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Lunes 05 de Agosto de 2013

Un amor eterno de seis días

De los 324 hombres que vieron el perfil de Cecilia González en una página de citas virtuales, 217 la invitaron a salir. Las relaciones de los últimos años de la cronista mexicana habían sido sumamente frágiles: buscaba un hombre culto, independiente y con buen humor. Uno entre los más de 17 millones de argentinos que se declaran solteros, viudos o divorciados. Acompañada de la socióloga Eugenia Zicavo, para esta crónica anfibia González evaluó tácticas de acercamiento, perfiles mentirosos y maneras de venderse. Pasó de la euforia a la decepción y concluyó que en la red también impera el machismo y una pretensión de desigualdad.

Las palabras mágicas llegaron una madrugada:
Viví varios años en Francia, donde estudié cine. Sos la primera persona que encuentro y me sorprende la cantidad de coincidencias que tenemos. Me gustaría que charlemos y nos conozcamos.
Firmaba un tal Jim. Era, por mucho, el correo más interesante de los más de 300 que había recibido durante los últimos tres meses, desde que me había inscrito en una página web para tratar de entender los mecanismos del encuentro amoroso en la era del 2.0.
Tanta gente hablaba de cómo había encontrado pareja en Internet. Bastaba sacar el tema a colación para que alguien contara la historia de alguna pareja que empezó una relación por chat y terminó con hijos, incluida boda o mudanza de país. Si les había pasado a tantos, por qué no me iba a funcionar a mí. No quería boda, ni hijos, ni mudanza, pero sí estaba dispuesta a asumir un compromiso de pareja al que muchos años me había negado. Estaba intrigada. Aunque no me enamorara, pensé, por lo menos conocería hombres interesantes.
Me impuse una serie de reglas: no me citaría con nadie mayor de 50 años (fobias mías), y si no tenían hijos, mejor, para no competir por atención ni lidiar con la eterna presencia de ex parejas (soy egoísta, pero este era un rubro negociable); no respondería a perfiles sin foto y mucho menos a quienes no hubieran pagado los módicos 17 dólares mensuales que hay que invertir en la Argentina pesificada para buscar relaciones en una de las páginas de citas más importantes que hay en la red.
Bajo esas premisas, Jim era totalmente descartable: tenía 52 años, dos hijos veinteañeros, no había publicado su foto ni pagado la inscripción.
Pero había estudiado cine en Francia.
El dato no era nada desdeñable para mí, una mujer de 40 años, amante del cine, con una larga historia de encuentros y desencuentros con París.
Antes de recibir el primer correo de Jim, ya había aceptado conocer personalmente a tres hombres. No me gustaron. Otros tres me habían propuesto matrimonio tan sólo al ver mi foto. Algunos colombianos y estadunidenses me habían jurado amor eterno y ofrecido venir a vivir conmigo a Argentina (sin invitación de por medio). En mi perfil había aclarado que sólo me interesaba hablar con hombres que vivieran en Buenos Aires. Los brasileños me inundaban el correo. Me tenían harta.
Así las cosas, no era tan difícil que Jim se destacara.
No me había saludado, como muchos otros, con un holisssss. No me decía hola reina, bebé, muñeca, ni mamita. No me exigía tener el cuerpo tonificado, no tenía faltas de ortografía, no amaba la naturaleza y sus vacaciones favoritas no oscilaban entre la sierra y la costa. Su apodo era simple. Nada de soloyabandonado, chupatetas, meurgenamorarme, arruinado, estoycasadoperoteespero o georgeclooneyarg. Tampoco se describía como normal, buena gente o familiero. Y no andaba buscando, como muchos otros en la página: una MUJER con todas las letras, lugar común que siempre me intrigó.
En esos tres meses, 324 hombres habían visto mi perfil y 217 de ellos (de cinco países) me invitaron a salir. Les respondí a 41, pero a 23 de ellos sólo para agradecerles el interés y aclararles que no teníamos nada en común. Había descubierto que muchos usuarios no leen las descripciones y se dejan llevar sólo por una foto medianamente atractiva. Yo había dejado claro que no me gustaba la naturaleza; que no tenía hijos, ni quería, y que sólo me interesaban hombres de 35 a 50 años. Pero me escribían hombres que no podían vivir sin ir a la playa o las montañas, que querían formar una familia, o que tenían más de 60 años. Los sub 30 eran muy insistentes. Mi ego, muy agradecido.
Ya me había decepcionado en mis citas previas. Con Jim creí que no sería así. Que al menos tenía garantizada una buena charla. Todo había sido extraño desde el principio. Pese a no haber pagado la suscripción en la página, un error del sistema le permitió mandarme su correo electrónico. Sólo así pudimos ponernos en contacto, aunque luego tuvimos que cancelar varios intentos de primeras citas. Algún compromiso imprevisto, suyo o mío, impedía el encuentro. Mientras tratábamos de acordar un momento para vernos, del correo pasamos a las llamadas telefónicas y a los mensajes de texto. A una sensación de simpatía mutua.
La postergada cita llegó la fría tarde de un domingo en El Refuerzo, un cálido y minúsculo restorán con onda a bistró francés. Mi lugar favorito en San Telmo.

***

Cuando me inscribí en la página de citas, ya sabía que la búsqueda del amor en los portales de Internet es un excelente negocio para las multinacionales y que hay una pelea comercial por el mercado de los más de 17 millones de argentinos (incluidos los residentes extranjeros, como yo, mexicana) mayores de 14 años que nos declaramos solteros, viudos o divorciados en el último censo de 2010. De ellos, 13 millones y medio vivimos solos. Somos potenciales buscadores de pareja. En la disputa internacional de este mercado (solteros hay en todos lados), la página Badoo, con sede central en Londres, es líder con ganancias anuales, en promedio, de 150 millones de dólares gracias a los más de 160 millones de usuarios que tiene en todo el mundo. La cifra crece minuto a minuto. Supera, por mucho, los 30 millones de clientes que ostentan Be2, una empresa con registro comercial en Suiza, o Meetic, una firma con sede legal en Francia que opera el sitio global desde Gran Bretaña y está asociada a la estadunidense Match y la brasileña Parperfeito (todo un combo globalizado).
Una de las características de estos sitios es fomentar la transparencia de los perfiles de los usuarios. Si bien no hay nombres reales sino seudónimos, el objetivo de estas plataformas virtuales es conseguir relaciones fuera de la virtualidad. Por supuesto, a la hora de seducir, no es novedoso que hombres y mujeres mientan “un poquito” con aspectos como la edad, el estado civil o ciertos rasgos de la personalidad, pero sin exagerar. En mi caso, por ejemplo, incluí inglés y francés en el rubro “idiomas”, aunque no domino por completo ninguno de los dos, pero no mentí en nada más. Jim tampoco exageró su perfil, sino que escatimó información y no redactó ninguna presentación personal más allá de las preguntas obligatorias de edad, intereses y descripción física.

Un amor eterno de seis días.
En las páginas de citas, se busca que las relaciones sean “cara a cara”, sólo que circunscriptas a una foto tamaño carnet, que es la que acompaña a cada perfil. La idea es darse a conocer y dar una buena impresión -la primera, esa que dicen que es la que cuenta-. Aunque puede ser una versión mejorada, no conviene que esté muy alejada de la realidad. No se trata de un baile de máscaras donde la seducción pasa por ocultar. Aunque suele haber artificios y algunas exageraciones, los perfiles virtuales tienen un correlato con lo real. El primer filtro es el de la imagen, lo que determina que cada perfil pase o no la prueba del doble click. Recién ahí se accede a toda una serie de datos y especificaciones (niveles de ingresos, si tiene y/o quiere hijos, hobbies o preferencias musicales), pero la primera carta de presentación es la foto. Por eso Jim se mostró ansioso y me volvió a escribir cuando se dio cuenta de que las fotos que había colgado en la página de citas no aparecían. Al no ser visto, mermaban sus posibilidades de que yo lo aceptara y quisiera conocerlo.
Toda estética prescribe una ética, un modo de estar en el mundo. Quizás por eso haya quienes cuelan en la foto algún objeto para que otra cosa que no sea su apariencia física “diga” algo más por ellos. El perfil es iconográfico: un gordito con cara de buen pibe puede resultar más atractivo alzando un auto de la serie Meteoro, o al menos despertar la curiosidad en las mujeres que de chicas vieron esa serie y ven en ello una contraseña generacional compartida. Son recursos que al mismo tiempo intentan ser una expresión de la singularidad, de lo que cada uno quiere (y puede) mostrar como imagen de su “yo”. En nuestro caso, la carta de presentación que nos acercó a Jim y a mí desde el primer correo incluyó sorpresivas coincidencias. Los dos habíamos vivido en París, nos había conmovido el documental sobre Pina Bausch y leíamos Cahiers du Cinema; nos encantaba Cortázar y disfrutábamos los libros de Martín Caparrós y Fernanda García Lao; recorríamos recitales en Buenos Aires y defendíamos los avances de derechos civiles como el matrimonio igualitario.
En estas nuevas plataformas conviven (y compiten) personas-cuerpos-imágenes dentro de la lógica de un sitio pago, especializado en la “mercadotecnia del amor”, pero Jim y yo jamás nos describimos, ni hablamos entre nosotros, en términos de la lógica mercantil que sí utilizan muchos otros usuarios que en sus perfiles reconocen “ofertas” y “demandas”, definen estrategias para “venderse” y criterios para “comprar”, y se dirigen a un “nicho” determinado o que apunta a ser multitarget para llegar a un público más amplio. Los sitios de citas operan bajo la lógica de la góndola, donde las personas son reducidas a su imagen y a los efectos inmediatos de su empaque: sólo el que decide tomarse un tiempo extra, como hicimos Jim y yo, lee de cerca las etiquetas. Lo que cada uno dijo de sí mismo vino después, porque la cosificación propia de la abstracción mercantil es, en principio, la norma. Nosotros, y todos los inscritos, somos a la vez “consumidores” y “productos”, partes de un intercambio que pone en juego el ideario del listo-para-consumir (que no necesariamente implica el listo-para-consumar).
Por eso a veces la bronca de muchos, que creían que iban a buscar objetos y se encontraron con sujetos. Una decepción.

***

En su ensayo Elogio del amor, el filósofo francés Alain Badiou critica los portales de búsqueda de pareja porque prometen un amor seguro contra todo riesgo, cuando el amor, casi por definición, implica arriesgarse.
Usted tendrá el amor, pero habrá calculado tan bien la cuestión, habrá seleccionado por adelantado y con tanto cuidado a su compañero aporreando el teclado de su computadora -usted tendrá, evidentemente, su foto, un detalle de sus gustos, su fecha de nacimiento, su signo astrológico, etc.- que al final de esta inmensa combinatoria usted podrá decir: “Con éste ¡no corro riesgos!”.
Yo había empezado la búsqueda después de leer este libro. No hizo falta indagar demasiado en la red para encontrar una decena de páginas de citas (be2, match, zonacitas, citasweb, datingargentina, mejoramor y la muy específica cupidojai, exclusiva para la comunidad judía, entre otras). En todas hay que llenar larguísimos cuestionarios sobre gustos personales, expectativas amorosas y aspecto físico. Hay un portal que dobla cualquier apuesta y realiza un eterno “test de personalidad”. Se puede elegir, entre una opción múltiple, “la frase que define tu vida” (¿es posible?), contar cómo resuelves un mal día o qué haces cuando estás triste. Lo presentan como “un modelo de análisis científico que se vale de criterios psicológicos, antropológicos y sociológicos para evaluar la compatibilidad de dos personalidades”. Más seguro y sin riesgos, imposible, pese a cualquier advertencia que pudiera hacer Badiou.
En ninguna página es obligatorio pagar. Se llena un perfil, se sube una foto y listo. Así se engrosa el número de usuarios de cada portal (a la empresa le sirve), pero el sistema bloquea los mensajes que envían otros hasta que el implicado decida cubrir una cuota. Muchos hacen trampa. Avisan: “estoy donde estamos todos”, “búscame donde giran los muñecos azul y verde” o “encuéntrame en el correo caliente”. Son claves para que sepas que están en Hotmail con el mismo nick con el que se inscribieron en el sitio, con lo que evitan el pago a la empresa y ligan gratis.
Lo que más me sorprendió fue que ninguna de las páginas de citas permitieran la definición de posiciones políticas. Ése sí que sería un buen filtro de selección. Mucho más importante que si se tiene el cabello lacio u ondulado, o si se va al gimnasio dos veces por semana. Por eso una de las primeras preguntas que le hice a Jim fue por quién había votado. Me tranquilizó. También en eso coincidíamos.

***

A pesar de tratarse de sociedades regidas por el imperio de la imagen, parece que en este tipo de páginas la foto no es prueba suficiente y hay toda una serie de casilleros a completar en relación a la apariencia física, que al menos resulta redundante: nadie sube fotos en blanco y negro. Sin embargo, hay un formulario que, a la manera de algunos pasaportes, invita a declarar el color de los ojos o del cabello. Lo más extraño es la suerte de taxonomía obsesiva en relación al color de la piel. En uno de los sitios, por ejemplo, las opciones son: blanco caucásico, japonés, pardo mulato, asiático chino, japonés, coreano, negro-afrodescediente, hindú, latino/hispano, medio oriente, otros (cualquier semejanza con las categorías de los registros raciales que se llevaban en la época de la colonia no sería mera coincidencia). Por supuesto que también hay otras formas de diferenciarse que van más allá de los rasgos físicos: los modos de escribir, de referirse a sí mismos, los significantes elegidos, permiten delimitar todo un universo de sentido para cada perfil. A mí, por ejemplo, un correo sin faltas de ortografía y con citas cinematográficas o literarias bastaba para interesarme, aunque no tuviera fotos del remitente. Por el contrario, una imagen de un tipo mostrando sus autos o mascotas (abundan), o practicando deportes extremos, me repelía.
En los perfiles, ciertas pretensiones masculinas me resultaron llamativas, cuando no francamente descabelladas. Por un lado, la mayoría de los varones buscaba mujeres de menor edad (Jim tenía 52 años y su rango era una mujer de 40 a 50, pero otros proponían diferencias de varias décadas, en el afán de conquistar a alguien mucho más joven, casi nunca mayor) y excluían de su búsqueda a las de su propia franja etaria. Como lo planteó el sociólogo español Enrique Gil Calvo: la edad sigue siendo uno de los pocos factores de desigualdad que todavía diferencian la estrategia biográfica de hombres y mujeres. Desde que ambos –especialmente en los sectores medios y altos- alcanzaron niveles similares en materia de educación, competencia profesional e incluso libertad sexual, sólo queda el temor a envejecer como último pretexto para designar a las mujeres como “sexo débil”. Pero lo que más sorprende es la cantidad de varones que en sus perfiles dicen beber “regularmente” pero buscan mujeres que sólo lo hagan “socialmente”, y los que beben “socialmente” pero quieren que ellas no lo hagan “nunca”. 

Continúa en la página 2

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