Ensayo

Feminismo y tecnociencia


Romance con (onco)ratas y (hombres)hembras

[email protected]_Milenio.HombreHembra©_Conoce_OncoRata® es un texto clásico de Donna Haraway. Apela a un mail pero también a la contraseña de una red que abarca temas de patentes, marcas y figuras enlazadas. Parte del testigo modesto de la ciencia experimental, la rata transgénica de la multinacional DuPont. Llega a un análisis en el que convergen teoría literaria, biología, filosofía, ciencia ficción y feminismo. Fragmento de la nueva versión del ensayo, a veinte años de su lanzamiento, traducido por emma song.

HombreHembra© y OncoRata® son criaturas de tecnologías genéticas y, junto con testigo modesto, de tecnologías de escritura.  Dentro de campos instrumental-físico-narrativos específicos, y solo se dan dentro de estos campos localizados a pesar de que los dominios del campo estén distribuidos globalmente, la naturaleza de mis tres figuras modificadas es la de ser artefactos, herramientas y substitutos. En un doble sentido, son agentes para algunos mundos y no otros. Cuestionan la especie y obligan a repensar el parentesco dentro de los relatos por los que circulan. El género, es decir, lo genérico, es distorsionado en la rata transgénica y el homínido oximorónico. No descansan en los  ataúdes semánticos de categorías acabadas sino que surgen a horas ambiguas para molestar a durmientes virginales, coherentes y naturales. Visitan a Robert Boyle en sus espacios públicos restringidos, nocturnos e higiénicos. Estas entidades auto-móviles vivas están animadas y expuestas, son entidades profanas. Las ratas transgénicas y las cuatro Jotas del mundo habitan un campo semiótico-material no fijado pero tampoco infinito en el que las vidas posibles están en riesgo. El HombreHembra de Russ eran cuatro Jotas, un clon, cuatro mujeres blancas genéticamente idénticas, viviendo historias alternas, habitando diferentes cronotopos para encontrarse en una trama temporal. OncoRata  y sus parientes transgénicos son organismos compuestos, herramientas  diseñadas cuyo cruce fronterizo es similar al de HombreHembra. Tanto OncoRata como HombreHembra van contra natura, obligan a una reevaluación de lo que puede considerarse como naturaleza y arte facto; qué historias serán habitadas, por quién y para quién. 

Estoy unida en un romance familiar con (onco)ratas de todas las especies y a (hombres)hembras de todos los géneros en los mundos de la tecnociencia. Somos especies hermanas llenando un nicho multidimensional apenas diferenciado. Nos hemos gestado juntas dentro de las máquinas del tiempo del hombre y naturales de la modernidad y la Ilustración, solo para ser decantadas incompletas dentro de otro tipo de relato. Necesito de mis especies hermanas para atravesar esta historia de vida; nuestros cuerpos comparten sustancia; somos parientes. Pido permiso para resumir los lazos que unen a HombreHem bra© y OncoRata®, ambos con mis testigas, quienes leen y escriben este libro. 

En primer lugar, OncoRata® y HombreHembra©, en tanto  clones genéticos y criaturas transgénicas, son productos de la tecnología genética, la progenie de nuevas tecnologías reproductivas que van mucho más allá de la procreación humana. Como descendientes de estas tecnologías reproductivas, OncoRata® y HombreHembra© exhiben formas de individualidad y coherencia problemáticas. La comprensión de la identidad como un efecto con consecuencias no es un lindo punto teórico para estas figuras, sino más bien sentido  común ordinario, que es lo que necesitan para llevar a cabo cada día de sus vidas. 

En segundo lugar, ambas son productos de las tecnologías de  escritura; una de las prácticas literarias y de publicación de la ciencia ficción, la otra de las prácticas de inscripción de laboratorio; y cada conjunto de prácticas es fundamental para los alfabetismos adecuados a la tecnociencia. OncoRata® y HombreHembra©, en tanto productos de tecnologías de escritura, no son extraños a la forma de la propiedad de la existencia; para ellas existir es ser mercancía. Quienes se especializan en ontología han huido asustados de estos malditos objetos en la historia de la filosofía. Oncólogos y feministas se sienten en casa. Al menos en uno de sus orígenes modernos, en el discurso europeo de finales del siglo dieciocho, el feminismo dependía de la lógica de la propiedad. Pero, felizmente, y a pesar de algunos lapsus deprimentes, estos orígenes no han acabado en una verdadera descendencia. 

En tercer lugar, OncoRata® y HombreHembra©, son queer. A pesar de ser entidades insalvables, fugitivas de la historia de salvación cristiana sacro-secular, descendientes de máquinas de escritura, vectores de infección para sujetos naturales, OncoRata® y Hombre-Hembra© son también testigos modestos de los hechos dentro de la tecnociencia. Son la haec vir y el hic mulier del discurso de finales del siglo veinte sobre quiénes pueden ser ciudadanos y quiénes agentes de la creación de nuevos mundos. Son testigas cuya palabra es considerada un testimonio confiable en los campos emergentes de naturaleza  artefactual. Su objetividad es indisputable, su subjetividad es otra  cuestión. Su constructividad, sus siempre inacabadas articulaciones, no son opuestas a su realidad, sino la condición de realidad. Es fácil hacerse signo de realidad de esta manera. Esto no es lo que significaba el realismo filosófico tradicional y sus relativas doctrinas de representación. Pero es lo que asumen el realismo agencial, la objetividad fuerte y los conocimientos situados. 

Estoy unida en un romance familiar con (onco)ratas de todas las especies y a (hombres)hembras de todos los géneros en los mundos de la tecnociencia. Somos especies hermanas llenando un nicho multidimensional apenas diferenciado.

En cuarto lugar, Oncoratón® y HombreHembra© han sido gestadas en los úteros de la modernidad y la Ilustración, pero su existencia pervierte la matriz de sus orígenes. Naturaleza y Sociedad, animal y hombre, máquina y organismo: los términos colapsan unos  dentro de otros. Se ha abierto un hueco en la gran división entre  Hombre y Naturaleza que fundó el relato de la modernidad, así como en su corolario de género y su melodrama colonial y racial. Todas las promesas de progreso, control, razón y racionalidad instrumental quedaron rotas en niños y niñas. El hombre apenas era imaginado antes de perder su lugar; la naturaleza estaba apenas domesticada antes de tomar venganza; el imperio apenas estaba consolidado antes de contraatacar. La acción en la tecnociencia mezcla todos los actores; el mestizaje entre humanos y no humanos es la norma. La familia es un desorden. La pureza racial y de todo tipo, la gran esperanza blanca de la Ilustración heliocéntrica de una Europa verdaderamente autóctona, el sueño de la autocreación del Hombre, el control último de los otros  naturales para beneficio del uno; todo arruinado por un ratón bastardo y un conjunto emparejado de humanos ficticios y no hombres. Encuentro todo esto muy edificante. Quizás en estas condiciones arruinadas pueda emerger un conocimiento científico fiable, más alerta cultural e históricamente. 

En quinto lugar, OncoRata® y HombreHembra© aparecen juntas en una conversación energéticamente implosionada sobre construccionismo y naturalismo en los estudios de la ciencia transnacionales y el feminismo multicultural y multirracial. Esta correspondencia es la excusa para la existencia de [email protected] Segundo_Milenio. OncoRata® y HombreHembra© parecen conspirar en el terrorismo intelectual y moral que se ha liberado de los fundamentos naturales y una racionalidad demasiado confiada de sí misma. Lo que quedan son fundamentos contingentes y conversaciones situadas –conocimientos situados–, y esto seguro que es profiláctico (Butler, 1992; Haraway, 1988; King, 1994). Katie King nos recuerda que “«localizado» no es lo mismo que «local», aun siendo adecuadamente parcial” (1993). 


Es la misma cuestión apuntada por Latour o Shapin y Shaffer, cuando nos recuerdan que la ciencia viaja solo como prácticas, como aparatos culturales, y no como verdad desencarnada, pero viaja de todos modos. King continúa: “No siempre  «global» significa universal y singular, ahistórico; es imposible si hay capas de globalidades” (1993). Basándose en una lectura aguda de Joanna Russ, King extiende este punto lógico-político fundamental en su lectura de “homosexualidades locales y formaciones gays globales”. Lo que me parece fundamental para enlazar los discernimientos constitutivos de los estudios culturales, los estudios feministas antirracistas y los estudios de la ciencia, es recordar que localizado no significa  necesariamente local, aunque deba significar parcial y situado, y que global significa distribuido y estratificado; y no general o universal. Finalmente, HombreHembra© y OncoRata® son testigas modestas de hechos que transformaron el mundo y de las máquinas que las producen metonímicamente. Esta es la frontera semántica real de la Parte II, centrada en un primer repertorio de animales salvajes enjaulados que son figuras habitantes de este libro. Ya es hora de dejar el prolífico juego de capas de la semántica, y pasar a los sistemas fisiológicos, los mecanismos de funcionamiento llamados pragmática. ¿Cómo se relacionan las prácticas teóricas críticas con los campos semióticos materiales que son los cuerpos tecnocientíficos?