Crónica

Bilardo después de Bilardo


Polaroids de locura ordinaria

Es una leyenda viva del fútbol argentino pero de su pasado de gloria no conserva copas, medallas, ni siquiera fotos. Con su estilo de juego y una narrativa donde sólo importaba ganar, dividió las aguas del fútbol aunque hoy coseche más reconocimiento que broncas. Hace poco lo echaron de la radio, donde todas las noches se despachaba sin red sobre cualquier tema. Bilardo, vida cotidiana de un campeón impredecible.

—Me echaron mal. Como un perro. Nadie me avisó; ni una explicación, nada. El portero nomás. Guardia, en realidad. Portero no, está mal dicho. Es guardia de seguridad. Me conoce de años. Vino y me dijo: “usted, Carlos, no está más”. Chau. Y todavía, te juro, no sé por qué. No sé qué hice.

Son las tres y media de la tarde del 31 de enero del 2018 y Carlos Salvador Bilardo recapitula después de un intento fallido de siesta. Da vueltas por el living de su casa y medita ir por segunda vez en el día a su estudio, tres oficinas montadas en el hotel Las Naciones, sobre la Avenida Corrientes. Estuvo hasta el mediodía recorriendo el microcentro porteño pero admite que necesita volver porque no aguanta estar quieto. A pesar del calor. A pesar, incluso, de la bronca y la incertidumbre que aún a esas horas emergen.

—Ahora ya se me pasó bastante, pero al principio me mató. Pum. Me vine abajo. Bronca, era una bronca bárbara porque nadie te dice nada. Es por esto y por esto. Y uno escucha, entiende. Pero acá no: nada. Nadie me dijo nada.

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Él no lo sabe, o dice no saberlo, pero esa tarde se cumple un mes de que lo dejaran sin su histórico programa de radio en AM La Red. Pero el suyo, raro para estos tiempos, no fue un despido que despertara demasiada queja o lamento entre colegas, compañeros y ajenos. Casi lo contrario. Hubo poca empatía y mucha sorna de panelistas y redes sociales. Un mes. Y recién ahora, dice él, empezó a recuperarse del que, repite en monocordia bilardiana, fue de los peores golpes que recibió en toda su vida.

—Veinte años. Más de veinte años que laburo ahí. La radio era muy importante para mí. Era lo que me acomodaba. Mi lugar.

Lo dice y se queda callado. La perplejidad cambia a desazón y la desazón se hace ahora un silencio que no termina nunca. Un mes. Pero el Doctor, insiste, todavía no sabe por qué.

***

Era una madrugada fría de fines de septiembre de 2017, tres meses antes del despido, y el Doctor Bilardo iba y venía por el mismo living con el teléfono pegado a la oreja. Recién había llegado del programa y, pese a que andaba de un lado al otro desde las siete y media de la mañana sin aflojar un instante, ni siquiera un rato, el cansancio era cosa anormal en sus normales días de vértigo y opciones inciertas. Al otro lado de la línea querían acordar un encuentro pero con él, se sabía, todo acuerdo podía derivar en un escenario de muchos enredos y pocas certezas.

—¿Qué carajo hago mañana? Qué se yo. Ni idea. Voy, vengo. Estoy en un lado, estoy en otro. Pero qué se yo dónde. No puedo saber nunca…

Cada tanto salía de la cocina y le consultaba algún horario a Gloria, la mujer con la que acababan de cumplir cincuenta años de casados, y retomaba el diálogo con un tono que era desconcierto y ansiedad al mismo tiempo.

—En el centro nos podemos encontrar seguro. Pasa que ando por tantos lados que no tengo ni idea. En el centro, mejor. Al centro voy. Seguro, seguro. O qué se yo. No sé. Llamame mañana y arreglamos ahí.

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Ironía o pura lógica del destino, el hombre que hizo de la planificación un estilo de vida y de su culto una obsesión, campeón del mundo con la Selección de fútbol y gloria eterna de Estudiantes de La Plata, era en esa desvelada madrugada de septiembre, trece años después de haber dirigido su último partido, el mismo que no sabía lo que haría al otro día o, a veces, varias veces, dónde le tocaría estar en la hora siguiente. Al Doctor Bilardo se lo veía incapaz de planificar nada.

—Nada –admitió con una sonrisa infantil que le brotó desde el fondo de la sinceridad, dichoso-. No puedo planificar nada con mucha anticipación porque nunca se sabe lo que puede salir. Voy, vengo. No paro. Antes anotaba en un cuaderno para organizarme un poco pero ya no lo uso. Lo dejo en casa. Me gusta así; no saber nada y que sea lo que sea.

—¿Siempre fue así?

—Siempre, siempre. Antes era peor: nada dormía. Dos, tres horas como mucho. Ahora descanso más pero igual no paro. No puedo. En casa estoy un rato y ya me desespero: tengo que salir. Hacer algo. Siempre hay algo para hacer. Ir a ver a un amigo. Una charla acá, otra allá. Reuniones, conferencias. Te invitan de un lado y tenés que ir. Además estar quieto no puedo. No aguanto. Me gusta ir, venir; andar por acá, por allá. Qué sé yo: a veces ni sé para dónde voy pero voy igual…

—¿Gloria qué le dice?

—Desde que no estoy en el fútbol le dedico más tiempo. Me banca, todas me banca. Y sabe lo que yo la quiero. ¿Qué va a hacer? Me conoció así y sabe que a esta altura no voy a cambiar.

—¿Y el resto de su familia?

—Ellos también me bancan. Un montón. Saben cómo soy, me respetan. Siempre me respetaron.

—¿Se hace tiempo para ellos?

—Me hago, me hago. A mi hija (Daniela) estuve años sin verla. Me perdí un montón de cosas. Qué se yo. Todo me perdí. Ahora con mi nieto es distinto. Los fines de semana nos juntamos y ese tiempo estoy con ellos. Comparto más con mi nieto que lo que compartí con mi hija. Pero ella no me reprocha. Nunca me reprochó. A veces decían que fui un padre que no estuve. Que no estuve en los momentos más importantes, ojo. Y por ahí tenían razón. Pero mi hija nunca me pasó factura de nada, nunca. Un día me dijo: si fuiste un mal padre lo tengo que decir yo y nadie más. Y tiene razón, creo.

Bilardo cumplió 80 años el 16 de marzo. Con una fama reconocida en los más estrambóticos puntos del planeta, Bilardo tiene un currículum que deslumbra: recibido de médico en la Facultad de Medicina de la UBA y director técnico desde que era jugador, fue campeón del Mundo en México 86 y Subcampeón cuatro años después con la Selección Nacional en el  Mundial de Italia 90; obtuvo un título como DT de Estudiantes en el Metropolitano del 82 y varias copas como jugador en el equipo de toda su vida (tres Libertadores, una Interamericana y la Copa del Mundo frente al poderoso Manchester United inglés en 1968). De todas esas conquistas, endiosadas en la cima del paraíso futbolero, no conserva fotos, medallas ni recortes de diarios. Como si su pasado, en realidad, fuera leyenda.

Bilardo. El Doctor Bilardo. Lejos de cualquier estereotipo, al margen del encasillamento inevitable y a tono con una extravagancia genuina en tiempos de impostación y doblez, Bilardo, el Doctor Bilardo, resulta un personaje cuya desmesura se traza tan auténtica como su trayectoria. No simula: es. Se le recuerdan osadías y ocurrencias memorables lo mismo que desatinos para el olvido. Y no para. No para nunca, el Doctor. Se acuesta recién a las dos o a las tres y para dormir, todas las noches y desde siempre, tiene que tomar un sedante que lo ayude a calmar un poco tanto desvarío y tara autoinfligida.

—Tomo porque necesito bajar —reconoció esa madrugada, yendo y viniendo por el living—. Si no me mando la pastilla no aflojo, no duermo. Vengo tan enchufado que no apago la cabeza nunca.

—¿Nada lo relaja?

Faltaba poco para las dos y Bilardo habló de pronto con la clarividencia y precisión de un poseído.

—El programa —respondió—. Cuando estoy en el aire bajo, es otra cosa.

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Aunque hacía ya veintidós años que lo tenía entre sus obligaciones e incorporado por completo a la rutina diaria, La hora de Bilardo, el programa que conducía en las medianoches de radio La Red, era en ese entonces, casi tres meses antes del despido, de las pocas cosas que lo apaciguaba un poco.

—La radio para mí es como ir al psicólogo. Nunca fui al psicólogo ni al psiquiatra, nunca, pero pienso que es algo bueno, que ayuda. A mí la radio me hace bárbaro. Me mantiene activo.

Bilardo no preparaba nada para su programa de radio. Saltaba sin red. Había días en que el programa no salía y otros días en que salía en otros horarios, según la grilla de partidos de fútbol. A él le avisaban un par de horas antes y se iba al estudio. Lo único que sabía era que comenzaba su programa diciendo “Buenas noches, mundo”.

***

En el universo Bilardo conviven un sinfín de episodios de dimensiones heróicas con otras tantas insólitas y ridículas hasta lo bizarro. Hay de todo y para todos: desde que se disfrazaba de mujer colla para espiar a sus jugadores en los días previos al Mundial de México, cuando el plantel argentino se concentraba en Tilcara, hasta la tarde de febrero que decidió salir al estadio Monumental con una botella de champagne e inmortalizar el ya célebre grito de es gatorei, señorita.

Bilardo es una fábrica de anécdotas. Un universo.

—Impredecible —dice Gloria—. Yo nunca sé para dónde va a salir. Nadie sabe, en realidad. A veces ni siquiera él.

Ya lejos de las canchas y de los escritorios que supo frecuentar en la Asociación del Fútbol Argentino, en tiempos de Don Julio Humberto Grondona, el impredecible Bilardo hace gala aún hoy de un repertorio de historias que descolocan. Hace poco, a mediados del año pasado, fue noticia luego de que se viralizara una imagen suya, desalineado y con la mirada al frente, viajando en la línea D del subterráneo ante el asombro de una pasajera sentada a su lado. Era una instantánea que despertó ironías y defensas. Un Bilardo al natural e inspiración inevitable para detractores y devotos.

Jueves, 19hs, estación Catedral. Bilardo espera el subte y pega onda con una chica. Después se sube y la gente le saca fotos para twitter, escribió el usuario que tomó y compartió la escena.

—¿Le molestó lo que dijeron?

—No, para nada. Nada me importa lo que digan. Me importa lo que diga mi familia. A ellos los escucho. Son los que me conocen. ¿Los demás qué saben?

—A muchos les pareció llamativo verlo así en el subte…

—Puede ser, pero siempre viajo en subte. Me encanta. Me subo en Primera Junta y en veinte minutos estoy en el centro. Es bárbaro. Andar en taxi a veces es insoportable. No se aguanta. Corte acá, corte allá. Marchas, piquetes. El subte es otra cosa. ¿Por qué no voy a usarlo si me gusta?

—¿Y la gente cómo lo trata?

—Bien, de primera. Ahora me quieren todos. Ya está, ya las pasé todas. Una vez hasta le tuve que cambiar el apellido a mi hija en la escuela para que no la putearan. Puf, si las pasé. Ahora hablo con todo el mundo, siempre. Eso es lo lindo del subte. Me gusta preguntar, que me cuenten.

—¿Qué pregunta?

—Todo, cualquier cosa. A dónde van, de qué trabajan. Qué se yo. Siempre me gustó saber, charlar. Uno tiene que tratar de informarse.

De aquellos viajes por los subsuelos de la ciudad, ahora más esporádicos, todavía mantiene la costumbre de llevar dinero en los bolsillos para cuando alguien le pide. Alguna vez, incluso, llegó a calcular el monto exacto para cada estación.

—Ya sabía cuántos me mangaban. Pasa que no le podés dar a todos, no podés, se complica. Uno trata pero sabe que es difícil. Y cada vez es peor, eh. Yo lo veo y me amargo. La gente anda mal, triste. Y hay miedo. Miedo del otro. Y eso es terrible, pienso yo. Cuando uno tiene miedo del otro, chau. Se pudrió la cosa.

—¿Usted anda con miedo?

—Y sí, lógico. Veo cada cosa… Vos podés no tener un peso y es bravo, fulero. Pero si encima tenés miedo estás sonado. Y es cada vez peor. No hay respeto, no hay valores.

Hay un Bilardo apocado y pesimista y otro que actúa como por arte de impulso o parodia de sí mismo. Y no es cuento. O casi: además de la foto que circuló por las redes, uno de los sucesos que lo reinstaló en la categoría del derrape -y que algunos señalan como el principio del fin de su hora radial- fue cuando enfureció y puteó en pleno programa a uno de sus colaboradores por ponerse a tomar un mate. El episodio se replicó con la misma urgencia que la foto del subte. “¿Quiere un mate, doctor?”, le preguntó Damián Iribarren, alias el Talibán y uno de los periodistas junto a Miguel D’Alascio, su histórico coequiper radial, que lo acompañaron hasta fines del año pasado en las medianoches de La Red. “No, no, sacame eso de acá”, cortó Bilardo. “¿Por qué, Carlos?”. “Porque es de mala educación”, fue la respuesta, y en el acto, tajante, floreció un soliloquio que dejó a todo el estudio en silencio y a los oyentes, testigos ciegos al otro lado de la escena, sin entender muy bien lo que oían. “¿Por qué no me chupás el pene en vez de chupar la bombilla? –dijo Bilardo-. ¿No es más fácil? Te va a gustar más, que es más blandito. Eso fue, es duro eso. Del otro sale leche condensada, de este sale agua. Te conviene más chupar el pene a vos”.

Algunas semanas después, sentado en el mismo estudio radial, Bilardo argumentó aquella reacción con la naturalidad propia de un convencido.

—Acá no. Es de mala educación. No corresponde. Vos das una noticia, que puede ser un accidente o un asesinato, y mientras tanto dale que dale con la bombilla. No, viejo. No me parece.

—Pero se enojó demasiado…

—Y sí, me enojé. El mate mientras se trabaja no me gusta. Y si hay algo que no me gusta lo digo. Uno tiene que decir todo. Aunque se enoje, no importa. ¿Nunca te enojaste vos?

Habían pasado diez minutos de las doce de la noche y Bilardo salió del estudio donde acababa de hacer el programa. Afuera lo esperaba un taxi pero él se entretenía con operadores y ayudantes como si quisiera alargar la hora. Una chica atravesó el pasillo comiendo una banana y Bilardo le pidió que le convidara un bocado. Le dijo algo al oído. Se frotó las manos y volvió otra vez al estudio como si buscara algo. No lo encontró. Salió. Cruzó el pasillo y entró a una pecera enorme para ver qué estaban haciendo sus tres o cuatro ocupantes. Les preguntó y uno de los técnicos le informó que estaban en reunión. A Bilardo no le importó y se puso a darles charla. De pronto estaban todos hablando y riendo y uno le avisó que lo llamaban y señaló hacia afuera, al otro lado del pasillo. Un guardia de seguridad de uniforme blanco esperaba con el ascensor abierto. Hizo una seña. Bilardo entonces abandonó la pecera y se acercó al guardia como si recién en ese instante supiera de su existencia. Era un morocho flaco y de anteojos con aspecto de enfermero.

—Está el auto abajo —avisó, mientras mantenía la puerta del ascensor abierto.

—Ahí vamos, ahí vamos –lo calmó el Doctor, y se metió las manos en los bolsillos y sacó un puñado de papeles arrugados con números y anotaciones ilegibles-. ¿Y esto qué es?

El guardia lo miró impávido:

—No sé, Carlos. Es suyo eso.

—Si, ya sé qué es mío. ¿Pero qué carajo es?

Bilardo estudió las anotaciones con una expresión que era inocencia y despiste y las regresó al pantalón. Por un segundo pareció que hubiese entendido algo o que le diera en realidad todo lo mismo. Difícil saberlo. Se subió al ascensor y focalizó en su nuevo acompañante. Lo miró de arriba abajo y, de golpe, sin mediar palabra, le palpó la cintura con desfachatez:

—¿Dónde escondés el arma vos?

El otro no se imnutó y respondió sin mirarlo, los lentes fijos en la puerta:

—No usamos arma, Carlos. Somos seguridad civil.

—Yo antes tenía una —contó Bilardo, sin prestarle atención—. Me la compré por seguridad pero me tenía que poner a practicar. Disparaba, hacía tiro al blanco. Pum, pum, pum. Hasta que un día un comisario amigo me dijo: ‘Carlos, vos no vas a dispararle a nadie. ¿Podrías matar a alguien vos?’. Y tenía razón. ¿A quién voy a matar yo? Así que ahí nomás la tiré. Me la llevé un día y la tiré. Chau, a otra cosa…

Recién entonces el guardia se dio vuelta para mirarlo:

—¿La tiró? ¿A dónde la tiró?

—Qué se yo. No me acuerdo. En el campo. O en Luján. En un desagüe me parece que la dejé.

La puerta se abrió y Bilardo encaró para la calle donde lo esperaba el taxi. Antes de subirse, desconfiado, miró a un lado y otro y explicó que todavía no se había acostumbrado a la nueva dirección. Hacía poco, decía, la radio funcionaba en la calle Fitz Roy, a dos cuadras, pero desde que habían mudado los estudios a la calle Carranza, admitía, había noches, pocas noches, que la costumbre lo traicionaba y terminaba en el edificio viejo como si la mudanza hubiese sido cosa jamás registrada.

***

Los tiempos de Bilardo como jugador, director técnico o manager de la Selección parecen sacados de una película imposible capaz de combinar drama, suspenso y comedia. Sus tiempos actuales, lejanos ya del vértigo que imponía el universo redondo y combativo de la pelota, son prueba cabal de que el retrato Bilardo no tiene un único y simple encuadre. De aquel flacucho narigón y de ojos saltones que hizo escuela en el equipo de La Plata, o del hombre que el primero de enero del año 2000 lanzó su campaña a presidente de la Nación -en una escalada que muchos figuraron su límite con el desquicio-, permanecen intactas, aún por estos días de retiro y silencio radial, las ideas circulares y cierto gesto de sabiduría ensimismada y querible a lo Peter Sellers. Aún hoy, expulsado de su propia hora, el Doctor resguarda sentencias y las expone con la vehemencia creyente de la primera vez. Ensambla fechas, nombres y episodios como si todo ocurriera o se recordara al mismo tiempo. Los amigos de La Paternal, el sueño y la promesa de estudiar Medicina, el fútbol, siempre el fútbol. Las primeras postales que recupera y enumera son sus genuinas pasiones de chico, cuando jugaba en las inferiores de San Lorenzo y la parada obligada de tardes y noches era el bar La Puñalada de la calle Juan B. Justo y Boyacá.

—Por ahí me olvido lo que hice ayer pero de pibe me acuerdo bien, bien. Me acuerdo la malasangre de mamá porque no me podía sacar del bar. Todo el día en el bar. O en los burros, a veces. Me acuerdo de las marchas estudiantiles. Iba, puf, un montón. A los doce años ya estaba en todas las marchas. La política me interesó de pibe.

—¿Ahora no le interesa más?

—No, poco. Hoy ya no discuto de nada…

—¿Y se ve con amigos de aquella época?

—Me veo, me veo. A veces. La otra vez fue en Junín. Había gente que uno conoce de toda la vida.

El Doctor no lo dice pero algunas de esas personas fueron sus ex dirigidos Patricio Hernández y José Luis Brown y su viejo compañero José Tomino, con quien compartió la carrera universitaria y las inferiores en Boedo. Otra cosa que el Doctor no cuenta es que, pese a haber aceptado la invitación de la filial de Estudiantes en la cuna de Zubeldía y prometer estar allá a primera hora del sábado 2 de septiembre de 2017, ese día se levantó y dijo que no quería saber nada con viajar. Ya en sus tiempos como Secretario de Deportes de la Provincia de Buenos Aires, bajo la gobernación de Scioli, una de las cosas que más odiaba era viajar en coche por las rutas del interior bonaerense y soportar tres, cuatro o hasta cinco horas de encierro y quietud a toda velocidad.

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—Por suerte estaba Gloria —recuerda Guillermo Tamarit, rector de la Universidad Nacional del Noroeste y uno de los organizadores del viaje del ex DT a Junín—. Bilardo me avisó a último momento que no venía pero ella lo obligó.

Ese día, Bilardo fue recibido con honores y escoltado por una multitud. Lo primero fue un homenaje a Zubeldía en el cementerio local y luego una visita al Municipio para ser declarado “Huesped de Honor” de la ciudad. Pasado el mediodía llegó el turno de un asado al que asistieron cerca de cien personas y, hechos los brindis y dichos los discursos, le hicieron ver un video con los mejores momentos de su carrera. En medio de tantas piezas de colección, de tanta frase e imagen repetida, recortaron una en la que había un Bilardo adusto que se animaba al reproche. “Me arrepiento de no haberme sacado una foto con la Copa”, decía desde la pantalla. El Bilardo real, de peinado más raleado, asentía sin sacarse los ojos de encima y sólo reaccionaba cuando uno de los anfitriones, en la última sorpresa del día, le regalaba una carbonilla de él junto a la Copa del Mundo.

—Y se emocionó —dice Tamarit—. Por ahí parece que está en otro lado o que no te registra, pero en ese momento se emocionó. Nos dijo que era la imagen que le faltaba. Y lo dijo serio, muy seguro. Después arrancó para otro lado como hace siempre. Uno ya lo conoce: A Bilardo es difícil seguirlo porque te cambia de tema como si nada y hay momentos que te perdés. Pero lo hace desde siempre: toda la vida fue igual.

Días después, al recordar aquel agasajo en Junín, Bilardo negó que no haya querido ir. O al menos dice no acordarse.

—A veces cambio de planes a último momento. Voy para un lado y al final tengo que ir a otro. Pero estoy, trato de estar a donde me llaman. Pasa que a veces no se puede. Hoy, por ejemplo, Gloria me organizó una charla con un médico y con los hijos porque me querían hablar y le dije a último momento que no tenía ganas, que lo suspendiera.

—¿Y ella no se hace problema?

—Qué no se va a hacer problema: me re puteó cuando le dije.

—¿Se pelean?

—No, nunca. Ya me tiene junado. Sabe cómo soy, cómo funciono. Vamos allá, vamos. Vamos acá, vamos. Estar charlando y que de pronto surja algo. Lo que sea. Ir a Luján, a lo de un amigo. La vez pasada fue a la China. A veces a Italia. Qué se yo. Ella ya sabe que puedo salir para cualquier lado.

***

El último programa de Bilardo en radio La Red se emitió el viernes 29 de diciembre de 2017. Esa noche, desconsolado, llegó a decir que no tenía pensado irse del estudio hasta que alguien le diera una explicación y reconoció al aire que estaba mal y ya sin ganas de nada. A dos meses de aquel descargo, de su despedida triste, solitaria y final, en la radio no hay muchas voces que quieran salir a explicar las razones del despido o negar las declaraciones que aún hoy suelta a los cuatro vientos el Doctor. Hasta sus viejos compañeros de aire, que continúan trabajando en la emisora, prefieren no ahondar en los detalles del adiós ni opinar sobre la hora que ya no está.

Miguel D’Alascio, el único de todos ellos que participó en los 22 años del ciclo, niega que la decisión se haya debido a situaciones como el exabrupto del mate o a la denuncia de una taxista que dijo haber sido acosada por Bilardo en octubre pasado.

—Terminantemente no. Creo que la decisión fue meramente institucional. Lo que muchos llaman un cambio de aire.

El coequiper histórico del Doctor, pieza clave de ese unipersonal radial en el que Bilardo era capaz de opinar sobre cualquier tema -desde una obra de teatro de la calle Corrientes hasta la forma de tener sexo de los chinos-, asegura que no puede dejar de extrañar el programa y sus estrambóticas idas y vueltas con el ex campeón mundial.

—Cómo no extrañar esa manera de vivir la radio durante más de veinte años —dice casi para sí—. Haber trabajado con él fue una experiencia maravillosa. Bilardo es una persona sabia y generosa. Y humilde. Siempre con ganas de enseñar, de escuchar a todos. Qué te puedo decir: fue un programa histórico el que hicimos…

El estudio era una salita de dos por dos donde reinaba un orden aséptico. El vidriado doble y la luz blanca lo hacían ver como una incubadora. A medio metro de la puerta, frente a otra cabina gemela donde a esa hora un operador digitaba controles sin mirar a nadie, había una laptop abierta y dos plasmas encendidos con el volumen en mudo. En el de arriba se veía una carrera de ciclismo. En el de abajo, un partido de fútbol en directo donde Argentinos y Arsenal empataban 2 a 2. Era viernes 27 de octubre del 2017, poco antes de las diez de la noche, y el Talibán Iribarren, que entraba y salía de aquella salita con entusiasmo adolescente, disponía las sillas en un espacio reducido y ultimaba los detalles de la escena antes de la llegada de su actor principal. Ya le había avisado que esa noche irían grabados, pero el Talibán sabía o intuía que igual tendría que lidiar con la tara incansable del Doctor de dar la hora o comentar el partido de la tele como si fueran en vivo. Al Talibán poco parecía importarle.

—Es una máquina de laburar —lo definió, sin dejar de mirar la computadora que había sobre la mesa—. Y verlo trabajar es lo mejor que te puede pasar. Un lujo. Aprendés algo nuevo todas las noches, siempre. Y lo bueno es que nunca sabés con qué cosa te puede venir. Una caja de sorpresas. Con el Doc no te podés relajar nunca. Al rato salió el guardia de seguridad y, como en un déjà vu del que no podía escapar, le avisó al Doctor que lo estaban esperando. Bilardo dijo que sí con la cabeza. Llevaba un pantalón pinzado y un sweater negro que le hacía juego con los zapatos. La melena, de un cobrizo desparejo, estaba toda revuelta por el viento. De cerca, a la luz de los reflectores que ofrecía el ingreso a la radio, se le veían las marcas de la edad y cierta textura escamada y porosa en la piel, pero lo que resultaba familiar y acaso conmoviera al estudiarlo en ese momento, viernes a la noche y a poco de cumplir ochenta años, eran esas facciones inalterables y propias de una caricatura consagrada a la altura de prócer; la nariz enorme, poderosa; sus labios hinchados y esa mirada vidriosa e ingenua que parecía traer desde las épocas del blanco y negro.

Una vez arriba, el primero que lo recibió al salir del ascensor fue el Talibán. Le dijo que no tenían tiempo y le marcó a paso ligero la sala donde les tocaba grabar. El Doctor pareció no escucharlo y rumbeó hacia el otro estudio, el principal, ocupado a esa hora por los conductores del Magazine 910. Uno de ellos, Joaquín “el Pollo” Álvarez , lo vio venir a través del vidrio y aplaudió mientras le comunicaba a la audiencia: “Acaba de llegar el Doctor a la radio, señores”. El resto del equipo, unos cuatro o cinco, se sumaron al aplauso y el Doctor les devolvió la gracia con media sonrisa y el clásico ademán del “montoncito”. El Talibán lo alcanzó y le rogó que se apurara. Bilardo hizo una mueca pero no lo miró:

—¿Y estos qué hacen acá?

—Están al aire, Carlos. Hoy vamos grabados. Grabamos ahora, no hay tiempo.

—¿Tenemos que grabar?

—Sí, Carlos. Ya le dije: grabamos en el otro estudio.

El Doctor recibió la información pero siguió pegado al vidrio, sin dejar de mirar con una rara fascinación el ambiente ocupado.

—Mirá vos a estos… —dijo para sí—. Son cada vez más y nosotros cada vez menos.

El Talibán le recordó que D’Alascio todavía estaba de licencia y le repitió que no tenían tiempo. Bilardo entonces lo miró: pareció recapitular en silencio y decidió al fin marchar hacia el estudio asignado. En una de las pantallas la carrera de ciclismo continuaba su marcha y en la otra, a cuatro minutos para el final del juego, Argentinos se había puesto 3 a 2.

Bilardo se acomodó en la mesa. Miró el resultado que daba la pantalla y comentó algo de Humbertito Grondona, el técnico de Arsenal. “De pibe que lo conozco –dijo-. A ese yo lo vi crecer…”. El Talibán le apuntó que estaba complicado con el descenso y le preguntó a las apuradas que tenía pensado para esa noche, pero el Doctor lo ignoró y se puso a estudiar el celular . “Está la victoria de Banfield –tiró el Talibán-. Hoy pasaron varias cosas, Carlos. ¿Qué le parece?”. El Doctor frunció el mentón y, un tanto resignado, en silencio, se concentró otra vez en la pantalla donde Arsenal hacía sus últimos intentos por empatar. Al otro lado, en la incubadora vecina, el operador avisó que se prepararan porque ya estaban en hora. El Talibán repitió la pregunta más por costumbre que por interés pero Bilardo no lo miró sino que se mantuvo con la vista en el partido y en esa pelota que se negaba al empate. El operador levantó una mano. El partido terminó. Tres a dos. Bilardo arrugó la frente pero siguió en silencio. Un rato. Y antes de que el aire se hiciera tenso o incomodara, antes incluso de que se cumplieran los primeros diez segundos de grabación, se inclinó sobre el micrófono como si hubiese recordado algo. Entonces, distendido, carraspeó y desembuchó con su habitual e impostada entonación de locutor de los años cincuenta:

—Buenas noches, mundo…

***

El lenguaje Bilardo es un lenguaje nasal, escueto y convulso donde, entre evasivas y anécdotas, se entrecruzan los personajes y los tiempos y todo configura una verborragia dicha de memoria y en estado de gesticulación constante. El Doctor puede arrancar contando una charla con su esposa o con Muamar el Gadafi y terminar, en el mismo relato y con talento innato para la asociación imposible, recitando la formación del primer equipo de San Lorenzo de Almagro en tiempos en que su padre lo llevaba al viejo estadio de avenida La Plata.

Sentado en el living de su casa y aún sin decidirse del todo que hará durante la próxima hora, si volver al centro o dar unas vueltas por el barrio de Flores, Bilardo repite la frase que daba inicio a su hora de radio y la figura ya no de otro tiempo sino casi de otra vida. Hace memoria con lentitud de calor y siesta fallida. Habla del programa, de su sorpresa. Y en ese relato, en su catársis, enlaza con otros relatos y todo se vuelve un discurso monocorde en el que ya no se distingue entre el recuerdo, los deseos y la leyenda. Asegura y repite, siempre repite, que su gran maestro fue Osvaldo Zubeldía e invoca sentencias como si afrontara un natural estado de trance. Asoman los partidos que jugó para el Deportivo Español y su orgullo de haber sido alguna vez, en los tempranos sesenta, goleador de aquel equipo. Sus primeros años en Estudiantes; las charlas con Zubeldía; la mística; los días grises y tensos de Lymm, cuando esperaba con aquel equipo la primera gran final que le cambiaría la vida. Es una memoria que relata y un presente que no olvida:

—Nunca me trataron tan mal. Hay cosas que no se hacen, me parece. Si me quieren rajar, que me rajen. No hay problema. Pero alguien te tiene que decir. Decir es por esto y por esto. Yo cuando era técnico lo hacía: si no querés más a un jugador se lo tenés que decir. Explicaciones hay que dar siempre. Algún directivo, pienso, tendría que haberme llamado y decirme: “Carlos, pasa esto y se tiene que ir”. Y chau. Me lo explican y me voy.

—¿Pensó en hacer juicio?

—No, juicio no. No me interesa. Mis amigos me dicen: “haceles, haceles”. Pero no: yo no quiero. No quiero guita, nada. Quería sí que me hablaran, nada más.

—¿Nunca pensó que lo podían despedir?

—No, nunca. A esa hora íbamos primeros en la franja de hombres y segundo en las mujeres. Bárbaro nos iba. Qué me voy a imaginar.

—¿Y hacer el programa en otra radio? ¿O por internet?

—No, por ahora no. Desde que me fui que no la escuché nunca más. No pude. Y Gloria tampoco. A ella le pegó mal, mal, mal. Peor que a mí. “¿Cómo te van a despedir así con todo lo que les diste?”, me dice. No lo puede creer. Pero qué se yo. Ya está. Lo que pasó, pasó. Hay que seguir. Además me llaman de todos lados para dar charlas: Mar del Plata, Los Ángeles. No sé. Todavía pienso que hay cosas. Ir allá, ir acá. No puedo estar quieto. Hoy estuve en el centro y ahora ya quiero volver, fijate. Voy y después veo. Siempre hay algo. ¿Sino qué voy a hacer durmiendo la siesta?       

Lo termina de preguntar y se decide de golpe: va a volver al centro. A esta altura, asumido que la siesta es una condición impracticable, imposible de toda posibilidad, el Doctor Bilardo deja ver un sintomático interés por cumplir con cada una de las ideas que la cabeza le dicta y el cuerpo le pide como poseso. Ya está, repite. Hay que seguir. Y sabe entonces que es la hora.