Ensayo

La crisis del oficialismo tras las PASO


Quién no teme perder

El domingo 12 de septiembre no perdimos unas elecciones; un tropezón no es una derrota. Hay algo peor, y es su negación. Raquel Robles escribe y piensa en quienes también sentimos miedo de lo que puede venir. “La derecha no es un monstruo mítico; la derecha ya nos llevó, ya nos torturó, ya nos asesinó. La derecha ya nos derrotó.” Perder permite entender qué falló, hacer el duelo, hacerse responsable, “pero separar la paja del trigo es un trabajo para gente con mucha voluntad”.

La derrota tiene muy mala prensa. La derrota es lo que está más abajo en el ranking de los sucesos de la vida. La derrota es la muerte misma. La victoria, en cambio, es éxtasis: los brazos levantados con la cinta de la meta pegada a la cintura, la cara vuelta hacia el cielo y la multitud que aúlla en la tribuna. Quién no quiere ganar. Quién no teme perder. 

Estamos de acuerdo.

Sin embargo hay algo peor que perder, hay un escalón más abajo o quizás más irreversible que la derrota: la negación de la derrota. No perder nunca lo perdido, no llorar nada de lo que se muere tiene consecuencias que la derrota no tiene: no tiene vuelta atrás.

En este país tenemos un entrenamiento digno de olimpíada. 

Tenemos treinta mil personas que no se mueren nunca y que probablemente no se mueran jamás. Pero además, Néstor no se murió, Evita vive en el corazón de su pueblo, La única batalla que se pierde es la que se abandona y los muertos –tantos- de estos años pandémicos “se fueron”, “pasaron a la inmortalidad”, y les deseamos “buen viaje”. Acá no negamos la muerte, acá la forcluimos. Acá no le escondemos la emoción a la pérdida; la pérdida no sucede.

Todas nuestras místicas están construidas sobre esas piedras. 

Que se entienda, decir “perdimos” no alcanza. La derrota es otra cosa. 

A la derrota hay que respetarla, hacerle lugar. No se pierden unas elecciones. Eso sería fácil, eso sería poco, sería un revés apenas del que se puede salir sacudiéndose como de un mal round.

La derrota no es una cachetada, un tortazo, una goleada. La derrota es entender que algo fracasó, es definir qué fue lo que fracasó, hacer el duelo por nosotres que creímos y practicamos aquello que fracasó o hacernos responsables por haber permitido que se avanzara en un camino en que no creíamos.

Nos derrotaron en los años setenta y nos tenemos que hacer responsables. Antes de la dictadura. La dictadura fue el mazazo brutal para que entendiéramos que nunca más teníamos que volver a intentarlo. De ese mazazo no nos tenemos que hacer responsables ni mucho menos sentirnos culpables.

Pero no nos hicimos responsables (tal vez no se pudo, no se hubiera podido, cómo pensar cuando el dolor es tanto, tanto, cuando no nos queda ni cuerpo que pueda portar ese dolor). Casi cincuenta años después no pudimos poner en común qué pensamos de esa derrota. Todavía nos tienen sosteniendo homenajes a nuestros muertos, peleando para meter presos a los asesinos.

Desde esa derrota para acá nos seguimos perdiendo la oportunidad histórica de velar un proyecto, darle santa sepultura, entender las razones de la derrota, acordar qué fue lo que salió mal, aprender de nuestros mayores, recoger el legado y volver a empezar. Nos seguimos perdiendo la oportunidad histórica de la derrota.

Porque entender qué fue lo que salió mal nos ayuda a entender qué fue lo que salió bien. Separar la paja del trigo, ese trabajo para gente con mucha voluntad. Y peor que todos los muertos, peor que ese infierno, es haber perdido la voluntad. Porque sabemos que murieron con esa esperanza en el cuerpo, con la esperanza de que tuviéramos la voluntad de seguir intentando revoluciones.

No soy yo quien vaya a erigirse en esa identidad tan mayúscula, tan esquiva, porque nadie es revolucionaria ni revolucionario en soledad. Sin embargo me atrevo a apelar a la voluntad de tantas y de tantos que hoy como yo tienen miedo de lo que puede venir. La derecha no es un monstruo mítico que nos va a llevar si no tomamos la leche. La derecha ya nos llevó, ya nos torturó, ya nos asesinó. La derecha ya nos derrotó. Abracémonos en esa derrota porque sólo quienes han perdido pueden ganar. Separemos la paja del trigo y hagamos un pan del que podamos comer todas, todos, todes.

Yo, por mi parte, me animo a arrimar apenas unas pajas: la retórica sin hechos, las agrupaciones como marcas registradas sin ninguna participación, la lealtad entendida como obediencia sin siquiera mecanismos para recoger opiniones, lo “orgánico” como la sumisión a una persona, la rosca como sinónimo de política, la idea de la política como un oficio con salida laboral, el patoteo machirulo como forma de dirimir las diferencias, las fotos en las redes sociales reemplazando las políticas públicas.

Y me animo también a rescatar unos trigos: la ética de la solidaridad como credencial para las alianzas, la construcción de espacios de discusión y acción colectivas, el feminismo como práctica política, el conocimiento como herramienta de transformación, la formación de cuadros integrales que sepan cómo hacer las cosas y que entiendan que lo que se haga debe –siempre- ser en beneficio de las clases trabajadoras.

Si tomamos lo que salió bien, dejamos de lado lo que salió –y sigue saliendo- mal y las cosas no nos salen como esperamos, no pasa nada, es cuestión de corregir estrategia y seguir adelante. Podemos perder, podemos recibir una cachetada, podemos darnos un tropezón, y eso no es una derrota. La derrota es no entender la derrota y seguir adelante como si no existiera. 

El domingo no perdimos unas elecciones. El domingo recibimos un llamado a entender la derrota. No nos perdamos esta oportunidad histórica. Si la entendemos habremos perdido, si no la entendemos, nos habrán derrotado. Una vez más.