sobre los partidos tradicionales. 

En Francia, según el analista francés Lenny Benbara “los combustibles han aumentado mucho más que cuando surgieron los chalecos amarillos” pero todavía afecta mucho la economía. Por ahora, es un índice menor a los de Alemania y España aunque es mayor al que se dio en 1985. Ese 5% de inflación se ha convertido, en palabras de la directora de la empresa de empleo Walters People, “en el nuevo umbral psicológico que le indica al empleado si pierde o gana”. El malestar laboral ha aumentado en grandes y pequeñas empresas (Amazon, Renault, Tiendas Conforama, Thales). Marine le Pen y su Frente Nacional aumentaron su caudal de votos logrando una marca histórica y la abstención significativa (la mayor en 50 años) marcó un alejamiento de parte de la ciudadanía de la competencia electoral. Sacar el cuerpo a una definición. Es decir, no entrar en competencia  y regalar espacios a los otros porque ya nada importa. La gente “migra retirando” su cuerpo de la política y deja que ella misma se haga cargo de los desbarajustes. 

Perder poder adquisitivo es perder poder político y social. A veces intentar recuperar ese poder se observa en las urnas, en las calles o en el malestar social circulante que termina enfrentándose a la política o empujándola a posiciones unilaterales. 

Las fronteras de lo posible se corren todos los días. En algunos lugares de la provincia de Buenos Aires existe el gas oil blue.

El gobierno argentino se encuentra tensionado por una inflación que viene de lejos, que se potenció con la guerra y con una interna en el oficialismo que agrava la situación; no puede administrar intereses ni una conducción, se engancha y desengancha del pulso de los diversos sectores sociales. El propio peronismo desordena la escena, incluso hace lo propio con Juntos por el Cambio (donde acelera las luchas de diversos dirigentes por quedarse con la Casa Rosada en 2023). La fuerza política conceptualizada como “partido del orden” hoy podría abrir una crisis que beneficie a la derecha alternativa y radical. Interna y desorden peronista empujan, entre otras cosas, a Roberto Feletti a la renuncia. No pudo. No solo ello. Las idas y vueltas y la salida de un funcionario empuja a mayores cansancios sociales, genera malestar entre aquellos y aquellas que quieren habitar eso que llamamos peronismo y convoca a fugarse a muchos votos a zonas donde puedan poner en valor su enojo, su bronca y su frustración. El peronismo busca que la ciudadanía se quede pese a todo. 

El resentimiento no solo opera frente a un grupo social que se presenta como injusto o egoísta, sino contra aquella dirigencia que debe poner en modo continuo la vida cotidiana. En este mundo, aunque las personas trabajen pueden vivir en condiciones de pobreza o fluctuando entre una clases y otra por años. La tendencia a la baja de las clases medias no ayuda a entrever un futuro promisorio. El peronismo como narrativa de promesas de trabajo digno y movilidad social se queda sin sujetos a representar, se aleja de un sector de la ciudadanía que ve caído su tránsito al progreso. 

El oficialismo no puede calibrar su GPS representativo y narrativo. El destino de Roberto Feletti es parte de esta desorientación. La dinámica inflacionaria resta poder ciudadano y la interna además de ampliar la incertidumbre se lleva puestos los logros políticos y económicos que se obtuvieron. 

Cuando la ciudadanía ve que su poder (adquisitivo) se diluye busca quien se los otorgue, quien se los entregue, quien les reponga algo de poder (una palabra, una visión, una promesa). Como en El Mercader de Venecia, todos exigen a la política su libra de carne real o simbólica. Si el peronismo no dota de poder y promesa, ni CFK ni Alberto podrán limitar una crisis mayor ni salir indemnes. Todas las organizaciones que participan del Frente de Todos cargarán la marca de un gobierno –que concluye- fallido. Todo está contaminado. El presidencialismo peronista está asediado por sí mismo y por sucesos globales que no dan tregua.