El Centro de Operaciones Tigre filma, controla y alerta sobre los movimientos de todos los vecinos las 24 horas de los 365 días del año. Una cámara cada 300 habitantes. La tecnología aplicada a la seguridad debutó en 2008 de la mano de Sergio Massa, ganó horas de pantalla en la TV y se llevó puestos los debates sobre el derecho a la privacidad. En este fragmento de “Guerras de internet” (Debate), la periodista y politóloga Natalia Zuazo recorre las tramas cotidianas de poder virtual que custodian nuestras vidas.



Fotos: Natalia Zuazo

 

 

—¿Vas acá, a las cámaras, no?

 

El taxista deja de silbar por un momento la zamba El arriero y se asegura de haber interpretado bien el destino. Llegando al Centro de Operaciones Tigre (COT), por la ruta provincial 24, asoma un clásico paisaje del conurbano bonaerense: a cada lado del camino la gente espera el colectivo, en fila, bajo el sol; otros, en bicicleta, hacen las compras en los negocios del barrio. En El Talar, la segunda localidad más poblada de Tigre, las calles del norte se mezclan con los arroyos que desprende el río Luján. Desde el sur, el río Reconquista recuerda que la seguridad de la ciudad siempre dependerá del humor de sus aguas submarinas.

 

Nos acercamos a un edificio de 4.500 metros cuadrados, vidrios negros, marquesina roja y un felino (el logo de Tigre) que lo custodia desde el techo. Para los vecinos, el COT es “el lugar de las cámaras”. En la ruta del camino hay caballos, casas sin terminar, piletas Pelopincho en las puertas y chicos jugando con tachos de pintura convertidos en baldes de agua. El barrio está igual que hace 30 años. Pero, apenas cruzando el portón de la gran construcción, lo primero que se distingue en el COT es una camioneta hipertecnológica. Preparada para combatir y prevenir delitos, tiene pantallas de plasma, conexión satelital a internet, un mástil con una cámara domo y un dron preparado para actuar. En el mismo playón de acceso, antes de ingresar, un grupo de los 42 móviles de la policía local descansa de su turno. Están equipados con GPS, cámaras que filman hacia adelante y hacia atrás, hacia adentro y hacia afuera, y un sistema que graba lo que se dice en el vehículo.

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Cruzando el acceso, colmado de seguridad, pasamos los molinetes y llegamos a una segunda entrada. “Sólo personal autorizado”, dice el cartel de la puerta que conduce al espacio más grande: la sala de monitoreo. Allí, las 24 horas de los 365 días del año, 300 empleados miran, controlan y alertan sobre los movimientos que registran las 1.300 cámaras que custodian los 360 kilómetros cuadrados del partido.

 

En la pared central, 18 monitores registran cada movimiento del municipio: los peatones que cruzan la avenida hacia el puerto fluvial150, la gente que se baja en la última estación del tren Mitre, los grupitos de chicos en las esquinas, los novios que se besan tímidamente en los bancos de las plazas, las mamás que vuelven con sus hijos de la escuela en moto en los barrios más humildes. A cada lado, los cien operadores del turno tarde miran sus pantallas. Adentro, un aire acondicionado glacial los mantiene despiertos en una tarde de calor. Del otro lado del vidrio, un patio poblado por plantas de hojas grandes y árboles recuerda que la naturaleza todavía existe, a pesar de su aislamiento, aunque adentro la luz de las imágenes que cambian varias veces por minuto sólo muestra un mundo artificial.

 

Un continuado de alertas visuales y auditivas distrae la atención; pero el silencio humano gobierna. No se escucha ni un murmullo. Los operadores no hablan entre sí. No está permitido, excepto que los supervisores les pregunten por una imagen en particular. La tarea requiere que permanezcan inmóviles, callados, como si estuvieran encadenados con grilletes al escritorio asignado. Sólo deben abrir los ojos y estar atentos para detectar posibles problemas. Son voyeurs profesionales de la vida de los otros en el panóptico de esta ciudad del conurbano.

 

Durante 40 minutos, la función de cada operador es mantener los sentidos atentos, detectar cualquier movimiento sospechoso o confirmar con la vista una denuncia que llegó por teléfono. Después, descansar 20 minutos en una sala de relax, con mesas de ping pong y biblioteca, o salir al espacio verde, fuera del aire acondicionado y las luces de artificiales. En esa tregua, tienen permitido mirar sus celulares, recordar sus vidas hablando con sus novios, sus maridos, sus hijos. Cumplida la pausa, hay que volver al puesto. Así sucede durante toda la jornada laboral. Cuando vuelven a ingresar a la sala de monitoreo no pueden llevar ningún elemento electrónico con ellos: no hay celulares, ni reproductores de música ni cámaras. Nada que pueda registrar lo que allí sucede. Sus caras y sus cuerpos también están resguardados: todos visten chombas negras y unas gorras con viseras anchas.

 

—Tenemos que protegerlos. Ellos también viven en un barrio.

 

La supervisora del turno me explica por qué cuidan tanto la identidad de los operadores. Son en su mayoría jóvenes, repartidos casi por igual entre hombres y mujeres que ingresaron al trabajo bajo el requisito de tener el colegio primario completo y conocimientos de informática. Luego, la exigencia fundamental es estar concentrados. Mucho. El trabajo de operador de cámaras de seguridad es permanecer fiel a un monitor, para que nada de lo que sucede en el mundo exterior se escape.

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Una de las operadoras, una chica que no llega a los 30 años, se distingue del resto: está muy maquillada, con las uñas perfectas pintadas de azul, el pelo recogido en un peinado de verano con pequeñas hebillas de colores. Cuando la observo en su tarea, detrás de su silla, levanta un momento la vista y me saluda girando levemente su cara para que pueda encontrar su sonrisa. Al instante, vuelve a su monitor. Le devuelvo la sonrisa: sé que no la llegó a ver, pero que la distingue. Sus sentidos están acostumbrados a mirar por fuera de los límites de su cuerpo. Sabe que además de observar está siendo observada. Conoce las capas de una realidad que ya casi nunca es privada: ella mira, otros la miran, yo la miro a ella. Y seguramente desde algún lado alguien también me mira.

 

Del otro lado de la sala, otro operador vuelve de su descanso. Mientras se ajusta la gorra del uniforme, acomoda su cuerpo enorme en la silla y deja en el escritorio una Coca-Cola recién abierta que será su compañía en su nuevo turno. Él no parece registrar otro mundo más allá de las fronteras de su cubículo. Aquí es un robot humano que permanece quieto hasta encontrar algo extraño en su monitor.

Cuando concluyen sus turnos, los operadores dejan de ser quienes miran a sus vecinos desde la pantalla durante ocho horas y regresan a sus barrios. Allí se convierten otra vez en ciudadanos comunes, observados y controlados también por las cámaras. Tal vez, por deformación profesional, ya no piensen que sus vidas transcurren como antes: sin que nadie los mire. Quizás se olviden, en algún momento, de que están siendo observados. Pero seguramente ya intuyen que no son tan libres.

 

El Centro de Operaciones Tigre, inaugurado en 2008, hoy también es la sede de la Secretaría de Protección Ciudadana del partido y donde se desempeñan también empleados de la Dirección de Tránsito y Transporte, Defensa Civil y de la Dirección de Derechos Humanos, que se encarga del control de las funciones de seguridad. En la estructura del ministerio, los 300 operadores de cámaras son el grupo más numeroso. Son quienes trabajan en el sector más visible, el de videovigilancia, el sistema implementado en 2008 cuando el entonces intendente y actual diputado provincial Sergio Massa instaló los primeros ojos del monitoreo urbano. Hoy, siete años después, las cámaras ya son famosas. Son casi sinónimo de Tigre y se replican en otros municipios a través de la televisión que las muestra protagonistas de operativos varias veces por semana. También, son la imagen misma del futuro: para Massa, hoy candidato presidencial de la Argentina, la seguridad es el principal eje de campaña, e instalar cámaras, ahora en todo el país, una de las primeras medidas que su gobierno tomaría si llegara al poder.

 

—Cuando Sergio visita una villa, no le piden un plan social. Le piden que instale cámaras.

 

Santiago García Vázquez tiene 37 años y hace diez trabaja en el equipo de prensa de Sergio Massa. Es alto, habla fuerte y rápido: parece que en su mente las decisiones se toman al instante o que ya tiene todo tan pensado desde antes, que cuando actúa sólo está ejecutando un plan. “Distinto a ellos, igual a vos. La Argentina que viene”, le dicta a una periodista que lo llama para pedirle novedades de la campaña. “Vamos a salir con ese eslogan”, aclara y se acomoda en un sillón de cuero de diseño retro, en una oficina del edificio Torre de las Naciones, un monstruo de vidrios espejados azules a 200 metros de la estación del tren Mitre en Tigre. Su jefe es uno de los tres candidatos que más miden en las encuestas para convertirse en el próximo presidente. Él, que fue parte de su camino desde el inicio, está orgulloso. Se jacta de la estrategia de medios que ejecutó junto al jefe de prensa histórico de Massa, Claudio Ambrosino. En ella —dice Santiago— la presencia mediática diaria, basada en la lucha contra la inseguridad, los condujo al éxito.

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—A Sergio lo identifican con las cámaras de seguridad —me dice—. Las cámaras atrapan delincuentes. Por lo tanto, hacen justicia. Y Massa está preocupado por la seguridad. Es la primera vez que la seguridad se identifica como algo positivo. Por eso la gente lo ve y le pide cámaras. Y por eso pudo ganar un espacio de poder.

 

—¿No es peligroso “usar” la inseguridad para hacer campaña? —le pregunto.

 

—Yo tengo el desafío de instalar a Massa como presidente. Pero Massa es uno más de los 135 intendentes de Buenos Aires. ¿Por qué un medio de comunicación nacional va a estar interesado en algo local? Es muy difícil. Entonces nosotros comunicamos seguridad. Y necesitamos mostrarlo. Yo, desde hace siete años, tengo que lograr que dos veces por semana “las cámaras de seguridad de Tigre” salgan en los medios.

 

—Si el objetivo era ése, lo lograste. Las cámaras de Tigre están en todos lados.

 

—Claro que sí. Te digo más: nosotros hicimos que las cámaras sean protagonistas. “Las cámaras permitieron atrapar un delincuente”, “Las cámaras lograron tal cosa”,“Las cámaras tal, tal y tal”. Queríamos publicitar las cámaras y lo logramos. Al final, Tigre también redujo un 80% el robo de autos. Pero nos llevó siete años de trabajo.

 

—Los medios fueron fundamentales. ¿En qué momento los convertiste en aliados de las cámaras?

 

—En 2010, durante un viaje de Sergio, me llamaron del COT. “Se cayó una avioneta en la ruta 197 y Colectora, al lado de una estación de servicio”. Podía haber explotado todo, pero los pibes de las cámaras la vieron a tiempo: mandaron a los bomberos en minutos y no estalló nada. La cámara era espectacular: vos veías al avión caer, bruuuuum. Buscalo hoy enYouTube y tiene miles de visitas. Era buenísimo para la televisión. Los productores de los noticieros mataban por tener eso.

 

—¿Y qué hiciste?

 

—Me estallaba el teléfono, tenía a todos los productores quemándome la oreja: “Dame la cámara, dame la cámara”. Entonces hablé con Sergio. “Si vamos a dárselas a los medios, tiene que ser una estrategia de aquí en adelante”, me dijo. “Pero que cuenten que gracias a las cámaras se pudo prevenir una emergencia. Que digan que dan resultados”. Y así fue. Les mandé la grabación de la cámara a todos los canales, por moto. Ahora ya avanzamos tanto que directamente subimos las cámaras a un servidor para que las bajen, todos al mismo tiempo. Somos muy democráticos con eso. Y también, obviamente, a veces tenemos que pedir autorización a la Justicia para difundir algunas cámaras. Pero siempre se las damos a los medios.

 

—Pero la decisión fue cuestionada en ese momento. No todos estaban de acuerdo con darle ese material a los medios.

 

—Obvio. Los sectores del viejo peronismo de Tigre cuestionaron por qué hacíamos prensa con las cámaras. ¿Sabés por qué? Porque fuimos los primeros. No había centros de monitoreo y una política tan agresiva de comunicación. Yo tenía un video donde caía una avioneta y llegaba una ambulancia en seis minutos. Ni siquiera tenía que editarlo. ¡Todo en tiempo real! Para los canales era una papa caliente.

 

—Y sobre el tema de la privacidad de las imágenes, ¿tuvieron resistencia, debates?

 

—Sí, porque todavía no éramos tan fuertes políticamente. En el Concejo Deliberante todavía gobernaba la oposición que se resistía a aprobar presupuesto para la fibra óptica de las cámaras con el argumento de la privacidad. “Es meterse con cosas delicadas, es hacer marketing, no política”, decían. También se resistían en nuestro propio bloque. Pero Sergio estaba decidido: “Vamos a fondo con esto”, decía. Al final, ganamos, pusimos la fibra óptica y las cámaras empezaron a funcionar.

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—Para vos, si las cámaras funcionan, el debate no es tan importante.

 

—Mirá, toda la comunidad “más intelectual” plantea el debate privacidad/cámaras. Pero la realidad es que el robo de autos bajó. Yo no ingreso con una cámara a la propiedad privada. Si se cae un avión en un country, como ha pasado, y yo tengo al avión en el cielo, eso lo puedo mostrar, es mío. Yo no muestro nada de adentro, pero mientras cae no es propiedad privada, ¿no?

 

—Pero vos, personalmente, ¿te planteaste si era bueno vivir rodeado de tantas cámaras?

 

—Sí, a mí me hacía ruido el tema. “¿Qué onda si hay personas dándose un beso en un auto o están en un departamento y el pibe que está monitoreando es un perversito?”, decía. Pero hay un protocolo de acción para los operadores que les impide invadir la privacidad ajena. Si eso sucede, se los separa del cargo. Y hasta ahora nunca sucedió. Yo se lo tuve que explicar mucho a los periodistas. La cámara previene. Tenemos cámaras con escuchas donde los chorros dicen “Mejor no vayamos a Tigre porque filman” o “No vendamos droga acá”. Se disuade a los delincuentes para que no elijan Tigre.

 

—Justamente, una de las críticas a los sistemas de videovigilancia es que previenen el delito en un territorio, pero lo corrés a otro lugar. Se va al partido lindero, a San Fernando, por ejemplo.

 

—Está bien, pero ahí lo que Massa plantea es que él tiene una responsabilidad con los vecinos de Tigre que lo votaron a él. Él necesitaba que Tigre fuera seguro. Después, podrás trabajar con San Fernando para que tampoco estén allá. La idea es correr a los tipos. En definitiva, que no estén acá. Ahora que quiere gobernar el país, también lo plantea: una cámara cada mil habitantes. Sergio lo dijo siempre muy claro: cuantos más ojos tengamos, mejor. Cuanto más vigilado esté el territorio, mejor.

 

—Entonces la solución a la inseguridad es llenar el país de cámaras. Hasta que los delincuentes se caigan al río, por ejemplo.

 

—Bueno, hay lanchas del COT en el río.

 

Santiago García Vázquez sonríe. Pero habla en serio. Repite lo que su jefe declara en los medios: “Argentina necesita una cámara cada mil habitantes. Cuantos más ojos vigilando tengamos, más seguros estaremos”. Para Massa, la seguridad se trata de introducir la tecnología a la vida de la gente. En su Argentina del futuro cada movimiento puede verse y atacarse.

 

Massa, de 43 años, no es el único político argentino ni del mundo que recurre a las cámaras como una solución eficiente contra la inseguridad. Pero sí fue el primero en presentarlas como el eje de su plan. Su país perfecto está vigilado con un “cerrojo digital” donde no pueden entrar los delincuentes, donde queden del lado de adentro los ciudadanos “de bien”. Si son delincuentes, no son ciudadanos. Tigre, el lugar que gobernó y donde hoy vive, es su ejemplo a copiar y extender al resto del país.

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Los 380 mil tigrenses ya son parte del experimento: conviven con una cámara cada 290 habitantes, un número que se incrementa año a año, y un modelo que se contagia a los distritos vecinos como San Fernando o Escobar, que también se van armando de tecnología. Es una ciudad-Gran Hermano, donde vivir siendo visto es el precio a pagar por sentirse seguro. Tal vez el éxito del famoso reality show que encierra a un grupo de jóvenes conscientes de ser filmados, que alcanzó popularidad en Argentina en 2001, en el año de una de las peores crisis del país, haya preparado culturalmente a la sociedad para la realidad que hoy aceptamos.

 

En el norte de Buenos Aires están algunas de las ciudades más vigiladas de la Argentina. También, las más fragmentadas: en Tigre hay un 60% de territorios ocupados por countries, barrios cerrados y complejos urbanos de altos ingresos. Allí vive sólo el 10% de la población de Tigre (y el propio Massa, que vive en el barrio cerrado Isla del Sol). El 90% de la gente vive en el 40% restante del municipio. El 91% de las viviendas cuenta con buenas condiciones de habitabilidad. Sin embargo, todavía hay un 47% de hogares sin gas y el 83% aún no tiene cloacas. Pero, según el candidato del Frente Renovador, lo que los vecinos reclaman es más seguridad. Por lo tanto, más tecnología.

 

Desde su llegada al poder en Tigre, la seguridad fue uno de los ejes de campaña de Massa. Su estrategia, tanto para la seguridad como para otros aspectos de la gestión pública, incluye una gran dosis tecnológica. En su municipio, los patrulleros, los colectivos, los bancos, los boliches bailables también tienen cámaras, sistemas de GPS y botones de pánico conectados al Centro de Operaciones de Tigre, el mismo lugar donde llegan y se vigilan las imágenes de las 1.300 cámaras (en su mayoría modelo domo). Los ingresos y egresos del partido también fueron poblados de fibra óptica para permanecer vigilados. Las patentes de los autos que cruzan los límites de municipio son monitoreadas por cámaras especiales. En las cuatro estaciones (de tren, el puerto fluvial y las dos terminales de ómnibus) también hay instaladas cámaras especiales fijas, que trabajan con reconocimiento facial, en áreas de gran circulación de personas, especialmente durante el fin de semana. Además de recurrir al sistema provincial de alertas 911, Tigre también cuenta con Alerta Tigre2.0, un sistema que funciona vía SMS y alerta a su policía local ante delitos. Las mujeres víctimas de violencia de género son provistas de un dispositivo de alerta especial. El municipio también posee tres drones y con pilotos especialmente capacitados que cumplen guardias en caso de que se necesite utilizarlos.

 

La tecnología también está presente en los distintos procesos del Estado a través de una oficina de innovación donde funcionan unas 15 áreas que se valen de tecnología para brindar servicios a los ciudadanos. Allí se gestiona desde el manejo de las redes sociales hasta las señales de tránsito informatizadas y la actualización de todos los sistemas de información y alerta del municipio: las entradas y salidas de la autopista, el tránsito, el nivel del río, las alertas y posibles crecidas del agua en las islas. La ayuda social y los servicios a los vecinos también están informatizados. Sin embargo, lo que el candidato Massa hace más visible es la tecnología aplicada a la lucha contra la inseguridad. Según él, es la muestra de que invertir en tecnología genera resultados positivos para la sociedad. Son, como él también dice, una muestra de “gestión”.


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