Curso Intensivo en Anfibia


El método Paco Taibo II

Maricruz Gareca fue una de las lectoras anfibias que participó del curso intensivo que dictó Paco Taibo II en el aula de nuestra redacción. "Cada escritor tendrá un cúmulo de técnicas, asistencias, manías, bastones que le van a permitir producir y este no es el bueno, el bueno es el propio, el que cada uno elabore", le dijo a los alumnos. Los secretos de un escritor sin fórmulas mágicas.

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Relatoría del curso intensivo: "Literatura y política: del policial a la historia"

 

Por Maricruz Gareca
Fotos: Fernando Carrera

 

1.

 

Paco Ignacio Taibo II se sienta frente a la mesa blanca y su primer gesto es abrir una de las dos botellitas de Coca Cola que no dejará de tomar en ningún momento. Luego, tras las presentaciones de rigor, pone primera, agarra quinta enseguida y no bajará la velocidad ni se detendrá en los dos días que dure el encuentro en Anfibia, salvo para fumar un cigarrillo, beber un trago de gaseosa y escuchar a los talleristas.

 

Paco Ignacio Taibo II —PIT II, como firma sus dedicatorias— es verborrágico, inquieto y tiene un gran sentido del humor: ácido, inteligente, brutal e inundado de malas palabras. Pero, sobre todo, Paco Ignacio Taibo II es amante de las historias que, por cierto, sabe narrar y muy bien. Pero antes de sumergirse en ellas el escritor nacido en Asturias y criado en las tierras de Pancho Villa y Emiliano Zapata va a dejar en claro dos cosas, dos “supuestos”, como los llama él. Dice:

 

—No existe, no hay tal cosa como el método, la varita mágica, no esperen una estructura metodológica que opere en nivel universal  y que pueda desplegar hacia el periodismo, historia, investigación… No, no, no, lo que existe son interacciones entre el sujeto narrante —o sea, uno—, el sujeto narrado —sea lo que quieran que haya por ahí afuera— y el tipo de propuesta genérica que adoptas.

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Minutos más tarde, agrega: “Partamos de un supuesto que sí es necesario y que es: hay artes narrativas y las artes narrativas se encuentran en lugares obvios e inusitados.” Y entonces empieza la parte más jugosa del encuentro: el relato de esos lugares “obvios e inusitados” en los que Paco Taibo II encuentra sus historias, las que a él le interesa narrar, pero también las historias mismas, esas que va guardando en el closet —una vez que juntó todo el material que pudo hallar, una vez que investigó todo lo que pudo investigar  y una vez que imaginó todo lo que pudo imaginar— hasta que algo, que puede ser cualquier cosa, las rescata del fondo para convertirlas en un nuevo libro, en cientos de nuevos relatos, sea en forma de novelas, cuentos, cómics, novelas policiales, reportajes, crónicas y ensayos.

 

Las historias, entonces, fluyen, caen como avalancha por el torrente de su voz fuerte, bien “cuate”, que despierta carcajadas y sorprende a cada minuto. Y, así, nos enteramos de la existencia del chino-mexicano, de Hemingway y los submarinos alemanes, de Hitler y sus inyecciones de café mexicano o sus flatulencias provocadas por las dosis exageradas de chucrut, de sus charlas con García Márquez en una librería y sus lecciones —“La clave está en el exceso”, fue una de ellas—, su encuentro con Polanski en un ascensor durante catorce pisos en los que solo ganó puro silencio y el infinito odio del director francés o la vez en que una azafata descubrió que se estaba leyendo a sí mismo, aun cuando el libro estaba forrado para que nadie lo pudiese descubrir. Y la lista sigue con las historias de la revolución mexicana, de Pancho Villa y su pasado y sus anécdotas, de los mitos y leyendas, de las batallas, del fetichismo documental de los historiadores y los testimonios orales que permiten escuchar otras voces, más pequeñas, más silenciadas.

 

2.

 

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El encuentro con Paco Ignacio Taibo II es, sin dudas, una clase magistral sobre el arte de narrar en general, no importa si se trata de historias reales o de pura ficción. Es verdad (y esto lo remarcó ya desde el inicio de la charla) que no cree en fórmulas mágicas, en un método universal, porque para él la relación con la escritura es absolutamente personal —“cada escritor tendrá un cúmulo de técnicas, asistencias, manías, bastones que le van a permitir producir y este no es el bueno, el bueno es el propio, el que cada uno elabore y construya. No sirve, no se camina con bastón prestado, hombre, a veces el bastón prestado sirve para salir del trance.”, expresará en algún momento del encuentro—, pero sin embargo, eso no le impide ser una guía que enseña y aconseja a quienes, fascinados, lo escuchamos.

Nos dirá, por ejemplo: que en el periodismo las aproximaciones periféricas, oblicuas, suelen ser mucho más interesantes que las directas porque producen una profundidad que estas últimas no producen; que para escribir, además de talento, se necesita “horas nalga”; que el rigor de la investigación no tiene por qué estar reñido con el arte narrativo; que “la clave está en el exceso” y que “toda propuesta narrativa, si no es llevada hasta los límites, se vuelve agua de borraja”; que la “gloria es entrar en la inmensa república de los lectores” y que a la hora de narrar “todo se vale”.

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Pero si hay algo que el autor de las novelas de la serie del detective Belascoarán no se cansará de repetir y remarcar, una y otra vez, es una premisa que a primera vista puede sonar hasta cursi, pero no por eso menos verdadera: la escritura es, ante todo, disfrute, goce, alegría. Y si no, a dedicarse a otra cosa.

 

3.

 

Es sábado al mediodía y el encuentro llega casi a su fin. Paco Ignacio Taibo II —Taibito, como lo llamaba García Márquez— quiere escucharnos: le interesa saber en qué proyectos estamos trabajando, qué historia queremos contar. Es curioso y por eso escucha atento a cada uno de quienes se animan a exponerse, tímidos primero, más sueltos después. Para todos tiene un consejo, una sugerencia, pero hay una historia que gana su atención, que despierta su entusiasmo y curiosidad: la del juicio por el asesinato de Rodolfo Walsh, el escritor y militante argentino fusilado por los militares durante la última dictadura militar. Pero esto no es casual, no para él, el fundador de la Semana Negra de Gijón, uno de los escritores más prolíficos de novela policial, el que una vez dijo: “Walsh es el jefe” y, después, “de él es el retrato que tengo detrás de mí en mi estudio de México: él me vigila y me protege del mal”.