La narrativa gubernamental y los allanamientos mediáticos convirtieron a Los Monos en el cartel de Medellín argentino y a Rosario en la Sinaloa del sur. Mediante disputas territoriales, venganzas cobradas a tiros, búnkers montados en casas precarias y la protección de policías y jueces, los narcos santafecinos expandieron su red de tráfico interno, que poco tiene que ver con los empresarios que exportan cocaína desde los puertos provinciales. Historia de un clan caído en desgracia que intenta sobrevivir desde la cárcel.



Fotos: Agencia Télam

 

Al Pájaro Cantero le gustaba el ajedrez. El contraste claro de colores sin grises del tablero, la cuadrícula, las formas de las piezas. Pasaba horas viendo al Rengo ganar: gritar jaque después de mirar fijo la tabla y mover, mover hasta el mate. Blanco contra negro. Él era apenas un adolescente y el Rengo pasaba los 30.

 

—Quiero aprender a jugar —. El Rengo le enseñó.

 

—Elegí un color.

 

—El negro —dijo. Con tres dedos tomó a un peón por la cabeza e intentó avanzar.

 

—No —dijo el Rengo. En el ajedrez, como en la vida, primero mueven los blancos; los negros reaccionan.

 

Estuvo tardes enteras frente al tablero. Sin saber leer ni escribir, a la semana jugaba sin problemas y al mes le ganaba al Rengo. El ajedrez se convirtió en una herramienta de juego y un espacio que recortaba del tiempo para pensar. El tablero, que tanto podía representar un choque de monarquías o de bandas, lo acompañó hasta la muerte. Más de una década después, el 26 de mayo de 2013, sin que se diera cuenta, alguien le iba a comer los peones, y el rey quedaría cercado sin saber que había avanzado hacia el lado enemigo. No tuvo tiempo de interpretar que los peones se camuflaban y algunas veces, o muchas, tendría entre sus filas blancos pintados de negro. Ni siquiera iba a notar, mientras orinaba aquella madrugada frente a la puerta del boliche Infinity Night de Villa Gobernador Gálvez, que estaba cercado y que esa era su última jugada, la inútil. Sólo escuchó los disparos y vio el tablero y las piezas mezcladas por última vez.

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La banda de Los Monos comenzó a construirse con fuerza en la tapa de los medios de Rosario, pero también del resto del país, después del asesinato del Pájaro. Era un jefe moderado, que calculaba como en el ajedrez cuándo mover cada pieza y mantenía la estructura controlada sin que la violencia terminara de desbordar, como iba ocurrir después de su muerte.

 

El Pájaro nació y creció en La Granada, que de una villa gigante justo a la entrada de Rosario desde Buenos Aires se convirtió en un barrio asfaltado de ocho manzanas. En el resto de ese territorio, hace una década, se levantó el casino, y los desplazados fueron reubicados en otro sector de la zona sur. Cruzando la Circunvalación, el barrio Las Flores Sur; hacia el lado del río, el 17 de Agosto y Las Flores Este. Para el otro lado, Las Delicias. De a poco fue ganando amigos más allá del sur, a los que estudiaba. También de a poco fue bajando la guardia y los dejaba entrar en su vida, donde no abundaban las palabras. Le habían propuesto comprar un boliche que estaba de moda en Rosario, pero él no quería saber nada. Blanquear plata no parecía ser un objetivo.

 

—Es muy buen negocio.

 

—No, me van a chorear.

 

—Cómo te van a chorear a vos.

 

—La gente es optimista cuando roba, piensa que no la van a agarrar.

 

—Bueno, pero cuánto te pueden robar.

 

—Si me roban lo tengo que mandar a matar.

 

—…

 

—Es por el respeto. Y no se mata a un tipo por dos mangos. Por eso no me gustan los boliches.

 

En jaque

 

La caída del Pájaro y también de la banda, al menos como se la conocía, comenzó poco tiempo antes de que lo mataran. Él lo sabía.

 

“Me robaron la ropa, las zapatillas, la moto”. El Pájaro Cantero estaba sacado. Fue durante el frío atardecer del 15 de mayo de 2013. Estaba mojado, de pantalones cortos, porque una de sus casas, la que tiene en Regimiento 11 al 300, también en la zona sur, fue hallanada por la División Judiciales: buscaban a un tal “Termo”, por una causa que investiga el robo de un maletín con 170 mil pesos. Termo no se escondía allí. Uno de sus abogados, que justo llegó desde Buenos Aires en auto, se juntó con él en bulevar Oroño (la continuación de la autopista Aramburu) y Lamadrid. El Pájaro venía de pescar en lancha por el río Paraná. No estaba en la casa cuando fue el procedimiento.

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—Dejate de joder. No te podés enojar así —le dijo el abogado.

 

—Me faltaron el respeto.

 

—Pero es una boludez…

 

—¡No te das cuenta que me la quieren poner!

 

El ajedrecista ha decodificado muy bien la jugada. Sabe que está entrando a un territorio de confrontación. El Pájaro fue a Tribunales, al juzgado de Juan Andrés Donnola, quien firmó la orden. Le dijeron que ellos ya le avisaron a la Policía que tiene que devolverle la ropa y los electrodomésticos. El Pájaro fue a la Jefatura. Lo boludearon. Volvió con un listado: eran las fichas de cada uno de los integrantes de la División Judiciales, que habían ingresado a esa repartición y que desde hacía 45 días trabajaban a las órdenes de otro juez, Juan Carlos Vienna, el caso por la muerte de Martín “Fantasma” Paz. Esa causa pronto mutó en un expediente por asociación ilícita conocida como la megacausa Monos, en el tribunal provincial. El Pájaro los amenazó de muerte. Fue a la casa de uno de los jefes y le quiso voltear la puerta a patadas. Como en el tablero, sabe que las piezas se movieron siguiendo una estrategia: que alguien bien arriba decidió que el negocio cambiara de manos. “Estos pendejos estaban muy cebados”, dirá dos semanas después un alto jefe policial. Sabía que estaba sentenciado a muerte. Pero no terminó de blindar la defensa.

 

El clan

 

Como los Buendía de “Cien años de Soledad”, en la megacausa de Los Monos se repiten los nombres: Máximo

Ariel, Ariel Máximo, Claudio Ariel. Se repiten en expedientes y notas periodísticas, todos con sus apodos y parentescos, como si fuera una estrategia para confundir y despistar. Uno de los personajes fuertes de la historia es Celestina Contreras, la Cele, mamá del Pájaro (Claudio Ariel) y también de Máximo Ariel, a quien se conoce como Guille, preso desde hace dos años y medio. Y madre de crianza de Ramón Machuca, alias Monchi Cantero, prófugo desde el 31 de mayo de 2013. Su ex pareja es el fundador del clan, Ariel Máximo, conocido como Viejo o “el Ariel”.

La Cele aparece en las escuchas del expediente de la megacausa. Sus hijos como todos los días con ella, pasan por su casa y reclaman cuidados a otros integrantes del clan, como a sus hermanas Yoana y Macarena, y a su hermano más chico, D. Este matriarcado fue interpretado por la Justicia de una manera particular, al ubicar a la Cele como una de las jefas de la banda, aunque luego no hubo pruebas para sostener esa hipótesis.

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La historia de los Monos es difícil de entender si se la busca simplificar. Los medios porteños la contaron en capítulos a la par que se televisaba la seire El Patrón del Mal. Para muchos, los Monos eran lo más parecido al Cartel de Medellín. Pero la Justicia recién a fines de 2015 encontró pruebas para armar una causa por narcotráfico que tiene 23 procesados y que, como un juego del destino, no se llama Los Monos, sino Los Patrones.

 

El viejo

 

Ariel Cantero padre es un personaje legendario. Aunque con la Cele tuvo cinco hijos, le atribuyen en total 24, con una docena de mujeres. Tiene prontuario de asaltante, lo que incluye mejicaneadas a otros narcos. En el sur de la ciudad es conocido por su afición a los caballos, tanto a las carreras cuadreras como a las cinchadas con carros. Desde su casa de Las Flores Este se mudó a la Granada cuando solo era un descampado y todo estaba por hacerse. Allí edificó su clan. Su última caída fue a mediados de 2015, luego de haberse mantenido prófugo dos años en la megacausa por asociación ilícita.

 

Cuentan que su hijo D., preadolescente, iba al mando del carro por la zona sudoeste cuando un par de policías de la Motorizada pasaba a unos metros el niño. Apuraron la marcha. El Ariel se tiró del carro y corrió unos metros y enseguida fue reducido. El chico escapó. El supuesto jefe de la organización más mentada del país andaba como un ciruja, desarmado. No porque así intentara camuflarse, sino porque toda su vida anduvo por el sur y el oeste de a caballo. Lo indagaron como jefe de la asociación ilícita, aunque sólo hubo pruebas para procesarlo como integrante. Tenía antecedentes: una condena del año 2000 en Corrientes por tráfico de marihuana y una en Rosario por tenencia de arma de fuego que le incautaron en 2004, cuando estaba prófugo de la Justicia correntina y le adjudicaban cuatro homicidios.

 

Algunos años más tarde, en 2009, Cantero fue baleado en una pierna en su propio barrio y tras ese ataque, nunca esclarecido, dejó el mayor peso de la conducción en el Pájaro.

 

El ascenso

 

Ariel Máximo Cantero Había incursionado en el negocio narco con su concuñado, Juan Carlos Fernández, alias Mono Miguel. El Mono vivió toda su vida en Las Flores Sur, a 50 metros de la comisaría del barrio, y junto con Cantero y otros pesados, desde mediados de los años 90, había aprendido el clásico sistema inaugurado por los contrabandistas paraguayos: una cooperativa que traía marihuana y hacía la diferencia al venderla en Rosario. Pero el 18 de abril de 2003, el Mono Miguel, de 44 años y hasta entonces líder de la organización, murió: al parecer, se ahogó en la desembocadura del arroyo Frías, en el río Paraná, mientras pescaba con un tal Laucha.

 

Laucha juró aquella madrugada que el trasmallo se había enredado en el motor y que la lancha se hundió y que él sobrevivió al flotar agarrado de un bidón hacia la costa. El cuerpo no apareció nunca, lo que hizo que pocos creyeran esa historia. Ariel Máximo Cantero se convirtió así en el nuevo líder de los Monos.

 

—Si son putos lo van a encontrar.

 

Es la frase que le atribuyen haber pronunciado a principios de 2004, cuando el barrio murmuraba que los Monos habían secuestrado, verdugueado y asesinado a Fernando Corso, alias Gordo Pel, por entonces líder de una banda rival de Las Flores, los Garompa, que se dedicaba a mejicanear a los narcos. El cuerpo del Gordo Pel aparecería en Centeno y Circunvalación semanas más tarde. Fue uno más del medio centenar de crímenes que le han atribuido a la banda de los Monos en las últimas dos décadas. Sobran los dedos de la mano para contar los casos en que ha habido condenados. Los móviles de los asesinatos se repitieron en los primeros años: algún arranque de guapeza tras una discusión por motivos banales, un correctivo para ladronzuelos que le robaron a alguien que no debían, sobre todo si el botín eran caballos y, en su mayoría, mejicaneadas de dinero o droga que alguien se atrevía a birlarles, a las que le seguían vendettas sangrientas. Más tarde, se sumaron las disputas por territorio de quienes querían abrir búnkers en zona ya ocupadas, o se negaban a pagar por protección o dejar sus viviendas a los usurpadores.

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Los Monos se quedaron con el negocio en la zona sur tras desplazar a fuerza de plomo a Sergio “Colorado” Arriola, quien en un principio había sido su socio, y una década después se extendieron a toda la ciudad cuando el Pájaro salió en libertad, en diciembre de 2011: había estado algunos meses preso por el crimen de Walter Cáceres, el chico de 14 años que llegaba a Rosario con la barra brava de Newell’s tras un partido en Buenos Aires a bordo de un colectivo que fue acribillado justo enfrente de barrio Las Flores. Ese crimen conmocionante llegó a juicio oral, pero no hubo pruebas para condenar al Pájaro y otros tres acusados.

 

El suegro

 

La historia de Los Monos comenzó a avanzar desde las páginas de policiales a la tapa de los diarios en 2012, con el asesinato de Martín “Fantasma” Paz. Lo mataron el 8 de septiembre de ese año. Acababa de comprarse una cupé BMW valuada en 70 mil dólares. Su padre, Luis, fue representante de Sebastián “Iron” Luján, el boxeador de mayor proyección que tuvo Rosario en las últimas décadas. Dueño de una flota de camiones, a Luis también se lo vinculó con el club Central Córdoba. Su hija Mercedes era la novia del Pájaro Cantero. Ambos clanes, los Paz y los Cantero, funcionaban en conjunto. Pero hubo ruido en la línea. Algunos dicen que fueron diez millones de pesos que el Fantasma debía invertir en droga que nunca llegó desde Bolivia. Otros, que en realidad el Fantasma desde hacía rato venía intentando montar su propio negocio, eliminando intermediarios.

 

Guille y Monchi miraban al Fantasma de reojo. Le pedían al Pájaro una determinación. Tal vez el Pájaro veía el círculo completo: además de los puntos de venta propios sumaba entonces el cobro por protección, como si fuera la Afip, en toda la ciudad. Así lo definió un investigador: “Más allá de los vueltos y las mejicaneadas, hubo una guerra entre los importadores de cocaína con los dueños del territorio. O sea, el clan Paz y su asociada, Reina Quevedo, bancados por un sector del Estado, contra quienes les cobraban peaje a la hora de comercializar el producto, los Monos, a su vez alineados con otro sector estatal”. Más claro: una guerra por el excedente, que desde hace más de una década comenzó a ser cada vez más voluminoso en Rosario a partir de las cocinas: quien puede transformar la pasta base en clorhidrato de cocaína es el que se queda con una tajada más grande, sobre todo si quien es dueño de un laboratorio a la vez tiene en su poder otros segmentos de la cadena: el transporte y la materia prima o la boca de expendio. “El Fantasma había empezado a cocinar por su cuenta. Y eso terminó por pudrir el asunto”.

 

El amigo

 

Aún hoy la Justicia provincial no indagó a nadie por el homicidio del Fantasma, aunque terminó procesando a 36 personas por asociación ilícita en la megacausa, 12 de ellos policías provinciales y tres efectivos federales. Pero pese a que encausó a Lorena Verdún, madre de algunos hijos del Pájaro, jamás citó a declaración informativa (en el viejo sistema penal santafesino, reformado en 2014, una figura intermedia entre la indagatoria y la testimonial) a la última pareja de éste, Mercedes Paz, hermana del Fantasma.

 

El padre del Fantasma fue fotografiado con el juez Vienna en una velada boxística en los Estados Unidos y hay planillas de Migraciones que demuestran que entraron y salieron del país al unísono. Eso no fue suficiente hasta el momento para que la causa se empantanara. Tampoco para que el magistrado fuera sancionado: la Corte provincial ordenó el año pasado su pase al nuevo sistema procesal penal y aún no se expidió sobre un sumario que, entre otras irregularidades, incluye la denuncia de un comisario que lo filmó con cámara oculta cuando el juez le sugería que si quería salir en libertad debía cambiar de abogado. Al juez también le encontraron una moto a su nombre, importada a pedido del Fantasma Paz, en una concesionaria allanada en el marco de la causa Peras Blancas, que investiga el envío a Europa desde el puerto de Zárate de más de una tonelada de cocaína.

 

El mito

 

Lo que siguió a la muerte del Fantasma fue, en secuencia, la del Pájaro. Y tras el crimen del Pájaro hubo una respuesta violenta: cuatro muertes en dos ataques en las 48 horas siguientes, en avenidas no tan lejanas del centro; las que se convertirían en una docena con el correr de los meses. Así, en medio de la conmoción, apareció la investigación de Vienna y la División Judiciales, que justificó una serie de operativos con la muerte del Fantasma como excusa y la promesa de combatir al narcotráfico en los medios.

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De aquellos días, quedó una famosa foto: es del 31 de mayo de 2013 y retrata a los funcionarios después de allanar La Granada. La imagen se repitió decenas de veces en los medios y fue el prólogo de la llegada de los gendarmes, casi un año después, el 9 de abril de 2014. El gobierno provincial no conoció los detalles del operativo de las fuerzas federales hasta después del desembarco.

 

El 2013 fue un año de allanamientos semanales y descubrimientos de propiedades que supuestamente pertenecían a Los Monos. Para certificar que eran casas suntuosas de los narcos, el relato oficial mostraba que los pisos eran de porcelanato. El más llamativo fue un allanamiento en una vivienda de la vecina localidad de Pérez que estaba sin terminar. Allí, el objeto más curioso encontrado fue una pileta infantil que tenía la forma de la cabeza del ratón Mickey. También aparecieron propiedades en otra ciudad lindera, Funes, mucho más sencillas. Lo que no quedó tan claro fue la investigación de la ruta del dinero: no se probó que las propiedades fueran de la banda y tampoco se pasó de esas casas modestas a otros inmuebles del centro rosarino.

 

Cada operativo policial iba acompañado de bleff informativo. En un allanamiento en La Granada encontraron sótanos que quisieron venderse en un principio como túneles que utilizaban los narcos para huir de la Policía. Sin embargo, con el correr de las horas, se demostró que esos túneles eran cortitos y se supone que los utilizaban para almacenar quién sabe qué. Ese mismo día descubrieron palomas mensajeras que, según la policía, eran utilizadas para llevar mensajes y mover droga. La rápida pesquisa sobre la banda –poco más de un mes– estaba hecha a base de escuchas telefónicas y entonces no quedaba claro el papel que jugaban las aves en la comunicación de la banda. Durante días los colombófilos hablaron por radio y televisión para desmentir la posibilidad de que una paloma trasladara droga.

 

La policía

 

La dependencia que llevó adelante el grueso de la investigación por la megacausa fue la División Judiciales de la Policía de Rosario. Sus integrantes recibieron tantas críticas como el juez instructor Vienna por diversas irregularidades. Incluso algunos de sus miembros están procesados por diversos delitos cometidos mientras investigaban el caso Monos.

 

El subjefe de la Brigada Operativa, subcomisario Luis Quevertoque, terminó encausado por incumplimiento de deberes de funcionario en la causa por la fuga de un sindicado tiratiros y regenteador de búnkers de los Monos que se esfumó de la Jefatura horas después de ser detenido por la propia Judiciales. Su esposa denunció extorsión y el acusado, al ser recapturado, echó por tierra la versión policial que decía que se había zafado de las esposas para golpear a una suboficial y escapar corriendo. En realidad, dijo, lo dejaron ir: salió por el portón principal del gigantesco predio de la zona sur, tomó un taxi y se fue a su casa.

 

Fue el agente Germán Almirón quién terminó procesado por apretar a la mujer del fugado. Pero cuando declaró dijo que siguió las órdenes de su jefe y fue por eso que le pidió a la mujer un auto a cambio de dejar ir al detenido. Almirón fue una figura clave en la megacausa y arrastra un prontuario de complicidad con otras bandas. Está procesado en el caso Reina Quevedo, luego de que la Justicia federal determinara que tenía connivencia con esa organización. Pero su protagonismo, al menos en los medios, fue intenso cuando se difundieron unas escuchas en la que planeaba asesinar al juez Vienna, al fiscal de Cámaras Guillermo Camporini y al subcomisario Quevertoque. Su interlocutor estaba preso como él y estaba acusado de cocinar para otra banda, la de los Gordos.

 

Los abogados del clan Cantero aseguran que este preso, es decir el cocinero, fue uno de los testigos protegidos en cuyos dichos Vienna basó los procesamientos de la megacausa. Y como éste se sentía traicionado ya que no le habían aligerado su situación en un caso por homicidio, tal como le habían prometido, planeaba una venganza.

El jefe de Judiciales, Cristian Romero, también quedó en la mira: tras el doble crimen del sindicado narco Luis Medina y su novia, Justina Pérez Castelli, ocurrido en el acceso sur el 29 de diciembre de 2013, policías de la repartición intentaron entrar sin orden judicial al country de la localidad bonaerense de Pilar donde vivía la víctima. Tres efectivos terminaron acusados de abuso de autoridad ante la justicia bonaerense y puestos en disponibilidad. Al regreso de sus vacaciones y ante “sospecha leve”, Romero prestó declaración informativa en Rosario.

 

En 2014, en la primera entrevista de Monchi Cantero con un canal porteño, desde la clandestinidad, acusó a Judiciales de extorsionarlo. Y como prueba de ello presentó una cámara oculta en la que otro procesado en la megacausa, Walter Jure, les entregaba presuntamente dinero a dos policías de Judiciales. Un día después de la difusión del video, en una conferencia de prensa en la Jefatura, el sargento Ariel Lotito hizo un simulacro de cámara oculta en la que se podía ver a tres periodistas recibiendo una supuesta coima, lo que generó el repudio de la oposición política y del Sindicato de Prensa Rosario.

 

El 9 de abril de 2014, mientras Sergio Berni desembarcaba con dos mil federales en Rosario, el gobierno le informaba al gremio de periodistas en una reunión formal que había desplazado a siete efectivos de Judiciales, incluidos sus jefes.

 

La justicia

 

El contexto narco fue modificándose tras la muerte del Pájaro y si bien muchos investigadores dieron por terminada a la banda de Los Monos, a fines del 2015 quedó demostrado que seguían trabajando desde la cárcel. Con muchos adversarios presos o muertos, y con la mayoría del clan Cantero con dificultades para operar, las mujeres del clan siguieron manejando el negocio que, si bien cambió su modalidad, parece lejos de haberse extinguido.

 

En 2013 hubo disputas de competencia entre la Justicia federal y provincial por la megacausa de asociación ilícita: luego de que fiscales de primera y segunda instancia del fuero federal reclamaran para sí investigar a los Monos, a partir de su conocida actividad como traficantes, el fiscal de la Cámara de Casación nacional optó por no sostener el reclamo de sus subordinados. Los tiempos políticos habían cambiado y del enfrentamiento abierto Nación y Provincia habían regresado a un conato de romance que nunca terminó de concretarse.

 

Dos años más tarde, el 30 de noviembre de 2015, hubo más de 40 allanamientos en los cuales se volvió a dar por desbaratada la banda. Los operativos fueron parte de una investigación por drogas, la primera con el clan Cantero en la mira de la Justicia federal local. Según el magistrado Marcelo Bailaque, Guille manejaba la banda desde la cárcel de Piñero a través de un teléfono fijo, con auxilio de su lugarteniente, también detenido allí, Jorge “Ema” Chamorro, y de sus respectivas mujeres.

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La investigación relevó sólo cuatro bocas de expendio y un centro de acopio, además de incautarse una carga de 700 kilos de marihuana y 5 kilos de cocaína. Más allá de que un cocinero detenido era parte de la banda, o sea que el laboratorio parece haber sido exclusivo –incluso tenía un aprendiz de cocina puesto por el clan Cantero–, muchos de los acusados son proveedores de cocaína o marihuana.

 

La organización tiene un sistema celular: cada uno de sus líderes mantiene sus propios puntos de venta y su sector donde cobra protección al resto de los jugadores del mercado. Las cuatro bocas adjudicadas a Guille parecen mostrar que el poder de la banda ya no es el mismo.

 

Los ingresos que algunos le adjudicaban a los Monos (antes de este último operativo federal) eran de 350 mil pesos diarios, cifra superior a los 100 mil pesos por jornada que les atribuían hace dos años, sin tener en cuenta la inflación y las devaluaciones.

 

El estigma

 

Cada tanto, el tema se instala en los medios y documentalistas de cadenas internacionales desembarcan en Rosario con la pregunta recurrente: ¿se colombianizó o se mejicanizó la ciudad? Con un paseo por la villa y planos de la pobreza, la ciudad se vuelve patética, estigmatizada. Y a falta de sicarios aparece el tradicional hombre-cara-tapada que cuenta en vivo tener más de veinte muertos y cobrar unos 450 pesos por cada asesinato. Por la nota y taparse la cara un “sicario” gana más que por que matar: una fuente de tribunales dice que la nota televisiva se factura tres mil pesos.

 

En enero de 2016 los narcos rosarinos volvieron a los medios. Guille Cantero y Ema Chamorro habían sido procesados a fines de diciembre por narcotráfico y fueron derivados a cárceles federales. Fue después de que la provincia denunciara sobrevuelo de drones y un tiroteo en la prisión santafesina de Piñero, donde estaban alojados, supuestamente vinculados con un plan de fuga de los Monos. También influyó una nueva entrevista en la clandestinidad de Monchi Cantero con un canal televisivo y un paseo por La Granada que hizo un equipo de Canal 13, del Grupo Clarín, tensaron el vínculo con el gobierno del socialista Miguel Lifschitz.

 

Pareció ser un regreso a los viejos tiempos de las peleas entre el Ejecutivo nacional kirchnerista y el provincial de Antonio Bonfatti, ahora con Mauricio Macri como presidente en un gobierno que tiene como socio al radicalismo, justo la misma fuerza que en Santa Fe integra la coalición oficialista. Fue días después de un cruce entre ambos Ejecutivos por la recaptura de los prófugos Martín y Christian Lanatta y Víctor Schillaci, condenados por el llamado triple crimen de la efedrina y fugados de un penal bonaerense. Estuvieron como fugitivos 15 días y fueron detenidos en Santa Fe por fuerzas provinciales. Tras la caída de Martín, el presidente Macri y otros funcionarios nacionales, pero también el gobernador Lifschitz, dieron por hecho en las redes sociales que los tres habían sido atrapados. No era cierto. El papelón se saldó con acusaciones mutuas sobre quién había dado el dato falso, y siguieron cruces entre macristas y socialistas.

 

Con ese marco, Lifschitz se despachó en conferencia de prensa, horas después de emitirse los informes televisivos: “Se trata de armar una presentación en escena, retazos de cosas que pasaron hace dos o tres años, como los famosos túneles que no eran más que algunos agujeros hechos en la tierra que hicieron Los Monos, que no es más que una organización de territorio de un barrio de la ciudad, que fue escalando, ganando en peligrosidad, violencia, pero está lejos de ser una de las organizaciones delictivas complejas que hay en la Argentina. Debe haber no menos de 25 (bandas) muchísimo más importantes que la que estamos hablando, y que además está absolutamente desmembrada”.

 

El mercado

 

Si bien la de los Monos es la banda más famosa, no fue la única organización de fuste perseguida o desbaratada desde el crimen del Pájaro Cantero. En 2013 cayó en Funes toda la familia de Delfín Zacarías cocinando cocaína: se encontraron 300 kilos, entre pasta base y clorhidrato ya producido.

 

Zacarías era un prominente hombre de negocios de otra localidad cercana, San Lorenzo, donde acumulaba propiedades. Estaba considerado como uno de los grandes proveedores de cocaína para los puntos de venta locales: “El único al que los Monos nunca pudieron sacarle un peso”, como lo describió un viejo detective, quien hizo referencia a la protección que recibía Zacarías. Un ex jefe de Drogas de la capital provincial y un oficial de la Federal terminaron procesados en esta causa.

 

Otro golpe federal, ya en 2014 y en Salta, fue la detención de Reina Isabel Quevedo, de 56 años y de sólidos vínculos con el clan Paz, mientras transportaba 80 kilos de cocaína pura para estirar en Rosario. La organización importaba pasta base para cocinarla en Funes.

 

En 2013 no eran muchas las bandas que controlaban el territorio para la venta de droga en Rosario. Una era la que se adjudica a Esteban Alvarado, detenido desde mediados de 2012 en el norte del conurbano bonaerense por robo de autos y la de su socio Luis Medina –asesinado el 29 de diciembre de 2013 junto con su novia–. Con Zacarías, Quevedo, Alvarado, Medina y los Monos caídos en desgracia, el mercado se reconfiguró, porque, como se sabe, si hay demanda habrá oferta, aunque se trate de un negocio ilegal. Hoy todos ellos, salvo Quevedo, son investigados por lavado de dinero en los Tribunales federales de Rosario.

 

El búnker

 

Los cambios en el mercado de la droga, a partir del desembarco federal de 2014, impactaron en el modo en que comercializa. Rosario tiene una particularidad, compartida con lo ocurrido en Colombia en alguna época: la droga se vende en casas precarias de material, sin ventanas, con una abertura, cuyo único objetivo era pasar la droga y tomar el dinero. El famoso búnker.

 

Para estar operativo, un búnker necesitaba la mano de obra de un vendedor que manejaba la boca de expendio encerrado en su interior y un grupo de soldaditos que lo custodiara. Estas estructuras no tenían como objetivo defenderse de la Policía, sino de competidores o mejicaneadores, que se multiplicaban. Y sólo podían funcionar con complicidad policial, ya que su actividad estaba a la vista.

 

Los búnkers, que llegaron a mostrar carteles que indicaban su ubicación, fueron derribados en su mayoría y gran parte de la droga volvió al tradicional delivery, que se vio acompañado por algunos pequeños comercios que además de comida y bebida distribuyen droga.

 

La exportación

 

En el sur de la provincia de Santa Fe, con epicentro en Rosario, se asientan una veintena de terminales portuarias, en su gran mayoría correspondientes al complejo oleaginoso: terreno fértil para la exportación de cocaína a Europa. En la última década se han revelado casos de embarques que han partido desde esta zona, aunque casi siempre las precisiones han sido escasas. A diferencia del tráfico que llevan adelante bandas como los Monos, enfocadas en el consumo interno, en el contrabando de droga por vía marítima juegan otros actores. Ya no provienen como el clan Cantero de una villa, sino que en su mayoría son empresarios con los contactos y el dinero suficiente para pasar “inadvertidos” ante la Justicia federal. Cada tanto, algún caso sacude el narcorrelato de cabotaje y brinda precisiones sobre ese otro mundo ilegal, que poco contacto suele tener con las organizaciones de territorio.

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El último gran caso de exportación se produjo en septiembre de 2015, cuando en un depósito fiscal rosarino se halló una carga de 40 kilos de cocaína camuflados en arroz que estaban a punto de ser embarcados en un puerto bonaerense hacia África, escala para que la droga siguiera viaje hacia Europa. Una investigación del juez federal porteño Sergio Torres desbarató una organización dedicada al narcotráfico y al lavado de dinero liderada por ciudadanos colombianos del cártel del Norte del Valle, conocida como Los Urabeños. En Rosario, según Torres, la banda tenía asentada su logística con el invalorable aporte de un médico oncólogo local, Gabriel Zilli, quien desde su vivienda en el barrio de Arroyito había hecho contactos con el cártel colombiano para la exportación del arroz. La carga secuestrada era una prueba de que, si superaba los controles, se podrían exportar volumenes más grande de cocaína.

 

En esta suerte de primera división narco también han jugado otros rosarinos, como el célebre Rey de la Efedrina, Mario Segovia, condenado en dos causas por el tráfico de 4.466 kilos de esta sustancia a México (por un valor de 13 millones de dólares), o los empresarios Ariel Spadoni, dueño de una concesionaria de motos, y Gustavo Campagna, propietario de un restaurante, a quienes se comenzó a juzgar en diciembre pasado, en la Justicia federal del partido bonaerense de San Martín, por el envío a Europa de una carga de 1,23 tonelada de cocaína, valuada en unos 40 millones de euros, escondida en peras desde el puerto de Zárate.

 

En 2008, otra carga de cocaína enviada a Portugal fue incautada e involucró a actores locales: 625 kilos de la droga, valuados en 18 millones de euros, iban camuflados en 22 toneladas de ajo, en un embarque que salió del puerto de Rosario.

 

El también célebre Patricio Gorosito, empresario que fundó un club en Arroyo Seco, departamento Rosario, y se jactaba de haber sido testaferro del capo de la Asociación del Fútbol Argentino, Julio Grondona, fue condenado hace poco a 19 años de cárcel por enviar en 2012 una tonelada de cocaína camuflada en carbón vegetal desde su empresa asentada en el Chaco, vía el puerto de Buenos Aires, a Portugal. Antes del juicio se conoció que también estaba acusado por otra carga que partió de algún puerto de Rosario en 2010 con 762 kilos de cocaína.

 

Otro jaque

 

—Hasta el perro les voy a matar a esos hijos de puta.

 

La frase, atribuida a la Cele en el entierro de su hijo Pájaro, pareció una sentencia de muerte para una docena de personas. Aunque no fuera cierta, encaja con la descripción que allegados al clan hacen del vínculo que unía a la madre con su hijo mayor: “Si el Pájaro tenía un almuerzo de trabajo, apenas picaba una costillita: la Cele lo esperaba a comer. Le cocinaba y él iba a comer cada mediodía con ella. Llegaba, le daba un piquito y a la mesa”.

 

La hipótesis que conducía como autor intelectual del crimen del Pájaro hacia Luis Paz, padre del Fantasma, nunca avanzó en la causa. En el expediente, como instigador del homicidio del Pájaro, el juez Juan Andrés Donnola procesó a Luis “Pollo” Bassi y como ejecutores a Milton Damario y Facundo “Macaco” Muñoz. Los padres de estos tres imputados terminaron asesinados, igual que dos hermanos del Pollo. Corrieron la misma suerte el dueño boliche Infinity Night, Diego Demarre, el administrador, dos ex convictos a quienes los rumores también ubicaban en la escena del crimen, además de dos familiares y un amigo de otro sospechoso que luego terminó desvinculado, Milton César.

 

En abril de 2015, las defensas y la Fiscalía arribaron a un acuerdo abreviado por el cual Guille Cantero recibiría 9 años de cárcel, lo que incluía una condena a dos años por portación de arma de fuego, la jefatura de una asociación ilícita y el asesinato de Demarre, mientras que Ema Chamorro y Leandro “Gordo” Vilches aceptarían 8 años. El acuerdo recibió críticas porque sin demasiadas explicaciones Cantero pasaba de autor material de homicidio calificado a secundario de homicidio agravado, y finalmente se frustró. En cambio, otras once personas firmaron penas que en su mayoría rondan los tres años de cárcel como integrantes de asociación ilícita, entre ellas un policía y la madre de Guille, la Cele, a lo que se sumaron cuatro suspensiones de juicio a prueba, incluidas la mujer de Guille, Vanesa Barrios, y la ex esposa del Pájaro, Lorena Verdún. Barrios volvería a caer el 30 de noviembre de 2015, como eslabón imprescindible para que Guille continuara operando desde la cárcel de Piñero.

 

Guille fue trasladado a un penal federal en el sur del país. Su padre sigue preso en Piñero. Su madre está prófuga en la flamante causa federal y su hermanastro continúa prófugo. La operatoria de la banda vuelve a estar en jaque. Y el Pájaro ya no está.


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