Ensayo

90 años de "El malestar en la cultura"


¿Qué significa gobernar hoy?

Uno de los lugares centrales en esta coyuntura pasa por disputar si lo que dicen ciertas figuras habituadas a ocupar la agenda es verdadero o falso. Nada más equivocado. Porque las derechas contemporáneas se desenvuelven en un plano ontológico de la política: colocan al otro- y ya no a su discurso- como el lugar de la mentira. ¿Cómo gobernar en estos tiempos? “El Frente de Todos no debe recostarse en una retórica de la “resistencia” y del “aguante”. De lo que se trata es buscar una voz propia que precise una posición distinta”, dice Nicolás Freibrun.

El peligro es imaginario pero el miedo es real

Juan José Saer

El desprecio

Quien hoy deseé gobernar tendrá que enfrentarse a fuerzas sociopolíticas que expresan un malestar en la cultura en diferentes formas de desprecio social. Como concepto y experiencia el malestar tiene un antecedente fundamental en los trabajos del psicoanalista Sigmund Freud, cuando hace 90 años en El malestar en la cultura analizó las pulsiones creativas, pero asimismo destructivas, del proceso de la civilización. A diferencia de nuestra época, en los días de Freud el valor y la práctica de la democracia representaba en menor medida un valor socialmente arraigado. En muchos Estados nacionales la democracia era una forma política recientemente expandida. En ese contexto, si bien los partidos políticos de masas de base obrera eran los actores fundamentales de la época, no todas las capas sociales accedían al voto, como era el caso evidente de las mujeres. Con todo, los regímenes democráticos eran asediados por fuerzas políticas, sociales y económicas contrarias a la democratización de la sociedad, lo que en el transcurso de esos años quedó evidenciado cada vez más, incluso en nuestro país.

 

En ese contexto de entreguerras, Freud ingresó el texto para edición al mismo tiempo que el crack económico y financiero de 1929 sacudió al mundo. Fue en ese momento de inminente catástrofe que escribió las tres imposibilidades estructurales para el sujeto en la cultura moderna: educar, psicoanalizar y gobernar. A pesar de su aparente pesimismo, ese dictum no implicaba que nada había por hacer o que las personas no deberían ocuparse de llevar a cabo esas actividades. Por el contario, venía a significar que el sentido de cada una de ellas no es completo, que son acciones sin fin ni término y que nunca son sabidas del todo para el propio sujeto.

 

De las múltiples capas de interpretación que presenta El malestar en la cultura nos interesa su análisis sobre las condiciones asociadas a las posibilidades de gobernar. Como señalan Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc- Nancy en El pánico político, nos encontramos con un Freud que es también sociólogo y acaso politólogo, aunque no se pregunte por la mejor forma de gobierno como sí lo hacía la ciencia y la teoría política de la época. Ese tipo de interrogantes no están en el centro de las preocupaciones de Freud, aunque sus laterales intervenciones sobre los bolcheviques y la construcción de un nuevo orden económico y político sean signos de un interés real. Su posición se detiene sobre los fundamentos de la acción humana y la capacidad de gobernar; sobre cómo las fuerzas sociopolíticas entran en tensión con el orden social e institucional. La inquietud freudiana presente en ese texto tiene un centro de gravitación analítico y gira en torno a la articulación del lazo político con el otro. Esa inquietud hoy se hace presente.

 

¿Qué significa gobernar hoy en sociedades que cada vez más adoptan un giro agresivo y desatan fuerzas sociales que en cierto modo resultan novedosas e imprevisibles en democracias consolidadas? En nuestro país son sectores políticos de la oposición con o sin representación los que movilizan esas posiciones. En tándem con grupos minoritarios y corrientes más o menos intermitentes de opinión que habitan la sociedad civil, pero también de la mano de algunos medios de comunicación, amplifican los repertorios de un discurso ubicado cada vez más hacia la derecha del espacio político. 

 

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En efecto, se trata de un modo de constituir lo político que asume que la diferencia entre la verdad y la mentira está abolida. Para comprender su funcionamiento hay que despejar algunos equívocos. Uno de ellos es central en la escena contemporánea y consiste en suponer que las intervenciones políticas sustanciales deben darse alrededor de una disputa sobre el carácter verdadero o falso de los contenidos que los actores enuncian. Es característico de las derechas contemporáneas desenvolverse en un plano de la política al que podríamos llamar ontológico, al colocar al otro como el lugar de la mentira, y que es diferente a no decir la verdad. Por eso, todos los esfuerzos denodados y las estrategias por hacer de la verdad contra la mentira el eje de la acción política son fútiles y desplazan las energías hacia un territorio despolitizante: el de los periodistas y los medios de comunicación. Apariciones recientes del presidente Alberto Fernández en medios de comunicación televisivos de audiencias masivas como la señal de cable Todo Noticias demuestran que ese terreno es poco propicio para el ejercicio que supone el desarrollo de las propias ideas y la explicación de las acciones del gobierno. 

 

Si a comienzos del siglo XXI el clima ideológico-político de nuestra región fue articulado por gobiernos que desarrollaron políticas públicas de orientación de izquierda y de centro-izquierda, con el agotamiento parcial de ese ciclo estamos en presencia de un movimiento que se desplaza en sentido inverso. A pesar de los muchos libros que se han escrito sobre la disolución de las identidades en las sociedades del siglo XXI, estos comportamientos que registramos hacia la derecha se sostienen en torno a la construcción de algún otro negativo. En una dimensión más general, se dirigen también contra la política como instancia legitimante del orden común. Esas modulaciones públicas persisten en construir un imaginario sobre el permanente atraso del país y la falta de instituciones democráticas, componiendo un cuadro de factura moral y decadentista. Apuntan a degradar la política y, así, debilitar el lazo político: condensan la apoteosis del malestar contemporáneo. Ya sea a través de la fantasmatización del irracionalismo populista, del comunismo o del autoritarismo, son estas posiciones las que se construyen como una potencial amenaza. Días atrás, en una entrevista con el periodista Joaquín Morales Solá y a propósito de las medidas del gobierno de Alberto Fernández sobre la cuarentena, el expresidente Mauricio Macri señaló: “El gobierno nacional ha tomado una actitud de miedo mezclada con autoritarismo”.

Tiempos recios

El malestar freudiano se inscribió en un contexto bien específico: para entender la triple crisis que a principios del siglo XX dio fin a una era y el comienzo de otra hay que ir más allá de los dramas económicos, apenas el vértice de una articulación más compleja. Esa crisis fue civilizatoria y cristalizó en el fin de la democracia parlamentaria, del ideal progresista de la historia y de la creencia ideológica del funcionamiento autorregulado del mercado. Durante los años `30 del siglo pasado la consolidación de la revolución bolchevique era un hecho consumado y Alemania e Italia devenían fascistas. Otras dictaduras de derecha surgían en países como Rumania y Hungría. El capitalismo liberal entraba en cuestión porque incluso los Estados Unidos, con Roosevelt a la cabeza, iniciaban la era de los pactos sociales. Fue en el transcurso de ese período que se fueron amasando las tensiones, los lenguajes políticos y la violencia que tuvieron su desenlace hacia el final de la década. A diferencia de aquellos años donde el comunismo soviético era una realidad y no una fantasía de políticos e intelectuales de derecha, ninguna fuerza política de esa magnitud parece hoy amenazar al capitalismo. Lo que se encuentra en crisis hace tiempo y no es una invención pandémica es la democracia liberal-republicana, a la que sus supuestos defensores rebajan cuando ejercen el poder del gobierno, aunque se empecinan en repetir lo contrario. En la misma entrevista donde dijo que Cristina Kirchner es un elemento irracional para la política y para el peronismo, Macri señaló que "estamos unidos en defender los valores centrales de la República. Nuestro espacio siempre creyó en el diálogo. Lo único que pedimos es que sea con la Constitución sobre la mesa". 

 

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Pero en un clima ideológico mundial dominado por sus valores, las derechas cuentan con efectividad electoral y legitimidad social. Al haberse extendido los usos para clasificar a estos tipos de gobiernos es importante establecer las diferencias de significado en que anclan estas experiencias en relación a las de hace un siglo. A propósito de ello Enzo Traverso habla de “nuevas derechas posfascistas” para describir el régimen de historicidad del siglo XXI en el que las mismas se inscriben. Por ello, para ahondar en los rostros de las “nuevas derechas” no alcanza con referencias a una “estructura de sentimientos” anclada en la noción de odio como explicación última. La misma remite a una idea de voluntad puramente negativa y destructiva, utilizada sobre todo para comprender a las derechas o a las ultras derechas del siglo pasado. Recuperada en nuestro contexto para explicar los comportamientos actuales, apela a una explicación moral, muchas veces en espejo con acusaciones que realizan dirigentes importantes de Juntos por el Cambio para atacar al actual gobierno. En todo caso, si el uso de ese concepto es ganar poder explicativo se lo debería reponer en relación con otras ideas que esos actores articulan, como el privilegio de clase, las jerarquías sociales o la desigualdad. Ello hace sentido con una idea de Macri en otra entrevista reciente, en la que dijo que “hoy el peronismo es el partido de los que no trabajan”.

 

Lejos de un ánimo retórico o grandilocuente, “¿qué significa gobernar hoy?” no parece un ejercicio sencillo de responder. Esta pregunta interroga a los gobiernos que pretenden desplegar una agenda democrática e inclusiva y orientada hacia el desarrollo, y que día tras día parecen tener mayores dificultades para gobernar en sociedades donde crecientes capas sociales han cambiado su relación con la representación, aceptando un desplazamiento en los criterios entre verdad y mentira, como decíamos. Aunque la relación entre mentira y política es antigua, como ya señalara Jacques Derrida, entre nosotros tiene también una historia más inmediata. Cuando gobernaba, la coalición política Cambiemos articuló un discurso en torno al sinceramiento republicano en base a la crítica del populismo kirchnerista. Esta suponía un triunfo de la verdad por sobre la mentira, de la técnica sobre la política y de la república sobre el populismo. Colocado hoy en una posición diferente en el sistema político, fracciones internas de Juntos por el Cambio no cejan de blandir esas mismas banderas. 

 

Más allá de la resistencia y del aguante

 

Alberto Fernández imaginó correctamente su lugar en la política posmacrista, pero también como un momento político que pudiese expresarse más allá del liderazgo de Cristina. Entre la desconfianza de Macri en las palabras y el liderazgo carismático de Cristina, Alberto fue correctamente a la búsqueda de un “justo medio”, y de un tiempo propio y original. Eso quedó plasmado en su excelente discurso de asunción del 10 de diciembre del año pasado. La campaña por la presidencia y el efecto sorpresa de su candidatura llegaron en el momento indicado, en el que las mayorías del país imploraban un cambio en el timón de un gobierno sin rumbo y políticamente agotado. En un contexto de mayor volatilidad en los electorados, las referencias ideológicas de Alberto apuntaron a traspasar los muros del universo peronista, generalmente poroso. La consigna de campaña “Es con Todxs” dialogaba con ese imaginario que quería evitar ciertas tensiones políticas innecesarias. Pero la aparición de la pandemia lo cambió todo y la gestión del gobierno se terminó concentrando, inevitablemente, en abordar la inédita crisis actual. Será difícil recordar alguna discusión pre-pandémica de su gobierno. Cualquier abordaje sobre la gestión del gobierno que minimice la presencia inesperada del coronavirus obra de mala fe o comete un peligroso error de análisis. Así, pandemia y renegociación de la deuda externa fueron los significantes que marcaron los primeros meses del gobierno de Alberto. 

 

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Hoy el contexto es otro. Así, quien quiera gobernar en las sociedades contemporáneas deberá contar con equipos preparados y con expertise en las distintas áreas sobre las que el Estado interviene y se articula. Debe aunar técnica, política y eficacia. Este aspecto irremplazable es tan importante como la organización de las propias ideas, que brindan marcos de interpretación de los procesos sociopolíticos y son guías para la acción. Los dos elementos componen un ejercicio dialéctico en la función del gobierno.

 

En este sentido, el gobierno de Alberto Fernández no debe recostarse en una retórica de la “resistencia” y del “aguante”, ni en dar una nueva batalla cultural, fórmulas desgastadas de un pasado inaccesible. La acción política no puede estar informada por conceptos inactuales. Por el contrario, se trata de la creación de una voz propia que transite del proceso de administración de la pandemia a la creación de la política; una fórmula que se proponga desde las políticas hacia la política. Sabiendo que el líder político nunca conoce ni domina todas las condiciones en las que actúa, tensionado por correlaciones de fuerzas múltiples, debe hacer y decir la política con elementos del presente. Lo opuesto es reponer lo ya conocido, un gesto automático que desdibuja la comprensión del contexto en el que se actúa. De aquí que cada contexto requiera de un discurso y precise de una posición distinta. Esto implica de un modo inevitable que hay un elemento del gobierno que tiende a ser creativo. Supone, así, dar lugar a voces y actores que puedan traducir las ideas y las acciones del gobierno.

 

Las palabras de Freud con las cuales abrimos estas líneas hablan de la imposibilidad y de la posibilidad de la acción como una tensión. Pero como toda apuesta, no hay respuestas definitivas a esos interrogantes: el “mandato” freudiano nos sugiere que no queda más remedio que seguir gobernando.