La piel tersa de Samantha está hecha con un material nuevo en el mercado. Parece real. Como los ojos, el pelo y la nariz. En distintos países del mundo se están creando muñecas sexuales con inteligencia artificial. Pueden hablar, sentir y hasta reconocer orgasmos. La periodista Irina Sternik se metió en ese mundo de algoritmos y porno. El machismo no está en las muñecas, sino en el inconsciente colectivo, en los chistes y en los cuerpos desproporcionados



5años_Anfibia_notas

 

Fotos: The Documentary Network

 

“¿Tiene pelos? ¿Gime? ¿Se traga el juguito?”, preguntan los posibles compradores a una rudimentaria muñeca inflable en Mercado Libre. A una más sofisticada de silicona, si viene con manos y pies, en posición de vaquero y cuál es la profundidad de sus orificios. A las que tienen inteligencia artificial, si sabe cocinar, como Samantha. Ella es blanca, de ojos verdes, metro sesenta, cabello castaño largo y sexy, como sus curvas, su babydoll, sus pómulos y sus uñas esculpidas pintadas de francesita. Y su piel, tersa, fabricada con elastómero termoplástico, un material nuevo en el mercado. “No se queja, habla poco y cumple”, dicen. Cumple todos los deseos.

 

En el fascinante mundo de la Internet de las Cosas (IoT) las mujeres ya tienen sus dobles articuladas para satisfacer todo tipo de necesidades. A diferencia de lo que se puede pensar “a primera vista”, el recorrido de esta nota podría ayudarnos a pasar de lo aberrante a lo liberador.

 

El término aberrante tiene mucho que ver con los robots y el concepto de “Valle Inquietante”, acuñado por el experto en robótica Masahiro Mori que afirma que cuánto más se parece un androide a un humano más rechazo ejercemos. De la adoración a un dispositivo casi humano tipo Wall-e al espanto: el cuerpo detecta que no es real y no genera empatía, sino todo lo contrario. Ese valle inquietante es la curva que la industria de la robótica trata de superar hace años en la fabricación de este nuevo fenómeno, las sex dolls.

 

Muñecas-inteligencia-artificial_COL_02 

¿De qué manera se podría tener sexo con un pedazo de plástico que simula ser un humano? ¿Es cosificación? ¿Hay muñecos también? Sí, pocos. Las mujeres prefieren consoladores, los hombres, muñecas. O mejor dicho, “ginoides”, el nombre que se le da a los fembots o robots antropomórficos con apariencia femenina. Androide, el término que usamos hoy, originariamente fue destinado a la apariencia masculina.

 

Cuando una muñeca habla, el hechizo es espeluznante, aunque el chiste fácil la prefiera callada. Es redundante decir que hay cosificación sexual con un muñeco, pues es la génesis del término: “tratar a una persona como un objeto separando su existencia como individuo”.

 

Amarna Miller es española y mezcla lo mejor de los mundos de la reivindicación de la mujer y el desparpajo de los millenials. Es actriz porno, feminista y le encanta la idea de los robots: “No lo veo como cosificación. Me gustaría pensar que las personas que contratan los servicios de las muñecas buscan el fetiche de poder acostarse con ellas, sin intentar que sustituyan una relación con una mujer de carne y hueso. Se me ocurren muchos motivos por los cuales un hombre preferiría estar con una muñeca antes que contratar los servicios de una prostituta: timidez, falta de experiencia en la cama, ansiedad social, vergüenza”.

 

Para Miller y para muchos otros, la muñeca es un juguete sexual y no empeora per se la desigualdad de género: “De la misma manera que no pensamos que un consolador realista sea el sustituto de un pene, una muñeca hinchable obviamente no sustituye a una mujer. Otra cosa es de qué manera se utilicen los juguetes, o los motivos que se escondan detrás de su utilización. Pero aún en este caso el verdadero problema estaría en la mente de la persona que lo compra, no del juguete en sí”.


 

Una idea no tan nueva

 

Una de las primeras camadas de muñecas sexuales con apariencia real fue idea de Hitler. El Borghild Field-Hygiene Project era una alternativa para que sus soldados no se contagiaran enfermedades sexuales. Unos años después se creó el primer robot sexual en Gran Bretaña llamado C36 con una figura aberrante y un procesador de 16 bits que inauguró la era de las fembots

 

La modernidad de este tipo de dispositivo sexual llegó con las Real Dolls, conocidas también por su participación en Lars y la chica real, donde Ryan Gosling se enamora de una de ellas. Argumento explotado también en Her, aunque aquí Scarlett Johansson sólo interpreta la voz de un sistema operativo llamado Samantha. Y otra Samantha, la muñeca sexual, es la protagonista de esta nota porque es la primera sex doll con apariencia real e inteligencia artificial que habla en español y puede relacionarse en modo familiar, romántico y sexual y llegar al orgasmo si es estimulada. Tiene los ojos verdes, pesa 40 kilos y sus medidas son 90-55-90. Cualquier similitud con la serie Westworld no es mera coincidencia: allí, los androides (huéspedes) tienen sistemas operativos que se actualizan como las aplicaciones de los celulares para tener nuevos gestos, expresiones e interacciones con las personas reales.

 

En Canadá se desarrolla el proyecto Aiko, que busca crear un Yumecom (Dream Computer Robot) para ayudar a la población envejecida a hacer tareas sencillas, pero también, reaccionar a los estímulos físicos y mimetizar el dolor. Si bien es un prototipo, tiene sensores de sensibilidad en cara y cuerpo, incluyendo pechos y genitales. Puede diferenciar entre ser tocada de manera amable o ser estimulada.

 

“Lo interesante de la máquina es que explote posibilidades que la limitación de la naturaleza corporal no nos permite” dice el filósofo Darío Sztajnszrajber y se pregunta cómo una muñeca podría desplegar la vida sexual más allá de lo conocido. Si bien un robot no puede reemplazar a un ser humano sí puede proponer otro tipo de vínculo. La ciencia ficción de la que se nutre la literatura es ya verosímil. Es fundamental abrir la perspectiva e ir más allá de la técnica y el mundo animal: “Así como se piensa a la mascota domesticada e industrializado para nuestro uso, también así se piensa a los artefactos inteligentes”.

 

La idea de acostarse con un robot es tan ajena a los argentinos que no hay machismo que valga porque, aquí, no hay mercado. Pero en España, Japón y Estados Unidos, sí. Hace poco las Lumi Dolls fueron protagonistas de un efímero burdel abierto y cerrado a los pocos días en Barcelona que se vanagloriaba de tener cuatro ciberchicas con rasgos diferenciales: una europea, otra africana, una asiática y otra que simulaba un animé japonés. La historia fue diferente. La empresa contaba con una sola de las muñecas para todos los asistentes, a 100 euros la hora. Develada la estafa, clausuraron el lugar y reprogramaron su pronta apertura con la leyenda “libérate”.

Muñecas-inteligencia-artificial_caja_03 

En 2015, el desarrollador Matt McMullen creó a Harmony, una muñeca sexual que formó parte del proyecto Realbotix y que inspiró al New York Times a producir la serie web Robótica. La fembot podía parpadear, abrir la boca e interactuar con asistentes virtuales como Siri o Cortana, ya presentes en los celulares y asistentes para el hogar. Estos sistemas con inteligencia artificial pueden comprender nuestras palabras, preguntas y órdenes cotejando el sonido en una base de datos para darnos una respuesta. El menú ofrece información climática, chistes, canciones, ubicaciones y acciones ante pedidos específicos.

 

La culpa no es de las muñecas 

 

Años atrás, en el glamoroso “Adult Entertainment Expo” que se celebra todos los años en Las Vegas, la empresa TrueCompanion presentó a Roxxxy, una de las primeras robots sexuales. También lanzaron a Rocky, un machobot. Ambos continúan a la venta por 9.995 dólares. Se puede personalizarlos con muchísimas combinaciones como tono de piel, tipo y color de pelo y ojos, con o sin barba y vello público. En las preguntas frecuentes explican que según la personalidad que se seleccione en la configuración, los robots entenderán si le están acariciando “un área privada” y si quieren que lo haga de nuevo. El software se actualiza vía wifi y prometen, claro, la privacidad de la información. En dicha sección explican su uso y lo recomiendan para probar un trío. Si la mujer puede tener un vibrador, preguntan, ¿por qué los hombres no pueden tener un Roxxxy? Rocky dicen que es imbatible, que está bien dotado y que siempre espera a la dama para terminar.

 

El problema de estas noticias es cómo se las presentan. El creador de Roxxxy, Douglas Hine, la describía como preparada para la acción y aclaraba: “no sabe ni cocinar ni pasar la aspiradora pero sí puede ocuparse de otras cosas”. El machismo no está en las muñecas, sino en el inconsciente colectivo, en los chistes, en las consultas en este tipo de sitios y en que las muñecas son, en su mayoría, imitaciones de bombas sexuales con un cuerpo desproporcionado como si las mujeres reales no tuvieran costillas.

 

La liberación sexual y los movimientos feministas abrieron la puerta para que la mujer pudiera disfrutar sin culpas de su sexualidad. Tan sólo pensar que la histeria femenina era tratada como una enfermedad y que en 1870 el consolador o masaje relajante en el clítoris era el tratamiento médico para “curar” una mujer irritable o con fantasías sexuales, pone la piel de gallina.

 

En diciembre de 2016, el gremio Asexma (Asociación de Exportadores y Manufacturas de Chile) premió a Luis Felipe Céspedes, Ministro de economía chileno, con una muñeca inflable desnuda con un cartel en la boca que decía “para estimular la economía”. En la foto, documentada en los medios del mundo, todos sonreían, salvo la muñeca. La explicación fue que la economía es como las mujeres y hay que estimularlas. Disculpas públicas y repudio generalizado mediante, la cosificación vuelve a ponerse en escena.

Muñecas-inteligencia-artificial_der_04 

El problema no es de los objetos. Y, siguiendo a Sztajnszrajber, que la mujer esté cosificada no tiene que ver con un vínculo concreto sino con el lugar que se la coloca institucionalmente en nuestra sociedad: “Es cosificación de lo sexual sumado a la jerarquía del varón por sobre la mujer, que es mucho más potente por parte del hombre a la mujer que al revés porque no es algo privado sino público”.

 

Ricardo Oscar Rodríguez forma parte del Departamento de Computación de FCEyN-UBA y UBA-CONICET, uno de los pocos lugares en Argentina donde se trabaja a nivel educativo con inteligencia artificial. “Los instrumentos eróticos existen desde tiempos inmemorables. En particular las muñecas inflables se usan desde hace más de 100 años. La diferencia es que ahora los fabricantes se aprovechan de recursos tecnológicos que fueron desarrollados con otras motivaciones. Hay muchos grupos de investigación que tratan de desarrollar sistemas que muestren emoción y empatía con su interlocutor”, explica y ejemplifica con los japoneses y los suecos que necesitan “personal amigable” para su población envejecida. 

 

Legislaciones

 

De la robótica asistencial al sexo hay un trecho. El mundo está cambiando y los robots ya cuentan con legislaciones. La más flamante es la del Parlamento Europeo que realizó un informe para regular la responsabilidad civil y legal de los robots, la creación de una agencia europea, la privacidad de los datos que almacenan, un código ético y la posibilidad de crear un impuesto por su uso.

 

Además de la ética, está el mencionado valle inquietante. A Rodríguez no lo perturba esto sino que el uso de robots se extienda y supere al contacto real y amoroso entre seres humanos: “Creo que la humanidad está muy lejos de eso y este tipo de máquinas complejas permiten que ciertas personan concreten sus fantasías sin producir daños colaterales. Seguramente la realidad superará la ficción y será menos trágica del futurismo basada en ella”.

 

Guillermo Simari vive en Bahía Blanca, es investigador de Ciencias de la Computación en la Universidad Nacional del Sur y uno de los organizadores de la Conferencia Internacional conjunta sobre Inteligencia Artificial que se celebró en Argentina en 2015. Puertas adentro, dice, la intimidad es incuestionable mientras no implique daño a otra persona. El problema es cuando el desarrollo tecnológico pueda obtener un robot al que se le pueda asignar algún tipo de conciencia similar a la humana.

 

¿Sería peligroso que los robots se parecieran a los humanos? ¿Cómo podríamos saber que los individuos que nos rodean son conscientes? Para Simari saber que el otro es un ser humano es un acto de fe, pero un robot con conciencia de sí mismo nos llevaría a problemas éticos y morales de gran complejidad. “Si actúa como un ser humano y es indistinguible de una persona, no debería ser tratado de una manera diferente”, dice y cita al episodio “The Next Generation” de la serie Star Trek, donde un androide, supuestamente único, quiere ser desmembrado por un investigador para poder descubrir cómo funciona y replicarlo. El robot teme que si eso sucede no vuelva a ser el mismo de antes y se niega. Se abre un juicio para determinar qué hacer y la decisión es no hacerlo.

 

Tanto la ciencia ficción como algunas corrientes filosóficas exploran el término post-humano para definir a las nuevas tecnologías dentro del organismo provocando una ruptura cualitativa en su condición ontológica. El autor Michel Houellebecq, en la novela Les Particules élémentaires, imagina la sustitución de los humanos por humanoides asexuales, genéticamente modificados para eliminar el problema del sexo y sus peligros.

 

Industria porno

 

La industria pornográfica es uno de los mayores motores de crecimiento de la tecnología por la gran cantidad de dinero que mueve: 400.000 millones de dólares en el mundo.

 

Hoy, el 12% de los sitios web son porno y suman alrededor de 26 millones de webs. El 35% de las descargas están relacionadas con el sexo y cada segundo hay más de 28.000 usuarios viendo porno en el mundo. La industria de la realidad virtual se relame con los proyectos para crear escenas cada vez más reales y la robótica es la que hará realidad que lo virtual se pueda, al fin y al cabo, tocar.

 

Muñecas-inteligencia-artificial_COL_05 

Tinder es un poroto al lado de las aplicaciones que ya existen, sobre todo las hápticas, una vuelta de tuerca a la realidad virtual para poder sentir que tocás lo que ves en tres dimensiones. O accesorios para controlar orgasmos a través del celular en lo que se denomina la “teledildónica”. Una proyección en el libro Love & Sex with Robots de David Levy estipula que en 2050 habrá robots con la capacidad de enamorar a un humano y que, en ese entonces, podrían empezar a concebirse matrimonios mixtos: humanos y androides. Algo que acaba de suceder en China: el ingeniero Zheng Jiajia contrajo matrimonio con un robot de su creación.

 

A pesar de ser muchos, los clientes de las muñecas sexuales no dan la cara, como si se tratara de una infidelidad o un secreto bajo cuatro llaves. ¿Es ridículo, perverso o apasionante?

 

Armana Miller, parte de la industria porno, piensa que tiene sentido que la industria sexual adapte estos avances a su abanico de ofertas, de la misma manera que por ejemplo, la realidad virtual se está aplicando a la hora de grabar pornografía. Para ella es inevitable que suceda el encuentro entre humanos y robots, no solo mujeres: “Me encantaría poder ver robots sexuales masculinos con inteligencia artificial. Cualquier acción que favorezca la diversidad de visiones me parece positiva”.

 

El desarrollo de la sexualidad y la tecnología hizo que los dispositivos evolucionen. ¿Sería un sex doll el progreso del consolador? “La cuestión no está en elegir entre robots y cyborgs. Ya somos cyborgs que incorporan prótesis cibernéticas y robóticas”, afirma Paul Preciado, pensador que analiza las limitaciones del cuerpo. Hoy, dice, los órganos sexuales como tales no existen. Ya son producto de una tecnología sofisticada que prescribe el contexto en el que los órganos adquieren su significación: las relaciones sexuales. Hay un punto de inflexión que el autor denomina giro postfeminista para pasar de la demonización de la tecnología a investirla políticamente. “Prefiero ser una cyborg que una diosa” concluye la filósofa Donna Haraway en su Manifiesto Cyborg, pensando en el futuro de las relaciones de la tecnología, la política y el feminismo para romper con las mitologías esencialistas y construir nuevas identidades en un universo postedípico. Un Cyborg no es un androide sino un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción. Es algo que ya está en nuestros cuerpos desde el momento en que la tecnología forma parte de él, sea una prótesis estética, médica o erótica.

 

Para entender el presente hay que comprender al pasado. El concepto de mujer artificial surgió en la mitología griega. El dios Hefesto fabricaba mujeres de metal llamadas “doncellas doradas”, con movimiento, pensamiento y sabiduría propia. No sabemos si hacían el amor, pero sí se sabe que el Rey Pigmalión, cansado de no encontrar a la mujer ideal, rogó a Afrodita que diera vida a una estatua de la cuál se había enamorado, Galatea. Estaban hechas para trabajar y servir, como los robots japoneses. Y para representar el ideal del amor y erótico, como Samantha.


¿Te gustó la nota?

Suscribite al boletín de Anfibia

AUTORES

LECTURAS RELACIONADAS