Ensayo

Niñxs, adolescentes, redes sociales y fandoms literarios


La lectura no termina en un libro

“Los chicos no leen”. A esa idea, que el mundo adulto repite como un mantra, se le agrega una novedad, la aparente dualidad entre libros y tecnología: “no leen porque están todo el día con el celular”. En este ensayo, Paula Cuestas desmiente los diagnósticos adultocéntricos, explica por qué las recomendaciones de los bloggers, booktubers y bookstagrammers hoy tienen más peso que el suplemento cultural de un diario y cuenta cómo a partir de la lectura se consolidan lazos de amistad y comunidades en las que los y las jóvenes son protagonistas.

Que los chicos no leen, que están todo el día con el celular, que la falta de lectura ha llevado a una “pérdida de valores” que se traduce, indefectiblemente, en un embrutecimiento cultural. Apocalípticos y repetidos diagnósticos esgrimidos desde el mundo adulto para cuestionar prácticas lectoras -o la falta de prácticas lectoras- de niñas, niños y adolescentes. Así como hay adultos que no leen, siempre hubo chicos que no se sintieron atraídos por los libros y dedos acusatorios sobre esa falta. Lo que sí resulta novedoso es esta aparente dualidad entre libros y tecnologías (como si el libro no fuera una tecnología). Una ecuación en la que pareciera surgir la idea de que “a más pantallas, menos libros”.

 

¿Cuánto hay de cierto en estos diagnósticos? En el “Encuentro Internacional de Booktubers” de la última edición prepandémica de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires el booktuber y escritor español Javier Ruescas preguntó a un auditorio repleto de niñas, niños y adolescentes cuántos de los que estaban ahí soñaban con ser escritores. Cientos de manos se levantaron y agitaron en simultáneo. Un rato más tarde la reconocida editora y promotora de literatura juvenil Cristina Alemany condujo un evento en el que los protagonistas fueron decenas de booktubers locales e internacionales que tienen desde 8 mil hasta 600 mil seguidores en los canales en los que reseñan libros. La sala, con capacidad para mil personas, estaba absolutamente colmada. Arriba y abajo del escenario -algunos vestidos con uniformes escolares y buzos, bufandas, y gorros alusivos a Harry Potter, Los juegos del hambre y otros fandoms literarios- había miles de chicos y chicas que no sólo leen, sino que -como dijo Ruescas- “viven los libros”. Tienen un vínculo tan apasionado con la lectura que les lleva a elegir una carrera educativa, a volcarse por una vocación y a soñar con una profesión en el mundo literario.

 

Las escenas de la Feria del Libro no solo confirman la falsedad de que los chicos no leen, sino que demuestran que la lectura no es, ni de cerca, una actividad que se cierra en el acto mismo de leer ni una práctica meramente individual. Alrededor de las experiencias de lectura se consolidan lazos de amistad muy profundos y auténticas comunidades en las que las niñeces y la juventud tienen un lugar protagónico.

 

¿Cómo es que experiencias tan convocantes, como las de la Feria del Libro, parecen invisibles al ojo acusador adulto? Experiencias que además se sostienen en datos: según la última encuesta nacional de consumos culturales los chicos y chicas de 12 a 17 años son quienes más leen, seguido por la franja que va de los 18 a los 30. En medio de un contexto de crisis para el sector editorial los únicos números que parecen mantenerse más o menos estables (o incluso que han crecido) son los del sector infantil y juvenil. 

 

Tal vez es en el carácter masivo, eufórico y colorido que radica el desconcierto que generan estas novedosas experiencias lectoras. El argumento del desconcierto podría ser el siguiente: si se lee mucho (y rápido) es porque debe ser liviano, fácil, y, por consiguiente, “mala literatura”. Una mirada algo miserabilista y, sin lugar a dudas, adultocéntrica.

 

El booktuber Augusto Funes lo resume en esta frase: “Se dice que los booktubers solo leemos literatura juvenil, o comercial y basura, como la llaman algunos, y no leemos los clásicos, la literatura adulta o ‘profunda’. Es una contradicción inmensa, porque también escucho a la vez que dicen que los jóvenes no leemos en absoluto, pero cuando surgen medios que demuestran que no es así, se los acusa de leer mal. Entonces uno nunca se puede sentir validado como lector”. 

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Libros versus pantallas

 

Poner énfasis en las diferencias entre libros y pantallas impide ver la complementariedad entre lecturas y tecnologías. Frente al avance de las tecnologías digitales emergen nuevos soportes vinculados a las prácticas de lectura, como tablets, e-books y audiolibros, y aparecen actores que utilizan las redes sociales para hablar y reseñar libros. Los BBB: Bloggers, booktubers y bookstagrammers, cuyas recomendaciones literarias hoy son más significativas que la de cualquier suplemento cultural de un diario tradicional.

 

También surgen plataformas como Goodreads -una suerte de Facebook de lectores donde se comparten reseñas literarias, se rankean y se sortean libros- o Wattpad, la red de lectura y escritura más usada entre niños y jóvenes, que en Argentina ya cuenta con más de un millón de usuarios.

 

La industria editorial mira a Wattpad como un auténtico semillero de escritores. El caso más emblemático es el de After, de la estadounidense Anna Todd, que con más de 600 millones de lectores a nivel mundial, primero se volvió libro físico y algunos años después incluso llegó al cine. En Argentina, Jazmín Riera y Luis Ávila, sin llegar a números tan extraordinarios, también cosecharon millones de lecturas antes de ver sus textos editados y publicados por el Grupo Planeta. Muchas de estas historias nacen como una fanatic fiction (o fanfic), cruzando personajes y tramas conocidas con otras creadas por lectores devenidos en escritores (Cincuenta sombras de Grey tiene sus orígenes de este modo).

 

Estas experiencias traspasan los límites de la red. Con excepción de lo que significó la presentación de Sinceramente, el libro de Cristina Fernández de Kirchner, en 2019, las actividades más convocantes de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires son las de presentaciones o firmas de libros de autores y autoras relacionadas al público infantil y juvenil. También emergen propuestas sumamente convocantes a distintos eventos más allá de los libros mismos, como el Encuentro de Booktubers y Bookstagrammers, las charlas-debates en torno a alguna historia (como Harry Potter o Percy Jackson), mesas especiales sobre literatura juvenil y lenguaje inclusivo, el cuerpo en la literatura juvenil y mesas de poesía coordinadas por jóvenes. 

 

Si pensamos en la existencia de Wattpad, en la proliferación de fanfics y los relatos breves que circulan por las redes, es evidente que muchos jóvenes ya son de hecho escritores. Escriben en celulares, en tablets, en la computadora. Cuando tienen un rapto de iluminación también escriben en papelitos de sus carpetas, en la escuela. Y lo comparten para futuras lecturas, no sólo a través de publicaciones “en papel” sino (y cada vez más) en formatos digitales, con la posibilidad de un intercambio sin precedentes entre escritores y lectores.

 

La retroalimentación entre libros y pantallas rebalsa estas experiencias. Se alimenta también de la industria audiovisual con películas, sagas, booktrailers.

¿Qué leen los jóvenes?

 

Si bien los “cuentos clásicos infantiles”, como Caperucita Roja, La Cenicienta o Blancanieves, no fueron pensados originalmente para niños y niñas, su pasaje desde la tradición oral al papel y posteriormente su adaptación para los más pequeños, fueron conformando un mercado editorial específico. A lo largo del siglo XX, la canonización de ciertas obras por parte de la cultura escolar consolidó el segmento conocido como LIJ (literatura infantil-juvenil). A finales del milenio la publicación de Harry Potter rompió todos los récords de venta. 

Denostada por sus detractores -que veían aquí un fenómeno paraliterario, marketinero destinado a quedar en el olvido– y alabada por sus adeptos -que referían al milagro de esta historia y hasta le dedicaban canciones-, la lectura de esta saga se mixtura con la creación de un reino de fans: además de leer, estos lectores apasionados organizan encuentros y convenciones en los que recrean mundos mágicos. Actividades que convocan miles de personas.

 

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Más que por su contenido en sí mismo, lo novedoso fue que la publicación de los libros sobre este pequeño mago se vigorizó gracias a las pantallas. Por un lado, por la posibilidad que trajo la industria audiovisual, de la mano de Warner Bros y un abultado presupuesto, de ponerle cara a los personajes de la saga. Pero también por la expansión de Internet: pequeños potterheads empezaban entonces a usar las computadoras familiares ávidos de participar de foros para intercambiar pareceres sobre los libros, especular teorías sobre los que aún no habían sido publicados y contener la emoción ante la espera del siguiente tomo. 

 

Al ritmo que el intercambio entre lectores crecía, la industria editorial fue demarcando un nicho específico para las juventudes, distinguiendo cada vez más los libros catalogados como infantiles de aquellos pensados para el público juvenil. Con la complementariedad entre libros y películas llegaron sagas como Crepúsculo, Los juegos del hambre, Divergente, Percy Jackson, Maze Runner. Y también libros que sus lectores llaman como autoconclusivos, con historias más “realistas”, de la mano de autores como John Green. Novelas que abordan temáticas muy diversas que no escapan a los debates de coyuntura: diversidad sexual y de género (Que nos hace humanos), luchas en torno al movimiento feminista (Moxie), discriminación racial, aborto (Unpregnant), trastornos alimenticios, diversas enfermedades psiquiátricas, la muerte y el suicidio (Cartas de amor a los muertos, Por 13 razones) dificultades familiares y sociales en torno al consumo problemáticos de sustancias, entre otros tantos.

 

En el último lustro, los libros de lo que comercialmente se conoce como literatura Young Adult (YA) se multiplicaron, con catálogos que se caracterizan por una alta rotación de novedades y tiradas más pequeñas. Otro de sus “sellos distintivos” es que la mayoría de los autores de estos libros son extranjeros. Sobre todo, estadounidenses. Algo que no sorprende en un mercado concentrado y transnacionalizado como el editorial.

 

Estos libros desbordan, por mucho, las categorías con las que aprendimos a clasificar textos literarios en las clases de “Lengua y Literatura”. Fantasía, terror y ciencia ficción ya no parece ser suficiente. Ahora se habla de libros de “romance paranormal”, “crossover” o “urban fantasy” que cruzan los géneros más tradicionales. Por eso es que hay libros que se desarrollan en el presente con elementos medievales y que abordan problemáticas actuales. 

 

Otra categoría que puede encontrarse para organizar los catálogos es “Libros de Youtubers”. El caso más emblemático quizás sea el del chileno German Garmendia quien, con más de 42 millones de seguidores en su canal, revolucionó la Feria del Libro cuando presentó #ChupaElPerro en 2016. En Argentina, la periodista Pamela Stupia saltó con su Fashion Diaries de Blog a Youtube y de Youtube a Instagram y lleva 8 libros publicados con Planeta.

 

Otro condimento atractivo de estos libros es que suelen incorporar un registro de escritura de uso cotidiano, con pasajes de chats (cual intercambio de WhatsApp) o capturas que simulan ser una red social (Twitter e Instagram, sobre todo). Los autores son conscientes del uso que hacen los jóvenes de las redes. Lo incorporan a sus tramas y lo emplean como un recurso narrativo. Los nuevos libros para jóvenes se tejen en estos cruces.

 

Pero los jóvenes no solo leen libros de texto. Siguen leyendo muchas (pero muchas) novelas gráficas y, sobre todo, cómics y manga. Algo que se retroalimentó con el fabuloso multiverso creado por Marvel, en un caso, y con el animé y con otros consumos culturales como el k-pop, en el otro. Y obviamente, “los clásicos nunca fallan”. Estas lecturas, con condimentos novedosos, conviven en armonía con El mago de Oz, Romeo y Julieta o Vamos a calentar el sol. 

Lectura por contagio

 

Inspirados y entusiastas, los jóvenes abren cuentas de Blog, Youtube e Instagram y reseñan los libros que leen. Lectura de contagio, lo llaman algunos autores. Y el contagio es evidente. Los jóvenes van viendo a qué BBB seguir, quien tiene gustos similares a los suyos y van eligiendo sus próximas lecturas a partir de estas orientaciones. La forma entusiasta y apasionada en que reseñan libros y plantean desafíos literarios a otros lectores, ya sea a través de videos, con fotos o incluso con extensos escritos, es estimulante en sí misma.

 

En España y México hay booktubers como Javier Ruescas con unos 305 mil seguidores, Andreo Rowling con 165 mil o Clau Read Books con 600 mil. En Argentina, donde este fenómeno explotó un tiempo después, los números son algo más modestos. Los representantes locales con más seguidores tienen alrededor de 25 mil.

 

Los libros que reseñan los compran o los reciben de distintas editoriales con las que entablan una relación en tanto “colaboradores”. El libro es como el pago por la reseña. “¿Sabes la cantidad de plata que nos estás haciendo ahorrar?” dice el papá de Anto Romano, una de las primeras booktubers del país, quien abrió su canal allá por 2014. Anto o Hija de Poseidón, como se llamaba originalmente en sus redes en honor a una de sus sagas favoritas: Percy Jackson. Esta joven, que hoy cursa la carrera de Ciencias de la Comunicación, se entusiasma con las posibilidades que se abrieron para ella en el último tiempo en el mundo editorial. Ya no solo “colabora” sino que ahora también da charlas en eventos especiales organizados para el público juvenil en la Feria del Libro, ha presentado y entrevistado (en inglés) frente a una sala llena a reconocidos autores de literatura YA y es una de las encargadas de darle forma a las propuestas que desde la Movida Juvenil se organizan en la Feria. Como ella, tantos jóvenes más que trabajan en articulación con Fundación El Libro así como en tanto evaluadores de manuscritos, community managers, editores, directores de sellos editoriales y escritores, ya no solo “a cambio de un libro”.

 

En la carrera de Edición de la UBA son cada vez más los y las ingresantes que se acercan seducidos por la posibilidad de trabajar en torno a algo que comenzó como un hobby. Una década atrás era más difícil. “Cuando yo empecé a estudiar Edición en Puan con Leo nos sentíamos sapos de otro pozo. Todo el mundo estaba leyendo a Borges y nosotros Los juegos del hambre. Todo el mundo nos juzgaba por eso”, dice Melisa Corbetto, quien empezó a incursionar en la web compartiendo lecturas en Fotolog, luego en un foro de debate sobre la saga Crepúsculo hasta que finalmente abrió su Blog literario. Hoy, con 31 años, dirige el sello YA de V&R Editoras, uno de los más pujantes de ese mercado. Leo es Leonel Teti. Con menos de 30 años y, luego de haberse desempeñado como el primer director del cargo que actualmente ocupa Meli, es responsable de Puck, el sello juvenil de Ediciones Urano.

 

Pero no solo editan libros. Muchos jóvenes como Meli, Leo o Ruescas en España han logrado publicar “en papel” sus cuentos, poemas y novelas. Consagrados como BBB, la industria alienta la posibilidad de que puedan desarrollarse también como escritores.

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En los últimos años, ha cambiado la modalidad de formatos para acercarse a lo literario. Se leen cuentos, poemas y novelas y se sigue leyendo (¡y muchísimo!) comics y manga. Pero leer no es solo leer en papel. Se leen novelas en Wattpad, cuentos en blogs y hasta a través de hilos de Twitter. “Un hilo de Twitter es mejor a veces que una lección en la facultad”, dijo la booktuber conocida como Tormenta Literaria en una charla pública en la terraza del Centro Cultural Recoleta frente a decenas de lectores. 

 

Además de leer, los chicos escriben: novelas online, libros “en papel” y reseñas a partir de las cuales unos lectores se vinculan con otros. En estos cruces hasta parecen diluirse (aunque sólo en parte) algunas barreras entre productores y creadores de contenidos. Vínculos en principio más abiertos y horizontales donde cabe preguntarse aún por sus limitaciones y por las desigualdades en el acceso y en la formas de transitar estas experiencias.

 

De cualquier modo, es evidente que niñas, niños y jóvenes son actores protagónicos en estos mundos literarios. Vale la pena escapar un poco de la zona de confort y ver cómo viven los libros.