Crónica

La primera derrota de La Libertad Avanza


Sin política y sin ley

¿Puede ser la negación de la política una forma nueva de hacer política? Javier Milei lo intentó con uno de los proyectos refundacionales de su gobierno: la Ley Ómnibus. La Libertad Avanza eligió la fanfarronería y el maltrato por sobre la negociación y la seducción. La Cámara de Diputados le sostuvo la vela durante un mes y diez días, hasta que ayer lo dejó chocarse de frente con la realidad: sin votos no se consigue una ley y sin política no se consiguen los votos.

—Así como está, la ley no nos sirve.

—Es que la ley se va a caer, muchachos. Eviten la sangría.

Al asesor presidencial Santiago Caputo y al presidente del bloque Hacemos Coalición Federal (HCF), Miguel Pichetto, les bastó ese breve intercambio en el despacho de Martín Menem, para entender que hablaban el mismo idioma. Habían perdido y no tenía sentido estirar la agonía. De los cuatro puntos medulares de la Ley Ómnibus, dos ya habían caído durante el debate en comisiones (aumento de retenciones y baja de jubilaciones), el tercero (delegación de facultades) acababa de salir despeluchado del recinto y el cuarto (privatizaciones) se encaminaba a ser la demostración fehaciente de una derrota estrepitosa del Gobierno. Recién ante esa cuarta luz de alarma aceptaron la inevitabilidad del fracaso.

En el despacho de la Presidencia de la Cámara baja había mucha gente. Caputo estaba al teléfono con el presidente Javier Milei, desde Israel. A su lado, Maximiliano Fariña, asesor de Federico Sturzenegger, y María Luz González Carman, del equipo del jefe de Gabinete, Nicolás Posse. Además de Menem estaban Oscar Zago (LLA), Cristian Ritondo y Silvia Lospennato (PRO), Rodrigo De Loredo (UCR), Pamela Calletti (Innovación Federal) y Álvaro Martínez (Unión Mendocina).

Caputo les transmitió la decisión del Presidente: devolver el proyecto a las comisiones.

Habían pedido un cuarto intermedio para acomodar una sesión que en pocos minutos se les había ido de las manos. Hicieron un poco de catarsis, se endilgaron facturas cruzadas y exclamaron en un in crescendo entre incrédulo e indignado los nombres de los traidores.

“Los gobernadores de Misiones, Salta, Jujuy, Neuquén”, repasó uno. “Los radicales no pudieron alinear a sus diputados, aunque me consta que (Alfredo) Cornejo hizo un esfuerzo”, agregó otra. “¡La mujer de (Osvaldo) Giordano votó en contra! ¡La mujer del titular de la Anses!”, subió el tono un tercero, hablando de la diputada Alejandra Torres. “¡Píparo! ¡Píiiiiiparo!”. Ya la catarsis orillaba el grito.

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El fracaso estruendoso de la Ley Ómnibus, una de las dos grandes apuestas reformistas del estreno de Javier Milei, fue también el naufragio del llamativo intento de gobernar vía fanfarronería, descartando por “prebendarios”, “coimeros” y “casta” a los profesionales de la política que vienen logrando leyes para gobiernos sin mayorías legislativas desde hace décadas.

El método para conseguir leyes no es ningún secreto: negociar con quienes aceptarían darte los votos. Las herramientas, variadas: permitir modificaciones, dejar temas para más adelante, saber priorizar, no agraviar a quienes podrían ser tus aliados, jugar con las ausencias de quienes no están tan seguros de acompañarte, balancear los votos negativos (“vos votás estos en contra, vos estos otros”), seducir a los que querés conquistar, ofrecer otras leyes o medidas de gobierno a cambio de los votos.

Nada de eso fue puesto en práctica por el oficialismo, que en cambio eligió despreciar el trabajo legislativo y llegó al recinto sin tener en claro quiénes votarían qué artículos. “Había algunas observaciones, pero suponíamos que las delegaciones se iban a dar”, dijo anoche el ministro del Interior, Guillermo Francos, en Casa Rosada. Uno de los negociadores de la ley. “Suponíamos”. En fin.

Sin buscar ni contar los votos, el Gobierno eligió la opción más haragana: sacar la ley a los empujones. Así, las acusaciones y amenazas se volvieron moneda corriente para gobernadores y legisladores que, como De Loredo, tuvieron que salir a aclarar incluso en el mismo día de la sesión: “Nosotros no cambiamos de opinión porque Milei un día nos insulte”.

¿Puede ser la negación de la política una forma nueva de hacer política? Por ilógico que suene, la Libertad Avanza lo intentó; pero, lógicamente, no salió.

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Carolina Píparo, ex candidata bonaerense del presidente Javier Milei, no olvida que le prometieron la Anses y se la quitaron 48 horas después. Este miércoles, de madrugada, apareció señalada como “traidora” en un tuit de la Oficina del Presidente junto con los diputados de la UCR, HCF e Innovación que votaron en contra de algunos artículos del proyecto. Pero ella sólo votó en contra un inciso que el Gobierno sabía que caería. Lo de HCF e Innovación (bloques que funcionan como terminales políticas de siete gobernadores), sin embargo, sí terminó siendo determinante. Por eso, apenas un rato después de caído el proyecto, funcionarios de prensa del Poder Ejecutivo habían dejado correr en los whatsapp de algunos periodistas que los traidores eran los gobernadores Martín Llaryora (Córdoba), Maximiliano Pullaro (Santa Fe) y Gustavo Sáenz (Salta). La búsqueda e identificación de culpables del fracaso fue un meltdown que se desarrolló en público y salpicó a todos.

El colapso del proyecto sucedió en dominó. Primero, con todos los votos de Unión por la Patria y el FIT más dos tercios de los votos de HCF e Innovación y un puñado de radicales, el recinto le vació la delegación de facultades para modificar fideicomisos y legislar en materia energética, tarifaria y de seguridad a Javier Milei. 

142 a 112 (único inciso que el Gobierno sabía que perdería) y 130 a 123.

Después, la crisis. Se sumaron más radicales (12 de 34). El recinto le volteó cinco de los seis incisos del artículo 5 (sobre reforma del Estado), convirtiéndolo en letra muerta.

144 a 109. Pichetto les pide “alguna cuota de flexibilidad”. “¡Les encanta seguir perdiendo! Pero no hay que perder, hay que ganar”, les explica con tono maternal. Entre las bancas de los aliados crecía un murmullo: “Che, ¿y los votos de los gobernadores dónde están?”.

154 a 98. Se envalentona la oposición. Aparecen rechazos de todos lados al inciso que abría la puerta a suprimir organismos públicos como el Conicet.

141 a 110.

152 a 101.

150 a 103.

Llevaban para este momento doce votaciones y ya habían perdido seis. De un lado, estoicos, LLA y el PRO aprobando todo. Del otro lado, estoicos, UxP y el FIT rechazando todo. En el medio, los bloques que votaron divididos y que torcieron la balanza en contra del Gobierno: UCR, HCF, Innovación y otros más pequeños.

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Con el diario del lunes (o la nota del miércoles) resulta sencillo hacer la “crónica de una muerte anunciada”. Pero la muerte que tuvo lugar ayer en la Cámara de Diputados fue más bien sorpresiva. Y no porque el Gobierno no viniera demostrando sus incapacidades en materia de política en general y de factura legislativa en particular; sino porque un accionar tan temerario (forzar la llegada al recinto de un proyecto que en comisiones tuvo más observaciones que apoyos plenos, seguir negociándolo hasta dos semanas después de la aprobación en comisión, estirar los plazos, reprimir salvajemente manifestaciones ínfimas y pacíficas, agredir a la prensa en el mientras tanto) parecía señalar que el apoyo estaba cocinado.

Mirando la escena con los lentes de la política profesional, era un accionar que apuntaba a un escenario cerrado. En criollo: si vas al recinto es porque tenés los votos. “No la ven”, fanfarroneaban los funcionarios, tratando de opas a todos los que señalaban lo endeble de su trabajo con el Congreso y con las provincias.

Pero la magia no existe. Sin votos no se puede hacer una ley y sin política no se pueden conseguir los votos. El rey estaba desnudo.

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Una voz del PRO:

“Cuando perdieron el artículo 5 entero, ahí tomaron conciencia. Hasta ese momento, descontaban que el inciso h. del artículo 4 lo perdían, lo supieron desde el primer día, pero no vieron venir lo de los dos siguientes. Vos cuando ves que perdés algo tenés que sacarlo. Porque los dos siguientes no habían estado en la discusión antes, pero si perdés uno, empezás a perder los demás. Tenían los números y de repente no los tenían más. ‘Dejemos este artículo de cultura para perder, porque la batalla es simbólica’, nos decían. ¡La batalla simbólica dala en los medios, en el recinto te dura dos minutos! ¿Sabés lo que fue explicarles que no te sirve un dictamen con más disidencias que votos a favor? Ah, pero ellos querían el dictamen antes del paro. Creo que ahora lo entendieron”.

Una voz de Unión por la Patria:

“Yo pensaba que en el artículo 3 íbamos a estar más cerca. Sí sabía que íbamos a dar una disputa artículo por artículo y que los íbamos a volver locos. Ellos estaban muy flojos de papeles, muy débiles de número. Y nosotros estábamos muy firmes. Lo que quería es que vean que iba a ser una pelea cuerpo a cuerpo. Dimos esa pelea en el punto clave. Virtud y fortuna, diría Maquiavelo. Virtud y fortuna. Los noto un tanto voluntaristas. Se encontraron con una crisis de la que se podía salir, pero eso requiere procesarla política y comunicacionalmente. No veo que lo estén haciendo”.

Una voz de Hacemos Coalición Federal:

“Ellos nunca buscaron el número. Nunca hubo un tipo de ellos que se ocupara de garantizar el número en particular. No sé si sabían que la devolución a comisión volvía el debate a fojas cero”.

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La Ley Ómnibus quedará en el olvido. El Gobierno no volverá a insistir con su tratamiento. Federico Sturzzeneger deberá archivar el mamotreto que redactó para Patricia Bullrich y que se esperanzó en ver convertido en realidad con Javier Milei.

#HayLey tuiteaban hace cinco días nada más los funcionarios y diputados, tras conseguir apenas la aprobación en general. Todavía faltaba la votación en particular y el trámite en el Senado. Los puntos clave seguían en discusión, nadie estaba contando los votos y el Presidente se dedicaba a darles “me gusta” a los posteos que insultaban al Congreso y al radicalismo.

¿Puede ser la negación de la política una forma nueva de hacer política? 

No.