Las estructuras matemáticas, que rigen a la tecnología de la información y comunicación, tienen una relación con el capital. Tiziana Terranova los analiza como una continuidad de la automatización de la producción descripta por Marx. Un extracto del ensayo publicado en la antología “Aceleracionismo”, que plantea en la voz de distintos autores una serie de estrategias para arribar al poscapitalismo y que fue editado por Caja Negra.



Lo que está en juego en este texto es la relación entre “algoritmos” y “capital”; es decir, “la creciente centralidad de los algoritmos en las prácticas organizativas provocadas por la centralidad de las tecnologías de información y comunicación en todo lo que va de la producción a la circulación, de la logística industrial a la especulación financiera, de la planeación y el diseño urbanos a la comunicación social”.

 

Estas estructuras matemáticas, en apariencia esotéricas, se han convertido en parte del cotidiano de los usuarios de los medios digitales y en red. La mayoría de los usuarios habituales de Internet están sujetos al poder de algoritmos como el PageRank de Google (que clasifica los resultados de nuestras búsquedas) o el EdgeRank de Facebook (que automáticamente decide en qué orden recibimos las novedades en nuestro muro de noticias), sin mencionar los muchos otros algoritmos menos conocidos (Appinions, Klout, Hummingbird, pkc, Perlin Noise, Cinematch, kdp Select y muchos más) que modulan nuestra relación con los datos y con los dispositivos digitales. La extendida presencia de algoritmos en la vida diaria de la cultura digital es, de cualquier modo, solo una de las expresiones de la ubicuidad de las técnicas computacionales, en coextensión creciente con los procesos de producción, consumo y distribución propios de la logística, las finanzas, la arquitectura, la medicina, la planeación urbana, la infografía, la publicidad, el dating, los videojuegos, la edición y todo tipo de expresiones creativas (música, gráfica, danza, etc.).

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La escenificación del encuentro entre “algoritmos” y “capital” como un problema político sugiere la posibilidad de romper con el hechizo del “realismo capitalista” –la idea de que el capitalismo constituye la única economía posible– mientras, simultáneamente, afirma que las nuevas formas de organizar la producción y la distribución de la riqueza deben incorporar los desarrollos científicos y tecnológicos. El concepto del común, que va más allá de la oposición entre Estado y mercado, público y privado, es usado aquí como una forma de instigar el pensamiento y la práctica de un posible modo de existencia postcapitalista para los medios digitales en red.

 

Algoritmos, capital y automatización. Abordar los algoritmos desde una perspectiva que busca la constitución de una nueva racionalidad política en torno al concepto de lo “común” significa afrontar las formas en que estos están profundamente implicados en la naturaleza cambiante de la automatización. La automatización es descrita por Marx como un proceso de absorción en la máquina de “las fuerzas productivas generales del cerebro social” tales como “el saber y las destrezas”,  que de esta manera aparecen como un atributo del capital más que como un producto del trabajo social. Al observar la historia de la implicación entre capital y tecnología, se hace evidente que la automatización ha evolucionado distanciándose del antiguo modelo termomecánico de la cadena de ensamblaje industrial hacia las redes electrocomputacionales diseminadas del capitalismo contemporáneo.

 

Así, es posible considerar los algoritmos como parte de una línea genealógica que, como dice Marx en “Fragmento sobre las máquinas”, comienza cuando el capitalismo adopta la tecnología como capital fijo y la impulsa a través de varias metamorfosis, “la última de las cuales es la máquina o más bien un sistema automático de maquinaria […] puesto en movimiento por un autómata, por fuerza motriz que se mueve a sí misma”. El autómata industrial era claramente termodinámico y dio inicio a un sistema que “se compone de muchos órganos mecánicos e intelectuales, de tal modo que los obreros mismos solo están determinados como miembros conscientes de tal sistema”.

 

El autómata digital, por otro lado, es electrocomputacional, pone “el alma a trabajar” e implica en primer lugar el sistema nervioso y el cerebro, y comprende “posibilidades de virtualidad, simulación, abstracción, retroalimentación y procesos autónomos”.  El autómata digital se despliega en redes hechas de conexiones electrónicas y nerviosas, de modo que los usuarios mismos devienen transmisores cuasiautomáticos dentro de un incesante flujo de información. Es en este más amplio montaje, entonces, que los algoritmos deben ser situados cuando se discuten las nuevas formas de automatización.

 

Citando un manual de informática, Andrew Goffey describe los algoritmos como “el concepto unificador de todas las actividades en las que se involucran los científicos informáticos […] y la entidad fundamental con la que operan los científicos informáticos”. Un algoritmo puede ser definido provisionalmente como la “descripción del método mediante el cual se lleva a cabo una tarea” a través de secuencias de pasos o instrucciones, grupos de pasos ordenados que operan sobre datos y estructuras computacionales. Como tal, un algoritmo es una abstracción “dotada de una existencia autónoma, independiente de lo que los científicos informáticos gustan de llamar ‘detalles de implementación’, es decir, su encarnación en un lenguaje de programación particular para una arquitectura de máquinas particular”. Puede variar en complejidad desde el más simple conjunto de reglas descrito en lenguaje natural (como las usadas para generar patrones coordinados de movimiento en las multitudes inteligentes [smart mobs]) hasta las más complejas fórmulas matemáticas, incluyendo todo tipo de variables (como el famoso algoritmo Monte Carlo usado para resolver problemas de física nuclear, más tarde aplicado a los mercados accionarios y ahora usado en el estudio de procesos de difusión tecnológica no-lineal). Al mismo tiempo, para poder funcionar, los algoritmos deben existir como parte de ensamblajes que incluyen hardware, datos, estructuras de datos (como listas, bases de datos, memoria, etc.) y los comportamientos y acciones de los cuerpos. De hecho, para que el algoritmo llegue a ser software social, “debe obtener su poder como artefacto social o cultural y proceso por medio de una adaptación cada vez mejor a los comportamientos y a los cuerpos que acontecen en su exterior”. Además, como los algoritmos contemporáneos continuamente se ven más expuestos a conjuntos de datos cada vez mayores (y a una creciente entropía en el flujo de datos, también conocido como Big Data), están, de acuerdo con Luciana Parisi, convirtiéndose en algo más que conjuntos de instrucciones a seguir: “cantidades infinitas de información interfieren con y reprograman procedimientos algorítmicos […] y los datos producen reglas extrínsecas”. Por esta breve presentación, parece claro que los algoritmos no son ni un conjunto homogéneo de técnicas, ni una garantía de “la infalible ejecución de un orden y control automatizados”.

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Con todo, desde el punto de vista del capitalismo, los algoritmos son principalmente una forma de “capital fijo”, es decir, son simplemente medios de producción. Codifican una cierta cantidad de saber social (extraída de lo que elaboran matemáticos, programadores, y también las actividades de los usuarios), pero no son valiosos por sí mismos.

 

En la economía contemporánea, son valiosos solo en la medida en que permiten la conversión de tal saber en valor de cambio (monetización) y su (exponencialmente creciente) acumulación (los titánicos cuasimonopolios de la Internet social). En la medida en que constituyen capital fijo, algoritmos como PageRank de Google o EdgeRank de Facebook aparecen “como supuesto frente al cual la fuerza valorizadora de la capacidad laboral individual desaparece como algo infinitamente pequeño”,  y es por esto que las demandas de retribuciones individuales por el “trabajo gratuito” de los usuarios están mal conceptualizadas. Está claro que para Marx lo que necesita ser compensado no es el trabajo individual del usuario, sino los mucho más vastos poderes de la cooperación social que son así desencadenados, y que esta compensación implica una profunda transformación de la sujeción que la relación social que llamamos economía capitalista ejerce sobre la sociedad.

 

Desde el punto de vista del capital, entonces, los algoritmos son simplemente capital fijo, medios de producción optimizados para la obtención de rendimiento económico. Lo cual, tal como ocurre con todas las técnicas y tecnologías, no significa que no sean más que eso. Marx afirma explícitamente que aunque el capital se apropie de la tecnología como la forma más efectiva de la subsunción del trabajo, eso no significa que no haya nada más que decir al respecto. Su existencia como maquinaria, insiste Marx, no es “idéntica a su existencia como capital [y] no se desprende, en modo alguno, que la subsunción en la relación social del capital sea la más adecuada y mejor relación social de producción para el empleo de la maquinaria”. Es esencial entonces recordar que el valor instrumental que los algoritmos tienen para el capital no agota el “valor” de la tecnología en general y de los algoritmos en particular, es decir, su capacidad para expresar no solo “valor de uso” como diría Marx, sino también valores estéticos, existenciales, sociales y éticos.

 

¿Acaso no fue la necesidad del capital de reducir el desarrollo del software a valor de cambio, marginalizando así los valores estéticos y éticos de la creación de software, lo que empujó a Richard Stallman y a innumerables hackers e ingenieros hacia los movimientos de software libre y de código abierto? ¿El entusiasmo que anima las hack-meetings y los hacker-spaces no es acaso alimentado por la energía que se libera de las restricciones de “trabajar” en una compañía con el fin de permanecer fiel a una estética y una ética personales de codificación?

 

Contrariamente a algunas variantes del marxismo que tienden a identificar completamente a la tecnología con el “trabajo muerto”, el “capital fijo” o la “racionalidad instrumental” y, por tanto, con el control y los dispositivos de captura, parece importante recordar que, para Marx, la evolución de la maquinaria indica también un nivel de desarrollo de los poderes productivos que son liberados pero nunca completamente contenidos por la economía capitalista. Lo que interesaba a Marx (y lo que hace a su trabajo relevante todavía para aquellos que luchan por un modo de existencia postcapitalista) es la manera en que la tendencia del capital a invertir en tecnología para automatizar y, por tanto, para reducir los costos del trabajo al mínimo, potencialmente libera un “excedente” de tiempo y energía (trabajo) o un exceso de capacidad productiva en relación con el trabajo fundamental, importante y necesario de reproducción (una economía global, por ejemplo, debería primero que nada producir suficiente riqueza para que todos los miembros de la población planetaria fuesen adecuadamente alimentados, vestidos, curados y alojados).

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Sin embargo, lo que caracteriza a la economía capitalista es que este excedente de tiempo y energía no es simplemente liberado, sino que es reabsorbido constantemente en el ciclo de producción de valor de cambio, lo que conduce a la creciente acumulación de riqueza por parte de unos pocos (el capitalista colectivo) a expensas de muchos (las multitudes). La automatización, desde el punto de vista del capital, debe siempre, por lo tanto, ser compensada con nuevos modos de controlar (o sea, de absorber y agotar) el tiempo y la energía así liberados. Debe producir pobreza y estrés donde debería existir riqueza y ocio. Debe hacer del trabajo directo la medida del valor aun cuando es evidente que la ciencia, la tecnología y la cooperación social constituyen la fuente de la riqueza producida. Esto conduce así inevitablemente a la destrucción periódica y generalizada de la riqueza acumulada, en las formas de agotamiento psíquico, catástrofe ambiental y destrucción física de la riqueza por medio de la guerra. Crea hambre donde debería haber saciedad, coloca bancos de alimentos a la vera de la opulencia de los súper ricos. Es por esto que la noción de un modo de existencia postcapitalista debe hacerse creíble, es decir, debe llegar a ser lo que Maurizio Lazzarato describe como un resistente foco de subjetivación autónomo. Un nuevo orden postcapitalista basado en el común (un commonismo) puede apuntar no solo a una mejor distribución de la riqueza comparada con aquella insostenible que hoy existe, sino también a la recuperación del “tiempo disponible”, esto es, tiempo y energía libres de trabajo para ser utilizados en desarrollar y profundizar la noción misma de lo que es “necesario”.

 

La historia del capitalismo ha mostrado que la automatización en sí no ha reducido la cantidad ni la intensidad del trabajo exigido por gerentes y capitalistas. Por el contrario, en la medida en que la tecnología es para el capital solo un medio de producción, cuando el capital ha podido implementar otros medios, no ha innovado. Por ejemplo, las tecnologías industriales de automatización en la fábrica no parecen haber experimentado recientemente ningún avance importante. La mayor parte del trabajo industrial actual continúa siendo sustancialmente manual, automatizada únicamente por estar enlazada a la velocidad de las redes electrónicas de prototipado, marketing y distribución; y no deviene económicamente sostenible sino por medios políticos, es decir, explotando diferencias geopolíticas y económicas (arbitraje) a escala global y controlando los flujos migratorios a través de nuevas tecnologías en las fronteras. En la mayor parte de las industrias de hoy se verifica una explotación intensificada, que genera un modo de producción y consumo empobrecido, nocivo tanto para el cuerpo, la subjetividad y las relaciones sociales como para el ambiente.

 

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Como Marx afirma, el tiempo disponible liberado por la automatización debería permitir un cambio en la esencia misma de lo “humano”, de manera que la nueva subjetividad pueda volver a desarrollar el trabajo necesario de modo tal que redefina lo que es preciso y lo que es necesario. No se trata simplemente de abogar por un “retorno” a tiempos más simples, sino al contrario, se trata de reconocer que producir alimentos y alimentar poblaciones, construir refugio y vivienda, enseñar e investigar, cuidar de los niños, los enfermos y los ancianos requiere de la movilización de la invención y la cooperación sociales. Así, se pasa de un proceso de producción por los muchos (sumidos en el empobrecimiento y el estrés) para los pocos, a uno en el que los muchos redefinen el significado de lo que es necesario y valioso, al tiempo que inventan nuevas maneras de alcanzarlo. En cierto sentido esto corresponde a la noción de “commonfare”, elaborada recientemente por Andrea Fumagalli y Carlo Vercellone, que implica, en palabras de este último, “la socialización de la inversión y del dinero y la pregunta por las formas de administración y organización que permiten una auténtica reapropiación democrática de las instituciones del Estado de bienestar […] y la reestructuración ecológica de nuestros sistemas de producción”.

 

Debemos preguntar entonces no solo cómo funciona la automatización algorítmica hoy (principalmente en términos de control y monetización, alimentando la deuda económica) sino también qué clase de tiempo y energía esa automatización subsume y cómo podría funcionar una vez adoptada por agrupaciones sociales y políticas diversas y autónomas no subsumidas por, o sometidas a, el ímpetu capitalista de acumulación y explotación.


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