La industria audiovisual argentina le da la espalda al fenómeno Hollywood de cortar la bocha del acoso sexual. Actores, productores y periodistas se aferran a un pasado de candados en la boca y llantos entre las cuatro paredes de los camarines. Tienen un objetivo: no quieren que más mujeres hablen. La televisión porteña elige creer que no pasa nada, ni en los sets de grabación ni en la calle ni en las redes. La cultura del abuso es machista y analógica.



Ilustración interior: Martina Fior

 

Toma I: Una actriz denuncia acoso en una escena de novela. Elija su propia aventura:

 

En Hollywood se suspende el rodaje de la serie. La revista que eligió al Presidente como tapa del 2016 lleva a las mujeres que denuncian como protagonistas del 2017. Las actrices juntan fondos para que las víctimas puedan hablar. Los conductores salen de pantalla y escriben cartas de disculpas. Las estrellas cuentan que también fueron discriminadas por su género y alzan la voz. Los actores se arrepienten de no hablar antes y hacer más y las series y películas tienen protagonistas femeninas empoderadas. ¿Cómo se llama la obra? No va más.

 

En Machowood, el actor acusado se convierte en protagonista de la nueva tira para adolescentes. Una ganadora de un show de baile lo defiende porque si fuera acosador no tendría trabajo. Un galán justifica que la denunciante creyó ser acosada pero que el acosador no acosó como si se tratara de una fantasía nocturna. Un diario titula que las declaraciones del acosador son contundentes y que la denunciante sufre una crisis y otro que hace catarsis. Una actriz se solidariza con la víctima y recibe agresiones que califica de heavys. Un portal pone las fotos de las escenas sexuales por las que la actriz no podía dormir para calentar las redes. Una reina madre televisiva propone que vayan a una conciliación para hacer las paces y darse las manos. Una actriz critica al actor que minimiza el abuso y termina demonizada en las redes y los programas de la tarde. ¿Cómo se llama la obra? El show debe continuar.

 

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La diferencia entre Hollywood y Machowood no es solo el colchón verde sobrevaluado de Palermo sin factura, el cachet y el párate de producción por las novelas turcas con la polera al cuello o las latas que reemplazan los guiones donde los protagonistas sorben un mate o toman una fábrica sin acento neutro. La diferencia ante el terremoto de denuncias por abuso sexual frente y detrás de cámaras no es en lo que sucede. La violencia machista no es la novedad, la novedad es que la violencia machista ya no se trague, no se calle y no se aguante, sino lo que se hace con lo que sucede. Y no todo lo que sucede conviene. New age, vade retro. Bienvenida la nueva era. El show ya no debe continuar. Así no. Y no es no.

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Primer acto. Y a nosotras también: El 5 de octubre del 2017 The New York Times publicó una investigación con denuncias de abuso contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein con treinta testimonios de acoso y violación. Las redes sociales estallaron con el hashtag #metoo que convirtió a Weinstein en una pieza de domino que hizo caer todo un sistema de piezas basado en el abuso sexual, el machismo, la extorsión y el silencio forzado.

 

Segundo acto. Todo tiempo pasado fue peor: “Esto será un parteaguas”, auguró la productora Gail Berman. Y lo fue. En Hollywood. No en la versión palermitana de cerveza artesanal y concentración de poder machista en la que el abrazo protector de la industria a un galán no se justifica per se o por él, sino para que no caiga uno y empiecen a hablar todas. “Nada va a poder volver a ser como era antes”, anunció Gail.

 

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Ilustración: Martina Fior

 

Tercer acto. Ya no hay tiempo: Un grupete de trescientas mujeres de Hollywood, integrado por actrices como Cate Blanchet, Reese Witherspoon, Kerry Washington, Emma Stone, Eva Longoria, Natalie Portman, Gwyneth Paltrow, Julianne Moore, Salma Hayek y Uma Thurman crearon el grupo “Se acabó el tiempo” (Time’ s Up) y sacaron de su bolsillo 13 millones de dólares para las mujeres que sufren acoso y no puedan llevar la defensa del agresor.

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En Argentina la industria se aferra a un pasado de candados en la boca y llantos entre las cuatro paredes de los camarines. María del Carmen Valenzuela conto que Calu Rivero lloraba con ella por escenas no consentidas de besos. El sufrimiento de Calu no era secreto. Se sabía. Ella lo decía. Y está escrito. También hubo intervenciones que no fueron escuchadas. Pero nadie hacía nada. La estrategia de Darthes es callarla con un juicio, comandado por la filosa y peligrosa abogada mediática Ana Rosenfeld, en donde la acusada es ella. Calu Rivero escribió una carta contando que habla por ella y por las otras. Su decisión es interior y potente. Es parte de un dolor genuino y de una conciencia también genuinamente colectiva como parte de una generación plantada en el no es no como bandera. Un no es no que Darthes tragiversa diciendo que él también dice que no es no. No todos los no son iguales. El de las mujeres es un grito que fue silenciado y que ahora se pronuncia. Pero que quiere ser callado con el costo de tildar de loca, aprovechada y mediática a la actriz que se anima. Y que se quiere ganar con el miedo de hacerla pasar una temporada en Tribunales que, nunca, es un spa, ni es gratis.

 

No es por ella ni por él que la industria argentina le da la espalda al fenómeno Hollywood de cortar la bocha del abuso como práctica sistemática de producción audiovisual. Es para que no sean más las que hablen. Y es por eso también que Calu habla. Para que no haya otras actrices con cuerpos manipulados en donde, como y con quien no quieren. Y para que la solución no sea dejar la pantalla, el sueldo o la carrera. El paso al costado es un abismo que también llego al final del camino.

 

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 “Bajo ningún punto de vista corre peligro. Tampoco hay que estigmatizar a la gente. Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice si no se prueban las cosas”, dijo Adrián Suar, director de programación de Canal 13 y dueño de Pol-ka para reafirmar la continuidad de Juan Darthes en “Simona”, la apuesta televisiva del 2018.

 

La comprensión de los cambios que se vienen y de chicas que ya no quieren verse reflejadas en el silencio, por ahora, se las deben. La televisión argentina elige creer que no pasa nada. La audiencia y los anunciantes dirán, con la novela destinada al público adolescente, si aquí no ha pasado nada. Los alfajores Jorgito, que retiraron su publicidad del programa radial de Ari Paluch, parecen haber entendido un cambio de consumo que el mainstream se resiste a ver. Las chicas y chicos ya no son los mismos. La mayoría apaga la televisión por una cultura de nuevas pantallas. Pero no es solo una cuestión de Smartphone vs televisión familiar o Netflix vs televisión abierta. La cultura del abuso es machista y, además, es analógica.

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La violencia de género afecta a todas las clases sociales, pero los violentos de clases alta, poder y dinero para el fuego tribunalicio son más peligrosos. Los pobres no son mejores, son más inocuos. La primera piedra contra el abuso fue terminar con la idea que era una vergüenza y que lo que sucedía entre cuatro paredes y –no casualmente- sin testigos en las casas, los sets o las Iglesias, no era un problema público. Pero cuando las denuncias por abuso sexual contra padres, maestros, abuelos, tíos, policía, curas, fiscales, médicos, funcionarios, cineastas, músicos, periodistas y actores se expandieron los acusados no levantaron sus brazos y se rindieron ante un juicio justo. En cambio, hicieron de la justicia un coto de escritos, abogados caros y obstáculos para convertir en un infierno la vida de cualquier denunciante.

 

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En Estados Unidos, entonces, hace ya más de veinte años, surgió una palabra para graficar el fenómeno de la reacción machista ante la denuncia de la violencia machista: el backlash. No es un juego de cartas. Es la necesidad de barajar y dar de nuevo. El backlash es la palabra que mejor resume la venganza contra las mujeres que denuncian violencia y abuso y que son enjuiciadas, amenazadas, embargadas, separadas de sus hijos e hijas, aisladas, perseguidas o silenciadas.

 

Todo avance tiene su intento de retroceso. Un empujón para quienes intentan avanzar. María la Paz, la Paz, la Paz, ya lo sabía (Ricky Martin también): un pasito pa´ lante y un paso pa´ atrás. El backlash es la empleada pública del sketch de Antonio Gasalla gritando “se van para atrás” a quienes denuncian la violencia sexual. Y cuánto más fuerte es el grito contra la violencia más fuerte es el backlash. Un huracán que toma fuerza de su propio impulso. Y que retroalimenta la necesidad de avanzar.

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La revolución de las mujeres es mundial. Y grito su gol en el paro del 8 de marzo del 2017 desde Polonia a Buenos Aires. Y es imparable. La revolución de las mujeres tiene a la Argentina como epicentro. Es una revolución surgida en el Sur y en el Este. Los Encuentros de Mujeres y Ni Una Menos son gritos nacidos y criados desde las calles y las plazas de un país con chicas que no quieren ser valientes, quieren ser libres y lo escriben y gritan en la piel y en las paredes. Sin embargo, el Norte no deja de ser Norte cuando escucha su propio ombligo frente a las denuncias por abuso a Weinstein como una tragedia forjada en su propia industria, que llena el cartón de palomitas y de historias de wonder woman feminista. Ok, feminismo pop corn, pero feminismo al fin. Y al fin no es poco.

 

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En Estados Unidos las reglas se cumplen: las heroínas son heroínas, el sueño americano reemplaza a la movilización colectiva, las protagonistas promueven protagonismos estelares por sobre construcciones corales, la idea de personas inspiradoras ponen la carga y el crédito de una heroína en procesos históricos repartidos de capital –oh, sí, nena- social (¿What are you?), se hacen más colectas de beneficencia que exigencias al Estado, se pelea más por romper el techo de cristal con un top a estrellas doradas y llegar a ser la Super Ceo’s que por la igualdad social y de género. En fin, la industria se debe a su público.

 

El feminismo también repite los esquemas influencer de la madre patria verdadera. Y en cada territorio se hace fuerte en sus fortalezas y débil en sus debilidades. En Estados Unidos el periodismo investiga durante un año para publicar una nota contra Weinstein con treinta testimonios. En Argentina la precarización esfuma la palabra investigación en mil pedazos. Son una industria hecha de mostrarse. Y así lo hacen. En Argentina, en cambio, la televisión es el último reducto conservador atado a la patas de la silla de Polémica en el Bar y al sillón de Intrusos para descubrir que hay mujeres que no quieren ser madres, que el aborto es una opción en la vida de todas las mujeres y que ser un hombre de familia no exculpa a nadie de ser un abusador. En Argentina surgió Ni Una Menos y las redes sociales replican las redes reales de calles, marchas, asambleas y gritos de vigilia y rebeldía. Por acá ni una sola cámara se asoma a los Encuentros de Mujeres, carnavales de la purpurina en tetas y el patriarcado caído a los pies de las leonas andantes y decididas. Por allá, las cámaras ya no permiten más tocadas de culo. Acá la calle, allá las cámaras. Nada de los cambios resulta ajeno.

 

Por ahora, por Machowood, las cámaras siguen como si no pasara nada. En algún momento, más temprano que tarde, en las alamedas de muchachas que ya no se callan, va a encontrar a la calle como un reflejo que ya no se puede tapar con ninguna tocada de mano.


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