Crónica

San Martín: ¿qué piensan los sectores populares?


Trabajar para comer no es vida

El voto de los sectores populares en las últimas elecciones sorprendió a analistas, funcionarios y candidatos. En San Martín una de cada tres personas ni siquiera se acercó a las urnas y los que fueron lo hicieron con bronca o desencanto. Anfibia e IDAES recorrieron los territorios clave para el peronismo. En esta investigación exclusiva reflejamos cómo viven, sienten, piensan y votan los sectores populares. ¿El electorado cautivo dejó de serlo? ¿Es una cuestión coyuntural o un fenómeno que llegó para quedarse?

Los que no fueron

Isabel vende 200 gramos de mortadela y anota los 90 pesos en un papel casi en blanco. Abrió el kiosco minutos después de las ocho de la mañana. Son las dos de la tarde y aún no suma 500 pesos. En la segunda mitad del mes en el barrio ya no hay plata: los vecinos le pagan con cambio o compran de a 40 pesos de pan y ya no un kilo. A las once de la noche, cuando cierra, las cuentas del papel arañan los 2000 pesos. Trabaja quince horas para una recaudación de la que, además, tiene que descontar el pan que pagará el día siguiente. Aunque tiene habilitada la Tarjeta Alimentar, la gente del barrio sale a buscar precios y termina comprando en los supermercados.

—En la pandemia sobrevivía bien, pero hace un par de meses bajó la venta. Por eso busco algo para trabajar por la mañana. No se puede vivir así. Es imposible —dice. 

Isabel tiene 54 años. Vive con su hija, Cristal, y su yerno, Rubén, en una de las últimas calles del asentamiento del Barrio 8 de Mayo, en San Martín. No es beneficiaria de ningún plan ni de otra ayuda económica de parte del Estado. El negocio es el único ingreso familiar.

—Tengo el kiosquito y con eso sobrevivo.

Isabel atiende de lunes a lunes. Se siente presa. Dice que le gustaría ir a almorzar los domingos a la casa de su madre de 91 años, que vive a pocas cuadras, a la peluquería, compartir una tarde de sábado con su hermana Teresa o salir a caminar. Pero no puede: si no abre, no come. Hay días en los que habla con su hermana y llora.

—No quiero estar 24 horas en un negocio y conformarme solo con llenar la panza. Trabajo solamente para comer. Eso no es vida.

El domingo 12 de septiembre se levantó, abrió el kiosco -como todas las mañanas-, tomó unos mates y miró el papel en el que había anotado el número de mesa en el que le tocaba votar. Dio vueltas, volvió a mirar el papel y lo tiró.

—No fui a votar, no sé por qué. Enojada no estoy, pero no sé. Estaba con ganas de ir, pero dije: ¿Para qué? ¿Qué voy a cambiar con un voto?.

Por momentos, Isabel siente que está peor que en el 2001, no sabe si es por la pandemia, cree que no. En aquél año el país atravesaba su peor crisis, pero ella trabajaba como empleada doméstica, tenía un sueldo.

Dice que en noviembre irá a votar y, al igual que en 2019, elegirá al Frente de Todos. No es decepción lo que siente, pero le gustaría que la gente trabaje por los planes que cobra, que se controle la asistencia y los horarios. 

—Daría una oportunidad. ¿Cómo que no? —dice Isabel y piensa en ese domingo en el que deberá cerrar el kiosco para ir a votar.

Sobrevivir es un verbo que se repite en la voz de los vecinos. Sergio tampoco fue a votar. Vive en la Cárcova, una de las 56 villas miserias del partido de San Martín. Sergio es una de las 7 mil personas que viven en esas 40 hectáreas contaminadas del Área Reconquista, trabaja de albañil y cobra un plan. “Sobrevive”, según sus palabras. El sábado a la noche, previo a las PASO, fue a una fiesta. Al día siguiente tuvo fiaca y se quedó en la casa con su mujer. No eran -dice- elecciones importantes. En la “clande” le contaron que no pasaba nada si no votaba, que no había multa. El próximo domingo sí va a ir y va a votar a los mismos de siempre.

Sergio conversa con Matías, amigo y compañero. Se quejan de que este año nadie los llamó para trabajar en la campaña: no pintaron paredes ni pegaron carteles. Así, no pudieron hacer un billete. Matías también se quedó en el barrio ese día. Prefirió ver el torneo de fútbol de los domingos en la plaza de la villa. Para su grupo de amigos, es el responsable de la derrota del peronismo. Se burlan, le hacen chistes, pero él está enojado. No fue a votar porque cree que eran unas elecciones “en broma” y porque no lo llamaron para trabajar: no hubo política como en años anteriores. Lo embronca, siente que se olvidaron del barrio. Ese dinero le hubiese venido bien.

Matías tiene un plan Potenciar Trabajo. Cada tarde camina por Belgrano, en la Capital Federal. Arrastra una bolsa que rellena con cartones. Camina y la bolsa aumenta de peso. Los días de suerte alcanza a juntar dos bolsones y llega a los 2500 pesos. Mientras revuelve la basura no piensa en las elecciones. En noviembre dice que irá a votar “en las elecciones de verdad”, pero no está convencido.

Isabel, Sergio y Matías no fueron a votar. Sobrevuelan broncas, pero también la sensación de que las PASO no definen nada. Una de las broncas es qué los políticos se olvidaron del barrio, que no aparecieron, que no dieron trabajo como en campañas anteriores. En los últimos días el aparato político se volvió a mover y esas broncas empezaron a disiparse. Lo que no había funcionado en las PASO se empieza a poner en marcha, tímidamente, para la general. Queda, muy fuerte, el malestar por la crisis económica. ¿Este malestar se podría haber mitigado, aunque sea mínimamente, con otras intervenciones de los Estados en los barrios? Por ejemplo: ¿Qué impacto tuvo la campaña de vacunación en estos sectores? 

"Trabajo solamente para comer. Eso no es vida".

Los barrios están lejos de la euforia de las redes sociales con la celebración de cada persona vacunada. Se vacunaron, sí, pero ya le habían perdido el miedo al virus mucho antes. Las condiciones de vida, desde el hacinamiento hasta la informalidad laboral, impidieron las medidas de aislamiento: hace mucho que los sectores populares están en las calles y sin barbijo. En las calles trabajando, porque la mayoría no pudo hacer “home office” y tuvo que salir a buscar los recursos, y en las calles viviendo.

—La vereda es mi patio —contó una vecina.

El déficit de la vivienda popular también expulsó a los sectores populares a las calles.

Los barrios están lejos de la euforia de las redes: se vacunaron, pero ya habían perdido el miedo al virus mucho antes.

Los sectores populares sobreviven desde siempre. Viven con lo justo, ahorran poco, se dan algunos lujos: un asado, falda a la parrilla. La pandemia pasó como un tsunami y dejó a los vulnerables mucho más vulnerables. Los circuitos de trabajo informal casi desaparecieron y el tejido social se lesionó. Entonces, para los que podían, se complicó ahorrar; los que tenían algo ahorrado lo consumieron; los que podían darse algunos lujos fueron perdiéndolos y los que no tenían se endeudaron en los almacenes o con los prestamistas del barrio

Algunos de los olvidados, de los que sobreviven, esquivaron las elecciones y revalorizaron su voto para las generales.

Los que fueron y votaron lo de siempre

—La gente está decepcionada. Yo fui, busqué una lista, pum, lo puse. Me di toda una vuelta, pim, pim, pim. Bueno, voto esta, pum, 507, mandé esa. Preguntame quiénes son, no sé —dice Sonia, de 54 años, vecina del barrio Costa del Lago, en Libertador. 

No lo sabe, pero en la urna puso la boleta del Frente de Todos. Se tomó el colectivo hasta una escuela en San Miguel porque cree que es su obligación y su derecho, pero descree de la política.

—Te prometen el oro y el moro y después desaparecen.

En su barrio, muchos están como ella. Lo nota en el grupo de WhatsApp "Compra y venta Costa del Lago" que creó el año pasado. Ahí, los vecinos y vecinas intercambian conejos, gallinas, televisores, celulares, artículos de limpieza o alimentos.

—A veces a las mamás se les acumula la mercadería que dan en el colegio, hacen un combo y lo venden. Si hay algo que necesito aprovecho y lo compro —dice, y enumera ofertas de aceite, harina, puré de tomate y arvejas.

Los sectores populares sobreviven desde siempre. Viven con lo justo, ahorran poco, se dan algunos lujos: un asado, una falda a la parrilla.

Sonia cobra más de 20 mil pesos por un plan social y trabaja cada quince días en un comedor de su barrio. Su marido también cobra un plan, pero de 13 mil. Además, es ayudante de albañil (no registrado) y gana 1500 pesos por día. 

—Somos un bloque piquetero. Marchamos. Es la Organización de Trabajadores Libertarios, no tenés que ir a trabajar, lo que tenés que hacer es ir a las marchas —cuenta.

Antes trabajó como barrendera para una cooperativa y fue empleada en una casa particular en la que pidió que no la registraran para no perder el plan. Sonia cree que los planes son importantes, pero le parece injusto que los cobren quienes no lo necesitan:

—Hay personas que tienen el auto 2019, ¿por qué no lo venden? Hay mucha gente que no lo necesita.

¿Cuáles son las estrategias del Gobierno Nacional frente a sectores populares que cada vez son más heterogéneos? ¿Qué pasa cuando la economía no arranca y la pandemia evidencia aún más las desigualdades en el acceso al trabajo?

Robert vive en Carcova y se pasea con su camiseta de River. No quiere decir a quién votó, aunque siempre vota a peronistas. Elige a los que están en el barrio, a los que se acercan. Aunque, entre risas, dice que al otro día se olvidan de la villa. Para las generales decidirá su voto unos días antes.

Vive con su mujer y dos hijas. Cobra un plan y sale todos los días con su bici a juntar cosas para vender. También pide. Su último trabajo fue en una verdulería en San Isidro donde le pagaban 1500 por día para levantar cajones de 7 a 18. Lo dejó. No por los pinchazos en los lumbares ni la rigidez en la espalda y el cuello después de cargar bultos de veinte kilos: lo dejó porque no le alcanzaba para nada. Antes de la pandemia salía en la bici y en una cuadra ya juntaba cosas para vender. Lo que antes hacía en una cuadra ahora lo hace en tres. También se queja de los precios: la carne está imposible.

—Comer es un lujo —repite Robert entre risas. 

Captando el desencanto de les vecines, le preguntamos a Robert por la seguridad. Tira una batería de ideas: “La villa está re picante”, “se vienen las fiestas y no hay un peso”, “los pibes se desconocen y se dan”, “el calor pega, pega mal”. 

El año pasado Sonia creó el grupo "Compra y venta Costa del Lago": ahí los vecinos intercambian conejos, gallinas, televisores, celulares.

La enumeración de Robert deja ver un incremento de las conflictividades vecinales. Durante la pandemia -según les vecines- en los barrios populares de San Martín aumentaron las situaciones de violencia de género e intrafamiliar. También, cuentan, crecieron los robos. Aislamiento más pobreza, un combo que dinamitó la convivencia. Sin embargo, nadie señala a la seguridad -o a la inseguridad- como un tema significativo a la hora de votar. 

—Siempre fue así —dice Robert, serio, con dejos de resignación por las violencias que iluminan el malestar económico.

Dos cuestiones para pensar la seguridad en los barrios: policías y crímenes. Por momentos, la única presencia estatal que quedó en los barrios fue la policía. La asistencia alimentaria y los programas de asignación de recursos fueron insuficientes. Lo único que siempre estuvo fue la Bonaerense. 

La sensación más generalizada es que la policía no interviene cuando tiene que intervenir, que no hace nada, que no acude a los llamados del 911, que no aparece en el barrio. Otra representación es que la “gorra” hostiga a los más jóvenes, “los verduguea”. Entre la ausencia y el hostigamiento. Por otro lado, la tasa de homicidios dolosos aumentó un 16 por ciento en San Martín en 2020 respecto al año anterior. En la pandemia no sólo subieron los precios también hubo más asesinatos. Mientras en la provincia de Buenos Aires la tasa de homicidios no aumentaba, en San Martín, y particularmente en los barrios populares, si. 

La idea de Robert es central para comprender que a pesar del incremento de los homicidios los vecinos y vecinas, en general, no votan pensando en la inseguridad.

La asistencia alimentaria y la asignación de recursos fueron insuficientes. La única que siempre estuvo fue la Bonaerense.

Los que fueron y cambiaron

—Comer es un gusto —dice Verónica, de 42, madre de siete hijes. 

Está casada y su marido es repartidor de bebidas. 

—Acá estamos mal, endeudados hasta la cabeza, cobramos para pagar deudas—cuenta.

Durante la pandemia contrajeron Covid-19 y tuvieron que aislarse. Como no podían salir a trabajar pidieron 50 mil pesos a un prestamista del barrio. Ahora tienen que devolver el doble en diez cuotas de 10 mil.

—Me chupa casi todo lo que cobro del plan —se queja Verónica.  

Antes de la pandemia ella estudiaba a través del Plan FINES, pero ya no tiene tiempo para complementar con las tareas de cuidado. Gustavo, su hijo de diez, también perdió clases durante la pandemia. 

—No tenemos internet acá. Si yo no tenía crédito, los chicos no se podían conectar. Se perdió todo el año.

La mercadería se redujo: la caja familiar que antes tenía seis leches ahora trae dos.

Una vez al mes, cuando Verónica retiraba los alimentos, las maestras le enviaban la tarea. Su hija Maia, de 12, se quedaba durante la semana en la casa de su abuela, en San Isidro, para conectarse a las clases virtuales.

Su hija Dalila, de 20, vive a la vuelta de su casa. Pasa entre seis y ocho horas en las montañas de desechos del CEAMSE sobre el Camino del Buen Ayre. Trabaja como recicladora para una cooperativa como contraprestación del plan de 14.000 pesos y después se queda horas extras de manera independiente. Así, suma otros 12.000 pesos por quincena.

—Yo me tengo que ir al colegio a las dos de la tarde. ¿Cómo hago si me tengo que quedar con tu hijo? ¿Qué hago con él? —le dice Verónica a su hija, antes de que salga por la puerta para ir al Banco Provincia a cobrar el Potenciar Trabajo. Es de mañana y el pequeño Isaac, de cuatro, se entretiene mirando televisión. 

Verónica cuenta que desde hace unos meses, la mercadería se redujo. La caja para toda la familia que antes tenía seis leches ahora trae dos. Los cinco paquetes de fideos también se redujeron a dos. Además, trae un paquete de arroz y uno de azúcar.

—No es que llegamos a fin de mes, si mi marido no saca fiado en los almacenes del barrio, directamente no comemos. A veces, mis hijos comen un fideo blanco con unos huevos picados y se van a dormir. No te voy a mentir. A veces, tienen ganas de comer una galletita, un yogur o una fruta. Son muchas cosas —dice. 

Cobra 9 mil pesos por dos de sus hijos a través de la Tarjeta Alimentar, pero no alcanza.

La percepción de que las acciones individuales no mueven el amperaje se siente en los barrios: "Un voto no cambia nada", dicen.

Verónica votó en blanco y en noviembre hará lo mismo. 

—Vos lo ves en la tele y ellos pelean su título, y nosotros seguimos en la villa llenos de barro.

Repite que son muchas cosas: que no puede salir a la feria con sus hijes porque no les puede comprar un helado, que Aysa llegó al barrio pero hace cuatro días que están sin agua, que no puede comprar carne. Son muchas cosas, repite. 

—¿Cuáles son los Cambiemos? ¿Los de Macri? Esos fueron lo peor que nos pudo pasar, con estos no tanto. Me da miedo que vuelva Macri, pero un solo voto no cambia nada. Sean lo que sean los kirchneristas a pesar de todo se hace. Pero los de Macri si te tienen que sacar lo de los chicos, te lo van a sacar.

Un voto no cambia nada, la frase que más se repite en las entrevistas. La percepción de que las acciones individuales no mueven el amperaje se siente en los barrios de San Martín. La memoria reciente de lo que significó el macrismo no parece ser un motivo que defina el voto. Los procesos de individuación que caracterizan la construcción de las subjetividades contemporáneas, procesos que con eficacia configuran la idea del actor como un individuo independiente del tejido social, son también difundidos exitosamente entre los sectores populares. La meritocracia, las salidas individuales para los problemas colectivos, el "sálvese quien pueda" como ideología parece permear más en los sectores medios, aunque también recorren fantasmagóricamente los pasillos de la villa.

Cuando no alcanza para comprar falda ni milanesas, las broncas se jerarquizan. Las preocupaciones políticas quedan desdibujadas por la urgencia.

En los barrios populares hay, desde siempre, muchas broncas. La pandemia las engordó. La escuela, la salita, los chorros, los transas, los políticos caretas, todo da bronca. Todo empeoró en la temporada Covid. Pero cuando no alcanza para comprar falda ni milanesas de pollo, todo está aún más complicado. Las broncas se ordenan, se jerarquizan. Las preocupaciones políticas que saturan discusiones y debates, que sin dudas modifican material y simbólicamente la experiencia vital de los sectores populares, quedan desdibujadas por la urgencia.

Los que fueron, pero desencantados

—Se sobrevive, gracias a Dios —dice Walter.

Son las nueve de la noche y cuando termine la entrevista, cenará requecho de huevo junto a su esposa Claudia, su hija Milagros, de 21, y su hijo Braian, de 17. Tiene 43 años, vive en el barrio Costa Esperanza y es albañil. Cada día recorre casi 60 kilómetros ida y vuelta hasta un country en Manzanares, en las cercanías de Open Door. Viaja en su Gol gris modelo 95 junto a su hijo Matías y tres compañeros. Reparten los gastos de la nafta y los del almuerzo. Cada día prenden fuego con las maderas de la obra, colocan encima un bracero y cocinan guisos de osobuco, espinazo o pollo con arroz, lenteja, o poroto.

—Estoy ganando 2800 pesos al día, con eso sobrevivimos. No nos damos los gustos, pero tampoco pasamos hambre —cuenta. 

Sus hijos reciben las becas Progresar y una caja mensual de alimentos. Claudia se acerca a cada lugar en el que dan mercadería. “La vida cotidiana es muy complicada”, dice Walter y busca precios. “Camino”, repite. Cada sábado recorren Tres de Febrero y San Martín: compran menudos, carcasas y alitas en una granja y cortes de vaca económicos en un frigorífico. Los domingos llega hasta el Bajo Flores, donde por la tarde los feriantes rematan la verdura que no lograron vender.

Walter no dice a quién votó.

—Cumpli mi obligación como ciudadano. Después, quién ganó, cómo y por qué, no tengo ni idea. No me interesan los resultados porque igual tengo que seguir trabajando.

Dice que no entiende mucho de política, pero que en la construcción durante el macrismo no la pasaron bien.

—Cuando ganó Alberto subió mucho la construcción. No me gusta la política, pero veo las noticias y Macri hizo un préstamo con el coso de Estados Unidos. ¿Cuánta guita y cuántos años tenemos para pagarla? Cuando subieron los peronistas se pagó toda la deuda y ahora este otro vino de vuelta a endeudar el país.

No dice a quién votó en el 2019 ni a quién votará en las legislativas, pero recuerda que todos los candidatos prometen y después no vuelven al barrio. 

—Doy gracias a Dios que mis hijos van a clases y mediante la escuela y el gobierno,  la mercadería escolar siempre estuvo.