Detrás de todo político se mueven operadores. Dicen que su trabajo es negociar, abrir puertas y cerrar alianzas. Pero también filtran datos y rosquean. No importa el partido en el cual trabajen, la mayoría comparte la premisa de que deben cuidar más al candidato que a ellos mismos. Se zambullen en el barro para limpiarle el camino, convencidos de que ensuciarse tiene premio: creen que la ganancia será compartida.



Durante los actos de la Unión Cívica Radical, Enrique “Coti” Nosiglia se paraba en el fondo. Serio, sin gesticular, ejercía desde ahí su control panóptico de la escena. Los dirigentes tenían la costumbre de acercarse con cautela, de a uno, para estrecharle la mano. Les servía mostrarse cerca del principal armador del espacio, que disfrutaba esa muestra de sumisión. Nosiglia fue el paradigma de operador político del radicalismo en los ‘80, así como el peronismo tuvo a Juan Carlos “Chueco” Mazzón y el menemismo a José Luis Manzano. Los grandes consiglieri del poder argentino.

 

Pero en la micropolítica no abundan los Cotis, Chuecos y Manzanos. La toma de decisiones claves del día a día no depende de cerebros estratégicos, ni de seres mezquinos o perversos como los que muestran las series de televisión. Predominan los pragmáticos y sin roles fijos, de esos que hacen un poco de todo. Porque la política es un flujo de ascensos, descensos y movimientos, en el que las funciones se alteran. Consultores, voceros, funcionarios o legisladores que lanzan operaciones políticas. Hacen lo denostado y lo necesario para que las cosas sucedan. Son los protagonistas del lado B. Incluso algunos dicen que ni siquiera existe el operador político en su versión clásica. El propio Coti, reacio a las luces, transformó su perfil cuando salió del hilvanado subterráneo para jugar en las grandes ligas. Nunca quedó huérfano porque operó para muchos, pero sobre todo para sí mismo.

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Mariano, el operador de un candidato de Unidad Ciudadana, escucha la pregunta “¿te molesta que nadie te elogie cuando ganan?” y suspira con hartazgo. Se acaricia la barba crecida con algunas canas, mientras fuerza media sonrisa.

 

—No, porque acá discutimos poder, no vanidad —responde en off the record, el lenguaje primario de su raza—. En esta pelea cada uno elige la trinchera que quiere. ¿Quién dice que el político es el que tiene más poder? Tiene más visibilidad, sí, pero a mí eso no me interesa. A mí me interesa el poder.

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Está en su oficina, una sala amplia y luminosa. En la pared del fondo hay un mapa de la Argentina, un cuadro de Eva Perón, insignias partidarias y fotos de Daniel Scioli junto a Néstor Kirchner. Una mujer con uniforme de limpieza levanta los restos de la última reunión. Él tiene la vista clavada en su celular, que no deja de vibrar. Lo pone boca abajo, se disculpa por la distracción y retoma su monólogo sobre la importancia de tener el poder, aunque nunca aclara qué implica.

 

Su objetivo inmediato es que el candidato con el que trabaja como asesor desde hace dos décadas entre al Congreso en la elección de octubre. A largo plazo quiere que llegue a la Presidencia, el poder formal, para poder recuperar el poder informal que tejió durante años tras bambalinas hasta que el Frente para la Victoria perdió en el 2015. Su autoridad se sostenía sobre la autoridad de otro, que cayó. Dice que podría haber encontrado otro trabajo pero que no se fue porque lo frenó el “compromiso partidario”. Ahora habla de “volver”, de recuperar su margen de acción. Como un monje negro que usa un médium –el político- para llevar a cabo sus deseos, fantasea con que algún día será el verdadero portador del poder.

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Unos 20 hombres de elegante sport se dispersan por la sala de prensa del estadio DirecTV Arena, en el conurbano bonaerense, donde Sergio Massa aprovechará el feriado del 25 de Mayo para lanzar la campaña con Margarita Stolbizer. Ellos tienen la misión de sostener un bombardeo de tuits y pasarles datos a los periodistas para que hablen del acto.

 

Diego, el principal operador de Massa, llegó hace cinco minutos y se despatarró en un sillón. No saca la vista de su celular, mientras tres jóvenes merodean a su alrededor esperando el momento oportuno para abordarlo. Saben que el encargado de hablar con la prensa es Kevin, pero también que Diego aprovecha esos eventos para filtrar información que los demás voceros del massismo ni siquiera conocen. Un periodista se anima a interrumpirlo y Diego le responde lento, en tono sedado. Sin variar el tono, en medio de una vorágine de detalles irrelevantes le suelta la primicia de que esa tarde se conocerá el nuevo nombre de la alianza política de Massa y Stolbizer: 1País. Le aclara que espere para contarlo, pero sabe que ya empezará a correr la bola. Diego se levanta despacio, como si le pesara el cuerpo, y se va de la sala. Todos reconocen el indicio de que el acto está por empezar, porque él nunca se queda con los periodistas.

 

Massa está parado en el escenario mientras Stolbizer empieza a hablar. De a ratos desvía los ojos hacia su derecha para buscar a Diego, que lo mira en diagonal desde abajo de la tarima. El operador no está quieto: baja el mentón, se muerde el labio inferior, inclina la cabeza, hace una seña con la mano. Es un juego de mímica que practican desde hace años. Un código que sólo manejan ellos. Cuando Stolbizer termina el discurso, Massa agradece ante las cámaras que lo enfocan en primer plano. Sonríe. Es el protagonista de la jugada que planearon otros. Esos que le ordenan el detrás de escena y se ocupan de que las cosas salgan bien. Massa y Diego tienen un trato: no mostrar los hilos que los atan. Saben que entre ambos construyeron una ilusión.

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—Nosotros somos los que le damos los golpes más fuertes al político —asegura Ramiro, operador de Pablo, un candidato peronista del Conurbano.

 

Habla mientras toma un licuado de frutilla y come una medialuna en un bar ruidoso en Santa Fe y Callao. Es abogado pero nunca ejerció, porque dice que estudió sabiendo que quería dedicarse a la política junto a Pablo, con quien tienen un “proyecto” en común desde que empezaron a militar juntos en la facultad. Repite que funcionan como equipo, pero –en off- se la pasa criticándolo. Según él, las discusiones más fuertes se dan en los encuentros semanales que tienen con el publicista. Recuerda que hace un mes, mientras los tres ensayaban posibles preguntas y respuestas antes de un programa de TV, tuvo un ataque de ira. Pablo repetía “frases hechas”, mientras el publicista asentía y le indicaba que subiera el mentón cuando hablaba. Ramiro cuenta que no aguantó más y revoleó los papeles que tenía en la mano. Le dijo Pablo que estaba haciendo todo mal, que no paraba de casetear y que por su culpa perderían la elección. Le pedía que saliera a confrontar, pero Pablo le contestaba que no lo haría. Clausuraba la discusión, con Ramiro atragantado de furia.

 

—Es muy difícil conciliar los intereses de los tres, porque vemos todo desde prismas distintos —dice Ramiro—. El publicista orienta los consejos hacia el lado de la estética y lo que suena bien, lo que supuestamente la gente quiere escuchar. Habla desde la teoría de la calidad. O sea, trata al candidato como si fuera una hamburguesa, una gaseosa o un auto. Y Pablo busca agradar, evitar que lo insulten, quiere caer bien. Por eso el discurso del publicista le cierra. Yo quiero votos, lo demás no me interesa.

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Marcos Peña,  jefe de Gabinete e ideólogo de la estrategia política de Cambiemos, entra al Salón de los Científicos de la Casa Rosada para su reunión de los lunes con el equipo de comunicación. A unas semanas de las PASO, se reúnen 15 funcionarios que operan en tres frentes conectados: Gobierno, PRO y Mauricio Macri. Casi todos hombres vestidos en tonos neutros, con camisas claras y sin corbatas. Incorporaron el dress code macrista a sus rutinas, pese a que sólo es obligatorio en las sesiones de fotos de campaña o en eventos especiales. Hay dos funcionarias mujeres vestidas en composé, sin accesorios que desentonen con el ambiente cálido de paredes color lima, cortinas color lima y retoques dorados. Peña es el último en entrar y se sienta en la silla que le dejaron reservada por el centro de la mesa rectangular. No en la cabecera, que nunca ocupa.

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—Bueno, ¿cómo estamos? —pregunta mientras el mozo apoya a su lado una botellita de Coca light.

 

Arranca un repaso de cuestiones coyunturales de la última semana. Le encanta la ronda, así que establece un esquema ordenado en el que casi no hay interrupciones, pero todos tienen lugar para hablar. Varios comentan que en los últimos timbreos en el Conurbano sintieron la bronca en la gente y que hubo intentos de escrache. Julián Gallo, el responsable de las redes sociales de Macri, dice que hay mensajes de enojo. “Mauricio los corre por izquierda”, lanza el filósofo Alejandro Rozitchner. Se genera un silencio incómodo.

 

—Estemos tranquilos —dice Peña, con el mismo tono pausado que usa en las entrevistas televisivas—. Tenemos que seguir así, estamos haciendo las cosas bien.

 

Tras la victoria de 2015, desembarcó en la Rosada en camisa de manga larga arremangada y pantalón beige. Tenía pocos trajes y en su entorno cuentan que se los empezó a comprar en aquel momento. Sus primeras apariciones de vestimenta formal eran con pantalones que le quedaban largos, desprolijos. Hace poco sorprendió al aggiornar su look con un corte moderno y dejarse la barba un poco crecida.

 

No tiene estructura territorial propia, pero al decidir qué comunicar y qué no, toma más decisiones que cualquier otro ministro. Juega en los medios, genera intriga de palacio, pone y saca funcionarios. Aunque se corrió del rol de operador de perfil bajo y trabaja en su construcción pública, sigue siendo un operador del poder, pero jamás se sentiría cómodo con ese rótulo. El discurso de la “nueva política” que promueve el macrismo también implica dejar de repetir que todo funciona en las sombras.

 

—Marcos es Rusia. Tiene poder de veto —definen en la Rosada.

 

El jefe de Gabinete cierra la reunión –todas las reuniones- con directivas sobre qué deben decir, cómo y dónde decirlo. El equipo toma nota para salir a persuadir a los “vecinos”. Hay operadores, como él, que no sólo allanan caminos o dan órdenes, sino que tienen una fuerte influencia en el líder. Es el único que entra al despacho de Macri sin golpear.

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Es sábado a la noche y la sede nacional del Partido Justicialista (PJ) de la calle Matheu parece un boliche. Hay gente parada en la puerta en una noche fresca de junio, mientras dirigentes y operadores se distribuyen en las distintas oficinas para discutir candidaturas, al filo del cierre de las listas. La incógnita principal fue develada hace instantes: Cristina Kirchner será candidata a senadora nacional con Jorge Taiana como compañero de fórmula.

 

Los que logran imponerse en la rosca de Matheu se dirigen al Instituto Patria, el búnker de Cristina que queda a unas cuadras de ahí, para sellar su candidatura. Hace horas que los periodistas hacen guardia en la entrada del Patria. Hay una chica petisa y de contextura pequeña que no se mueve de la entrada, como si fuera una patovica. Es Laura, una operadora de La Cámpora. Ella decide quién entra y quién no, en base a un criterio de amiguismo. El mismo que aplica para darles data a los periodistas que le caen simpáticos o le pueden servir, mientras que a los demás los mira con desprecio. Todos le preguntan por Cristina.

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—Está en su casa en pantuflas, armando la lista con Máximo y Reibel —responde sonriente, en referencia al hijo de la ex Presidenta y un camporista de la mesa chica.

 

Aparece otro operador de La Cámpora. Abraza a Laura y ambos gritan como si festejaran un gol. La alegría se debe a que logró colar en la boleta de diputados nacionales a la esposa del intendente para el que trabaja como vocero. Estuvieron discutiendo eso hasta hace un rato en Matheu. Está contento, pero tiene los hombros caídos. Dice que no da más del cansancio, porque tiene más horas en el PJ que de sueño. Ante la pregunta de cómo es el proceso para negociar los lugares en las listas, el tipo reflexiona.

 

—Hay que pensar en la dimensión humana de los conflictos —responde con la voz disfónica—. La clave está en que en una negociación nosotros abordamos a nuestros pares, a gente con la que venimos dialogando desde hace mucho. Atamos puntas, potenciamos vínculos. Sabemos que es clave construir algo gigante e intangible: una red de contactos que activamos cuando necesitamos. Para el operador no existen las instituciones, existen las personas.

 

El borrador de las listas comenzó a armarse muy lejos de los despachos oficiales. Las negociaciones que se terminaron de cerrar hace instantes en realidad arrancaron muchísimo antes, en los circuitos informales de la política: cafés, bares, restaurantes de hoteles lujosos. Esos lugares donde se juntan a comer con otros operadores, con políticos, con periodistas y con empresarios para hacer lobby. Muchos de los grandes acuerdos de la política pasan por los vínculos que supieron construir los operadores. Más allá de la afinidad ideológica o los objetivos en común, el circuito de alianzas se genera por la buena sintonía entre ellos. Y la confianza en esas relaciones también se construye de acuerdo a una acumulación de favores mutuos.

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Algunos operadores se piensan a sí mismos como una sombra gigante, que se proyecta más grande que la imagen del político, como si fuera a desprenderse. Sin embargo, muchas veces preparan una jugada que al final no tiene lugar. Los supuestos socios descienden de categoría cuando deben abandonar el plan que idearon, que le llevaron servido al político, porque él decide que no sirve. Quedan reducidos a empleados, pero con una capacidad de daño enorme porque tienen un capital único: conocen secretos y manejan información clave.

 

–Vos pensás la estrategia pero es otro el que toma la decisión final. Te encargás de apilar todos los naipes y tal vez viene y te los tira al carajo. Hay que saber bancarse eso, calladito la boca. Si no podés, te tenés que ir a trabajar con otro porque evidentemente no sabés ser un operador del tipo –describe Mariano, el operador del candidato de Unidad Ciudadana que sueña con “volver”.

 

Dice que lo más importante para que el vínculo funcione es que el operador sea “orgánico”. Que esté convencido de que forma parte del mismo “proyecto” que el político.

 

—No creo en los cuadros técnicos y tampoco mi candidato. Si los detectamos, los echamos —dice Mariano—. Yo quiero peronistas, con convicción. Un buen operador tiene que tener tres C: confianza, compromiso y capacidad. La confianza es clave, pero no podés tener un operador que te brinde sólo confianza. No hay ninguna persona en la que yo confíe más en el mundo que en Adriana, la señora que cuida a mis hijos. Pero no la nombro funcionaria, porque también necesito compromiso ideológico, un operador que comparta la mirada y que tenga capacidad, viveza, agilidad.

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El operador mensajea a la periodista: “Tengo data, solo para vos. Llamame”. Ella hace el llamado vía WhatsApp, porque sabe que de ese modo evitará despertarle el fantasma de los teléfonos fijos pinchados. Él trabaja con Mario Ishii, uno de los pocos barones del Conurbano que sobrevivió a la oleada PRO. El histórico intendente se alejó del kirchnerismo, pero en su gabinete hay muchos jóvenes K.

 

—Bien, acá no nos pueden escuchar, se supone. Bueno, ¿te acordás que te dije que Mario se estaba acercando? —pregunta, sin dar tiempo a responder—. Bueno, pasó lo que te dije que iba a pasar.

 

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La periodista le pide que sea explícito y le aclare si eso implica que Ishii arregló con Cristina. Es abril y todavía falta para el cierre de listas, pero ya empiezan a verse las jugadas electorales.

 

—Yo no te lo puedo decir, pero sacá tus propias conclusiones —dice el operador y se ríe fuerte antes de cortar el teléfono.

 

El dato en off se convierte en una noticia de último momento y desata la furia de Ishii, que arranca una desmentida. Sin embargo, la duda ya está en el aire. El intendente quiere saber quién filtró esa información. Pero no puede arrancar una cacería, porque ni siquiera está seguro de que la operación haya gestado en sus propias fijas. Por eso, el tema se olvida sin represalias.

 

Hay casos en los que los operadores no salen ilesos, sino que deben pagar un precio altísimo por los errores. El periodista Martín Rodríguez recuerda que un viejo decálogo del operador político que describía Mario Wainfeld decía que su modus operandi es hacer cosas a espaldas de sus jefes. No contra sus jefes, sino a sus espaldas. Esa categoría de cosas que los jefes no aprobarían pero que –paradójicamente- les conviene que otros hagan. Si les sale bien, son premiados. Si les sale mal, son el fusible. Encuentra en ese “margen de libertad creativa” el lugar en el que los operadores producen poder.

 

Desde la supuesta subalternidad, detectan cuál es su espacio de maniobra para hacer que las cosas sucedan sin entrar en cortocircuito con sus jefes. Para algunos es el lugar desde donde pueden cambiar la historia. Otros son sólo alfiles con un síndrome de Penélope: tejen y destejen operaciones que al final no cambian nada. No buscan transformar la trama del poder real ni mover el amperímetro. Se conforman con conservar su reducto.

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—Pa, ¿por qué está Pablo en el cartel y vos no? —Ramiro, el operador del candidato del Conurbano, repite una pregunta que le hizo su hija un mes atrás, cuando arrancó la campaña y vieron por primera vez una gigantografía en la Panamericana.

 

Reconoce que su relación con Pablo es tensa. Dice que a veces se siente como su alter ego y –para mantenerse en el rol de operador- debe luchar contra su propio ego.

 

—Cuando empieza a hacer su juego, gana fuerza como actor pero pierde fuerza como operador —reflexiona—. Si trabajás con un candidato lo tenés que hacer porque te da satisfacción colaborar en la construcción de algo, pero las cosas se complican cuando dejás de tener en claro que tu rol es operar para que otro ponga la cara. Hay operadores que parecen odiar al político para el que trabajan, porque en el fondo sólo envidian su lugar de exhibición. Aunque lo que ellos hagan también sea importante, no es lo que quieren. Es como un tipo al que le gusta actuar pero se convierte en director porque no le da la facha para ser un galán de cine.

 

Ramiro termina su licuado y se prepara para irse, mientras tuitea algo desde la cuenta de Pablo. Después repasa en voz alta la agenda del día siguiente, que se anticipa cargado. Dice que le gustaría acostarse temprano pero que no podrá, porque antes tiene que hacer unos llamados para organizar reuniones y escribir un posteo del candidato. Falta poco para octubre y está convencido de que el resultado será clave para su futuro político. En la casa guarda boletas de elecciones anteriores. Su nombre no aparece en ninguna. “Vamos a ganar”, sonríe confiado y paga la cuenta.


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