0.
Allí fue que murió
y sé que fue a los gritos.
Sé que murió en un baño, acuclillado sobre el inodoro, y ahí quedó. Sé que era madrugada, que había pedido ayuda, que a los gritos pidió ayuda pero nadie fue, que lo encontraron muerto. Me pregunto –me he preguntado muchas veces– si me da placer imaginarlo prendido a su inodoro, desangrándose, cagándose, gritando para pedir ayuda, consciente o ignorante de que la vida se le está yendo por el culo. Me pregunto –las veces– si se agarró a la taza, si apretó los esfínteres para atajar la sangre que se iba, si rechinó los dientes o la dentadura, si le dio asco la sangre con la mierda o miedo la sangre con la mierda o desesperación la sangre con la mierda, si intentó algo o ni siquiera tuvo tiempo o si lo tuvo para saber que no valía la pena intentar nada, que ya estaba.
Si pensó en algo, en qué.
Si trató de encomendarse a un dios.
Si pensó que un dios lo salvaría.
Si imaginó que no querría salvarlo.
Si paladeó el terror de dios.
La imagen me da vueltas. No puedo decir que me obsesiona: a veces se me va semanas, meses; después vuelve. Me da vueltas: la imagen me da vueltas.
Quizá me da placer.
Es raro preguntarte si algo te da placer: ¿te gusta? ¿La estás pasando bien? ¿Lo disfrutás? ¿Preferís imaginarte a ese viejito temblando sobre el inodoro aterrado sobre el inodoro que, digamos, recordar ese polvo que, en su momento, te pareció incluso recordable? ¿Preferís el viejito que un buen vino? ¿El viejito temblando que el olor de la tierra mojada al caer la tarde? ¿El temblor del viejito que un verso del maestro? ¿El terror del viejito que un caño del maestro?
La imagen: el viejito
muriéndose de sangre, muriéndose
de mierda, muriéndose
de madrugada, gritos
y más gritos.
¿Diciendo ay dios ay dios?
¿De verdad creería que hay un dios? ¿De verdad, en el fondo del fondo, sin las dudas, con esa convicción completa que parece diseñada para simples y para perezosos, lo creería? ¿Pensaría que ese dios sí aceptaría que lo había hecho por Él, que fue un caballero cristiano, que se sacrificó por Él, que por Él hizo cosas que muchos no entendieron, que sabía que lo pagaría pero que igual decidió hacerlo porque era un caballero cristiano, que se sacrificó por Él, que si mató como mató fue para Él, que si mandó matar fue para Él, que Él debería saberlo y va a saberlo o
de pronto tendría miedo de que su dios sea un dios y sepa realmente: que sepa que lo hizo por tantas otras cosas –ambición, codicia, lujuria del poder, apetito del bronce, ceguera, desenfreno, confusión, debilidad, pereza, convicción histórica o política, el más necio de los aburrimientos, la ignorancia– y que sólo su tontería le hace pensar que lo puede engañar, que siempre tan idiota, que para qué sirve engañar a un dios, que si es un dios no puede engañarlo y si puede engañarlo no es un dios y entonces para qué querría engañarlo y así tan triste así
agarrado a la taza cerrando
los esfínteres me pregunto
si me da gusto, placer, cierta alegría?
(Y puedo contestar lo que se me cante el reverendo ojete porque yo sí sé que no hay dios:
que nadie sabe.)
Que sí: que puedo atribuirle los pensamientos que se me cante pero que no eso es lo que importa, lo que importa
es la imagen:
un hombre viejo flaco dolorido asustado, que no sabe qué le está pasando pero lo sospecha y prefiere pensar que no lo sabe, retorcido por los retorcijones, asustado por los retorcijones, por la sangre y la mierda y la vida que se le escapan por el culo ahí, ese inodoro viejo de una cárcel, la carne magra gris sobre el asiento de inodoro de plástico gastado, los pantalones del pijama a media pierna, caídos sobre los pies caídos, un viejo muerto de miedo ante el miedo de estar muerto casi muerto a punto de estar muerto y no
lo entiende y grita y se mira los pies el pijama caído las rodillas temblando todavía temblando
todavía
mientras hay miedo hay esperanza: mientras hay miedo
hay esperanza.
Pero no puede –supongo que no puede–
pensar que mientras hay miedo hay
esperanza porque tiene tanto miedo demasiado
miedo.
Que está perdiendo la esperanza.
Cuando el cuerpo se te escapa, cuando un dolor viene a cubrir otro dolor, cuando los jugos se te escapan, la sangre y el suero y el sudor y los dolores se te escapan, la mierda también jugo se te escapa, cuando todo se escapa y el dolor y los dolores y no hay manos ni lágrimas ni plegarias ni gritos que los puedan
(Lasciate ogni speranza, dijo, para ser un poeta. Y alguien dijo, alguna vez, la justicia poética. Me gustaría saber qué quiso decir ése que dijo la justicia poética. Me gustaría contestarle. Para contestarle puedo elegir saber qué dijo o no saberlo. Pero sé que alguien dijo, alguna vez, hablando de él, la justicia poética.
Es una estupidez como una casa, la justicia poética.
No es justicia, la justicia poética, ni poesía: es
un viejito agarrado al inodoro, muerto de miedo sangre y mierda, tristona prosa, pura prosa, pura injusticia en prosa)
Injusticia: sufre solo, teme, muere solo.
Injusticia: no sufre suficiente.
Injusticia: pensar que hay sufrimiento suficiente.
Quién dice cuánto es suficiente.
Quién dice, sobre todo,
cuánto es justo.
Oh dios oh dios oh dios
oh dios,
uno de ellos.
1.
Me dijeron que el odio.
De todos modos: me dijeron que no existe construcción, no existe historia, no existe sociedad sin odio; que no existe la que no use el odio como base, como argamasa, como materia prima de su historia y de sí misma. Que las sociedades que pretenden eludir el odio no funcionan: que se enfangan en peleas que nada parece justificar –“se pelean por cualquier cosa” porque no se pelean por lo que sí querrían– y no tienen relato, no tienen literatura, no tienen una idea.
Que la concordia no sabe fundar nada. Que sólo el odio razonado, narrado, razonable, idiota como debe ser el odio, es capaz de convertir un grupo o sociedad en algo más que un amasijo de tarados. Que sólo el odio provee a cada quien de todas esas –emociones, formas, causas– cosas que hacen que cada quien sea alguien. Que no se puede ser sin odio.
Eso me dijeron.
Y yo, que ignoro, quiero.
Pesquiso. Tardo días y días en llegar a los escritos que firmó un tal Johannes Sabaticus y que, según los escasos estudios que se les dedicaron, escribió un padre Giovanni Sabattini, que habría vivido en Udine en la segunda mitad del siglo XVI. Sus textos se recogen en un pequeño volumen in 8º titulado Quanti, vel de Divinae Humanaeque Proportionibus –que podría traducirse como “Los Cuantos, o las Divinas y Humanas Proporciones”. El título no prometía; el argumento es pura luz.
Eran tiempos en que, a imagen y semejanza de los cuatro puntos cardinales y las cuatro estaciones, el mundo físico solía imaginarse cuatripartito: cuatro eran los elementos –tierra, aire, fuego, agua– que definían nuestro espacio; cuatro los humores esenciales –sangre, flema, bilis negra, bilis amarilla– que regían los cuerpos de los hombres; cuatro las principales operaciones aritméticas. Los comentaristas más insidiosos suponen que esa recuperación renacentista del cuatro como número básico es un intento impío de cuestionar la primacía del tres en la retórica cristiana. Poco importa. Lo bueno es que Sabaticus, quienquiera que fuese, imaginó un orden de los sentimientos basado en esa idea del mundo.
Según su Quanti, todos los hombres –e incluso las mujeres, aclaraba– nacen con una cantidad –un quantum– más o menos equivalente de cuatro emociones: el Amor, el Odio, el Miedo, el Valor –que también llama el Optimismo. Y explica que la vida consiste en tratar de mantener esa armonía –pero que dos tipos de accidentes definen cada vida:
Por un lado, los desequilibrios en esas cantidades. Sabaticus insiste en que el hombre perfecto sería aquel en que las Cuatro Emociones aparecieran en cantidades exactamente equivalentes, pero que eso es práctica –aunque no teórica– mente imposible, y que son esas diferencias las que dibujan las vidas de los hombres. Sabaticus emprende, entonces, su vasto recorrido por la condición humana, definiendo diversos tipos a partir de esos desequilibrios: que un hombre, un suponer, con el mismo quantum de Valor y Miedo llevará una vida digna y tranquila; que aquel en quien el Miedo supere, aunque más no fuere por poco, al Valor será un cobarde y remilgado, y el viceversa será un temerario prepotente. Las combinaciones entre Simétricos –Valor/Miedo, Amor/Odio– son casi previsibles; las que se establecen entre Oblicuos dan lugar a situaciones más notables: quien tenga más Odio que Valor, por ejemplo, pasará una vida de resentimientos; quien más Valor que Amor será el clásico Don Juan; quien más Amor que Miedo se entregará, por ejemplo, dice, a los leprosos; quien más Amor y Miedo que Valor será un marido ejemplar; quien más Valor y Odio que Miedo podrá inmolarse por su causa –y así de seguido.
Por otro lado, Sabaticus explica que las Emociones pueden dirigirse a objetos muy diversos, y que la elección –más o menos voluntaria– de esos objetos definirá también al individuo. Su ejemplo más citado, de hecho, parece ser la clave o la razón de todo su edificio: que quien dirige un quantum excesivo de Amor hacia sí mismo se transforma en un ser insoportablemente vanidoso y egoísta y que para tales individuos la única salida es intentar dirigir parte de ese quantum a sus prójimos.
Comentaristas insidiosos de su tiempo y lugar –sobre todo Tiziano, el mismo que pretendió que Sabaticus era el padre Sabattini– dicen que el padre era de una belleza sorprendente –el pelo renegrido, la piel blanca, los ojos muy cambiantes– y que era insoportable: un real pavo, las plumas de su cola. Tiziano también escribió que el cura, seguramente cansado de tener que dirigir todo su quantum amoris a sí mismo, decidió dirigirlo hacia el sexo que le estaba prohibido por sus votos y quemó sus hábitos para huir a Argel con una viuda rica, no tan vieja. A quienes le reprocharon que, en lugar de la viuda, tendría que haber dirigido a Dios su quantum amoroso, Sabattini contestaba que no hay nadie más difícil de querer:
–Es tan duro. No agradece. Se cree que todo le corresponde por derecho, que cuando le das tu amor no se lo das porque quieras sino porque es lo que has de hacer, lo inevitable, porque no hay otro como Él. Así no hay amor que se sostenga.
Nadie sabe, cuenta Tiziano, qué quantum –¿el Valor? ¿el Odio?– fue el que, años después, se le desequilibró al desafortunado Sabattini y lo impulsó a volver a su comarca natal, pese a la perspectiva de un castigo eclesiástico severo. No llegó a recibirlo: hombres de la familia de la viuda lo secuestraron para caparlo pero, descuidados o desinteresados, no restañaron la herida. Sabattini se desangró por esos bajos.
Es fácil burlarse de la nostalgia desbordada de un hombre que primero deja su aldea porque extraña la plenitud que sólo ha vivido en las misas de su niñez, después deja las misas porque extraña el mundo y termina por dejar el mundo porque extraña su pequeña aldea. Es fácil, pero las desventuras del sujeto no desdicen el interés de su teoría: yo también he pensado muchas veces que, si no dirigía mi Odio a quien pudiera merecerlo, terminaría por recibirlo en cantidades brutas.
O, dicho de otro modo: que si no conseguía a quién odiar me iba a odiar demasiado, más de lo necesario.
(Puede, también, que toda la historia del padre Sabattini sea una farsa: la falsificación de alguien que necesitaba esconder tras una fábula atractiva su propia autoría de un libro –el Quantum– que no dejaría de traerle problemas con las autoridades religiosas: la hoguera, un suponer, tras algunas torturas.)
Hacerse de un objeto para el odio:
hacerse, definirse.
Pero te engañan, te confunden: quieren que creas que el odio colectivo, la argamasa, es como el odio personal, el esqueleto. Que son iguales, que funcionan igual, que requieren y reportan lo mismo.
Te engañan, te confunden.
Se preguntan qué sería lo contrario: que si lo opuesto al odio es el amor, un suponer. O la piedad, la compasión, la tolerancia, dicen; la indiferencia, dicen, la prudencia. Pero dicen que el amor es más fácil: que comparte con el odio la idea de obsesión, te dicen, de un sujeto sometiéndose a su objeto; comparte con él la dependencia. Comparte, dicen, también, la fuerza de la obnubilación: poder de encandilar. Y comparte la desesperación de saber que nunca van a consumarse: que siempre habrá algo más allá, que el sujeto no llegará a alcanzar. Y comparte esa convicción de la totalidad: que el sujeto piensa que todo lo que le sucede puede relacionarse con ese amor, con ese odio. Y no se sabe, al escucharlos, si el hecho de que odio y amor compartan mecanismos los acerca o aleja: cuáles, en una relación de opuestos, son los datos que deben ser iguales, cuáles radicalmente diferentes. Cómo ser, en síntesis, contrario.
¿Sería posible odiarlos?
2.
Supongamos que tiene ocho o nueve años y mata pajaritos con gomera.
Tuvo una vida: lo curioso
es que tuvo una vida.
Supongamos que tiene ocho o nueve años y mata pajaritos con gomera: que es un chico flaco que habla poco porque nunca le parece que consiga decir lo que querría decir pero es mortal, infalible con su gomera de matarlos. Que sus vecinos y compañeros de la escuela se lo envidian, que a él le encanta matar cuando lo ven, que si no lo ven se aparece con un jilguero o un hornero o incluso un cardenal muerto para mostrarles, así, agarrado por las dos patitas, balanceándolo, como para alargar un momento su vida y matarlo otra vez, ejercer su habilidad o su poder una y otra vez, mostrar una y otra vez que lo domina –y disfrutar de las sonrisas envidiosas y saber que de eso quiere más.
Pero se puede presumir que es tonto, los pajaritos con gomeras. Supongamos que tiene ocho o nueve años y quiere ser cura: decirle a cada cual lo que tiene que hacer, escuchar y juzgar sus pecados, darles o no la absolución, las penitencias, callarlos con la misa. Supongamos que envidia más al cura –ese señor que les dice lo que tienen que saber, que todos reverencian, a quien todos llaman señor cura, de quien todos se esconden cuando no hacen lo que deben– que lo que suponíamos que lo envidiaban a él sus compañeros cuando les mostraba los pajaritos muertos. Se puede suponer. También es tonto.
(Y las vidas –ése es su problema– rebosan de babosas tonterías.)
Supongamos que quiere que la señorita Magdalena, su maestra en esa escuela pública –los guardapolvos blancos gastados de lavados, la mezcla de los hijos de unos y de otros, la hermandad del himno y la bandera que los hace o debería hacerlos uno–, lo reconozca como un buen alumno, uno que cumple con las expectativas, y que un día la señorita Magdalena les habla de las formas de organización de la República y les dice que no hay mayor honor en esta Patria que ser su presidente y hay un chico, Álvarez Pintos, que querría serlo y dice que va a serlo y los demás se ríen y se le ríen en la cara y Álvarez les dice que son unos payucas y más que se le ríen y él se calla porque, una vez más, sabe que no sabrá decir lo que querría. Pero, por una vez, sospecha más lo que querría.
Supongamos que tiene ocho o nueve años y escucha los sollozos de su mamá, cada noche o casi cada noche, cuando le grita su papá. Que tiembla, cada noche, sentadito en su cama, que se retuerce las manos esperando los gritos, que quisiera poder intervenir. Que, algunas veces, cuando no llegan, los espera.
Son los problemas del género: la conmiseración, no el odio.
Simpatía por el infeliz: confundir el odio y el desprecio.
El chico flaco vive en un pueblo chico en medio de la pampa: hay vacas, muchos caballos, unas cuantas personas, casas nuevas. Son los años treintas, la Argentina, primeros golpes militares: en el pueblo chico hay un cuartel muy grande, su padre trabaja en el cuartel y tiene su uniforme, botas lustradas, sable de mando, unas pistolas. Tiene una gorra dura con dorados que el chico flaco se prueba aunque le baila: no tiene la cabeza suficiente. El chico flaco piensa que él nunca va a ser como su padre, el de los gritos.
Hay algo turbio, contradictorio en esa idea: que nunca va a ser como su padre, que nunca va a ser como su padre. Piensa que nunca va a ser como su padre.
El chico flaco no sabe a quién odiar: a su padre no puede, o puede pero no.
Pajaritos, el cura, sus compañeros de la escuela, la señorita Magdalena: crecer es empujar los horizontes.
El chico flaco se entera –un día se lo dicen– que es dos muertos: Jorge, Rafael. Sus dos hermanos, mellizos entre ellos, se murieron de algo –viruela, sarampión, descuido– antes de que él naciera y él vino a reemplazarlos. A los dos: él era dos, la síntesis de dos, la fuerza de dos, el remedo de dos muertos reviviendo.
Recuerdo de esas muertes, un
refrito.
(Pero todos somos, de alguna forma, un plagio.)
Y ahora, en realidad, en ese cuarto frío que llamamos realidad, su sangre con su mierda, el inodoro.
Uno: tan claramente uno,
que ni siquiera uno.
Ocho o nueve años, supongamos, quién sabe diez, escuchando los gritos. Esperando
los gritos de su padre –silencio de su madre– y ahora grita grita,
pide socorro, calla.
Uno, cuando es uno,
suele ser mucho menos.
Su silencio le duele como un tajo.
El chico flaco tiene miedo de hacer, tiene miedo de lo que puede hacer si no hace, tiene miedo de hacer y de no hacer. El chico flaco tiene miedo, y le cuesta pensar en otra cosa. El chico, en esos días, aprende a respetar al miedo.
Uno, menos.
3.
Me aburro.
Me he pasado la vida diciendo que me aburro.
Me habría gustado hacer algunas cosas.
Me aburro, me siento un poco inane, me ilusiono: imagino que odiar puede ser algo. Busco.
Aunque también, por suerte y por principio, desconfío: hay algo sospechoso en la idea de que no odio. Todo el mundo odia; dicen que todo el mundo odia. Busco, rebusco: quiero creer que sí odié y recuerdo historias. Que si Mariano, que si Mónica, que si Ana, que si aquel bruto, pero no estoy seguro: nunca esa sensación alucinante, que se impone a todas las demás, que se impone a uno mismo; nunca esa exaltación, nunca ese gozo. Si aquello fue odio me cuesta pensar que el odio sea una emoción tan importante. A mi odio, sin duda, le falta algo: a mí me falta algo. Y, entonces, esa certeza menor pero insidiosa y pegajosa y picajosa de que no he vivido realmente porque nunca odié a nadie realmente. La sensación idiota: bien de mí, perfectamente mía.
Que debo odiar, odiar en serio.
El odio, me han dicho, te hace humano: te hace ser
humano.
El chico ahora es grande y es casi militar: está empezando su carrera. Ya lejos de esos gritos, esos miedos, ya lejos, siempre más lejos, la carrera.
(Hay algo obsceno, algo ominoso en la palabra carrera. Algo amenazador en la palabra. Algo penoso.)
Te civiliza,
por así decirlo.
Ella me dijo que está bien ser humano. Me lo dijo riéndose: como quien dice no me vas a tomar en serio porque eso sería tomarte en serio que no fueras humano, pendejo agrandado pelafustán patético engreído. Me dice que está bien ser humano y todo lo que puedo relacionar con eso me parece pelafustán patético.
Menos el odio.
Algo grande en el odio, algo impoluto.
Ignoro mucho. Sé que podría querer odiarlo: ¿muerto, puedo odiarlo muerto?
Él, muerto, digo, ¿puedo?
Él, en su inodoro, él en
su grito.
Antes fue chico: el chico ya se fue del pueblo, se instaló en ese mundo que va a ser su mundo –que ya fue su mundo por su padre pero que ahora es suyo por él: unos cuarteles. Ahora en esos cuarteles donde enseñan a los chicos grandes a vivir en cuarteles, a seguir respetar obedecer el orden de un cuartel, a obedecer un orden y una orden, a obedecer para poder mandar –y ser obedecido.
El chico ahora es grande y es casi militar, pero sin odio.
Lo que le importan son las reglas, su carrera: cumplir
con cada regla.
El chico ya grande se despierta todas las mañanas sabiendo que despertarse todas las mañanas es su primer acto de sumisión, su primer acto de responsabilidad, su primer acto de integración en ese mundo que es el suyo pero que todo el tiempo se le escapa: el orden. El chico grande se la pasa persiguiendo el orden: su carrera.
Nada más envidiable que creer en las reglas: que saber qué está bien y qué mal, saber qué hay que hacer y qué
evitar.
el orden
Sobre todo, antes que nada, sin las dudas:
evitar.
la orden
Las mujeres no tienen reglas, las evita: el chico ahora grande no sabe qué hacer con ellas, contra ellas –las evita. Se dice que no les tiene miedo: sólo no le interesan, las evita. Ya llegará –ya sabe– el momento de casarse: reglas claras, sus órdenes, un orden.
Mientras tanto, un suponer: la inquietud de tener que convivir con tantos cuerpos bien desnudos –las duchas del Liceo Militar, esas mañanas, el frío de pelarse y la tentación de acercarse a esos cuerpos y el asco de la tentación–, o la cosita que le daba pensar que tendría que mezclarse en el cuerpo de esa mujer que será su mujer, cuando imagina esa primera noche: la cosita, tanta baba mezclada.
Todo eso que se disuelve en las mañanas frías, el orden de la diana, los ejercicios en la escarcha, los cuerpos bien a tierra, los tiros del fusil, los gritos claros: todo eso que se disuelve cuando los gritos están claros.
–¡Cadete Videla, posición de firmes!
Entonces, por ejemplo: ¿cómo se elige a quién odiar? Me dicen que la elección es decisiva: que en la elección se juega todo. Pregunto cómo y se me ríen: algunos dicen que la elección es inconsciente, imperceptible, que sucede; que de pronto un día uno descubre que ha empezado a odiar a tal o cual o incluso a aquél, y que todo se vuelve otro, se ordena, se encamina. Y que ése es el único camino: que si intento elegir con deliberación –si no tengo más remedio, dicen, que resignarme a la deliberación– todo se vuelve un movimiento maquinal de la razón, mezquino de la razón: que no funciona.
Otros dicen lo contrario: dicen que al contrario, que no podemos dejarnos guiar por un odio animal –casi animal, dicen algunos– que se pose en quien sea como se posan las polillas en este y no en aquel pulóver, que la prerrogativa del humano y la condición del odio bien logrado es que llegue por una selección cuidada, que considere pros y contras, verdades y verdades a medias y mentiras, que sepa lo que sabe y lo que ignora.
Me confunden: no encuentro mi manera. Uno me dice que ninguna de las dos maneras es verdad, que ninguna es mentira: que uno elige y decide con el instinto antes de decidir lo que ya sabe –de un modo oscuro e impensado, dice, sabe– que va a elegir y decidir con la razón. No sé si sabría hacerlo. Pregunto, preciso saber más para encontrar: pregunto qué es necesario para odiar.
el orden
El odio, me dicen, nos hace humanos aunque nunca lo tratemos bien. Le atribuimos, en general, las guerras, la violencia –y es injusto. Los cuentapropistas de la violencia suelen matar por razones económicas –para quedarse con las cosas de otros–; cuando sus patrias les reclaman que maten a mayor escala, no van a la guerra porque odien a nadie sino porque quieren o respetan o temen a su propia nación, que les dice que si no lo hacen es cobardía o que si no lo hacen es traición y entonces los matan.
El odio –el odio verdadero, no esa parodia de odio que sale en las arengas– no está en las guerras ni en los robos: es más que eso, algo menos que eso.
El odio es personal.
¿Es personal?
El odio debería ser personal, me dicen: debería ser la más propia de las emociones, un tesoro.
el orden
Y entonces lo imagino imaginando que quiere ser un hombre: ¿qué imaginaba que era ser un hombre?
Hay hombres que nunca se imaginan qué serán; hay otros que imaginan demasiado. Seguramente todos se equivocan; pocos, imagino, tanto como él.
¿Hay que saber sobre el sujeto de ese odio mucho, conocerlo, entender sus razones? ¿O es mejor hacer del odio un ciego –el odio ciego– que apalea a una oveja que alguien ató a sus pies, sin ver lo que hace, sin más conciencia que de sus propios palos?
Odiar, escucho, es otra cosa.
Y que no debería; que debiera
ser un intelectual al uso, man
tener el sosiego, con
denar la violencia, des
preciar toda forma del odio,
que es lo que queda cool
en estos días.
Y que qué bueno: en general
el odio
se ejerce en nuestra contra, no
nos conviene ni nos favorece.
Pero hay veces
–veces, digo, hay veces–
en que no hay nada
–nada, digo, hay nada–
más odioso que renunciar al odio.
Más cobarde, más
traidorzuelo, más
despreciable que renunciar
al odio.
La imagen, otra vez, el frío de la madrugada: las manos flacas cerradas agarrotadas sobre las piernas flacas, la boca muy abierta buscando el aire que no llega, los ojos muy abiertos sin saber qué buscar, el grito que no empieza o no termina. La imagen: confusión entre odio y desprecio, el inodoro blanco.
En un mundo donde las palabras se abalanzan, intentan reunir la mayor cantidad posible de sentidos, se empujan las unas a las otras por ocupar los lugares nunca libres, odio tiene, en el diccionario de la corona, una sola acepción: una sola. “Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”, dice la Academia. Para ella, siempre lista, siempre dispuesta a fijar lo que se escapa, siempre a punto de caer en la cacofonía, hablar de odio es hablar de deseo.
Amén, si les parece.
4.
Ahora el chico flaco es un muchacho flaco: se cree que no odia. Se ha vuelto militar como su padre, manda como su padre –obedece como él, sólo que a él nunca lo ha visto obedecer–, llena la gorra redonda redorada con su cabeza con demasiados ángulos, cree que ama a su Patria y su Dios y no odia a nadie. Hay quienes dicen que no se puede amar a una patria y a un dios sin odiar a nadie: que no hay mayor falacia, mentira más odiosa.
–¡Subteniente Videla, posición de firmes!
Que si cualquier amor supone la presencia –hipotética, fantasma– de algún modo del odio, el amor de una patria o un dios lo necesita para ser: que amar a su Patria es estar listo para odiar a las demás, sus enemigas potenciales, sus amenazas permanentes; que amar a su dios es estar listo para acabar con los demás, los que niegan que sea el único y auténtico. Desde que apareció un Dios que es uno solo y sólo uno, sólo odiando se consigue amarlo.
El subteniente Videla terminó sexto de su promoción: un número adecuado, un lugar apropiado, un escondite.
La palabra odio no aparece ni una vez en los 76 endecasílabos del Himno Nacional argentino, versión larga. La palabra odio aparece once veces en el Antiguo Testamento –versión tradicional de Casiodoro de Reina revisada por Cipriano de Valera–: la primera vez, en Números 35.20, cuando explica que “si por odio lo empujó, o echó sobre él alguna cosa por asechanzas, y muere; o por enemistad lo hirió con su mano, y murió, el heridor morirá; es homicida”. Pero si en cambio lo mata por casualidad o por descuido, el homicida no debe morir: el odio –la posibilidad de definir el odio– es la diferencia entre la vida y la muerte para el asesino. El odio –la posibilidad de definir el odio– es lo que hace la diferencia en una muerte.
Aunque el Eclesiastés, como suele, al fin lo contradiga: “Los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios; que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres (9.1)” –y, sin embargo, les dijo poco antes que hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar (3.8). Los hombres no lo saben: la fuente más antigua del odio en nuestra civilización dice que los hombres no saben cuando odian: es desalentador. El resto –las otras ocho veces– aparece en frases previsibles, narraciones, proverbios previsibles: al fin y el cabo los castigos –esa forma codificada del odio, odio pasado por civilización– son numerosos en el Viejo Testamento, tanto para los enemigos como para las adúlteras, los incrédulos, variados malhechores.
En el Nuevo, en cambio, la luz de la palabra odio es ensordecedora: no aparece ni una sola vez. Debe haber sido difícil componer tantos libros sin usarla nunca. O, si acaso, expurgarla cuando esos libros cayeron en la categoría de palabra santa.
Pero se sabe: el cristianismo es la religión del amor, y todo lo que mató y todo lo que persiguió y todo lo que odió fue, por supuesto, por amor.
Y después, al fin y al cabo, a quién le importa.
¿Cómo pensar que te puede importar el trayecto banal, cuidadoso, aburrido de un señor que sabe que su mejor opción para llegar a ser extraordinario es ser tan ordinario como pueda, mimetizarse en el paisaje, cumplir y cumplir sin hacerse notar? ¿O, incluso, que no piensa en ser extraordinario?
Pero sabe que sus compañeros de armas ni siquiera le temen, lo recelan; ni siquiera lo miran con esa desconfianza que se reserva para los peligrosos. Como querría enterarse de que algún compañero de promoción conspira contra él, que algún superior lo discrimina, que alguien lo piensa como alguien que vale la pena traicionar.
Otra vez: el desdén, pariente tan cercano.
Pero me parece que odiar al Dictador (a Ése) es obvio, no odio. Como una tontería, lugar común, un odio comprado en el shopping o, incluso, en el supermercado, odios de dos por el precio de tres los días de rebajas, odios en muchas cuotas. Odio ya rancio, su fecha de caducidad, su color sospechoso.
La cobardía de odiar a un fantasma, un resto del pasado, una historia que ya se ha sancionado como materia de los odios. ¿Para qué sirve? ¿Para escaparse de qué, olvidarse de qué, deshacerse de qué, refugiarse de qué, sirve odiar a quien se ha vuelto la urna perfecta de los odios? ¿Por qué la tentación, porque es tan fácil?
¿Y qué otras cosas podría
odiar? ¿Qué podría si acaso distraerme
de este odio pobre, qué
odiaría?
¿La hipocresía, como dicen las niñas que quieren hacernos de mujeres, esas mujeres falsas
para los que no sufren verdaderas?
¿A Víctor, ese amigo que un día
decidió que era mejor tener un par de miles más
que mi confianza y me enfrentó
a los misterios sin misterio?
¿A Jeanne, que me mentía por el gusto, no
para cubrirse o hacer lo que quería o defenderse sino
por el placer de que yo no
supiera lo que ella?
¿A esos hijos de puta que
cada mañana
deciden cargarse a miles con una firma
en un plan o la cotización
de un impuesto un petróleo unos cereales?
¿A mi tonta manía de querer
mostrar que sí, mal que le pese a Jeanne,
sé las cosas, entiendo
las cosas, conozco
las cosas como si a alguien le importara?
¿Al hijo de mil putas que inventó
ese juego donde he perdido tantas
noches, tanto amor
por mí o por quienquiera?
¿Al destino que me trajo
a este tiempo sin metas este lugar
sin más espacio? ¿El destino, esa manera
de diluir cualquier idea?
¿A mi padre, tan pronto, tan
barato? ¿Al fracaso que mira, que me mira,
con su sonrisa de mirón contento?
¿A mí, mi bruto
mi modesto potente
principal enemigo? ¿A mí
que ya sé que no puedo?
El odio, me dicen, es la mejor manera de poder.
¿Y qué otras cosas podría
odiar? ¿Qué podría si acaso distraerme
de este odio pobre, qué
odiaría? Debo buscar, debo
–está claro que debo–
intentarlo aún sabiendo
–sobre todo sabiendo–
que no sé, que no puedo,
que no importa.
Y sin embargo la idea de odiarlo me llegó por esa imagen: ésa donde por fin es una víctima, lo que solemos entender por víctima.
La imagen: el viejito
muriéndose de sangre, muriéndose
de mierda, muriéndose
de madrugada, sordos gritos.
¿Diciendo ay dios ay dios?
¿Diciendo algo?
5.
En cualquier biblioteca civilizada de Occidente el libro de Heinrich Schlossberg tiene su lugar. Es improbable que él lo haya imaginado: su Entomología del Odio es el resultado de un esfuerzo ímprobo –de un esfuerzo, faltaba más, fallido– por romper la servidumbre, por deshacerse de esa sensación que no lo dejó en paz ni uno solo de los 11.684 días que, precisó en su nota de suicidio, conformaron su vida tan breve. En el Berlín de entreguerras, donde pasó casi todos esos días, el odio tenía muchas razones para ganar cualquier pelea.
Schlossberg no era judío y más de una vez escribió que “se odiaba por ello”: ser judío, dijo, era la justificación más fácil del odio en esos tiempos. Si lo hubiera sido, dijo, no habría tenido que buscar más razones para explicar por qué odiaba con tal intensidad a la mayoría de sus compatriotas, devenidos –a sus ojos– un pueblo derrotado y revanchista, debilitado y fanfarrón, gallina, gordo, hediondo, matasietes, que se encarnizó con los más débiles y era, por eso, dijo, “merecedor de su odio encarnizado”. Si hubiera sido judío, dijo, habría podido convivir razonablemente con su odio, asumirlo sin contradicciones; al no serlo, se pasó su vida efímera intentando entenderlo y, para eso, investigó esa emoción como nadie antes lo había hecho.
Schlossberg era biólogo; había estudiado las ciencias de la vida en la Universidad Humboldt, pero la pobreza de esos años le impidió ejercer su profesión: trabajaba, sin el menor entusiasmo, sin dejar de lamentarlo ni un momento, como dependiente en una farmacia de Kreuzberg donde muchos de los drogados de Berlín iban a buscar, bajo cuerda, cocaína, morfina y otros artilugios que el patrón, un pilar de la comunidad, un nazi convencido, les vendía muy caro. Por las noches, de vuelta en el cuartito que alquilaba no muy lejos, trabajaba en sus pesquisas sobre el odio; era su modo de hacer algo con el suyo.
–¡Mayor Videla, posición de firmes!
Su libro es, como su nombre lo indica, el trabajo de un clasificador meticuloso, que sabe que para penetrar un fenómeno primero hay que observar y encasillar y describir cada una de sus características.
Empieza, por supuesto, por buscar una definición general, ese bien tan esquivo. Su primera tentativa no lo satisface. Dice que “se considera odio a la emoción que sienten una o más personas con respecto a una o más personas, una o más instituciones, una o más religiones, una o más costumbres, y que los impulsa a esperar y/o propiciar su destrucción”.
Pero después, pocas páginas más allá, la retoma y corrige –en su texto, Schlossberg, por honestidad intelectual o por coquetería estética, prefirió no borrar las huellas de sus vacilaciones, de sus idas y vueltas, de su confusión–: “Suponer que quien odia espera o propicia la destrucción del objeto de su odio es una sandez tan extrema como imaginar que el coleccionista de arte querría sobre todo quemar los cuadros que apetece o que el niño futbolista pretende destruir su balón con cada puntapié. Quien odia no puede, sobre todo, deshacer el objeto de su odio ni deshacerse de él. Si algo define al odio y lo torna intolerable, y lo hace digno de este estudio, es que cautiva, en el sentido más estricto, a quien lo sufre, esclavizándolo al objeto odiado: su destrucción, entonces, traería consigo una orfandad que sólo los más valientes sabrían soportar. Para todos los demás –yo incluido– lo más humillante del odio es esa dependencia de su objeto…”. Por lo cual intenta una nueva definición: “Se considera odio a la emoción que sienten una o más personas con respecto a una o más personas, una o más instituciones, una o más religiones, una o más costumbres, sobre las que dirigen su ira y que, por lo tanto, necesitan como el aire que respiran”. Y ese aire está viciado, dice después, y los sofoca, y cuanto más los sofoca más lo anhelan.
Más lo necesitan.
Con lo difícil que es conseguir algo que valga la pena de ser odiado, ¿quién sería tan idiota como para arruinarlo?
Vive, obedece, manda, reza, se reproduce:
vive.
Le agradece a su dios por esta vida.
–¡Mayor Videla, descaan sé!
A sus 40 años vive agradecido –a Dios, dice, que le agradece a un dios– porque su mujer es una mujer buena, porque le ha dado un batallón de hijos, porque no le provoca ni zozobras ni lujuria extrema, porque cumple con su papel de esposa y madre. Qué barato pensar en un hombre que piensa en su mujer como una buena esposa y madre. Qué forma fácil de conseguir que, por un momento, el odio y el menosprecio se confundan.
(Una mujer que es puro tedio, un hombre que quiere que su mujer sea puro tedio: que cumpla con sus obligaciones. Una mujer es un soldado que ni siquiera sabe manejar las armas. ¡Vista al frente, querida, media vuelta march! ¡Cuerpo a tierra, Alicita, ya!)
En esos días ser militar de la Nación era ser juez y defensor de sus destinos: salvarla, de tanto en tanto, de sí misma. Así que a sus 40 años, sin haberlo pensado antes, sin entender por qué nunca lo había pensado, el teniente coronel Videla entiende que tiene un modo del poder que no se imaginaba. (Se pregunta –quién sabe se pregunta– si era eso lo que había querido cuando se hizo soldado; se contesta –y cree su respuesta– que no, que no era el poder sino el orden, la búsqueda del orden, la ilusión del orden, lo que lo había llevado a esa carrera. Además, por supuesto, de su padre.) Es casi perfecto: el poder del deber de salvar a la Patria. Y entiende, también, que no tiene ese poder a título personal sino como miembro de una institución, parte de un grupo; que no lo tiene él, que quizá nunca lo tenga. O quizá sí. Que depende –y que, quizá, dependa de él.
–¡Teniente coronel, disponga!
Schlossberg no se satisface, por supuesto, con sus intentos –más o menos fallidos– de definición. Si su obra se hubiera quedado en ellos habría sido olvidada sin mayor problema: después de todo, cientos de pensadores más felices o más desdichados lo intentaron también, con mayor o menor suerte; lo que le otorga ese lugar en la historia de las ciencias humanas es su taxonomía. No es éste el espacio para detallar lo que, de todos modos, es harto conocido. Sólo recordaremos que su primer gran aporte consiste en diferenciar el “odio individual o rencor” del “odio colectivo o patriotismo”.
Del odio individual dice, antes que nada –y es lógico, dada su experiencia– que es la forma más consistente de la humillación: que el sujeto que lo experimenta se siente dependiente de otro, el objeto de su odio, que es, en principio, alguien que ya le ha hecho algún daño importante –real o ilusorio–, y lo odia por eso. Lo cual no hace sino aumentar su dependencia y, por lo tanto, su sensación de humillación y, por eso, su odio. El círculo vicioso del odio es lo que el sujeto más teme –y, una vez entrampado en él, las opciones para escaparle, dice, son escasas. Al menos, dice, en vida.
Del odio colectivo escribe poco, y en términos no siempre claros. Es probable que el miedo le impidiera ser más específico; es seguro que ese mismo miedo lo llenaba de odio. Aún así, su galimatías encierra esos pasajes brillantes, tan citados: “Nada más peligroso que cuando miles y miles acuerdan simular que odian lo mismo. El odio colectivo nunca es real: es precisamente su condición simulada lo que le da su fuerza. Nada más poderoso que un sentimiento finto: nada necesita mostrarse más potente que eso que todos saben que no es cierto”.
En el sentido en que se hablaba de odio de clase: la capacidad que tiene un grupo de encontrar en otro razones para convertirlo en el objeto de su odio, si es que quiere hacer cosas que acaben con esas razones. El odio de clase fue un arma y un renuncio: racionalistas, materialistas que aceptaban que sin esa sensación sería muy difícil cambiar las condiciones reales, materiales.
A sus 40 años todavía, 31 de diciembre de 1965, el hijo supera a su padre. Él –padre– nunca había pasado de teniente coronel; él –hijo– asciende ese día a coronel. Su padre está muerto: los padres tienen un modo de escaparse de sus responsabilidades. Quizá tendría que hacer algo más para que el padre se enterara.
Desaires de los padres, violencia de los hijos, delicias familiares. A sus 40 debe aceptar que su hijo Alejandro, ya 14, parece bobo pero es loco. O eso dice él: que es loco, que está loco. Los médicos dicen que es epiléptico y oligofrénico profundo. Es, al fin y al cabo, se dice, uno entre siete: en misas, en las noches, el hombre y su señora gorda agradecen a Dios que sea sólo uno de siete pero se preguntan –sin preguntárselo, sin atreverse a ponerlo en palabras– por qué a ellos. No les parece que les corresponda, no creen que deban cargar con esa cruz, y no la cargan: llevan al anormal a un manicomio siniestro, alejado, secreto, y allí lo dejan. Lo van a ver de tanto en tanto: una vez por año, dos si acaso, ella más que él porque él no lo soporta. Él es un hombre calmo, controlado: ver a su hijo en esa mugre, en esas babas, le produce una cólera que lo saca de sí, que lo hace dudar sobre sí mismo –y ya no va. Al fin, pocos años después, cuando se muere, los dos intentan disfrazar su alivio por ellos de alivio por él: sí, pobrecito, esto que vivía no era vida, menos mal que el Señor se lo llevó con Él. Él respira: ya no tendrá que volver a preguntarse por qué no lo ve más, por qué cuando le preguntan por sus hijos no lo nombra ni cuenta, por qué sospecha que quizá la culpa no sea toda de su dios –todas esas preguntas cuyas respuestas sabe pero querría olvidar.
Se pregunta cómo puede convencerse de que es un buen cristiano. Un buen cristiano debe dudar si es un buen cristiano. Entonces, cómo estar convencido de que es un buen cristiano.
Qué parte del odio –una parte importante del odio, una parte secretamente sensualita del odio– se satisface pensando en un señor que tiene que aceptar que su semilla creó ese matorral, suponer que algo debía haber hecho para que su dios lo castigue de ese modo, con un hijo tan fuera de madre. Pensando también si se habrá dicho alguna vez que si está en esta cárcel, que si sufre la ingratitud de los que salvó de los peores peligros, que si no va a haber coronas de claveles en su tumba será porque no supo cuidar a ese idiota como hay que cuidar a un hijo, porque lo encerró en un chupadero para locos, porque lo desapareció como después a tantos otros.
Porque nunca tuvo los huevos –siquiera– de comunicar su desaparición. Porque nunca publicó –él, su señora, su familia nunca publicaron– la consabida esquela en La Nación diciendo que “el general Jorge Rafael Videla y la señora Alicia Raquel Hartridge de Videla comunican la desaparición de su hijo Alejandro Eugenio, fallecido a la edad de 19 años en la Colonia Montes de Oca, a consecuencia de su enfermedad. Sus padres, sus hermanos y demás familiares lo lloran y ruegan una oración por su alma”. ¿Porque nunca pensó que de verdad tuviera alma, porque fue entonces cuando se convenció de que la muerte es el mejor remedio para ciertos males?
–¡Coronel Videla, posición de firmes!
Qué delicioso, qué consumado el odio cuando encuentra en su objeto –en su posible objeto– las penas que querría.
6.
Están esos que creen que las cosas se explican por su origen. Y, por supuesto, también han encarado el odio: de dónde viene, se preguntan como si eso fuera a iluminarnos. Están, entre ellos, los que dicen que el odio se construye poco a poco, con la paciencia del hornero –y subrayan que hornero es la palabra clave, que el pajarito nacional es un ser lleno de odio que, además de construir tan afanoso ese nido de barro, lo tapia si, al volver de vaya a saber dónde, encuentra en él a otro pájaro con su pájara esposa, y los deja a los dos muriéndose de hambre allí tapiados, por infiel ella, por atrevido él. Que se va construyendo poco a poco, dicen: que se va acumulando brizna sobre brizna, paja sobre paja, a partir de principios que pueden ser fortuitos y que pronto se vuelven decisivos y que, cuando el sujeto de ese odio quiere darse cuenta, ya está tan envuelto en él como el pájaro galán en el nido de barro.
Pero están, también, los que dicen que cae de pronto, como una roca en la cabeza, como un desprendimiento, con la lógica brutal del accidente: que sin aviso ni advertencia el sujeto se descubre un día lleno de odio, inconteniblemente desbordado de odio por algo que quizá dos días antes no tenía lugar en su vida. Y que son esas irrupciones las que definen el odio verdadero: no el que se arma a partir de la voluntad, sino el que se sufre a partir del destino –o algo así.
Son las pavadas que se dicen cuando se piensa que lo que importa es el origen: cuando se hace de cualquier disciplina pura etimología, historia de manual; cuando se cree que lo importante no es saber qué pasará sino por qué pasó. Cuando se cae en ese mito que pretende que saber por qué pasó es la única forma de saber qué pasará.
Pasan años en que nadie lo odia: años de su carrera, un militar de la Nación, una persona con el camino hecho
antes de recorrerlo: esos caminos
que ya parecen hechos.
–Mi general Videla, muchas gracias.
Se entera de que el ministro más importante del gobierno apoya su nombramiento de comandante en jefe del Ejército porque tiene la información de que él es apolítico, un hombre absolutamente profesional y que de ninguna manera podría encabezar un golpe. Es cierto; se pregunta cómo lo sabrá.
Pero hay quienes no creen en el sistema Schlossberg, y argumentan que el odio colectivo es un odio imperfecto, un producto vulgar de la llamada cultura de masas –con perdón del oxímoron. Que el odio está muy mal repartido: que es otro vicio de la desigualdad contemporánea. Que millones y millones son parias del odio: detestan a alguien, no soportan esto o aquello, pero no odian. Que no desean con todas sus fuerzas que a fulano o mengana les sucedan las peores cosas porque todo lo que quieren para ellos es dolor y desastre y que aún así nada de eso que les suceda será suficiente. Que no quieren verlo quemarse despacito, que no imaginan su muerte lenta en una taza de inodoro, sangre y gritos y mierda y soledad extrema, las dudas, todas esas dudas. Que no les interesa. Y que entonces el odio colectivo sería la forma actual, más light, más cool, más pop del odio. Que los que no conseguimos a quien odiar personalmente nos refugiamos en esos autobuses, disneylandias del odio.
(Y que les sirve a todos: a los parias para tener un odio y no sentirse todavía más parias; a los jefes para que multitudes se queden más tranquilas, canalicen su odio en algo fácil, lo dejen escapar, se dejen de joder, no los molesten.)
Que odiarlo a él, en ese esquema, es una forma de deshacerse de la pulsión del odio, de su necesidad. Y, para él, ser el odiado es su postrer sacrificio por la Patria: resignarse a ser el que se odia.
Ser el malo que precisamos los mediocres.
Está por conseguirlo: por fin está por conseguirlo. No lo puede creer –no termina de poder creerlo– y al mismo tiempo sabe que sí y está tan orgulloso: todos los que decían que él nunca llegaría, que era demasiado gris para alcanzarlo, que el Flaco siempre sería como mucho un buen segundo, un tipo para cumplir las órdenes de otro, van a tener que tragarse sus palabras y pedirle perdón y someterse a él, obedecerlo a él, seguirlo a él, tragarse sus palabras. Ser gris le funcionó: lo nombran jefe, comandante en jefe, porque nunca se metió en ningún lío; le dicen que lo nombran jefe, comandante en jefe, porque saben que es apolítico, no va a mezclarse en contubernios: eso le dice el ministro, pobrecito, cuando lo llama para decirle que va a ser él, que acaban de decidir que será jefe, comandante en jefe, y él tiene que hacer todos los esfuerzos para contestarle con toda naturalidad, como si acabara de decirle que el lunes va a llover, como si esas palabras no le justificaran una vida de tragar, de callarse la boca, de mirar al costado, de dejar que los otros tuvieran posturas principios opiniones mientras él, tranquilo, callado, sólo pensaba que eran unos idiotas. Son idiotas, pensaba, piensa ahora: se creen que la vida consiste en mostrarse, no en esconderse; son idiotas.
Él se ha escondido y ha ganado y ahora –un momento muy breve de debilidad, algo por corregir– se imagina el uniforme nuevo: tiene un momento de vanidad imaginando el uniforme, los galones del uniforme, los entorchados del uniforme de comandante en jefe, y qué diría su padre si lo viera –cómo se callaría su padre si lo viera. Momento de vanidad imaginando el silencio –el extremo silencio– de su padre.
–¡Coronel Videla!
Le gritaría: coronel Videla, posición de firmes. Y su padre el coronel tendría que obedecerle.
La traición: formas de la traición.
Formas infinitas de lo que es por no ser
lo que es, lo que parece ser:
sus redomadas posibilidades.
Se creyeron que él era esa persona: toda una vida simulando que él era esa persona y se creyeron que él era esa persona. Se creyeron que él era esa persona porque él fue esa persona. Piensa, en un pánico breve: si no se lo hubieran creído, si no hubieran caído en su trampa, tendría que haber seguido siendo esa persona para siempre.
Entonces, piensa: ¿habría sido de verdad esa persona?
Un tipo honesto, decente, tranquilo, callado, que nunca se metió con nadie. Un tipo que se ocupa de sus propios asuntos, un tipo justo, ecuánime. Un tipo reflexivo, tan cristiano, tan correcto en su trato, tan amable. Un tipo cuyo defecto es que se esfuerza tanto en no mostrar defectos.
Uno que puede ser un monstruo.
El 27 de agosto de 1975 el gobierno de María Estela Martínez viuda de Perón (a) Isabel nombra al general Jorge Rafel Videla comandante en jefe de su ejército; tiene 50 años. El 24 de marzo de 1976, todavía con 50, el comandante en jefe comandará en jefe a su ejército para echar humillar encarcelar a la presidenta que ha jurado defender y se nombrará a sí mismo en su lugar –que será su lugar.
Hay formas de la traición, modos de la traición, y la traición es el contrario simétrico del odio.
Suele serlo: yo no soy el que soy, no hago lo que haría, no digo lo que pienso. La traición está hecha de simulacro y pretensión –allí donde el odio debería ser pura verdad, esa manera rara de sostener hasta más allá de lo razonable las razones que no hay forma de eludir.
El odio como manera extrema de la sinceridad, la lealtad. El odio como homenaje al poder del odiado: seguir bajo su imperio. Entonces, si acaso, para no depender: buscar formas de traicionar el odio.
El odio colectivo, decía el suicida Schlossberg: la Patria.
Entonces, al fin, la banda sobre los entorchados. La traición ya completa: se ha vuelto presidente. No era difícil justificarse: nunca es difícil justificar traiciones. Que no podían seguir bajo las órdenes de esa loca. Que la loca les había ordenado aniquilar a la subversión pero los molestaba con minucias quisquillosas cuando querían hacerlo y además estaba llevando la república a la ruina. Que ya había dicho su marido el general antes de morirse que había que “aniquilar a todos esos psicópatas uno por uno para bien de la república”, pero ella no sabía cómo hacerlo. Y que un general de la Nación no puede depender del capricho de una loca –o, aunque estuviera cuerda, una mujer. Y el país era un caos y todos le pedían que lo hiciera: la gente común, los patrones, los políticos, sus compañeros le pedían que lo hiciera. Días felices en que él es la esperanza, el que hará lo que todos desean.
Pero ahora no sabe si pasar a ser el que habría podido ser desde el principio –o seguir siendo ése que fue toda su vida para engañarlos, para llegar a esto.
Piensa que siempre le gustó el poder para mostrar que no le importaba el poder. Que ser modesto cuando estás obligado a ser modesto no tiene ningún mérito, que la fuerza está en ser modesto cuando podrías no serlo, cuando todo te llevaría a no serlo: que ahí está la verdadera vanidad. Que estos idiotas jamás podrían entenderlo.
Cuando era un chico le contaron que un tirano asiático –así, asiático, podía ser chino o indio o mongol o tailandés– usaba para dormir dos mujeres muy gordas, las ponía de través y usaba como almohadas sus panzas poderosas. Y después nunca pudo evitar pensar que si se volvía poderoso tendría que dormir sobre la panza de una mujer gorda, con lo incómodo que eso parecía.
Aquel día se dijo que sí, que podría hacerlo, que ya estaba dispuesto –y se sintió, por una vez, henchido de poderes.
Es verdad: se puede odiar a alguien cuya vanidad es la modestia, alguien tan retorcido. Pero habría que odiarlo en silencio para no hacerle el juego, no caer en su trampa.
Y de pronto le gustan –sabe que no deben gustarle pero a veces no se puede negar que sí le gustan– la pompa y el boato: ser presidente, ser llamado señor presidente, moverse como si se moviera por encima, caminar siempre primero, caminar siempre seguido, oír su marcha que estalla cada vez que llega a alguna parte, ver –ver sobre todo– las caras obsequiosas que lo miran, las caras de temor y de angurria que lo miran, las caras de quienes lo miran sabiendo que, por ellos, para cada uno de ellos, tanto depende del modo en que él los mire: la forma en que lo miran sabiendo que lo que importa es su mirada. Le gusta, aunque piense que no debe. Le gusta, también, aunque sepa que no debe, la forma en que le habla ahora su mujer, la gorda. Le gusta la sombra leve de temor o respeto que ahora sí se le oye. Le gusta –y ni siquiera tiene que levantar la voz, pegar los gritos. Le gusta, aunque no deba.
(Piensa que no debe porque no está bien, porque lo que importa es la misión, un sacrificio; sospecha que no debe porque se va a acabar y qué va a hacer entonces; teme lo que pueda ser y hacer entonces. Odia la idea de que vaya a acabarse; teme ese momento, que le va a durar toda la vida. Odia que ese temor no le deje disfrutar este momento.)
Que no se puede odiar a un pobre diablo. Que odiar es homenaje: dedicar tiempo y esfuerzo a alguien porque uno cree que se lo merece. Que uno no debería odiar a un pobre diablo.
Que quizá no sea un pobre diablo.
7.
“El odio no se quita con el tormento, ni se expía por el martirio, ni se borra con sangre derramada”, dijo, hace ya tanto, don Isidoro de Sevilla, escritor primero, después santo.
Un hombre gordo con la camisa celeste fuera del pantalón azul oscuro, la camisa celeste salida del pantalón y arremangada y mal abotonada, manchada con unas manchas oscuras que quién sabe son sangre pero quién sabe no, mal afeitado, parado junto al muelle desnudo de una cama donde está atada una mujer, las piernas y los brazos abiertos atados a las cuatro puntas del muelle desnudo de la cama, desnuda sobre el muelle, deshecha sobre el muelle, abierta, los pelos negros sobre la cara roja, las quemaduras sobre el cuerpo blanco, los estertores y sacudones del cuerpo abierto atado al muelle de metal desnudo, sus ojos muy cerrados, sus gritos muy cerrados, su boca muy abierta muy descerrajada, el hombre gordo que se acerca con la camisa sucia y unos cables en la mano derecha y los pega a la panza de la mujer atada; mujer que salta y se retuerce y grita más.
(“Ese modo extremo de convertir un cuerpo en un cuerpo cristiano, en lo que todo cuerpo es para los cristianos: el enemigo, el camino que lleva a la condena”, dijo alguien, alguna vez, hablando de eso.)
El hombre gordo se seca el sudor de la frente sudada y otro robusto pero menos gordo, la camisa blanca más prolija, el pelo negro con gomina, le dice que si quiere descansar y el hombre gordo dice que no, que sigue y se da vuelta hacia el muelle y la mujer y les grita que por última vez le va a preguntar dónde carajo es la cita de esta tarde. La mujer respira alborotada, como si hubiera perdido el ritmo, el control de su respiración y le caen lágrimas que se le mezclan en las heridas de la cara, las quemaduras de la cara y arquea el cuerpo, desnudo sobre el muelle, y le dice –en voz muy baja le dice, casi sin palabras le dice– que no sabe, que ya le dijo que no sabe, que la mate si quiere, que por favor la mate de una vez; el hombre gordo se ríe con una carcajada.
(“…hombres –siempre hombres, no mujeres– vestidos revestidos que sostienen los cables con la mano, golpean con las manos, golpean con instrumentos, queman atan introducen hunden desgarran gritan amenazas, susurran amenazas, gritan preguntas, susurran preguntas, gritan y susurran insultos desdeñosos vos no sos nadie no existís no le importás a nadie ya estás muerto, vos ya estás muerto pelotudo y no te lo dijeron…”, escribió antaño ese.)
Terror: la palabra es terror.
Qué curioso poder usar la palabra terror: tan fácil la palabra.
Terror es la palabra.
Ahora es presidente y comandante en jefe, y su ejército está en guerra. Es una guerra rara: él decidió que era la única posible, la comanda. Él decidió que era una guerra distinta de las que habían aprendido en el Colegio Militar; que era una guerra sin más ley: la guerra verdadera.
(“…la escena de mayor poder que un hombre puede ejercer sobre algún cuerpo: tanto poder que sólo puede ejercerse sobre un cuerpo ajeno...”)
Él lo imagina –él sabe cómo es– pero no quiere verlo. Se dice que no es necesario, que el comandante en jefe no precisa estar en cada una de las operaciones, que sería como si Napoleón hubiera tenido que cavar con su pelotón de zapadores, cargar cañones con sus artilleros, llevar la lanza en ristre al galope con sus húsares, amputar la pierna del herido gangrenado con su cirujano –y se detiene en esa imagen, que no debería, lo sabe, haber llamado–: el cirujano con el delantal enchastrado de sangre, una sierra en la mano, aserrando empeñoso el muslo del soldado que grita y se retuerce aunque otros tres lo aferran, lo mantienen contra la camilla, intentan darle alcohol para que no sienta lo que siente, y el cirujano que sierra y sierra y el sonido de la sierra contra el hueso, a través de la carne, los chorros de sangre y los gritos, tantos gritos mezclados. Es, lo sabe, la imagen que no debería haber llamado.
Y sabe también que su planteo tiene un hueco: que él mismo decidió y ordenó el pacto de sangre que todo su ejército tiene que cumplir. Él fue el que dijo que nadie debía estar exento, que nadie podía creerse más limpio o más probo o más humano o más astuto que los otros y que, para eso, todos, desde el último cabo hasta su general debían tener sangre en las manos: que todos debían cumplir, aunque más no fuera por cumplir, con su cuota de sangre, con su cuota de muerte; que todos tendrían que participar de este esfuerzo común, de este sacrificio común, de esta matanza ineludible. Y él, entonces.
¿Tanto poder que no necesitaba ir y ejercerlo?
¿Tanto miedo?
Obispos y cardenales que lo apoyan, lo ensalzan, lo bendicen, lo saludan como a su salvador. No puede evitar que lo inunde cierta paz, una satisfacción tan honda que casi lo incomoda: un buen cristiano no debería jactarse.
Ni del fuego, los placeres del fuego: cuando se queman en el fuego libros que, al quemarse, no quemarán las mentes inocentes, piensa, y le gusta mentes inocentes. Las mentes inocentes.
Las inocentes mentes.
Mantener las mentes inocentes
por el fuego.
(Su gobierno quemó millones de libros. Desde las novelas de García Márquez o los poemas de Neruda hasta uno sobre el cubismo porque pensaron que elogiaba a Cuba o muchos de matemática moderna porque incluían la teoría de conjuntos, esa mentira bolchevique.)
Debe hacerlo por ellos: para ellos, significa, y porque ellos no pueden: por ellos, en lugar de ellos. Debe hacerlo porque sus compatriotas son débiles, perdidamente femeninos: “No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina no se hubiera bancado estos fusilamientos. No había otra manera. Y tampoco podemos decir dónde están los restos. ¿Qué es lo que podríamos señalar? ¿El mar, el río de la Plata, el Riachuelo?”, dijo mucho después, cuando ya decía que era un preso político.
Un preso político: un preso
político.
Perdido entre sillones: es presidente perdido entre sillones, los muebles rimbombantes, tapicerías de seda, patas de reyes Luis, alfombras hondas, cortinas de brocado, y él caminando como en puntas de pie, como con miedo de ensuciarlo o estropearlo, él, intruso, entre tanta elegancia; él, el patrón, siempre sentado en la puntita.
Un preso político: un patrón
político.
Y su tentación de acercarse alguna vez a uno de esos cuartos donde sus hombres desnudaban a una mujer o a un hombre, los ataban al elástico de metal de una cama, los brazos bien abiertos, las piernas bien abiertas, y los hacían gritar y sangrar y cagar a golpes de electricidad, los quemaban a golpes de electricidad hasta que ella o él pedían piedad, que harían lo que quisieran pero que por favor: esa satisfacción –que le contaban, que al final nunca se acercó a ver– de ver cómo los peligrosos combatientes que se los iban a comer crudos se rendían, reconocían la superioridad de los militares de la Patria, los defensores de las tradiciones, los soldados de Dios, los desdichados que debían degradarse haciéndoles a esos hijos de mil putas lo que nunca deberían haber hecho sólo porque esos hijos de mil putas querían destruir todo lo que era bueno y entonces era bueno que pagaran todo el precio, el precio entero, para que aprendieran de una vez y para siempre –para siempre, de una vez, que aprendieran– que con los militares argentinos no se juega.
(Y una duda: ¿será cierto que les hacían lo que nunca querrían haber hecho? ¿Cierto que pegar y cortar y quemar y deshacer el cuerpo de otro hombre o mujer hasta lo intolerable puede ser un sacrificio que un caballero hace por su Patria? ¿Cierto que dar la orden de pegar y cortar y quemar y deshacer todos esos cuerpos es sacrificio por su Patria, o aciertan quienes piensan –tantos piensan– que hay hombres –muchos hombres– que sólo esperan una excusa posible para saltarse toda regla, para tener la plena potestad sobre cuerpos ajenos, para hacer lo que nunca habrían imaginado que podrían permitirse, para pegar y cortar y quemar y deshacer un cuerpo ajeno, miles?).
Se justifica, lee. Porque Ernesto Guevara, el renegado, había querido crear dos, tres, muchos Vietnam y jugar con el odio, y lo escribía, poco antes de su muerte y de su gloria:
“El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aún dentro de los mismos: atacarlo donde quiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo. Se hará más bestial todavía, pero se notarán los signos del decaimiento que asoma”.
Como si lo supiera, como si hubiera una coincidencia que se puede volver insoportable.
Como si entonces quedara claro lo que los argentinos llamaron la “teoría de los dos demonios”: dos grupos de violentos enfrentados. Como si se pudiera olvidar que su grupo de violentos –su ejército argentino, su poder argentino– no actuó sólo contra ese otro grupo de violentos: que aprovechó su existencia para aniquilar a todos los que podían amenazar su idea de país. Amenazarla, digo, sin armas, sin odios: con alguna esperanza. Aniquilarlos, digo, con las armas, el odio, contra toda esperanza.
Saber qué ser, qué querer
ser es toda la cuestión: él
de repente supo. Ser
el que salva, el que
despierta, el que hace
de sueños pesadillas y sueños
de pesadillas como ser, digamos,
el que se sacrifica. Él
será el que se sacrifica, será
el que sacrifica, un Abraham, un padre
doloroso, un guía,
un jefe victorioso en la derrota
de los suyos, ese
que sabe que ganar es solo
un sacrificio: un padre, digamos,
de la Patria. La Patria
hecha de sueños, pesadillas, sacrificio, la Patria
hecha de esas derrotas. La Patria
siempre es una derrota que, si acaso,
alguien convertirá en victoria alguna vez o
–sabemos, tememos–
viceversa.
No hay nada más brutal que viceversa: más temible
que danzarina viceversa, más
burlón que triste viceversa, más
viceversa que la victoria
de una patria.
¿Tenía que matar tanto?
8.
Sabía y ordenaba.
Sabía y ordenaba y ¿disfrutaba?
Es difícil decirlo: si alguien disfruta de sufrir, consigue su placer en el sacrificio, si no puede distinguir placer de sufrimiento, ¿sufre, place?
Y entonces quién sabe se pregunte si todas esas muertes fueron los sacrificios que su dios requería para pagar los pecados de la Patria, que por una vez pagarían pecadores por justos, pecadores por justos finalmente.
Y esas muertes serían la prueba que el dios les exigía para saber que de verdad querían arrepentirse: que matar y matar era el precio de su arrepentimiento.
Si fuera así, todas serían parte de su plan y entonces estarían justificadas, más que justificadas, glorificadas por su plan y su propósito. O, dicho de otro modo: ¿por qué sería más meritorio, más dulce a los Ojos del Señor el sacrificio de uno mismo que el de otros, si el de otros supone un sacrificio de uno mismo mucho mayor que el de dejarse dañar el cuerpo físico: el sacrificio de cargar sobre sí con la cruz de la repulsa, la cruz de la conciencia, la cruz de los remordimientos?
Y a mí me da placer, ¿por qué?
¿Qué imágenes historias esperanzas temores se me activan para buscar ese recuerdo del viejito sangrando mierda en una taza de inodoro, sucia, sucio,
qué idea de la justicia como un ojo por ojo en que un ojo estuviera cerrado hecho fruta hecho mierda hecho sangre acerrojado
por la violencia de un golpe que nunca nadie pudo darle?
Quizás el problema sea confundir el odio personal con el odio cívico, el odio político: quizás usamos la misma palabra para dos emociones diferentes.
El odio personal es el efecto de lo más primario: te hicieron algo a vos, querés revancha. El odio cívico supone un paso intermedio: hacerte cargo de que eso que les hicieron a miles o a millones te lo hicieron a vos –porque para transformarlo en eso que llamamos odio se precisa la idea de que te hicieron algo, me explicaron.
Pero que el odio personal siempre tiene más matices: hay que ejercerlo hacia personas que uno conoce y de las que conoce algún momento amable, calmo, atesorable, que te lo contradice. En cambio estos odios públicos se nutren solo de los hechos públicos, los más deleznables detestables: un odio para personas simples.
Y, en última instancia, que un sujeto con tan pocas luces, tan poca inteligencia aparente, tan salame, que un idiota se haya quedado con el país sí que es motivo para el odio. No es desprecio, no desdén, no rencor: el odio a quien te demuestra que sos una basura, que formás parte de una manada que tuvo como amo, como verdugo, como transformador a un pobre tipo.
Y que en eso también conformó a la Argentina, reformó la Argentina, formó lo que ahora es la Argentina: un país siempre regido por malandrines y tarados, un país donde alguien puede odiarse por sólo formar parte.
Un país incorregible.
¿Un país incorregible?
Me preguntaba qué lo hace más odioso: si pensar que sabía todo sobre los procedimientos que sus subordinados aplicaron a miles de personas o pensar que prefería ignorarlos, que no quería saber, que no quería hacerse cargo. Si pensar que disfrutaba imaginando cómo esos hijos de mil putas antipatrias enemigos de Dios y de Occidente y de Nuestro Modo de Vida y de la Propiedad Privada y de las Tradiciones y la Patria ahora estaban aprendiendo lo que es bueno, si disfrutaba imaginando cómo se arrepentirían cuando sentían 220 kilowatts de corriente quemándoles los huevos. O si pensar que no quería saber y se decía que él estaba por encima de esas cosas, que estaba para mandar que las hicieran otros pero que de ningún modo debía ensuciarse con esas porquerías, que así es la guerra, que en la guerra pasan esas cosas, que así es la guerra y que él era un soldado y tenía que estar dispuesto a hacer eso y mucho más para defender a su Patria pero que no quería saberlo, que no quería pensarlo, que lamentaba que hubiera que hacer semejantes cosas pero que al fin y al cabo era culpa de esos hijos de mil putas antipatrias enemigos de Dios y de Occidente y de Nuestro Modo de Vida y de la Propiedad Privada y de las Tradiciones y la Patria y que si no querían que les pasara todo esto se hubieran quedado en su casa y todo en orden,
que así es la guerra y él no es un soldado, que es un general, un co buenomandante en jefe: que tiene que evitar la tentación de hacer, reemplazarla por el sacrificio de ordenar, se diría, quién sabe.
O quizá ni siquiera.
El inglés define crímenes de odio –hate crimes. Me gusta la idea de que hay otros, crímenes sin él: crímenes burocráticos, laborales, distantes, crímenes sin nada personal, crímenes porque justo pasaba por ahí, crímenes porque un bien superior lo necesita; crímenes de este hombre.
Entonces decido que quiero odiarlo de verdad. Quiero dedicarme a construir un odio que esté a la altura de su violencia, un odio que sea tan completo como sus crímenes, como su convicción metódica de matar a quienes le pareciera necesario.
(La historia es construirle el odio que se merece, con todos los problemas que eso trae).
Pero soy un cobarde: ¿no tendría que haberlo hecho cuando él estaba vivo y yo podía hacer algo con mi odio? Es todo falso.
O quizás ahí está su verdad: un odio que no sirve para nada, que no lleva a nada, que ni siquiera se exhibe. Que es tan secreto, tan clandestino como las propias acciones que lo provocaron.
¿Son sus acciones las que lo provocaron? ¿No se odia a una persona, se odia lo que hace? ¿Se transfiere el odio de esas acciones al sujeto que las lleva a cabo? ¿No hay odio de verdad sin esa transferencia?
No suele decirse odio lo que hizo; se dice, casi siempre, odio a tal, a Fulano. Son sus peligros, sus dificultades. Odiar es una actividad demasiado precisa o demasiado honesta o demasiado homogénea para mí.
Aunque, al fin: odio –auténtico, brutal, odio violento– es imaginarlo con tremendo porro o con un ácido: desarmado, descascarado, descaparazonado, obligado a mirarse y preguntarse qué haría si no estuviera todo escrito, si no supiera de antemano lo que hay que hacer en cada caso qué haría, qué sería, qué peligros horribles qué horribles remordimientos arrepentimientos tendría que enfrentar –o estaría ya enfrentando al pensar que debería enfrentarlos: imaginarlo desprovisto de esa seguridad del ser idiota que nunca tiene dudas, que sabe, que teme a las dudas más que a las agujas bajo las uñas la corriente en los huevos la falsa compasión el submarino. Las dudas más, las grietas en el muro.
Pobre animal
mordido por las dudas.
Y deshacer, también en ese odio, la confusión primera: suponen que su agresión más brutal contra los argentinos fue matar a unos miles –muchos miles, muchos argentinos–; tanto o más brutal fue armar –imaginar, lanzarse a armar– esta Argentina: matarlos para armar esta Argentina. Pero quién se lo dice a las víctimas, los portanombres de las víctimas, en un país dominado por el culto a la víctima,
cultura de la víctima, cultivo
de la víctima –que no tiene, entre tantas cosas que no tiene,
masculino.
(Unas son víctimas, los otros
víctimos. Como quien dice:
victimarios, los que lo hacen, no
los que reciben: machos, varones,
hombres.)
El víctimo es él: él es
el víctimo.
No lo entiende, no sabe, no entiende
el castellano.
Él es el jefe y ya
está todo dicho. Él es
su propio idioma.
9.
“El odio ahora es el placer más largo”, dejó escrito Lord Byron, “amamos con apuro, odiamos lento”. O, mejor:
“Now hatred is by far the longest pleasure;
Men love in haste, but they detest at leisure”.
Una soga, un tajo, una fogata. Momentos para que el odio se impusiera y fuera útil –a los que siempre logran utilidad en estas cosas–: las ejecuciones. Durante miles de años, miles de estados mataron en sus plazas a los que hacían lo que no les gustaba. Invitaban a los demás a verlo: a dirigir su odio sobre el reo –el que robó, mató, traicionó a su jefe, quiso creer en otro dios, no quiso creer en otro dios, mató, robó, no quiso ir a la guerra, se fue a la guerra errada, dijo algo que no debía haber dicho, no lo dijo, robó, mató, trató de ser lo que no era, no quiso ser lo que supuestamente sí, robó, mató. El odio, allí, fluía con olitas y era una enseñanza: esto es un reo, este es su castigo, si no querés ser ese no seas el que querés ser sino el que te dijeron.
Hasta que, modernidad obliga, pensaron que la lección no precisaba ser tan evidente, tan visible: que no era necesario el acto, que su relato ya alcanzaba. Así que empezaron a ejecutar en privado –cuarteles, patios de prisiones– y contarlo en público. Él fue, si acaso, más moderno aún, más tenebroso: ni mostrar ni contar, nada de nada. Un relato abierto, no decidir cómo se lee: que cada cual lo entienda como pueda.
Bertrand Russell dejó dicho que el amor es sabio y el odio es tonto. No me odien si creo lo contrario.
Y alguna vez se pregunta qué haría él si estuviera, ay dios, del otro lado; no quiere contestarse, teme contestarse, esquiva la pregunta. Alguien –uno que sabía, que decía que sabía– le dijo que lo peor del dolor es la espera del dolor, la inminencia del dolor. Nadie, entonces, le habló del inodoro.
Los intelectuales, en esos días de pompa y de terror, lo van a visitar; es parte de su poder, de su triunfo: que esos señores que deberían despreciarlo lo visitan. Van, entonces, y dicen, un suponer, Ernesto Sábato: que el general Videla “me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente”, dice a los periodistas, y que “la inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder” y que “sin dudas en los últimos meses en nuestro país muchas cosas han mejorado: las bandas terroristas armadas han sido puestas en gran parte bajo control”, dice el otro, el dizque intelectual, y entonces su placer –el placer de ser jefe, el placer del que sabe que alguien miente para contentarlo, el placer del que disfruta que alguien deba mentir por complacerlo– y entonces la posibilidad de un desvío: odiar a Sábato no por el pobre Sábato sino por su figura, el ejemplo del intelectual oportunista, acomodaticio, escritor regular que se talla un lugar que no es capaz de sostener. Pero es difícil odiar por eso; para eso sí con el desprecio basta y sobra.
Hay lenguas, de cualquier modo: siempre hay lenguas. En francés la palabra haine rima con peine, seine, saine, laine, graine, reine, gêne y tantas más; en inglés hate con date, mate, fate, late, rate, gate, bait, great y así siguiendo; en castellano, sólo con custodio, parodio, podio y sodio; nuestra capacidad de odio –o, al menos, de cantarlo– está tristemente recortada por esa austeridad sonora. Por eso, supongo, hemos tenido que inventarnos formas del odio más oscuras, más bestias, más
calladas.
Y un francés, Jean de La Bruyère, dijo todavía en el siglo XVII que “los odios son tan largos y tozudos que la señal más clara de que un enfermo se acerca a la muerte es su reconciliación”. El diagnóstico clínico no es necesariamente operativo; sí lo es la idea que subyace: que nada define más a una persona que sus odios.
A partir de esa noción, a principios del siglo pasado, otro francés –que en este caso era francesa–, Albert Tacquin, desarrolló una “Teoría de la Personalidad según el Odio” que después, secretamente, sería utilizada por muchos de los creadores de esa ola arcaizante que arrasó a gritos la modernidad: la psicología y sus variantes varias.
Albert Tacquin, queda dicho, era una mujer –y odiaba serlo. Nacida en una familia de la nobleza picarda, condenada por su clase a un casamiento conveniente y una vida de lujos simulados e hijos ciertos, se escapó poco después de cumplir los 19 con un soldado bretón, vivió dos o tres años en París en una especie de clandestinidad que incluyó episodios que nunca quiso relatar y, por fin, se ayuntó con una rica heredera judía norteamericana, Hannah Goldberg, y se cambió su nombre –Geneviève Jeanne Marie-Pascale Gaulthier de la Reveillère– por el que siempre la acompañaría.
Albert Tacquin pasó muchos años de relativo silencio, disfrutando de una vida tranquila –alguna vez se preguntó si no había aceptado, al fin y al cabo, el mandato familiar– en compañía de su amiga, antes de publicar, poco después del fin de la Gran Guerra, aquel tomito que tantos leyeron sin decirlo.
Quizá la razón del pudor estuviera, como suele, en su forma. Haïr/Être no estaba escrito a la manera de un ensayo al uso: compuesto en verso libre, plagado de caprichos, el libro no calificaba para la intelligentsia gala, siempre tan conservadora. Pero sus ideas la percutieron. Sobre todo, su eje: que una persona no puede constituirse sin decidir un objeto de odio, y que la elección de ese objeto permite entender mejor a cada cual que la mayoría de sus otras elecciones –en la medida en que pocas cosas la definen más.
“Qui tu es, qui tu hais,
qui tu tuerait si tu tuait,
qui te tuerait si tu ne t’étais tu, têtu,
quand tu l’as su”,
rezaban famosamente sus primeras líneas.
Su libro fue, de algún modo, el opuesto simétrico de su contemporáneo, el tratado de Schlossberg. Todo lo que el alemán tenía de sistemático lo tenía la francesa de caótico y apasionado: a veces los clichés se verifican, y es incómodo. Tacquin ofrecía versos y más versos, algunos perfectamente indescifrables, de los que surgían, aquí y allá, las definiciones de distintas personalidades según su elección de su objeto de odio. Muchas de sus intuiciones aparecen reflejadas de una u otra manera en todo lo que se ha escrito desde entonces sobre el odio. Pero quizá lo que más le importaba de su textito era subrayar el patetismo de una parte importante de la población que no tiene conciencia clara de cuál es el objeto que ha elegido para odiar. “Son como almas en pena, que vagan por el purgatorio del odio reprimido. No que no lo tengan: nadie podría vivir sin él; es que no lo conocen o, peor, no lo aceptan” –por la presión social e ideológica, ejercida sobre todo por ciertas religiones, que trata de rechazar la evidencia de la necesidad del odio.
“Ô toi, têtu, qui hais de te taire
et qui, sans toit ni loi, sans foi, sans toi,
cent fois tu cris tout pris dans ton miroir
que tu ne hais pas –pour taire que tu n’es point.”
De ahí su famoso reclamo, su proclama: Aimez votre haine. “Reconozcan sus odios. Odien a pleno, a plena luz, a plena ira. Sean lo que son, cobardes; sean lo que son y nunca lo que parecen cuando se refugian chiquititos, cuando se esconden en las sombras del fementido amor –que nunca podrá serlo sin el odio, como ustedes mismos no podrán, besugos!”. De dónde una cantidad de aprovechados pondrían en marcha la Hainothérapie –la Odioterapia–, de tanta difusión en esos años, que proponía ayudar a sus pacientes a encontrar sus verdaderos odios y reconstituirse a partir de esa búsqueda.
Tacquin no llegó a acompañar plenamente la difusión de sus ideas. La fusilaron las autoridades alemanas de París en 1943. Arguyeron que su colaboración en el intento de fuga de su compañera de tantos años, amenazada por la deportación, merecía la ejecución sumaria; es probable que no soportaran descubrir que el autor de una teoría que no dejaba de atraerlos era una vieja lesbiana con el pelo pintado de rojo. Algún chusco, después –algún celoso–, se preguntó si ella odiaría a los nazis.
Yo me pregunto, yo no
me contesto: un hombre
que se derrama entero donde sólo debería derramarse su mierda. Un hombre que ensangrenta, que ensucia, que desdora; un hombre que se deshace en heces. Si supiera qué dice –qué diría– de mí ese odio tendría que callarlo.
Ô toi, têtu, qui hais de te taire…
O, dicho de otro modo: lo que no se puede
decir hay que
gritarlo.
10.
Debe ser raro ser la Patria:
debe ser raro ser
odiado.
Debe ser raro saber que millones te odian; sólo puede compensarlo la convicción de que millones te sostienen.
Debe ser raro pensarse el campo de batalla de millones: que te odian, te sostienen, te vuelven una Patria.
Debe ser fácil odiar cuando te odian millones
y decirte que tu odio no es más que el amor de una Patria.
Debe ser raro ser la Patria, decirse:
sin mí, la Patria está perdida, sin mí
la Patria desaparece, sin mí
Patria es una palabra corta, soy
el que la va a salvar, soy
la última muralla de la Patria, soy
su esperanza final. Debe
ser raro ser la Patria, debe
ser raro ser,
en general.
Habla para una cámara, se sonríe, está vestido de civil con su corbata, está sentado en un trono redorado; habla afable, amable, como quien explica lo que no necesita explicación: “¿Qué es un desaparecido? Es una incógnita el desaparecido. Si reapareciera tendría un tratamiento equis, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento zeta. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, dice, octubre del ‘79, tan presidente él, tan seguro de algo, tan amable afable tan tan jefe.
Cómo no odiarlo ahora, cuando dice,
que los desaparecidos no están, son una incógnita no tienen entidad,
no
están;
cómo no odiarlo ahora, cuando hace
todo lo que no hace, sus
torturas. Cómo no si es el víctimo, el que vuelve
la palabra sin masculino en palabra de hombre, palabra
de varón: todos las víctimas son víctimas,
torturadoras no hay, verdugas
no hay, generalas
no hay.
Palabra de hombres
de palabra, de hombres
más que humanos.
Cómo no odiarlo cuando no hay más remedio que odiarlo.
Triste odiarlo cuando no hay más remedio:
bien banal.
Triste: ineludible.
Había pasado –ya un año antes había pasado– su mejor momento.
Fue su mejor momento: probablemente no lo supo entonces pero sería –fue– su mejor momento. Un hombre nunca sabe cuándo es: muchos años después, frente al famoso pelotón, o antes, sobre todo antes, un hombre sabrá que nunca nada de lo que sucedió después de tal momento podría estar a su altura. Sabía, ya de antes, que nada de lo que le pasó antes era; descubre, después, que nada de lo que después. Y entonces, tarde, cuando un momento tal o cual ya es pasado tan pasado, se da cuenta de que fue su mejor: que nunca nada igual.
Que desde entonces todo fue caída.
Grita, levanta los dos brazos, grita más.
Su equipo –el equipo que ha hecho suyo, el equipo que lleva los colores que ha hecho suyos, el equipo que representa a la Patria que ha hecho suya, el país que ha hecho suyo, el futuro confiscado para hacerlo suyo– ya gana 2 a 1. Es un alivio: pocos minutos antes parecía que nunca ganaría y ahora gana, y ahora su tercer gol, y ahora termina su partido, gana su partido, gana su torneo: su equipo de Argentina se ha vuelto campeón del mundo por primera vez porque él ha sabido llevarlo, porque él y los suyos han sabido comprar lo que había que comprar, asustar lo que había que asustar, premiar lo que había que premiar y ahora festejan: lo lograron, festejan, gritan como otros.
Es su mejor momento: un país entero –su país entero– le agradece o lo saluda o no lo odia por lo menos esa noche, su país entero festeja el campeonato, su país entero y él también. Mejor momento: nunca fue tantos, nunca estuvo tan cerca.
Él ya sabía que en su país un campeonato así
redime tantas culpas, compra
cariño y voluntades, admiración,
formas del agradecimiento.
Hablan de la pasión: ¿qué es la pasión
–decía un señor mayor–
si no el camino de aquel hombre hacia su muerte?
Me gusta más odiarlo en ese grito: cuando supo que en ese grito había millones, que por fin millones se le unían y lo reconocían y lo reverenciaban y gritaban –no con él, más bien junto a él, tras de él, a los pies de él– y entonces en ese grito sintió por fin que todo lo que había hecho sí tenía sentido, sus sacrificios sí tenían sentido, sus traiciones sí tenían sentido, sus violencias y sus muertes y sus pecados y sus infracciones a las normas más primarias de su vida sí tenían sentido porque había ganado, lo había conseguido, había salvado a la Patria del peligro rojo y un pueblo por fin agradecido gritaba con él –o más bien junto a él, tras de él, a los pies de él– su victoria en ese gol de Kempes. Me gusta odiarlo entonces, en su mejor momento, cuando todo en él era triunfo, cuando nada conmiseración.
Nada caída, todavía.
Es que es uno o el otro: “No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior”, escribió Nietzsche.
Del inodoro, nada.
Entonces, a veces, no consigo odiarlo: me da el desprecio, la penita incluso, el puro hastío. Y entonces me parece que a quien sí puedo odiar –con todo lo que un buen odio implica, con el homenaje, la desesperación, la humillación que sí comporta el odio– es a su dios. Al sistema por el cual hombres creen tanto en lo que inventan que creen que eso que inventaron los inventó a ellos: esa inversión magnífica de roles es el mayor logro de una obra de arte. Y creen, claro, que su invento que los inventó explica y justifica todo lo malo que hacen:
se hace cargo.
Esa sí es una buena pelea: una de ésas que no pueden ganarse, una de ésas que hay que seguir peleando para siempre.
Alguna vez (un periodista) le preguntó si era cierto que alguna vez le había dicho a un amigo que sabía que alguna vez le harían un monumento, pero que no se lo había dicho como una forma de decir, como quien dice, en buen argento, a ese arquero hay que hacerle un monumento, sino con la intención fríamente descriptiva de quien establece: que en esos días, poco después del Mundial de 1978, estaba convencido de que alguna vez la Patria, agradecida como estaba, como se la veía, como se lo decía, por su defensa vigorosa, le erigiría un monumento.
Nada, de eso
nada.
La construcción trabada trabajosa
del olvido cuando el recuerdo pesa.
La construcción pesada de ese olvido
que llamamos Memoria.
11.
Después se le acabó, vinieron otros tiempos.
Tiempos estuvo preso, tiempos libre. Algún gobierno lo encarceló, alguno lo amnistió: seguía siendo un preso cuando estaba libre, extrañamente libre cuando preso.
Pero, por fin, el inodoro.
Siempre pensé que no me interesaba: cuando conseguí imaginarlo en ese inodoro me dí cuenta de que no era así. Fue entonces cuando pensé que sí que podía odiarlo. Y que quería intentarlo: una oportunidad así no siempre se presenta.
(Una tan clara, digo, tan
razonadamente clara, tan
banal quizá, tan
buena, tan
barata.)
“Pongamos que eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión; no podíamos llevarlas ante la Justicia, tampoco podíamos fusilarlos. ¿Cómo íbamos a fusilar a toda esa gente? La justicia española había condenado a muerte a tres etarras, una decisión que Franco avaló a pesar de las protestas de buena parte del mundo: sólo pudo ejecutar al primero, y eso que era Franco. También estaba el resquemor mundial que había provocado la represión de Pinochet en Chile. No había otra solución. Estábamos de acuerdo en que era el precio a pagar para ganar la guerra y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta. Por eso, para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte”, explicó, en uno de esos juicios: se había vuelto un orador de juicios. Y que ellos lo llamaron Disposición Final, que era cuando disponían definitivamente de una persona que ya no les servía: “Son dos palabras muy militares y significan sacar de servicio una cosa por inservible. Cuando, por ejemplo, se habla de una ropa que ya no se usa o no sirve porque está gastada, pasa a Disposición Final. Quiere decir que ya no tiene vida útil”.
Útil, la vida: es una idea.
Pero a veces se le ocurre que es injusto que lo condenen por algo que nunca hizo, que sólo ordenó hacer. Y entonces se ve a sí mismo pensando como un cerdo comunista, tiene miedo.
¿Se puede odiar a uno que sólo lo ordenó, que ni siquiera tuvo el coraje o la furia despiadada o la curiosidad o el odio de hacerlo? ¿Se puede, o su propia cobardía sólo permite despreciarlo?
La idea de que lo más importante que hizo no lo hizo.
Va de nuevo: que lo más importante
que hizo
no lo hizo.
Y lo hizo tanto.
(Qué bueno poder decir no lo odio, lo desprecio. Qué sospechoso decir no lo odio, lo desprecio. Qué vano decir no lo odio, lo desprecio. Qué inútil decir que no lo odio.)
Supongamos que en esas horas de aburrimiento, de desolación, esas horas de pasar las horas en la celda esperando estrictamente nada, esperando que pasen, sin más expectativas que pasarlas en paz, se consuela con el viejo truco de la posteridad.
Que la Patria alguna vez lo reconocerá. Piensa en la bandera que ha sido su bandera, su responsabilidad, que ha enarbolado como nadie: que nadie se ha sacrificado por esa bandera tanto como yo, nadie ha perdido tanto por ella para ganar por ella, defenderla, que soy su verdadero mártir. Y que ser mártir es una profesión para la que nunca se había preparado.
Ser mártir, martirizarse, ser
un cuerpo que se deshace en sangre y mierda,
que huele como huele:
el inodoro.
Lo encontraron, lo encerraron, lo encontraron culpable: en aquel juicio sin barreras le adjudicaron tantos crímenes que, si sus penas se hubieran agregado, le habrían valido 10.248 años de cárcel. A él le gustó esa exageración, ese desorden, que demostraba la estupidez de todo: para qué condenarlo a una condena que no podría cumplir jamás. Después, en algún momento, ese mismo desorden le hizo pensar que había fracasado: ¿para esto hice todo lo que hice?
Desde 1981 cuando dejó la presidencia hasta 2013, cuando murió, hubo 32 años. Vivió 32 años en el efecto de sus actos. Sus actos en total duraron seis: sus actos importantes tres, menos de tres –y sus resultas, después, los 32. A veces somos el efecto de un momento, de unos pocos meses, de algo que no estaba pensado para definirnos y consigue definirnos –o que sí estaba pensado y lo consigue.
En esos tres o seis años consiguió convertirse en el mejor receptáculo de odio que produjo nunca su país, nuestro país: en uno tan preciso, tan múltiple, tan claro que se hacía difícil odiarlo por lo banal que resultaba. Y después esos 32 en los que no pasó nada distinto: responder por lo que había hecho antes, hablar –muy poco– de lo que había hecho antes, quejarse por la falta de respeto por lo que había hecho antes, repensar una y otra vez lo que había hecho antes, convencerse de que había hecho bien al hacer lo que había hecho
antes.
(Aunque los comunistas creyeran que volvían. No entienden, no saben, se decía: ya no hay país para que vuelvan. Nosotros lo cambiamos.)
Y el tiempo entonces en la cárcel es eso que no pasa entre pastilla y pastilla, que entre pastilla y pastilla no sucede. Lo miden siempre igual, se dice, como si una hora fuese igual a una hora: como si aquellas horas en que preparaban el golpe –vertiginosas, rebosantes– valieran, un suponer, lo mismo que estas horas.
El tiempo es otro invento de los descreídos.
Mientras estaba ahí nunca lo vio: nunca fue a verlo, nunca dejó que le contaran, decía que los detalles eran innecesarios, que él comandaba la operación entera, no el avance de cada pelotón, que eso era táctica y lo suyo estrategia, que no vinieran a molestarlo con grititos de vieja. Pero después no tuvo más remedio que escucharlo: sé que no tuvo más remedio que escucharlo, que se pasó los días de su juicio escuchando esas historias que al principio podía descartar, desechar como fábulas o exageraciones de terroristas subversivos y poco a poco empezaron a tocarlo, a sembrarle la duda: ¿y si mejor hubiéramos? ¿Y si quizás aquella otra manera? Pero sabía que la duda era su enemiga y supo derrotarla. De verdad supo derrotarla: esas historias no lo acechan, no vuelven, no le parecen parte de su historia; en la guerra hay cosas que no se eligen, que son necesarias, que a nadie le gustan pero son necesarias, termínenla con eso. ¿O qué preferían, que esos asesinos sin piedad, sin Dios ni Ley ni Patria, se nos quedaran con la Patria? ¿Eso es lo que querían? ¿A ver quién es capaz de decirme que hubiera preferido eso? ¿A ver quién viene y me lo dice?
Otra invención de los escépticos.
Nadie va porque ya nadie va, nadie le dice nada. Pero él, en el silencio, mantiene sus palabras, y los tilda de maricones y oportunistas y cobardes y que ahora se quejan porque no tienen las pelotas. Que es fácil decirnos vayan, háganse cargo, y después qué triunfo, qué bien lo resolvieron, y después por favor déjenme formar parte qué orgullo formar parte y después por qué no hacemos algo juntos y al final qué brutos qué animales qué asesinos, yo por supuesto no sabía, si hubiera sabido lo que estaban haciendo por supuesto que me habría manifestado antes porque de todas formas,
dicen, los muy putos.
Para decir que la traición conoce
maneras tan diversas.
Que lo que nunca entendió es que era desechable: se creyó que no era desechable. Que no entendió que esos que lo impulsaron a desechar a miles de personas no dudarían en hacerlo con él –que esa gente no gasta su capital en lealtades.
Otro truquito, el tiempo:
otra patraña.
Le han sugerido que lea y él lo intenta pero no aguanta mucho rato. Debe ser que estoy viejo, se dice, y lo deja pasar: sabe que no es cierto, que nunca pudo leer una hora seguida, que se aburría, se dormía, se ponía a pensar en vaya a saber qué: aquellos tiempos.
Y se ha vuelto un viejito casi amable, que explica con paciencia, con delicadeza, lo inexplicable: por ejemplo, qué hacer cuando se detienen padres y quedan “criaturas desvalidas”, dice: desvalidas. “En ese período hubo chicos que fueron sustraídos, algunos con la mejor intención de que fulanito de tal que andaba buscando tener familia y alguien, un policía, un militar, en un acto de caridad, agarra el chico y lo entrega. Es un delito eso, es un delito. Otro que toma el chico y dice a la familia tal, que anda buscando un chico, se lo voy a vender. Pasaron esas cosas, supongo, es una hipótesis; pero el gobierno no ordenó eso, no hubo un plan para hacer eso”, dice, la voz baja, la mirada baja, ese tono paciente, casi amable,
de aquel viejito desvalido que vive con lo justo, sin alardes: honesto, modesto, sin alardes.
O incluso preso
sin alardes.
Otra vez, esa duda: ¿cómo fue que los viejos inventaron, se construyeron la imagen de bondad que los recubre? Imagino una maniobra defensiva: la manera de sobrevivir cuando ya no quedan fuerzas para defenderse. Sin pensar pensamos que cualquier viejo es bueno: cualquiera de esos hijos de puta que han hecho todas las cagadas que han podido se redimen porque caminan con bastón, hablan con sus ahogos, pierden la carne y empiezan a enseñar, demasiado temprano, la forma de sus huesos.
Si los viejos fueran lo que creemos que son no existiría el mal en este mundo o, si acaso, existiría por sí mismo, autónomo, sin nadie que lo hiciera.
No hay peor engaño, farsa
más torpe que los viejos y la creemos, por supuesto:
la esperanza, el miedo
de ser uno de ellos.
Y a veces piensa –con intriga, con un dejo de tristeza incluso piensa– en esos jóvenes que se creyeron que tenían que cambiar el mundo, cuando lo que habrían debido hacer era esperar a cambiar ellos: a entender el mundo. Lo que hay que hacer con el mundo es cuidarlo, conservarlo, para que los jóvenes que entienden que no deben cambiarlo sino esperar su propio cambio puedan llegar a viejos, piensa, vivir en él, hacer sus jóvenes. La paradoja es él, que lo entendió, que lo logró, y que ahora vive y morirá con su historia tan ligada a la de aquellos jóvenes: tan intrincada con la de ellos, tan mezclada. Tan extrañamente mezclada con la de aquellos jóvenes.
Y que qué bueno que el futuro sea un problema de otros, y para él una ligera conjetura. Ni siquiera una ligera conjetura o, mejor dicho: que llamarlo conjetura es coquetería. Sabe que el futuro es su condena, que va a pasar mucho tiempo antes que entiendan –si alguna vez entienden– su dádiva, su sacrificio, su victoria. Pero que, durante años, lo que le queda de futuro es este cuarto u otro cuarto tan triste como éste y la condena, todos esos que lo vivaron y lo sostuvieron y le pidieron y le agradecieron y que ahora lo insultan, lo condenan, porque no quieren reconocer que le deben sus vidas, estas vidas, este país
que les dejó tan limpio, preparado.
Tiempos, el tiempo,
esas pavadas.
12.
Un día lo siguieron. Había salido de la cárcel –un presidente sin nombre lo había soltado de la cárcel– y él creyó que podía volver a la ciudad, su capital: volver a usarla. Corría por la Costanera y lo siguieron. Un periodista lo siguió, lo miró hacer flexiones –lagartijas, en algún sitio las llaman lagartijas–, lo esperó y se acercó: le preguntó si no le daba miedo pavonearse en un lugar tan público.
–¿Usted tendría miedo?
–Yo no he hecho lo que usted ha hecho.
–Son cuestiones de criterio.
El periodista, después, contó que el hombre viejo hacía bien su gimnasia, que el sudor le marcaba las venas de las sienes, que sus piernas muy flacas no temblaban, y que el lugar se veía idílico: jacarandás en flor, un sol benigno, voces de muchos pájaros, los chicos de un colegio. Y que él –el periodista– le contestó que no eran cuestiones de criterio:
–Si yo hubiera hecho lo que hizo usted, tendría mucho miedo.
–Si usted hubiera hecho algo, no estaría acá.
Le dijo Videla y se apartó y el periodista lo dejó ir y después, por muchos años, no logró contestarse su pregunta: ¿por qué no le había partido el grabador en la cabeza, un suponer, atacado, dañado de algún modo?
Odios: las maneras del odio. La búsqueda
de un odio.
¿Y el odio por mí mismo, taimado disfrazado el
odio por mí mismo, el sibilino,
el que me hace escribir,
sin ir más lejos?
Ya lleva muerto tanto tiempo, gloriosamente muerto tanto, vivo en su muerte todavía, esperando su turno en el panteón, excluido de la vida de la Patria: su mayor sacrificio por la Patria –lo sabe, lo supone– no fue matar a miles; fue soportar que se lo reprocharan los que se lo pidieron, los que lo aplaudieron, los que lo aprovecharon y disfrutaron y siguen disfrutando.
Y trata de pensar que no le extraña: que ellos son así, siempre fueron así, los propietarios, los hombres de bien, los hombres de negocios, los calculistas, los políticos, los que no son soldados y no conocen el éxtasis de dar todo por la Patria, la ética del sacrificio, su estética de mármol.
Por ellos –piensa– hicimos lo que hicimos; para ellos y por ellos, porque ellos no eran capaces como no fueron capaces de construir un país donde aquello no fuera necesario.
Y la duda mimosa: si no será que no es lo que creyó ser en ese entonces, cuando fue el jefe, cuando fue el comandante, sino lo que creyó todo el resto de su vida; que tuvo razón aunque después creyó que no tenía y que cuando creyó que había vivido equivocado se estaba equivocando, y que cuando supuso que él, ese que nadie había tomado en cuenta, terminaba manejando los destinos de la patria, en realidad no manejaba nada: era el títere de esos señores que le hicieron hacer todo eso por lo cual, después, lo tirarían a la basura.
Lo llaman la basura de la historia. ¿Quién fue
que lo llamó basura de la historia?
Y que por eso fue él el elegido: ¿quién, si no, se iba a dejar usar de esa manera?
Entonces le imagino su momento de envidia a los ateos. Que tiene la esperanza de que su dios no exista, y que morirse sea cerrar los ojos y olvidarse. Pero teme: si Dios llega a existir será el principio de una larga serie de negociaciones, si lo que hizo lo hizo de verdad para el bien, si era la forma indicada para hacerlo, si no hubo ningún placer o beneficio personal, si fue realmente un sacrificio. Que va a tener que convencer a vaya a saber quién de cosas de las que no está completamente convencido, años y años y la eternidad revisando sus dudas. Que qué bueno sería si morirse
fuera cerrar los ojos y olvidarse.
Piensa, pero no lo soporta: no
soporta que esta mierda sea todo, todo
en esta sangre.
Reza, entonces, reza.
Yo lo escucho rezar, murmullo para el odio. ¿Por qué habría que respetar a personas que creen que un bebé nació de una virgen fecundada por un espíritu porque era el hijo de un dios? ¿Por qué a esas que creen que ese mismo señor podía resucitar a los muertos y que su padre lo resucitó? ¿Por qué a esas que viven según las reglas que les dictan los que los convencieron de esas fábulas, y de que, si no las siguen, van a quemarse en unas llamas que duran una eternidad? ¿Por qué a esos que me dicen que, como no creo eso que ellos sí creen, me voy a quemar la eternidad en esas llamas? ¿Por qué a esos que impusieron, en nombre de esas fábulas, las reglas que tantos tuvieron que seguir durante siglos, so pena de esas llamas para la eternidad –y otras más terrenas? ¿Por qué respetar a personas que creen en la eternidad, que tienen tanto miedo del final que se esconden en la eternidad, que se refugian en patrañas para niños ñoños? Si cualquiera te para en una esquina y te cuenta, sin atribuirlas a ninguna tradición, historias como esas, te parece que te tocó el loco o el borracho del barrio. ¿Cuándo fue que decidimos que la persistencia convierte estupideces evidentes en verdades absolutas? ¿Que lleven dos mil años contándolas justifica simular que no son tonterías de seminanalfabetos?
Pero es cierto que no se puede odiarlos. Despreciarlos, quizá, compadecerlos, preocuparse por ellos –y por todos nosotros, expuestos a la fuerza agotadora de sus certezas y simplezas, a sus reglas.
El odio es otra cosa.
Aunque ahora en cambio el odio es una app y suele ser light como suelen ser las cosas ahora: alcanza con marcar al lado de la foto de una starlette o un jugador contrario el emoji del odio para sentir que ya se ha cumplido con la cuota –y que se ha compartido ese cumplimiento con 328.511 personas, sin ir más lejos, en un cuarto de hora.
El odio es pop y light y tecno y cumple con su propósito de hacerte formar parte de una tribu pero no agrede al odiado –o, si acaso, le provoca una pérdida económica debida a la baja de su popularidad que puede costarle millones, a menos que sea justamente su calidad de odiado –digamos, odiado– lo que el o la fulan@ consigue rentabilizar.
El odio, así amenazado, tuvo que refugiarse en el viejo reino de los dioses. El odio ahora –como tan a menudo– es religioso.
Los que odian, ahora, en serio, son los que creen en serio:
los que se engañan más
que lo habitual.
Y quizás es sobre todo la envidia de ese hijo de mil putas convencido, que vivió por sus convicciones, que mató por sus convicciones, que pagó por sus convicciones, que se murió sabiendo que la muerte no era el final de nada aunque fuera el final
de todo y sobre todo: de él.
Empapada su mierda
con su sangre.
La vida de la cárcel es difícil: sus compañeros –sus ex subordinados– lo respetan, pero sólo algunos lo respetan; otros lo odian por haberlos llevado a ese destino. Él a veces los desprecia: háganse cargo, maricones. Pero otras veces los entiende: al fin y al cabo la decisión fue suya, la culpa sigue siendo. Y entonces la inquietud, el malestar de enfrentar todos los días la mirada de las víctimas que realmente le importan.
A mí me habría gustado, creo, que se quedara ciego. Que no pudiera leer más esos libros de mierda. Que no pudiera mirar la televisión ni los pájaros ni esos militares alrededor de su cárcel ni nada alrededor, ni nada. Que debiera pasarse las horas y las horas en la sombra mirando para adentro.
En la cárcel hay un cabo muy amable –muchacho joven, tez oscura, flaco– que lo mira como si siempre desde abajo: con respeto especial, quizás adoración, pero igual no le habla. Debe admirarlo, piensa, pero no se atreve a decirlo: así son ahora, una nación de mentecatos. Se pregunta si eso es culpa de ellos: si él y los suyos son los que han creado esta nación de mentecatos. No consigue convencerse de que no; el cabo, de todas formas, no le habla.
Piensa su entierro, imagina su entierro muchas veces. Y se imagina banderas desplegadas, uniformes, las armas presentadas. Se imagina un orador, dos oradores, recuerda que un orador es alguien que no tiene nada que decir pero prefiere no decirlo, imagina otra vez los oradores pero le da vergüenza imaginarles las palabras. No sabría, además, qué palabras: no sabe cómo se va a morir, quién va a ser cuando se muera, lo piensa y no consigue imaginarlo. Él, que salvó a la Patria, ¿será enterrado bajo las luces de la Patria, con los laureles de la Patria?
Quiere poder creer que sí pero teme que no.
Hay días en que lo teme: algunos días.
13.
Me insisten en que no vale la pena, que ya está, no vale la pena perder el tiempo ocupándose de un hombre que no está, un tiempo que no está, que hay tantas cosas ahora que lo merecen más. Tienen razón, seguro.
Odiarlo es una forma de olvidar lo que fue, para qué fue, por qué lo fue. Odiarlo es una trampa
en la que caigo con el gusto de saber que caigo.
Y cuando piensa que se va a morir pronto piensa que debe despedirse de este mundo, despedirse de la luz y el arroz y el calor del solcito y el amargo del mate y el grito de un amigo y el abrazo del hijo que lleva tantos años sin darle ni un abrazo; no entiende que debe despedirse, sobre todo, de sí mismo. Que morirse no es dejar de percibir el mundo sino dejar de percibir:
de ser, incluso.
No sé –sí quisiera saberlo– si entendió que se estaba muriendo en su inodoro. Si llegó más lejos: a pensar por qué le estaba sucediendo, por qué así, por qué a él, por qué sin más ni más.
Y lo llamaron
–algunos lo llamaron–
la justicia poética.
No es justicia, la justicia poética, ni poesía: es
un viejito agarrado al inodoro, muerto de miedo sangre y mierda, tristona prosa, pura prosa, pura injusticia en prosa.
La idea de la justicia poética es que habría un mecanismo natural, incontrolable, por el cual la justicia se impondría por sí misma, no porque lo deciden unos hombres. Como si lo que entendemos por justicia no fuera pura cultura: nada en la naturaleza muestra, por ejemplo, que si un animal mata a otro merezca la muerte o un castigo. Más bien al contrario: al matar cumple con su obligación de alimentar o proteger a los suyos. La idea de justicia poética supone que hay un orden que produce estas compensaciones. Pero él no se moría todavía si no pisaba ese cacho de jabón en la ducha y se caía; lo que la justicia o el odio no habían conseguido lo consiguió, como siempre, el accidente.
El 10 de mayo de 2013 se resbala en la ducha: pisa el jabón o se tropieza o se marea; se resbala y se cae en la ducha. Se rompe un par de huesos de la pelvis, no lo atienden como se merece. O lo atienden como se merece. El 10 de mayo de 2013, un accidente.
Suponemos que incluso uno como éste, torturador de miles, asesino de miles, tiene derecho a morirse mejor que sus víctimas. El argumento es recurrente: si le negás esa posibilidad te igualás a él, que se la negó a tantos. El argumento es convincente.
Odio es no tener miedo de igualarte al objeto de tu odio. Odio es intentar igualarte al objeto de tu odio. El odio sí te transforma en otra cosa: ¿en él?
¿Pensó que se moría, allí, en su sangre?
¿Supo que se moría?
Quizá piensa qué pena morirse así, tan solo, no poder llevarse un último abrazo o por lo menos el calor de la mano de un hijo o de su esposa y entonces quizá piensa que llevarse adónde, que no puede seguir así de confundido, que termine de aceptar de una vez por todas que lo que va a quedar va a ser su alma, no su cuerpo, que va a dejar su cuerpo aquí para permitir que su alma, ya liviana, ya despojada de este lastre, viaje hasta donde debe. Y quizás, entonces, piense una vez que dónde debe. Es terrible no saberlo, es terrible estar tan convencido pero saber que quizá se equivoca, que quizás el Señor se equivoca sobre sus motivos y que si Él se equivoca quién está libre de equivocaciones, que en realidad si Él se equivoca quiere decir que el que se ha equivocado todo este tiempo, toda su vida es él, él mismo, el teniente general del ejército argentino Jorge Rafael Videla, el comandante en jefe, el víctimo, el odiable.
Que ahora sabrá si hizo lo correcto: que en un rato –cuánto es un rato en medio de la eternidad– sabrá por fin si, al hacer lo que creía que debía, hizo lo que debía.
Yo sólo espero que no le haya resultado un alivio: sería una injusticia. Él, que hizo que tantos esperaran la muerte como alivio, tiene que haber tratado de esquivarla hasta último momento, repudiado hasta el último momento, temido de terror hasta ese último momento.
Desde el 10 de mayo hasta el 17 de mayo pasó una semana de dolores, de mareos, de quejas más o menos sordas. No lo atendieron mucho, se fue rompiendo por dentro.
Sé que murió en un baño, acuclillado sobre el inodoro, y ahí quedó. Sé que era madrugada, que pidió ayuda pero nadie fue, que lo encontraron muerto. Me pregunto –me he preguntado muchas veces– si me da placer imaginarlo prendido a su inodoro, desangrándose, cagándose, gritando para pedir ayuda, consciente o ignorante de que la vida se le está yendo por el culo. Me pregunto –las veces– si se agarró a la taza, si apretó los esfínteres para atajar la sangre que se iba, si rechinó los dientes o la dentadura, si le dio asco la sangre con la mierda o miedo la sangre con la mierda o desesperación la sangre con la mierda, si intentó algo o ni siquiera tuvo tiempo o si lo tuvo para saber que no valía la pena intentar nada, que ya estaba.
Si pensó en algo, en qué.
Si trató de encomendarse a un dios.
Si pensó que un dios lo salvaría.
Si imaginó que no quería salvarlo.
El informe del Servicio Penitenciario Federal da más detalles: “Uno de los agentes asignados al pabellón, Sergio Cardozo, realizó una recorrida siendo aproximadamente las 06.40 hs de la que no surgen novedades. Posteriormente, en el recuento general, siendo aproximadamente las 08.00 hs, el celador lo observa sentado en el inodoro, pasa nuevamente a las 08.15 hs y al no responder al llamado, solicita la presencia del servicio médico”.
Desde el pasillo el agente asignado podía verlo sentado en su inodoro: la humillación sin vueltas, que te miren cagando.
Ya no le importa.
El odio desangrado, mezclado
en esa mierda, el odio
el inodoro.
Jorge Rafael Videla, ex teniente general de la Nación Argentina, ex presidente que el registro de presidentes no registra, ex dictador, ex todopoderoso, murió en la mañana del 17 de mayo de 2013 sentado en su inodoro. El dictamen forense dijo que había muerto “de muerte natural”, sin otras causas. Terminados los manoseos post-mortem, su familia se llevó el cadáver con la idea de enterrarlo en su lugar natal, la ciudad de Mercedes. Los vecinos de la ciudad se organizaron para impedirlo y lo impidieron.
Jorge Rafael Videla, ex ex ex ex ya completamente muerto no tuvo su tumba en su ciudad. A veces me pregunto si eso sí es odio del bueno, puro odio. No lo dejaron enterrarse en su lugar y era aquello de la justicia más o menos poética, si poético puede ser un cachito de tierra: si condenó a tantos a no tener ninguna, él tampoco tendría, o por lo menos no la tendría donde había querido que es como no tenerla o tenerla de mentira o tenerla donde el desprecio le permitió tenerla, en un lugar que no conocía que es como no tenerla, en un lugar que no eligió que es como no tenerla.
El ex tan ex quedó enterrado por ahí, muy cerca de ninguna parte, en una tumba con un nombre falso.
Lo desaparecieron en una tumba falsa con un nombre falso.
El odio, en ese sitio,
en esa tierra.
El odio, gracias
por el odio.
El odio, el
inodoro.
Torrelodones, marzo de 2026
