Chile: crecer sin límites en un planeta finito


Verde memoria mineral

Cristina Dorador creció viendo la transformación del paisaje de Potrerillos: iba a visitar a su abuela y a jugar con sus primos hasta que en 1997 la contaminación los empujó al exilio. Cuando volvió, hace unos años, atravesó Chañaral, otra zona de sacrificio. Como investigadora, cada vez que recorre El Altiplano empieza a mirarlo como si fuera la última vez. Cobre, litio, ríos, vida, naturaleza, desiertos, historias, silencios, destrucción, bienestar: cómo generar espacios de discusión situados en esta época y en los territorios para que las narrativas climáticas no se estanquen en una sola dirección.

El bus tenía que sortear decenas de curvas de la cuesta Los Patos hasta llegar a Potrerillos ubicado a 2800 metros sobre el nivel del mar. A lo lejos se divisaban las altas chimeneas de la fundición pintadas de rojo y blanco. A mis 10 años soñaba entre cerros. Pronto abrazaría a mi abuelita Inés y jugaríamos a la pelota con mis primos en el arenal, que más que una cancha de fútbol improvisada era un enorme tranque de relaves mineros. Mis manos de niña se cubrían de una costra gruesa, la cara se partía y el frío de la precordillera calaba los huesos. A pesar de todo, éramos felices, simples como la felicidad del viento.

Potrerillos fue declarado zona saturada de contaminación por anhídrido sulfuroso y material particulado respirable en 1997. Así selló su destino: el abandono y cierre del campamento minero. La fundición sigue funcionando hasta hoy, pero el pueblo está vacío. Las calles y casas se congelaron en el momento del exilio; siguen siendo objetos del olvido, permanecen impávidas, cubiertas por el polvo de fundición. En el suelo no hay tierra, son relaves. Destino similar corrió el pueblo de Chuquicamata, ubicado en la region de Antofagasta, que estaba ubicado al lado de la mina y la fundición de cobre; alguna vez fue la mina a rajo abierto más grande del mundo, orgullo nacional. La mina debía crecer para aumentar la producción y el pueblo fue desalojado el año 2001. Hoy, parte de sus edificios están bajo los botaderos y ripios mineros; la memoria quedó enterrada.

Tuve la oportunidad de volver a Potrerillos el año 2018 para la celebración de sus 100 años. El suelo es una carpeta blanda de sulfuros de cobre, arsénico y otros minerales que se han compactado en estos casi 30 años. Me arden los ojos, me pica la garganta, me cuesta respirar. Duele la vida. Aquellos humos nos siguen tiñendo de verde por dentro, como los hombres de Puchuncaví. Pienso en esto cuando escucho hablar de minería “verde” como sinónimo de sustentabilidad, y evoco al sulfuro de cobre, su verde intenso, tan intenso como los billetes que produce. 

"Mis manos de niña se cubrían de una costra gruesa, la cara se partía y el frío de la precordillera calaba los huesos. A pesar de todo, éramos felices, simples como la felicidad del viento."

A lugares como Potrerillos, Ventanas, Chuquicamata, Mejillones, Tocopilla, Chañaral y Coronel se les denomina “zonas de sacrificio”. Se trata de poblaciones humanas que concentran actividad industrial contaminante y que reciben las consecuencias de decisiones productivas y económicas. El sacrificio se convierte en un estigma, saberse que tarde o temprano asomará la enfermedad, saberse parte de un inventario de rentabilidad, donde la dignidad humana pasa a ser un mero eslogan. 

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El viaje de Antofagasta a Potrerillos duraba cerca de 8 horas, tiempo suficiente para aprender a mirar las vastedades. Mientras el bus trepaba por los cerros se podía ver el río Salado llevando una carga tóxica de desechos mineros vertidos desde Potrerillos y El Salvador. La pendiente geográfica de la zona fue ideal para deshacerse de los relaves que ya colmaban los cerros de la zona. Desde 1938 la empresa Andes Copper Mining y posteriormente Codelco (desde 1971) vertieron más de 350 millones de toneladas de relaves en la Bahía de Chañaral (1938-1974) y en Caleta Palito (1975-1990). 

En Chañaral ya no hay peces, algas, moluscos o crustáceos. A lo lejos se aprecia una paradisíaca playa de arenas amarillas que en realidad son un mosaico de minerales y metales. Las concentraciones de cobre en la costa de Chañaral son hasta 60 veces superior a la media de las costas del mundo; los elementos cadmio, hierro, níquel, plomo, zinc y arsénico superan las concentraciones en otros ambientes similares. El 1993 el ex Presidente Ricardo Lagos se bañó en sus aguas para dar confianza a la población; afirmaba que la contaminación se había terminado. Entre 1997 y 2011 Chañaral presentó la mayor mortalidad por tumores en la región de Atacama siendo superior a la tasa nacional. 

En nuestro cuerpo hemos asimilado los minerales y metales. Caminamos con el arsénico a cuestas, las dolencias de generaciones pasadas y la incertidumbre del futuro. La región de Antofagasta es la segunda del país con la mayor mortalidad por cáncer, especialmente de pulmón y colon. Por dos décadas (1952-1971) la ciudad de Antofagasta recibió agua con altos niveles de arsénico proveniente de ríos naturalmente enriquecidos con minerales. Estudios historiográficos muestran que el agua de mejor calidad fue destinada a la minería y el resto, a las poblaciones humanas. Las consecuencias no solo se reflejan en las altas cifras de cáncer, también en las manchas blancas que portamos como un tatuaje mineral en la piel. 

La contaminación persistente derivada de la exposición a minerales ha dejado historias dolorosas. A comienzos de los años 90 se hicieron estudios ambientales y de salud en zonas cercanas a los acopios de plomo y zinc en el puerto de Antofagasta y patios del ferrocarril. Se detectaron más de 200 niños con niveles de plomo riesgosos para salud; fueron llamados los niños del plomo. Me pregunto ¿dónde están? ¿Se acordará el Estado de ellos?

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En distintas regiones de Chile ha aumentado la preocupación por las problemáticas ambientales. A través de agrupaciones como Modatima (Movimiento de Defensa por el Acceso al Agua, la Tierra y la Protección del Medioambiente), mujeres, hombres y jóvenes han sido valientes en levantar la voz y exigir mejores condiciones de vida, incluso pidiendo lo más básico para la existencia humana: el acceso al agua. Mujeres claras y decididas como Verónica Vilches y Lorena Donaire claman por el derecho humano al agua; Katta Alonso denuncia la crisis de salud y contaminación de Ventanas, Quintero y Puchuncaví. En el sur, la machi Millaray Huichalaf pone su fortaleza al frente para proteger el río Pilmaiquén de la intervención hidroeléctrica. Historias entrelazadas, unidas por la sobrevivencia en un país que aún no entiende que su propia destrucción no significa bienestar. Sus testimonios vuelven a ser visibles en el podcast documental Sacrificadas, una producción de Anfibia Podcast y FES Chile.  

Actualmente la demanda de minerales es altísima. En las próximas tres décadas se requiere aumentar la producción en un 50% de cobre y 90% de litio para cumplir con las metas de descarbonización y evitar que el planeta se siga calentando. Se reemplaza el carbón por energías renovables que necesitan metales y minerales. Desata la paradoja de crecer sin límites en un planeta finito. Abundan los discursos que justifican el aumento de la explotación minera en el norte de Chile usando la crisis climática y ecológica como marco inevitable del extractivismo. ¿Hay otras posibilidades? Por supuesto que sí, pero para ello se requiere pensar desde el territorio junto a sus diversidades y con conciencia de transformación. También vivimos una crisis epistémica que es opacada por la urgencia de lo material. 

El Desierto de Atacama -donde se concentran las mayores reservas de cobre del mundo- está sufriendo una transformación abismante de cordillera a mar. Cientos de cerros ya no existen, a cambio se elevan montañas de ripios y botaderos producto de la extracción de minerales. La centrífuga de rocas funciona día y noche sin parar, suben trenes y camiones con ácido sulfúrico y bajan con cátodos y concentrado de cobre. Día y noche, arriba y abajo, barcos vienen y van, aumentan los ceros, los campamentos, la desigualdad y las transacciones en la bolsa de metales de Londres. Mientras esto pasa, los grandes observatorios astronómicos ubicados en el Desierto indagan los secretos del Universo con la esperanza de encontrar vida en otros planetas.

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Desde hace 20 años estudio salares y humedales altoandinos. El Altiplano me llena de emoción. Me renueva las esperanzas. Me hace sonreír: es quizás lo más cercano a la libertad. 

En una de estas expediciones logramos dar la vuelta al Salar de Tara cruzando el río Zapalieri, donde está la triple frontera: Chile, Argentina y Bolivia. Nos encontramos con flamencos, vicuñas, quebradas, llaretas, bofedales. Mucha sal. Mucho silencio. En sus bordes se asoma como un arcoíris el espectro visible e invisible de la vida microbiana moldeada por la radiación solar más alta del planeta. Aquí el amarillo del azufre es origen y final. 

Subimos al cerro más alto, contemplamos el majestuoso Altiplano como si fuese la última vez, revivimos lluvias volcánicas y nieves eternas, nos volvimos viento: ojalá esto dure para siempre.

Los seres humanos somos parte de la naturaleza. Nuestras mitocondrias albergan la huella genética de las bacterias y arqueas que formaron las primeras células eucariontes hace dos mil millones de años. Nuestro cuerpo es una composición de distintos organismos, somos un ecosistema, sin microorganismos no podríamos vivir. 

"Las consecuencias no solo se reflejan en las altas cifras de cáncer, también en las manchas blancas que portamos como un tatuaje mineral en la piel."

Al ser parte de la naturaleza es también nuestra responsabilidad su protección. Desde las alturas del Altiplano se siente la fuerza del tiempo. Grandes lagos del pasado ahora son cuencas evaporíticas que han concentrado sales y diversificado la vida. El Altiplano es una ventana que permite mirar la Tierra antigua e imaginarnos escenarios futuros. Sin embargo, la ventana está trizada.

Los salares que albergan la mayor biodiversidad continental del norte de Chile están desapareciendo. Al extraerles agua y salmueras se estruja la contradictoria belleza de la inmensidad. Las poblaciones de flamencos han disminuido en más de un 10% en la última década en el Salar de Atacama vinculado a la extracción de litio y al cambio climático. Vuelen, sigan volando. Las aguas hiperconcentradas de sales también son un ecosistema microbiano, incluso en las salmueras verdes enriquecidas en litio hay vida bacteriana. La vida no se puede evitar, está ahí adaptándose a todas las formas y condiciones. 

Varios salares han sido dañados de forma irreparable, sus lagunas ahora están secas, en sepia. El agua bombeada día y noche durante décadas ha sido clave para el éxito económico de la industria minera y una tragedia ecológica para el planeta. Hoy el litio amenaza con destruir decenas de salares en el Altiplano de Los Andes, el refugio de biodiversidad de las alturas va a desaparecer para generar baterías claves para la electromovilidad. Quizás si se hubiesen tomado decisiones concretas hace décadas no tendríamos esta situación límite, nos hubiésemos preparado. Ahora el futuro se ve difuso, como los espejismos en las tardes calurosas del desierto.

"¿Hay otras posibilidades? Por supuesto que sí."

Pero estamos muy lejos de los bosques lluviosos y las magníficas ballenas que se llevan generalmente la atención de políticas de conservación y grupos ecologistas. Para muchas personas el desierto es algo vacío, donde no hay nada que proteger. Sin embargo, está lleno de vida. Hay tanta diversidad que se desdibujan los límites entre lo vivo y lo no vivo. La historia renace cada vez que florece el desierto.

A veces nos hacemos preguntas y buscamos soluciones asumiendo escenarios que ya no existen. Chile no es el mismo país de hace 50 años. El desacople económico, social y ambiental se ha incrementado, el tratamiento tecnológico de la crisis climática y ecológica no es inocuo. La falta de espacios de discusión amplios y diversos hace que las narrativas climáticas se estanquen en una sola dirección. Tenemos mucho que aprender de la complejidad de la vida para abordar nuestro propio destino. Se necesita una conversación abierta y honesta donde el centro sea la vida, la vida digna, reconociéndonos en diversidad, como parte de la naturaleza. La esperanza está en el viento.