Ensayo

Volvimos a la Luna


Vuelta por el universo

La misión que volvió a llevar al ser humano a la Luna después de más de 50 años está a punto de terminar, pero abre una era de exploración espacial con rasgos inéditos. El objetivo del proyecto Artemis de la NASA es mucho más ambicioso de lo que aparenta: busca establecer una base lunar que sirva como trampolín para llegar a Marte. ¿Quiénes participan de la carrera espacial contemporánea? ¿Por qué volvimos ahora y no antes? ¿Cómo entró Argentina en esta carrera dominada por potencias y empresarios multimillonarios?

Todavía hay muchas partes del espacio a las que las señales de radio no llegan. Una es el lado oscuro de la Luna, ese lugar al que la humanidad se ha teletransportado tantas veces a través del álbum de Pink Floyd, pero que sigue guardando numerosos misterios. Hace unos días, Artemis 2 se convirtió en la misión que más cerca estuvo de esa cara recóndita del satélite terrestre.

Ocurrió en la sexta jornada de la travesía. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, los astronautas de la misión de la NASA que volvió a llevar al ser humano a la Luna después de más de medio siglo, se prepararon día y noche durante 18 meses para ese momento: quedaron completamente incomunicados con la Tierra durante 40 minutos.

Fue como apagar el celular para admirar el paisaje. Disfrutaron de una “puesta de la Tierra” vista desde la perspectiva de la Luna y de un eclipse de sol que duró 57 minutos.

Antes de perder la señal, Glover quiso compartir una reflexión con sus interlocutores del Centro Espacial Johnson de la NASA. No habló de lo que estaban por hacer. Eligió recordarles —recordarnos— que uno de los misterios más grandes del universo no está en el cosmos, sino en la Tierra, y es el amor. 

—Los queremos, desde la Luna —se despidió Victor.

—Houston copia. Nos vemos del otro lado.

El programa de la NASA que busca volver a pisar la Luna antes del 2030 —pero, sobre todo, antes que los chinos— nació con Artemis 1, una misión no tripulada lanzada el 16 de noviembre de 2022 que buscó probar el funcionamiento del cohete SLS y la nave Orión. En total, el programa tendrá cinco misiones y el primer alunizaje será con Artemis 4, previsto para el 2028. Hasta el mes pasado, el regreso a la superficie lunar iba a suceder con Artemis 3, pero luego de detectar fallas técnicas durante las pruebas de lanzamiento de esta segunda misión —que incluyeron fugas de hidrógeno y anomalías en el sistema de helio— decidieron usar el próximo viaje para hacer más ensayos antes para no correr mayores riesgos. El objetivo será, principalmente, probar el mecanismo de acoplamiento de la nave Orión con el módulo de aterrizaje, fabricado por la empresa aeroespacial SpaceX del magnate Elon Musk.

El objetivo del programa es lograr una presencia permanente en la Luna, a unos 384.400 kilómetros de la Tierra. 

Pero la meta final es mucho más ambiciosa: establecer una base lunar que sirva como trampolín para llegar a Marte, que está a una distancia promedio de 225 millones de kilómetros de nuestro planeta .

Mientras tanto, los tripulantes de Artemis 2 ya rompieron algunos récords. Son los humanos que más cerca estuvieron del satélite —a unos 6.550 kilómetros—, y los que más lejos de la Tierra viajaron —a 406.772 kilómetros—, superando la marca del Apolo 13, en abril de 1970.

La NASA no se embarcó sola en esta expedición. A través de los Acuerdos de Artemis, instó a numerosos países a firmar una serie de principios para “la exploración pacífica del espacio profundo” y ya lleva 61 adhesiones. También los invitó a participar de una competencia de nanosatélites y eligió a los cuatro mejores para llevar en Artemis 2 y ponerlos en órbita antes del acercamiento lunar. 

Junto con desarrollos de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita, hubo un único representante latinoamericano: ATENEA, un satélite tan argentino como el mate y el dulce de leche, que nos llevó más lejos de lo que llegamos jamás.

ATENEA es un CubeSat de 15 kilos que mide 30 por 20 centímetros y es apenas más grande que una caja de zapatos. Su desarrollo fue coordinado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) —la agencia espacial argentina—, y ejecutado por tres universidades públicas, dos institutos de investigación y una empresa.

Su función fue validar tecnologías de largo alcance que sirvan para el diseño de satélites más complejos en futuras misiones espaciales. En la industria satelital, para vender un servicio o partes de un satélite, lo primero que quieren saber las empresas es la “herencia de vuelo”. Es decir, si la tecnología fue probada con éxito en el espacio, ya que una falla puede costar millones.

El rompecabezas se armó sobre un satélite que venía desarrollando la Universidad Nacional de La Plata (UNLP): el USAT 1 (que será lanzado en junio). Dos equipos de la Facultad de Ingeniería fueron los responsables de hacer la plataforma —el cuerpo del satélite—, la computadora de abordo —el cerebro— y un receptor de GPS, que fue una de las dos cargas útiles —o sea, el instrumento central, el corazón de la misión satelital—.

Desde el conurbano bonaerense, la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) aportó la segunda carga útil: sensores fotomultiplicadores de silicio, una tecnología para comunicación de largo alcance. La Universidad de Buenos Aires (UBA), por su parte, desarrolló el sistema de carga de baterías.

Los paneles solares que “dieron vida” al satélite fueron hechos por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el único lugar del país donde se fabrican paneles de uso espacial. El Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) realizó los ensayos de las antenas y la empresa aeroespacial VENG se encargó del sistema de cableado de vuelo.

“Siento mucho orgullo por todo este trabajo conjunto, más que nada por todos los años previos de esfuerzo que hubo detrás de ATENEA”, dice Santiago Husain Cerruti, integrante del equipo de CONAE que trabajó en el sistema de orientación del satélite.

¿Y cómo fue que llegamos a la Luna? La CONAE, creada en 1991 para llevar adelante el Plan Espacial Nacional, cumple en mayo 35 años de trayectoria. Entre sus logros, puso en órbita satélites de observación de la Tierra, como los SAC-A, B, C y D —en conjunto con la NASA—, y los SAOCOM 1A y 1B —éste último lanzado en pandemia—. Esas décadas de experiencia acumulada hicieron posible que ATENEA pudiera estar lista en solo 18 meses. Incluso en medio —y a pesar de— la fuerte crisis presupuestaria que atraviesan en la actualidad el sistema científico y las universidades públicas del país.

¿Por qué Argentina debería apostar al desarrollo de tecnologías satelitales y de un plan espacial sostenido en el tiempo?

Diego Hurtado, historiador de la ciencia y docente de la UNSAM, ensaya algunas ideas. “Para un país como la Argentina, el plan espacial es un vector de industrialización, un generador de capacidades tecnológicas. Así se diseñó, originalmente, el Plan Espacial Argentino: ir hacia arriba para mirar hacia abajo, tener nuestros propios satélites para poder entender desde el cielo lo que no se puede entender desde la Tierra. Para eso, necesitamos autonomía tecnológica: disponer de nuestros propios satélites para ocupar nuestras posiciones orbitales. Satélites como los SAOCOM, que miden datos de humedad del suelo y salinidad de los océanos en un contexto de cambio climático, y como los ARSAT, que buscan democratizar el acceso a internet, llegando a escuelas rurales y otras zonas donde el sector privado no va porque no es rentable. Las tecnologías espaciales generan efectos sistémicos, es decir, se conectan con la electrónica, con las tecnologías digitales, con el sector energético. Algo que genera densidad en la trama productiva, demanda profesionales de las universidades y mejora la economía del país porque permite exportar, además de soja, valor agregado. Eso se llama desarrollo”.

Entre 1968 y 1972, el programa Apolo de la NASA realizó doce misiones tripuladas. También fueron doce los hombres —con Neil Armstrong a la cabeza— que lograron caminar sobre la superficie lunar, todos estadounidenses, marcando una importante victoria para ese país sobre su principal competidor en la carrera espacial: la Unión Soviética.

Después de seis alunizajes exitosos, Estados Unidos se dio por satisfecho y dejó de ir a la Luna porque consideró que su objetivo de demostrar su supremacía —política, tecnológica, ideológica— había sido cumplido con creces como para seguir invirtiendo montos astronómicos en misiones similares. De todos modos, aunque aún no se haya vuelto a pisar el satélite, cinco países llegaron exitosamente a la superficie lunar a través del envío de sondas: Rusia, Estados Unidos, China, India y Japón.

Hoy, el escenario geopolítico mundial parece muy distinto del de la Guerra Fría, sobre todo porque el principal competidor pasó a ser China. Sin embargo, la carrera actual guarda similitudes simbólicas, tecnológicas y estratégicas con aquella época, dice Hurtado. La tecnología espacial sigue funcionando como banco de pruebas del desarrollo de tecnologías que después derraman en áreas estratégicas como la industria y la defensa.

Sin embargo, una diferencia importante con el programa Apolo, en el que la NASA diseñaba las naves y financiaba las misiones, es que Artemis opera bajo una asociación público-privada. Aquí es donde cobran mayor peso y poder algunos magnates como Elon Musk —con SpaceX— y Jeff Bezos —con Blue Origin—, socios estratégicos de la NASA en el programa y referentes de lo que se conoce como el New Space, la nueva era de la industria espacial caracterizada por la fabricación y el lanzamiento de satélites pequeños que abarataron los costos del acceso al espacio para muchos países que contratan sus servicios, porque en el espacio, cada kilo cotiza miles de dólares.  Hoy existen decenas de empresas aeroespaciales que mandan cohetes al espacio a rolete y sueñan con un nuevo trofeo geopolítico: extraer minerales de la Luna y de Marte.

“La minería espacial sigue la misma lógica de destrucción ecológica de la Tierra, ahora extendida al espacio exterior. En lugar de tratar de que nuestro planeta siga siendo habitable, los tipos plantean el mismo paradigma de destrucción de ecosistemas porque, total, todavía tenemos todo el resto del universo”, sostiene Hurtado.

Por su parte, la República Popular China, que recién mandó su primer taikonauta en 2003, tuvo un crecimiento rápido y sostenido en la carrera espacial. En poco más de dos décadas, lanzó unas 15 misiones tripuladas —enfocadas en mantener una presencia permanente en su estación espacial Tiangong— y seis no tripuladas a la Luna —incluyendo el primer alunizaje de un rover en la cara oculta en 2019 (punto para China)—. Pretende enviar astronautas al satélite antes de 2030 y establecer una base en cooperación con Rusia en la próxima década. Tiene a su favor la disciplina constante, una inversión cien por ciento pública, sostenida en el tiempo por un Estado que responde al mismo Partido Comunista desde 1949, y una estrategia más discreta y silenciosa.

Tan discreta que, en el ámbito espacial, suele hacerse el chiste de que cuando los estadounidenses vuelvan a pisar la Luna, se van a encontrar con una colonia china ya asentada, esperándolos.

Según un informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI), en los dos primeros años de gobierno de Javier Milei, el sistema científico argentino perdió el equivalente a siete investigadores por día. A su vez, la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada en octubre, sigue sin cumplirse.

En la NASA, las cosas tampoco están en su mejor momento. Según datos de la organización Planetary Society, mientras que en la época de Apolo 11 la plantilla de trabajadores llegaba a 34 mil personas, hoy la agencia lleva adelante el programa Artemis con un staff de 14 mil trabajadores. Y viene en caída: se estima que uno de cada cinco abandonó la NASA el año pasado.

Sin embargo, tanto Milei como el presidente estadounidense Donald Trump no dudaron en apropiarse de los recientes sucesos espaciales. El republicano se apuró en hablar con los tripulantes de Artemis apenas salieron del lado oscuro de la Luna, mientras que en el plano local, desde la Oficina del Presidente emitieron un comunicado indicando que ATENEA es el “resultado de un cambio de paradigma impulsado por el presidente”.

Horas antes, lxs trabajadorxs de CONAE habían estado de paro: denunciaron una paralización de proyectos, una pérdida del 30 por ciento del poder adquisitivo y una reducción del personal del 20 por ciento en los últimos dos años. 

Sobre eso, el comunicado no dijo nada.

El programa Artemis buscó resaltar el papel de las mujeres en la exploración espacial y en disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), áreas que todavía siguen teniendo mayor participación masculina, sobre todo en puestos jerárquicos. Lo hizo simbólicamente desde su nombre —Artemis es la diosa griega de la caza, hermana gemela de Apolo—, pero también al asignar mujeres en roles estratégicos: aparte de Christina Koch, se destacan Charlie Blackwell-Thompson, directora de lanzamiento, y Diana Trujillo, directora de vuelo.

El proyecto ATENEA —nombrado así por la diosa griega de la sabiduría— siguió la misma línea y también tuvo mujeres en roles importantes, como Laura González y María Luján Ibarra, jefas de proyecto del grupo que hizo los paneles solares; y Sonia Botta, integrante del equipo de la UNLP e ideóloga del USAT 1. 

“Yo noto que en las nuevas generaciones existe una mayor conciencia en términos de igualdad de género. En mi experiencia dentro del ámbito aeroespacial, nunca sentí que se hicieran diferencias”, cuenta Sofía Baldoni, estudiante de Ingeniería Electrónica e integrante del equipo de la UBA. 

Micaela Gareis, ingeniera electrónica de la UNSAM, se sumó al proyecto ATENEA siendo estudiante. Hoy recuerda que en las cursadas solían ser apenas dos o tres mujeres pero, al igual que Sofía, no sintió que eso fuera un obstáculo para avanzar. “A las mujeres que estén pensando estudiar ingeniería: no se desalienten. Van a ver que en el camino aparece mucha gente que acompaña, como otras mujeres que ya transitaron por lo mismo. Vale la pena seguir nuestros sueños”.

—Siempre elegiremos la Tierra.

Christina Koch, 47 años, primera mujer en orbitar la Luna, usó esa frase para expresar lo especial que fue volver a ver la Tierra y reestablecer comunicación después de salir del lado oculto del satélite. “Se ven hermosos. Desde aquí se ven como una sola cosa”, había dicho antes su compañero Victor Glover, 49 años, piloto de la nave y primera persona negra en una misión de este tipo. Jeremy Hansen, 50 años, canadiense, primer no estadounidense en orbitar el satélite, también hizo referencia a cómo las diferentes culturas conviven bajo una misma Luna.

En las distintas comunicaciones desde el espacio, los astronautas parecen querer reforzar siempre un mismo mensaje: el de unidad. Una unidad que supera obstáculos y se construye a partir de la diversidad. Una unidad que también se reflejó en esa imagen de los astronautas abrazados, con lágrimas en los ojos, después de pedir si podían bautizar a un cráter de la Luna con el nombre de Carroll, en homenaje a la esposa de Reid Wiseman -50 años, comandante de la misión-, que murió de cáncer en el 2020.

“Siempre elegiremos la Tierra”, dijo Christina. Pero ¿siempre tendremos la Tierra?

—¡Estamos recibiendo! 

Unas cinco horas después del lanzamiento del cohete, Juan Pablo Cuesta, jefe del Proyecto ATENEA en CONAE, dio la noticia que todxs esperaban: el satélite argentino fue eyectado correctamente, desplegó sus paneles, orientó sus antenas y llamó a la Tierra.

“Fue como pasar de un silencio total a tener al satélite vivo”, rememora Gabriel Sanca, integrante del equipo de la UNSAM, sobre ese shock de adrenalina.

De esta manera, el microsatélite cumplió con éxito su misión y, en sus 20 horas de vida, se convirtió en el satélite argentino que más lejos llegó: unos 73 mil kilómetros de distancia con la Tierra, el doble de lo que llega un satélite de telecomunicaciones como el ARSAT. 

Pero los éxitos no frenaron ahí. 

En una conferencia de prensa, Lakiesha Hawkins, funcionaria de la NASA, contó que los cuatro nanosatélites que llevó Artemis fueron desplegados correctamente, pero solo pudieron establecer comunicación positiva con dos, el de Argentina y el de Arabia Saudita. ¿Qué pasó con los otros? Ante una solicitud de apoyo, la Estación Terrena de Tierra del Fuego de la CONAE logró localizar y recibir señales de los CubeSats TACHELES (Alemania) y K-Rad Cube (Corea del Sur), y los puso en contacto con los responsables de cada país.

¿Argentinos resolviendo crisis de otros países a miles de kilómetros de la Tierra? Tenemos.

Marcos Actis creció en Arroyo Dulce, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Cuando era chico, en los años sesenta, era uno de los pocos afortunados del barrio en tener televisor en su casa. 

—Vi todas las misiones del programa Apolo y siempre soñé con ir al espacio.

Eso lo llevó a estudiar ingeniería aeronáutica y, desde que se recibió, trabajó en todos los satélites que hizo la CONAE. Hoy es decano de la Facultad de Ingeniería de la UNLP y acaba de terminar, junto con otros investigadores y estudiantes, el USAT 1, primer satélite desarrollado íntegramente en una universidad pública argentina.

Hernán Socolovsky también soñaba con ir al espacio. A los 12 le escribió una carta a la NASA y recibió como respuesta una foto firmada por un astronauta que había integrado el primer vuelo tripulado a la Luna en 1968. Veinte años después de escribir esa carta, ya como ingeniero electrónico, entró a trabajar a la CNEA. Desde entonces, confecciona los paneles solares para los satélites de CONAE, incluyendo a ATENEA. “Miro hacia adelante y pienso: hemos participado desde Argentina en Artemis 2 y alcanzamos los 70 mil kilómetros. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?”, se entusiasma. Hoy sueña con enviar sus paneles solares a Marte.

Con el correr de los años, Marcos y Hernán se dieron cuenta de lo mismo: para ir al espacio y cumplir el sueño del pibe, no hace falta salir de Argentina.

El regreso desde The Dark Side of the Moon

Viernes 10 de abril de 2026, día 10 de misión. Los cuatro tripulantes de la nave se preparan para uno de los puntos más críticos: el amerizaje. Orión ingresará a la atmósfera terrestre —alrededor de las 21, hora Argentina— a 40 mil kilómetros por hora, generando una fricción extrema que elevará la temperatura a más de 2.700°C y someterá a su escudo térmico a una prueba de fuego. Literalmente. Cada maniobra cuenta: si ingresa demasiado inclinada, podría recalentarse peligrosamente; si entra demasiado plana, podría rebotar en la atmósfera y estallar.

Pero la NASA tiene todo milimétricamente calculado para que nada falle. Aquí, otra mujer tendrá un rol clave: la ingeniera colombiana Liliana Villarreal, directora de aterrizaje, será la encargada de recuperar a Artemis 2. Ella ya se encuentra a bordo del buque anfibio USS John Murtha junto al equipo que recibirá a la tripulación en el océano Pacífico, frente a las costas de California, después de que once paracaídas se abran de forma escalonada para reducir el impacto.

Será en ese buque donde Reid, Victor, Christina y Jeremy se recuperarán poco a poco, acostumbrándose de nuevo al peso de sus cuerpos. Después de diez días de flotar en la ingravidez, dormir cabeza abajo como murciélagos, comer alimentos deshidratados, bañarse con toallitas húmedas y tener el privilegio de ver, más cerca que nadie, esa superficie gris, rugosa, llena de cráteres, a la que todos los seres humanos alguna vez miramos y admiramos. Después de volver, triunfales, del lado oscuro de la Luna.