La creencia popular guaraní afirma que la tierra litoraleña tiene payé, un embrujo que atrapa a todo el que lo pisa. Dice el mito que por más lejos que uno se encuentre, siempre añorará esta tierra. En Gregorio de Laferrere, Rafael Castillo y otros lugares del Conurbano hay peñas donde los domingos se juntan músicos y melancólicos. El baile, impulsivo y natural se arma ni bien empieza a sonar el acordeón.



La cordobesa María Elena Pisani se hunde en un sillón, feliz de tener un momento de descanso antes del baile. Junto a un grupo de amigos y vecinos, que ahora están cocinando, acomodando las mesas y recibiendo a los músicos, fundó los Encuentros Chamameceros en Rafael Castillo, partido de La Matanza, el distrito más poblado de la provincia más populosa del país.

 

En la puerta de entrada de la bailanta, al costado de la boletería, hay una estatua tamaño natural del Gauchito Gil, el santo sin venia de la iglesia católica. El salón tiene el tamaño de una cancha de básquet. Hasta hace unos años, el piso era de tierra y los baños no llegaban a letrina. Ahora, el techo de chapa hace rebotar el sonido. Pese a eso, los instrumentos suenan limpios. Los acordeones y las guitarras llegan trasparentes a la pista. Con una apariencia simple, la música fluye y todos bailan.

 

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Pisani tiene 56 años. Hace 34 años se casó con el correntino Pedro Fernández, que la hizo escuchar chamamé y sentir como propia su nostalgia. “Para mí, el chamamé era aburrido hasta que conocí la añoranza de mi marido y su pueblo correntino, que me hicieron querer esta música”, dice con la mirada franca de sus ojos azules.

 

—Mi marido es plomero-gasista. Trabajando en una obra con el pintor Félix Chávez, le contó cómo nos conocimos y mi amor por esta música del litoral. Y él me dedicó un chamamé. 

 

Con todo el encanto de tus serranías, cordobesa linda viniste hasta mí. El cielo en tus ojos, el sol en tu pelo. Y en tu piel aroma y color de jazmín”, dice el tema “María Elena”. 

 

El baile, que se hace los domingos, fue creado por el Centro de Residentes Litoraleños Los Cunimí Guasu (“muchachos grandes” en guaraní).

 

La gran mayoría de los músicos que allí tocan los domingos son provincianos. Llegaron buscando trabajo desde el Litoral (Chaco, Corrientes, Misiones) y Santiago del Estero, algunas de las provincias más pobres del país. Trajeron sus instrumentos y sus ritmos. Y ese payé del que están orgullosos. La creencia popular guaraní afirma que la tierra correntina tiene payé, un embrujo para hacer diversos conjuros, que atrapa a todo aquel que lo pisa. Dicen, por más lejos que se encuentre, siempre añorará esta tierra. Un embrujo que desde los esteros alcanzó el conurbano más áspero de Buenos Aires.

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A principios de los noventa, Pisani empezó a hacer el programa “Con acento guaraní” con su marido y un amigo en una FM de La Matanza. Después de la emisión, se quedaban mateando largo. Hablaban de chamamé y de los centros de residentes italianos y españoles que había en la zona. Un día se preguntaron por qué no había uno de litoraleños. Decidieron armarlo. La primera juntada fue en una escuela de La Matanza, donde se formó una comisión integrada por el matrimonio de Pisani y otros más.

 

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Jubilado de la Prefectura Naval, Osmar Acevedo tiene la cara redonda y unas cejas blancas y pobladas. Nació en Tres Isletas, Chaco, y dice que no pasa un día sin que piense en su pueblo. “Para todos nosotros fue una aventura venir a Buenos Aires. Allá en mi provincia la gente es más confiable y sincera. Cuando comenzamos, todos pensaban que la idea de un centro de paisanos litoraleños era una cosa pasajera, pero no fue así”, dicen.

 

Visitaban los bailes con una libretita, anotaban los nombres de los interesados, convocaban a una reunión informativa. El día de la reunión fueron decenas: algunos del barrio, otros de zonas cercanas y algunos de más lejos. Todos con ganas de ser parte.

 

— La Matanza es el punto central del chamamé —dice Acevedo—. Acá se concentran los litoraleños y paraguayos. Y muchos santiagueños, que aman esta música.

 

Pisani recuerda que la cuota para hacerse socio era de 25 mil australes.

 

—Era muy poco dinero. La gente que se acercaba era humilde; si poníamos un precio más alto, se iban a atrasar en las cuotas y, por vergüenza, no iban a venir más.

 

Para juntar plata, hicieron una choripaneada en una escuela parroquial.

 

— En el medio de la fiesta, volaron ladrillos, saltaron la tapia y nos robaron todos los chorizos. Después nos enteramos de que las damas de la comisión de la iglesia le pidieron al cura que no nos prestara más el lugar. El chamamé siempre fue muy discriminado.

 

Lejos de la zamba norteña, fogoneada por las aristocracias de esas provincias, el chamamé siempre fue el patito feo del folclore. Demasiado alegre, demasiado para bailar, demasiado de pobres, demasiado guaraní. Muy al margen como para ganarse un lugar en los grandes festivales.

 

Y eso que esta música nació en lugares del litoral, con paisajes de humedales, que los guaraníes calificaron como “la tierra sin mal”.

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Muy cerca de la plaza principal de San Cosme, a 32 kilómetros de la capital de Corrientes, alguna vez durmió Bartolomé Mitre y se libraron batallas de la Guerra del Paraguay. Hasta mediados del siglo XIX, el lugar era un conjunto de casas con paredes de barro y techos de paja, construidas entre lagunas.

Ahora el pueblo tiene seis mil habitantes, iglesia, un arco de entrada, un camping que mira a la Laguna Totora y fama. La celebridad no fue repentina. San Cosme se fue haciendo conocido con el tiempo. Con el tiempo y la figura de Mario del Tránsito Cocomarola, el padre (“taita”) del chamamé.

 

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“Aquí en 1918 nació uno de los prohombres de la música folclórica por excelencia de Corrientes”, promocionan los folletos de la municipalidad. En la estatua en su honor, ubicada en el centro del pueblo, el bandoneón está apoyado en la pierna izquierda. La mirada de Cocomarola parece tranquila y en dirección al horizonte. Hay un sólo detalle que no resulta armónico: los mocasines. El correntino de campo puede usar botas o alpargatas, pero jamás tamangos. “Se ve que el escultor no era de estos pagos”, dicen en el pueblo.

 

Clementino Esquivel abre la tarde en el Paseo de las Artes -una peatonal céntrica convertida en peña- recitando un poema a Santa Cecilia, la patrona de la música. “Este es el pueblo que quiero, que busca el divertimento. Aunque roto por dentro, aunque le sobren pesares, también le sobran cantares. Y le hace precio a las penas”, dice con tono formal. Tiene el pelo brillante y la voz clara, pero trizada; trabaja en una talabartería y en los ratos libres aprende poemas de memoria, como el de Juan Carlos Jensen que acaba de recitar.

 

Hoy, 15 de agosto, todo San Cosme está de fiesta. Se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del “taita”. Cocomarola, que murió en 1974, escribió más de 400 obras, entre las que están “Kilómetro 11”, “Puente Pexoa” y “Laguna Totora”. Creador y bandoneonista autodidacta, hoy es tradición pero fue revolucionario desde que surgió en los años 40. Un hombre al que muchos referentes actuales del género -“Chango” Spasiuk, Raúl Barboza o Rudi y Nini Flores- mencionan como quien invoca a un semidios. Cuando su nieto Gabriel Cocomarola toca el bandoneón que le perteneció a su abuelo, los músicos suelen acercarse y tocarle el fuelle, como si el contacto de la yema de los dedos con la madera.

 

En una de las paredes de la calle peatonal, se ve una bandera que dice “San Cosme, la cuna del Taita”. El locutor pide un aplauso para la memoria de Cocomarola y anuncia la venta de números para el sorteo de una torta y una gaseosa. Está por comenzar el “Encuentro de Nuevos Creadores Chamameceros”.

 

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Hay poco público. Sube al escenario el acordeonista Pablo del Valle. Cuando abre y cierra el instrumento, un hilo de viento le mueve el flequillo y los sonidos salen como pájaros que volaran libres. Un hombre -bombacha de gaucho y Gauchito Gil bordado en la espalda- saca a bailar a su pareja con un gesto galante. El rojo de su traje contrasta con el blanco de los delantales de los chicos, que por el festejo hoy no tienen clases.

 

Después vendrá el grupo Tajy. “La melodía está como es. No hicimos ninguna cosa rara”, se atajan antes de tocar una versión de “Madre sacrosanta”, de Cocomarola. Pasan otros buenos músicos. Son sesionistas con 20 años de experiencia o pibes que recién salieron del colegio. Todos tocan. Muchos nunca estudiaron música.

 

Cuando finaliza el festival, mientras almuerzan, participan de un debate organizado por el gobierno provincial. Un enviado de Cultura reparte un papel en el que sugiere los temas a discutir. Esta es una de las preguntas: “En este nuevo escenario global, ¿el chamamé se nutre (o no) de la información musical nueva?”. Un periodista hace su aporte con otra: “¿Por qué hacen fusiones y no continúan con lo que ya está hecho”?

 

José Víctor Piñeiro, guitarrista de Tajy (flor del lapacho en guaraní) es flaco, lleva una barba de pocos pelos y habla con voz baja, como pidiendo permiso para hacer su música.

 

— La gente dice que somos innovadores y que por eso estamos en contra de Cocomarola, Tarragó Ros o Ernesto Montiel —dice—.¡Y es mentira! Nos encantan, pero no podemos hacer su música. Nunca llegaríamos a ser como ellos porque son el resultante de esa época. La sonoridad de Corrientes la tenemos en la cabeza. Quieras o no, nacés en un lugar y hay cosas -el río, los esteros, el monte…- que te llegan al oído.

 

La tensión permanente entre reproducir música o crear algo nuevo.

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Los bailes en La Matanza comenzaron de noche, pero la zona se fue poniendo peligrosa. Sin embargo, los muchachos chamameceros no se detuvieron. Formaron una asociación sin fines de lucro, crearon una radio y compraron un terreno en el que ahora hacen bailes y dan talleres de acordeón, guitarra, tango, periodismo y patín.

 

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Con el tiempo, se fueron sumando iniciativas similares a la de los Cunumí Guasu. Las familias de la zona comenzaron a organizar sus fiestas chamameceras en el fondo de casa, con el título de “El rancho de…” Y el nombre de pila del anfitrión. Conseguir músicos para animar la jornada no es un problema: en este suelo lejano a Corrientes, los acordeonistas crecen robustos.

 

—Hay muchísimos músicos. Los chicos tienen un don, un talento que les viene dado —dice Pisani.

 

Esta institución se creó para revalorizar la costumbres litoraleñas. Nada del chamamé tropical y esas cosas que salieron. Puro laterío y guarangada. Esa música no dice nada.

 

Hoy es la fiesta de los Cunumí Guasu, de ese chamamé puro y duro, como dice una de sus fundadoras. Mientras habla adentro del estudio de radio, la música del baile llega como una remota lejanía. Por la escalera caracol se filtra el olor del aceite con que fríen unas empanadas. El salón está lleno de familias. También hay mujeres y hombres solos. Una bailanta de chamamé, con mesas comunitarias e historias de exilios compartidas: uno de esos lugares en los que se puede estar solo y acompañado a la vez. Osmar Acevedo, animador histórico, presenta al próximo grupo. Si se pasara esa voz por un tamiz, uno encontraría ganas de quemar el domingo con música. Sin dudas, también hallaría nostalgia.

 

—En esta Buenos Aires, nos encontramos todos. Ahora llega un clásico de nuestra música, con 24 años de tradición. Con ustedes, ¡Los Hermanos Sandoval!

 

El baile se arma ni bien comienzan a sonar el acordeón con su ritmo cortado y las guitarras marcando el compás. La música es impulsiva, natural y elocuente; tiene una expresión intensa de sonidos graves y brillantes agudos. Cada tanto, alguien lanza un sapucay, el grito de sangre del pueblo guaraní. Un grito que puede ser de alegría o de guerra. En un domingo como el de hoy, con el sol afuera como un gran disco amarillo, es un bramido de alegría, un momento de maravilla. Lo mismo sucede cuando llega el zapateo; la adrenalina irradia todo el cuerpo; la punta y el taco chocando con el piso logran ahogar la música por momentos. Todo muy enérgico y vívido.

 

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Los números se convierten en una sucesión de hombres tocando acordeones, convertidos en una parte de sus máquinas. Y en guitarras marcando el compás. Llega el turno de Néstor Luna y Los Bien Maceta.

 

El líder del grupo tiene 70 años y nació en Loreto (Santiago del Estero). Se vino a Buenos Aires cuando era un adolescente. Desde entonces, es peón rural en las quintas de frutas de Mariano Acosta (Merlo), donde vive junto a su familia. Se crió escuchando a los músicos chamameceros que también abundan en una tierra que no sólo sabe de chacarera. Para mitigar la nostalgia de los domingos, creó un grupo cultor del “chamamé maceta” -bien bailable, al estilo de Tarragó Ros-, que lleva 33 años recorriendo las pistas de todo el país.

 

“Acá en La Matanza están todos los litoraleños. Y nosotros los hacemos bailar con nuestra música. El chamamé que yo hago cae bien en todos lados. El chamamé romántico es para los entendidos, para el que baila lindo”, dice apenas baja del escenario y se saca el sombrero de ala ancha. El hombre está apurado porque en un rato tiene que tocar en otra bailanta de Rafael Castillo.

Don Luna escucha con dificultad. Tiene las manos laboriosas, un manojo de dedos grandes que se vuelven ágiles en su acordeón. Su grupo hace un promedio de seis bailes por fin de semana. González Catán, Rafael Castillo, Florencio Varela… Lo que surja. Como la gran mayoría de los músicos, el hombre es autodidacta.

 

“Nadie me enseñó. La música ya viene por herencia. Mis tíos y mis padres eran músicos. Y siempre se juntaban a musiquear con amigos. ¿Usted lo conoce a Ramón “Pichón” Achaval? Era primo mío”, dice para demostrar linaje. Aunque a su hija no le gusta el chamamé, Luna está tranquilo porque el género goza de buena salud. “Hay mucha juventud tocando bien. Uno se pone contento porque la tradición seguirá por estas tierras”.

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Muy cerca de los Consumí Guasu, está el Salón Rubí, otros de los templos chamameceros de Rafael Castillo. En las radios zonales la oferta es abundante.

“Lunes 20 de junio. En el Gigante de Atalaya actuarán Los Chaqueñísimos Cardozo. De Juan José Castelli (Chaco), llegan Los Menchos Tarragoceros. Y la estelar actuación del nieto del ‘taita’ Gabriel Cocomarola. Parrillada todo el día a precios económicos. A la tarde habrá una torta gigante para compartir”.

“Vení a bailar y divertirte en el Centro Carapegüeño. Barrio San Alberto. Buffet variado y económico. Entrada a 80 pesitos”.

 

“El Club del Buen Viaje te invita a viajar a nuestra señora de Itati, Corrientes”.

La lista es interminable. Los bailes y las actividades se multiplican en la Sociedad de Fomento de Cristianía (Rafael Castillo), el Rancho del Gaucho Antonio Gil de la Señora Nina (Gregorio de Laferrere Sur) y el Patio del Litoral (Isidro Casanova), entre muchísimos otros lugares. Todos en La Matanza. Como si aquí, en este lugar del conurbano, el chamamé hubiera encontrado su lugar. Y los litoraleños, su reino.

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La tarde avanza en los Cunumí Guasu en Rafael Castillo. Avelino Cuevas se acerca y dice que quiere contar su historia. Su cara es un papel ocre arrugado y la voz está amortiguada por el vino. Tiene una bombacha de gaucho. Su vida resume la nostalgia, el viaje de esta música y el amor por su sonido.

 

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—Yo me crié en el monte, la cañada y los obrajes. Nací en Villa Ana, en el chaco santafesino. Conozco la caña de azúcar, el chañar y el hambre. A mí el monte me enseñó muchas cosas, pero tuve que irme. No vine a Buenos Aires por vago. ¡No señor! Necesitaba trabajo. El chamamé es hermoso, señor mío. El chamamé no tiene enemigos. Yo ya me jubilé. Acá hice amistad con una señora a la que le dije: “Yo soy así. A mí me gusta bailar”. Como no era muy dada para estas cosas, ella tomó su camino y yo el mío. Yo necesito una compañera pal baile.

 

Desde el escenario llega la voz del animador. Su voz rota quiere ser vivaz, pero deja ver cierta tristeza del domingo.

 

—No estoy escuchando el sapucay que recupera energías. ¡Vamos, chamigo! Que mañana es lunes para todos.

 

Es la última tanda de baile. El piso comienza a pintarse de sombras achaparradas de sombreros, botas y polleras. Las parejas bailan alrededor. Las manos juntas, las formas de enlazarlas y el balanceo del cuerpo sin soltar nunca a la dama. Todo es sensual y lleno de pudor a la vez.

 

El vuelo del payé se siente en las palabras de Avelino y en la de los músicos en San Cosme. En el zapateo enérgico. En un sapucay desgarrado, que dormirá en las entrañas esperando un nuevo baile.

 

El destello del sol ya es engañoso y desde la puerta se ven los árboles que tachan un cielo gris. Son las siete de la tarde en este rincón del conurbano. La Matanza está lejos de Corrientes. Hay acordeones, pero no se escucha el rumor cerca de los ríos.


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