Crónica

Mauricio y Marcos: el fin de una relación política


Sin Peña ni olvido

Marcos Peña fue, quizás, el jefe de gabinete con más poder de la historia. Concentró la comunicación y la estrategia del gobierno nacional y administró el Estado. Pero, sobre todo, fue la sombra de Mauricio Macri. Desde que se separaron, el ex presidente rompió las cadenas ideológicas que le imponía su consigliere y se muestra más conservador que nunca. Hoy, aún sus más críticos lo extrañan: con Peña sólo no alcanza pero sin él no se puede.

A Marcos Peña no le gusta ver televisión. 

Pero el miércoles 25 de octubre al mediodía su celular estallaba de mensajes y no pudo contener la curiosidad. Desde su casa siguió la conferencia en la que Patricia Bullrich anunció su apoyo a Javier Milei, una jugada digitada por quien hace no tanto tiempo atrás era su alter ego. Ahí, la que fuera candidata de Juntos por el Cambio parafreaseó a San Martín y habló de la “patria en peligro” para defender el respaldo al libertario.

Cuando terminó, Peña estuvo un buen rato contestando mensajes. “No comments”, diría una y otra vez.

Con el televisor apagado y el celular lejos, se quedó pensando: del PRO que ayudó a construir ya queda muy poco. O nada.

***

Durante su paso por el gobierno nacional, Peña sumó una interminable lista de enemigos. Periodistas, políticos y empresarios que lo responsabilizaron por los errores del gobierno, por cada dólar que se iba del país, por cada dígito que subía la pobreza. Una bronca que en muchos casos pasó de lo político a lo personal. El círculo rojo, que llegó a detestarlo, usó casi siempre la misma metodología: decían cualquier barbaridad del entonces jefe de Gabinete pero con el cuidado de hacerlo con el grabador apagado.

“Hoy reivindico a Marcos Peña. Nos hace falta”.

Emilio Monzó

El único que dio la discusión en público, el único que marcó las diferencias en cada oportunidad que tuvo, y que lo hizo incluso desde el sillón de la presidencia de la Cámara de Diputados —desde donde levantó un monumento a la rosca—, fue Emilio Monzó. Sus palabras son sintomáticas del agujero que dejó el ex jefe de Gabinete en el espacio.

—Hoy reivindico a Marcos Peña. Nos hace falta.

Monzó está en su oficina, sentado en el mismo sillón en el que algunos años antes se acomodaron Mauricio Macri, Elisa Carrió y Ernesto Sanz para sellar la alianza Cambiemos. Todavía faltan algunos meses para que comience la campaña presidencial de 2023 en la que Juntos por el Cambio quedará afuera de la disputa presidencial. En este momento todavía es imposible imaginar que Macri dinamitará el espacio para convertirse en el interventor de la campaña de Javier Milei.

La nueva versión de la histórica frase “reivindico la rosca” —que en su momento se entendió como una indirecta de Monzó a Peña— es reveladora. Monzó pagó cara la osadía de enfrentarse a quien entonces tenía apenas un poco menos de poder que el Presidente. Quedó excluido de la toma de decisiones y se convirtió casi en un paria, al punto de que en las elecciones del 2021 terminó en la lista de Facundo Manes, que compitió contra la de Diego Santilli.

—Todas las diferencias que tuve con Marcos fueron políticas. Él estaba equivocado en no abrir la alianza, estaba equivocado con la idea de que el cambio iba a hacer desaparecer a la “vieja política”, y se tuvo que meter todos los manuales ya sabes en donde, después de las PASO, con las marchas por el país. Pero nunca nos pegamos abajo de la cintura, y por eso con Marcos sigo hablando, a diferencia de Macri. Con él que jamás volví a cruzar palabra.

Monzó hace referencia a algo que algunos suponían y que la experiencia, para muchos, terminó por confirmar: que con Peña no alcanza pero que sin él no se puede, una premisa que incluso Vidal pareció aceptar cuando lo sumó a su campaña porteña después de las PASO del 2021. La falta de una estrategia a nivel nacional, la ausencia de una misma línea de comunicación, el violento tire y afloje en el armado de las listas, la constante y rabiosa pulseada sobre el candidato en el 2023, el abandono de algunas costumbres típicas del espacio —como que el discurso se centre en una promesa de “cambio” hacia un futuro mejor más que en chicanas de coyuntura o en un furioso antikirchnerismo—, y, finalmente, el apoyo a Milei, llevaron a que más de uno de sus críticos extrañe a Peña. 

Las elecciones de 2021 fueron las primeras desde 2009 en las que Marcos no tuvo un rol central, las primeras en las que no salieron de su cabeza (y de la de Durán Barba) los lineamientos de la campaña, una novedad que tal vez puertas para afuera no se notó pero que dentro de Cambiemos fue evidente. En las presidenciales de 2023 la ausencia fue aún más notoria. Sobre todo en la manera de actuar de Mauricio Macri. Al no estar más Peña a su lado, el fundador del PRO rompió las cadenas comunicacionales e ideológicas que le imponía su consigliere. En el tramo final de la campaña Macri se mostró más conservador que nunca, reivindicó a alguien tan alejado de la idea del “cambio” como Menem, posó para la cámara con Donald Trump, habló abiertamente de privatizar empresas del Estado, dinamitó la campaña de Horacio Rodríguez Larreta, incomodó a su propia candidata al coquetear públicamente con uno de sus rivales y finalmente partió Juntos por el Cambio al sellar alianzas con La Libertad Avanza.

“Si Marcos hubiera estado en esta campaña hubiera sido todo muy diferente”.

Pablo Avelluto

“Ambos tenían que alejarse para volver a ser ellos, para volver a encontrarse con ellos mismos”, explica Pablo Avelluto, ex secretario de Cultura de Macri y uno de los que resiste la alianza del ex presidente con el libertario. “Hoy Marcos es más Marcos y Mauricio es más Mauricio. Lo que está claro es que si Marcos hubiera estado en esta campaña hubiera sido todo muy diferente. Creo que difícilmente Marcos hubiera aceptado la estrategia agresiva que tuvo Patricia tanto en las PASO como en la general. Y muchísimo menos hubiese encarado una campaña anclada en el pasado —el antikirchnerismo visceral—, sino que se hubiese centrado en una visión de futuro compartida por buena parte de la sociedad”.

Los que conocen bien a ambos creen que la distancia entre ellos se explica —principalmente— en cómo interpretan el pasado reciente: Macri cree que gobernó bien pero que el país no terminó de entenderlo, que fue un adelantado a su época y que la historia lo va a absolver. 

Peña no está tan seguro.

***

Marcos Peña pide un choripán en un puesto de la Costanera. Es la tarde del 10 de diciembre del 2019 y el termómetro alcanza los 37 grados. Detrás suyo transpiran Rogelio Frigerio, Guillermo Dietrich y otros seis miembros de la cúpula del PRO. Podría ser un almuerzo de trabajo más, si no fuera por un detalle: es su primer encuentro como ex funcionarios. Unos minutos antes abandonaron el Congreso de la Nación, donde acompañaron a Mauricio Macri en la entrega de la banda presidencial. En la transmisión casi no se los vio, pero en el mismo palco en el que estaban los nuevos ministros, un poco más al fondo, también estaban los salientes. De los ocho que almuerzan en la Costanera, siete piensan más o menos lo mismo.

—Los que estamos acá tenemos que armar un gabinete paralelo, un gabinete en las sombras. Hay que hacer el armado para volver al poder —sintetiza uno.

Los ex funcionarios se dan ánimos: vos ocúpate de esto, yo de lo otro, hay que reforzar el armado en tal provincia. Peña sigue la conversación de lejos. Cuando el hombre que durante los últimos cuatro años controló a los ministros y al espacio como si se le fuera la vida en eso abre la boca, la sorpresa es total.

—¿De qué gabinete hablan? Muchachos, lo nuestro ya está. Es el momento de una oposición nueva.

Al 2019, el peor de los 45 años de la vida de Marcos Peña, le quedan apenas 21 días. Los últimos meses los pasó con un ojo puesto en las reservas del Banco Central y el otro en el almanaque, como un chico que espera que suene la campana para irse del colegio. Con el año también termina su “aventura” —así define su experiencia en el gobierno y su carrera política— y el balance es agridulce. En dos décadas había pasado de ser un mochilero de pelo al ras que se colaba en barcos de carga en Taiwán o Irán a convertirse en el jefe de Gabinete con más poder de toda la historia argentina, coprotagonista de un gobierno con el que —estaba convencido— debería haber llegado una radical transformación cultural, social y política del país. El cambio, esa idea/marca de la que fue fundador y que luego se desinfló entre crisis económicas, endeudamientos masivos y malas decisiones. Ahora llegaba al fin de la gestión preocupado por su futuro, acosado por la responsabilidad en la derrota y las críticas sobre la dureza con la que ejerció el poder. 

"Muchachos, lo nuestro ya está. Es el momento de una oposición nueva".

Marcos Peña

Dos de los ocho ex funcionarios que están este mediodía en la Costanera usarán la misma idea para describir los primeros minutos de la nueva vida de Peña.

—Estaba aliviado, como si se hubiera sacado una mochila de encima.

Después de los choripanes, Peña no volvería a hablar con los medios, algo inédito para un político que hasta hace poco habitaba la cima del poder.

Más de cuatro años después todavía mantiene el silencio.

***

Marcos Peña y Mauricio Macri se conocieron por intermedio de Doris Capurro, una consultora de corazón peronista a quien al día de hoy sus amigos siguen atosigando por haberlos presentando. “Vos creaste un monstruo”, le dicen. Algunos días ella siente culpa.

Con 22 años, Marcos estaba en la recta final de su carrera de Ciencia Política en la Di Tella. Por medio de su amigo Santiago Capurro, hijo de Doris, consiguió su primer trabajo rentado como secretario en la fundación Creer y Crecer. A la ONG la comandaban Capurro, Francisco de Narváez (antes del “alika alikate”) y Macri, entonces presidente de Boca, que protagonizaba tapas de revistas por sus romances faranduleros.

Para fines de los noventa, cuando la fundación empezó a tomar un tinte político y el lanzamiento de Macri se adivinaba en el futuro cercano, Doris se abrió. Antes, el presidente xeneize le pidió un favor. Quería que le cediera al joven todoterreno. “Es que de toda la ONG, el único que laburaba en serio era Marcos”, recuerda Capurro. 

Macri y Peña construyeron una relación que, según a quién se le pregunte, va desde “simbiótica” hasta “psiquiátrica”.

En las dos décadas siguientes, Macri y Peña construyeron una relación que, según a quién se le pregunte, va desde “simbiótica” hasta “psiquiátrica”. Aunque hay algo que nadie pone en duda: es imposible entender a uno sin el otro.

Marcos, que al comienzo había visto en su nuevo jefe la opción más a mano para seguir cobrando un sueldo, llegó a depositar en Mauricio casi todos sus sueños y esperanzas. A él, un joven progresista (al estilo liberal demócrata norteamericano), de familia politizada, que se había criado en los Estados Unidos de Reagan y entrado en la madurez en la Argentina de Menem, lo sedujo el perfil de ese empresario cool que abandonaba su zona de confort para “cambiar las cosas”. La idea parecía sacada de uno de los manuales de política que estudiaba en la universidad.

Por eso Peña le dedicó gran parte de su vida: casi la mitad de sus 46 años los pasó trabajando para él. Fueron décadas de profunda devoción. Pero a lo Peña: con una distancia entre lo profesional y lo privado marcada a fuego. Jamás compartieron cenas con sus parejas ni se consideraron amigos.

—Mauricio y Marcos no eran dos personas: eran una sola —dice Avelluto, ghostwriter presidencial, que promete que un día va a sacar un libro titulado “MyM” para ampliar esta idea.

“Mauricio y Marcos no eran dos personas: eran una sola”.

Pablo Avelluto

Macri fue el mentor soñado de aquel joven ilusionado. Lo escuchó y le dio lugar en su armado, y con el paso de los años las opiniones de Peña llegaron a ser determinantes para su jefe. Había algo en el rol que le otorgó —y esto Peña lo sabía, e incluso lo trabajó con astucia— que respondía a su costado más calculador: sabía que él, a diferencia de casi todos los que lo rodeaban, no pretendía que su apellido figurase en primer lugar. Sería, por lo tanto, un soldado leal.

El consigliere perfecto para ese calabrés desconfiado.

***

Macri le había contado a varios, antes de asumir, que quería que Peña fuera el Secretario General de la Presidencia, un rol que se asemejaba más a las funciones que venía teniendo en el Gobierno de la Ciudad (y que finalmente sería para Fernando de Andreis). Pero para sorpresa de casi todo Cambiemos, sobre el final de 2015, Macri le pidió que se convirtiera en su jefe de Gabinete.

—Ahí arrancó el quilombo. Durante años yo me ocupaba de la política, Horacio de la gestión y Marcos de la estrategia, de la comunicación, de la campaña. Pero de un día para el otro Marcos se hizo cargo de todo, absorbió los tres roles, y se metió con cosas que nunca había hecho, para las que no se había preparado —dice Emilio Monzó, el primero al que Peña fue a abrazar cuando dijo sí, juro el 10 de diciembre de 2015.

Peña tiene su propia interpretación. Es matemática. Dice que cuando uno es legislador porteño lo conoce el 3 por ciento de la Ciudad, y cuando se asume un cargo en ese ejecutivo el número trepa hasta el 20. Pero el crecimiento real, el que confunde, es el que viene con la jura para un cargo nacional. “De un día para el otro salís a la calle y de repente no podés ir más a hacer las compras, no podes salir a dar una vuelta en la plaza, no podés tener la misma vida. Nadie te entrena para eso y nadie te lo cuenta. A nosotros nos pasó que no estábamos preparados para dar el salto de la Ciudad a la Nación”, es una reflexión que suele compartir el ex jefe de Gabinete.

“Durante años yo me ocupaba de la política, Horacio de la gestión y Marcos de la estrategia, de la comunicación, de la campaña. Pero de un día para el otro Marcos se hizo cargo de todo y se metió con cosas para las que no se había preparado”.

—Fue un jefe de Gabinete con una particularidad: tuvo mucho poder dentro del Gobierno pero también dentro de su partido, acumuló esos dos poderes. Fue un actor clave en la construcción de la marca PRO, en la idea que tiene que ser un partido post ideológico, pragmático, la idea de un “partido moderno del siglo XXI”. Y también moldeó al líder, moldeó a Macri —dice el sociólogo Gabriel Vommaro, uno de los autores de Mundo PRO.

Desde ese lugar, y con el mareo a cuestas, Peña concentró durante cuatro años la comunicación, la estrategia y definió el perfil del Presidente, pero también se metió en terreno virgen para él: la administración del Estado, el día a día de cada ministerio, la designación de funcionarios, la relación con la oposición, el armado político y el posicionamiento internacional. No sólo en la Casa Rosada y en la Ciudad: el jefe de Gabinete orbitó y controló el país desde el despacho contiguo al del Presidente.

***

—Ustedes llegaron a donde están por mí, sorete. Vos llegaste a donde estás por mí. ¿Y ahora me venís a hacer esto?

El que escupía bilis del otro lado del teléfono era un reconocido periodista, de los que daba —y sigue dando— batalla desde una trinchera de la grieta tanto en radio como en televisión. El que recibía los insultos era el jefe de Gabinete: eran los primeros días de 2016. Peña acaba de recortar la pauta publicitaria en un drástico 75 por ciento. 

“Ustedes llegaron a donde están por mí, sorete. Vos llegaste a donde estás por mí. ¿Y ahora me venís a hacer esto?”. El que escupía bilis del otro lado del teléfono era un reconocido periodista.

El Marcos Peña de hoy reconoce que comenzar así su gestión fue un error y un acto de soberbia, y piensa que la idea de él como el malo de la película comenzó a gestarse en esa decisión. 

—Vos tenés que entender que los medios ya no le hablan a nadie. La gente se maneja por las redes sociales y ustedes van a ir desapareciendo. ¿No entienden lo que está pasando, no? Está cambiando Argentina —dijo Peña antes de cortar el teléfono.

***

Peña cruzó la puerta que comunicaba su despacho con el del presidente y se sentó frente a Macri. Era enero de 2019.

—Mauricio, te quiero avisar que, aunque ganes, este es mi último año como jefe de Gabinete. Yo me voy.

Cuando Macri había llegado a la Casa Rosada, su jefe de Gabinete era —junto al estratega Jaime Durán Barba, el ex intendente porteño Carlos Grosso y Nicolás Caputo, su “hermano del alma”— una de las pocas personas capaces de hacerlo cambiar de opinión. El Presidente manejaba un espacio político de miles de personas, se sentaba con gobernadores, intendentes, empresarios y dirigentes de casi todos los colores políticos, pero sólo tenía un par de “ojos y oídos” para ver y escuchar ese país que gobernaba y que, parece, nunca terminó de entender.

Macri, con los años y el desgaste de la gestión, se fue cerrando sobre Peña de la misma manera en que Peña se fue cerrando sobre sí mismo. 

Macri, con los años y el desgaste de la gestión, se fue cerrando sobre Peña de la misma manera en que Peña se fue cerrando sobre sí mismo.

Marcos y Mauricio habían pasado de ser secretario y jefe a legislador porteño y político en ascenso, a secretario general de la Ciudad y jefe de gobierno porteño y, finalmente, a jefe de Gabinete y Presidente. En esos veinte años meteóricos pasó de todo. Pero nunca habían tenido una charla como la que tuvieron esa tarde de enero de 2019.

La renuncia adelantada de Peña a Macri fue un secreto bajo siete llaves. Era mucho más que una decisión para oxigenar el espacio o para relanzar el Gabinete: era la prueba definitiva de que algo entre ellos —entre el líder y su consejero leal— se había quebrado. Desde entonces la relación no volvería a ser igual.

***

Macri está sorprendido. Desde que se “divorciaron” —palabra que usan varios en su círculo— mantiene contactos esporádicos con Peña. Los que lo frecuentan cuentan que cada tanto el ex Presidente pregunta: 

—¿Alguien sabe en qué anda Marcos?

Como a quien le da curiosidad saber de la vida de un excompañero de colegio. Eso era antes: ahora sabe en qué anda Peña, y le cuesta creerlo.

Quizás sea porque todavía tiene fresca la reunión del miércoles 17 de agosto del 2019. Aquella mañana, con las heridas de la paliza electoral sangrando a cielo abierto, recibió a Larreta y a Vidal en la Quinta de Olivos. El tema en agenda era qué hacer con Peña, a quien muchos veían como el mariscal de la derrota. El jefe de gobierno porteño y la entonces gobernadora lo tenían claro.

—Mauricio, hay que dar un gesto político importante. Un cambio drástico.

La que llevó la voz cantante de la asonada fue Vidal. Ella siempre tuvo una relación tirante con la mano derecha de Macri. Algunos dicen que fue el roce del poder. Larreta, en cambio, siempre fue más pragmático. Durante los años de Mauricio como jefe de gobierno porteño compitió con Marcos por el amor del jefe, pero desde lejos: uno se ocupaba de la estrategia y la comunicación y otro de la gestión, una distancia que se acrecentó cuando uno fue al gabinete nacional y al otro le tocó comandar el gobierno de la Ciudad.

Peña, muy en el fondo, veía a Larreta como alguien que todavía conservaba los vicios de la vieja política (la rosca, los acuerdos secretos), el hogar donde Horacio se crió y que, creía Marcos, iba a desaparecer gracias al Cambio.

Aquella no era la primera vez que a Macri le exigían la cabeza de Peña. La primera fue durante el fin de semana de septiembre de 2018, cuando los popes de Cambiemos, asustados por una estampida en el precio del dólar, se reunieron durante tres días a deliberar en la Quinta de Olivos. Todo el país siguió aquel cónclave de urgencia al que Larreta entró convencido de que llegaba como jefe de gobierno porteño pero que iba a salir —aún contra su voluntad— como jefe de Gabinete de la Nación. En esos días de furia, al ala política del PRO, a la UCR y al círculo rojo los unía la misión de eyectar a Marcos de su asiento. Pero el encuentro no terminó en tragedia sino en comedia. Luego de setenta y dos horas de deliberación frenética al único que echaron fue a Mario Quintana, segundo de Peña, una decisión que al día de hoy el ex dueño de Farmacity no le perdona a Macri.

Desde entonces los complots contra Peña casi se convirtieron en parte de la rutina de Cambiemos. Emilio Monzó, a comienzos de 2019, llegó a proponerle a Macri que lo echara para reemplazarlo por un viejo conocido suyo de Tucumán: Juan Luis Manzur tenía todo arreglado para suceder a Peña, aunque el plan jamás prosperó.

Sin embargo, aquel miércoles post PASO fue distinto. Eran los miembros de la mesa más chica del PRO los que estaban sedientos de sangre. Y ocurrió algo que jamás había pasado en todos los intentos previos, algo que tanto Peña como Macri prefieren olvidar: el entonces presidente, apurado por Larreta y Vidal, golpeado por la derrota y extenuado por casi cuatro años de una compleja gestión y tres días al hilo sin poder dormir bien, dijo que sí. 

Dijo que iba a echar a Peña.

—Fueron días de locos. En el PRO veníamos de ganar todas las elecciones desde el 2005, y nadie, ni Mauricio, ni María Eugenia, ni Horacio, estaban acostumbrados a perder. Se lo tomaron muy mal. Mauricio se encerró por 15 días y no habló con nadie. No sólo se la agarró con Marcos, sino también conmigo —recuerda Durán Barba.

Alguien filtró las novedades y Radio Mitre anunció que Rogelio Frigerio sería el nuevo jefe de Gabinete. 

Aquél jueves era también el último día de Elisa Carrió en la casa que alquilaba en Exaltación de la Cruz. Lilita se estaba mudando a un hogar que había comprado —en el que todavía vive— cuando se enteró del putsch para reemplazar a Peña, alguien de quien siempre habló pestes. Cuando ella agarró el teléfono para llamar al Presidente, en su antigua vivienda quedaba sólo una silla de plástico blanca. 

—¡Mauricio, vos estás loco! ¡Vos no entendés nada de política! ¿No ves que si entregas a Marcos después van a ir por vos? ¡Nos quieren llevar puestos! ¡El peronismo te va a poner un jefe de Gabinete y después te va a copar todo el Gobierno! ¡Me van a tener que matar primero, pero a Peña no le vas a aceptar la renuncia!

Son varios en Cambiemos —entre los que se anota Marcos— los que creen que desde esa silla de jardín en la casa casi vacía, Lilita cambió la historia del país: piensan que si se iba Peña luego de las PASO la sensación de derrota se iba a extender hasta lograr un peor desempeño en las generales. De haber sido así, el Frente de Todos hubiera comenzado su mandato con una mayoría absoluta en ambas Cámaras.

Pero estas son especulaciones, maneras de entender la política. De todo el episodio lo único que queda es una única certeza: que el sí original de Macri, su bendición al plan del recambio, llegó hasta los oídos de Marcos.

Por eso el ex Presidente se sorprendió cuando Peña lo llamó para avisarle —¿o para pedir su bendición?— que se iba a sumar como asesor externo a la campaña porteña de Vidal del año pasado. Tiene sentido: el ex presidente todavía no se olvida que ella —entre otros— lo empujó a traicionar a su consigliere.

***

—Marcos está mal contado. Un día, cuando tenga ganas, él mismo va a contar su historia, pero no va a ser hoy. Ahora acaba de volver de Malvinas —dice Rosendo Grobocopatel, secretario privado de Peña de 2012 a 2019 y líder de la comunicación del PRO a nivel nacional.

El joven, hijo del empresario sojero Gustavo Grobocopatel, se presenta como peñólogo. Credenciales no le faltan. Durante los cuatro años de Cambiemos fue la última persona a la que Peña veía antes de ir al baño —su escritorio, en la oficina de Jefatura, quedaba al lado del toilette—. Hoy posee un bien único en el mundo: un pendrive en el que tiene taquigrafiadas cada una de sus intervenciones públicas —entrevistas o discursos— y las anotaciones de sus encuentros privados. 

Peña está mal contado, pero porque él prefirió el silencio. Es el responsable de que a su historia la escriban otros, en especial los que nunca lo quisieron.

***

Peña procuró ser, antes que nada, el pararrayos de las críticas, enojos y frustraciones de los ciudadanos, la oposición e incluso de los miembros de la coalición hacia Macri. Subordinó la administración, el armado político, la estrategia, el rumbo del Gobierno e incluso su bienestar personal ante la sagrada misión de proteger al líder. Por eso, como dijo su esposa en un posteo en Instagram, “pagó costos imposibles”. Muchas veces lo hizo aún cuando no coincidía con las decisiones presidenciales. 

Peña procuró ser, antes que nada, el pararrayos de las críticas, enojos y frustraciones.

Uno de los ejemplos más claros fue en el área de Seguridad. Muchas veces discutió con Macri y con Patricia Bullrich sobre el accionar de las fuerzas federales. Se cruzaron cuando Santiago Maldonado desapareció durante una represión de Gendarmería en la Patagonia y durante la represión en el Congreso por la reforma previsional. “Yo sería más duro contra las protestas pero Marcos no me deja”, se quejaba en privado en esos días, a fines del 2017, el entonces presidente. 

Macri fue un paso más allá: en las reuniones que tuvo entre el primero y el segundo intento de aprobar la ley —14 y 19 de diciembre— le mostró a su equipo un video de una furiosa represión en Canadá, como si fuera el ejemplo a seguir. Peña, a su lado, se agarraba la cabeza. Todo este debate jamás llegó al público. Ante los medios, Peña defendió a Bullrich a capa y espada —“una muy buena ministra”—. Los títulos de aquellos días se enfocaron en él, y hasta los diputados del Frente para la Victoria organizaron una conferencia en la que señalaron:  “Peña habla de violencia pero la violencia la genera él”. Cuando Mantero, su esposa, habla de “costos imposibles” piensa en escenas como esta.

La lista de errores que le adjudican a Peña es interminable: que manejaba la economía, que fue suya la idea de levantar el cepo e ir con el FMI, que echó a Susana Malcorra, Alfonso Prat Gay, Carlos Melconian y a otros funcionarios por un capricho, que movía los hilos de un ejército de trolls que acosaba a opositores, que quería aniquilar al periodismo, que por egoísmo no quiso sumar a la coalición a los peronistas díscolos, que manipulaba a Macri, que taponaba el ascenso de los que le caían mal o pudieran hacerle sombra, que el ego le nublaba la vista, que le desagradaban los grandes próceres nacionales y por eso los quería borrar de la historia, que las decisiones electorales sólo las podía tomar él, que se reunía con jueces con la idea de meter presa a Cristina, que, sencillamente, se manejaba con los modos de un dictador en potencia. Cuando habla con sus cercanos, él los llama “los mitos de Marcos Peña”, en tercera persona.

Aunque algunas historias son bastante más ciertas que otras, Peña se lanzó encima de cada una de esas granadas sin titubear y así evitar que cualquier esquirla pudiera llegar a lastimar al presidente. Por eso todavía no está listo para contar su historia. Las heridas todavía sangran.

De los que estuvieron en la primera línea de combate de ese Gobierno hay sólo uno que es tan resistido como Peña. Es Jaime Durán Barba su mentor profesional e ideológico, que llegó —al país y a Marcos— en 2007.

Después del macrismo, cuando todos le ponían fecha y hora a la muerte política del ex jefe de Gabinete, Durán Barba lo sumó a su consultora internacional y le abrió una cartera de clientes que incluye desde Guillermo Lasso en Ecuador a candidatos en Brasil, Chile y México, y también a seminarios en universidades premium de Estados Unidos. Peña no es lo único que Durán Barba se llevó, en su retirada estratégica y pandémica, de vuelta a su Ecuador natal. Del otro lado del Zoom arma un mate con sorprendente habilidad, usa un poco de los kilos de yerba que guarda como un tesoro.

—Hay que entender que Marcos fue un inútil como jefe de Gabinete —dice Durán Barba, cuando faltan todavía algunos meses para que arranque el año electoral—. Es incapaz de tener una charla con alguien que no considera interesante, no le sale quedarse hasta cualquier hora cenando con algún gobernador, no quiere entregar contratos a amigos o familiares ni hacer favores, no se mete en la rosca, nunca te va a preguntar cómo anda tu hijo ni te va a invitar a cenar. Tiene una desconexión total con el mundo real, y por eso lo quiero como a un hijo: es igualito a mí.

***

Durante los cuatro años de Cambiemos, Hernán Iglesias Illia no sólo fue el mejor amigo de Peña en la Casa Rosada: fue la única amistad real que tuvo ahí. En el manual de vida del jefe de Gabinete, donde lo profesional y lo personal no se tocan, el entonces titular de Comunicación era la única excepción.

—Todos pensaban eso, me veían como el “mejor amigo” —cuenta el ex funcionario y periodista, ahora director de la revista Seúl, el house organ de los halcones de Cambiemos—. Pero hay algo que nadie entiende: yo no sé, y nunca supe, cómo está Marcos, si está feliz o triste, qué le anda pasando en la cabeza, qué piensa de su futuro. Me lo preguntaron muchas veces, pero yo no sé quién es realmente Marcos Peña.

Illia habla de lo indescifrable que es su amigo un día antes de una cena que tiene agendada con él, en la casa que no conocen Macri, Larreta ni Vidal. Armar el rompecabezas de Peña, entender a quien fue quizás el jefe de gabinete con más poder de toda la historia argentina, es imposible. Aún hasta para sus más cercanos. Por eso, desde que dejó el gobierno y entró en un silencio de clausura, Peña no buscó otra cosa que volver. Volver a sí mismo.

Primero, a principios de 2020, le pidió a sus colaboradores más cercanos que le escribieran una carta, una “crítica”, no sobre el Gobierno sino sobre su rol como Jefe de Gabinete, como jefe y como persona. Algo de lo que leyó lo debe haber marcado: “te cerraste” y “dejaste de escuchar”, fueron las frases más repetidas de la decena de textos que recibió.

A principios de 2020 le pidió a sus colaboradores que le escribieran una “crítica” sobre su rol como Jefe de Gabinete: “te cerraste” y “dejaste de escuchar”.

Luego Peña elevó esa búsqueda a otro nivel. Mantuvo medio centenar de reuniones —algunas presenciales y otras, cuando llegó la pandemia, virtuales— con los funcionarios con los que más cruces había tenido. María Eugenia Vidal, Miguel Ángel Pichetto, Jesús Rodríguez, Nicolás Massot, Federico Salvai, Ernesto Sanz, Frigerio, Emilio Monzó, y siguen las firmas. En esos encuentros con sus antiguos rivales internos se habló mucho más de sensaciones y sentimientos que de política. 

—Estaba reconstruyéndose —dice Monzó. 

De todo esto, y de su experiencia en la gestión, pensó en hacer un libro, y de hecho comenzó a escribirlo. En el medio se arrepintió, en especial porque publicarlo significaba volver a levantar el perfil, empezar a dar entrevistas y por lo tanto salir al cruce de “los mitos”. Algo de lo que pensaba contar en el texto que nunca terminó salió en un ensayo de 14 páginas que publicó publicó a fines de 2021 titulado “Un nuevo liderazgo político para el siglo XXI”.

Este Peña reapareció como la contracara del Peña ultracalculador y frío que conoció Argentina durante su etapa en el Gabinete. “Estaba exhausto y decidí alejarme para tomar perspectiva”, “para ayudar a otros uno tiene que cuidarse uno mismo”, “(la gestión) te aparta de una mirada más integral de tu persona, generando potenciales problemas de salud mental, física y emocional que terminan potenciando la autosuficiencia y la dificultad para conectarse emocionalmente, más desconectado de las emociones, menos capaz de empatizar con otras personas”, “hay que ayudar (a los políticos del futuro) a conocerse a sí mismos, cuidarse, prepararse mentalmente, emocionalmente y físicamente para la tarea híper exigente de gobernar sin perder contacto con su humanidad”, “el liderazgo debe ser más humano, más colaborativo, más grupal, más conectado con las emociones y más humilde”, son algunas de las reflexiones de ese ensayo.

En privado, Peña es aún más crudo:

—Ningún ser humano puede ni debe ser cuatro años Jefe de Gabinete. No le recomendaría ni a mi peor enemigo estar más de dos ahí.

En los encuentros de transición que mantuvo con Santiago Cafiero —su reemplazante— pensó en esto, pero no se lo dijo. También se quedó con la idea de que no había manera de que el experimento del Frente de Todos terminara bien, y cuando dos años después la crisis de las PASO se llevó puesto a su reemplazante, sintió algo parecido a la empatía. “El tiempo ordena, pone las cosas en su lugar”, es una idea que usa para explicar que la adrenalina de una gestión tapa la realidad y sobredimensiona la importancia de algún funcionario. 

***

Marcos Peña hizo de su casa un templo de la privacidad que ni Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta o María Eugenia Vidal llegaron a conocer. En una de las paredes del living cuelga un cuadro que le regaló su esposa, la periodista Luciana Mantero, con la primera entrevista que le hicieron a quien 12 años después asumiría como jefe de Gabinete de la Nación. “No voy a dejar que la política se meta con mi vida personal”, decía el título del diario Clarín.

Hasta bien entrado el gobierno de Cambiemos, Peña miraba ese cuadro con orgullo. Pero en algún momento de los últimos años de la administración de Cambiemos, cuando la economía se hundía y el invicto electoral del macrismo estaba por conocer su fin, algo se rompió. Peña sintió que había traicionado su promesa. O que había traicionado a su mujer y a su familia. O a sí mismo. O a todos.

Esta es la historia de esa traición.