Crónica

Del liderazgo sanitario al vacunatorio vip 


El derrumbe de Ginés

Médico sanitarista de San Nicolás, fue uno de los grandes formadores de los funcionarios de salud en la Argentina. Entró a la política desde el peronismo y los sindicatos, y fue ministro de Cafiero y Néstor y embajador de Cristina. Promovió y apoyó la sanción del aborto legal, el acceso gratuito a los remedios y la ley de medicamentos genéricos. Pero el vacunatorio vip montado en las oficinas de su ministerio llevó al derrumbe su hegemonía: se fue abucheado por muchos y dejando a sus discípulos con el sabor amargo del maestro desmoronado. Tali Goldman y Ernesto Picco narran la trama política de un líder que comete el último error al naturalizar sus privilegios por sobre la ética de la salud pública.

Lo aplauden, como siempre. Pero más, porque es el final de una carrera brillante. Se van a reventar las manos aplaudiendo y a él la cara blanca se le va a volver rosa y ese pelo de espuma le va a brillar y los dientes no le van caber en la sonrisa de costado, nerviosa, pero feliz. Es hora de cerrar su carrera y así va a ser: el broche de oro de una trayectoria enorme, casi intachable. Es el sanitarista más grande del país después de Ramón Carrillo. Algunos, en el entorno, creen que ha hecho todavía más: los remedios para los pobres, la atención primaria de la salud, la distribución de anticonceptivos, la pelea contra las mafias de los laboratorios. Y allá por 2005 cuando puso el aborto en la agenda política, cuando los pañuelos verdes todavía no se multiplicaban en carteras, cuellos y muñecas. Va a entrar en la historia. Quienes lo adoran fantasean con que debería ser un Cadillac. Sí, hablan de un Cadillac descapotable y que salga saludando. Y en tirarle flores mientras él mueve sus manos como un tipo querido por los suyos, que ha hecho lo mejor. Una retirada triunfal, merecida, es hora de vivir una vejez orgullosa. Pero en la política las cosas no siempre son como se imaginan. Ahora está subido a un coche negro. Él y su chofer. Afuera hay un puñado de indignados que le golpean las ventanillas y se le suben al capot. Cuando un arsenal de periodistas y camarógrafos con barbijos se agolpan para tener la imagen del escándalo, el auto logra salir del tumulto zigzagueando a lo bruto, como un animal atontado que se sacude un enjambre de abejas y se escapa como puede. Pasa los semáforos en rojo de la avenida 9 de Julio escoltado por una camioneta de policía y diez minutos después, cuando se baja en la entrada del edificio donde vive, en las Torres Le Parc de Puerto Madero, da diez pasos pesados hasta la puerta. Lo reciben con el repiqueteo de cacerolas. Alza la cabeza para mirar y desde un balcón alguien grita hijo de puta.

Ginés González García, a quien nadie le imaginaba otra salida que no fuera por la puerta grande, como un héroe, como un Quijote, como un San Martín, se desmorona como un ídolo de barro. ¿Por qué Ginés? ¿Por qué así? ¿Por qué Ginés?

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A los 76 años, el hombre al que muchos consideran el mejor ministro de Salud desde el regreso de la democracia genera estupor en los discípulos y desilusión entre la militancia, incluida la feminista que valoraba su apoyo a la campaña por la legalización del aborto.

Todo es confusión. Todo es dolor. No importa la carta de despedida que dejó aún más desconcertados a muchos. No importa que en su fuero íntimo crean que lo dejaron solo. No importa si para algunos de sus amigos históricos había otras salidas posibles antes que pedirle la renuncia. Todo esto ya no importa porque lo que quedó en evidencia es el modo en que, incluso los mejores, pueden hacer cosas horribles a plena luz del día o contarlo por radio con absoluta naturalidad. Mientras miles se mueren y otros tantos esperan en la larga fila de la burocracia estatal para recibir la vacuna que les alivie la angustia y el miedo a la pandemia, los amigos del ministro saltaban la cola y recibían sus dosis sin pudor ni culpa. Es la crisis moral número mil de la política argentina, pero esta vez, quizás, viene a decirnos basta: esto ya no va más.

El drama social vinculado a las crisis sanitarias no es nuevo. Maximiliano Fiquepron estudió las grandes pestes argentinas desde el siglo XIX y dice que “ese tipo de inequidades o trato preferencial ha ocurrido con el cólera, la fiebre amarilla y la polio”. La falta de recursos existió siempre: “En las epidemias históricas hay denuncias en la prensa sobre mal uso de fondos, dinero, camas o medicamentos, pero nunca llegaron a provocar la renuncia de algún funcionario”.

Ginés no fue el único que generó desilusión. El periodista Horacio Verbitsky, que destapó la olla en una entrevista radial el viernes a la mañana, dijo en su disculpa del sábado a la medianoche en El Cohete a la Luna: “No advertí que fuera algo incorrecto, el ejercicio de un privilegio”. Con aquel acto deslegitimador de toda ética personal y profesional, el más rimbombante de los colados de la fila dejó un tendal de huérfanos: periodistas de todas las edades y militantes que creían en él, compañeros de su ONG de Derechos Humanos que públicamente cuestionaron su accionar. La historia que sigue es conocida. Mientras el Presidente le pedía la renuncia a su ministro de Salud, el periodista Roberto Navarro echaba a su estrella. En medio de una danza de nombres y las típicas roscas de la política, la elegida natural para suceder a Ginés fue Carla Vizzotti. La otrora hija pródiga ascendió triunfante de una interna previa a la pandemia: la que se remonta incluso a los orígenes mismos de la carrera de su padrino político. 

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—¿Por qué me elegiste como tu ministro de Salud?

 

—Porque me hablaron bien de vos. Y porque leí un libro tuyo. 

 

Ginés era asesor de la comisión de Salud en el bloque del PJ de la Cámara de Diputados de la Nación, cuando lo convocó Antonio Cafiero al gobierno de la provincia de Buenos Aires. Recién un año después de asumir en el cargo, el 15 de julio de 1988, el médico de 44 años le preguntó al gobernador qué era lo que había visto en él, un hombre nacido en San Nicolás, Provincia de Buenos Aires, que se había recibido a los 22 de médico cirujano en la Universidad Nacional de Córdoba. Qué había visto en él, un hombre que había dado los primeros pasos en la militancia política vinculado al peronismo histórico y al sindicalismo, en tiempos de exilio de Perón. Qué había visto en él, un delegado sanitario federal que recorría las provincias de Salta, Buenos Aires, La Rioja y Córdoba, y que recaló como director general del Sistema Nacional de Salud de San Luis. Qué había visto en él, que se alejó de la función pública cuando los militares le pidieron la renuncia en 1976, y más adelante se vinculó a los sindicatos de Uocra y Utedyc como auditor de sus obras sociales. 

 

Cafiero vio un joven simpático y ambicioso. Por momentos adorable y divertido. El hombre al que de manera cariñosa apodaron “el Gordo”. Un técnico bien formado y trabajador, cuyo capital político era la vinculación a la dirigencia sindical y en especial al sector de Carlos “Carlín” West Ocampo, histórico dirigente de la Federación Argentina de Trabajadores de la Sanidad. Ginés era un sanitarista con una visión nacional y popular que ocuparía el cargo que acababa de abandonar Floreal Ferrara, el cardiólogo del peronismo de izquierda de los setenta, especializado en medicina social. Ferrara representaba la otra línea interna de los sanitaristas, donde se destacaba Mario Rovere (un médico vinculado a la izquierda revolucionaria). 

 

Mientras arreciaba la crisis económica y Cafiero estaba más preocupado por la interna peronista para la presidencia (finalmente perdió con Menem), “El Gordo” llevó adelante un plan de medicina integral. Propuso un Pacto Social de Salud en una gestión descentralizada y participativa: abrió los Consejos Municipales de Salud e impulsó una Ley de Medicamentos que regulaba la distribución y el acceso gratuito para los sectores sociales más necesitados. La Ley fue enviada a la Legislatura en 1991, y fue aprobada durante la gobernación de Eduardo Duhalde, con quien Ginés estrecharía lazos profundos y duraderos. 

 

Aunque su pulsión lo llevaría a iniciar el camino de una larga década dedicado a otro proyecto. 

 

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Es martes 29 de octubre de 1991. Ginés González García está en un pequeño departamento ubicado en la avenida Corrientes 1132. El pelo todavía conserva el color negro aunque con algunas canas, un círculo en la cabeza denota la incipiente calvicie, el bigote tupido, la sonrisa de costado, las manos en los bolsillos del traje. Ginés inaugura la fundación Isalud, junto a sus amigos y compañeros de la carrera en Córdoba y los de su ciudad natal, San Nicolás. Años después, la fundación se convertiría en universidad. Será, en realidad, la usina de formación de cientos de profesionales de la salud del país. Cuadros técnicos y políticos que ocuparán en las siguientes décadas los lugares de ministros, secretarios y asesores de los ministerios de salud de distintas jurisdicciones. La universidad se expandió con la voluntad federalista que Ginés aplicó en el plan de estudios: una cursada intensiva durante tres días al mes que permitiera a los médicos de las provincias viajar a Buenos Aires para capacitarse. Una estrategia que le daría un lugar de mentor indiscutido, una forma de hacer política: años después le garantizaría una red de funcionarios a lo largo y ancho del país que lo tienen a él como único referente.  

 

—Construyeron una especie de usina de perfiles técnicos para la gestión, básicamente—cuenta orgulloso alguien que pasó por allí—. Y en eso radicaba su generosidad. Formó cuadros que después devinieron en ministros, asesores, técnicos de segundas y terceras líneas. 

 

En 2005 una infectóloga experta en vacunación se convertiría en la directora del Centro de Estudios para la Prevención y Control de Enfermedades Transmisibles (CEPyCET) de la Universidad Isalud. No era cualquiera. Era Carla, una médica de 33 años graduada de la Universidad de El Salvador con una especialización en la UBA. Era, además, la hija de su mejor amigo y compañero en la carrera de Medicina en Córdoba: Carlos Vizzotti. 

 

Ginés volvió a la función pública en 2002, con 57 años, convocado por Eduardo Duhalde, ahora Presidente, que intentaba ordenar el país después del estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001. De manera similar a como lo había hecho en la Provincia diez años antes, debió organizar un sistema sanitario que diera respuesta a los sectores más vulnerables en medio de una brutal crisis económica. Lanzó el Plan Remediar, que dio acceso a remedios gratuitos a más de 15 millones de personas. Y a pesar de la resistencia de los laboratorios, impulsó la Ley de Medicamentos Genéricos, que establecía la obligatoriedad de médicos y farmacéuticos de informar a los pacientes sobre el uso de medicamentos genéricos más baratos, antes que los de las marcas comerciales. 

 

Ginés González García y Roberto Lavagna, que ocupaba el ministerio de Economía, fueron los dos únicos hombres del gabinete duhaldista que continuaron durante la gestión de Néstor Kirchner, a partir de 2003. El sanitarista sostuvo las políticas y planes que había lanzado al principio de su gestión y dos años después, en febrero de 2005, fue tapa de Página 12 diciendo: “Yo creo que hay que despenalizar el aborto”. 

 

La respuesta del obispo vicario castrense, Antonio Baseotto, no tardó en llegar y  sugirió que había que “tirarlo al mar”; tampoco la de la entonces senadora Nacional y Primera Dama: Cristina Fernández de Kirchner no acordaba con motorizar ese debate ni en el Congreso ni en la sociedad. Pero no fue esto lo único que alejó a Ginés de la mesa chica del kirchnerismo. A pesar de que Néstor hacía un esfuerzo por despegarse de Duhalde para construir su propia fuerza política, dicen quienes vivieron de cerca ese capítulo de la historia que Ginés nunca cortó lazos ni dejó de hablar con el bonaerense. 

Durante los dos mandatos de Cristina Kirchner, el sanitarista —que era entrador y amigable pero no tenía antecedentes en diplomacia — fue a parar ocho años a la embajada de Chile. Como se dice en la jerga política: al freezer. Sin embargo, Ginés aceptó y aprovechó para hacer relaciones sociales, cambiar el ritmo de vida y bajar treinta kilos. El “Gordo” estaba feliz y la prensa chilena elogió su capacidad para cultivar buenos vínculos tanto con Michele Bachelet como con Sebastián Piñera. En 2015 dejó la embajada y volvió a trabajar de lleno en Isalud. Cuatro años después, en la víspera de las elecciones presidenciales de octubre, el diario chileno La Tercera le hizo una entrevista en la que le preguntaron por su futuro en el nuevo escenario político, con la unificación del peronismo y la posible llegada de Alberto Fernández a la presidencia. Él contestó: 

 

—Ahora soy rector de una universidad. Trabajo mucho formando gente, pero por supuesto voy a colaborar con el próximo gobierno; no sé dónde ni cómo, pero no tengo ninguna duda.

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—El ministro de Salud, como es obvio, tiene que ser Ginés. Era como aquella propaganda que decía “usted camina camina y al final compra en...”. Uno camina, camina y uno siempre termina en Ginés. Porque Gines es definitivamente quien mejor conoce la salud, nadie conoce el sistema de salud argentino como Ginés González García. Trabajamos juntos. Fuimos ministros juntos en los años de Néstor. Y la verdad… gracias Ginés porque sé que te vuelvo a meter en un bodrio. Pero sé que tenés enorme voluntad de sobrellevarlo. 

 

El futuro ministro esboza una sonrisa pícara, tierna cuando Alberto Fernández cuenta ante las cámaras de televisión cómo estará armando su gabinete. ¿Es acaso la última vez que alguien lo nombre ministro? Seguramente. 

 

La historia oficial dice que cuando Alberto Fernández empezó a diseñar su futuro gabinete sonaban dos nombres fuertes como ministros: Arnaldo Medina y Pablo Yedlin. Ambos estaban entusiasmados, ansiosos. Pero sabían una sola cosa. Para ser ministro de salud de un gobierno peronista como el que se venía, debían contar con la bendición de su mentor: Ginés González García. La historia oficial dice que Alberto se juntó con Ginés y que le dijo: “Dejate de joder, la historia no necesita otros, necesita a Gineses”. Pero hay otra historia que dice esto: cuando Ginés se enteró que rondaban otros nombres, se juntó con Alberto y él mismo le dijo que quería ser el ministro de Salud de esta nueva etapa. Algunos que lo conocen hace muchísimos años, sostienen que tenía un deseo irrefrenable de ser el ministro que sancionara el Aborto Legal. Pero en toda disputa de poder, y más con un país destruido y endeudado, Ginés sabía que además del ministerio necesitaba contar con otra dependencia o, para decirlo de otro modo, necesitaba recursos. Y en el ámbito de la salud, uno de los más codiciados es la Superintendencia de Servicios de Salud, es el órgano que ordena, regula y transfiere los recursos a las obras sociales. Se sabe: es también una de las principales fuentes de ingreso de los sindicatos. 

 

Alberto se lo dio: allí asumió Eugenio Zanarini, hombre de máxima confianza de Ginés, un experto en marketing y administración que hasta ese momento llevaba diez años en el cargo de Vicerrector de la Universidad Isalud. 

 

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—¡Ministeeeeerioooooo, Salud es ministeeeeeeriooooo, Salud es ministeeeeriooooooo!

 

El 12 de diciembre de 2019 los gritos y los cantos se escuchan desde la calle. En el salón de actos del Ministerio de Salud las puertas se abren como en un recital de Rock y la estrella del momento, Ginés González García, entra agarrándose del marco de la puerta, flamante, feliz, abombado por la multitud de gente amontonada que aplaude y arenga: sube al escenario solo, entre tambaleos y alegría. Saluda al público con las dos manos, los ojos achinados, absolutamente boquiabierto. Inmediatamente se suma Arnaldo Medina, quien unos meses antes podía haber estado en el lugar de Ginés pero ahora asume como Secretario de Calidad en Salud. Un instante antes de que el escenario se llene de gente, sube uno más, que pasa casi desapercibido. Durante algunos segundos están los tres. El tercer hombre tiene 43 años y se llama Lisandro Bonelli. Va a ser el Jefe de Gabinete del Ministerio y es el sobrino de Ginés. Lo quiere como a un hijo. Sube aplaudiendo y parece un pitbull: el cuerpo menudo, saco y camisa ceñidos al cuerpo y la cabeza grande, redonda y sonriente. Abogado de profesión, graduado en 1999, había sido desde 2002 encargado del Área Unidad Ministro durante la primera gestión de su tío. Cuando Ginés se fue a Chile, ocupó funciones en el municipio de San Nicolás, el pueblo familiar, y en 2013 integró una lista de candidatos a diputados provinciales por el massismo. Con una banca en la legislatura provincial desde entonces, fue también integrante del Consejo de la Magistratura, hasta el esperado regreso al Ministerio. 

 

—Cuando vuelven al Ministerio, Bonelli se cree embajador plenipotenciario, y llega pateando cosas—cuenta un trabajador del ministerio de Salud.

 

—Bonelli tenía enormes aspiraciones—dice otro funcionario—Cualquier cosa que pasaba él le iba a soplar la oreja a Ginés. Yo creo que él es el responsable de todo esto. De la interna y del final. 

 

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El 15 de marzo del 2020 un hombre de 43 años llamado Ariel se convertiría en la primera persona en Argentina con el diagnóstico de Sars COVID-19. Una semana antes, el ministro de Salud había dicho que no había posibilidades de que esto sucediera. “Cometió el pecado de la honestidad—dijo Alberto Fernández a los medios cuando se conoció la noticia—. Los expertos a los que consultamos nos habían dicho en enero que el virus moría a los 24 grados y que las posibilidades de que llegara al país eran casi nulas. Lo que dijo Ginés fue lo que dijo la comunidad científica”. Y para despejar aquellos primeros fantasmas retrucó: “No lo cambio ni loco. Ginés es el mejor ministro que puede tener Argentina. Es el que más sabe de salud pública”.

 

—La comunicación empezó siendo el gran problema. La mesa chica de Ginés, que principalmente es Bonelli, no lo cuidó. Nunca le dijeron no mirá, no podés decir esto, no podés hacer tal o cual declaración. Era todo sí Ginés, sí, Ginés. Era una vaca sagrada— cuenta un trabajador del ministerio.  

 

El clima dentro del ministerio era tenso. Por un lado, la coyuntura misma. Gobernar entre la incertidumbre, a prueba y error, acorralan a cualquiera. Pero lo cierto era que el modo de gestionar de Ginés comenzaba a implosionar dentro del propio ministerio y peor aún, con su discípula pródiga, Carla Vizzotti.

 

—Después de muchas declaraciones desacertadas de Ginés, Alberto dio la orden de que la vocera fuera Carla Vizzotti, esa fue la primera puñalada—cuenta alguien con acceso a Olivos. 

 

Carla Vizzotti, experta en virología y en vacunas, se convirtió en la cara de la pandemia dando el parte diario. El Presidente vio en ella lo que había visto su mentor, cuando la llevó a trabajar con él en 2003: una trabajadora incansable que comunicaba de manera eficaz y contundente, aunque todas las noticias que diera fueran malas. Desde ese momento comenzó una guerra fría. Era vox populi, incluso por fuera del ministerio, que Ginés sentía celos de la que oficiaba  como viceministra. 

 

—El maltrato hacia ella fue espantoso. La ninguneaban en las reuniones de gabinete, sobre todo su sobrino —sostiene alguien que estuvo en esos mitines. 

 

—A Carla la corrieron totalmente del vínculo cotidiano con Ginés. Era algo muy notorio y era sabido por todos—cuenta otra funcionaria.

 

La interna quedó expuesta públicamente en mayo del 2020. Vizzotti cometió un error que desató una pelea internacional cuando consignó datos equivocados sobre la cantidad de infectados y muertos en Chile en una de las “filminas” que elaboraba para las exposiciones del Presidente. 

 

—Ahí entraba el sobrino— relata un funcionario—. Ante cualquier cosa que hacía Carla saltaba a la yugular. La interna era con él. La aspiración de él era gigantesca. 

 

El 27 de mayo, cuando Ginés fue internado por un hormigueo en el brazo, Bonelli prácticamente tomó posesión del ministerio y desplazó a Vizzotti. Pero ella seguía focalizada en su labor. Carla no iba a enfrentar a su padrino político. La cosa no era con él. 

 

Es diciembre del 2020 y Carla Vizzotti y la asesora presidencial Cecilia Nicolini son las elegidas para ir a Rusia a traer el primer cargamento de las vacunas Sputnik V. Es el momento más esperado, la foto que todos quieren tener. Quien trajera las vacunas sería considerado el gran héroe nacional. Y en este caso era una heroína. Pero aquel 24 de diciembre, apenas aterrizó el avión de Aerolíneas Argentinas con el cargamento milagroso, Carla y Cecilia tuvieron que esperar en una camioneta para que les hicieran el examen de PCR. Era lo que correspondía, pero eso implicó que la conferencia de prensa contando la buena noticia la diera el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero y el ministro de Salud, Ginés González García. ¿Una jugada sucia? Nadie lo asegura, pero las funcionarias hicieron saber su malestar. 

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—Vamos a tener que repensar todo nuestro sistema de salud. 

Como cada vez que dispara una frase, Cristina Fernández de Kirchner deja a todos en silencio. La tarde del 18 de diciembre de 2020, en uno de los pocos actos públicos desde el inicio de la pandemia, la vicepresidenta dejó un tendal de ideas que serían  masticadas por días. La reforma del sistema de salud no estaba en la agenda aunque nada de lo que dice Cristina es inocente. La pandemia llevaba varios meses poniendo en brutal evidencia las desigualdades económicas y geográficas del sistema de salud. Y no lo tiró como una piedra para que alguien la recogiera: ella misma ya tenía un plan. Y este sería una pieza fundamental para profundizar una histórica grieta entre los sanitaristas del gobierno. El encargado de este plan era el viceministro de salud bonaerense, Nicolás Kreplak, médico y miembro de La Cámpora, la agrupación que comanda Máximo Kirchner. Kreplak y el ministro Daniel Gollán son parte de la otra corriente sanitarista dentro del peronismo, aquella que lidera Mario Rovere.

—Para la banda de Ginés, la banda de Gollán y Kreplak es Camilo Cienfuegos bajando de la Sierra Maestra y para la banda de Kreplak y Gollán, la banda de Ginés es el conservadurismo de salud y socio de los grandes laboratorios. Posturas altamente antagónicas — grafica un funcionario que conoce la interna a la perfección.

 

A finales de 2020, con el apoyo de la Vicepresidenta de la Nación, Kreplak promovió el proyecto de reforma integral del sistema de salud que buscaba regular la distribución del gasto en salud y las prestaciones. El proyecto fue resistido por los gremios, muy cercanos a Ginés y los suyos, que temblaron ante la posibilidad de perder la caja. Trece días después del discurso de Cristina y de una serie de reuniones que impulsó Kreplak, el superintendente de Salud, Eugenio Zanarini, tuvo un infarto. Fue el 31 de diciembre, el mismo día que Ginés todavía masticaba el tan esperado triunfo por la aprobación del aborto legal, seguro y gratuito. Pero el festejo duró poco. Ese mismo día el Ejecutivo autorizó y luego dejó sin efecto un aumento del 7% de las prepagas. Un volantazo que dejó en evidencia una interna caliente, encendida.

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“La política es ética, tenemos que terminar con este tipo de prácticas, con la cultura argentina de la viveza, la picardía, el manejo de las influencias”. Las palabras del Presidente son de una conversación informal con Mario Wainfeld, que aparece en la nota de tapa de Página 12 del domingo. Alberto también califica como “imperdonable” el atajo que dio Ginés a sus amigos para vacunarse. Pero después de que se viera por última vez al ex ministro entrar derrotado a su casa entre insultos y cacerolas, dice que no va a “tolerar el escarnio público” contra quien fuera uno de sus mejores hombres. Aprovecha para volver a traer el eje de la discusión sobre la ética y se muestra intolerante frente al acto de corrupción de uno de los suyos. Es el intento de capitalizar la crisis a su favor y volver a pilotear en la tormenta de la pandemia con el equipo que ahora lidera Vizzotti, la primera mujer médica en la historia en comandar la cartera de salud. 

La caída de Ginés puede leerse como un momento cúlmine en la dialéctica de la vacuna. Se sabe: la industria de los fármacos es, después de las armas, la que mueve más dinero en el mundo. La vacuna contra el covid desató un sinfín de especulaciones entre laboratorios, el dinero que costaba una, las cláusulas que imponía la otra, la burda discusión ideológica entre la rusa y la británica. Cuando el gobierno aseguró el acceso, desde la oposición se agitó un clima de desconfianza sobre la eficacia y los posibles efectos adversos de la vacuna. Cuando una prestigiosa revista internacional habilitó la producida por el laboratorio Gamaleya, convergieron la organización frenética del Estado por la distribución a lo largo y a lo ancho del país con la viveza de amigos y colados. Ahora todos se quieren vacunar: la carrera para saltarse la fila y llegar primero no es made in Argentina y pareciera que la única forma de salvarse es pasar por encima del otro. En Argentina ya hay 700 mil personas que recibieron al menos una dosis y 400 mil que ya tienen ambas. Y casi 52.000 muertes en menos de un año. El momento en que el ministro y el periodista tomaron conciencia de sus privilegios, prácticamente a la vista de todos, abre una honda pregunta sobre las ¿viejas? formas de la política, las prebendas, las avivadas, la naturalización de conductas inmorales. La caída de Ginés, para muchos el mejor ministro desde el regreso de la democracia, el prócer que formó cientos de discípulos, el hombre que merecía irse vitoreado y no con una causa penal, puede dejar quizás la pregunta por cómo construir nuevos modos de hacer política que, entre otras cosas, terminen con la lógica de los privilegios.