Ensayo

Juegos Olímpicos y Paralímpicos


¿Qué puede un cuerpo?

Paula Pareto se estira sobre el piso de su departamento transformado en gimnasio. Se impulsa con la fuerza de sus brazos y queda suspendida en el aire, en una posición casi imposible, desafiando las leyes de la física. ¿De qué están hechos los cuerpos de lxs atletas de alto rendimiento? ¿Cuáles son sus límites? ¿Cómo los afecta la pandemia? ¿Cómo resuena en ellos el dolor? Una vez más, los Juegos Olímpicos nos permiten dejarnos conmover por esos cuerpos que tensionan la idea de la perfección moderna, se vuelven actos de fe, animales fabulosos de formas inacabadas, abstractas, para llevarnos más allá de lo conocido.

El cuerpo de Paula se estira en posición de plancha. Brazos flexionados y piernas estiradas sobre el piso de porcelanato blanco. Sostiene la postura y se le marcan todos los músculos que unx puede llegar a ver. Paula se impulsa hacia arriba con toda la fuerza de su cuerpo. Se eleva, abre las piernas y los brazos como avispando el aire, como si estuviera a punto de levantar vuelo. Durante una milésima de segundo, su cuerpo queda suspendido. Cae. Toca el piso, sus brazos se flexionan y vuelve a saltar. Una, dos, tres, diez veces. Paula desafía la ley de la gravedad. Es un animal fantástico, fabuloso. Un animal heráldico. O tal vez una mezcla, una yuxtaposición de animales mitológicos. De esos que reptan y vuelan, que se trepan y adhieren a las paredes, que caminan con las manos. De esos etéreos pero con fuerzas ancestrales. 

 

Del otro lado de la pantalla, 23 mil personas ven a una deportista en top, short y zapatillas entrenando en el living de su casa. Su Instagram se llena de comentarios. Nadie puede creer lo que acaba de hacer.

 

Paula es Paula Pareto, la Peque. Judoca argentina, 35 años, 1.48 metros de altura, campeona mundial en 2015, medalla de bronce en Pekín 2008 y campeona olímpica en Río 2016. La Peque defenderá el oro en los Juegos Olímpicos de Tokio. Una edición particular, atravesada y postergada por la pandemia global de covid-19. Si bien los Juegos Olímpicos de Berlín 1916, Tokio/Helsinski 1940 y Londres 1944 fueron suspendidos, esta es la primera vez que se ven afectados por motivos ajenos a una guerra. 

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Verónica Moreira, antropóloga especializada en estudios sociales del deporte, mira en loop, una y otra vez, los videos que Paula Pareto compartió en sus redes. En uno de ellos la judoca haciendo flexiones de brazos con tres botellas de plástico sólo unidas entre sí por la presión de sus manos. Verónica se sorprende, se maravilla al ver el cuerpo de La Peque en acción. «Increíble», es lo primero dice. Lo mismo que repiten los portales de noticias que comparten las hazañas cotidianas y domésticas de la judoca.

La antropóloga va más allá y reflexiona sobre los cuerpos de los y las atletas de alto rendimiento: “Son como una máquina moderna -explica-. Todas las piezas deben estar aceitadas, preparadas, entrenadas con un objetivo muy puntual; en algunos casos, derribar a la otra persona. Son cuerpos hiper preparados, con entrenamientos intensivos, pensando en llegar a punto cuando les toque competir”.

 

El cuerpo de Paula es un manifiesto. Una creencia, una fe. Un resultado de y un medio para. Fugado de un sistema heterocisnormado, que establece cuáles son los cuerpos hegemónicos femeninos, y reglado en otro, que  determina cómo deben ser los cuerpos del alto rendimiento deportivo. Medido y moldeado en virtud de. El cuerpo de Paula -es decir, Paula- es una creación continua, un movimiento permanente que orbita entre las potencias, las afectaciones, las afecciones, los límites, las relaciones con otrxs, el tiempo. 

 

—Después de Tokio ya me retiro. Mi cuerpo no da más.

 

La judoca hizo el anuncio desde la Villa Olímpica una semana antes de la ceremonia de inauguración. Dijo, además, que si la competencia fuese un mes después, no llegaría.

 

—Ya me estoy exponiendo un poco más del límite de lo que es posible —explicó. 

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La condición humana es una condición corporal, dice el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton en su libro El cuerpo herido. En esta condición corporal hay una fragilidad innata: la duración limitada, la temporalidad. Los cuerpos son fugaces, somos fugaces. No existe un para siempre. Paula lo sabe. 

 

Desafiar los propios límites y explorar las potencialidades, los territorios no descubiertos aún de nuestros propios cuerpos -sostiene Le Breton- es una forma de evitar la muerte.

 

“¿Qué cosa no ha hecho Paula para alcanzar sus resultados?”, se pregunta la campeona panamericana de taekwondo y actual entrenadora Aylén Romachuk. “La hemos visto entrenando en su casa de mil maneras, probando variantes para encontrar su rendimiento óptimo y divertirse. Ha desafiado su entrenamiento y se ha desafiado a ella misma en todas sus versiones: física, técnica, mentales y anímica”.  

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La pandemia afectó las condiciones de entrenamiento y preparación de lxs deportistas. Al igual que Paula Pareto, muchxs transformaron sus casas en gimnasios: corrieron muebles y utilizaron lavarropas, mesas, botellas, sillones, libros y escaleras como infraestructura y elementos de rutina deportiva. Durante un año y medio la ansiedad y la incertidumbre marcaron el ritmo de sus vidas. La primera atleta argentina que puso en duda su participación en Tokio por los efectos de la pandemia fue la nadadora y campeona panamericana Delfina Pignatiello.

Yo tengo ganas de ir a unos Juegos Olímpicos a representar a mi país de la mejor manera posible —dijo en junio de 2020 a un canal de televisión—. Pero me gusta hacerlo bien, no me gusta ir a hacer un jueguito; es un tema serio. Mi cuerpo tiene que estar preparado.

Esa preparación intensiva, sobre todo en el último año antes de la competición, no es algo nuevo. Ya lo hacían los deportistas de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad -que se desarrollaron en Grecia durante el 776 AC y el 393 DC-. Para poder participar, los atletas tenían algunas condiciones: debían declarar que habían entrenado al menos durante los diez meses previos a la competencia y tenían que presentarse un mes antes a la ciudad olímpica para ultimar allí sus preparaciones. En ese entonces, como ahora, ya contaban con preparadores físicos. Quienes ganaban, en muchos casos, les agradecían con una estatua. 

 

“Más rápido, más alto, más fuerte”: el lema olímpico, acuñado en París 1900, en la segunda edición del olimpismo moderno, parece anacrónico 120 años después. Cada deportista necesita, según su disciplina, desarrollar cuerpos distintos. “A diferencia de los judocas, que trabajan por debajo de la línea de gravedad, más cerca del suelo, los taekwondistas necesitamos cuerpos veloces y explosivos que nos permitan movernos con rapidez y en altura durante todo el combate. La última parte de nuestro entrenamiento nos deja como espigas”, grafica Aylén. 

 

Los cuerpos de lxs atletas pueden ser espigas, juncos, bambú. Plantas que estallan el pavimento y lo desarman. Pueden ser rocas, cuarzos, granitos. Pueden ser refractarios y reflejantes. Pueden ser superficies áridas y espinosas. De fibras sólidas. De esponjas blandas. Cuerpos que mutan y se transforman, maleables. “Esos cuerpos -dice Verónica Moreira- son el resultado de un entrenamiento, de una disciplina estricta, de alimentación controlada. De todo eso que se hace previamente”.

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El maratonista multicampeón Alejandro Maldonado tiene claro esto. Desde hace más de veinte años es corredor en silla de ruedas. Hoy entrena con miras a la clasificación para los Juegos Paralímpicos de Tokio de agosto. A sus 44 años, sabe que esta cita paralímpica, la tercera para él, puede ser la última en su carrera. Para eso entrena en doble o triple turno por día. Su ajustado plan señala que después de correr los primeros 10 kilómetros en pista debe ir al gimnasio para trabajar la zona espinal y abdominal, bíceps, tríceps y hombros. Allí también levanta la barra de 105 kilos, su fuerza máxima.

 

Tres veces su propio peso.

 

Maldonado tiene 32 operaciones y una amputación de su pie izquierdo. Nació con artrogriposis de la cintura para abajo. Cuando en la década del ‘80 se acercó al instituto de rehabilitación psicofísica en Mar del Plata, no imaginaba ser maratonista ni mucho menos estar dentro de los cinco mejores del mundo. El cuerpo de Alejandro -como el del resto de lxs deportistas paralímpicos que estarán en Tokio- fuga, agrieta, fisura y fractura el sistema de cuerpos hegemónicos. Inquieta y perturba la perfección pretendida de los cuerpos modernos.

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En 2010, en una carrera en Nueva Zelanda, Alejandro sufrió una lesión en el hombro derecho que le provocó dos tendinitis y lo impulsó a dejar el deporte por un tiempo, a tomarse un descanso “tanto físico como mental”. Tardó nueve años en volver a competir. “En el universo del deporte, el entrenamiento se centra entre otras cosas, precisamente, en hacer soportable el dolor para el atleta, en empujar los límites a partir de los cuales empezaría a experimentar el sufrimiento”, señala Le Breton en su libro El cuerpo herido.

 

¿Cómo resuena el dolor? ¿Cómo se siente? Su intensidad establece los límites, para quedarse dentro de ellos o bien para ensancharlos, traspasarlos, desgarrarlos. 

 

La última vez que Francisco “Bebu” Verón no se pudo mover del dolor fue hace dos meses. Después de pelear cinco veces en cinco días y coronarse campeón de la categoría de 75 kilos en el Torneo Internacional de Turquía pasó 48 horas en cama. Aquella noche en el ring, frente al azerbaiyano Kamran Şahsuvarli, Verón estiró los límites. Extendió y tensó los músculos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, quince rounds. Y se agotó. Su cuerpo. Él.

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Proveniente de una familia de padre, abuelo y hermanos boxeadores, fue su propio hermano el primero que lo dejó tirado en el piso sin poder levantarse. Fue una noche en José León Suárez, en una exhibición, cuando Nicolás le metió un gancho bajo a la altura del estómago.

  

—Recibí manos duras, pero así se aprende —dice Bebu, que hoy se destaca como boxeador de larga distancia, como un tiempista del contragolpe.

 

Entrar y salir, acercarse y alejarse, mostrar y esquivar. El cuerpo como un instrumento percutor que marca el ritmo.

 

A sus 22 años, Bebu Verón participará por primera vez en un juego olímpico. 

 

Una vez más, como cada cuatro años, tendremos la oportunidad de descubrir los territorios y texturas posibles de los cuerpos, ver cómo se fragmentan los límites, cómo se estiran y estallan. De explorar composiciones y posibilidades inimaginables, de indagar en la precariedad y en la rotura de los cuerpos, en los tejidos que se forman y las hilachas que escapan de ese entramado. Una vez más, como cada cuatro años, podemos dejarnos afectar por esos cuerpos que tensionan la idea de la perfección moderna, se vuelven actos de fe, animales fabulosos de formas inacabadas, abstractas, para llevarnos más allá de lo conocido. Más allá, incluso, de lo que lxs propixs atletas conocen de sí mismxs.

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