Ensayo

Trumpismo 2.0: nuevas turbulencias para la economía global


El imperio contraataca

El trumpismo 2.0 gobierna entre gestos altisonantes y anuncios de alto impacto global: medidas proteccionistas, deportaciones masivas, ataques al sistema científico, presiones militares y guerras tecnológicas. La confrontación con China —en el centro de esta gestión— excede lo meramente comercial: es una disputa por el futuro de la hegemonía mundial. Pablo Míguez analiza los primeros siete meses del segundo mandato de Trump y se impone una pregunta: ¿imperialismo nuevo, continuidad del clásico o una simple deriva degradada y reaccionaria?

Desde hace meses, Donald Trump no nos da respiro en el intento de asimilar las alteraciones y transformaciones que pretende infligir en la dinámica del capitalismo norteamericano y al actual esquema de relaciones internacionales. Su segundo mandato al frente de la principal potencia militar y económica —de momento— arrancó con iniciativas controvertidas. A saber: aumento de aranceles para acero y aluminio en un sentido claramente proteccionista, deportaciones masivas de inmigrantes, defensa de la políticas de Israel en Gaza, ataque a instituciones educativas tradicionales. Muchos analistas aún no alcanzan a adivinar la estrategia general y la simplifican como algo propio del imperialismo norteamericano de siempre.

¿Pero qué es lo que está en juego? ¿Cuál es el sentido de estas medidas en un contexto altamente explosivo y ultraderechizado del capitalismo actual? Hay una continuidad con su primer mandato, en especial en asuntos de política comercial. Pero con el agravante de que se profundiza en intensidad y en audacia con el objetivo directo de reducir la influencia de China en el terreno global y recuperar la alicaída centralidad estadounidense.

Contra China

Era de esperar que el ascenso chino despertara represalias. Las políticas de Trump, sin embargo, sorprendieron a propios y ajenos. Muchas empresas del sector high-tech estadounidense se vieron directamente afectadas. El crecimiento exponencial de China en las dos décadas pasadas no se explica sin el fenomenal impulso de las multinacionales norteamericanas, que trasladaron gran parte de la manufactura de sus productos finales a las provincias costeras chinas y el gigante asiático supo sacar provecho de la transferencia de tecnología que las obligaban a realizar.

Si al comienzo de ese proceso se hablaba de China como el nuevo “taller del mundo”, hoy no puede seguir reducida a esa imagen. A esta altura ya no hay dudas de la inmersión realizada en la economía del conocimiento. Las políticas industriales, así como las políticas de ciencia, tecnología e innovación (CTI), se combinaron con estrategias de largo plazo de expansión de la infraestructura, de incorporación de trabajadores del campo y su formación en universidades, donde las tareas de investigación y desarrollo se volvieron relevantes en todos los sectores, sean o no de punta. La relevancia de China en telecomunicaciones, informática, desarrollo de energías renovables es innegable y no deja margen de dudas sobre la capacidad de disputar más pronto que tarde el liderazgo económico norteamericano. Por eso las reacciones estadounidenses resultan, en cierto modo, esperables.

¿Un tiro en el pie?

Ahora bien, amén de la reacción nacionalista “para la tribuna” del electorado derechista estadounidense, es incomprensible la racionalidad de la estrategia trumpista de promover una disputa que atenta contra la propia fuente de productividad norteamericana: la movilización de su formidable sistema de ciencia, tecnología e innovacion al servico de su competitividad internacional. Si algo hizo crecer a la economía norteamericana en la segunda mitad del siglo XX fueron los altos subsidios al complejo científico-tecnológico. Junto con el complejo militar, estas áreas supieron generar las innovaciones para la base de la revolución informática de los años setenta y fueron el centro del desarrollo posterior de internet y la economía digital. Estados Unidos capitalizó el potencial de estas instituciones de educación superior, ciencia y tecnología y laboratorios multidisciplinarios nutridos de científicos, tecnólogos y profesionales provenientes de todo el mundo, puestos al servicio del desarrollo tecnológico del que el país fue el principal beneficiario. Estas instituciones hoy son atacadas en una de sus principales virtudes: la capacidad de incorporar y capturar las dinámicas innovadoras provenientes de los profesionales y trabajadores más calificados del mundo. Las políticas migratorias no solían alcanzar de manera directa a los trabajadores altamente calificados, pero hoy no están excluidos de la posibilidad de deportación. Cuesta entender que el MAGA (Make América Great Again) suponga cerrarse al supremacismo blanco, no sólo porque no compartamos esos valores, sino por lo miope de la propuesta en términos económicos.

¿Viejo imperialismo?

Los analistas se dividen entre los que le asignan a Estados Unidos una lógica política derivada del viejo imperialismo y quienes remiten a una situación sui generis que procura mantener la hegemonía amenazada. Desde el inicio del siglo XXI, la transición hacia un capitalismo basado en la valorización del conocimiento (entendido como informacional, cognitivo, postindustrial o de plataformas) y la financiarización busca encontrar una governance política correspondiente a ese mismo nivel global del capital. En 2008, la crisis financiera más relevante desde los años treinta requirió rescates financieros y bancarios inéditos que dieron muestra de la debilidad de esa hegemonía y del dólar como divisa clave del mercado mundial. Arrastrando a sus socios europeos —pero no tanto a los países asiáticos— la competencia por el liderazgo tecnológico comenzó a balancearse muy lentamente a favor de los chinos. Es así como el despliegue de estrategias globales, como la Ruta de la Seda, encendieron las alarmas norteamericanas, que colocaron a Trump al frente de la embestida directa contra este avance.

Los reflejos iniciales de proteger a sectores tradicionales del llamado “cinturón de óxido” estadounidense con aranceles sobre el acero y propuestas de redirigir inversiones externas hacia Estados Unidos —reshoring— para empresas norteamericanas tuvieron su efecto, pero no permitieron suponer ni de cerca un freno rotundo a la globalización, como muchos aventuraban. El freno, sin embargo, se impuso con la pandemia, que entre 2020 y 2021 habilitó todo tipo de escenarios para la salida. Se impusieron, por supuesto, aumentos forzados de gastos gubernamentales para paliar sus efectos y aumentos de costos logísticos e inflación que horadaron la legitimidad de todos los gobiernos. 

¿Nueva era?

Las GAFAM, las empresas de plataformas norteamericanas en franco ascenso desde 2016 (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft) se vieron reforzadas con la crisis del COVID. Muchas de ellas (las plataformas de reparto y comercio electrónico) se volvieron esenciales para tramitar el confinamiento en muchos países. Su poder creciente dio lugar al reacomodamiento de las jerarquías al interior del capital bursátil. Su auge dio a Silicon Valley la centralidad que Trump no quería reconocer del todo por tratarse de un sector tradicionalmente cercano a los demócratas y al espíritu innovador californiano. Probablemente este atributo creativo, progresista e innovador sea más propio de los trabajadores del “valle del silicio” que de los CEOs como Sam Altman o Elon Musk.

En el nuevo ciclo, estas empresas se vieron inclinadas a acercarse y alinearse con el líder republicano, ya que el propio Musk se puso al frente de numerosas iniciativas en los primeros meses. No parece estar claro todavía el futuro de esta especie de alianza del sector high-tech con Trump, que hoy parecería algo forzado por las circunstancias. Tras cinco meses en el gobierno, Musk se fue por la puerta de atrás, en parte porque las acciones de Tesla estaban cayendo y continuarán haciéndolo si se quitan los subsidios a consumidores de autos eléctricos (como propone Trump), y además porque no pudo colocar en la NASA a un hombre de su confianza. El sector aeroespacial es el verdadero interés del CEO de Tesla y Trump ya mostró su habilidad para mantenerlo a raya y decirle que él es quien manda.

En relación a las plataformas, también se busca identificar a China como la fuente de potenciales tensiones, en línea con las acusaciones realizadas durante el primer mandato de Trump contra Huawei vinculadas a las disputas sobre el liderazgo tecnológico en tecnologías claves como el 5G. El blanco ahora lo constituyen las plataformas e iniciativas del gigante asiático en inteligencia artificial. Trump instiga a las empresas estadounidenses a cortar vínculos comerciales de forma forzada con el gigante asiático. Ahora se trata de impedir el acceso a chips de IA o semiconductores, y de negar el visado para estudiantes chinos. La suba de aranceles y la guerra comercial con China con la previsible caída de importaciones chinas afectarán también a la actividad económica en Estados Unidos. Estas marchas y contramarchas podrían confirmarse también en otros planos y en medidas polémicas como el reciente anuncio de la intención de Trump de adquirir el 10 por ciento de las acciones de Intel —una de las mayores fabricantes de semiconductores de Estados Unidos— con una fórmula singular consistente en convertir los subsidios del gobierno en una participación accionaria efectiva en la empresa .

¿Hacia dónde conduce el trumpismo?

Es imposible predecir el desarrollo de esta crisis comercial y sus consecuencias a largo plazo, como una recesión a escala global. No es muy realista reducir brechas comerciales en una economía global pretendiendo reconfigurar —a la fuerza y de la noche a la mañana— la cadena de suministros. Tampoco con incentivos para revertir la externalización de la producción obligando a las transnacionales estadounidenses a replegarse en el plano nacional. Los aranceles tampoco serían la solución de estos problemas ya que aumentan los costos de las empresas y los precios para el consumidor estadounidense al elevar tanto los bienes finales como los insumos necesarios para la producción.

No está claro, en este conflicto, quién es el que puede resultar más perjudicado. Y sin dudas habrá efectos recesivos. Aún está por verse si ello supone un freno a la globalización, ya que, a pesar de ser la principal economía, Estados Unidos representa el 15 por ciento del comercio mundial y no debe descartarse del todo que China, la Unión Europea y Japón apuesten por mantenerlo con vida. La caída en la producción afectará, sin dudas, a Estados Unidos porque buena parte de las manufacturas tecnológicas de las firmas emblemáticas de Silicon Valley se realizan en China y otros países asiáticos. Esto provocó el grito en el cielo de las GAFAM ante las medidas de Trump. 

Los cimbronazos bursátiles desatados en abril por sus medidas hicieron que Trump suspenda temporalmente los efectos generalizados de la suba arancelaria, pero no completamente. Mantuvo aranceles altos frente a muchos países e incluso los incrementó a finales de abril a un disparatado 145 por ciento con China, buscando reducir un déficit comercial bilateral que alcanza 1,2 billones de dólares, lo que supone en los hechos una guerra comercial declarada. China contestó a esta medida con un aumento de aranceles similar de hasta el 130 por ciento, para luego desescalar el conflicto con una tregua de 90 días a inicios de mayo con el objetivo de alcanzar un acuerdo comercial bilateral definitivo. Con reuniones en torno a temas sensibles parecen intentar acercarse a un acuerdo definitivo. Sin embargo, han acordado prorrogar esa pausa por otros 90 días desde este 12 de agosto para discutir temas sensibles como el rol de China en la exportación de fentanilo o para tratar las pretensiones arbitrarias de Trump (como su idea de que China “cuadruplique” las importaciones de soja estadounidense). Frente a las amenazas de aranceles recíprocos, ninguno de los dos países parece dispuesto a un desacople completo, aunque todavía falta mucho por discutir para alcanzar algún tipo de acuerdo final. Trump querrá imponer sus condiciones.

Se renovaron, así, las disputas en materia comercial y tecnológica con China. Pero estos movimientos dejan entrever que las mismas podrían extenderse aún más allá, incluso al campo militar. Trump ya anunció un aumento récord del presupuesto militar y el jefe del Pentágono sugirió que China está buscando alterar el equilibrio de poder en Asia. Estas escaramuzas alientan los análisis que buscan retomar las ideas de imperialismo, recargadas por los escenarios bélicos permanentes en Ucrania y en Medio Oriente que no parecen encontrar un final a la vista. Sin embargo, es poco probable un enfrentamiento militar directo entre las dos potencias principales para dirimir la disputa por la hegemonía. A pesar de las declaraciones altisonantes, algunos analistas piensan que se trata de movimientos “dentro del imperio”, que pueden tener rasgos más conservadores-ultraderechistas y hasta fascistas, pero que no implican una hegemonía clara de ninguna potencia ni una reversión de la globalización.

Los gestos y declaraciones polémicas de Trump sobre anexiones territoriales —desde Groenlandia a Canadá, el control del canal de Panamá, las propuestas de reconstrucción sobre el territorio de Gaza, la quita de recursos y condicionamientos a universidades como Harvard y Columbia, las redadas y expulsiones a migrantes, la panoplia de actitudes ultraderechistas— alientan caracterizaciones que radicalizan las posiciones conocidas de la ultraderecha. Aún está por verse la sostenibilidad de las medidas, sumado al apoyo o a su ausencia por parte de una justicia encabezada por una Corte de mayoría conservadora y el grado de enfrentamiento que desde el gobierno estarían dispuestos a tolerar.

Sin duda, es un escenario preocupante no sólo por los resultados en Estados Unidos, sino por la habilitación implícita a otros regímenes a adoptar versiones similares, más o menos caricaturescas, de estas iniciativas. Un proceso de ultraderechización que ya está en marcha no permite a la luz de los acontecimientos de este año pensar un posible límite cercano. Ni autoriza a elucidar con claridad la lógica que está por detrás. Solo invita a pensar estrategias originales ante la audacia más que la novedad de las mismas.

En este momento, a menos de un año del nuevo gobierno de Trump y con mucho tiempo por delante, el impacto del conjunto de estas iniciativas en otras regiones es de difícil pronóstico. Europa, afectada por la guerra de Ucrania y los problemas en el suministro energético, se ve condenada al desplazamiento de las decisiones geopolíticas relevantes en su propia región. Los recortes de Trump a los recursos de la OTAN la fuerzan a destinar presupuesto para gastos en Defensa y armamento a través del programa “Rearmar Europa”, propuesto en marzo por la Comisión Europea. Con la conciencia de encontrarse muy lejos de su influencia pasada, siendo una mediadora intrascendente entre Rusia y Ucrania y al quedar relegada en las negociaciones entre Trump y Putin, el lugar de Europa en la lucha por la hegemonía global es casi irrelevante. Está a merced de las decisiones de Estados Unidos y soportando las imposiciones de aranceles comerciales casi unilaterales sin imponer mayores condiciones.

América Latina está ante el desafío de mantenerse bajo la creciente influencia China o ceder a las presiones de Estados Unidos para correrse de ese posicionamiento creado al calor del boom de las commodities. El control de los recursos naturales de Latinoamérica vuelve a estar en la agenda norteamericana —que cuenta con aliados relevantes, como Milei en Argentina, Bukele en El Salvador o Noboa en Ecuador— y la presión se ha vuelto especialmente intensa en México y los países de Centroamérica en torno a los temas migratorios y ahora sobre Venezuela con su reciente despliegue de buques en el Caribe “para combatir el narcotráfico”. Estos países ya habían sido señalados por Trump desde su primera gestión por diversas causas, ya sean los déficits comerciales que mantenía Estados Unidos con algunos de ellos —especialmente en el caso de México— o los controles migratorios vuelven a ponerse en el centro de la política estadounidense, con deportaciones masivas e indiscriminadas que acompañan el reiterado reclamo por la construcción de un muro sobre la frontera sur. En suma, el horizonte no permite vislumbrar más que nubarrones y el tiempo dirá si el cuadro global, ya preocupante, se consolida en su deriva reaccionaria.