La Argentina de los últimos 40 años consagró a los economistas como voceros autorizados de la razón. Ocuparon el lugar que antes detentaban los militares: elites pero outsiders de la política con un predicamento notable en los medios masivos y en la administración pública y privada, portadores de promesas de refundación capaces de ubicarse por encima de las contiendas electorales. ¿La aceleración de la crisis económica pulverizará el aura de los economistas?



Qué bajón a veces la vigencia de los clásicos. Parece que no se puede ser original en estos días. Uno relee las grandes obras de las ciencias sociales de los años 1970 y siente que casi no hay nada que agregar. Contra la efervescencia marxista de la época, esos textos eran ya implacables con quienes confiaban en la capacidad regeneradora de todas las situaciones críticas. Es que a la luz de la historia argentina y de lo que estamos viviendo hoy, es evidente que no siempre las coyunturas excepcionales abren nuevos horizontes. Las crisis a veces solo comparten el amargo gusto de la repetición. De pronto el orden simplemente colapsa, sin mística ni síntesis superadoras.

 

Si antes eran los militares los voceros autorizados de la razón, los sujetos que desde afuera de la política venían a salvar el país, la Argentina de los últimos 40 años consagró en ese sitial a los economistas. Aunque reclamen subordinación y valor, los economistas argentinos no la han tenido fácil. Si un militar podía aspirar a esperar años para que madurara su plan quinquenal de industrialización o los políticos confiar en rearmarse para las elecciones siguientes, los ministros y banqueros centrales son evaluados todos los días por las cotizaciones de la city. Para la opinión pública, pueden pasar en semanas de ser artífices de un país con crecimiento y en vías de normalización a ser los culpables de la estampida desenfrenada del dólar. Además, como los ministros económicos suponen la legítima búsqueda de maximización de los intereses individuales más egoístas, no pueden quejarse, como lo hizo Pugliese y tantos gobernantes, de que al hablarle a los mercados con el corazón, solo les contesten con el bolsillo.

 

El llamado a la arena política de actores externos es una constante en la historia del país: sindicalistas, miembros de la Iglesia y la farándula, piqueteros, militantes de ONGs y hasta CEOs y empresarios encontraron su lugar en gobiernos civiles y militares. En cada coyuntura, el oficialismo o la oposición de turno podía renovarse la fachada sin avanzar en definiciones y acuerdos farragosos. Pero los militares y expertos en economía tienen una particularidad adicional: no solo logran ubicarse por encima o por fuera de la contienda electoral, al hacerlo promueven y adoptan medidas impopulares, invocan ideales, valores o saberes absolutos que prometen refundar el orden eludiendo los conflictos y las controversias.

 

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Pero si la arrogancia debe ser en todas partes un requisito indispensable para lanzarse a la política, en la Argentina la pretensión de querer sustituir con violencia o ecuaciones econométricas la falta de compromisos socioeconómicos fundamentales se paga caro. Para la sociedad sin duda con la escalada de sangre que fue jalonando la sucesión de golpes militares o con las experiencias macroeconómicas extremas que nos llevaron de la tablita al endeudamiento, del Austral a la hiperinflación, de la convertibilidad al mayor defaut de la historia. Para los funcionarios más expuestos también. Como Onganía y Videla, Sourrouille y Cavallo han de haberse sentido por momento los grandes salvadores de la patria. Muy poco después todos conocieron el escarnio del mismo pueblo que los había alentado en sus apuestas más osadas. La venganza es un plato que se sirve siempre frío, en la Argentina tiene el mérito de alimentar a los desterrados cuando todavía está caliente la silla que acaban de abandonar: Cavallo se debe haber reído de Remes, Kiciloff de Sturzenegger, Sturzenegger del Caputo que naufraga desde hace semanas. Según Pareto, la historia es un cementerio de elites, en la Argentina donde la frustración y la crisis se los va cargando a uno atrás del otro, además de un cementerio es una carnicería.

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Pero volvamos a los clásicos para entender el presente crítico de nuestros economistas. Entre todas esas lecturas clásicas, está la obra monumental sobre el  ascenso de las Fuerzas Armadas de Alain Rouquié. En el momento en que los militares del proceso se libraban al autoritarismo más macabro, a este sociólogo no le alcanzó con encontrar culpables y demonizarlos. En una larga historia del presente, escrutó las entrañas de la sociedad política argentina para descubrir ahí, en sus conflictos y contradicciones, los orígenes de un poder castrense que había atravesado todos los límites.

 

Según su tesis, los militares argentinos no podían reducirse a una orientación ideológica definida – los había nacionalistas, conservadores y hasta de izquierda-. Tampoco se podía considerarlos el mero brazo armado de una fracción  de la sociedad. Aún cuando fuera inicialmente así, politizar una institución es sumirla en la ardua tarea de la representación. Al vínculo complejo entre las bases y sus voceros se suman los fraccionamientos y disputas entre los hombres más ambiciosos que las habitan.

 

Pero el problema estaba en otro lugar. La tragedia de la Argentina, según la generación de Rouquié, era el divorcio entre el sistema formal y el sistema real de poder. Difícil pensar un juego democrático viable, apuntaban, cuando los representantes de los trabajadores (por proscripción) y los del gran empresariado (por ineficacia política o electoral) no lograban canalizar y procesar sus conflictos a través de los mecanismos legalmente establecidos. Así, ante fuerzas sociales más dispuestas a defender sus derechos y privilegios que a respetar reglas mínimas de coexistencia, las Fuerzas Armadas intervenían, cuando juzgaban que el orden estaba en peligro y encontraban las situaciones propicias para hacerlo, en nombre de los intereses superiores de la nación. Ahí estaban las rupturas de 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976 para demostrar a la vez el recurso a estas intervenciones y la incapacidad de cada una de ellas, que terminó desembocando en una espiral creciente de autoritarismo y violencia. Y esa fue precisamente la singularidad argentina: a diferencia de sus vecinos, las Fuerzas Armadas apenas lograron oficiar, en términos de Rouquié, como una “hegemonía de sustitución”. Algo así como una terciarización de las responsabilidades decisorias que sustituye de facto a la política y la necesidad de articular compromisos y consensos. Con la cohesión y la autoridad de militares y economistas -que supuestamente venía a salvar al país desde un lugar ajeno a la arena democrática- se lograba dar temporalmente respuesta a la ausencia de una clase dirigente y de un proyecto de país legitimo, pero no hacía más que perpetuar la falta de una genuina solución.

 

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Hay quienes creen que la dictadura de 1976 fue un punto de inflexión en este juego trabado. Lo fue sin duda porque los horrores de la dictadura desacreditaron a los militares como opción en la emergencia y recuperamos las libertades civiles y políticas. Los golpes de estado dejaron de ser el indicio de la ingobernabilidad argentina y del desencuentro entre los actores políticos que conspiraban alternativamente los unos contra los otros. No produjo, en cambio, ruptura alguna en lo que refiere a la institución de un nuevo orden socioeconómico relativamente legitimado. El gobierno de Menem y de los Kirchner en sus primeros lustros lograron, cada uno a su modo, articular la legitimidad democrática con una organización socioeconómica determinada. La creciente desconfianza en la moneda que conocieron las segundas administraciones y sus dificultades para introducir correcciones volvieron a arrojarnos al ciclo perverso del capitalismo periférico. Más allá de las responsabilidades, lo cierto es que las principales fuerzas del país no lograron actuar más que transitoriamente con un horizonte compartido de mediano plazo que articulara intereses sectoriales en una nueva fórmula de bienestar general. A pesar de los esfuerzos, a partir de 1976, no superamos la crisis de gobernabilidad en la Argentina, cambiamos la forma de experimentarla y el grupo dispuesto a batirse a duelo contra ella. La consolidación de un proyecto de país sustentable siguió, mientras tanto, brillando por su ausencia. 

 

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Cierto, ambos desplazamientos se fueron gestando en la segunda posguerra. Ni la inflación ni la fragilidad fiscal y financiera eran nuevas en la Argentina de 1975, tampoco lo era la esperanza de que una tecnocracia iluminada pudiera llevarnos a tomar el desarrollo por asalto. No obstante, desde ese momento, con una escalada de los precios a tres dígitos y con la exuberancia financiera globalizada y creciente, el desorden monetario y la amenaza del caos económico se instalaron como el principal problema del país. Del mismo modo, la noción de tecnocracia se hizo a la vez más restrictiva y generalizada. Ya no fueron los ingenieros ni los militares los voceros autorizados de la razón, sino los economistas que ganaron un predicamento notable en los medios masivos de comunicación, la administración pública y privada, las funciones de gobierno.

 

De ahí, que la homología entre militares y expertos en economía resulte estimulante, pero solo a condición de que no naufrague en la demonización o el anacronismo. Para lo primero, el enfoque de Rouquié sigue siendo justo. El ascenso en la esfera pública y política de un grupo con funciones sociales específicas (la guerra o el análisis económico) no compromete únicamente a esos hombres y sus ansias de poder. Es el síntoma de que se está pretendiendo dar alguna respuesta a un problema que no logra resolverse.

 

En la Argentina, por la inestabilidad y la movilidad social que la caracterizan, la experiencia de gobierno está abierta casi al que quiera abalanzarse y depara, tardíamente, un baño de modestia que la sociedad haría bien en conocer. Por un lado, proveniente de una ciudadanía politizada y con ansias de transformación, los sucesivos advenedizos de la política desprecian, en un primer momento, la formación y el esfuerzo de los cuadros que los precedieron. Confían en que su capacidad y buena fe les permitirá transformar al país de cuajo. No obstante, exceptuando los breves momentos de calma, la gestión les enseñará rápido que, en el país de los discursos públicos encendidos, los márgenes de acción gubernamental son estrechos. Si son honestos concluirán tal vez que los otros no eran finalmente tan giles como parecían. Por otro lado, el compromiso político es sin duda un modo de honrar ideales y favorecer a quienes merecen protección o incentivos. No obstante, en la tierra de las opciones antagónicas, la experiencia gubernamental presenta dilemas desgarradores e invita a grandes herejías.

 

Los militares entrenados por el Pentágono coquetearon con Rusia ante la guerra de Malvinas. Los economistas del austral concluyeron en palabras de Canitrot que se puede ser “monetarista, estructuralista y todo lo que haga falta para bajar la inflación y si hay que recurrir a la macumba, también”.  En la batalla encarnizada por el orden, es indudable que militares y economistas, que no tienen que medirse en las urnas ni en las calles, pueden adoptar con menos costos medidas que beneficien solo a una minoría. La cuestión es que aún en los casos de identificación con los ideales del mercado abierto y la libre empresa, las cosas no salen siempre como se esperaba. Lejos de proteger siempre a empresarios e inversores con sus decisiones, funcionarios liberales, conservadores y progresistas contribuyeron circunstancialmente a redistribuir la prosperidad y el poder entre ellos, sin lograr consolidar formas previsibles y legítimas de hacer buenos negocios.  

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Pero no alcanza con citar a Rouquié para comprender el modo en que los expertos en economía intentaron e intentan resolver el desorden en la Argentina. Al definir el problema, cada tiempo y cada combate vislumbra desafíos y equipamientos específicos. Para quienes descreen de la movilización y el compromiso político, la gran virtud del desplazamiento que se da a partir de los años setenta es que la crisis ya no se presenta como un enfrentamiento entre proyectos o grupos socio-económicos antagónicos. Con la delimitación de la inflación, el déficit fiscal, el endeudamiento, la corrida cambiaria como un problema “económico”, se des-responsabiliza a la sociedad y los políticos y solo se les exige que se pongan en manos de quienes saben del tema. En este sentido, se equivocan los que comparan a los economistas con estadistas que elaboran grandes proyectos o con líderes que interpelan un compromiso cívico en pos de la estabilidad. Al menos para los macroeconomistas que se vienen sucediendo desde los setenta en la Argentina, la capacidad de acción se cifra en la posibilidad de convertir a los ciudadanos en ratas de sus experimentos de laboratorio. Como los acusaban los viejos liberales durante la dictadura, el pecado del experto es confiar que las sofisticaciones econométricas podrán resolver restricciones estrictamente políticas. En lugar de avanzar a sangre y fuego con el ajuste fiscal como pedía ayer Alsogaray y hoy Espert o con una genuina reforma tributaria y productiva como reclama el progresismo, los macroeconomistas proponen modelos de coordinación a distancia donde las ratas solo tienen que quedarse quietas o dejarse llevar racionalmente por sus más bajos instintos.

 

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Los comportamientos racionales de maximización de ganancias son el supuesto que respalda todos los modelos macroeconómicos. Los grandes tenedores de pesos en 2001 podían tener un apego afectivo y hasta ideológico con Cavallo como pueden tenerlo hoy muchos empresarios e inversores con el presidente de la República. Conocedores del paño, ambos se reirían de quien invirtiese dinero por amor al arte o evitara jugar contra la moneda nacional por mero compromiso patriótico.

 

Lo más triste de esta situación es que, más allá del triunfalismo de 2016, todo hacía presentir el riesgo de este descalabro. Desde hace años se sabe que la persistencia de la inflación y la creciente desconfianza en la moneda traían un mal presagio. Cuánta arrogancia la de algunos al suponer que con mínimas correcciones podía normalizarse el díscolo capitalismo argentino. Hubo varios años para pensar correcciones y para estructurar no solo una alternativa sino un diagnóstico público y franco sobre los sacrificios y responsabilidades que le cabrían a cada cual. Lamentablemente, pasamos del gradualismo al callejón sin salida, del mejor equipo de los últimos 50 años a ponernos de rodillas frente a Lagarde. Con la nariz ante el abismo, vuelve a plantearse la dicotomía estéril entre la confianza de los mercados y la resistencia de los actores sociales, entre el rigorismo de un gobierno debilitado y la búsqueda de la oposición para nuevas coaliciones unanimistas.

 

En un punto el daño ya está hecho y sabemos que se va a agudizar con el correr de las semanas. Los golpes militares y las corridas cambiarias comparten el impacto regresivo sobre la vida de los más humildes y evidencian las grandes dificultades de nuestra democracia. Ambos son también la contracara de la grieta que sigue estructurando una forma de gobierno de suma cero, concentrada en tomar el gobierno central y capturar algunas decisiones claves como forma de refundar el orden sin aprender de los errores cometidos. Gracias a esta forma de construcción de poder no hay pasado, no hay organizaciones ni responsables intermedios, no hay discusiones concretas por políticas específicas, no hay derechos ni responsabilidades en la sociedad. Todo se licúa en la alternancia entre el estado de naturaleza y el llamado al gran Leviatán. El gobierno anunció cambios en el gabinete. No parece haber autocrítica ni compromisos posibles en su planteo de la crisis. Nuestra suerte sigue en manos del salvador de turno. Que pase el que sigue.

 

La imagen de portada corresponde a El Beso de la Muerte, una escultura de mármol que se encuentra en el cementerio de Poblenou en Barcelona.

 

El Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la UNSAM reúne a sociólogos, antropólogos, historiadores y economistas que investigan y dictan clases de grado y de posgrado a casi 2000 estudiantes. Nació hace 20 años como una propuesta de un espacio innovador en la formación de posgrado; dos décadas después es uno de los institutos de relevancia en el campo académico argentino, con enorme vitalidad y vanguardismo. El IDAES ha acompañado a Anfibia desde su nacimiento, estando ambos proyectos hermanados por una misma concepción de la universidad pública, del rol de los debates políticos-intelectuales y de la exploración de nuevas formas de pensar y de contar la sociedad argentina. Anfibia acompaña al IDAES en la celebración de sus 20 años invitando a sus profesores e investigadores a ser autores de 20 notas que se publicarán durante el 2018 para reflexionar sobre las controversias y dilemas de una sociedad heterogénea, desigual y altamente politizada.


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