Crónica

Un perfil de Federico Sturzenegger


El regreso del quetejedi

Fue uno de los responsables del Megacanje que antecedió al estallido de 2001. Luego hombre clave del gabinete económico de Mauricio Macri. Desde 2023 es asesor estrella de Javier Milei. Con los recientes cambios en el gabinete nacional, Federico Sturzenegger tendrá ahora un ministerio hecho a su medida para avanzar en la desregulación de la economía y las privatizaciones. Facundo Iglesia traza un perfil del economista fan de la Guerra de las Galaxias, que se prepara para hacer su tercera aparición estelar en la turbulenta historia económica argentina.

Federico Sturzenegger golpea el monitor monocromático en su oficina del Ministerio de Economía. Lo que ve no es lo que esperaba. Es agosto de 2001. En mayo, el presidente Fernando De La Rúa lanzó el Megacanje, una operación para postergar tres años los vencimientos de deuda. Por unos meses pareció que sí, pero ahora es evidente que no: los mercados no les creen.

—El riesgo país tendría que bajar y está subiendo —dice Sturzenegger, secretario de Política Económica, mirando el numerito en la pantalla.

A principios de agosto el riesgo país retomó su camino alcista. El indicador que mide las chances de cesación de pagos y que aparece constantemente en televisión con música catástrofe. “Tener 975 puntos de riesgo país como hoy, igual no cambia demasiado las expectativas de una reactivación rápida, aún lejos - publicó el diario Ámbito Financiero el 8 de mayo de 2001 - la Argentina sigue afuera del mercado internacional para financiarse”.

Sturzenegger tiene 35 años y un doctorado de economía en MIT. Hace seis años volvió al país desde Los Ángeles para convertirse en el economista jefe de la privatizada YPF. Sostuvo el puesto hasta 1998, cuando la española Repsol tomó la empresa. En marzo de 2001, Ricardo López Murphy lo convocó para ser parte del gobierno de De la Rúa. Sturzenegger dice que siente su rol como “estar en la cabina de un avión cuyos motores empiezan a fallar”. López Murphy renunció el 20 de marzo, a los quince días de asumir, pero Sturzenegger no se fue. Sturzenegger, todavía, no se quería ir.

“No tenía recorrido o vocación de meterse tanto en la ejecución, pero sí en la estrategia, en el diseño de políticas de corto plazo y en la comunicación con terceros”, dice alguien que lo cruzaba en los pasillos de Economía.

Ya en la segunda mitad de 2001 el superministro Domingo Cavallo, con quien tiene muy buena relación y lo ubica entre los “jóvenes economistas más brillantes del país”, está cada vez más convencido de sus propias ideas y toma medidas sin consultarlas con nadie. Antes de cada reunión, Sturzenegger coordina cuidadosamente con sus compañeros cómo le transmitirá la situación al ministro que ya no escucha razones. Ante lo que perciben como una situación insostenible, varios funcionarios de segunda línea del Palacio de Hacienda empiezan a renunciar escalonadamente para no desatar una crisis institucional. Sturzenegger se irá el 20 de noviembre, poco más de ocho meses después de asumir, diez días antes de que se impusiera el “corralito” y un mes antes de que caiga el gobierno de Fernando de la Rúa.

Pero Sturzenegger va a volver. En diciembre de 2015, catorce años después del 2001, se convierte en el primer presidente del Banco Central de la gestión de Macri, cargo del que será eyectado en medio de internas cruzadas: su esquema de “metas de inflación” choca con la realidad. Volverá otra vez. Javier Milei lo llevará como asesor en 2023, como uno de los principales arquitectos de la reforma integral que el libertario impulsará en el país con la Ley Bases y su Mega DNU. No es todo: en la noche del 27 de mayo Milei hará cirugía mayor en su gabinete y Sturzenegger ocupará un ministerio de “desregulación” creado a medida. Si la economía es el motor de la historia, Sturzenegger es uno de los principales personajes de la Argentina reciente.

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Federico Sturzenegger nació en 1966 en Rufino, un centro agrícola y ganadero de 20 mil habitantes en la provincia de Santa Fe. Se crió en Gonnet, una ciudad de La Plata famosa por albergar la República de los Niños, el primer parque temático del continente americano, creado en 1951 por Juan Domingo Perón. Su padre, Adolfo Sturzenegger, es un integrante de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de origen radical.

Federico es, ante todo, un académico. El segundo economista más citado del país después de Eduardo Levy Yeyaty, con quien escribió varios textos. Se licenció en la UBA, fue profesor asistente de Economía en la Universidad de California en Los Ángeles, enseñó y fue decano de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella y fue profesor visitante de Políticas Públicas en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard. Se doctoró en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), una cantera de funcionarios públicos a nivel mundial.

En el MIT fue discípulo de Rudi Dornbusch, un liberal alemán experto en países emergentes y crisis de balanza de pagos que apoyaba la dolarización. Sin embargo, dice un colega suyo, hay algo que el argentino no aprendió de Dornbusch: “Sturzenegger ve las cosas de una manera muy teórica, con una teoría que baja muy rápidamente a la realidad”. Sturzengger toma como guía para analizar la realidad y plantear políticas “la teoría más estilizada, con supuestos lo más abstractos posibles y alejados de las prácticas, de las instituciones y de la historia”, dice la misma fuente. A lo largo de su carrera política, las instituciones (sobre todo, los sindicatos) se le figurarán como un estorbo.

Luego de renunciar al gobierno de la Alianza, se acercó al PRO y ocupó una seguidilla de cargos: presidente del Banco de la Ciudad de Buenos Aires (2008-2013), diputado nacional (2013-2015) y presidente del Banco Central (2015-2018). Cuando Milei llegó a la presidencia, se sumó como su asesor estrella. 

Una pesadilla que tuvo en octubre de 2008, narrada en su libro Yo no me quiero ir (2013), da cuenta cabalmente de su pensamiento más profundo. Sturzenegger soñó que moría. Moría sin ver a Gimnasia de La Plata campeón. Pero después se dio cuenta de que la pesadilla no se trataba sobre el equipo de sus amores: “Comprendí que estaba elaborando la idea de que mi anhelo de ver a la Argentina como una nación avanzada, equitativa y pujante, quizá no fuera posible en toda mi vida”. El sueño, dice el libro, se debe a que ese año asomaba por parte del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner un incipiente intento por hacer crecer “el poder económico y regulatorio del Estado”. Eso, según Sturzenegger, llevaría a la cooptación de voluntades políticas.

En su libro se define como un “optimista incorregible”. Quizás no sea tan distinto a los adjetivos que le atribuyen las fuentes consultadas para esta nota: máquina de trabajar, disciplina suiza, fundamentalista, mesiánico, cabeza dura, ingenuo, dogmático.

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El 85 por ciento del universo es completamente invisible. A esa materia que no emite ningún tipo de radiación electromagnética ni interactúa con la luz la astrofísica la llama materia oscura. Su existencia es puramente hipotética. Sólo puede inferirse por sus efectos gravitacionales en el movimiento de las estrellas o las galaxias, que ninguna otra masa podría causar. Su composición es casi completamente una incógnita. El concepto sirvió, también, para explicar la economía. 

En 2004 el gobierno de Estados Unidos calculó que tenía un déficit en su cuenta corriente de 2,5 billones de dólares. Pero si su economía tuviera tal agujero, dicen en un famoso artículo Sturzenegger y su colega Ricardo Hausmann, el gigante del norte pagaría intereses de deuda astronómicos. Los dos economistas encontraron su respuesta en las estrellas. En 2005, acuñaron el término “materia oscura” para referirse a los activos “invisibles” de un país que generan ganancia y escapan a las mediciones oficiales. El know how de una empresa o la reputación de una marca son activos invisibles. Bajo este concepto, Estados Unidos no tiene déficit, sino superávit: el 40 por ciento de su PBI, calculan, está hecho de esa incógnita.

“Una vez que se considera la materia oscura, el mundo está sorprendentemente equilibrado”, aseguran Hausmann y Sturzenegger en un artículo del Financial Times. La economía, para ellos, es un poco como el universo.

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Alguien que lo conoce bien dice que Sturzenegger, como muchos economistas, necesita un modelo teórico de referencia en su vida. Antes de 2001 y el estallido de la convertibilidad, estaba convencido de que el esquema que traería estabilidad al país era un tipo de cambio fijo e inamovible: un hard peg, es decir, una paridad dura como la convertibilidad. Años después de que el uno a uno estallara por los aires y que De la Rúa volara en helicóptero, Sturzenegger decía a quien quisiera escucharlo que había cambiado completamente de opinión: que ahora creía en los regímenes de tipo de cambio flotantes. Escribió papers detallando la nueva evidencia empírica que había encontrado al respecto. “El decepcionante caso argentino” es parte de ese corpus.

En 2002 volvió al llano y recuperó su rol como decano de la escuela de negocios de la Universidad Torcuato Di Tella. En 2005, lo nombraron "Joven Líder Global" en el Foro Económico Mundial de Davos. Ya por esos años, comenzó a acercarse a un nuevo partido político de corte vecinalista y oenegeísta: Propuesta Republicana, liderado por Mauricio Macri y luego rebrandeado como PRO.

En 2008 Macri se convirtió en el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires y llamó a Sturzenegger para que presidiera el Banco Ciudad, cosa que hizo hasta el 9 de octubre de 2013. Algunos hitos de su gestión: despidos masivos, una encarnizada lucha contra el sindicato La Bancaria, denuncias de créditos preferenciales a miembros del PRO (luego desestimadas por la Justicia), la construcción de una nueva sede diseñada por el arquitecto británico Norman Foster y la instalación de la primera sucursal del banco en un barrio de emergencia, Villa Soldati.

En 2013, ya como diputado nacional, Sturzenegger comenzó a tener más visibilidad pública, aun cuando algunos de sus asesores le dicen que conviene guardarse porque él no era candidato a nada. De esa etapa tiene un remordimiento que lo persigue hasta hoy: haber votado positivamente por la ley de moratoria previsional en julio de 2014, que permitió que 500 mil personas accedieran a un haber jubilatorio. Se los suele comentar a sus alumnos de Macroeconomía Avanzada en la Maestría de Economía en la Universidad de San Andrés. Para él, fue un error que contribuyó a que el sistema jubilatorio hoy sea “insostenible”.

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Sturzenegger es cinéfilo. Son conocidas las figuras de Star Wars con las que adornaba su oficina en el Central (“cascos y equipamientos tamaño ser humano de los personajes de la Guerra de las Galaxias”, los describe alguien que visitaba asiduamente su despacho para discutir con él), pero también hace cursos de cine con su esposa Josefina Roullet. Su loft de soltero fue una locación en El Hijo de la Novia, la película de Juan José Campanella.

Su libro Yo no me quiero ir está plagado de referencias cinematográficas: Indiana Jones, Mujer Bonita, Wall Street, Goodbye Lenin!, Gladiador. También compara a la “búsqueda del poder” del segundo gobierno de CFK con la joya de El Señor de los Anillos. “¿Quiénes serán nuestro Gandalf y nuestro Frodo?”, se pregunta.

Además de papers y conferencias, Sturzenegger también escribe poesía. Uno de sus versos más famosos, desenterrado por Página/12 en 2011, habla de un viejo amor o acaso algo más etéreo que no puede olvidar porque “en vos todo comienza y en vos termina…”. Quizás hablaba de él mismo.

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Es 17 de diciembre de 2015 y Federico Sturzenegger está muy seguro de lo que hace. Mauricio Macri asumió la presidencia de la Nación hace siete días y, como presidente del Banco Central, está cumpliendo una de las principales promesas de campaña del PRO: levantar el cepo cambiario. Sturzenegger acaba de subir el tope a 2 millones de dólares mensuales y de levantar todos los requisitos. El dólar sube a 13,93. Sturzenegger festeja la medida en un almuerzo con el directorio del Banco Central. Pero uno de los invitados le hace notar que la devaluación se trasladará inmediatamente a precios. El fenómeno se llama pass through.

—El pass through es un mito —responde.

Los números oficiales del Banco Central en 2016 son fuertes: la inflación mensual de diciembre, que fue de 4%, duplicó a la de noviembre; la anual fue de 40%, unos 15 puntos más que la del 2015. En 2017 amaina, pero se está incubando una crisis que estallará en 2018 y que expulsará a Sturzenegger del gobierno. 

La estrategia del presidente del Central para contener los precios se llama inflation targeting, o metas de inflación, que usa como principal ancla la tasa de interés (y no el tipo de cambio o la cantidad de dinero). El 13 de enero de 2016, el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, anuncia los objetivos para todo el mandato. Este año, dice, la inflación se encontrará en un rango entre 20% y 25%: al final será el doble. 

“Yo no me atrevo a decir que Federico se enteró por los medios cuáles eran las metas de inflación, pero anduvo por ahí - explicará Fernando Meaños, gerente de prensa del Banco Central entre 2007 y 2018 -. ¿Qué hizo Federico frente a eso? La meta de 2016 directamente no la tomó en cuenta. Era incumplible”.

Macri prentede terminar con la era del “superministro” de Economía y lotea su gabinete económico: en 2016 las funciones pasan a las carteras de Hacienda y Finanzas, de Producción, de Agroindustria, de Energía y Minería, de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, y Transporte. En 2017 va un paso más allá y separa Hacienda y Finanzas en dos. Todos ellos supervisados por el jefe de Gabinete Marcos Peña. Un funcionario del Banco Central nos dirá: “Era un entrecruzamiento de internas. Un gobierno lleno de caciques, donde había muchísimos funcionarios que se sentían en condiciones de ser ministros de Economía o banqueros centrales”. 

La gestión de Sturzenegger queda en medio de ese fuego cruzado y explica gran parte de su fracaso. Pero no todo.

Es que ni siquiera los propios están convencidos del esquema de metas de inflación: en el paper de octubre de 2017, el profesor de la Universidad de Columbia Guillermo Calvo, que conoce muy bien al jefe del Banco Central, llamará a la lucha contra el aumento de precios crónico usando tasas de interés: “Cortar la cabeza de una Hidra con una navaja suiza”.

Y advertirá: “Subir las tasas de interés sólo conseguiría aliviar la inflación temporalmente”.

Pero Sturzenegger no afloja. Organiza conferencias de prensa, escribe informes, asiste a congresos. En la presentación del informe de política monetaria de octubre de 2017 reafirma el régimen de tipo de cambio flotante con metas de inflación. Planta como meta una inflación de 10 puntos para 2018. Pero llegará a 47,6%, la cifra más alta en los últimos 27 años.

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Sturzenegger es un ferviente evangelizador de la teoría del equilibrio general, una rama de la microeconomía que busca dar una explicación global del comportamiento de la economía. Así lo explicó en una charla del 16 de marzo de 2016 en la Academia Nacional de Ciencias Económicas: por ejemplo, si aumentaran las tarifas de energía un 100%, la inflación debería subir acorde. 

Pero Sturzenegger propone que si los precios de la energía subieran un 100% las familias tendrían menos para gastar en otros bienes. Por la baja de demanda, entonces, el precio de estos otros bienes debería bajar y por lo tanto, el índice general de inflación también.

“En este caso [...] los efectos de las tarifas sobre los precios serían nulos”, concluye.

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Una de las pocas veces que Sturzenegger tuvo que hacer algo en lo que no creía quedó grabada para la posteridad. A la fecha, el 28 de diciembre de 2017, se la conoce entre políticos y economistas con una denominación propia de acontecimientos históricos: el 28D.

Conferencia de prensa en Casa Rosada. A los periodistas les avisaron la noche anterior. Los voceros están nerviosos, los funcionarios llegan tarde. El ambiente es turbio. En la mesa, de izquierda a derecha: Sturzenegger, el jefe de Gabinete Marcos Peña, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y el secretario de Finanzas, Luis “Toto” Caputo. “Sturzenegger es literalmente un cero a la izquierda”, murmuraba una periodista a la espera de que hablaran los de la mesa.

El anuncio fue simple: la meta de inflación para el año siguiente, originalmente del 10%, aumenta al 15%. Para eso, el Banco Central debe bajar las tasas de interés.

Sturzenegger se opone: primero, la foto evidencia que la independencia del Banco Central, algo declamado por el macrismo, no existe. Y segundo, que una política monetaria más expansiva acelera la inflación. Los mercados ven con recelo al gobierno del PRO.

El entonces presidente del Central dijo en privado que le torcieron el brazo, que Macri parecía comprender y acordar con él pero que a la hora de la verdad cambiaba de opinión. Dirá que esa vez eligió la estabilidad del partido y del gobierno contra su convencimiento más íntimo. Sturzenegger culpará al jefe de Gabinete Marcos Peña y al círculo íntimo del presidente.

El 28D tiene, también, la multiplicidad de versiones de los acontecimientos históricos: gente que trabajó con Sturzenegger está convencida de que Federico fue a la conferencia sin saber del todo qué se anunciaría. Otros dicen que sus asesores le aconsejaron no asistir. “Tendría que haber renunciado el 29D”, dice un economista de alto perfil que aprecia a Sturzenegger y que supo integrar la mesa chica de La Libertad Avanza.

No es el único. Alguien que empieza a aparecer en los medios dice que el anuncio dinamitó la reputación de Sturzenegger. “Si yo estuviera en sus zapatos, presentaría mi renuncia de manera indeclinable”, afirmó ese mismo día, en diálogo con El Cronista, el economista libertario Javier Milei.

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Sturzenegger asumió en el Banco Central de Macri estando procesado por negociaciones incompatibles con la función pública en el Megacanje del 2001, algo que sus opositores políticos y mediáticos le recuerdan casi a diario. En 2003 el perito en Ingeniería financiera Moisés Resnick Brenner probó que le produjo al país un perjuicio de unos 55 millones de dólares. Diez años después, procesaron a Sturzenegger.

Cavallo y su secretario de Finanzas, Daniel Marx, habían sido absueltos en 2014 y 2010 respectivamente. Una fuente con conocimiento de la causa dijo que Sturzenegger, aunque más alejado que Marx y Cavallo de la operatoria, no aclaró su rol y por eso la Justicia no fue tan benévola con él.

La investigación intentaba determinar si todos ellos habían “obligado de manera abusiva a la República Argentina” a hacer la operatoria con el propósito de lograr “un lucro indebido” para los bancos que participaron: Banco Francés, Banco Galicia, Credit Suisse First Boston, Grupo Santander Central Hispano, HSBC, J. P. Morgan y Salomon Smith Barney­.

Para la Justicia la operación tuvo “un altísimo costo financiero fiscal”, no cumplió con los “criterios de razonabilidad” que impone el artículo 65 de la ley 24.156, ni consiguió un “diferimiento relevante” en el calendario de pagos: “Para lograr un alivio financiero de U$S 12.840 millones hasta el año 2005 inclusive, se incrementaron los vencimientos hasta el año 2031 en más de 55.000 millones de dólares”.

En su declaración judicial de 2006, Sturzenegger dijo que su función era de “índole estrictamente técnica”, y que él “no adoptó decisiones ni dio instrucciones, no emitió opiniones o recomendaciones, no participó en reuniones o negociaciones con poder de decisión”. Su rol nunca estuvo relacionado a la emisión de títulos de deuda o a la vinculación con bancos internacionales o extranjeros, dijo, y nunca participó en la elaboración ni implementación del Megacanje.

Marx testificó en el mismo sentido: dijo no recordar que Sturzenegger hubiese participado en el proceso de selección de las entidades financieras del Megacanje, sino que fue un simple observador.

En junio de 2016 el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal 2 absolvió a Sturzenegger. Una de las primeras llamadas que hizo al recibir la noticia fue a un viejo adversario para notificarle que ya no podría referise a él como “procesado”.

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No había pasado un año desde la victoria de Cambiemos en las elecciones de medio término en 2017. El 25 de abril de 2018 aparecieron los primeros cimbronazos de la que sería la primera turbulencia financiera del gobierno amarillo. Ese día, la JP Morgan ordenó desprenderse de 800 millones de dólares de Lebac, un título público de deuda a corto plazo del BCRA, y comprar dólares. La JP Morgan, una de las mayores empresas financieras del mundo, había colocado 2.300 millones de dólares de deuda voluntaria. Tenía buena relación con el gobierno de Macri y varios de sus funcionarios habían trabajado en sus oficinas. Por eso el desconcierto en la mesa de dinero del Central.

Solo ese día, el Central vendió US$1.471 millones para contener al dólar. Pero no fue suficiente. Fue la primera gota de una sangría. En pocos días el dólar pasó de 20 a 25 pesos. Antes de fin de año llegó a 38.

Días después, Macri recibió un llamado del secretario de Finanzas, que luego contó en su libro Primer Tiempo. “Se está complicando, no creo que podamos conseguir más plata” le dijo Caputo. El 8 de mayo, el presidente ordenó al ministro de Hacienda sellar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el número 22 que firmaría el país con la institución de crédito. Ese mismo día, grabó un mensaje para anunciarlo: “El problema que tenemos es que somos de los países del mundo que más dependemos del financiamiento externo, producto del enorme gasto público que heredamos y que estamos ordenando - dijo - frente a esta nueva situación, y de manera preventiva, he decidido iniciar conversaciones con el Fondo Monetario Internacional para que nos otorgue una línea de apoyo financiero”.

Diez días después, en medio de lo que parecía una pax cambiaria, Sturzenegger invitó a un grupo de jóvenes economistas activos en Twitter a su despacho para dar la versión oficial de lo que se perfilaba como una catástrofe. Los recibió con uvas. Es que el analista Christian Buteler, uno de los invitados, solía twittear monitoreando las cuotas de los créditos hipotecarios UVA (Unidades de Valor Adquisitivo), que tienen sus cuotas indexadas por inflación y que, por la reciente crisis, se habían disparado. 

Los créditos UVA fueron una creación de Sturzenegger, que recibió a los economistas sosteniendo un plato con un racimo jugoso: 

—A vos que no te gustan las uvas, te preparé esto —le dijo a Buteler.

Los recién llegados se divertían con los modelos de naves de Star Wars que adornaban la oficina. Desde su sillón, Sturzenegger daba explicaciones para todo: blanqueó la interna en el gobierno, dijo que no creía en el acuerdo con el FMI, negó que la escasez de divisas o el sobreendeudamiento fueran un problema, prometió que convocaría mujeres la próxima vez (eran todos hombres) y explicó su modelo de equilibrio general.

—En nuestro modelo, no hay lugar para el dólar a 25 pesos. 

Ese día, las pizarras en la city mostraban casi exactamente ese valor para la venta: $25,05. Uno de los invitados le advirtió que dejar flotar el tipo de cambio podría tener consecuencias sobre la inflación, el empleo y el crecimiento. Sturzenegger se encogió de hombros y mostró las manos, como diciendo “y qué se le va hacer”.

De buen semblante, explicó que el motivo oficial para la retirada era la entrada en vigencia del decreto 279/2018 del 6 de abril: un impuesto a la renta financiera para inversores extranjeros, que gravaba con 5% para las ganancias en pesos y 15% en dólares.

Buteler dice hoy: “Era medio discutible si ese había sido todo el motivo o no: era una crisis de demasiada magnitud para reducirla a simplemente ‘se fueron porque no quisieron pagar un impuesto’. Si a ellos le da que siguen ganando plata, por más que tengan que pagar un impuesto, lo pagan y listo”. 

“Acá hubo, a mi criterio, una visión de que había inconsistencias que algún momento iban a estallar - explica el economista - y bueno, esto es como el juego de la silla, ¿no? Nadie se quiere quedar cuando se apaga la música y sin poder sentarse”.

Ese mismo día, el FMI informó que el plan de metas de inflación de Sturzenegger no funcionó y evaluó un esquema de agregados monetarios. La noche del 8 de junio, Sturzenegger anunció junto a Dujovne en el CCK el nuevo acuerdo con el FMI, que incluía un préstamo de 50.000 millones de dólares: el más grande que dio el Fondo en sus más de setenta años de historia.

Esa primera versión del acuerdo no le permitía al BCRA usar el dinero del préstamo para contener al dólar. Según cuenta Macri en su libro, Sturzenegger creía que ese acuerdo era suficiente, pero Caputo no estaba de acuerdo con la regla. “En dos o tres días te van a ir a buscar otra vez, Fede”, le dijo Toto en una reunión en Olivos. “Saben que no tenés armas para contrarrestarlo”.

Dos días después de ese encontronazo, el dólar saltó de 26 pesos a 28. Para Macri, eso le terminó de dar la razón a Caputo. “Federico, abollado y sin credibilidad, tuvo que renunciar”, dice el expresidente en su ópera prima.

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Macri’s Macro, the meandering road to stability and growth (La Macro de Macri: el serpenteante camino hacia la estabilidad y el crecimiento) es el título del paper de Sturzenegger en el que analiza el fracaso de la gestión macrista. Su tesis es que, tras un éxito inicial, todos los programas económicos del gobierno fracasaron por los “excesos fiscales” del macrismo y el hecho de que las jubilaciones estuvieran indexadas por la inflación.

“El presidente Macri se puso del lado del Tesoro y tomó la decisión trascendental de cambiar los objetivos de inflación, socavando su propio marco macroeconómico y desencadenando una crisis financiera”, escribió Sturzenegger en una nota en Infobae, titulada El fracaso económico de Macri es sorprendente. La publicó cuatro días después de que Macri perdiera las elecciones contra Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.

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A instancias de Karina Milei, viejos conocidos del economista libertario crearon el Instituto para el Crecimiento (IC) en 2022 para producir informes y propuestas de ley para un posible gobierno de su hermano. Ese es el equipo originario al que Javier Milei se refería en medios como su “gabinete en las sombras” antes de asumir. Una fuente del IC asegura que, en un zoom tres semanas antes de la segunda vuelta presidencial, José Rolandi (que se convertiría en número dos del jefe de Gabinete, primero, y director de YPF, después) mencionó el nombre del que se convertiría en el nuevo líder del equipo: Federico Sturzenegger sería el encargado de “compatibilizar” los proyectos de LLA y el PRO.

Sin embargo, el ex banquero central de Macri se apropió casi completamente de la lapicera.

Desde 2021 Sturzenegger alimentaba de ideas económicas al sector de Patricia Bullrich. “Somos bichos políticos, no somos bichos técnicos”, explica hoy un encumbrado dirigente del bullrichismo. Según dice, la misión del economista era emprender una reforma del Estado que, en su versión original, tenía 3.000 artículos, decretos y derogaciones. La reforma del Estado es, principalmente, la reforma del PRO.

Hasta ahora, apenas un tercio de ellos llegó al público: 644 en el DNU que Milei anunció diez días después de asumir y 366 en la primera versión de la Ley Bases.

Sturzenegger sonaba como posible ministro de Economía en los meses previos a la asunción de Milei pero el cargo fue para Caputo, un viejo adversario de con quien nunca recompuso el lazo. En febrero, un exmiembro de LLA afirmaba que no veía la mano de Sturzenegger en las decisiones de política económica del gobierno. “Federico no está. Conociéndolo a Caputo, no creo que acepte cuestionamientos de Federico sobre la política económica”.

A Sturzenegger le ofrecieron primero encabezar una “Unidad Transitoria para la Desregulación de la Economía”. Pero la rechazó y se convirtió en un asesor ad-honorem del presidente. Según un dirigente del PRO, a Sturzenegger lo tienen sin cuidado las legalidades y los cargos, algo que le trae problemas prácticos ya que el asesor “no tiene firma”.

Sus apariciones públicas son cada vez más virulentas, pero existe un hilo conductor entre el Sturzenegger que en 2013 contaba cómo heroicamente le descontó el sueldo por los días de paro a los empleados del Banco Ciudad y el que planteó “empobrecer a estos grupos de interés y drenarlos de los recursos” en 2024.

Luego del anuncio con bombos y platillos de la vigencia del DNU, comenzó una desenfrenada negociación con la llamada “oposición dialoguista” por Ley Ómnibus. Desde LLA y el PRO comentan que el economista no era receptivo a las sugerencias de cambios en el texto. Cuando le sugirieron no incluir el controversial cambio de la fórmula jubilatoria que ataba las actualizaciones a la inflación, Sturzenegger fue claro: “Lo sacamos, pero vamos a matar de hambre a los jubilados”. El día antes de la asunción de Milei, un funcionario libertario advirtió que eliminar las contribuciones solidarias a los sindicatos abriría un foco de conflicto con los trabajadores. Sturzenegger dijo que lo consideraría, pero en la primera versión de la Ley Bases avanzó con la eliminación.

Parte del trabajo de Sturzenegger consistió en receptar reclamos de distintos sectores empresarios. En una entrevista reciente en C5N, el economista Emmanuel Álvarez Agis reveló que aspectos desregulatorios del régimen para grandes inversiones de la Ley Bases ya circulaban como exigencias por los despachos oficiales cuando Alberto Fernández era presidente. En enero, Daniel Funes de Rioja, entonces presidente de la Unión Industrial Argentina afirmó en una entrevista radial que el bufete Bruchou & Funes de Rioja participó de la redacción. Hubo abogados que También fueron de la partida el actual secretario de Energía, Eduardo Rodríguez Chirillo, que trabajó en la empresa eléctrica española Iberdrola y Jorge Muratorio, partner del Estudio O'Farrell. En la primera versión de la Ley Bases sobrevivieron, también, algunos pocos aportes de la formación original del IC, que despidió a todas sus autoridades originales.

Enero de 2024 fue un punto álgido de las negociaciones por la Ley Bases. Varios medios dieron cuenta de un “encuentro secreto”entre diputados libertarios y de la llamada oposición dialoguista para terminar de puntear el texto en el departamento del libertario Cristian Caram. La reunión terminó mal. La presencia de Sturzenegger incomodó a un grupo de legisladores - entre ellos Miguel Ángel Pichetto y Oscar Agost Carreño, de Hacemos Coalición Federal - que se fueron de la casa a los gritos. Fue el propio Pichetto quien tendió luego la trampa a Oscar Zago, que mató el proyecto cuando lo mandó a comisiones. 

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La nueva versión de la Ley Bases ya tiene dictamen en Diputados y se está negociando en senadores. Tiene muchas más manos y menos artículos que la original: 232, esta vez con más aportes de Presidencia, consensuado con gobernadores y legisladores de la oposición.

Sigue siendo, en su núcleo, el proyecto de Sturzenegger y su equipo. Declara como “sujetas a privatización” a empresas como Aerolíneas Argentinas o Nucleoeléctrica Argentina, aunque en el segundo caso, dice que el Estado debe mantener su participación mayoritaria. Prohíbe a los sindicatos públicos descontar parte del salario de los trabajadores no afiliados, plantea descuentos a los trabajadores en huelga, sube el período de prueba a desde seis meses a un año. Impone un cuestionado régimen para grandes inversiones (enfocado, principalmente, en proyectos de extracción de cobre o litio) que según varios analistas consultados, es mucho más que lo que pedían las empresas del sector.

En los últimos meses, Milei tuvo trato casi diario con su asesor estrella. Después de bajar a Nicolás Posse de la Jefatura de Gabinete y poner en su lugar a Guillermo Francos, anunció la creación del nuevo ministerio que se encargará de la desregulación de la economía y las futuras privatizaciones. Sturzenegger vuelve a primera fila y con firma. Parece que en él todo comienza y todo termina.