La sangre menstrual no tiene el mismo espesor que la derramada en los femicidios y los abortos clandestinos; y no ha sido prioridad en los estudios feministas, dice la especialista en Género Karina Felitti. Ese vacío lo ocupan el discurso médico, el publicitario, el de la Nueva Era y la industria cultural, que ocultan, sacralizan y representan lo que antes era incomprensible y peligroso. Entre la versión de la mujer menstruante como enferma, la que se calza un jean blanco ajustado y la que decide escalar el Everest, hay una infinidad de posibilidades que casi ninguna publicidad muestra.



Muchas personas recordarán el final de la versión cinematográfica de la novela de Stephen King Carrie (1974): autos que se estrellan en el aire, fuego, gritos, corridas, muerte. Carrie, la joven protagonista, se venga de la comunidad escolar y de su madre usando la telequinesis, mientras lleva puesto un vestido de fiesta blanco, sobre el que sus compañeros echaron sangre de cerdo. Los días en la escuela y la relación con su madre, una fanática religiosa, no eran sencillas para la señorita White pero ambas empeoran con su primera menstruación. Ese sangrado inaugural ocurre en público, en la ducha del vestuario escolar. Carrie grita, llora, se desespera y recibe como respuesta la burla y el ataque de sus compañeras: toallas sanitarias y tampones son lanzados sobre una joven que ignora por completo lo que le está sucediendo  Para varias mujeres nacidas en los sesentas, a quienes entrevisté en Buenos Aires y en México para conocer sobre sus biografías sexuales y reproductivas, esta escena de la película les resultó una versión exagerada pero cercana de su propia menarca. Ellas también habían visto sangre en su ropa interior o corriendo entre sus piernas, y pensaron que iban a morirse; lloraron en silencio, rezaron y muy pocas se animaron a preguntar qué les estaba pasando.

 

Hoy la información es mucho mayor: las empresas de higiene femenina se encargan de instruir a las niñas y adolescentes, sus “clientas”, sobre la menstruación, con sus avisos publicitarios y folletos, además de su presencia directa en el ámbito escolar desde hace aproximadamente medio siglo. Por su parte, el Programa Nacional de Educación Sexual Integral de la Argentina incluye el tema de la menstruación en sus contenidos y materiales. Existen también otros espacios orientados a mujeres jóvenes y adultas en los cuales se reflexiona sobre el ciclo menstrual (no solo sobre los días del sangrado) en conexión con la sexualidad femenina en general y ciertas creencias espirituales. No solo en las formas de explicar el proceso hay variantes (un ciclo biológico o un ciclo lunar), la oferta de productos para atender el sangrado es diversa. Tampones y toallas descartables, con o sin alas, enfrentan la competencia de productos ecológicos como las toallas de tela y la copa menstrual, un recipiente de silicona reutilizable, que se inserta en la vagina y contienen la sangre por más de 10 horas. Hay también más alternativas para lidiar con las sensaciones no siempre placenteras que acompañan a determinados momentos del ciclo. El dolor que produce a veces la contracción del útero (aprendí que no son los ovarios los que duelen) podrá aliviarse con una droga de venta libre en la farmacia, una tizana o un relajante orgasmo. Documentales de buena producción y belleza también circulan por las redes, como la Luna en ti y Monthlies de Diana Fabiánová  y muestran la variedad de significados y experiencias del ciclo menstrual en diferentes culturas.  

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¿Qué nos dicen sobre el tema los feminismos? “Lo personal es político” y “mi cuerpo es mío” son dos afirmaciones vertebrales, consignas que sintetizan, en pocas palabras, las luchas por el acceso a los derechos sexuales y reproductivos. Estos derechos incluyen diferentes aspectos de la vida de las mujeres aunque, en la práctica, suelen identificarse más con el acceso a la anticoncepción y al aborto, y mucho menos con el embarazo y el parto y, casi nunca con la menstruación. El ciclo menstrual, vivido por la mayoría de las mujeres desde la pubertad hasta que pasan su medio siglo de existencia, no entra en esta agenda. Ni la academia ni el activismo se han ocupado de desarmar sus sentidos salvo poquísimas excepciones. La sangre menstrual tiene un espesor político distinto que la derramada en los feminicidios y los abortos clandestinos, y es por eso que cada mes corre a la deriva. Mientras, el discurso médico, el psicológico, el publicitario, las empresas de “higiene femenina” o de “gestión menstrual”, la industria cultural, las religiones, las religiosidades, las escuelas, el ecologismo y la cultura de la Nueva Era, desarrollan sus propias interpretaciones y proponen formas de abordaje: contener, absorber, ocultar, visibilizar, valorar, sacralizar, ignorar. Veamos algunas de estas alternativas con más detenimiento.

 

Sangre azul

 

Se dice que asociar a la nobleza con la “sangre azul” viene de la época en que solamente los campesinos se exponían a la luz solar mientras trabajaban y la nobleza holgazana, en cambio, se mantenía resguardada, luciendo una piel blanca que dejaba ver sus venas. Así el “príncipe azul” deviene en un varón pálido; en inglés tienen una salida mejor, se lo llama “encantador” (Prince charming), no hay Prince blue. Pienso, ¿será que los anunciantes que echan líquido de ese color sobre toallas femeninas consideran que las mujeres somos de la realeza? No creo. Además hay una respuesta que dan los mismos publicistas para esta elección: son las mujeres que participan de sus grupos focales las que no quieren ver rojo. No sé si esto es o no cierto, lo que sí puedo agregar es que cuando comento mi investigación sobre la copa menstrual entre colegas, en mis clases o con algunas de mis amigas es fácil advertir incomodidad y hasta asco. Luciana Comes, una de las fundadoras de Maggacup, la empresa que fabrica la copa menstrual en la Argentina, me comentaba el efecto paradojal de este artefacto: “contiene un máximo de 12 horas el sangrado, te olvidas de que la tenés puesta, pero cuando la sacas, ahí está tu sangre”. Y en efecto, ahí está en la copa y también en tus manos y en el lavabo y quizás salpicando otras partes del baño. Bajo el impulso de la “sociología carnal”, la autoetnografía y la curiosidad más mundana, utilicé la copa en algunos períodos y al principio me sentí en una peli de Tarantino. A medida que fui superando la torpeza, encontré en la copa una vía de descubrimiento personal y contraste empírico. Por ejemplo, en el sitio web de la Sociedad de Ginecología y Obstetricia de Buenos Aires podemos leer que, si bien “no hay dos mujeres iguales”, la cantidad de flujo menstrual que se elimina durante el período menstrual “es realmente muy pequeña: 30 a 80 cm3 (el equivalente a un pocillo de café)” x Con la copa en mi mano me dije muchas veces: “tranquila, está todo bien, no estás muriendo, tu “café menstrual” es de Starbucks”.

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La copa menstrual pone a la sangre en primer plano, no se puede ocultar. Esta misma idea aparece en un anuncio que se difundió ampliamente por las redes sociales y con muy buenos comentarios. La empresa británica Bodyform lanzó un spot en el que aparecen mujeres practicando diversas actividades deportivas o recreativas como rugby, surf, box, corriendo, andando en bici por el bosque o bailando en puntas. Todas ellas se caen en algún momento, se lastiman y sangran, sangran rojo, pero enseguida logran levantarse y alcanzan su objetivo. El lema es justamente ese: “Ninguna sangre debería detenernos” (No blood should hold us back). Este anuncio se presenta como la respuesta antagónica a aquellos que usan el líquido azul y por eso muchas voces entusiastas repetían en sus muros de Facebook: “al fin se muestra la sangre, al fin!”, algo que no deja también de llamarme la atención porque nadie está esperando que la publicidad de papel higiénico nos muestre caca para decir “era hora”. Con el perrito jugando es suficiente. Considero que mostrar sangre no alcanza para resignificar un tabú ni para desarmar estereotipos. De hecho, entre la versión de la mujer menstruante como enferma, la que se calza un jean blanco ajustado y la que decide escalar el Everest, hay una infinidad de posibilidades que casi ningún anuncio muestra. La misma empresa tiene avisos en los que destaca la idea de vivir sin miedo y de no limitarse en las actividades, pero también otro que relativiza el entusiasmo y la energía de la mujer menstruaste.

 

 

La mujer cíclica

 

El anuncio de Bodyform forma parte del programa Red.Fit, que brinda información para “mantenerse en forma” y “sentirse de lo mejor”, sin que ciclo menstrual sea un problema o más bien, sacándole ventaja. Georgie Bruinvels, es el experto a cargo, un académico especialista en mujeres atletas, que divide al ciclo en 4 fases: sangra, llega a la cima, arde y pelea (bleed, peak, burn, fight). Para cada una corresponden recetas, ejercicios y videos motivacionales.

 

Miranda Gray se presenta a sí misma como terapista, artista, “mujer de negocios” y autora. Dos de sus libros tienen gran circulación en los círculos de mujeres vinculados a ciertas prácticas y consumos asociados a las espiritualidades femeninas y la Nueva Era. Luna Roja. Emplea los dones creativos, sexuales y espirituales del ciclo menstrual y Momentos óptimos de la mujer. Emplea el ciclo menstrual para alcanzar el éxito y la realización personal (The Optimized Women. Using the menstrual cycle to achieve success and fulfillmen, en inglés) son también invitaciones a “sacar partido” del ciclo. Gray también lo divide en 4 fases: creativa, reflexiva, dinámica y expresiva.

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En Momentos óptimos… el último capítulo interpela directamente a los varones y entre ellos a los empleadores y compañeros de trabajo de las mujeres; les da consejos para que puedan reconocer las fases y puedan comunicarse con ellas de la manera más apropiada. “Si deseas un informe por escrito, una manera de conseguirlo sería proponerlo desde cuatro puntos de vista diferentes y ver qué idea recibe la mujer con seguridad y entusiasmo. Podrías plantearle distintas sugerencias y a partir de su enfoque deducir en qué fase se encuentra: que recopile y estructure una lista de observaciones e información detallada (Fase Dinámica); que se decante por un enfoque dirigido a los demás (Fase Expresiva); que se valga del informe para identificar problemas y soluciones creativas (Fase Creativa) o que redacte un informe general centrado en los valores básicos de la empresa (Fase Reflexiva)”.[1]

 

He aquí una original manera de volver productivo lo antes incomprensible o peligroso. De la exclusión de las trabajadoras de la fábrica por incompetencia o más bien por la competencia que establecían con los varones también ávidos de empleo, a la celebración capitalista del período menstrual. Más allá de esta lectura comprensiva pero también utilitaria del ciclo menstrual, para una importante cantidad de mujeres los libros de Gray y otros que también subrayan el potencial de la mujer cíclica, socializan creencias y prácticas que permiten pensar el cuerpo y la sexualidad femenina en términos positivos. Estas consideraciones chocan con el discurso biomédico y también con el feminista más radical, que ve con sospecha todo lo que pueda asociarse a un “estado natural”, además de enfrentar los prejuicios de quienes consideran banal y ridículo que un grupo de mujeres se reúna mensualmente para celebrar a la luna y colecte su sangre menstrual para hacer un cuadro o para regar las plantas. Como ya escribí en otro sitio https://lassimones.org/2015/09/01/bendito-utero/, hay también un negocio rodeando estas prácticas: Gray “patentó” la bendición del útero y el curso que enseña a hacerlo. Esa formación se paga en dólares y por adelantado. Sin embargo, esto no le quita importancia ni desvaloriza sus efectos. Por el contrario, deberíamos preguntarnos por qué tantas mujeres destinan parte de su dinero para acceder a esta “bendición”. Una primera respuesta se encuentra en la dinámica del ritual: mujeres reunidas en círculo, que cuentan fragmentos de sus vidas, que comparten sus miedos, sus necesidades, sus alegrías, y que se reconocen en las otras. Estas reuniones evocan el funcionamiento de los grupos de concientización de los ’60, esas reuniones que resultaron clave para la consolidación de la segunda ola. El lema de aquella época, “lo personal es político”, pareciera mutar hacia una “política de lo personal”. El cambio comienza con una misma y en efecto, estas mujeres afirman sentirse más libres, más conectadas consigo y con los demás.

 

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Estar indispuesta

 

Según la Real Academia Española, indispuesto/a significa: que se siente algo enfermo o con alguna novedad o alteración en la salud. Claro está que menstruar no es estar enferma pero algo sucede en esos días de sangrado. Afirmar esto sin abonar al estereotipo es difícil. Por eso en los talleres de educación sexual que dictaba para docentes arremetía duramente contra el “estar indispuesta”. “Hay que decir estoy menstruando”. Hace dos años, Clarisa Perullini, la otra fundadora de Maggacup, me dijo algo muy simple pero con mucho sentido: “a veces se puede estar indispuesta. No estar dispuesta a hacer determinada cosa”. Mientras la escuchaba algo incrédula, una parte de mí reconocía que, efectivamente, algunos días quería dormir más, no tenía humor social y me preguntaba si en CONICET habría un asueto por “día femenino”. Cuando vi el anuncio de las mujeres deportistas, me acordé de esa charla. “Ninguna sangre debería detenernos”. Acuerdo en que la menstruación no debería ser un impedimento impuesto para nuestras actividades pero, ¿tengo la posibilidad de detenerme si ese es mi deseo o es necesario que me anote en una maratón para demostrar que soy una “chica superpoderosa”? Nos dicen que la procrastinación es un flagelo, que es necesario someterse a lo cronométrico, esforzarse para alcanzar un futuro mejor, más prometedor que el presente, ¿tiene género, tiene sexo, tiene edad, esta lógica sin respiro?

 

 

El Observatorio de la Discriminación en Radio y TV realizó hace unos años un informe sobre el aviso de toallas femeninas Ladysof, en el cual una joven afirmaba frente al espejo del baño “Ay, estoy indispuesta, tengo un día terrible. Lo primero que pienso en estos días es que me gustaría ser hombre. No, lo que me gustaría es cambiar, que los hombres sean mujeres, por lo menos una vez”. Lo que seguía eran varias escenas protagonizadas por un varón que se retorcía del dolor, se sentía más inseguro respecto a su aspecto físico, manifestaba cambios de humor, mucha sensibilidad y estaba preocupado por manchar su jean blanco. El anuncio fue acusado de fomentar la violencia simbólica, el biologicismo, el binarismo, la subordinación y la desigualdad de las mujeres respecto a los varones. Al ver el spot para este ensayo y me reconozco en muchas escenas, incluso me da gracia. Definitivamente tengo más empatía con éste aviso que con el de las deportistas. Me pregunto sobre mi “falsa conciencia” y “alienación patriarcal”. Recuerdo un estudio que me tranquiliza: la historiadora y filósofa francesa Geneviève Fraisse alertó sobre el hecho de que insistir en la denuncia de las imágenes es reconocerles un poder demasiado grande y no tener en cuenta los procesos de recepción. Fraisse nos recuerda que, más allá de que en un libro de lectura infantil pueda aun leerse “mamá está en la cocina; papá está de viaje”, esa información contrasta con lo que esos niños y niñas observan en la calle y en sus casas.[2] La discriminación tiene otras expresiones más tangibles y más difíciles de revertir.

 

 

Donde hay una menstruación que haya un tampón

 

En enero del 2015, antes de que el atentado en Francia contra Charlie Hebdo ocupara la atención de la prensa local, la falta de tampones se perfilaba como el tema del verano. Las notas que cubrieron el desabastecimiento de tampones sirvieron como una crítica en placa roja, muy roja, a las políticas comerciales del gobierno, la falta de dólares y las trabas burocráticas que ahora dejaba a cientos de mujeres sin la posibilidad de disfrutar de la pileta y del mar en plenas vacaciones. La situación argentina se comparó con lo sucedido en Venezuela en 2013, cuando también escasearon las toallas sanitarias y los tampones, y se difundían tutoriales web para aprender a hacerlas en casa. En medio de estos cruces entre el gobierno y la oposición, el propio secretario de Comercio, Augusto Costa, declaró que la falta de tampones era el resultado de una “corrida” inducida por una “operación mediática”. Otros clamaban que se declarara un “estado de emergencia menstrual”.

 

Como ya dije en otra oportunidad, en las colectas solidarias se piden alimentos, ropa, pañales pero no toallas femeninas y estas tampoco están incluidas en las ayudas que pueden brindar las organizaciones sociales o los propios gobiernos. Debe decirse que también hay escasez en otras situaciones menos traumáticas: pocos baños públicos tienen máquinas expendedoras. La feminista estadounidense Gloria Steinem se preguntaba a fines de los’70 qué pasaría si los hombres menstruaran. Su respuesta era contundente: si esto sucediera la menstruación pasaría a ser un evento envidiable, ellos presumirían sobre cantidad de sangre eliminada y la duración del sangrado, los niños marcarían el inicio de la menstruación como prueba de virilidad, el estado financiaría investigaciones para terminar con las molestias y los suministros sanitarios serían financiados por el gobierno federal y repartidos de forma gratuita. Si los hombres menstruaran, ¿los tampones no habrían escaseado? Probablemente.

 

El hecho real de la escasez y su politización sirvieron para poner en discusión un tema sobre el que se sabe poco y se habla menos. Si bien la menstruación es parte de un ciclo de aproximadamente 28 días, la atención se concentra en los 5 que puede durar el sangrado. La falta de tampones confirmó esta tendencia. La sangre es el problema y el resto poco importa. Y es comprensible esta situación: muchas preferimos no ensuciar nuestra ropa. Es por eso que valoro algunas acciones del “activismo menstrual”: mujeres que se muestran con su ropa “manchada” en sus fotos de Facebook o en el espacio público. Su efecto es potente, se capta la atención de los medios y la discusión se abre.

 

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Menstruar no es una maldición, ni una enfermedad, pero puede ser difícil de transitar sin información y sin recursos materiales. Estudios de UNICEF señalan que existe una relación entre la menarca y la deserción escolar de niñas y adolescentes en varios países. La reciente creación del Día Mundial de la Higiene Menstrual, el 28 de mayo, es parte de un movimiento que busca llamar la atención sobre estas inequidades y señalar que existen derechos asociados al ciclo menstrual que deberíamos exigir y difundir. La educación sexual integral puede ayudar a desarmar estereotipos y a integrar a los varones en este tema desde temprano. Muchos de esos chicos que piensan que a las nenas “les chorrea el churrasco” son los que más adelante tendrán sexo mientras menstruamos e irán a comprarnos las toallitas en el supermercado; podemos entonces “agilizar” el proceso de comprensión.

 

El anuncio que muestra a mujeres que no se detienen ante el dolor ni el cansancio es parte de una tendencia contemporánea a señalar vías de liberación que comienzan con una misma y que remiten a escenas cotidianas. No depilarse, andar en bicicleta, no usar corpiño, voltearse a todo Tinder se perfilan como formas de “empoderamiento”, prácticas divertidas sin duda pero que no llegan a conmover las bases socio económicas de la desigualdad. En tetas y con vello corporal seguimos ganando menos que los varones. En estos caminos hacia una mayor libertad, que existan más opciones para transitar el ciclo menstrual es algo para celebrar. Decidir sobre nuestro cuerpo incluye este tema. Puedo usar la copa y ser natural y ecológica, y también usar un tampón sin pensar que soy una suicida porque me arriesgo al shock tóxico o una egoísta que está arruinando el planeta. Podemos “potenciarnos”, con nuestro período y seguir los consejos que aplican a cada fase, y también podemos optar por relajarnos, disfrutarnos y comernos un chocolate. Elecciones micro, batallas macro, la menstruación se ubica en una intersección que vale la pena advertir, estudiar y politizar.   

 

 

[1] Miranda Gray, Momentos óptimos de la mujer. Emplea el ciclo menstrual para alcanzar el éxito y la realización personal. Madrid, Gaia, 2010, p.274.

[2] Geneviève Fraisse, Les excès de genre. Concept, image, nudité, Lignes, France, 2015.


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