Ensayo

El regreso de Friends


Último café en el Central Perk

Friends es como Los Simpsons: para cada situación de la vida hay una escena a la que recurrir. Ombliguista y adictiva, con personajes arquetípicos pero a la vez únicos, sutiles y contradictorios. Un I-ching de educación sentimental en dosis de veintidós minutos. La serie que retrató a la Generación X sin estridencias pero sin espejismos. Los seis amigos y amigas de la sitcom más exitosa de la historia volvieron a juntarse por una noche y Florencia Angilletta analiza por qué, a 27 años de su estreno, sigue siendo irresistible.

I’ll be there for you”. Suenan los primeros acordes de la canción de The Rembrandts que ofician casi de rito tribal. Seis amigos bailan alrededor de una fuente en Nueva York. Un imán en la memoria. Una imagen direccionada. Año 1994: todavía está fresco el inicio del ciclo de la presidencia de Bill Clinton en Estados Unidos y la muerte de Kurt Cobain; Oasis acaba de debutar con Definitely Maybe y The Cranberries lanza No Need to Argue; “Spin the Black Circle”, de Pearl Jam, suena en las radios y los oídos de los/las jóvenes se hamacan entre Soundgarden, Red Hot Chili Peppers y Radiohead, pero también entre Segundo Romance, de Luis Miguel y la consagración de Café Tacuba con Re. Ese mismo año la señal NBC estrena Friends. Rachel, Ross, Monica, Chandler, Joey y Phoebe: las caras de la generación de la última gran década, como si a Trainspotting le desenchufaran las guitarras eléctricas, las drogas, el impacto de la piña contra el asfalto. 

La cultura estadounidense, esa gran máquina de producción de juventudes (entre Salinger y Belleza americana), encendida para contar la transición de la adolescencia a la adultez. Jack Kerouac en la generación post caída del Muro de Berlín: deambular por Nueva York pero sin cinismo. Actuar de grandes sin dejar del todo de ser chicos. “Nothing else matters” mientras hacen de esa ciudad una ciudad del mundo. Aunque así, en esa encarnación del fondo de la olla de cierta “simpleza”, el cuento de estos seis jóvenes viene con algo moderno bajo el brazo: las amistades no son “líquidas”. El mundo se derrumba y nos hacemos amigos/as. Dame refugio, dame amistad. Una institución que empieza como tal en los noventa –la época de su narrativa a gran escala, de su masividad y centralidad– y que es la gran institución del siglo XXI

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Ross (David Schwimmer) es un doctor en Paleontología tres veces casado y divorciado; su hermana Monica (Courteney Cox), una cocinera repleta de “tocs” (su obsesión por el guardado de los zapatos o las puertas de los placares que deben permanecer cerradas, y el fantasma de “chequear” que no la deja dormir); Chandler (Matthew Perry), un “yuppie” que asciende en una carrera hasta que apuesta por la publicidad y pasa de fóbico al compromiso a padre de familia; Joey (Matt LeBlanc), un buscador, actor y eterno adolescente; Rachel (Jennifer Aniston), una oveja negra que patea el tablero; Phoebe (Lisa Kudrow), una oveja blanca que trasciende una vida difícil y enamora como excéntrica cantante folk (de una belleza que recuerda a Julie Delpy mientras entona el mantra “Smelly cat”). 

Todo lo anterior podría ser borrado. Ninguna de estas caracterizaciones arquetípicas hace justicia a una sutil composición de personajes, contradictoria y, sobre todo, enormemente “común”. “El escritor argentino y la tradición”, de Borges –metáfora de un Corán sin camellos, de una tradición sin subrayados– le cabe a Friends: para los estadounidenses no debe haber nada más “americano” que esos seis personajes.

 

Universales en los chistes en el café del Central Perk, en la novia asiática de Ross que es la Yoko Ono de todas las bandas, en el rito del delivery de pizza de Joey, en el pavo de Acción de gracias (la inolvidable escena de Mónica con el pavo en la cabeza), en la imagen de las tres vestidas de novia en el sillón con cara de “por Dios cuándo me toca”, en el “get out” de Rachel cuando está por nacer su hija Emma (precedido del “no uterus, no opinion” al padre), en la discusión infinita sobre si el “break” justifica la infidelidad de Ross a Rachel, en el amor por las mascotas que hace llorar a Ross cuando despide al mono, en los esfuerzos desgarradores de Chandler por dejar de fumar. 

 

El crítico de rock Greil Marcus –en El basurero de la historia– se concentra en esos “momentos que parecen no dejar nada detrás excepto por relaciones espectrales entre personas separadas por una gran distancia temporal y espacial, pero que de alguna manera hablan el mismo lenguaje”. Exactamente eso: los idiomas. Ombliguista y adictiva. Fuera de tiempo y actual. Friends habla inglés pero habla un idioma “universal”. 

Los clásicos no existen (pero que los hay, los hay)

 

La serie es más que la suma de sus partes. Es ese encastre perfecto. La historia de un grupo de amigos/as más que las historias de esos amigos/as. Adentro, claro, mil tramas: las personales, las vocacionales, las de amor entre ellos/as, las familiares, los arcos temporales. La fibra que aglutina es eso tan simple y tan definitivo: lo primero son los amigos/as (algo que, por momentos, la dinámica sanguínea y familiarista de la pandemia nos hace olvidar).

 

Como Los Simpsons: para cada situación de la vida hay una escena a la que recurrir. Una de esas series que nunca nos cansamos de ver. El formato, que ya había sido explorado por Seinfeld en un cuarteto, encuentra en Friends el despliegue de la experiencia grupal. También Sex and the City se construye sobre esta estructura. Mad about you, Dawson’s Creek (¡y hasta Highlander!): amigos son los amigos, amigas son las amigas. Distantes de Dinastía o La familia Ingalls, la ficción interviene sobre la visibilidad (visionaria) de la primacía de estos vínculos por sobre el relato familiar o incluso romántico. Aunque la serie termina cuando Monica y Chandler compran la casa en los suburbios; aunque Rachel y Ross sean, también, la pareja icónica de esos años: la neurosis nos destrozará. Idas, vueltas, idas, vueltas, más vueltas, mientras suena “With or without you”, de U2.

 

En su década de emisión, Friends tuvo, además del “núcleo duro”, personajes entrañables como Janice y su “oh, my God”; Gunther, comandando el café; Richard, el candidato de Monica; el hombre de hombres, Paul Rudd; y participaciones memorables como las de Bruce Willis, Brad Pitt y Julia Roberts (en una escena de alto voltaje al revés cuando deja desnudo en un baño a Chandler).

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Friends es parte del desembarco de la televisión por cable –en Argentina se veía por VCC y Sony Entertainment Television, por ejemplo–, del tiempo en que perderse un episodio implicaba no saber cuándo se lo podría ver de nuevo. De esa época en que era frecuente escuchar “no miro TV abierta”. Formato de “sitcom” (pocas locaciones, duración de media hora), narrativa del “gag” (truco de la “humorada”). En una reedición de la biblia del guión de Robert McKee, Friends entra en ese rincón de los clásicos. Porque puede nadar más allá de su década de origen. Porque sobrevive a su visionado en plataforma. Un I-ching de educación sentimental en dosis de treinta minutos (en pandemia es una de las series más vistas online). Porque sigue convocando, como ocurre ahora con el estreno del episodio “Reunion”, de HBO, donde se los puede ver en el histórico estudio, juntos por primera vez desde la emisión final en 2004. Un regalo adicional: el tiempo es la democracia de cualquier mortal.

 

¿Qué hace de un clásico un clásico? Friends tiene algo ya inmirable y, a la vez, no se la puede dejar de ver. No tiene política de identidad encima –como podría amasarse en décadas posteriores– aunque tampoco sus protagonistas son un tributo de manual a los white people problems. Hay candor, sí, por momentos estirado hasta lo inverosímil; sin embargo, todos/as son parte de la rueda, del trabajo de todos los días: alquilan (menos Monica que recibe ese departamento de su abuela y comparte generosamente con sus roommates, la vivienda es la estructura última de “sentimientos”: Nueva York está adentro de ese departamento), trabajan, tienen jefes, problemas de guita. En un capítulo, con la cuenta del restaurante sobre la mesa, debaten sobre las diferencias entre ellos/as para poder pagar. 

 

 

Pero, brutalmente, la serie no deja de estar chorreada por la época, sus pifies, sus cegueras (ante la clase, la raza, el género): en el culto a la delgadez, las burlas ante “lo gay”, los estereotipos. Al mismo tiempo, tiene superposiciones: Ross lleva al altar a su ex esposa lesbiana, Chandler es un hijo del Mayo del 68 con padres adictos al sexo, Phoebe engendra los hijos de su hermano y Rachel hace lo que sigue siendo la piedra de toque del riesgo de todos los tiempos: separarse de un buen partido. Cuando se divorcia, su madre le dice: “¿Sabes, hija? No te casaste con tu Barry. Pero yo sí con el mío”. No son “punks”, no son “políticos” (votan casi para sacárselo de encima); aún así, tienen una verdad que nos sigue pegando en la retina. Sin estridencias, sin espejismos: son parte de las fuerzas tectónicas de los noventa. ¿Qué es un clásico? Que sigan siendo irresistibles.

Informe: Agustin Cesio