Ensayo

El Reino


Evangélicos: romper el espejo

El streaming es vital para disputar el sentido común, y los guiones que incluyen fenómenos religiosos garantizan el impacto en la conversación social. Marcos Carbonelli repasa cómo hablaron del tema El cuento de la criada, Poco ortodoxa y Elefante blanco. Analiza El Reino más allá de la crítica artística, como espejo de la realidad, porque “es casi una obligación de las ciencias sociales dinamitar las autopistas de sentido que pretenden suturar rápido la distancia entre la pantalla y la calle”.

Paul Ricoeur, el filósofo frances, estableció que tanto las producciones culturales como la acción humana se comportan como obras abiertas al mundo: una vez realizadas, su constitución simbólica las autonomiza de sus autores y quedan ofrecidas a diferentes lecturas. Si bien existen límites hermenéuticos, una pluralidad de interpretaciones compiten en el campo abierto de la crítica, miden fuerzas, presentan pruebas y arrastran públicos.

 

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Cada vez más, los productos culturales incluyen nuestras conversaciones cotidianas y ofrecen argumentos para las discusiones públicas. Esta controversia se acaba de desatar con el estreno de El Reino (Netflix). Es que hoy, el streaming resulta un insumo vital para la construcción del sentido común, con todas las disputas, hegemonías y sometimientos que esa dicha construcción implica.

 

¿Serie o espejo?

 

A la hora de tematizar el fenómeno religioso (siempre redituable en términos de expectativas de consumo) las series más famosas del último tiempo observan un denominador común: ese mundo es configurado como amenaza, como territorio a eludir. En el Cuento de la Criada, la ucronía de un régimen con bases dogmáticas que pulveriza las conquistas globales del feminismo. En Poco Ortodoxa, la subjetividad se construye como una línea de fuga de un contexto de creencias y lazos comunitarios opresivos.

 

En ambos casos, el telón de fondo es un punto de vista muy moderno: el que antepone el modelo atávico religioso a la propuesta de la ilustración. Oscurantismo versus luz, emoción versus racionalidad, teocracia versus democracia, opresión versus libertad. El Reino participa de esta secuencia; la fe  es la fachada de una acción mucho más profunda, terrible y verdadera: lucrar con la creencia ajena y tomar el poder.

 

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Sus primeros episodios están llenos de guiños a la historia político/religiosa reciente del Brasil: pastores que coquetean con las más altas magistraturas, hechos truculentos que dinamizan contiendas electorales e iglesias que se comportan como corporaciones políticas y empresariales.

 

El Reino también recupera elementos autóctonos: en la voz del pastor que encarna Diego Peretti aparecen varios de los argumentos que circularon contra la despenalización del aborto. Mayorías celestes ignoradas y cultura de la muerte. En las decisiones de guión de apelar a estas figuras se juega su chance de construir una historia verosímil y efectiva en términos narrativos. 

 

Hasta aquí la mirada puede inscribirse en los parámetros de la crítica artística: ¿la historia funciona? ¿Los personajes son verosímiles y complejos? ¿La trama consigue mantener la tensión hasta el final?

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La controversia surge cuando se da un paso más en términos hermenéuticos y las apropiaciones tratan a la serie como espejo de la real. Bajo este registro, “nombra” la realidad. Se le adjudica la potestad de atacar cabos, de unir episodios extranjeros y locales para desplegar ante nuestros ojos el hilo que enhebra y conduce hacia una razón escondida: la alianza entre derechas y jerarquías religiosas en América Latina. Lo que es subtexto pasa a ser “texto”. Lo que es subliminar es leído en clave explícita: “Ojo que si no hacemos algo, lo que pasó en Brasil puede pasar aquí”. En este juego de apropiaciones la serie adquiere un tono pedagógico y emula la teoría del complot. Nos dice “la realidad está doblada. Hay un pliegue que no ves y que ahora te voy a mostrar para que conozcas el real sentido de las cosas”.

 

Ese movimiento (de la ficción a la denuncia aleccionadora), es el que de manera paralela e inevitable habilita un espacio de debate. En él los actores religiosos aludidos toman distancia de los arquetipos, y los científicos sociales (como quien suscribe) encontramos la ocasión para fundamentar con evidencia empírica cómo los hechos presentan muchos más matices y cómo toda simplificación (en lo que sintetiza y en lo que no dice) devela mecanismos que reproducen la distinción entre modelos públicos religiosos legítimos e ilegítimos.

 

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Es casi una obligación de las ciencias sociales dinamitar las autopistas de sentido que pretenden suturar rápido la distancia entre la pantalla y la calle. Diferentes estudios desde la antropología, la sociología y la ciencia política vienen mostrando que la tesis principal de la serie está refutada: las adhesiones religiosas no se transmutan sin más en conductas políticas. Los creyentes siguen a sus pastores en el templo, pero llegado el caso los abandonan en el cuarto oscuro. Allí, lejos de cruces, mandatos y sermones, evalúan cuál de las boletas es capaz de abultar bolsillos, domar al dólar y acabar con la inseguridad, por solo citar algunas de las motivaciones comprobadas.

 

Roto el espejo, vale la pena hacer un ejercicio contrafáctico ( como nos sugiriera la investigadora Karina Felitti) y pensar si en lugar de los evangélicos otros grupos religiosos, sexuales o étnicos fueran caricaturizados por una ficción. Esto es improbable  (además desataría una cantidad industrial de denuncias en el INADI). Lo que demuestra que los evangélicos son algo así como el “permitido” del progresismo: aquel conjunto social sobre el cual sí se pueden poner en suspenso las buenas prácticas de la contextualización, el matiz y la diversidad para dar paso a simplificaciones acomodadas a horizontes políticos predefinidos.

 

Un síntoma de esta miopía se trasluce en la comparación con las representaciones fílmicas de lo católico. En ellas el cura pedófilo es una figura recurrente, como también lo es el clérigo mercantilista y burócrata que Campanella presenta fugazmente casi al final de El hijo de la novia. Pero en series, novelas y películas también hay lugar para el cura comprometido socialmente, ese que patea villas y comparte vidas mientras hace equilibrio entre el celibato y la revolución. Puede ser el personaje que Darin encarna en Elefante blanco de Trapero o el más reciente que Esteban Lamothe personificará en La Uno, la nueva ficción del Trece. Que no haya plan B para el mundo evangélico, que el lugar común del complot, el comercio y el lavado de cerebros se multiplique exponencialmente señala las anteojeras conceptuales de las minorías ilustradas, esas que dominan la industria del entrenamiento y las fábricas de futuro on demand.

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El dolor no es ficción

 

Una forma rápida de entender el voltaje de esta controversia es codificarla como el spin off del debate por la legalización del aborto en Argentina: una de las guionistas de la serie es una reconocida activista verde que tematiza a sus adversarios en su obra. Ellos le responden bajo los efectos de la derrota, y las redes hacen el resto. Sin embargo, esto es solo la capa superficial de la tensión. Las voces que impugnan El Reino y sus estereotipos conectan con raíces tectónicas de discriminación.

 

Los evangélicos son una comunidad religiosa históricamente estigmatizada en Argentina. En la primera mitad del siglo XX, en tiempos de comunión entre identidad nacional y católica, fueron acusados de agentes imperialistas que venían a romper el corazón de la cultura nacional. Décadas más tarde, ni la democracia restaurada pudo protegerlos de la acusación de ser sectas lavadoras de cerebros. En este primer tramo del siglo XXI y a tono con un lenguaje global, llega la tercera etiqueta: fundamentalistas. Fundamentalistas todos/as: los pastores y los fieles, los que se agrupan en Federaciones y los que andan sueltos, los que se alistan con el PRO y los que tienen corazón peronista. Bajo este lenguaje ser evangélico es ser siempre un extranjero, un extraño sin derecho a la movilización y la ocupación de lugares públicos. Mucho menos a plantar disidencia y meterse en la discusión de la batalla cultural.

 

Este rol se amplifica en la persistencia de una situación casi fuera de la memoria y la demanda colectiva: la regulación del campo religioso en Argentina se compone de decretos y leyes que tienen su origen en la última dictadura militar. Más allá del tema del financiamiento, la reglamentación actual obliga a toda confesión religiosa no católica a inscribirse en el Registro Nacional de Cultos y a aceptar al Estado como inspector de sus acciones y organización interna. Es esta ciudadanía de segunda mano la que se crispa de manera razonable cuando enfrenta la producción masiva de imaginarios que restituyen todo el tiempo su posición de otredad.

 

La defensa evangélica contra los realizadores de El Reino no justifica ni la crítica personalizada ni la puesta en circulación de palabras tan pesadas como fascismo. Allí hay un exceso que, entre sus muchos defectos, no se hace otra cosa que brindar argumentos al sesgo autoconfirmatorio que celebra: “los evangélicos se defienden con las palabras que los definen”. Dicho esto, sugerimos aplicar la misma cautela con el concepto fundamentalismo. En la inflación semántica está la raíz del empobrecimiento del debate sobre el lugar de lo religioso en nuestras sociedades.

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Coda

 

En los contornos sociales esta controversia no tendría lugar en el campo de las creencias y consumos populares. No porque los sujetos que componen dicho mundo resulten las víctimas propicias del complot (una mirada miserabilista que también se cuela en la serie) sino porque en él se registra un proceso a contramano del descrito: la legitimación sociopolítica de los evangélicos. Un proceso que bulle desde abajo hacia arriba, desde las barriadas hacia las oficinas estatales y que se ejemplifica en la feligresía que crece, en las comunidades terapéuticas que cobijan hijos y en la música cristiana que se vende y se escucha en trenes abarrotados de trabajadores.

 

La distancia entonces entre la aceptación popular y el escepticismo progresista cifra una tensión y permite ir descartando interpretaciones: antes que el tráiler de un futuro al acecho, El Reino resulta más bien el guión certero de cómo las diferencias de clase tiñen el campo de las creencias.

Fotos: prensa Netflix