Ensayo

Historia de una relación sinuosa


¿Es posible una democracia liberal en la Argentina?

La democracia argentina tiene una historia tortuosa y complicada, en parte porque su convergencia con el liberalismo fue infrecuente. En este fragmento de “Liberalismo y democracia en la Argentina. Claves de una relación sinuosa”, segundo título de la colección Conocimiento y discusión pública (UNSAM Edita), Leandro Losada analiza las características del ideario liberal que se forjó en nuestro país entre 1853 y la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912. Los estilos de liderazgo, las formas representativas y las concepciones sobre el conflicto que surgen en ese período aún perduran y definen los problemas para la convivencia política que caracterizan nuestra historia.

La democracia en la Argentina tiene una historia tortuosa y complicada, marcada por gobiernos constitucionales de dudosa o limitada legitimidad, gobiernos de facto y experiencias autoritarias, que llegaron a su punto culminante con el terrorismo de Estado de 1976 a 1983. Esta historia difícil e incluso trágica explica que, a pesar de los problemas económicos y sociales, haya sido importante y valioso alcanzar cuarenta años de continuidad democrática. 

Este libro ofrece un argumento para comprender esta historia. Se puede sintetizar de la siguiente manera: una de las razones para entender los avatares de la democracia en la Argentina es que la convergencia entre liberalismo y democracia ha sido infrecuente. Y un fenómeno histórico importante para entender este asunto se encuentra en la cultura política que definió al liberalismo argentino del siglo XIX, más precisamente, en los años que van de la organización constitucional iniciada en 1853 a la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912. 

En ese período hubo una manera de concebir y de practicar la política, cuyos rasgos básicos (estilos de liderazgo, formas representativas, concepciones sobre el conflicto) tienen similitudes y parecidos con los de momentos posteriores de la historia argentina. Tales analogías sugieren que en ese período tomó forma una cultura política, una forma de entender y de hacer política, que, a pesar de los cambios que desde entonces hubo en actores, ideas y agendas coyunturales, instaló ciertas coordenadas perdurables, que la convierten en una clave de largo plazo para pensar los problemas de la democracia, y más en general, de la convivencia política. 

Las concepciones unanimistas de la representación, los liderazgos personalistas y las polarizaciones excluyentes definieron la política del período liberal.

Las concepciones unanimistas de la representación, los liderazgos personalistas y las polarizaciones excluyentes definieron la política del período liberal. No fueron prácticas o fenómenos que surgieron por entonces (el rosismo había tenido características similares, y más pronunciadas) pero sí tuvieron la singularidad de desplegarse en un momento en que la política se asumió liberal, lo cual quería decir, entre otras cosas, dejar atrás guerras civiles y autoritarismo (el rosismo recién mencionado), y arraigar orden, unidad y libertad a través de la organización constitucional, la formación del Estado y la construcción de la Nación. Es decir, fueron las coordenadas que definieron a la política en el momento en que la Argentina se formó como tal. 

El argumento y la perspectiva recién propuestas no implican desconocer o rebatir otras maneras de pensar las dificultades de la democracia en el país; solamente enmarcan una sugerencia interpretativa que, desde la historia, puede hacer una contribución para entenderlas. De todos modos, tanto el argumento como la perspectiva contienen postulados y premisas que conviene aclarar desde un primer momento. 

(…)

Un postulado subyacente es que la convergencia entre liberalismo y democracia es positiva para la segunda. Esta es una afirmación que en sí misma puede resultar polémica, teniendo en cuenta la mala reputación que históricamente tiene el liberalismo en la Argentina, o, desde otro ángulo de observación, considerando que recientemente ha asumido el poder un espacio político que se dice liberal y que, por ende, mostraría un cambio de tendencia en la apreciación popular sobre el liberalismo que vuelve innecesario plantear el tema. Ambos asuntos son parte del problema y por ello serán temas de reflexión a lo largo del libro. Una precisión inmediata que debe consignarse acerca de la segunda afirmación es que el éxito electoral de un espacio político que reivindica una versión radical del liberalismo económico no es indicador de fortalecimiento de la democracia liberal.

Por otro lado, es importante subrayar que la importancia de la convergencia entre liberalismo y democracia es una afirmación que no se basa en una mirada normativa, es decir, en un modelo ideal de democracia, según el cual la democracia liberal es la mejor forma de régimen democrático. Propuestas teóricas contemporáneas sostienen, incluso, que hablar de democracia liberal es un pleonasmo (un concepto redundante), porque no puede afirmarse que existe democracia allí donde no están incorporados, o han sido suprimidos, principios e instituciones liberales (libertad de expresión, de asociación, división de poderes). Así, la democracia liberal es la democracia, a secas. Este tipo de afirmaciones, vale precisar, ha sido planteado además en relación con la democracia y no con el liberalismo. Esto es, para discutir una categoría teórica en auge en los últimos tiempos, “democracia iliberal”, de acuerdo con la cual puede pensarse que existe democracia al margen o por afuera del liberalismo, habilitando con ello la posibilidad de validar el autoritarismo. 

Sin embargo, la adjetivación de la democracia es una constante en la producción teórica, y no solo sobre la base de la oposición liberal/iliberal. Democracia constitucional, representativa, delegativa, deliberativa, participativa son algunas de las categorías más conocidas al respecto, entendidas, según los casos, como concepciones próximas a la noción de democracia liberal, como matrices para pensar sus imperfecciones o disfuncionalidades, o como formas alternativas y superadoras, en las que la balanza se inclina más hacia el lado de la democracia que hacia el del liberalismo. 

 Un repaso de la historia argentina permite afirmar que la democracia liberal no existió o fue, en el mejor de los casos, una experiencia esporádica.

Así, una zona muy importante y de larga tradición de la teoría política señala las dificultades o la debilidad que el liberalismo puede suponer para la democracia, desde una preocupación también genuina por esta. El individualismo, la desmovilización, la prioridad a los intereses o a la esfera de lo privado, la centralidad a las llamadas “libertades negativas” que se enfocan en la ausencia de interferencias arbitrarias para las acciones individuales son los argumentos más transitados para enfatizar que el liberalismo, al estar en tensión con la dimensión colectiva y de participación pública que implica la democracia, puede ser, sino un peligro, al menos sí responsable de democracias meramente formales, procedimentales, y no sustantivas, que terminan favoreciendo a las elites y la reproducción del statu quo. Quienes postulan una democracia participativa (como profundización de la democracia deliberativa y en oposición a lo que califican como populismo) no necesariamente confrontan con el liberalismo, o con el marco institucional de las democracias liberales, y reconocen el pluralismo como un dato de las sociedades contemporáneas, pero apuestan por una concepción activa de ciudadanía que al menos se distancia de la noción de “libertad negativa” como condición suficiente para la libertad individual y colectiva. 

Todas estas perspectivas, ejemplos puntuales de una vastísima producción académica, muestran así que los cruces y las oposiciones entre liberalismo y democracia, así como las maneras de acercarse al problema, animan una discusión teórica y filosófica tan rica como probablemente inagotable. Para los propósitos de este libro ofrecen herramientas de análisis y de reflexión indispensables, pero no son adoptadas como premisas o puntos de partida, por lo ya dicho, en pos de evitar sesgos normativos. Y ello a pesar de que algunas podrían tomarse como fundamentos teóricos del abordaje aquí propuesto, como las que entienden que sin convergencia entre liberalismo y democracia no hay, en última instancia, democracia. 

De hecho, resulta más sugerente señalar que este tipo de definiciones, quizá por los lugares de enunciación desde los que han sido realizadas, dan por sentado un problema que la política argentina no ha resuelto, la incorporación del liberalismo a la democracia (o de la democracia al liberalismo, según la sensibilidad del observador). Para decirlo de otro modo, si se toma la historia argentina como casuística para este tipo de teorías, no es evidente ni necesario que la fusión entre democracia y liberalismo ocurra, que sea entendida por la sociedad como la forma deseable de democracia, o que, si ese es el caso, sea posible alcanzarla. Democracia liberal, mirando el asunto desde la historia argentina, no es un pleonasmo.

En suma, la importancia de la convergencia entre liberalismo y democracia no se adopta aquí como consecuencia de un marco teórico, sino de una constatación histórica. Las experiencias democráticas en la Argentina, aquellas en que hubo sufragio universal sin restricciones o tergiversaciones sistémicas, y sin proscripciones o abstenciones masivas, las extendidas entre 1916 y 1930, 1946 y 1955, y desde 1983 hasta la actualidad, se caracterizaron, en algún momento más o menos prolongado según los casos, por liderazgos personalistas y procedimientos de gobierno con rasgos autoritarios (en ocasiones, restringiendo derechos, como la libertad de opinión o de reunión), tendencias unanimistas y polarizaciones excluyentes, que aún hoy perduran en la memoria colectiva al evocar esos momentos históricos: yrigoyenismo/antiyrigoyenismo, peronismo/antiperonismo; en el ciclo abierto desde 1983, aproximadamente la mitad de ese período ha estado definido por la “grieta” kirchnerismo/antikirchnerismo (un nuevo ciclo parece comenzar estructurado alrededor de otra, casta/argentinos de bien). 

La Argentina se hizo como nación con la convicción de que la democracia liberal era su destino político inexorable.

Esa dinámica política condujo a distintas crisis de la democracia, que a menudo se expresaron como crisis del sistema político (golpes de Estado en 1930 y 1955) o como crisis de representación que, si no provocaron cambios sistémicos, supusieron igualmente convulsiones políticas y sociales (el breve período democrático de 1973-1976 se inició con la proscripción a Juan D. Perón aún vigente y culminó con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976). Es este balance histórico, entonces, el fundamento de que la conjugación de liberalismo y democracia posibilitaría la atenuación de tales rasgos, y habilitaría así una competencia y una discusión pública y política más atemperadas que colaborarían a afianzar la democracia. 

En lo dicho, está contenida otra afirmación que será objeto de reflexión: un repaso de la historia argentina permite afirmar que la democracia liberal no existió, o fue, en el mejor de los casos, una experiencia esporádica. Ello permite preguntarnos si hay razones o posibilidades para que cambie en algún momento, es decir, si tiene alguna justificación (al menos en función de los aportes que hace la historia) pensar que la democracia liberal es plausible en la Argentina. Es un interrogante importante, no solo para pensar el presente y sus posibles proyecciones futuras, sino también por una cuestión histórica, ya que la Argentina se hizo como nación con la convicción de que la democracia liberal era su destino político inexorable.

(…)

Volviendo entonces al comienzo, el argumento que aquí se propone es que la cultura política del liberalismo del siglo XIX, configuró una manera de concebir y de practicar la política, cuyas coordenadas generales tienen analogías con las que pueden identificarse en contextos y momentos posteriores a pesar de los notorios cambios de escenario. Entre sus rasgos más destacados sobresalieron la ausencia de pluralismo, una concepción y una práctica unanimista de la representación (a menudo acompañada de un componente personalista), y una caracterización agonística de la rivalidad política que solía despojar de legitimidad al adversario. En breve, liberalismo, republicanismo, populismo, no son tan diferentes al verlos desde el ángulo aquí propuesto.

Ahora bien, por otro lado, se argumentará por qué históricamente esa cultura política del siglo XIX puede definirse como liberal, a pesar de que elementos doctrinarios distintivos del liberalismo (como el pluralismo) hayan tenido escasa visibilidad o gravitación. No hubo un falso liberalismo, sino un “liberalismo realmente existente”. El propósito es comprender los factores históricos que lo definieron, así como el problemático legado que supusieron para la historia de la democracia argentina.