Mejor país del mundo. País de mierda. País potencia. País invivible.
No son cuatro países distintos. Es el mismo, y esas son frases que decimos nosotros mismos, a veces en el mismo día. A veces en el mismo asado, en la misma conversación, con el mismo vino. El que a las 7 de la tarde jura que esto no tiene arreglo, que se va en cuanto pueda, que acá no hay futuro para nadie, a las 11 de la noche asegura que somos los mejores del mundo, que en ningún lado se come tan bien, que en ningún otro país es tan fácil hacer amigos, que los argentinos somos los más vivos, los más creativos, los más apasionados. Que este país tiene todo para ser una potencia. Todo.
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Este libro comenzó como una columna. En 2017, Martín Ale, un editor de la revista Anfibia, me preguntó sobre qué quería escribir. Le conté que estaba bastante harto de que en la Argentina siempre nos tiráramos abajo: que en cualquier charla de ascensor, en cualquier reunión de trabajo, en cualquier sobremesa, el país era un desastre, todo estaba por el piso, todo era peor que afuera. Me dijo, sin pensarlo mucho: “Ya tenemos el título: ‘No somos un país de mierda’”. Escribí la columna. Fue lo más leído que escribí en mi vida.
En ese momento, la Argentina no estaba tan mal. No habían llegado todavía la crisis del último tramo del gobierno de Macri, la pandemia ni la inflación de tres dígitos. Los salarios reales estaban en niveles relativamente altos para la historia reciente argentina, y la pobreza por ingresos estaba en valores mínimos, como en mucho tiempo no se habían conocido. Pero luego vino el tobogán: crisis cambiaria, pandemia, inflación galopante, deterioro acelerado de las condiciones de vida de millones de personas. Sin ese tobogán, no se entendería por qué perdió Macri en 2019 ni por qué Milei llegó a la presidencia en 2023. Cada año que pasaba, algún amigo me preguntaba, entre risas: “¿Ya somos un país de mierda?”. Y cuando contaba que estaba escribiendo este libro me decían: “Apurate, que en cualquier momento el ‘todavía’ deja lugar a la realidad”. Hacían bien en preocuparse. En eso, precisamente, reside la razón de este libro.
Si la columna de 2017 nació de una molestia, este libro nació de dos. La primera es la misma de entonces: el autoflagelo permanente, el argentino que no para de hablar mal de su país, convencido de que en cualquier otro lugar todo es mejor. Por supuesto, casi todos oscilamos entre los dos extremos según el humor que tengamos. Pero cuando uno mira los promedios, aparecen diferencias. En una encuesta que hice en 2019, confirmé algo que sospechaba: ese autoflagelo no estaba distribuido uniformemente en la sociedad. Era bastante más pronunciado en votantes liberales de derecha que en peronistas y progresistas (más nacionalistas, por cierto). No es casualidad que en 2022 el gobierno de Alberto Fernández lanzara una campaña llamada “Mierda, qué país”, reapropiándose del significante y, subrepticiamente, cuestionando a quienes hablaban del país de mierda. El autoflagelo no es solo un rasgo pintoresco del carácter nacional. Tiene consecuencias. Difícilmente pueda hacerse valer en la esfera internacional un país que habla mal de sí mismo con tanta convicción: negocia desde la debilidad, proyecta fragilidad y termina interiorizando la mirada del que lo subestima antes de que el otro se la dirija. La autoestima nacional no es vanidad, sino la condición mínima para que la propia gente se crea el proyecto, para que el talento que el país produce no emigre convencido de que acá nunca hay futuro. Y cuando el diagnóstico es que todo está roto y nada funciona, la conclusión política resulta predecible: hay que dinamitar todo. La frase pertenece a Javier Milei, pero la lógica fue compartida por una parte importante de la sociedad que lo votó. El problema es que esa narrativa del fracaso total no distingue lo que está roto de lo que anda medianamente bien, y habilita destruir lo segundo junto con lo primero.
La segunda molestia apunta en la dirección opuesta. El relato del “mejor país del mundo” –que cobra más fuerza en sectores del peronismo y el progresismo– también impide ver con claridad, pero de otra manera. Lleva, primero, a minimizar lo que está mal: “Esto no es tan grave” –la inflación, los “tongos”, las regulaciones inexplicables o la ineficiencia estructural del Estado argentino, entre muchas otras cosas–. Lleva, segundo, a hacer la vista gorda frente a algo que los datos lamentablemente muestran con claridad: hay países que durante décadas estuvieron por detrás de nosotros en casi cualquier métrica de desarrollo y que hoy en día nos superan. Chile es el caso más emblemático y, para buena parte del progresismo argentino, el más incómodo: durante años se minimizaron o desmerecieron sus avances, en parte porque la derecha local lo usaba como caballito de batalla, y aceptar que había algo para aprender de nuestros vecinos se sentía como una concesión política. Lleva, tercero, a creer que lo argentino siempre y en todo lugar es mejor que lo extranjero: que podemos producir absolutamente cualquier cosa, que nuestras industrias merecen protección indefinida, soslayando que a veces producimos caro y con calidad inferior a nuestros competidores. El resultado es conocido: durante mucho tiempo se subsidiaron promesas que nunca se cumplieron, pagadas por todos, cobradas por pocos.
Y, cuarto y último, lleva a lo que podría llamarse el síndrome de la excepcionalidad criolla: la convicción de que la Argentina es tan singular que ninguna experiencia externa sirve como inspiración, y siempre hay que inventar la pólvora en materia de políticas públicas. En el fondo, esa idea (que tuvo varias traducciones populares, desde la famosa frase atribuida a Simon Kuznets de que hay cuatro tipos de países –“los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y la Argentina”– hasta “el país donde mueren las teorías”) es una manera de tirar la pelota afuera: si el afuera jamás nos sirve de guía, siempre habrá una razón para no cambiar nada.
Los dos relatos –el del fracaso total y el del mejor país del mundo– llegan al mismo resultado práctico: la imposibilidad de deslindar qué hay que cambiar de raíz y qué vale la pena consolidar. Quienes creen que todo está roto no pueden ver lo que funciona. Quienes creen que todo funciona no pueden ver lo que está roto. Los dos polos miran al país, pero ninguno lo ve. Este libro es un intento de verlo.

Tres tesis
Este libro plantea tres tesis. La primera es que, efectivamente, no somos un país de mierda. Si “de mierda” significa estar en el fondo de la tabla en los indicadores de desarrollo económico y social –y, por ende, en bienestar–, la Argentina está muy lejos de eso. Y si significa ser un país irrelevante a escala global, tampoco lo somos. Somos un país que cómodamente se ubica de mitad de tabla para arriba respecto de casi cualquier indicador, y un actor que, sin ser una potencia, no es para nada pequeño ni marginal.
Veamos algunos datos.1 Somos más ricos que la mayoría de los países: nuestro PBI per cápita es de 26 772 dólares, un 25% más alto que la media mundial y un 34% más alto que la media regional. La esperanza de vida al nacer es de 77,4 años, 4 años por encima de la media mundial y casi 2 por encima de la latinoamericana. La mortalidad infantil es inferior al 1%: menos de la mitad del promedio mundial y por debajo de la media regional. Los adultos argentinos tienen en promedio 11,2 años de escolarización, 2 más que la media mundial y latinoamericana. Somos uno de los países menos violentos de América, con una de las tasas de homicidios más bajas del continente. Somos más democráticos que la media mundial y regional. También somos uno de los países del mundo con mayor tolerancia cívica: el porcentaje de personas a las que les molestaría tener un vecino inmigrante, de otra religión u homosexual está entre los más bajos del mundo. Si bien el racismo y la discriminación existen, la Argentina está muy lejos de ser uno de los países más racistas del mundo, como se llegó a afirmar durante el Mundial de 2026: las distintas formas disponibles de medirlos no la muestran ni cerca de los peores casos.2 Las brechas de género –por ejemplo, en distribución del trabajo no remunerado o en derechos civiles y políticos– son grandes y persistentes, pero están más cerca de las de un país europeo que de las de un país promedio. Y aquí la gente se declara más satisfecha con la vida que en gran parte del mundo: la Argentina es uno de los lugares donde más se ríe, más se disfruta, más se dice sentir libertad para elegir el propio camino.
Hay dimensiones menos conocidas que también pueden sorprender a más de uno. Los argentinos somos un pueblo de lazos sociales fuertes: el 90% dice tener a alguien en quien confiar en momentos difíciles –una de las cifras más altas del mundo– y somos uno de los países donde más frecuentemente la gente se sienta a comer con otros. No es un dato menor. Ese sólido entramado de vínculos –el asado, la sobremesa larga, el amigo que aparece cuando las cosas se ponen difíciles– explica algo que los datos de bienestar subjetivo muestran con consistencia y que a muchos les cuesta creer: los argentinos somos bastante más felices de lo que pensamos.
A eso se suma una presencia cultural y una escala que tampoco se condicen con el relato del país marginal. Somos un país de 46 millones de habitantes –puesto 34 sobre casi 200 países–, miembro desde la primera hora del G-20, el foro que reúne a las principales economías desarrolladas y emergentes del mundo. En lo cultural el peso tampoco es menor. Según el sitio Pantheon, que mide la influencia de las personalidades en el curso de la historia siguiendo su presencia global en Wikipedia, la Argentina ocupa el puesto 14 entre los países con más figuras influyentes nacidas en el siglo XX.3 El papa Francisco, Messi, Maradona, el Che Guevara, Fangio, Piazzolla, Martha Argerich, Mercedes Sosa, Borges:4 sus entradas están traducidas a más de cincuenta idiomas, leídas en todo el mundo. Pocos países pueden mostrar algo parecido.
En términos territoriales tampoco somos irrelevantes. La Argentina ocupa el octavo lugar en el ranking de los países con mayor superficie del mundo. La combinación de cordilleras y llanuras, sumada a nuestra extensión vertical –desde el trópico de Capricornio hasta latitudes subpolares– nos confiere una de las diversidades climáticas y geográficas más amplias del planeta.5 Estamos también, en comparación con otros países, relativamente a salvo de grandes catástrofes naturales: en los últimos treinta años nos contamos entre los países con menor tasa de muertes por ese motivo. Vivimos, además, en una de las regiones más pacíficas del planeta, lejos de las grandes guerras y conflictos armados.
Esto no significa que todo esté bien. La Argentina da mal –a veces muy mal– en un conjunto de dimensiones centrales. Hemos tenido una de las inflaciones más persistentes y destructivas del mundo, con una inestabilidad macroeconómica que es casi un rasgo estructural: pocos países han pasado tantos años en recesión como nosotros en las últimas cinco décadas.6 El crédito al sector privado expresado como porcentaje del PBI es bajísimo, síntoma y causa a la vez de esa inestabilidad. Los indicadores de percepción de corrupción nos ubican muy por debajo de la mitad de la tabla. La confianza en las instituciones y en las personas por fuera del núcleo más cercano es baja. La calidad educativa –medida por el desempeño de nuestros chicos en el sistema escolar– es muy mediocre, especialmente si se considera el nivel de inversión que le destinamos. Y nuestro Estado es estructuralmente ineficiente: obtiene resultados sistemáticamente malos para la magnitud de los recursos que maneja. A eso se suma que, si bien somos de los más igualitarios de América Latina, seguimos siendo más desiguales en ingresos que la mayoría de los países fuera de la región. Son problemas profundos y reales. Pero no alcanzan para hacer un país de mierda de uno que, en tantas otras dimensiones, presenta indicadores muy de mitad de tabla para arriba.
La segunda tesis es que, contrariamente a lo que se cree, en la mayoría de los indicadores de desarrollo, la Argentina progresó contra sí misma (es decir, en términos absolutos, en sus propios indicadores) en el largo plazo. El índice de desarrollo humano aumentado (IDH-A) –que combina PBI per cápita, años de escolarización, esperanza de vida e índice de democracia– muestra una trayectoria ascendente en el tiempo (gráfico 1). Es cierto que el PBI per cápita fue terriblemente errático y que actualmente estamos un poco por debajo del pico histórico de 2011, pero también es cierto que somos más ricos –en términos absolutos– que hace treinta, cincuenta o cien años. La esperanza de vida y los años de educación de la población están en máximos históricos. El país tendió a democratizarse. En términos culturales, nos fuimos volviendo más abiertos y tolerantes. En 2010, la Argentina pasó a ser el décimo país del mundo y el primero de la región en legalizar el matrimonio igualitario.

Sigamos. El acceso a infraestructura (electricidad, cloacas, telefonía, internet, agua potable) está en máximos históricos. Lo mismo sucede con el porcentaje de hogares en viviendas de material considerado aceptable. El hacinamiento está en mínimos desde que hay registro. La gente gasta relativamente menos que antes en alimentos, señal de que empezó a demandar otro tipo de consumos no tan de supervivencia. La población se fue volviendo más alta, síntoma de que nos nutrimos mejor que antes. No hay evidencia de que seamos más infelices que antes; más bien sucede lo contrario. Tampoco hay evidencia de que nos sintamos menos libres con nuestras vidas, sino al revés. Ni tampoco hay evidencia de disolución de lazos sociales: el porcentaje de personas que dice tener en quien confiar permanece en niveles muy altos desde que se mide hace ya casi dos décadas. La cantidad de horas trabajadas (remuneradas) por persona ocupada estuvo en mínimos históricos en los últimos años, señal de que tenemos más tiempo libre –sin el cual no podrían haber crecido con tanta fuerza la industria del entretenimiento y el turismo de unas décadas a esta parte–. Muchas de las brechas de género –como las de años de educación, derechos civiles y políticos, participación en el mercado laboral o jefatura de hogar– han disminuido notablemente, y en algunos casos se han revertido –como en educación–, aunque en otros persisten y son muy amplias. Hoy tenemos la menor tasa de homicidios desde al menos los años sesenta. Son datos contraintuitivos, raramente mencionados y, cuando aparecen, inevitablemente polémicos. Pero difícilmente cuestionables.
Por supuesto, reconocer el progreso no es lo mismo que conformarse con él: en casi todas estas dimensiones, los avances son reales y, al mismo tiempo, insuficientes, y el trecho que falta recorrer es enorme. Y a eso se suman las dimensiones en las que la Argentina no solo no progresó, sino que directamente retrocedió. El mercado laboral tendió a precarizarse desde los años setenta. En desigualdad de ingresos, el panorama es mixto: mejor que en gran parte de nuestra historia, pero peor que cuando supimos ser más igualitarios, durante el tercer cuarto del siglo XX. Nuestra estructura productiva, que se fue complejizando entre fines del siglo XIX y la década de 1970, involucionó en muchos aspectos desde entonces. Y si bien la educación se masificó, su calidad no mejoró según las pruebas estandarizadas internacionales, e incluso las pruebas nacionales Aprender muestran retrocesos alarmantes en los últimos años.7
Con todo, son bastante más los indicadores que muestran progreso en términos absolutos que los que marcan retroceso indiscutido. Nada de esto encaja con el relato dominante –ni el libertario ni el peronista ni el progresista ni el conservador– que habla de un paraíso perdido de hace cincuenta o cien años al que hay que volver.
Pero el mundo tampoco se quedó quieto. Mientras la Argentina progresó en muchos indicadores, el resto avanzó más rápido y aún en más aspectos.
Así llegamos a la tercera tesis: a pesar de ese progreso real, la Argentina se fue quedando atrás respecto de los demás países. En casi cualquier indicador de desarrollo, cayó en los rankings mundiales. Todavía no lo suficiente como para quedar debajo de la media mundial y regional, pero sí de manera incontestable. Países antes más atrasados que nosotros hoy nos superan en la mayoría de las métricas. Chile es el ejemplo más cercano, pero también lo son Corea del Sur, Polonia, España o Portugal, entre muchos otros.
Retomemos el índice de desarrollo humano aumentado del gráfico anterior, pero ahora veamos cómo evolucionó la Argentina en el ranking mundial (gráfico 2). Entre 1870 y 1950, el país estuvo por lo general entre los veinte de mayor desarrollo humano. Tuvo caídas pronunciadas durante las dictaduras de 1966-1973 y 1976-1983, que golpearon particularmente el componente democrático del índice. Después de 1983, recuperó inicialmente posiciones, pero luego fue perdiendo terreno: nuestro magro desempeño en economía y el avance sostenido de otros países en indicadores económicos, de salud, educación y democracia hicieron el resto.

No solo eso: también nos fuimos volviendo más irrelevantes en el mundo y en la región. No lo suficiente como para pasar a ser marginales, pero sí de manera notoria. Entre 1820 y 1950, la participación argentina en la economía mundial creció de forma sostenida, del 0,1 al 1,6%, y llegamos a estar entre las once economías más grandes del planeta. Desde entonces, retrocedimos hasta el actual 0,7%. En la región ocurrió algo parecido: en 1950 éramos la principal economía latinoamericana, por encima de Brasil y México, países varias veces más poblados que el nuestro. Hoy estamos cómodamente terceros, disputando el cuarto lugar con Colombia.
Todo esto es decadencia relativa, y es real. No inventamos que éramos mejores comparativamente: en algún momento lo éramos. Pero esa decadencia relativa suele contarse como caída absoluta –“Éramos el Primer Mundo y nos convertimos en un país de mierda”–, cuando en realidad es otra cosa: crecimos, pero no al ritmo que necesitábamos; mientras tanto, otros sí lo hacían. Ese es el país que este libro intenta retratar: una Argentina que vive mejor que antes, mejor que buena parte del mundo (por ahora), pero peor que lo que pudimos haber sido.
1 Los informes y fuentes de donde han sido tomados los datos pueden encontrarse al final del libro.
2 Por ejemplo, según la última ola de la Integrated Values Surveys, solo el 2,7% de los argentinos dice que no querría tener como vecino a alguien de “otra raza”, frente al 17% en el promedio mundial. Ver Schteingart (2026).
3 Sobre un total de 87 497 figuras públicas con múltiples traducciones y nacidas en el siglo XX en Wikipedia, la Argentina tiene 1171, lo que nos ubica en el puesto 14. Si se ponderan esas figuras por cantidad y diversidad geográfica de visitas o cantidad de idiomas, también se mantiene en el puesto 14. Si tomamos toda la historia de la humanidad en lugar del siglo XX, nuestro país baja al puesto 22 dado que casi no tiene figuras públicas relevantes antes del siglo XVIII.
4 En rigor, Borges nació en 1899.
5 Sobre un total de 30 climas posibles según la clasificación de Köppen Earth, la Argentina tiene 21 en al menos un kilómetro cuadrado. Es el segundo más alto del mundo solo detrás de los Estados Unidos (con 25). El autor agradece a Daniela Risaro el procesamiento geoespacial.
6 Entre 1975 y 2024, la Argentina estuvo en recesión –caída del PBI– durante veintidós de esos cincuenta años, es decir, el 42% del tiempo. Ningún otro país del mundo registró una frecuencia similar. Si se mide por PBI per cápita en lugar de PBI total, son veinticuatro años con caídas. De esta manera, mejora algunos puestos, pero sigue en el fondo de la tabla.
7 De acuerdo con las pruebas PISA, la Argentina pasó de sacar 381 puntos (sobre un máximo de 600) en matemáticas en 2006 a obtener 378 en 2022; en ciencias pasó de 391 a 406; en lectura pasó de 418 a 401 (entre 2000 y 2022). Los datos corresponden a evaluaciones realizadas a alumnos de 15 años. En tanto, los datos de las pruebas Aprender son particularmente alarmantes en matemáticas: entre 2013 y 2024, el porcentaje de alumnos de nivel secundario con desempeño por debajo del nivel básico pasó del 40 al 54,6%.
