Ensayo

¿En qué quedó nuestro proyecto?


Postales de una catástrofe

La aplastante derrota electoral puso en crisis al FDT y al gobierno nacional. Las explicaciones conspirativas del periodismo hegemónico, igual que las respuestas administrativas del jefe de Gabinete impiden entender el problema. En este ensayo, Alejandro Horowicz presenta 4 escenas y una incómoda conclusión.

En fila india los ministros de la Cámpora presentaron sus renuncias al presidente. No lo hicieron como sus pares provinciales. Los de Axel Kicillof pusieron sus dimisiones a disposición del gobernador. En cambio, Wado de Pedro, al comunicar su presionante “despedida” por los medios, en compañía de otros funcionarios de primera línea, subraya la crisis que el fracaso electoral impuso a la coalición gobernante. Es decir, responsabiliza al presidente por la derrota. En lugar de sostener, como Santiago Cafiero, que los oficialismos  pagan el costo de tramitar la pandemia, pone en cuestión la ortodoxia fiscal del gobierno; ortodoxia que garantiza el superávit de las cuentas públicas, en tanto el salario real se desploma carcomido por la inflación.  Cosa que en criollo se denomina ajuste.   

Una derrota histórica del peronismo bonaerense es bastante más que un accidente electoral. Perder en 7 de las 8 secciones electorales, sumado al fracaso en  todos los grandes centros urbanos, desnuda la fragilidad de la coalición gobernante. Si la crisis se lee en términos “administrativos”, la derrota es solo un mal balance circunstancial, y se resuelve con una gestión de mejor calidad –  cambiando los funcionarios que no funcionan.  En el diagnóstico de la Cámpora, la derrota es una consecuencia directa de la política en curso. Por tanto exigen un cambio de fondo. Esa pulseada tiene lugar en Balcarce 50, mientras las interpretaciones de la crisis –en clave conspirativa– inundan las redes sociales y el periodismo hegemónico.

4 escenas, una conclusión                                                

Escena 1. Winston Churchill camina solo por las calles de Londres. Las bombas alemanas han dejado de caer. La ciudad devastada arde. Con baldes que pasan de mano en mano, los sufridos londinenses apagan el fuego. La desolación es absoluta. Entre casas destruidas un tipo cualquiera lo saluda y mientras sostiene el balde dice: Buenas noches señor primer ministro. Churchill se lleva la mano al sombrero, a modo de respuesta, sin detenerse. Está pasando revista a la catástrofe. Ambos saben que enfrentan una bestia inmisericorde. Esa guerra inevitable como durísimo destino común. Por eso no se rinden. Esta escena no es una operación de prensa, sino el registro de una batalla compartida. Los dos lo saben, los dos confían. Esa sociedad pone en tensión todas sus fuerzas: lucha por sobrevivir.

Escena 2. La infección que arranca en China a fines del 2019 se desplaza en avión. A creciente velocidad se transforma. De casos aislados pasa a pandemia. Nadie sabe cómo enfrentarla. La televisión global socializa la amenaza. Covid, se llama. La peste se replica en Madrid y en Roma; toca Londres y repentinamente estalla en Nueva York. Solo una guerra atómica puede cobrar semejante dimensión. Hospitales saturados. Calles tapizadas de cadáveres insepultos. “Que se mueran los que se tienen que morir”, gritan los talibanes del mercado. O nos salvamos juntos o morimos de a millones, replican los menos alienados a la lógica de pago y tengo. Finalmente se entiende: es preciso reforzar el sistema sanitario; los países más ricos del mundo pueden hacerlo, pero todos los otros también deben amesetar la curva de contagios. Ese camino tiene tres instrumentos: aislamiento de les contagiados,  distancia social para los otres, tapabocas para todes. No alcanza. Es preciso producir una vacuna o la catástrofe prosigue. Con miles de millones de dólares de fondos públicos, les mejores especialistas trabajando cooperativamente bajo la conducción de los centros de investigación más importantes del planeta, a toda velocidad intentan esa hazaña indispensable. Media docena de vacunas de distinta procedencia, armadas desde perspectivas científicas diversas, comienzan a nacer. Ahora se trata de producirlas en serie y satisfacer la demanda de 7.500 millones de habitantes. Otra batalla global que aporta el capitalismo. Con una mano impuso el problema; con la otra, nos vende la solución.

Escena 3. Argentina 2020. Una sociedad degradada por crisis a repetición. Polarizada entre el country y las villas. Con bolsones de pobreza estructural en expansión. Las reservas de moneda dura agotadas, una deuda externa insostenible, al borde de la cesación de pagos, con la hiper en las narices y un sistema de precios relativos a punto de esfumarse. Enfrentar la pandemia en semejantes condiciones no resulta sencillo. El flamante presidente diseña una política de estado. Todes les que tienen responsabilidad de gobierno, no importa el signo político, responden al comando único. La gritería de los medios no logra tapar la razonabilidad de la propuesta. Control de las fronteras. Aislamiento para los contagios;  detener la circulación comunitaria del virus; reforzar el sistema sanitario interconectando público y privado;  armar hospitales de campaña; fabricar respiradores, repartir barbijos, registrar los contagios, cerrar escuelas y universidades; circular solo si no queda otro remedio; todo al precio de reducir la actividad productiva. No faltan quienes se oponen, pero la compacta mayoría respalda las medidas, y con enorme esfuerzo las cumple. La primera ola de la pandemia fue enfrentada mientras el ejecutivo negociaba la compra de vacunas.  La imagen pública del presidente alcanzó valores inimaginables, les talibanes del mercado vociferaron: infectadura.  Los demás aplauden – a favor y en contra - desde los balcones.   

Escena 4. Cumpleaños de la primera dama Fabiola Yáñez: muchas personas felices, con el presidente en primer plano, sonríen a la vida.

Al final de la primera ola, septiembre del 2020, comienza un coqueteo suicida y triunfalista: seguidismo a las medidas de apertura con escalada de casos; gobiernos distritales haciendo como si cumplieran las restricciones; relajamiento del control y finalmente incapacidad  para rectificar. En medio de la escasez de vacunas, la palabra pública comienza un proceso de depreciación con el “vacunatorio VIP”. Se suma el hartazgo de tener que abrir y cerrar la actividad económica; mientras la pobreza se desparrama a toda velocidad, y el sistema sanitario llega al borde del colapso. Recién entonces comienzan a arribar vacunas de todas procedencias. Fabrican vacunas en Argentina y el alivio pandémico gana el horizonte. El alivio social, en cambio, no despunta. En estas terribles condiciones las fotos del cumpleaños de la primera dama explotan en las redes. La palabra pública ahora está herida de muerte.

Churchill caminando entre las ruinas de Londres, Alberto y Fabiola, en su mundo feliz, festejando en Olivos. No se trata de una comparación chicanera sino de un modo de entender la respuesta social: el jefe que prometió “sangre, sudor y lágrimas” puso su cuerpo junto a todes; el jefe que ordenó “cuídense, no hagan ni vayan a reuniones con seres queridos, no pueden saber si contagian o no, no les pongan y se pongan en riesgo” burla su propia ley. La escena soñada por los operadores mediáticos no es una fake news. A la lista interminable de víctimas de la pandemia (desde quienes no pudieron concurrir al entierro de sus padres o hijes, hasta quienes perdieron sus trabajos y apenas comen) se le acaba de facilitar el objeto de su odio. La autoridad del presidente está quebrada.

Con el resultado a la vista 

Las PASO constituyen una encuesta perfecta. Si se la contrapone con los números de las encuestas preexistentes algo queda claro: pagarlas no resultó una buena inversión. Esta degradación irreversible de la encuestología la incluye en el desacreditado género “operaciones de campaña”.  Es un viaje sin retorno.

El clima previo a la votación, mejor dicho la absoluta falta de fervor electoral, anticipaba una baja en la concurrencia. El 68 % del padrón participó del comicio. Si se compara con las PASO del 2017,  donde votó el 72,37%, la caída supera los 4 puntos porcentuales. Los votos en blanco y los anulados  alcanzaron, en el 2021, otros 6 puntos. La suma de la caída de participantes  y los votos negativos supera los 10; y expresa el nivel de rechazo visceral al orden político existente.

La baja calidad de la campaña electoral no debiera soslayarse. La campaña no son solo los spots televisivos, sino sobre todo la intervención  de los candidatos en los medios. Creer que los votantes determinaron su comportamiento electoral por esa “campaña”, constituye una exageración de publicistas profesionales. Ahora: imposible desconocer la estrecha relación entre una sociedad que discute poco y mal y esta campaña. La trivialidad de casi todos los candidatos, la baja aptitud para explicar lo que sucede, se da la mano con elevadísimos niveles de descreimiento.  El “discurso político” no invita a pensar sino a rechazar.  Si fuera preciso justificar el éxito de Javier Milei sucintamente diría que es el único que puteó a la “casta política”. Con eso le alcanzó.   

Esta es una sociedad en crisis perpetua; con niveles de pobreza que remiten al 2001; con una distribución del ingreso brutalmente regresiva, donde la “justicia” determina que Paolo Roca no es culpable de pagar coimas, ya que lo hizo en “estado de necesidad” y un ladrón de comida sigue preso; con cuentapropistas pobrísimos que pagan monotributo por no trabajar en blanco. En esta sociedad  la actividad política es visualizada  como una profesión salvadora. Y los que votan eligen quien se salva.  Ese es el castigo: no te voto, no te salvás. Y los votados no gozan, para decirlo con amabilidad, de excesivo aprecio colectivo.

Un proyecto político puede elaborarse desde tres perspectivas relativamente excluyentes.  

A) Aceptar el orden fáctico; entender que facilitar negocios equivale a desarrollar el país; el mercado resuelve, y cada uno tiene lo que puede pagar. Reducir los impuestos a las empresas equivale a aumentar la inversión. Y la inversión privada es el único motor del desarrollo.

B) Regular los poderes fácticos, que librados a su propia dinámica conducen a la catástrofe; las políticas públicas deben orientar la inversión privada; la regulación supone un programa público, impulsado por fuerzas políticas, que tensiona con el interés particular. Aceptando esas tensiones, la democracia debe garantizar para cada ciudadano un piso de derechos reales que permita una vida digna.

C) Rechazar radicalmente el orden existente. Sostener que la regulación es insuficiente, que la propiedad privada de los medios de producción debe desaparecer, y que la democracia política no pasa por elegir el nombre del que decide lo que ya está decidido.

En un escenario político normal coexisten fuerzas que representan las tres variantes descriptas. En la política nacional el partido de la regulación había sido el peronismo, pero la fuerza que desreguló privatizando todo tuvo idéntico origen.  El general Perón sintetizó el primero; el doctor Menem, el opuesto eficaz. El desastre del 2001, consecuencia directa de las políticas menemistas, puso en crisis todo el orden político. Los gobiernos de Néstor y Cristina organizaron una respuesta provisoria. La derrota electoral del 2015 sintetizó el agotamiento de un camino. La victoria del 2019 puso sobre el tapete la necesidad de construir un nuevo proyecto nacional.

Dicho con enorme síntesis: la derrota del 2021 subraya la ausencia de ese proyecto, no solo como marco conceptual, sino también como eje para la acción eficaz. La crisis que azota el gabinete nacional no debe explicarse sino desde este déficit decisivo.  El resto, anécdotas para instant books.