El Alto, la ciudad rebelde que tres veces votó masivamente a Evo para presidente, es ahora la esperanza de la nueva derecha para llegar al Palacio Quemado. Soledad Chapetón, una joven mujer aymara, cosechó el apoyo de las nuevas clases medias alteñas, ganó la alcaldía y demostró que, aunque el presidente parece imbatible, los votantes de MAS eligen con autonomía. Como Macri en Argentina, Capriles en Venezuela o Rodas en Ecuador, la derecha boliviana se fortalece y confía en derrotar al nacionalismo económicamente exitoso de Morales.

El teleférico toma fuerza y en un ángulo de 45 grados hace el último recorrido entre la hoyada –forma popular de denominar a La Paz– y El Alto, la ciudad aymara rebelde, que desde hace tres décadas construyó una identidad propia a fuerza de edificios coloridos y una fuerte densidad plebeya y comercial. Desde esos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, el millón de alteños en los primeros años 2000 echó a dos presidentes, votó masivamente a Evo Morales en tres elecciones y hace poco sorprendió al elegir como alcaldesa a Soledad Chapetón, una joven mujer y dirigente de una nueva derecha andina que sueña con llegar al poder por las urnas.

 

El 29 de marzo de 2015, desafiando las indicaciones del presidente que llamaba a votar por el MAS, El Alto votó como alcaldesa a Soledad Chapetón, del partido Unidad Nacional liderado por Samuel Doria Medina, uno de los hombres más ricos del país y segundo en las elecciones de octubre de 2014. Su triunfo perforó las estructuras corporativas locales, adheridas al oficialismo nacional, y busca ser una cara popular de un partido asociado al nombre de un empresario millonario. De hecho, sus primeras semanas en el poder no fueron tranquilas.

 

La ciudad emblemática de la Guerra del Gas que en 2003 expulsó del poder a Gonzalo Sánchez de Lozada –y poco después haría lo mismo con Carlos Mesa–, puede sorprender a quienes van en busca de autenticidad: una heladería anuncia bits&cream, la otra, llena de cremas de colores para agregarle a los helados, snow cones. El pequeño puesto Steel City ofrece joyas y otros productos de acero. La estación Qhana Pata (Mirador), en el barrio Ciudad Satélite, es ahora uno de los accesos a esta urbe que ya dejó de ser satélite de La Paz.

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En la altura, la combinación de viento helado y sol abrasador provoca una sensación extraña de frío, calor y fatiga combinados, pero seguramente nadie sintió nada parecido al conde Hermann Keyserling, el filósofo alemán invitado a Buenos Aires por Victoria Ocampo que en 1929 continuó hacia el altiplano paceño donde –como recuerda en sus Memorias Suramericanas– fue presa de una sensación análoga a la “de los reptiles cuando las influencias telúricas les plantearon el dilema de convertirse en mamíferos o perecer”, y fue entonces que tomó conciencia de su propia “mineralidad”.

 

La Sole –como todos la conocen aunque su secretaria la llama “la licenciada”– entra a la oficina casi corriendo después de subir tres pisos por escalera, cargando la cartera, algunos papeles y una bolsa de hojas de coca. El techo del local partidario, como muchas casas alteñas, es de calaminas (chapas) de plástico, para hacer efecto invernadero y transformar los rayos del sol en calor.

 

—¿Pijchea [masca] coca?

 

—Sí yo pijcheo, lo hacía mucho en la universidad, ahora también lo comparto con mi mamá, y hasta mi perro pijchea.

 

En las elecciones de fines de marzo pasado los alteños decidieron darle la espalda al Movimiento al Socialismo y al actual alcalde, Édgar Patana, exdirigente sindical de los vendedores callejeros (gremiales), y elegir a Soledad Chapetón, 34 años, soltera, y militante de un partido tratado por el gobierno como la derecha con piel de cordero. Venció al MAS con un amplio 55% de los votos, pero sus respuestas son cautas.

 

—¿Le ganó a Patana o a Evo Morales?

 

—No lo sé, no soy analista política. Yo participo en política para hacer algo por mi ciudad, para mí eso es la política. Pero es cierto que cuando vemos que el Presidente se involucró en la campaña entonces no fue simplemente Patana. Pero lo cierto es que en El Alto ganó una renovación.

 

Con pelo negro intenso, La Sole se considera “una mujer aymara que mira hacia delante”, y a diferencia de otros alcaldes que gobernaron la ciudad, es nacida y criada en esta urbe marcada por las imágenes traumáticas de 2003: decenas de muertos y heridos, bloqueos, juntas vecinales en pie de guerra contra la decisión de Sánchez de Lozada de exportar gas a Estados Unidos por puertos chilenos. Chapetón –recibida de licenciada en Educación en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz– que no habla pero entiende la lengua de sus padres y abuelos, también se considera marcada por la Guerra del Gas; de hecho el orgullo alteño es deudor de esa gesta:

 

—En 2003 estudiaba y trabajaba. Cada zona tenía su cronograma para participar de las actividades y de los bloqueos, y todos participamos. Sentimos la represión policial y militar y la insensibilidad de las autoridades, los asesinatos, las desapariciones… Yo estaba en el bloqueo de la avenida Bolivia, donde se impedía que los camiones con combustible bajaran hacia La Paz.

 

Los desbloqueos a balazos ordenados por el “Zorro” Carlos Sánchez Berzain, hombre fuerte de entonces, para abastecer de gasolina y gas a La Paz, provocaron muertos y heridos y contribuyeron a radicalizar el movimiento de protesta. El 17 de octubre Goni huyó, primero a Santa Cruz y luego a Estados Unidos. Hoy un juicio de responsabilidades lo espera en La Paz pero Washington no va a entregarlo, incluso se especula con que además de acento “gringo” tiene la ciudadanía de ese país.

 

—Como alteña, 2003 me marcó —dice Chapetón, que por esa fecha tenía 23 años.

 

Hoy uno de sus principales enemigos es Braulio Rocha, el secretario ejecutivo de la Federación de Gremiales de El Alto, un caudillo sindical con escaso prestigio social, quien dijo que él será “la pesadilla de Soledad Chapetón”. Ya le intentaron hacer una huelga cívica por sentirse excluidos en el nombramiento de subalcaldes, pero el movimiento fracasó y salió fortalecida.

 

—Estoy “totalmente preparada” para enfrentarlo, pero él debe entender que la campaña electoral ya terminó —dice detrás de su escritorio, en una oficina pequeña, mientras un grupo de personas la aguarda en la sala. Posiblemente sean quienes ya comienzan a pedirle cosas –sobre todos “proyectos” para sus zonas– a la nueva edil. Gobernar la ciudad más joven de Bolivia (tanto la urbe como sus habitantes son jóvenes) no es fácil. Y en El Alto parece faltar todo.

 

En varias ocasiones usa el término Estado Plurinacional, nueva denominación de Bolivia que es rechazada por la derecha dura, habla de la coca como “la hoja sagrada” y se muestra abierta a reformas como la unión civil entre personas del mismo sexo: “el mundo y las sociedades han experimentado grandes cambios y esto hay que asumirlo con políticas públicas, con derechos y con respeto”. Dice que no se referencia con ninguna mujer política en el exterior y reconoce los aportes de la cooperación estadounidense en El Alto, mediante la agencia Usaid. Pero se muestra más contundente a la hora de negar que su partido y ella misma sean de derecha: “Yo nací a la vida política en un partido de centroizquierda: Unidad Nacional. Sus estatutos dicen que es un partido de izquierda democrática. Nunca he sido ni soy de derecha”.

 

En la sala, los militantes de UN se tratan de “compañeros” y un gran cartel tiene la foto del líder partidario, que se esfuerza por sonreír, con la leyenda: Samuel presidente. Su color es el amarillo.

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Samuel es un sobreviviente. Cuando a las 9.55 de la mañana del 21 de enero de 2005 el avión de la empresa Amaszonas en el que viajaba empezó a dar vueltas en el aire y se precipitó a tierra el empresario pensó: “Carajo, no me puedo morir”. Al menos así lo relató en medio de la última campaña presidencial y la expresión causó burlas, dio lugar a infinidad de memes y algún rap satírico, pero también contribuyó a su segundo lugar con el 25%, aunque lejos de un Evo Morales con más del 60%, en su tercer intento de llegar al Palacio Quemado. Para ello se alió con el gobernador autonomista de Santa Cruz Rubén Costas.

 

Samuel –como es popularmente conocido– es economista con posgrado en Inglaterra, exfuncionario del Banco Mundial, ministro en los noventa y hasta que hace poco vendiera su empresa cementera SOBOCE, uno de los principales industriales de Bolivia. Además, tiene la franquicia boliviana de Burger King. Su estilo es seco y poco expresivo, pero su vida está atravesada por la riqueza y la adversidad, lo que le otorga una “misión”; quizás en su opinión, la de ser presidente. Diez años antes de su accidente aéreo había sido secuestrado por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru –el grupo guerrillero peruano– en noviembre de 1995 y pasó 45 días cautiverio. Sin duda, Samuel podría vivir en una playa (lugar al que el imaginario popular envía a todos los ricos y famosos) pero prefiere las arenas movedizas de la política boliviana.

 

Durante la Asamblea Constituyente de 2006, quienes no lo conocían no hubieran imaginado que uno de los asambleístas echado en una colchoneta en huelga de hambre en protesta contra el oficialismo era un millonario apasionado por la política.

 

—¿Samuel Doria Medina es el hombre más rico de Bolivia? —le pregunté en una entrevista para Página/12 en 2005.

 

—Yo estoy orgulloso de invertir en mi país, de haber tenido éxito y demostrar que en Bolivia se puede ser competitivo (…) No tengo vergüenza de decir que me ha ido bien y que las mías son empresas eficientes. Todo lo que gané lo reinvertí en el país, no lo envié a Miami —zanjó. En ese momento, en su puja contra Evo Morales y contra el derechista Jorge “Tuto” Quiroga, tomó como posición equidistante la apuesta por un “un ALCA light, como Lula”.

 

Samuel rechazó adscribirse a la derecha y bregó por un “centro popular”. Incluso recordó la afiliación socialdemócrata del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) al que perteneció y por el que fue ministro bajo el gobierno de Jaime Paz Zamora. Este exseminarista también se cayó en un avión y se salvó. Fue en 1982 antes de ser vicepresidente en un gobierno de izquierda, y sus marcas en el rostro recuerdan que es un sobreviviente, aunque hoy no ya de la política a diferencia del exempresario cementero de 56 años.

 

Evo Morales sigue señalando que el pasaje de Doria Medina por el Ministerio de Planificación lo condena como un privatizador, la peor injuria en esta década “ganada” versión boliviana.

 

En la reciente campaña para las elecciones locales, el presidente boliviano no dudó en afirmar que Doria Medina buscaba rearticular a la derecha desde el municipio alteño con La Sole. “Doria Medina continuará conspirando contra la gestión del presidente Evo Morales y es por eso que buscará convertir al municipio de El Alto en su punta de lanza para desestabilizar al proceso de cambio”, lanzó el mandatario, hablando de sí mismo en tercera persona, con los pies en el barro electoral para evitar la derrota anunciada en El Alto. Un video filtrado oportunamente mostraba al alcalde Édgar Patana –candidato a la reelección por el MAS– recibiendo un sobre hace años, cuando era dirigente gremial. Fue el golpe de gracia a su candidatura, cuya impopularidad se podía respirar en esa urbe con estética ruralizada… “no hace obras”, “es un corrupto”, “vamos a votar por un cambio”, “no queremos a Patana”. Patana dijo que en el paquete no había dinero pero que no recordaba su contenido.

 

Los mismos alteños que votaron masivamente por el Evo en octubre de 2014 –y a sus candidatos a diputados alteños– se aprestaban a no seguir sus pedidos de, pese a todo, poner la cruz en la papeleta por el proceso de cambio. Una diputada alteña del MAS se bajó de una combi cuando vio a sus propios seguidores de unos meses antes pintando paredes para La Sole… No logró convencerlos de revertir su actitud.

 

El concepto de “nueva derecha” viene usándose para describir a las oposiciones en países con gobiernos posneoliberales, que han buscado quitarse el estigma de restauradoras del viejo orden neoliberal, rescatan la política social, no desprecian al Estado como sus antepasados noventistas y asumen el juego democrático. Henrique Capriles en Venezuela, Mauricio Macri en Argentina o Mauricio Rodas en Ecuador parecen calzar en este concepto –con la prevención de que no es la primera vez que se habla de nuevas derechas.

 

En las últimas elecciones, Evo Morales intentó sacar del medio a Patana, porque se la veía venir, pero el canciller David Choquehuanca, encargado de la campaña en La Paz, no pudo con los amarres que el alcalde había anudado con los líderes de las principales organizaciones sociales alteñas: la Federación de Juntas Vecinales (Fejuve), la Central Obrera Regional y la federación de gremiales. Contra las cúpulas de esas organizaciones se votó también el 29 de marzo.

 

Y el MAS no solo perdió El Alto. Además de la ciudad de La Paz (ya en manos de la oposición de centroizquierda del alcalde Luis “Lucho” Revilla), la derrota más dura fue para la gobernación. La candidata indígena-campesina Felipa Huanca, dirigente de las Bartolinas, también fue acusada de corrupción y no pudo o no quiso desmentirlo con la firmeza que la situación requería, diluyendo el aura de “reserva moral” con la que como mujer e indígena debía compensar su falta de experiencia en la gestión. Fue derrotada por el catedrático aymara Félix Patzi Paco, ministro de Evo en su primer gobierno y hoy opositor (el gobierno llama a estos exoficialistas los resentidos)

 

Aunque ganó muchas otras regiones y municipios (la mayoría), Evo sintió el sabor amargo de perder donde no podía perder, en la ciudad bandera de las luchas sociales de los 2000. A lo que se sumó la derrota en la mayoría de las capitales de departamento, las más pobladas. Los bolivianos no endosan fidelidades aunque hoy Evo es imbatible.

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Soledad Chapetón, alcaldesa electa de El Alto

 

Carlos Laruta también niega con énfasis pertenecer a un partido de derecha. Este sociólogo alteño, pese a haber conseguido un desempeño laboral exitoso, que incluyó una larga estadía en el exterior, decidió no abandonar la ciudad a la que migró su padre. Excandidato a gobernador y miembro de la dirección de UN, cuenta que su abuelo fue un campesino aymara que huyó de la hacienda para terminar trabajando en la Bolivia Railway, en el ferrocarril Arica-La Paz que Bolivia consiguió a cambio de la pérdida del litoral marítimo a manos chilenas. Un tema hoy candente por el juicio boliviano en la Corte de la Haya contra su vecino trasandino.

 

Laruta padre “llegó a El Alto con abarcas (sandalias) y se urbanizó”. Para hablar de la política y la sociedad alteñas, este catedrático de sociología en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz invita a almorzar brazuelo de cordero en el restaurante El Rancho, en la carretera a Viacha. Allí se puede encontrar a parte de la “clase media” alteña: hombres mestizos y señoras de pollera, como se denomina de manera políticamente correcta a las cholas. Los platos no son baratos: un cordero con una bicervecina (cebada con 3,5% de alcohol) cuesta diez dólares y hay familias numerosas. Es parte del boom económico de Bolivia, hoy elogiado por el Banco Mundial o el New York Times que, por el momento, resiste las bajas en las materias primas y tiene un colchón de reservas que equivalen a la mitad del Producto Bruto Interno (el PBI per cápita casi se triplicó desde 2005 y la nación andina pasó a ser un país de ingresos medios). Luis Arce Catacora batió todos los récords: es ministro de economía desde el comienzo del gobierno de Evo, y ya lleva nueve años en el sillón. Dice que se puede tener “una política socialista con el equilibrio macroeconómico”.

 

Mientras separa el cordero del chuño (papa negra disecada en el hielo muy popular en el Altiplano) Laruta recuerda su pasaje por el Partido Socialista 1 en la universidad, su actividad en la dirección del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), una ONG progresista, y su trabajo en Guatemala –en los años 90– en la reconstrucción posconflicto del país, en el marco de una misión especial de la ONU. Y continúa:

 

—UN es un partido socialdemócrata. Samuel no es un derechista, es un empresario rico, tu puedes excluir por principio a los ricos pero…. muchas veces se enfrentó a los liberales a ultranza y cree que un amplio sector de la economía debe ser manejada por el Estado, pero de manera transparente.

 

No hace falta que diga que cree que el actual gobierno no lo hace de esa forma. Es más, destaca que el empresario, como dueño de la cementera SOBOCE, habría podido pedir una concesión minera de piedra caliza, pero prefirió “aliarse” con los campesinos, mostrando “no solo responsabilidad social sino compromiso”. Un compromiso que sería expresión de la “economía plural” que reconoce y busca potenciar la nueva Constitución aprobada en 2009. Y remata: “UN no es un partido tradicional, también es producto de 2003, de hecho la Guerra del Gas fue en octubre y UN nace en diciembre de ese año”.

 

La Sole coincide con ese discurso: “Yo miro a las personas en toda su dimensión. Aunque Samuel sea un empresario exitoso también es una persona muy humana, yo misma he comprobado el compromiso social de sus empresas. No debemos discriminar por el color de la piel y tampoco por posición social. Debemos juzgar a las personas por lo que son. Samuel siente que la política es un servicio”.

 

El dirigente del samuelismo Jaime Navarro o el senador cochabambino Arturo Murillo difícilmente cabrían en la categoría izquierda, más allá de los “apellidos” que se le coloque. Tampoco Adrián Oliva, nuevo gobernador de Tarija aliado de UN y uno de los fundadores de la Alianza Parlamentaria Democrática de América que considera totalitarios a los gobiernos nacional-populares de la región.

 

Fernando Molina, uno de los principales analistas políticos bolivianos, en un reciente artículo en la revista Nueva Sociedad ubica a este partido como el ala “moderada” de la oposición de derecha: “En la ‘Visión de país’ de Unidad Nacional se puede leer como lema central: ‘Reconciliación nacional, continuidad e innovación para construir un país para todos’ y, como resumen del propósito de la política de este partido: hacer ‘una síntesis que recoja lo mejor que hemos hecho hasta ahora y le dé continuidad, que no repita los errores del pasado, y que haga lo que hasta ahora no se ha hecho’. ‘Síntesis’ significa, claro está, diálogo de dos tesis diferentes, en este caso, el liberalismo de la oposición y el nacionalismo popular del MAS de Morales”.

 

Laruta sostiene que “Evo fregó todo en El Alto con la no renovación del ATPDEA” (Andean Trade Promotion and Drug Eradication Act)”, tratado de libre comercio con Estados Unidos a cambio de la erradicación de la coca, “que acabó con muchas industrias locales”. Para el oficialismo, el rechazo al TLC es la frontera que separa a los neoliberales de los partidarios del cambio, de la descolonización o de la Revolución Democrática y Cultural.

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“La de El Alto es una modernización sincrética, como la japonesa”, define Laruta. Al sociólogo y político le gusta hablar de los emprendedores y, de hecho, su partido hizo del emprendedorismo una suerte de ideología en una época en las que suele proclamarse su fin. Habla con entusiasmo de la ciudad más aymara de Bolivia, y sus gestos se vuelven aún más vívidos cuando remarca que incluso UN, su partido, logró crecer en la combativa Universidad Pública de El Alto (UPEA), donde pesa fuerte la izquierda y los indianistas entre platos de ají de fideo y arroz con huevo vendidos por unas monedas en la puerta.

 

—Muchas de las guaguas [niños/hijos] de estos ‘cholos emprendedores’ alteños estudian en la UPEA y tienen una gran apertura hacia el discurso productivista de UN. A estos jóvenes les encanta el tema de los emprendimientos y los negocios —se entusiasma Laruta. Doria Medina inauguró varios Centro de Innovación Tecnológica (CITE) en El Alto e incluyó esa propuesta en su plan de gobierno.

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En el recorrido por las calles polvorientas alteñas –ciudad a la que le falta alcantarillado e infinidad de obras urbanas– unas construcciones de arquitectura indefinible atrapan la atención: son los llamados cholets, una mezcla de las palabras cholo y chalet que pueden costar medio millón de dólares dependiendo de la cantidad de pisos. Con vidrios y colores fuertes y hasta chillones, estas construcciones son parte de los esfuerzos de la burguesía comercial alteña por reafirmarse y plasmar su éxito comercial en edificios que resaltan entre el monótono anaranjado de los ladrillos sin revocar que predomina en esta ciudad siempre sin terminar, con montones de cemento y arena casi a cada paso, y sin semáforos fuera de sus arterias principales. En los barrios, puede verse unos muñecos colgados en los postes de luz con leyendas que advierten que los “rateros serán linchados y los autos sin dueño quemados”. La policía es escasa; los patrulleros más aún. Infinidad de perros, solos o en manadas, hurgan en la basura y se echan en falta los árboles en medio del polvo y la aridez. El nombre de El Alto está asociado al aeropuerto de La Paz pero también a su enorme feria 16 de Julio, abierta jueves y domingos, donde se dice –con evidencias– que se puede encontrar desde crías de chancho hasta alas de viejos aviones.

 

Estos palacios “neoandinos” –de estilos geométricos y cruces aymaras (chacanas) que reinventan la tradición sin complejos– se erigen sobre todo en avenidas troncales como Litoral y Bolivia. Cada uno tiene su estilo, el sello de quien lo encargó. Y uno de quienes se encargan de satisfacer los deseos de prestigio de sus clientes es Freddy Mamani, miembro de una familia de albañiles que estudió ingeniería y se destaca entre los arquitectos de este estilo que puede fecharse en la última década y no tiene parecidos en otros países andinos. Aunque a menudo se habla de ellos como palacios de los nuevos ricos aymaras, se trata de “casas sostenibles” de varios pisos con diferentes usos: en la planta baja suele haber negocios, en los siguientes niveles oficinas o salones de eventos (casi infaltables y que dan su singularidad a los cholets) y en el último piso el cholet propiamente dicho, habitado por el dueño. El tipo de festividad aymara –de raigambre colectiva– hace que los invitados sean muchos y las viviendas particulares queden chicas, y por eso pululan estos numerosos salones de eventos que sirven para visibilizar el éxito de sus dueños pero también de quienes organizan en ellos sus fiestas (bodas, comuniones, bautismos o cumpleaños de quince) a veces amenizadas con grupos de música contratados en el exterior. Así, las tradiciones comunitarias se sincretizan en un poderoso capitalismo andino que, como resaltaba en una oportunidad Álvaro García Linera, se caracteriza por no poner nunca todos los huevos en la misma canasta. Pero si para el sociólogo y vicepresidente ese capitalismo a la postre no deja de ser un obstáculo para cambios más profundos, para Laruta es la base del modelo productivista que necesita el país. Una compensación de la débil burguesía nacional de la que Samuel es un exitoso pero poco acompañado exponente.

 

Actividades legales en un contexto de crecimiento económico sostenido desde 2006 (expansión del comercio y de las importaciones junto a remesas del exterior) o ilegales (contrabando, e incluso narcotráfico) explican en diferentes proporciones este auge de cholets multicolor, cuyos “acabados” en su interior con materiales nacionales o importados dan cuenta del gusto y el poder adquisitivo de sus habitantes. Algunos la llaman, no sin desprecio, “arquitectura transformer”. En efecto, varios cholets han tomado como inspiración la serie con ese nombre, y ponen al héroe Optimus Prime como motivo. Y hasta es un atractivo turístico: unas chicas paceñas se bajan de un auto y se toman fotos en el Centinel Prime, mientras unas niñas que juegan a la pelota se escapan de los flashes. Pero sus creadores consideran que esa es otra arquitectura, que no se puede mezclar con la andina. Al menos eso piensa Santos Churata, el factótum de este estilo:

 

—Buenas tardes, señor Churata, quería preguntarle por la arquitectura andina alteña…

—Yo no hago arquitectura andina –me corta en seco–, yo hago arquitectura transformer, futurista, ya no lleva la cruz andina ni colores fuertes…

 

—¿Y por qué esa arquitectura?

Por la película, por lo robótico. A la mayoría de los clientes les gusta lo nuevo, para salir de lo común y marcar la diferencia. La arquitectura andina es muy cargada, con demasiados colores y nosotros tratamos de ofrecer a los clientes algo distinto.

 

—¿Cuánto cuesta aproximadamente un edificio de esos?

Unos 400.000 dólares.

 

Freddy Mamani sí hace “arquitectura andina”, al menos así se la conoce. “Hice un viaje por Tiwanaku y de allá llegué pensando que debíamos hacer obras que muestren nuestra cultura milenaria, obras con las formas andinas, con los colores de los aguayos. Le propuse eso al dueño del terreno y aceptó; hicimos el primer edificio y lo pinté de verde porque en El Alto no hay árboles y quería poner un poco de color a la ciudad. Luego de eso reventamos como pipocas [pochoclo]”, dice Mamani en una entrevista con Nathalie Iriarte Villavicencio. Una de sus grandes obras es el salón de eventos Príncipe Alexander, del empresario y alguna vez ayudante de sastre Alejandro Chino Quispe, quien le dijo a la radio Erbol que el costo total ascendió a alrededor de dos millones de dólares y que “realmente es un palacio”. Nadie lo dudaba.

 

Aunque este fenómeno suele asociarse con Evo Morales, el MAS es un partido campesino al que los cholos urbanos adhirieron de manera tardía. Su verdadero partido fue Conciencia de Patria, en los años 90, liderado por el mítico compadre Carlos Palenque –charanguista de renombre y empresario de medios– y la joven comadre Mónica Medina, que llevó al Congreso a la primera mujer de pollera: Remedios Loza. El Alto fue fiel al Compadre hasta su súbito fallecimiento en 1997. Hoy la ciudad sigue siendo evista pero comparte lealtad con La Sole, con la esperanza de mejorar la vida urbana. Los caudillos de las organizaciones sociales se cuotearon el poder y perdieron prestigio.

 

La fiesta emblemática chola es la del señor del Gran Poder, en La Paz. Algunas bailarinas contratan seguridad privada para proteger sus joyas, propias o alquiladas. El libro Hacer plata sin plata. El desborde de los comerciantes populares en Bolivia, coordinado por Nico Tassi, cuenta la inserción de estos comerciantes de origen aymara en la economía global, cuyas redes los llevan hasta China. No es difícil encontrar promociones de viajes a la nación asiática en las vidrieras de agencias de turismo de La Paz, especialmente para ir a las grandes ferias como la de Guangzhou. En medio del debate de la reforma educativa, un grupo de comerciantes propuso que se incluyera el chino mandarín en las escuelas. Los bancos, por su parte, han entendido finalmente este capitalismo andino y abrieron sucursales en las principales zonas alteñas, en algunas de las cuales el metro cuadrado cuesta como en la exclusiva Zona Sur de La Paz.

 

 

***

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El teleférico, inaugurado a mediados de 2014, es una de las obras estrellas del gobierno de Evo Morales. Sus tres líneas (roja, verde y amarilla, los colores de la bandera nacional) unen El Alto con la Zona Sur paceña otrora blanca, cuyas mutaciones y temores están bien retratados en la película Zona Sur de Juan Carlos Valdivia. Ahora se proyecta construir varias líneas más. Su efecto social, en un territorio dividido en tres –El Alto, La Paz centro y la Zona Sur– será tema para sociólogos urbanos y antropólogos en el futuro…

 

Aunque con ese medio de transporte aéreo se busca alivianar la congestión vial, “Mi teleférico”, como fue bautizado, se transformó rápidamente en un paseo dominguero, y puede verse a familias enteras –desde abuelos a nietos, y muchas señoras de pollera– salir a surcar La Paz desde el aire tratando de identificar los puntos conocidos allá abajo. Tomando la línea amarilla y luego la verde se puede recorrer los 7 kilómetros y medio que separan El Alto de Irpavi, donde la altitud es menor y el clima más agradable. Pero este renovado vínculo puede declinarse como invasión e incluso como una versión local de “choque de civilizaciones”.

 

Las fotografías de alteños sentados en el piso del Megacenter (el shopping más grande de La Paz) generaron fuertes expresiones de racismo en las redes sociales, y se encendieron los debates entre quienes querían preservar sus espacios libres de estos intrusos y quienes justificaban sus prácticas por sus vínculos con la Madre Tierra. “Si kieren parar el problema deben evitar que el teleférico baje desde el alto y matarían al perro y también a la pulgas”, “Ya no me quiero imaginar cómo quedará toda la zona sur con los demás teleféricos q vienen … tenemos q hacer algo pero ya!!!!”. “El tema de Mega y el efecto teleférico está sacando lo peor de cada uno y pone en evidencia que la inclusión hasta el momento sólo ha incrementado un silencioso, peligroso y mudo odio racial (…) (sic)”… Más pragmático, Juan Patiño, gerente del Megacenter, se mostró contento de “poder ampliar mercados”.

 

—“Algunos de mis familiares se han cambiado el apellido, Laruta en aymara tiene que ver con el verbo reír, ‘laruña’, pero hoy los jóvenes saben que se llaman Quispe o Mamani y se sienten iguales al resto. Finalmente prendió el concepto de ciudadano”, añade el sociólogo.

 

Parte del actual orgullo alteño se construyó en las barricadas de 2003, cuando miles de ellos se descolgaban hacia La Paz coreando “El Alto de pie, nunca de rodillas” o “Ahora sí, guerra civil”, junto a mineros con dinamita en mano, y hoy se consideran los artífices de la nacionalización del gas que aumentó los ingresos públicos y habilitó políticas sociales e infraestructuras. Por eso muchos sienten que la retribución por esas luchas ha sido escasa. Para Laruta “Evo es parte de la época de la rebelión contra la pobreza del neoliberalismo, pero ya se acabó ese tiempo y ahora la gente va a valorar la sensatez”. Es más, considera que el triunfo de UN en El Alto contribuirá a darle un rostro popular a un partido asociado a la figura de uno de los bolivianos más ricos, con una biografía alejada de la densidad plebeya que tiñe al país y a su vitalidad social: sin duda, Evo Morales es más parecido a los bolivianos que Samuel, aunque ahora UN tiene a La Sole “ahí arribita nomás”, a pocos minutos de teleférico o a un poco más de combi y trancaderas.

 

En una ciudad con el 75% de cuentapropistas –“que no reciben nada del Estado”– la alcaldesa hace muy poco estrenada en el cargo dice que su sueño es que en cinco años El Alto “sea una ciudad moderna que empiece a transitar el camino al desarrollo”.

 

¿Soledad Chapetón candidata a presidenta?

—Mi objetivo es trabajar por la ciudad de El Alto. Tenemos que recuperar el concepto de política en la Alcaldía. A largo plazo solo Dios lo sabe…

 

En los años 50, el nacionalista Fernando Diez de Medina, mientras se nacionalizaban las minas, llamó a gritar con orgullo al mundo “soy un cholo boliviano”. Seis décadas después, en medio del boom económico a escala boliviana, estos cholets parecen gritar de nuevo ese mensaje, pero también marcar la división social en la “ciudad aymara rebelde” entre los que ganaron y el resto, y recordar que lo aymara es comunidad pero también individualismo y que El Alto está lejos de ser el ayllu urbano. La descolonización avanza también por carriles mercantiles. Hoy varios parlamentarios del MAS declaran patrimonios de varios miles de dólares (¿la nueva derecha podría venir también por ahí?). Y en estos espacios visibles y opacos del capitalismo andino anida la Bolivia emprendedora –y nuevas clases medias– a la que la nueva derecha busca seducir y representar, y sobre todo convencer de que su proyecto es más efectivo que el nacionalismo con rostro indígena y económicamente exitoso corporizado por Evo Morales.


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